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De la globalización neoliberal al nacionalismo supremacista de derechas
La diabólica ley del péndulo
07/02/2019 | Óscar Simón

Hoy, Trump, Bolsonaro, Orban, Salvini, Le Pen, Putin, Erdogan son algunos de los principales exponentes de un nuevo tipo de líderes políticos con una retórica y práctica política similar en muchos puntos. Ciertamente cada uno de estos líderes proviene de diferentes tradiciones políticas; unos son abiertamente fascistas como Bolsonaro y otros representan el retorno de la derecha nacionalista a lugares de poder. No obstante comparten la afirmación nacional ligada a una idea de la necesidad de combatir tanto el enemigo exterior como a la quinta columna interior (personas racializadas, comunistas, sindicalistas, kurdos, chechenos, periodistas, personas lgtbi, feministas...) que conforman todo aquello que se tiene que combatir para preservar las esencias patrias con el objetivo de recuperar una soberanía que la globalización neoliberal ha erosionado.

Esta idea de recuperar la soberanía es el que los hace conectar con buena parte de la ciudadanía que durante prácticamente tres décadas ha visto cómo la globalización neoliberal perjudicaba gravemente sus condiciones de vida. Este fenómeno es especialmente grave entre las grandes masas trabajadoras industriales que han sufrido el dumping laboral (deslocalizar empresas para llevarlas a lugares donde los salarios y costes son menores). Un ejemplo palmario es la penetración de Trump en bastiones demócratas como Michigan donde el desguace de la industria del automóvil tuvo consecuencias nefastas para la población, magistralmente retratadas en la película de Michael Moore, Roger and me(1989).

El consenso de Washington

El economista inglés John Williamson sintetizó en diez puntos el conjunto de instrucciones del Banco Mundial (BM) que fueron impulsadas e impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) de la mano de los estados. Los llamados paquetes de reforma estructural o memorandos eran políticas económicas destinadas tanto a abrir cada rincón del mundo a las multinacionales, incluida la privatización de los servicios públicos, como a devaluar las condiciones laborales para conseguir aquello que denominaban ventaja competitiva. Durante este proceso los gobiernos de la mayoría de los estados trabajaron conjuntamente con BM, FMI y OMC para imponer el consenso de Washington.

En esos años este consenso fue cómo uno bulldozer comunicativo, ideológico y político. Eran otros tiempos, primero las dictaduras latinoamericanas y los gobiernos que se derivaron aplicaron las recetas neoliberales de Milton Friedman y su grupo de economistas conocidos como los Chicago Boys. Académicos neoliberales que con la ayuda de los tanques (Chile,Argentina, Uruguay) y el FMI, el BM y la OMC impusieron la privatización y la desregulación como dogmas. Amplias zonas del planeta, Latinoamérica, África, el caído bloque soviético, entraron a formar parte del campo de operaciones del capitalismo occidental en un proceso magistralmente documentado en el libro La doctrina del shock (N. Klein 2007).

Aun así, después de tres décadas, la idea de que las exportaciones podían crecer indefinidamente a costa de abrir nuevos mercados se ha demostrado de nuevo falsa. Hoy las multinacionales topan constantemente unas contra las otras. Estas empresas necesitan conservar sus mercados para poder sobrevivir y por tanto luchan para impedir que otras multinacionales les quiten clientes.

El resumen de este fenómeno lo hace Trump como nadie cuando insulta a los demócratas denominándolos globalistas. Él representa a los capitalistas norteamericanos que están perdiendo la globalización económica contra China o la UE. Los magnates del acero, el carbón, etc... y aprovecha los nefastos efectos de la globalización sobre el nivel de vida de la gente trabajadora para ganar las elecciones.

Lo hace mitificando la idea de la patria blanca. Pero en lugar de recuperar los derechos laborales y los servicios sociales que la revolución conservadora de Reagan destruyó lo que plantea es expulsar migrantes y utilizar la maquinaria militar para imponer nuevas reglas comerciales. El Make America Great Again utiliza la pauperización de las zonas industriales para intentar liderar una reacción nacionalista.

Esta batalla entre los capitalismos que exportan cómo es el caso de Alemania que vende el 34% de su producción al exterior y por tanto apuesta por la globalización y los que quieren recuperar terreno en este sentido como los de los EE UU se refleja en los enfrentamientos dentro de la OMC. La subida de los precios del petróleo, que encarecerá el transporte marítimo, la automatización de la producción, que cambiará las dinámicas de deslocalización al acabar con más lugares de trabajo a escala global, serán factores que profundizarán los problemas que afrontan las economías capitalistas y tendrán influencia en los acontecimientos políticos. El hecho que EE UU piense reducir su presencia en Oriente Medio para redoblar su agenda americana con la desestabilización de Venezuela es también una muestra de la regionalización en marcha.

