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Muere el expresidente del PNV
Xabier Arzalluz o el péndulo patriótico del nacionalismo histórico
04/03/2019 | Ramón Zallo

Xabier Arzalluz, líder que fue del nacionalismo tradicional vasco durante 22 años -hasta mediados de la década pasada- ha fallecido. Fue un dirigente político polifacético y carismático, además de abogado y profesor culto, de los que ya no se estilan. De mentalidad tradicional (caso Lemoiz,..), de centro, demócrata-cristiano de convicción y un punto de la arrogancia propia del visionario, fue poco proclive a las ideas de izquierda durante toda su vida aunque en los últimos tiempos conectó con algunas de ellas y nunca rompió los puentes con la izquierda abertzale a la que criticándola duramente siempre vio necesaria para evitar los michelines en el nacionalismo (los oportunistas incrustados por interés en el partido o en las instituciones).

De convicciones rocosas y sinceridad apabullante, siempre dijo lo que pensaba sin doblez, aunque distinguía la onda larga de la política (el proyecto final que recordaba todos los rituales Alderdi Eguna-Día del Partido) de los requerimientos de cada fase y coyuntura en términos de utilidad del pequeño ante el Estado, como solía decir, en función de situaciones y peso social. Fino analista y estratega con altura de miras, poco envidió a la potente figura de Juan Ajuriagerra, a cuya sombra maduró, además de ser un comunicador inigualable, con metáforas y dichos que hacían las delicias del periodismo político, al que escandalizó con frecuencia.

Situó al PNV en la centralidad del arco político vasco a lo largo de décadas. No aceptó el rol que le habría tocado al PNV de prosperar un acuerdo en Txiberta en mayo de 1977 con la izquierda abertzale y las dos ETA (M y P-M) de cara a presentarse o no en las primeras elecciones. Pragmático, igualmente abogó por el olvido para los exfranquistas en ocasión de la ley de Amnistía. Pero también se debe a Arzalluz la apuesta por la abstención en el referéndum constitucional, lo que se tradujo en su deslegitimación en Euskadi (30% sobre el censo) y Navarra (50%) y una baza para negociar el ulterior Estatuto si se quería la gobernabilidad en la comunidad mientras ETA apretaba.

Arzalluz partidario de la reintegración foral propugnó la abstención en el referéndum constitucional por considerar que la Disposición Adicional Primera no garantizaba aquella reintegración y supo ver algo que no supimos ver las izquierdas vascas: la potencialidad de los Derechos Históricos –recogidos en cierta manera en esa Disposición Adicional- y el Concierto como herramientas jurídicas y que, en su última etapa, maridó además con el derecho de decisión, al tiempo que algunas de esas izquierdas hemos hecho el camino inverso en términos de utilidad –percha jurídica- desde la prioridad siempre de la voluntad popular de autodeterminación.

También se distanció de la Marcha de la Libertad de 1977 entendiendo que espolearía la reacción del navarrismo reaccionario -lo que el tiempo confirmó- aunque eso no le ayudó al nacionalismo histórico a ganar peso en Navarra respecto al nacionalismo de izquierda. Solo recientemente ha podido ir ganando en influencia en Navarra.

Tras el Estatuto (1979) apostó por la construcción nacional de gestión y de estabilidad institucional, aunque la transigencia con la autoexclusión de Navarra en el proceso preautonómico, la expulsión de los representantes navarros de la Asamblea Nacional del PNV y el enfoque territorialista de la construcción nacional en torno a la Ley de Territorios Históricos, le costó a mediados de los 80 una dolorosa ruptura interna del nacionalismo jeltzale (partidarios de Jaungoikoa Eta Lege zarra, Dios y Fueros, JEL) con lo que luego sería Eusko Alkartasuna (EA), y con efectos hasta hoy. Garaikoetxea daba preeminencia a lo nacional sobre territorios y diputaciones. El desproporcionado Parlamento Vasco –25 escaños por territorio histórico sin relación a la población- es fruto de esa época.

