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Reseña
A propósito de Marx, el Estado y la política, de Antoine Artous
18/02/2019 | Bob Jessop

El detallado y meticuloso libro de Artous pretende poner a prueba los argumentos usuales que Marx o bien no logró desarrollar como un análisis coherente sobre el Estado y la política y/o bien sentaron las bases teóricas para el auge del totalitarismo. Algunos señalan que su obra estaba incompleta, que era inconsistente y que carecía de fuerza explicativa; otros que no pudo explicar la autonomía de lo político y la lucha de clases política y que, en su lugar, lo disolvía en lo económico o en lo social; y otros que sus ideas en torno al final de la política (de clase), la dictadura del proletariado y la eventual extinción del Estado creaba un espacio para un régimen político totalitario.

Artous, en cambio, se alinea con aquellos que consideran al joven Marx como un pensador convincente sobre la autonomía de lo político y como un apasionado defensor de la autonomía institucional de lo social frente al formalismo burocrático del Estado moderno; y se posiciona también con aquellos que consideran al Marx maduro como un investigador riguroso del derecho burgués, del Estado capitalista y sus respectivas funciones en la expansión reproductiva del capitalismo; y con aquellos que alaban los análisis de Marx sobre la especificidad y efectividad de los diferentes regímenes políticos y las luchas políticas de clase; y con aquellos que consideran a Marx un partidario coherente del autogobierno democrático y la auto-constitución del pueblo.

Al explorar estas cuestiones y sus debates Artous persigue tres grandes objetivos: en primer lugar, suministrar una exégesis crítica de la obra de Marx sobre las formas que adopta el Estado moderno, el derecho y la representación política, su impacto en la naturaleza y dinámica de la lucha política y la posibilidad de un orden democrático que transcienda la democracia liberal-burguesa; en segundo lugar, comentar y refutar otras diversas interpretaciones de la obra de Marx, sobre todo aquellas de otros marxistas francófonos y científicos sociales así como otros estudiosos de primera fila como Max Weber, György Lukács, Ernest Mandel y Jürgen Habermas cuya obra ha sido traducida al francés; y, en tercer lugar, poner de relieve sus propios planteamientos sobre la forma y funciones del Estado moderno como derivaciones lógicas de las relaciones de producción capitalistas. En tanto que Artous logra con cierto éxito abordar los dos primeros objetivos, falla estrepitosamente con el tercer objetivo –por razones que se plantearán más adelante- si se comparan sus argumentos con las tentativas alternativas para completar la teoría de Marx sobre el Estado capitalista.

El libro de Artous está dividido en cuatro partes. La primera parte aborda la obra temprana de Marx sobre la especificidad del Estado moderno, basado en Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, la Introducción a esa crítica, Sobre la cuestión judía, y varios comentarios que aparecen en Los manuscritos económicos y filosóficos de 1844, La ideología alemana y el Manifiesto Comunista. La segunda parte se centra en los debates de Marx y Engels sobre las formas legales como expresiones del modo de producción capitalista al tiempo que también nos proporciona una crítica del método general empleado por Pashukanis y sus planteamientos sobre el Derecho privado y público. La tercera parte se centra en los análisis que nos proporcionan Marx y Engels sobre las coyunturas políticas, los regímenes políticos y el cambio de régimen, la diversidad de las trayectorias nacionales en la formación del Estado y las limitaciones resultantes para las estrategias políticas alternativas, así como los problemas que acarrea asegurar la hegemonía política burguesa. La cuarta parte trata sobre la dictadura del proletariado y la extinción del Estado centrándose en la Comuna de Paris y en cuestiones de estrategia política en los Estados democrático-parlamentarios. Aborda otras cuestiones generales relativas a la economía social y la emancipación humana. Artous concluye con comentarios sobre la autoorganización democrática de la sociedad como un camino apropiado para trascender la forma capitalista de Estado y la política.

