aA+
aA-
Grabar en formato PDF
En el Vº aniversario de su muerte
Entrevista a Miguel Romero, Moro
26/01/2019 | Cartografía de culturas radicales

[En el quinto aniversario de su fallecimiento, recuperamos para la web esta larga entrevista realizada por el colectivo Cartografía de Culturas Radicales, en la que el Moro aborda tanto su trayectoria militante individual como colectiva y el contexto en el que se desarrolló.]

Del FeLipe a la Liga Comunista Revolucionaria (1966-1971)

30/05/2013

CARTOGRAFÍAS DE CULTURAS RADICALES (CCR): Hoy tenemos como invitado a Miguel Romero, alias el Moro…

MIGUEL ROMERO, MORO: Exactamente.

Cartografías de Culturas Radicales:... con una larga trayectoria de militancia en la oposición antifranquista dentro del FeLiPe [siglas extendidas del Frente de Liberación del Popular (FLP), organización clandestina de oposición a la dictadura franquista surgida en 1958 de ambientes estudiantiles relativamente independientes de las organizaciones herederas del período de la Segunda República como el Partido Comunista de España (PCE)] y posteriormente en la Liga Comunista Revolucionaria [(LCR), el partido político prorevolucionario de inspiración trotskista perteneciente a la IV Internacional fundado en 1971 en España entre otros por Miguel Romero]... A lo largo de la transición sigues trabajando en los distintos espacios de la Liga, sobre todo en el

ámbito internacional, ¿no?

Miguel Romero, Moro: Sí.

CCR: Y posteriormente, ya a finales de los años noventa, en el movimiento de cooperación al desarrollo desde la ONG ACSUR-Las Segovias [organización no gubernamental de largo recorrido orientada al desarrollo sostenible, el empoderamiento comunitario y el fortalecimiento de los movimientos sociales antiglobalización que arranca de una experiencia de cooperación en la región nicaragüense de Las Segovias en 1986]. Hoy nos vamos a limitar un poco al primer periodo de pre-transición y transición, y en una segunda entrevista abordaremos un poco más ya hasta la actualidad.

Solemos empezar con una primera pregunta que es de background, de tus orígenes: de dónde vienes, cómo es tu familia, qué tipo de socialización en la política tienes… Cómo eres antes de militar, y cómo decides en algún momento de tu vida –sabemos que joven– entrar a militar en una organización que en ese momento es clandestina. Entonces empezamos por de dónde vienes y cómo es que te topas con el FeLiPe...

Miguel Romero Moro: Bueno, son bastantes años, pero vamos a ver cómo lo enfocamos...

CCR: Por cierto, ¿de qué año eres?

Moro: Yo soy del 45. Yo nací en Melilla, ahí ya viene lo de El Moro, o sea no es muy imaginativa la cosa: a mí me han llamado Moro en política y no política y casi sería mejor decir Moro, alias Miguel Romero, porque Miguel Romero lo utiliza poca gente realmente: la familia, los amigos y tal. Así que yo nací en Melilla… Mi padre era farmacéutico, una familia de lo que podemos llamar burguesía media, así que, digamos, no tuvimos ninguna necesidad material particular en casa. Mi padre no era un hombre politizado: vivía el franquismo sin grandes problemas, sin ninguna gran adhesión y sin ningún gran problema tampoco. Así que yo no viví en casa ningún ambiente de política a pesar de que, sobre todo por la rama de mi madre, una buena parte –mi abuelo, mis tíos…– eran militares, y luego descubrí que bastante reaccionarios. La verdad, era una familia bastante feliz: éramos familia numerosa, seis hermanos, digamos nada; bueno, con muchas cosas de particular pero no sé si para contarlas aquí… (ríe). Quiero decir: una vida de chaval que va creciendo, pues se está en unos años de mucha represión, y que va descubriendo la vida como buenamente puede. Quizá en estos años antes de la afición política yo tuve mucha afición por el cine. Y en realidad se puede decir que mi primer choque con el franquismo no fue por la política como tal sino que puede ser por la censura. O sea: un chaval al que le gustaba mucho el cine y todo esto, y sabe que hay películas que no podemos ver… ese tipo de historias.

CCR: ¿Tu familia vive en Madrid, estáis radicados en Madrid?

Moro: No, no. Mi familia siempre vivió en Melilla. Lo que pasa es que a mí a los doce años me mandan interno a un colegio, el colegio Claret, un colegio espantoso. Los claretianos son de las órdenes más incultas que uno se puede encontrar en aquella época. Me parece que ahora tienen gente de la Teología de la Liberación [corriente del cristianismo de base que promueve la iglesia de los pobres, con especial peso en Latinoamérica tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (Colombia, 1968), con una importante presencia trasatlántica de sacerdotes españoles] y esas cosas, pero en aquel momento era un desastre, vaya, desde el punto de vista de la calidad de la enseñanza. Me mandaron interno por esas cosas. Por una parte era un chaval rebelde, tal y cual, y por otra parte pues porque se va a tener una educación de más calidad, esas cosas que también son las aspiraciones que funcionaban por mi casa. Yo era el hijo mayor, ¿no?: Hay que ir adelante lo más posible…, ese tipo de cosas. Así que yo estuve viviendo en Madrid desde los doce años en adelante, iba a Melilla en vacaciones solamente.

Mi primera relación con lo que podemos llamar política en el sentido fuerte del término… yo la pondría en el año 65, no, antes… Hay una simpatía por la Revolución cubana. Una simpatía que no tiene un gran contenido político, sino que me cae bien, nos caen bien. Incluso entre gente, amigos de la época que luego han seguido trayectorias muy diferentes desde el punto de vista ideológico, simpatizamos con lo que significa la revolución cubana y muy rápidamente con la figura del Che [alias de Ernesto Guevara (1928-1967), mítico líder guerrillero, activista y pensador revolucionario de origen argentino que fue dirigente de la Revolución cubana (1953-1959), ejerciendo de ministro de industria en la Cuba postrevolucionaria; murió en Bolivia a manos de un operativo antiguerrillero] sin conocer demasiado, porque nos cae bien, son rebeldes, es gente, digamos, simpática… No recuerdo exactamente la fecha, pero la Declaración de La Habana [en respuesta a la censura de la OEA (Organización de Estados Americanos) tras establecer relaciones con la URRS en 1960], que debe ser algo de mediados de los sesenta, me impresionó muchísimo. El discurso de Fidel [Castro, (1926), activista revolucionario y estadista cubano artífice de la Revolución de 1959] en la inauguración de la reunión de la OEA –debe de estar escrito– es un discurso potentísimo y yo quedo impresionado: Oye, pues qué bien, ¿no? que cosas dice este señor… sin mayores historias. Así que en el año 65, yo había tenido la ocurrencia de estudiar ingeniero de telecomunicación por causas que todavía no me consigo explicar, y la carrera de ingeniero en telecomunicación se hacia fuera de la [Universidad] Complutense [de Madrid] como tal –en la calle Conde de Peñalver tenía la escuela– así que ahí los primeros conflictos estudiantiles se vivían muy al margen del movimiento estudiantil en su conjunto.