El porcentaje del PIB global que se vende al exterior ha pasado del 28% en 2007 al 22,5%. La necesidad de defender estas zonas de predominio comercial choca con el discurso globalizador de hace 10 años y las clases dominantes están articulando un discurso y unos partidos políticos que justifican el giro. Actualmente hay capitalistas que apuestan por la globalización y otros por la regionalización. Ni unos ni otros lo hacen para ayudar a las clases populares, sino por mantener el negocio de los campeones nacionales, que no son otra cosa que grandes multinacionales cuyas direcciones forman parte de la clase dominado de cada estado.

El ascenso de la ultraderecha, el fascismo y las derechas nacionalistas representan una alternativa necesaria por los grandes capitales que ya no financian solo a la derecha liberal sino que depositan los huevos en diferentes cestos. Esto no quiere decir que exista una conspiración para hacer crecer la derecha ultra o el fascismo sino que en estos momentos de crisis, el capitalismo vuelve a plantearse la necesidad de prevalecer a expensas de lo que sea. El autoritarismo y la brutalidad del fascismo representan la organización social capaz de aplastar el movimiento obrero. No tiene que tener una forma específica concreta sino el mismo objetivo. Mussolini, Hitler y Franco dirigían estados fascistas con diferentes formas y retóricas, pero todos utilizaron su fuerza para destruir las organizaciones obreras y populares. Hoy Bolsonaro o Ivan Duque hacen lo mismo en Brasil y Colombia. Acabar con las organizaciones de la gente trabajadora permite al empresariado recuperar las tasas de beneficio, aunque el hecho de necesitar aplicar una violencia sistemática lo convierte en una opción solo por instantes de crisis. Por lo tanto, no podemos pensar que el crecimiento de la ultraderecha es una casualidad u obedece al surgimiento de liderazgos fuertes, sino que se está produciendo un cambio en la configuración global de los sistemas que propician el resurgimiento de una ultraderecha que había estado durando muchos años relegada a la marginalidad.

Cómo es posible que la crisis del neoliberalismo no sea aprovechada por la izquierda que lo criticaba?

Ciertamente la retórica neoliberal no puede suponer una alternativa. Hillary Clinton perdió donde Sanders podía haber ganado. Nadie puede creer que más desregulación y más deslocalización llevará más prosperidad. Algunos dirán, por ejemplo, que la libertad de circulación de las personas en la UE fue un avance y tienen razón, pero no pueden pretender hacer creer a la población que sin deslocalización y sin privatizaciones sea necesario volver a las fronteras intraeuropeas.

Los problemas que tienen las izquierdas, especialmente las reformistas, para adaptarse a la situación provienen principalmente de que durante años los partidos socialdemócratas clásicos se plegaron a la globalización y por tanto tienen que cambiar el discurso.

La derecha ha sido capaz en muchos casos de generar nuevos partidos que aparecen como anti stablishment y que no cargan con el peso de haber aplicado el planes de ajuste estructurales. Trump en los EE. UU., Macron en Francia, Bolsonaro en Brasil, Orban en Hungría, Boris Johnson en Inglaterra, Duterte a Flipinas. Todos menos Macron han hecho pasar su incorrección política por una rotura con la hipocresía de los líderes anteriores.

En cambio los partidos socialdemócratas son los mismos y solo los líderes que durante años eran desterrados por los mismos partidos como Corbyn o Sanders han podido recoger, en parte, la oleada de indignación y rechazo a la globalización. No obstante tanto los profundos vínculos de sus partidos con las políticas de austeridad, como la incapacidad de estos partidos de cambiar, les ha impedido romper con la losa de las decisiones pasadas.

La globalización neoliberal cogió a la izquierda revolucionaria en el momento más débil de su historia. El hundimiento del bloque soviético debilitó o destruyó muchos partidos comunistas. La carencia de crítica al estalinismo desde posiciones revolucionarias o la deriva hacia posiciones de izquierda reformista (eurocomunismo) hizo desaparecer alternativas rupturistas potentes en las sociedades occidentales.El movimiento antiglobalización, aunque fue capaz de criticar acertadamente lo que significaba el consenso de Washington y movilizar a millones de personas, no consiguió articularse como una alternativa local ni global al ser incapaz de movilizar y organizar a sectores importantes de la clase trabajadora y, por último, las fuerzas surgidas o reforzadas como consecuencia de la crisis y la lucha contra la austeridad se han quedado a medio camino entre la renovación política y el eurocomunismo o no se han podido convertir, hasta ahora, en organizaciones de masas.

Así el descrédito de la socialdemocracia, el cansancio por años de recortes y precariedad, junto a una financiación masiva están propiciando que la ultraderecha crezca como hace décadas que no lo hacía.