La primera parte nos aporta una disección meticulosa, en ocasiones reiterativa, sobre los matices del lenguaje y los argumentos en la crítica de Marx a la Filosofía del Derecho de Hegel así como sus propias reflexiones sobre el Estado moderno burocrático. Artous arguye que la separación del Estado de la sociedad civil burguesa se encuentra en el centro de este y otros textos del joven Marx y que el punto de partida de Marx no está en el liberalismo clásico –con el papel limitado que confiere al Estado como garante de la propiedad privada y la libertad individual- sino más bien en el planteamiento de Hegel sobre el Estado como un universal concreto capaz de resolver las contradicciones de una sociedad civil egoísta. Marx contempla a Hegel como un partidario de la monarquía representativa en lugar de como un teórico de la reacción prusiana, aunque también critica el tratamiento mitificador que confiere al Estado basándose en el hecho de que es un término abstracto por cuanto sólo el pueblo es concreto. Sin embargo, Marx también encuentra un valor heurístico en el análisis de Hegel. Su crítica a Hegel en particular le lleva a concluir que: (a) la forma moderna de la representación política está basada en la reorganización del “cuerpo social”, de manera que los individuos ya no están diferenciados en términos de una particular jerarquía de estatus sino en base al disfrute de una ciudadanía individual formalmente libre e igual; y (b) que el aparato estatal está estructurado en torno a una burocracia moderna (que está en posesión de su propia jerarquía distintiva del conocimiento) siendo los puestos de esta jerarquía rellenados en virtud del mérito y su legitimación basada en la responsabilidad constitucional. Llegados a este punto Artous traza un paralelismo doble entre la libertad formal de los échangistes (sujetos provistos de relaciones de intercambio) en el mercado de trabajo capitalista y el despotismo de las fábricas (con su división jerárquica del trabajo) que aparece en el seno de la empresa capitalista; e insiste en la importancia de ambos momentos tanto en lo económico como en lo político. A continuación sugiere, no con suficiente claridad, que el papel del Estado es garantizar el movimiento entre estas dos formas de libertad económica y política y sus respectivas divisiones del trabajo, la inteligencia organizada y la competencia burocrática. Además, sugiere que estas observaciones sobre la ciudadanía y la burocracia pueden guiar la derivación lógica de las relaciones características del Estado moderno de las relaciones capitalistas de producción. Pero Artous es también lo suficientemente escrupuloso como para darse cuenta de que el propio Marx no establecía estas conexiones en su obra temprana sobre el Estado moderno y que sólo después (p.ej. en El capital) señalaba que las relaciones sociales de producción capitalista poseen dos caras: explotación y soberanía y dependencia. También subraya que esta homología no implica que la sociedad moderna esté regidacomo si fuera una empresa, o que la figura del ciudadano moderno sea una imagen invertida del propio productor en la fábrica.

Artous, volviendo a la propia crítica que Marx hace a Hegel, nota cómo subraya que el Estado moderno estructura la sociedad civil por medio de un proceso de abstracción. Al separarse de la sociedad civil, permite que la sociedad civil se constituya a sí misma como sociedad política y fijar una división entre burgués y ciudadano mediante la operación de la ley universal. Este proceso doble de abstracción no es sólo un reflejo de la sociedad civil, una inversión o ilusión, sino que tiene efectos reales. En consecuencia, Marx no contempla la representación política como cuestión del mejor diseño institucional para asegurar que un delegado represente los intereses de todos los ciudadanos que representa, sino más bien como la forma básica por y mediante la cual el Estado político moderno queda instituido por la sociedad civil burguesa y ésta organiza el acceso al poder político. En este sentido la institución del voto (el derecho a votar, el derecho a ser elegido) proporciona el acceso a una materialidad igualitaria ilusoria en el ámbito político. Esto plantea cuestiones relativas tanto a la forma como al contenido de la política moderna y su dialéctica. En términos formales los diputados se entiende que representan a su circunscripción; pero, en términos materiales los diputados representan por supuesto sus intereses particulares. Así pues, el Estado representativo no puede asegurar la democracia –ello requeriría la abolición de la separación entre Estado y sociedad civil. Esta crítica queda más desarrollada en Sobre la cuestión judía. Dado que la crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel se centra en la contradicción entre Estado y sociedad civil, la crítica de Marx a Bruno Bauer se centra en el conflicto entre ciudadano y ser humano -entre las luchas por la emancipación política y la emancipación humana. En este sentido, mientras los comentarios de Marx sobre la Filosofía del Derecho desarrollan una crítica a la monarquía constitucional, sus comentarios en La cuestión judía critican en términos generales a la democracia representativa. Todo esto resulta ser por supuesto bastante familiar.