También hay cosas, como oponerse a lo que es el SEU [siglas del Sindicato Español Universitario, organización estudiantil de vinculación obligatoria creada por el régimen franquista para adscribir y movilizar a los estudiantes universitarios]. En el aquel momento el jefe del SEU era [Rodolfo] Martín Villa [(1934), pertinaz político franquista y postfranquista que fue Jefe Nacional del SEU entre 1962 y 1964, desempeñando después diversos cargos en la Organización Sindical y como Gobernador Civil de Barcelona antes de la muerte de Franco, y después como Ministro de Gobernación en los gobiernos de Adolfo Suárez entre 1976 y 1979; conocido por su mano dura en la gestión del orden público, tuvo bajo su mando a los principales torturadores de la policía durante la transición]... recuerdo alguna movida, pero movidas un poco por espíritu crítico, sin grandes contenidos. El SEU no nos gusta, sin más, pero la Escuela de Telecomunicación era una escuela con un nivel de politización bajísimo.

Pero cuando se trasladan a la Complutense en el 65, coincide con un movidón estudiantil muy fuerte, con unos expedientes a profesores, sobre todo a los más conocidos, [Agustín] García Calvo [(1926-2012), poeta, ensayista y en los años 60 joven profesor activista que fue expulsado de la universidad en 1965 por apoyar las protestas estudiantiles por la democracia] y [José María López] Aranguren [(1909-1996), intelectual y ensayista formado durante la Segunda República que, aunque se vinculó al bando franquista durante la Guerra Civil, pasó con el tiempo a formar parte de un grupo de intelectuales crecientemente distanciados de la dictadura; expulsado de la universidad en 1965, marchó al extranjero donde continuó su obra centrada en los problemas del humanismo católico ante el despliegue de la modernidad]… Los estimábamos mucho los estudiantes –que diríamos en el lenguaje actual– progres. Y hay un acto inaugural de mi vida política que lo recuerdo, así como si lo estuviera viviendo ahora, que es una asamblea que se hace en [la Facultad de] Medicina en la que el principal orador era García Calvo, e invita a hablar a [Julián] Ariza [(1934), sindicalista y activista político fundador de Comisiones Obreras junto con Marcelino Camacho, fue también miembro del Partido Comunista de España (PCE) en la clandestinidad desde 1963, y durante la transición ferviente defensor de la línea oficial de Santiago Carrillo hasta la expulsión de éste del PCE en 1983], un dirigente de Comisiones Obreras. Comisiones Obreras [(CC.OO.), organización sindical clandestina ajena al sindicalismo vertical franquista que se convirtió durante los años sesenta en el principal paraguas y ariete de las movilizaciones de los trabajadores; se dio a conocer en las huelgas de la minería asturiana de fines de los años cincuenta] te sonaba algo, por Asturias, pero de pronto eso de ver un dirigente obrero en persona era una cosa bárbara. Era una asamblea muy masiva y cuando termina la asamblea decidimos salir en manifestación como correspondía, y es mi primera manifestación además. Así que salimos más o menos acojonaos, bueno por lo menos yo...

CCR: ¿Qué año?

Miguel Romero, Moro: [19]65, y bueno tenemos un debate también muy divertido, que es otra cosa que recuerdo como cuestiones inaugurales. Tenemos un debate sobre qué hacer si carga la policía, y recuerdo que alguien plantea: Pues nos sentaremos en el suelo y aguantaremos, tal y cual, y entonces hay otro que dice: Mira, como cargue la policía, yo salgo corriendo, y una ovación enorme, entre las cuales la mía... Quiero decir que no era una cosa especialmente guerrillera aquella ni mucho menos (ríe); éramos estudiantes que teníamos simpatías por la causa, ¿no?: autonomía de la universidad, ese tipo de cosas. Y yo tengo una admiración muy grande por García Calvo, nos impresionaba mucho. Así que estamos en la manifestación, y cuando ya estamos llegando a Moncloa, atraviesa la manifestación un camión de obra, y en la parte de atrás el camión estaba descubierto, y había unos currantes que estaban de pie. Y entonces a mi lado hay gente que levanta el puño, y para mí eso fue una impresión enorme. Yo nunca había visto a nadie levantar el puño. Sabía que eso era un símbolo comunista, digamos, y yo la verdad es que no sé si lo levanté o no. Me pareció bien, y la verdad me pareció una cosa tremenda, una cosa… épica, que luego contaría: Fíjate tú, no sé qué, no sé cuántos…, pero con lo que te sientes identificado sin saber muy bien por qué. Te gusta aquello, te parece bien, es una cosa todo aquello, en fin: el obrero que habías visto antes, el camión… Por cierto, los obreros no respondieron al saludo puño en alto ni muchísimo menos, claro, ellos siguieron en su camión y yo no sé si les gustaría o no. Entonces hay una carga policial al llegar a Moncloa y, efectivamente, como la opinión de la mayoría, salimos zumbando de allí sin ningún gesto guevarista precisamente, y a partir de entonces yo tomo contacto pero como muy de base con alumnos de la FUDE [siglas de la Federación Universitaria Democrática Española, organización estudiantil clandestina creada en 1961 por militantes del PCE y el FeLiPe y orientada a combatir la hegemonía institucional del SEU]. Me dicen: Hombre, pues hay ahí una organización…, tal y cual. Las reuniones se hacían en la Facultad de Físicas y asisto a algunas reuniones, pero sin más. Tenía una militancia mucho más cultural –mucho más vinculada a todas esas cosas: cine, literatura, cosas de ese tipo– que una militancia política, así que lo que me hace entrar ya en relación con la política organizada, es al curso siguiente, en el que, felizmente, soy de los que inauguran el Johnny [nombre popular del Colegio Mayor San Juan Evangelista, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid y conocido ya en los años sesenta por sus actividades culturales, especialmente sus ciclos de jazz, seminarios y representaciones teatrales].