La fractura entre PNV y EA facilitó la prolongación de la hegemonía del ideario de la izquierda abertzale a lo largo de los años 80 en toda Euskal Herria; lo que conllevó, por una parte, una obligada cohabitación con el PSE a efectos de gobierno, así como el pacto antiterrorista de Ajuria Enea (1988) y, por otra parte, unos pactos con los gobiernos de turno en España a cambio de transferencias a cuentagotas y del respeto a la centralidad del propio PNV en la Comunidad Autónoma. Ya desde los 70 mantuvo una relación distante con ELA –el último lazo fue Jesús Insausti Uzturre- que siendo sindicato afín en el pasado, fue totalmente independiente orgánica e ideológicamente desde la Transición más allá de que los afilados del PNV por tradición se sindicaran en ELA y de un cierto trato de favor en la primera época.

A pesar de su entendimiento con el Aznar del primer mandato (1996-2000), apoyó a media legislatura el Pacto de Lizarra (1998) al ver claramente la utilización del asesinato de Miguel Ángel Blanco (1997) y se enfrentó sin ambages al Aznar del segundo mandato (2000 a 2004). En este contexto combatió la estrategia hegemonista y de involución diseñada por Mayor Oreja, quien buscaba la proscripción de la idea nacional vasca y el acoso y derribo de todo el nacionalismo, y no solo de la izquierda abertzale. Respiró aliviado cuando la candidatura, junto con EA, de Ibarretxe en sustitución de Ardanza, superó la pinza y operación sorpasso del PP con el PSE de Redondo Terreros, en 2001. De todos modos el acoso contra todo el soberanismo continuó (cierre de Egunkaria por ejemplo en 2003, por ejemplo).

Hay así un Arzalluz de los años 70 al año 2000: pragmático, de orden y tacticista. Y otro a partir del órdago del españolismo y del constitucionalismo talmúdico (Mayor Oreja y Redondo Terreros) que le situó frente al Estado. En ambas etapas fue consecuente en visiones y misiones. Él mismo encarnó en dos etapas distintas la estrategia pendular histórica del PNV: entre el pragmatismo y la confrontación, entre la táctica autonomista y el proyecto independentista.

Con influencia decreciente pero con carisma, el segundo Arzalluz, ya dimitido de sus cargos, apostó por la candidatura soberanista de Joseba Egibar al EBB, luego derrotada por un voto por la posibilista de Josu Jon Imaz en 2004. Arzalluz abogó por la estrategia soberanista para afrontar la recentralización del Estado en claro choque con la línea de Ortuzar y Urkullu con los que tuvo una relación distante, apoyando -desde el paraguas del derecho de decisión que apadrinó Ibarretxe- el entendimiento y los acuerdos con EA, Izquierda Abertzale y Ezker Batua (Izquierda Unida). También había avalado con anterioridad –mediados de los 90- la línea de Juan Mari Ollora y Gorka Aguirre de cara a preparar la pacificación mediante negociación. Otra mirada larga de Arzalluz. Ciertamente le costó asumir el papel de exdirigente –con desplantes notables a Josu Jon Imaz primero y a sus sucesores después– pero supo no interferir para después implicarse desde la discreción en iniciativas como Gure Esku Dago (consultas ciudadanas desde el derecho de decisión).

Siempre admiré las capacidades y el magnetismo de Xabier Arzalluz, con el que departí en solo dos ocasiones y cuya trayectoria quedó bien descrita en la biografía “Así fue” del añorado Javier Ortiz. Pero el segundo Arzalluz, en especial, me resultó mucho más cercano con una grandeza de visión desde su soledad e incluso ostracismo, aunque en sus funerales todo fueran loas de algunos burukides (líderes jeltzales). Arzalluz ha encarnado la dignidad de la tradición republicana del PNV y las dos formas distintas de encarar la construcción nacional en una democracia devaluada. A cada una le puso fecha. Agur eta ohore, Arzalluz jauna!





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