Sin embargo, Artous lleva el argumento más allá al considerar la otra cara del Estado moderno, concretamente la naturaleza de la burocracia moderna, como una jerarquía de conocimiento y competencia a la que se accede mediante un concurso abierto (mediante exámenes) donde la ubicación final de una persona depende de su propia cualificación. No obstante, en tanto que Artous reconoce la contradicción transparente en la forma y contenido de la representación política, resulta menos claro en torno a la naturaleza y transparencia de la contradicción en la Administración burocrática. Esta contradicción, si se lee entre líneas, podría suponer que el papel por excelencia pero opaco consiste en reproducir la división intelectual/manual del trabajo y/o la eventual subordinación de la Administración formalmente racional a las demandas sustanciales de la reproducción capitalista. Sí se da cuenta de que, en la medida que Marx procede a examinar el papel político del proletariado, el tema de la democracia se convierte en la emancipación política del proletariado como portador del comunismo en lugar de la emancipación del ser humano en abstracto o del ser humano en general. Así pues, en el periodo que él y Engels redactaron el Manifiesto Comunista la democracia se había convertido en un sinónimo del derrocamiento proletario de la dominación política burguesa.

Artous insiste, al igual que Marx, que la forma jurídica tiene una eficacia concreta para la organización de las relaciones sociales de producción tanto en un sentido objetivo como subjetivo. Sobre todo, por lo que respecta a lo subjetivo, actúa como mediación en la subjetivización (formación de sujeto) del trabajador frente al capitalista. Lo determinante para ello es la formación de una relación salarial, entendida como una basada en la ausencia de coerción externa y en una igualdad de derechos (a pesar de que, como señala Marx, allí donde choca la igualdad de derechos prevalece la fuerza) en lugar de una basada en una relación amo/siervo. Sin embargo, en el mismo proceso laboral, donde Marx vuelve a señalar que la relación salarial implica dominación dentro de un sistema de despotismo fabril enraizado en el control de la división del trabajo manufacturero y, más tarde, en la manufactura como el modo de producción formalmente adecuado para asegurar la verdadera subsunción del trabajo asalariado bajo control capitalista. Artous adscribe al Estado un papel clave en este punto, por cuanto tiene que intervenir en la relación salarial para asegurar su reproducción, las ilusiones de igualdad que genera y un equilibrio apropiado en el mercado de trabajo y en la organización del proceso de trabajo (p.ej. mediante la legislación fabril). A su vez, esto significa que el momento jurídico tiene que desempeñar un papel clave en todo el proceso de emancipación y en la auto institución de la democracia.

Artous, al desarrollar este comentario sobre la naturaleza de la ley, critica las posiciones de Joachim Hirsch, Poulantzas, Pashukanis, Ernst Bloch, Claude Lefort y Etienne Balibar. En muchas ocasiones parece haber leído erróneamente o solo haber leído parcialmente a los autores que está criticando (p.ej. a Hirsch y Poulantzas) y, por lo que se refiere a Pashukanis, se centra en el método histórico-genético supuestamente equivocado y su enfoque basado en el simple intercambio de bienes en lugar de en las relaciones de producción capitalistas. Ignora sus percepciones sobre la naturaleza de la ley privada y pública, o la particular y constitutiva ausencia de la clase como principio sustantivo de la organización política en el Estado capitalista.