Así que en ese curso entramos en el Johnny y aquello fue una experiencia humana inolvidable por una parte, cultural, política, social, de relaciones con las tías, ¿no? En fin, de crear un ambiente cultural con los colegios de chicas que había por los alrededores. Fue una verdadera revolución en nuestra vida, desde luego en la mía pero creo que en la de mucha más gente. Y allí en el colegio mayor hay, digamos, un cruce entre crítica cultural y oposición a lo que existe desde ese tipo de perspectivas, y la política como tal organizada. Entonces en el año... yo creo que fue en el 66 o quizás en el 67, no recuerdo muy bien, un amigo, que es Manolo Garí [(1947), militante antifranquista y cofundador de la Liga Comunista Revolucionaria, es un activista político de largo recorrido en temas de economía y ecología], que por otra parte es una persona muy activa, un día me cuenta la historia del FeLiPe, y la verdad es que yo no lo dudé y le dije que sí, y empecé a militar desde aquel momento, yo creo sin saber apenas lo que era el FeLiPe: o sea, que conocía un poquito a partir de lo de la FUDE, y sabía que [el del FeLiPe] era un tipo de estudiante muy crítico con el PCE. Imagino que me lo contaría, porque luego lo he hablado algunas veces con él y no recordamos esa conversación; me hablaría de Cuba, del Che, y ese tipo de cosas, porque el FeLiPe era muy guevarista. Y además iba a ser una organización nuestra, de estudiantes. Y bueno, el FeLiPe lo había en muchos sitios pero, en fin, partíamos prácticamente de cero en la Complutense.

Así que yo me convierto en militante del FeLiPe y rapidísimamente en miembro del comité estudiantil, vamos, sin comerlo y sin beberlo, porque como era además de escuelas técnicas, y de escuelas técnicas no había casi nadie, hice una carrera política vertiginosa y, al cabo de nada, yo creo que nada más entrar o casi, me encontré en el comité estudiantil. Yo creo que finalmente fue en el curso 67-68, no estoy muy seguro… Y ahí empezó todo, ahí empezó todo desde el punto de vista de lo que yo creo que ha sido gran parte de mi vida.

Cartografías de Culturas Radicales: Muy bien, la siguiente cosa sería cómo es ese FeLiPe en el que tú te metes los siguientes dos años desde el 68 más o menos hasta el 70, que tendrá lugar la ruptura o lo que puede ser la salida. En ese año intenso que sigues siendo estudiante: cómo es la organización del FeLiPe, quién está, en qué cargos, en qué puestos que tú puedas recordar que tuvieran incidencia o influencia sobre las actividades que hacíais, y qué tipo de actividades hacíais en nombre del FeLiPe.

Miguel Romero Moro: Bueno, el FeLiPe... no quiero trivializarlo desde el punto de vista de la idea del grupo de amigos, pero tenía una componente muy fuerte de iniciación: importaba mucho desde el principio –además porque formaba parte de nuestro discurso– lo de cambiar la vida y cambiar el mundo, ¿no? Y los aprendizajes de relaciones sociales que hicimos ahí dentro. Era una organización extraordinariamente abierta, una organización por facultades, y los centros de reunión estaban muy vinculados a los colegios mayores. O sea, que eran espacios prácticamente liberados, sobre todo el Johnny, el San Juan Evangelista. Pero también el [colegio mayor] Chaminade, que era donde estaba por ejemplo Manolo [Garí], eran territorios donde hacíamos reuniones con mucha libertad, por decirlo así. La organización tenía su centro, su base, en Económicas, que era a su vez, digamos, la facultad de referencia de la lucha estudiantil, y teníamos un discurso internacionalista muy fuerte, muy inspirado en el Che: revolución socialista, esos lemas de entonces, muy críticos con el PCE. No era solamente [democrático] –yo creo que la palabra además no es exactamente democrático–, porque aquello funcionaba desde el punto de vista de que todo el mundo podía decir lo que quería y podía pensar y definirse ideológicamente de forma muy diversa. Yo, sin conocer mucho a Rosa Luxemburgo [(1871-1919), activista y teórica marxista polaca de origen judío, militó en el partido socialdemócrata alemán (SPD) hasta la I Guerra Mundial en que, tras oponerse a la línea oficial de aceptación del conflicto bélico entre naciones, fundó la llamada Liga Espartaquista, que fue el embrión del futuro Partido Comunista alemán; implicada en los consejos de soldados y obreros tras la guerra, murió en la represión de la Revolución fracasada de 1919], me empeñé en que yo era luxemburguista por ejemplo, porque había leído Reforma o revolución [(1900)], que me había gustado mucho, y otra gente podía considerarse leninista. Incluso en una época hubo una gente que se consideró más o menos maoísta a partir de la influencia de [Louis] Althusser [(1918-1990), intelectual marxista francés que planteó una nueva lectura Marx de pretensión más científica centrada en una ruptura epistemológica en la obra del creador del marxismo y que fue enormemente influyente en la generación de activistas e intelectuales del 68 francés] ¿no?, que fue relativamente grande, pero era sobre todo una organización extraordinariamente abierta, donde se tomaban las decisiones sobre la marcha, con un sistema de consultas muy rápido, con una idea muy activista de la política. Muy poco ideologizada, y en la que el fundamento de lo que sentíamos era la necesidad de hacer cosas, y de vincularnos al movimiento sindical en lo que tenía de más asambleario. O sea, la idea de que el centro de la actividad debía ser la asamblea, que tú tenías que habituarte a hablar en asambleas y convencer o no convencer a la gente en asambleas, y que el sistema de la superioridad del Sindicato Democrático [el Sindicato Democrático de Estudiantes (SDE) surge en el ambiente de movilizaciones estudiantiles de mediados de los años sesenta como una organización más abierta y participativa que la FUDE y orientada a la convergencia con las protestas de trabajadores, que se extiende por distintas universidades del estado] respecto al SEU era que allí la gente la elegíamos realmente, ¿no? y que incorporábamos la lucha estudiantil a la crítica de la sociedad, pero éramos una organización en la que, en Madrid concretamente, no tenía prácticamente ninguna incidencia, no ya en el movimiento obrero sino en el movimiento barrial.