El caso del Estado español

Cuando el movimiento obrero derrotó el franquismo en las calles y las fábricas, los partidos firmaron una transición que dejó intacta buena parte de la estructura estatal, judicatura, alto funcionariado y cuerpos armados (ejército y policía). Por otro lado el fascismo de corbata se acabó integrando finalmente dentro del PP, después de la desaparición de Fuerza Nueva. Durante años el PP era entendido como la herramienta de las derechas para ganar las elecciones y repartir prebendas a diestro y siniestro.

La crisis de 2008 y los recortes que aplicó el gobierno de Mariano Rajoy conjuntamente con el descubrimiento de la corrupción generalizada del PP abrió las puertas al surgimiento de Ciudadanos primero y después de VOX. A medida que las expectativas electorales del PP bajaban cada vez más sectores que hasta hacía poco convivían internamente en un partido de gobierno decidieron impulsar otras alternativas. Tanto Albert Rivera líder de Ciudadanos, como Santiago Abascal caudillo de VOX, han tenido carné del PP. Esta división, a pesar de que les puede hacer perder escaños en circunscripciones pequeñas, les ayuda a movilizar electorado dado que el cansancio con el PP no se va a la abstención sino que es recogido por Ciudadanos o VOX.

La situación del Estado español como gran exportador de coches y puerta de entrada de productos fabricados al sur global hace que el discurso nacionalista aislacionista al estilo Trump no sea necesario ni deseable por las élites del Estado. Los tres partidos han decidido hacer del anticatalanismo su razón de ser y su punto de encuentro. En las cuestiones económicas comparten la práctica totalidad del discurso porque sirven a los mismos objetivos.

Por qué hay que combatir VOX específicamente

Algunos compañeros y compañeras dicen que no hay que hacerle publicidad a VOX, que lo que hace falta es desarrollar un buen proyecto anticapitalista suficiente potente para impedir que crezca. Otros dicen que como PP, Ciudadanos y VOX son proyectos de las derechas no hay que hacer diferencias entre unos y otros.

La idea de desarrollar un proyecto electoral ganador puede parecer correcta para frenar el crecimiento del fascismo; en parte esto es lo que se ha hecho en Andalucía. Las izquierdas que han confluido en Adelante Andalucía prefirieron ignorar a VOX durante la campaña y no pusieron suficientes esfuerzos (desde mi punto de vista) para combatir específicamente los argumentos de VOX, ni para boicotear sus actos. De hecho este criterio, que respeto pero no comparto, olvida, en parte, que la base sobre la que se empieza a construir el movimiento fascista son sectores de la clase media que están muy lejos del reformismo radical y todavía más del anticapitalismo, tanto por ideología como por su posición dentro de la sociedad.

En Andalucía el voto de VOX no ha salido mayoritariamente en sectores populares sino de personas con rentas medias altas, conservadoras, que no han tenido miedo a votar fascista cuando han visto que, en la práctica, nadie los confrontaba por el hecho de hacerlo. La pequeña burguesía, que históricamente, ha constituido la base del fascismo solo ha conseguido atraer a parte de la clase trabajadora cuando ha podido conectar con ella, por lo tanto es imprescindible que esto no ocurra, por eso es vital que la ultraderecha no pueda organizar actos sin respuesta. Y no basta plantear la necesaria propuesta organizativa que atraiga a mucha gente porque hoy dentro de una sociedad poco politizada y todavía menos influenciada por las ideas revolucionarias mucha gente encuentra complicado distinguir entre alternativas y por tanto hace falta desenmascarar las verdaderas intenciones del fascismo.

En cuanto a la idea de que no hay que hacer distinciones entre VOX, C’s y el PP solo decir que es muy diferente el que quiere matarte con una pistola del que quiere envenenarte poco a poco. No porque tengan finalidades diferentes sino porque si no le quitas la pistola al que te quiere disparar, tampoco podrás combatir al que te quiere envenenar. Si VOX consigue construir un movimiento de ultraderecha en la calle tendremos muchísimas más dificultades para luchar contra las agresiones del capital. De hecho, estos días vimos como elementos de ultraderecha hacían una Haka (valle guerrero maorí que es muy conocido porque la selección de rugby de Nueva Zelanda lo hace antes de los partidos) contra los taxistas en huelga para intentar atemorizarlos.

Además limitar la lucha antifascista a una lucha estrictamente anticapitalista la reduce a dos minorías radicalizadas enfrentadas. La de izquierdas con menos recursos económicos y sin la complicidad de ciertos sectores policiales. Por lo tanto es imprescindible que la gran masa de trabajadoras que hoy no son revolucionarias forme parte del movimiento antifascista y no quede relegada a un mero espectador que tiene que elegir entre unos y otros. En este sentido ejemplos locales como la lucha contra el Casal fascista Tramontona o contra Plataforma por Cataluña, así como la amplísima respuesta feminista contra el machismo retrógrado que representa VOX nos dan pistas de actuación.

7/02/2019

Óscar Simó es profesor interino afiliado a la USTEC-IAC, miembro de la CUP y activista anticapitalista.





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