La Parte III vuelve a un análisis más sustantivo y riguroso del Estado moderno y la lucha de clases política con el fin de reconstruir la teoría de Marx sobre el Estado. Se compone de tres capítulos principales: un análisis de los regímenes políticos, el cambio de régimen, el imaginario político y la especificidad de las luchas políticas tal como quedan recogidas en Las luchas de clase en Francia y en El 18 Brumario; una reconstrucción de los puntos de vista de Marx y Engels sobre las diferentes vías para la formación estatal y sus consecuencias para la desviación estructural en los diferentes Estados y regímenes políticos; y un capítulo dedicado a las dificultades teóricas residuales para fijar la especificidad de un tipo de Estado capitalista, los mecanismos de la hegemonía política burguesa y la correspondencia formal y sustantiva entre el tipo de Estado capitalista y el modo de producción capitalista. El capítulo sobre la política en Francia aporta algunas percepciones lúcidas, si bien familiares, sobre la especificidad de la lucha política y la autonomía de la política debido a las características distintivas del ámbito de la política. Se señalan las dificultades que Marx encontró al interpretar las relaciones entre diferentes fracciones de clase de Francia, ya que utilizaba a Inglaterra como modelo de desarrollo económico capitalista y de la política burguesa moderna. Explora la efectividad política de las representaciones colectivas -no como tantas otras ilusiones ideológicas, expresiones alienadas de la realidad social o formas de falsa conciencia, sino como articulaciones específicas y necesarias de la imaginería social en el terreno político- y contempla el papel del bonapartismo para la unificación política de la burguesía francesa. Artous se desplaza a continuación del bonapartismo a la cuestión de la especificidad del Estado francés si se lo compara con el Estado norteamericano, el Estado inglés y la revolución desde arriba de Alemania. Su principal pretensión aquí es debatir la conocida tipología institucionalista sobre regímenes políticos de Bertrand Badie y Pierre Birnbaum, con el énfasis que ponen en la singularidad de la acusada diferenciación institucional y centralización del Estado francés si lo comparamos con los casos anglo-americanos que confieren importancia al gobierno político ejercido por medio del establishment o la élite del poder arraigada en la sociedad civil. Esto interfiere con el caudal argumental si bien ello no le impide extraer aspectos interesantes sobre la capacidad de Marx y Engels de realizar un análisis comparativo de la constitución histórica (como opuesta a lo formal) de Estados en las sociedades capitalistas, y el impacto de las diferentes trayectorias.

El capítulo tercero regresa al problema de la constitución formal del Estado capitalista, es decir, a la necesidad de una teorización rigurosa de la idoneidad formal del tipo de Estado a las características distintivas del capitalismo como modo de producción y las exigencias que este modo de producción plantea a la intervención del Estado para asegurar la reproducción ampliada de las relaciones capitalistas de producción. Aquí Artous se da cuenta de que buena parte de lo escrito explícitamente por Marx sobre el Estado moderno y la política fue escrito antes de que realizara sus contribuciones decisivas a la crítica de la economía política en los Grundrisse y los volúmenes nunca acabados de El Capital. Esto plantea una serie de dificultades teóricas sobre cómo los marxistas pueden hacer derivar lógicamente la naturaleza del Estado capitalista de la naturaleza de la relación con el capital en general y cómo pueden entenderse los nexos entre el poder de la propiedad privada y el poder público del Estado soberano. Artous insiste en que tal explicación no puede derivarse de un análisis histórico-genético del Estado como una forma transhistórica (a la manera como lo propuso Engels en Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado) sino que debe estar basado en la naturaleza del propio capitalismo. O dicho de forma más específica, deberá centrarse en los problemas que afronta la burguesía al ejercer el poder político y asegurar su hegemonía cuando es, según Marx y Engels, casi constitutivamente incapaz de ejercer el poder político directamente a su favor mediante su mero control instrumental del aparato del Estado. A este respecto resulta esencial ir más allá de la simple fórmula del Manifiesto Comunista según lacual el Estado es el comité ejecutivo de la burguesía, y considerar la forma en que actúa el Estado como algo destinado para y a favor de la burguesía.