Y lo que hicimos fue un inicio de lo que luego se empezó a llamar proletarización: es decir mandar a estudiantes a barrios obreros para conseguir adhesiones. Al que mandamos a hacer esto por cierto era el hermano de Pilar Bravo [(1943-1993), militante antifranquista miembro de la FUDE y del PCE clandestino, detenida en numerosas ocasiones antes de la muerte de Franco, pasando en la transición a ocupar cargos en la dirección del Partido Comunista hasta su expulsión en 1981 por defender el entendimiento con el PSOE], que estaba con nosotros, Juan Manuel Bravo creo que se llamaba. Entonces, la gente, digamos, de referencia en el FeLiPe eran los responsables de facultad sobre todo, así que tu tenías a [Francisco] Javier Sahuquillo [(?-1977) futuro abogado laboralista asesinado por un grupo armado de extrema derecha en su despacho de trabajo junto a otros cuatro colegas en enero de 1977, en la llamada Matanza de Atocha; fue herido al proteger a su mujer y, aunque sobrevivió al atentado, murió a los pocos días por las heridas recibidas] que era el responsable de Derecho, también estaba [Enrique] Ruano [(1948-1969), estudiante y militante antifranquista muerto estando en custodia policial durante una declaración institucional de estado de excepción; la Brigada Político-Social y el entonces Ministro de Información Manuel Fraga trataron de presentar el suceso como un suicidio], del que luego hablaré un poco de su asesinato porque fue un impacto enorme para nosotros, claro. Y Jaime que era vamos a decir, la persona pública.

CCR: ¿Jaime Pastor?

Moro: Sí, Jaime Pastor [(1946), activista e intelectual de la extrema izquierda española, fue miembro de la FUDE, el Sindicato Democrático de Estudiantes (SDE), el FeLiPe, y más tarde fundó con Miguel Romero la LCR], sí. Yo creo que nos ayudó mucho: daba prestigio al FeLiPe y nos hizo a algunos valorarlos especialmente, a los dos delegados anteriores de Jaime que eran [José] Carlos Romero [Herrera] [(1941), futuro ministro de Agricultura entre 1982 y 1991 y diputado por Zamora en dos legislaturas, por el PSOE] –que luego fue ministro con Felipe González–y Paco Alburquerque [Llorens] [(1944), economista crítico, experto en desarrollo local y sostenibilidad] eran gente muy apreciada, gente a la que teníamos mucho respeto la gente del movimiento estudiantil; por ejemplo Manolo [Garí], eso sí lo recuerdo muy bien, me dijo: Esos son gente del FeLiPe.

CCR: ¿Paco Alburquerque ya era profesor en esa época?

Moro: No, no, era, el presi, en fin, no sé qué nombre tenía: era el delegado de Económicas...

CCR: ¿Como estudiante?

Moro: Como estudiante del SDE, y Carlos Romero también. O sea eran los primero delegados del sindicato de estudiantes en Madrid como [delegados de] Económicas, y yo creo que en la universidad fueron Carlos Romero y después Paco, y después ya Jaime.

Y luego, en lo que podíamos llamar aparato, los estudiantes más significados, además de Sahuquillo y de mí, estaba mucha gente de Derecho, algunos menos conocidos, otros más, como puede ser [José María] Mohedano [(1948), estudiante antifranquista, entró a militar en el PCE en 1969 y destacó como acusación en el juicio por la muerte de la estudiante de izquierdas Yolanda González, asesinada por militantes de la organización de extrema derecha Fuerza Nueva en 1980; posteriormente se afilió al partido socialista, siendo elegido diputado por Valencia] que era también una persona, digamos, significada en el equipo del FeLiPe. En, en mi escuela recluté a mis amigos, que eran gente no muy conocida, como Juan Manuel Morera e Ismael Navarro, pero eran gente importante en nuestro equipo de trabajo en el sindicato. Teníamos una pequeña implantación en Medicina, una persona de la que tampoco luego he tenido mayor conocimiento de su actividad, y teníamos una red de vinculación con los mayores, vamos a decirlo así, que eran, por una parte, sí, nuestros responsables pero con un grado de autonomía altísimo. O sea, ellos nos daban cursos de formación pero lo que hacíamos en la universidad lo decidíamos nosotros en el comité estudiantil. Entonces las personas más significadas de este tipo era Ignacio Quintana [Pedrós] [(1941), dirigente estudiantil y miembro del FeLiPe en Asturias, fue redactor de la revista del exilio Cuadernos de Ruedo Ibérico; pasó por el movimiento vecinal y el PCE antes de la transición hasta afiliarse al partido socialista, donde ocupó cargos en el Ministerio de Cultura de Javier Solana en 1982], que luego tuvo cargos de cierta importancia en el PSOE, Paco Pereña [Blasi] [(1947), psicoanalista crítico de larga trayectoria y profesor de filosofía, es autor de una autobiografía intelectual y política, Incongruencias (Madrid, 2011)], que sigue siendo un gran amigo, que es un psicoanalista y, en fin, una persona que a la que teníamos muchísima admiración porque además era una persona que había sido torturada en comisaría y que había sufrido una tortura terrible y su caso había tenido un impacto público importante, así que le teníamos admiración por eso.

Y luego José Luis Zárraga [(1941), sociólogo experto en estudios electorales y uno de los fundadores de la Escuela Cualitativa y forjador de la metodología del grupo de discusión], que era el más importante de todos, que luego ha formado parte del equipo de [la edición en papel del diario] Público y con el que tenemos también aún hoy una buena relación de amistad. Zárraga era el más implicado en la relación con nosotros, al que veíamos más, el que daba los cursos, el que, digamos, nos hizo más marxistas, dentro de que todos nos decíamos que éramos marxistas, por supuesto y, bueno, había desigualdades, pero era muy difícil en aquel momento formarse por la lectura, así que lo que teníamos era un marxismo empírico (ríe), un anticapitalismo elemental, y listo. Entonces, nuestra forma de trabajo era fundamentalmente la agitación, vinculada a problemas estudiantiles o a problemas sociales, o sea, cuando había alguna ocasión, sobre todo ante problemas estudiantiles, por cierto.

CCR: Acabo de recordar que tenemos aquí un cartel en que aparece Jesús Ibáñez, ¿estaba en ese grupo de mayores, con el grupo del Colegio Mayor César Carlos, con ese universo?

