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Trotsky
El regreso del caballero oscuro
14/02/2019 | Benjamin Stephens

La miniserie Trotsky de Netflix constituye una siniestra falsificación reaccionaria de la historia, encaminada a favorecer a los derechistas que dominan la política actual en Rusia.

Viendo la miniserie Trotsky, realizada por el Canal Uno ruso en 2017, uno no puede por más que recordar las incursiones de Christopher Nolan en la franquicia de Batman, tanto por la ideología como por la estética. En el primer episodio se ve cómo Lev Bronstein, un revolucionario idealista e ingenuo, interesado por los derechos humanos, se convierte en el frío y taimado León Trotsky, un hombre hechizado por el poder y la fama a quien no le importa la cantidad de sangre que mancha sus manos.

Esta transformación viene facilitada por el otro Trotsky, Nikolai, el jefe de los funcionarios de la prisión de Odessa, un clásico reaccionario del estilo de Dostoyevski que advierte al futuro Trotsky, mientras juegan al ajedrez, que liberar a las masas rusas daría lugar a un nivel inimaginable de destrucción de la sociedad, y que el poder, una vez conseguido, solo podría ejercerse mediante el terror. Trotsky se obsesiona con estas palabras en la soledad de su celda en penumbra y sufre una terrible metamorfosis, convirtiéndose, en sus propias palabras, en el “mayor monstruo” y metiéndose en la piel de su carcelero con la adopción del apellido Trotsky.

Estas escenas recuerdan mucho a la transformación de Bruce Wayne en Batman, el amo del temor y la oscuridad, bajo la tutela del venerable Ra’s al Ghul. Ambas transformaciones son pura ficción. En su autobiografía Mi vida, escrita en 1930, Trotsky menciona la elección de su nombre de guerra, escrito en un pasaporte falsificado, como algo completamente marginal. En el primer volumen de su colosal biografía de Trotsky, El profeta armado, Isaac Deutscher identifica el origen del apellido Trotsky como uno de los carceleros, que era un personaje oscuro y de ningún modo el jefe de los funcionarios de la cárcel de Odessa. Según Deutscher, la actitud que inspiraba a Trotksy el gendarme encargado de interrogarle mientras estuvo prisionero en Odessa fue de burla.

Así, ¿quién es en realidad el Nikolai Trotsky retratado en la miniserie? ¿De dónde provienen sus palabras y su sabiduría? La respuesta la podemos encontrar en la historia oficial de la Rusia actual. La opinión personal de Vladímir Putin sobre la Revolución de Octubre la resumió en un discurso de 2017 ante unos maestros y alumnos: “Alguien decidió sacudir a Rusia desde el interior y agitó las cosas hasta tal punto que el Estado ruso se derrumbó. ¡Una traición total a los intereses nacionales! Hoy también tenemos a esa clase de gente.” Oficialmente, la Rusia moderna camina sobre una cuerda tendida entre dos historiografías: la tumba de Lenin se halla junto a las de la familia Romanov, ahora canonizada; se invoca la Unión Soviética como una gran potencia, pero nunca como fruto de una insurrección de masas.

Uno de los paralelismos más siniestros entre la serie y el discurso histórico oficial es la introducción de la figura de Alexander Parvus, un socialista judío ruso que escribía para publicaciones del exilio, como Iskra. Aunque es innegable que Parvus fue, en efecto, un colaborador del espionaje militar alemán que esperaba que la derrota del imperio de los zares en la guerra acelerara la resolución socialista en Rusia, Trotsky lo describe a través del tropo antisemita de los judíos como financiadores y beneficiarios del caos revolucionario, una figuración extraída directamente de la propaganda de los ejércitos blancos en la guerra civil rusa. Mientras Nikolai Trotsky enseña a Lev Bronstein el arte de la crueldad y el terror, Parvus aparece como alguien que le enseña a manipular y engañar, creando su imagen de revolucionario profesional con traje nuevo a fin de “ocultar sus demonios” y “atraer a las masas”.

En una escena situada en 1918 vemos a Trotsky haciendo uso de estas dotes teatrales y capacidad de engaño para convencer a unos soldados revolucionarios a que –así dice el guion– “matar a compatriotas rusos”, y regalando a un soldado el reloj que lleva en la muñeca, para enterarnos después de que Trotsky tiene todo un cajón lleno de relojes parecidos. Trotsky ordena más tarde a un pelotón de fusilamiento que diezme un regimiento.

En apenas los primeros 45 minutos, una imaginería salvajemente antisemita, inspirada en la larga y terrible tradición del pensamiento reaccionario ruso, marca la pauta del resto de la serie. Trotsky aparece finalmente como una combinación de la política antediluviana de los rusos blancos emigrados con la taquillera estética populista contemporánea de un Zack Snyder o Christopher Nolan. Del mismo modo que la extrema derecha contemporánea ha acabado recalificándose de populista frente a los globalistas respaldados por el dinero de Soros, Trotsky ha empaquetado esa política en una estética populista apropiada. No estamos ante una epopeya histórica esmerada en la tradición soviética de Eisenstein, Bondarchuk o Tarkovsky, sino ante un relato sensacionalista de supervillanos que pretende seducir al público con paladas de sexo y violencia.

A medida que avanza la serie, queda claro por qué se escogió el personaje de Trotsky como punto focal de una serie lanzada en el centenario de la Revolución Rusa. No para romper tabúes de la era soviética, como se ha sugerido, sino para crear una imagen de Trotsky que pueda servir de terrible chivo expiatorio de un periodo histórico que todavía plantea preguntas incómodas en la Rusia moderna. Viendo Trotsky, uno creería que Trotsky fue el oscuro cerebro de la revolución, oculto tras la figura pública de Lenin, un hombre que creó a Stalin como su golem y después perdió el control, un hombre que se convirtió a sí mismo en monstruo, obsesionado con el poder y el control, rodeado de sexo y muerte… y al mismo tiempo la marioneta de una conspiración antirrusa. El productor de la serie, Konstantin Ernst, ha admitido discretamente que la serie está concebida como una dramatización semificcional, “basada en” el personaje de Trotsky. Más bien, es una fantasía siniestra y reaccionaria, nacida del áspero clima político de la Rusia contemporánea.

05/02/2019

https://tribunemag.co.uk/2019/02/the-dark-knight-returns?

Benjamin Stephens es un historiador que actualmente trabaja en la enseñanza.

Traducción: viento sur





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