Existe una bibliografía abundante y sofisticada relacionada con esta cuestión en el Staatsableitungdebatte [debate sobre la derivación del Estado] alemán, así como en algunas obras en francés (p.ej. las sucesivas tentativas de Poulantzas para determinar la especificidad del tipo de Estado capitalista). Artous no hace referencia a la bibliografía alemana, ni siquiera a la traducida al francés. En su lugar busca la respuesta en las dos caras del Estado presagiadas en la obra del joven Marx en lugar de la dedicada al capitalismo. Las dos caras son: (a) el Estado como una gigantesca maquina de gobierno capaz de unificar los intereses en conflicto y en concurrencia de la burguesía y los de la sociedad civil (para producir la unidad cívica de la nación) y (b) la del principio moderno de la representación política basada en la individualización de los ciudadanos y el sufragio universal, en contraste con los Estados feudales y absolutistas y que sirve, según palabras de Perry Anderson, de “piedra angular ideológica” del Estado capitalista. El capítulo final de esta parte suplementa estos argumentos con ideas inspiradas en estudios foucaultianos sobre el disciplinamiento de las clases populares por medio de prácticas extra-económicas tales como la familiarización (la reorganización de la vida familiar) y la escolarización (la educación universal para crear nuevos sujetos provistos de nuevas formas de conocimiento). Artous, en contraste con ciertas lecturas de Foucault -aunque consistente con el propio Foucault- asigna al Estado una función clave en la codificación estratégica de estas diferentes prácticas disciplinarias.

La IV parte aborda el tema de la dictadura del proletariado y la extinción del Estado –temas controvertidos que obligaron a Marx y Engels a emprender una batalla en dos frentes: con el anarquismo bakuninista y el estatismo lassaliano. Artous, ajustándose estrictamente a los textos relevantes, plantea que la dictadura del proletariado es una categoría estratégica mas preocupada por los horizontes de acción y las prácticas que permitan avanzar hacia tales horizontes que preocupada por una categoría científica interesada en la descripción y explicación de un capitalismo existente en la actualidad –y aún menos de un modelo fijo y concreto de una real y futura dictadura del proletariado. Así pues, sigue el rastro de la cambiante interpretación de esta categoría estratégica tal como Marx y Engels repensaron tanto el horizonte de acción como las estrategias y tácticas necesarias para aproximarse a ello. Sus argumentos en torno a la extinción del Estado siguen una línea de análisis parecida, centrándose más en la orientación estratégica que en los mecanismos específicos, al tiempo que señala las ambigüedades de los relatos que nos proporcionan tanto Marx como Engels. En este contexto también critica el enfoque que Lenin confiere a la dictadura del proletariado en El Estado y la revolución, al desarrollo del Estado bolchevique, al análisis de Trotsky sobre la degeneración del Estado obrero, a los problemas de la organización política de las clases y a la relación entre partidos y clases sociales. Un segundo capítulo se centra más en el significado de la extinción del derecho, en la transición de la dominación política de clase a la administración de las cosas y al desarrollo múltiple de los individuos en una economía socializada basada en la cooperación, las nuevas necesidades sociales, el incremento del tiempo de ocio y la autoinstitución democrática de lo social mediante la construcción de nuevas formas de comunidad.

Como ya debería quedar claro en mi recensión, ésta es una obra ambiciosa que reclama mucho pero que, al menos para el lector, es en última instancia insatisfactoria. No cabe duda de que Artous ha leído muy cuidadosamente a Marx y Engels sobre el Estado y la política y es sensible a la continuidad y discontinuidad de su pensamiento con el paso del tiempo y es consciente de las diferencias argumentales y de énfasis a veces acusadas entre las dos figuras fundadoras del marxismo. A este respecto su obra es un complemento útil a libros como los de Gary Teeple o la gigantesca exégesis crítica de Hal Draper. Es menos evidente que Artous haya leído a los teóricos contemporáneos sobre el Estado con la misma minuciosidad que ha leído la obra de Marx y Engels, o que haya logrado evitar muchos de los problemas de otras tentativas orientadas a completar la teoría inacabada de Marx sobre el Estado y la política. A mi juicio existen tres problemas serios en esta participación en el continuado debate sobre el Estado capitalista. Otros teóricos del Estado que trabajan desde posiciones diferentes seguramente llegarían a plantear críticas algo diferentes.