Moro: Pues sí, pero son de FeLiPes anteriores, o sea, el FeLiPe tiene una trayectoria que empieza en el 59. Yo creo que el mundo donde están Jesús y compañía, el César Carlos, etc., es el llamado FeLiPe II, que era el FeLiPe del 62, que crece mucho porque tuvo un impacto con las huelgas de Asturias, y luego desapareció, como le ocurrió al FeLiPe mucho hasta que desapareció del todo, que tenía fases de ascenso y luego caídas sin que nadie supiera muy bien por qué. Yo a [Jesús] Ibáñez [(1928-1992), activista antifranquista desde las movilizaciones estudiantiles de 1956 expulsado de la universidad, se convirtió en sociólogo experto en metodología cualitativa, fundando la llamada Escuela Crítica de Ciencias Sociales, una iniciativa de formación crítica independiente surgida en los años sesenta y acosada por la represión] no le conocí en el FeLiPe.

De lo que llamábamos segunda línea, que eran intelectuales próximos, a los que conocí fue a [Joaquín] Leguina [(1941), miembro del FeLiPe y posteriormente de Convergencia Socialista de Madrid, participó en comisiones internacionales a comienzos de los años setenta como demógrafo, pasando en la transición al PSOE hasta su elección como primer presidente de la Comunidad de Madrid entre 1983 y 1995] al que curiosamente teníamos una admiración también muy grande porque salía en Cuadernos de Ruedo Ibérico [Revista publicada por la editorial de mismo nombre entre 1965 y 1979; Ruedo Ibérico, fundada en París por Nicolás Sánchez Albornoz y José Martínez Guerricabeitia se convirtió en el principal suministro de traducciones relevantes para los nuevos públicos opositores hasta la transición]. Entonces Ruedo Ibérico era el sumum ¿no? [Leguina] había sido delegado estudiantil en Bilbao. Entonces, encontrarnos con alguien mayor que nosotros, pero que también había estado muy metido en la movida, en la pelea y tal y cual, y que conocía Ruedo Ibérico pues para nosotros era una cosa importante. Y por otra parte Leguina fue una persona muy solidaria, que prestaba su casa a reuniones con mucha frecuencia y era en ese aspecto distante pero muy solidario con nosotros. José María Maravall [(1942), sociólogo y político español, fue ministro de educación en los gobiernos de Felipe González de los años ochenta] dejaba su casa pero sin grandes alegrías por otra parte. Y luego otra gente de los que no he tenido demasiado conocimiento. Así que una buena parte de la gente, digamos, más famosa del FeLiPe, era de FeLiPes anteriores al nuestro. En el nuestro quedaba algún resto, pero no mucho, de aquella gente: por ejemplo, te hablaban de periodistas que [luego] han evolucionado hacia la derecha, como César Alonso de los Ríos [(1936), periodista y ensayista, trabajó en la revista Triunfo durante los años sesenta mientras militaba clandestinamente en el PCE; en los años ochenta entró en el PSOE, del que se fue distanciando también y actualmente escribe en prensa conservadora y es tertuliano en cadenas reaccionarias]: ¿había sido del FeLiPe? Sí, pero ya no contaba prácticamente para nosotros. Donde más se conservaban los lazos entre FeLiPes, con mayor continuidad, era en Cataluña, donde la organización hermana del FeLiPe se llamaba FOC [Front Obrer de Catalunya, fundado en 1961 y compuesto sobre todo por activistas socialistas y comunistas, se coordinaba con el FeLiPe y la organización vasca Euskadiko Sozialisten Batasuna (ESB)], y donde había un cruce de generaciones. Todavía estaba por ejemplo [Pasqual] Maragall [(1941), político catalán, nieto del poeta Joan Maragall y militante del FOC, pasó después a Convergencia Socialista de Catalunya y finalmente al Partit dels Socialistes Catalans (PSC), con el que llegó a alcalde de Barcelona (1982-1995) y presidente de la Generalitat entre 2003 y 2006], que yo recuerdo fascinado que hicimos una reunión en su casa. La casa de Maragall era una pasada, súper impresionante. A mí lo que más me impresionó fue la biblioteca –además la reunión la hicimos en la biblioteca– como si la estuviera viendo: era inmensa, aquello llegaba hasta arriba todo lleno de libros. Porque normalmente nosotros robábamos libros a los profesores estos que nos dejaban la casa, por eso no nos la dejaban más, claro (ríe); entrábamos allí y considerábamos que aquello era territorio de la pequeña burguesía y nosotros éramos la vanguardia del proletariado. Así que libro que encontrábamos interesante, lo pillábamos y nos lo llevábamos y tan amigos, ¿no? Algunos reaccionaban bien, y otros reaccionaban fatal; y bueno, con Maragall no hubo ocasión porque él estaba en la mesa presidiendo. Aquello impresionaba, era demasiada biblioteca para nosotros…

En Madrid no; en Madrid había una discontinuidad generacional de pocos años, porque yo creo que con estos mayores nos podemos llevar cuatro años, cinco años como mucho, pero, digamos, el foco del trabajo era el comité estudiantil.

CCR: Con lo cual erais dependientes de un poco los ritmos de entrada y salida de estudiantes en la universidad. La gente terminaba la carrera y se metía en otras cosas, ¿no?

Moro: Exactamente. Lo que ocurre es que duramos tan poco que tampoco nos dio mucha ocasión a eso, porque ten en cuenta que el FeLiPe empieza a funcionar como tal, de una manera fuerte –antes había tenido a Paco Alburquerque y compañía, pero era una cosa menos visible– con nosotros. Cuando más empieza la etapa de agitación es cuando entramos nosotros, y el FeLiPe se convierte en una fuerza concurrente con el PCE desde el punto de vista político en la influencia del movimiento estudiantil, y más fuerte que el PCE en general.

Cartografía de Culturas Radicales: Valóranos eso un poco: el 68, ¿cómo se vive en el FeLiPe? Porque es un año muy excepcional a muchos niveles, dentro de la universidad, pero fuera también. El 68 y el 69...

Miguel Romero, Moro: Sí. Bueno, yo creo que del 68 hay que hablar varias cosas respecto al FeLiPe. Quizás una primera cosa, aunque sea de biografía personal, pero yo creo que no solamente es mi caso, hay más casos... Mi primera relación con el 68 es una foto, una foto que no se si habéis visto, de las fotos más conocidas del 68, que es una pareja besándose en una barricada. ¿No la habéis visto?

CCR: Sí, sí.

Moro: Pues se ve una barricada. Es una foto que parece casi estuviera compuesta, ¿no? Pero en principio creo que no. Es una barricada de adoquines y luego hay una bandera que probablemente fuera una bandera anarquista, creo, y luego una pareja besándose. Yo vi esa foto en Triunfo [revista fundada en 1946 por José Ángel Ezcurra y que desde mediados de los años sesenta se convirtió en semanario de actualidad crítica, funcionando como referente intelectual para la cultura de la izquierda española antifranquista, con diversos episodios de censura], una revista progre, digamos, de izquierda, lo más a la izquierda que se podía tener entonces, y a mí esa foto me impresionó muchísimo. Así que sobre el 68 había conocimiento, simpatía, eran estudiantes, tal y cual, pero ver aquello significaba mucho la simbología de lo que a uno le gustaría tener y no tenía, vaya. Era todo: era la barricada, la lucha, el beso, la chica, todo, todo aquello mezclado. Aquello fue un choque emocional enorme, y el FeLiPe creo que fue la organización, bueno, creo no: fue la organización más sesentaiochista de lo que había en la universidad porque era la que estaba mejor preparada para acoger aquello, o sea, los más metidos en la idea de cambiar la vida, los más ansiosos en ese aspecto, digamos. Teníamos más tensión emocional aparte de la política porque había que hacer ese tipo de cosas que veíamos hechas en esa combinación de lucha y liberación personal que encontramos en las imágenes del 68. Así que hay un vinculación inmediata de simpatía con aquello y, por algo que debe tener mucho que ver con el azar –porque yo no sé por dónde nos llega– publicamos en los cuadernos que editábamos el FeLiPe en Madrid, un texto de [Ernest] Mandel [(1923-1995), intelectual trotskista belga y prolífico autor de obras de pensamiento económico como experto en ondas largas del desarrollo capitalista, militó primero en el partido socialista en su país, del que fue expulsado en 1962 por defender los consejos obreros, y después refundó la IV Internacional, convirtiéndose en referente de las corrientes antiestalinistas y anticapitalistas a nivel mundial] que se llama Lecciones del 68, y un texto de [Daniel] Bensaïd [(1946-2010), líder estudiantil del Mayo del 68 francés y militante de las JCR (Jeunesses Comunistes Revolutionaires), fue dirigente de la IV Internacional y fundador de la Liga Comunista Revolucionaria francesa, destacando como analista de la historia del movimiento obrero y después del imaginario altermundista] y [Jeffery] Webber que era una pequeña parte de un libro que se llamaba Mayo del 68, un ensayo general [(1969)]. Así que yo creo que la relación política, muy vinculada al mundo de esta corriente trotska, que yo recuerde nos entró más bien por casualidad. Fue lo que más que nos gustó, pero nos entró por casualidad.

Y fue luego, escuchando a la gente que venía, a alguna gente de aquí que había estado viviendo aquello, que nos venía contando historias –yo creo que algunas son un poco fantásticas, pero bueno, se les perdona, ¿no? Y así tuvimos idea de que existía una cosa que se llamaba JCR [Juventudes Comunistas Revolucionarias]. Ya el nombre de juventud comunista revolucionaria se aproximaba a nuestra idea, que era una idea muy de que esta es nuestra organización, el FeLiPe, somos los jóvenes los que controlamos el asunto. Así que establecemos una relación política, se crea una corriente muy fuerte de afinidad, pero yo creo que inicialmente el asunto es un bastante casual. Cuando vamos conociendo más nos acercamos más al asunto, pero inicialmente es bastante casual. Así que lo curioso y lo paradójico del impacto de 68 en el FeLiPe es que a la vez que somos los más sensentaiochistas, el 68 se convierte en el germen de la destrucción de la organización, porque a la vez que decimos que nosotros nos identificamos con aquello, rápidamente nos llegan las ondas de las definiciones ideológicas muy fuertes del 68 francés, pero además la idea de que una organización estudiantil solo no tiene sentido: que somos una organización que no tiene una forma organizativa centralizada, dura, para resistir a la represión, y todo este tipo de cosas. Y lo que empezamos a pensar es que no servimos, o sea que se nos ha revelado un mundo para el cual nuestra organización ya no sirve, así que en el 68 se inicia la crisis del FeLiPe, que terminara en su disolución al año siguiente, el 69.

Pero antes hay que contar, aunque no tenga que ver directamente con el Mayo del 68, el acontecimiento de lo que significa para nosotros el asesinato de [Enrique] Ruano. Que es algo lo hemos comentado muchísimas veces entre nosotros, pero es algo muy difícil de explicar porque nosotros, en esa mezcla que os decía, éramos amigos unidos por la política, pero la política formaba una parte importantísima de nuestra vida, la mayoría de la vida; lo que hicimos fue dejar de estudiar prácticamente y estar todo el día liándola, pero cuando nos encontramos con que asesinan a uno de los nuestros… eso es un choque enorme.

O sea, no formaba parte a lo mejor de los militantes jóvenes del PCE, que habían tenido una historia, muchísimas historias, podían tener una historia tan alternativa como quieras, y hechos recientes, como lo de [Julián] Grimau [(1911-1963), activista comunista español, dirigente del PCE clandestino, fue detenido por la policía franquista y juzgado en consejo de guerra por su supuesta participación en ataques contra civiles en la retaguardia durante la Guerra Civil, provocando una ola de indignación fuera y dentro de España] y cosas de este tipo, ¿no? Pero para nosotros, que un colega con el que tu hubieses tenido una reunión hacía unos días y con el que estabas habituado a verte, a hablar, comentar, del que eras más o menos amigo, que lo mate la policía, era una cosa... en fin, no sé… un acontecimiento que te rompía totalmente, no solamente te indignaba sino que te planteabas de otra manera la militancia. Es que no estabas preparado para aquello... Yo me enteré del asesinato de Enrique [Ruano] porque sus hermanas fueron a mi casa a contármelo. Yo vivía en aquel momento en esos pisos que llamábamos comunas, que teníamos en [el barrio de] Campamento y una noche llegaron las hermanas de Enrique y dijeron: Han detenido a Enrique.

CCR: Pero, ¿vivía con vosotros?