En primer lugar, aunque Artous advierta la importancia de derivar la naturaleza del Estado capitalista de las relaciones capitalistas de producción, emprende esa tarea de forma muy limitada. Porque no implica sino poco más que un relato extenso sobre la dualidad de la relación salarial, con una igualdad formal en el mercado laboral, así como jerarquía y despotismo en el proceso laboral, y la necesidad del Estado para verse involucrado en la gestión, normalización o gubernamentalización de esta relación. A este respecto también da cuenta de la homologación formal entre la dualidad de la relación salarial y la dualidad del Estado moderno revestido de la igualdad formal entre los ciudadanos y la jerarquía de competencias en la burocracia. Otros teóricos marxistas del Estado, que trabajan en torno a líneas similares, también se han dado cuenta de la importancia de la gestión, normalización y gubernamentalización de la forma monetaria como una tarea clave para el Estado capitalista y, ciertamente, sus implicaciones para el Estado capitalista en calidad de Estado fiscal [Steuerstaat]. Sin embargo, otros nos suministran un listado de puntos más extenso donde el Estado tiene que intervenir para asegurar las condiciones para la acumulación de capital, señalando además cómo éstas cambian a lo largo del tiempo. Más problemática aún es la medida en que Artous da por hecho que el Estado nacional es la forma básica del Estado capitalista, dado que sólo considera la política interior en lugar de las relaciones interestatales. En general, su análisis no solo tiende a reiterar la separación entre los rasgos económicos y políticos del capitalismo (lo que por supuesto es correcto), sino también a naturalizar esta separación con el efecto de que la política, una vez asegurada la relación salarial, posee su propia lógica autónoma como ámbito de la lucha de clases política. Sin embargo, la dinámica de la acumulación de capital es mucho más contradictoria, conflictiva y propensa a crisis de lo que Artous está dispuesto a admitir y esto requiere conferir al Estado una función más activa (incluso en la época del capitalismo liberal y del Estado liberal donde el Estado supuestamente sólo garantiza un marco externo para la operatividad del mercado) de la que se desprende de su argumentación sobre el Estado moderno (capitalista).

En segundo lugar, al tratar de demostrar la correspondencia formal entre el Estado moderno y las relaciones de producción capitalistas, Artous parece asumir que la forma sigue a la función y/o que la forma garantiza la función. Algunos teóricos marxistas del Estado (tales como Poulantzas y Hirsch) arguyen por el contrario que la forma problematiza la función. Plantean que la separación institucional del Estado y la economía (o la política y la economía), como característica del capitalismo, es necesaria tanto para una acumulación del capital, orientada al beneficio y mediada por el mercado, como amenaza permanente a la capacidad del capital para reproducir sus condiciones de existencia económicas y extra-económicas. Ya que la misma autonomía institucional y operativa del Estado y la política plantea serios problemas en torno a la coincidencia o correspondencia entre la acción política y la reproducción ampliada de la relación capitalista. Artous tiende a abordar esta cuestión silenciándola ó solucionándola afirmando que una burocracia formal racional-legal en combinación con una democracia parlamentaria basada en el sufragio universal proporcionarán políticas adecuadas y la legitimación del gobierno del capital. Ni Marx ni Max Weber habrían estado de acuerdo con el primer paso de este argumento, y el segundo paso requiere algo más que una simple afirmación de la demanda de Perry Anderson de que la representación parlamentaria viene a ser la pieza clave del Estado capitalista. Aquí echamos en falta un sentido bien trabado de los problemas que se plantean al formular y poner en práctica estrategias y políticas favorables a la acumulación de capital y dominio político de clase de cara a la contradictoria, conflictiva y proclive a crisis del sistema capitalista que de forma creciente se desarrolla a escala mundial al mismo tiempo que la política sigue siendo algo firmemente nacional en muchos aspectos. Existe, por supuesto, otro problema en el dominio presente y pasado de Estados en las sociedades capitalistas que no tienen ni burocracias racionales ni un sistema de representación política que funcione adecuadamente. Incluso si desecharamos estas críticas, basándonos en que nos alejarían del horizonte económico y político del propio Marx y Engels, sigue dándose el caso de que sus diversos comentarios sobre la lucha de clases política, la inadecuación de regímenes políticos específicos para asegurar un equilibrio de compromisos favorable a la acumulación de capital y a la cohesión social, y las interminables luchas en torno a la política económica, todo apunta a serios problemas relacionados con la funcionalidad de la separación del Estado de la sociedad civil y/o la política de la economía.