Moro: No, no. Enrique vivía en su casa, con su familia. Vinieron las hermanas porque las hermanas conocían mi casa, la verdad no sé por qué, pero allí se presentaron, y lo que dijo Margot, una de ellas, fue: Han detenido a Enrique y a Lola, que era María Dolores González Ruiz [(1947), activista estudiantil en los sesenta, sería después pareja de Francisco Javier Sahuquillo, con quien iba a tener un hijo que perdió en la matanza de los abogados laboralistas de Atocha de enero de 1977], que era en aquel momento era su compañera y una gran amiga. Y la expresión que ella utilizó es nos están disolviendo, que la recuerdo muy bien también porque eso de que nos disolvieran, luego ya con años de militancia sabía que era un riesgo, pero en aquel momento, no: la Complutense y particularmente el mundo de los colegios mayores era un espacio prácticamente liberado, que había represión ya lo sabíamos, que te podían detener, que detenían a la gente, que te podían hostiar en una manifestación…, pero esta idea de que te disolvían la organización, del nos están disolviendo, se me quedó muy grabada porque formaba parte de algo que no contaba en tus esquemas de militancia política.

Y al día siguiente ya nos enteramos del asesinato y fue absolutamente brutal, brutal: era plantearte la militancia de otra manera. Yo creo que no hubo nadie que se fuera del FeLiPe, y más bien entró mucha gente a partir del asesinato de Enrique. Pero la idea de que ya éramos otra cosa, de que… Es que a veces se desvaloriza la historia del FeLiPe, y no me gusta a mi utilizar palabras demasiado coloquiales: iba a decir que nos lo tomamos más en serio, pero ya nos lo tomábamos en serio antes, por eso cuando os decía lo del grupo de amigos, ¡cuidado!: éramos amigos, pero para nosotros la militancia política era una cosa muy muy seria, y entonces el salto fue un cambio de etapa: Tenemos que pensar lo que hacemos de otra manera, o sea: hemos escrito cantidad de panfletos, octavillas, hemos dicho dictadura asesina y todo esto, pero esto es la dictadura asesina no dictadura asesina en general; es que acaban de asesinar a un amigo…. Así que yo creo que ese choque reforzó por una parte la idea de la entrega a la causa, de la entrega a la revolución, y al mismo tiempo empezamos a pensar en que teníamos que ser más duros, vamos a decirlo.

CCR: Entonces, parando un poquito en esto, para generar un poco más de perspectiva en el contexto del asesinato de Ruano, que es un asesinato terrible por sus características y por el tratamiento informativo que hace el propio Estado… Lo intentan convertir en un suicidio, y decir que estaba loco y deprimido, eso fue como una dimensión más grotesca del aparato represivo, ¿no?

Moro: Fue terrible, sobre todo la lectura del [periódico] ABC donde filtró [Manuel] Fraga lo de su diario; porque él estaba en tratamiento, y en un tratamiento psicoanalítico pues escribes, imagino, en fin, escribes tus impresiones y tus cosas… y eso fue filtrado de manera que hiciera parecer una relación homosexual con Javier Sahuquillo, entre líneas. Y el impacto que nos hizo, la indignación moral, fue tremenda. La verdad le hubiéramos metido dos tiros en aquel momento a Fraga. Por eso yo con Fraga he tenido, hemos tenido, creo yo, la gente de mi generación en el FeLiPe una relación un poco particular, porque Fraga era todo, pero era eso, ¿no? O sea, era el tipo que había hecho eso con nuestro amigo, esa infamia de revelar un documento absolutamente privado. Enrique estaba pasando una época muy complicada desde el punto de vista de su vida personal, en realidad era un chaval muy complicado. Yo no fui muy amigo de Enrique; además, teníamos unas broncas enormes cada vez que nos juntábamos. No, no éramos gente que tuviéramos una gran relación de amistad personal, pero había el sentimiento de camaradería que era profundísimo en el FeLiPe. Alguna vez hemos pensado, la gente que estuvimos allí, que la decisión de disolverlo –que luego hablaremos de la disolución del FeLiPe– fue no solamente una irresponsabilidad, eso es fácil de verlo porque con los años se ve que era una cuestión de pura ideología –lo comentaremos cuando toque– sino además una pérdida de una oportunidad de crear un tipo de organización bastante nueva. Yo creo que no teníamos madurez ni ideas suficientemente fuertes ni capacidades organizativas para hacerlo, pero es verdad que el FeLiPe, en sus formas de trabajo, se parece más a cosas a las que luego hemos ido aspirando y que incluso ahora se puede decir que están presentes: en las formas de hacer política que más se aproximan a la gente, más que los partidos de carácter tradicional, que el propio partido que nosotros creamos luego, que la Liga, a pesar de que la Liga luego tuvo sus especificidades. Pero el Felipe era una combinación de una cierta organización en red, que consideraba que si coincidías en la acción pues ya vale, que eso ya era suficiente, que ahí podía caber cualquier tipo, no solamente de ideología sino opiniones diferentes sobre lecturas. Tú podías encontrar a gente que le encantaba Althusser y a gente que detestábamos a Althusser: pues muy bien, allí andábamos con nuestras historias discutiendo de estas cosas pero sin considerar que eso pusiera en cuestión en nada el compromiso militante, así que había alguna intuición de organización abierta, la verdad que muy vinculada al medio estudiantil que luego, al entrarse en la vía del descubrimiento del leninismo y el descubrimiento de que tú tienes que tener una ideología para hacer política, aquello desaparece, pensamos que damos un paso adelante, y la verdad es que no lo creo; aunque estaba en la época, o sea, que no lo podríamos haber evitado de ninguna manera, que esta idea de una continuidad del FeLiPe está bien, ojalá, pero no éramos nosotros los que podríamos haberlo hecho.

Entonces, ¿esto no se con que enlazaba…?

CCR: Sí, enlaza con Ruano y con la cuestión de que por un lado la muerte de Ruano os transforma en mucho más militantes y más convencidos, con lo cual al FeLiPe le queda poco...

Moro: Sí, muy poco.

Cartografías de Culturas Radicales: Entonces podríamos hacer algo, si te parece, que es volver para atrás, dejar esta componente de la irrupción de un imaginario fuertemente ideológico y las consecuencias que va a tener sobre lo que era una especie de magma organizativo de perfil bajo pero en cambio a lo mejor mucho más interesante como experiencia organizativa. Y revolver un poco sobre cómo es la cultura de esos militantes, entre los que estás tú, dentro del FeLiPe. Has dado unas pinceladas, pero ahora podrías a lo mejor ahondar en ellas: esa vinculación entre cultura y política, o entre forma de vida o aspiración a una forma de vida y no solamente hacer una actividad militante y después ser un profesional como cualquier ciudadano. Esa sería una primera dimensión. Podríamos ver algunas otras como el tema de las lecturas que tenéis, las discusiones que hacéis, cuáles son vuestros autores de referencia, vuestros referentes intelectuales de la época. Son dos cosas distintas; si quieres empezamos por la primera.