En tercer lugar, como ya quedó indicado, Artous tiende a cortocircuitar el análisis del Estado capitalista y la política. Los teóricos a los que critica (como Poulantzas y Hirsch) y teóricos a los que prácticamente ignora (como Gramsci y Offe) han desarrollado un relato más complejo del Estado capitalista basándose en el movimiento del abstracto simple al concreto complejo. Los tres principales pasos en su argumento están relacionados con la matriz institucional necesaria para las formaciones sociales capitalistas, la funcionalidad problemática de las formas institucionales de esta matriz y el papel de la lucha de clases política para compensar parcial y provisionalmente esta funcionalidad problemática. Así pues, mientras tales teóricos comienzan con la necesaria separación institucional de lo económico y político en el capitalismo, contemplan esto como algo potencialmente disfuncional más que como una garantía institucionalmente inscrita de una armoniosa co-evolución de lo económico y lo político. Esto plantea problemas reales en torno a la unidad relativa de los circuitos del capital (incluso asumiendo que están confinados en mercados nacionales gobernados por Estados nacionales), la integración institucional del Estado (dada su diferenciación interna horizontal y vertical) y la interpenetración y acoplamiento estructural de ambos conjuntos de formas y sus relaciones asociadas al poder. Pero la institución del Estado nacional-popular y sus ciudadanos individualizados suministra una matriz dentro de la cual las fuerzas políticas pueden competir para definir el interés nacional-popular. Esto queda reforzado por medio de la centralización del poder político soberano y el alcance territorial nacional de tales Estados y por un mecanismo electoral orientado al gobierno de la mayoría. Pero esta competencia política ocurre en un contexto donde los gobiernos electos y los servidores públicos tienen también que tener en cuenta la viabilidad y repercusiones económicas a medio plazo de sus acciones. Es en este contexto en el que se producen las luchas por la hegemonía en un sentido gramsciano, es decir, la lucha por el liderazgo político, intelectual y moral orientado a definir un interés nacional-popular compatible con los intereses a largo plazo de la clase dominante. No sólo son los partidos políticos los que desempeñan aquí una función clave, sino también las numerosas instituciones de la sociedad civil y, desde una perspectiva gramsciana, los intelectuales en particular. Una lectura cuidadosa y minuciosa de Marx y Engels nos permitiría desarrollar más estos argumentos en lugar de recurrir a afirmaciones infundadas sobre la efectividad de las burocracias nacionales y el principio del sufragio universal para asegurar las condiciones para la acumulación de capital y la dominación política de clase.

Estos tres conjuntos de críticas indican que sólo hay una alternativa para afrontar y tratar de completar la cuestión de la teoría de Marx sobre el Estado. Artous siguió otro camino al estar mucho más preocupado por superar el capitalismo y el Estado moderno que por entender la complejidad del sistema de Estados tal como está integrado dentro del mercado mundial y la lógica del capital. Esto explica por qué está tan interesado en las características básicas del Estado moderno (sic) tal como las esbozó Hegel y sujetas luego a la crítica de Marx, con las continuidades relativas del compromiso general de Marx con la emancipación humana mediante la abolición de la separación entre el Estado y la sociedad civil y con las discontinuidades relativas de sus categorías estratégicas para pensar en y fomentar la extinción del Derecho y del Estado, así como los mecanismos que puedan llevarnos en esa dirección. La centralidad de este proyecto para la estructuración y diseño general del libro también explica por qué su debate sobre el joven Marx es tan perspicaz y por qué los capítulos siguientes resultan bastante más convincentes en torno a las luchas de clase en medio de las formas cambiantes de los regímenes políticos que lo que puedan suponer en torno a la matriz institucional básica y las selectividades estratégicas estructuralmente enraizadas del Estado capitalista o, dicho de otra forma, el tipo de Estado capitalista. En este sentido todavía queda un trabajo importante para recuperar y reconstruir la teoría marxista del Estado capitalista.

Bob Jessop es autor de, entre otras obras, El Estado. Pasado, presente, futuro, editado por Catarata en 2017.

Esta recensión fue publicada originalmente en Historical Materialism, 13, 2, en enero de 2015.

Traducción: viento sur





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