Miguel Romero, Moro: Sí.

CCR: ¿Te parece? Has hablado de los colegios mayores… Yo creo que es un tema que es suficientemente interesante de por sí: ahí se está creando un magma que es de cultura y política que es una especie de hibrido de lo que después a lo mejor se va a separar, o diez años después no va a tener a lo mejor tanto sentido, y sin embargo parece que entonces lo tiene. Cuéntanos qué es lo que quieres recordar o recuerdas de tus aspiraciones como persona, más allá de la política, pero con la política dentro de todo ese periodo: las relaciones de género, todo lo que quieras…

Moro: Sí, bueno, por empezar con los colegios mayores, que en lo que yo creo se mezcla casi todo, y con el caso muy particular del Johnny, que era un colegio mayor muy muy específico. Yo creo que funcionó como un punto de encuentro entre gentes que eran más o menos militantes, muchos militantes –porque en el Johnny llegó a haber mucha gente del FeLiPe como tal y alguna gente de otras organizaciones, pero pocas– pero también gente que venía de diferentes estudios y por tanto con distintas aficiones incluso desde el punto de vista cultural. Nosotros hacíamos allí foros de debate a los que asistía muchísima gente. Y tenías a gente de Filosofía, que contaba sus lecturas y sus debates, y se juntaban con la gente de Económicas, que tenían los suyos, y los técnicos, la verdad, pues nos sumábamos a los de los demás porque no teníamos gran cosa que aportar desde ese punto de vista; pero había entre el mundo de la militancia estudiantil, el sindicato democrático y todo lo que significaba, una vinculación bastante fluida con la idea de que tú tienes que intervenir en la sociedad a través de opciones y de prácticas culturales. Que tuvo algún hecho simbólico de cierta importancia como, por ejemplo, que cuando estrenaba Marat-Sade en Madrid [Adolfo] Marsillach [(1928-2002), actor, dramaturgo y director teatral que comenzó estrenando obras de autores marginados por la dictadura, como Alfonso Sastre, alcanzando prestigio en la escena cultural de los años sesenta por sus adaptaciones teatrales para la televisión], en el Teatro Español, y que piensa que va a haber un follón –y efectivamente lo hay porque lo montamos nosotros en el estreno– nos invita a gente del sindicato [democrático de estudiantes] a ir a defender la obra. Y entonces nosotros nos plantamos ahí y aprovechamos para tirar desde arriba octavillas, que funcionan muy bien además en la obra. La gente yo creo que se creyó en algún momento que eran parte de la representación, por el tipo de montaje, maravilloso por cierto, y lo que recuerdo es que aparte fue verdaderamente divertidísimo, y que defendimos la obra muy a nuestra manera, porque nuestra forma de defender la obra era pegar unos gritos en el teatro diciendo: ¡Marat, Marat, Marat!, es decir, teníamos todos una toma de partido entre Marat y Sade que, en fin, … no entremos a discutir ahora sobre la obra fantástica de Peter Weiss…

Y luego estaba todo el mundo de la canción, más que de la literatura y otros, donde yo creo que nos intercambiábamos recomendaciones –luego comentaré alguna– pero el vínculo más directo con el mundo de la cultura venía de la canción, pero de la canción politizada. O sea, que por partes se desarrollarían aficiones: la gente a la que le gustaba mucho el flamenco, la gente que le gustaba el rock… Estábamos abiertos a todo, nos podían gustar los Beatles, pero bueno, lo sentíamos como algo más bien nuestro que de los mayores, pero sin más. En cambio la vinculación con el mundo de la canción, que además en aquel caso significaba el mundo de la canción catalana, y por tanto con el catalán, era una señal de militancia, por decirlo así; y saberte letras de canciones, sobre todo en catalán, y no solamente de canciones, también de poemas, porque podíamos aprender de corrido poemas, por ejemplo de [Salvador] Espriu [(1913-1985), poeta y renovador de la prosa en catalán, su obra está llena de ecos de dolor por la represión y la vida bajo la dictadura; se implicó activamente en la lucha de los estudiantes en los años sesenta]. Así que, quizás era una cosa muy FeLiPe, pero había un vínculo con la cultura catalana como cultura resistente que apreciábamos especialmente. Y luego hay el recital famoso de Raimon [(1940), cantautor pionero de la lírica oposicionista, es considerado el primer impulsor del movimiento de la Nova Cançó catalana; sus temas, algunos de ellos del poeta Salvador Espriú, se convirtieron en himnos para la juventud movilizada; en 1968 dio dos recitales míticos en Madrid, uno de ellos en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense] en Madrid que también es inolvidable desde tantos puntos de vista pero que representa bien, aparte de lo que es Raimon, Al vent o Diguem no [sus temas más emblemáticos] y todo lo que tú quieras, la vinculación con ese mundo. Porque no solamente conocíamos a Raimon, conocíamos a Pi de la Serra [(1942), cantautor, otro de los principales representantes de la Nova Cancó], y nos tratábamos de aprender canciones de entonces.

Esa forma de crear mundo cultural, sobre todo en el colegio mayor, funcionaba de una manera impresionante: por ejemplo, un día te encontrabas con un amigo, al cual su hermano le había dicho que había un tipo que se llamaba George Brassens [(1921-1981), poeta y cantautor francés de inspiración libertaria, fue muy influyente sobre los músicos españoles de los años sesenta] que era la hostia, y entonces, como había una curiosidad tan grande, pues no sé cómo alguien te aparecía un día con un disco de Brassens: ¡Hostia, Brassens, de puta madre!, y tal y cual. La transmisión era de ese tipo: todo el que aparecía abriéndote un horizonte entraba bien. O te decían: Oye, hay un club de jazz en Madrid. ¡Hostia, un club de jazz!, y tu podías no saber de jazz más que las cuatro letras, pero ibas al club de jazz; y allí podía estar [Pedro] Iturralde [(1921), saxofonista y compositor español que ha experimentado con la fusión del jazz y el flamenco], pero estuviera quien estuviera, daba más o menos igual: era una conexión espontánea por gustos, por afinidades entre los amigos políticos, que tenían cada uno su referencia cultural, y entre todos ibas creando un mundo de encuentros, y funcionaban además los cine-clubs, que además eran sitios de encuentro con las chicas –ahora entraremos con las cuestiones de género– y que eran un lugar de mucha discusión a partir de películas, aunque salíamos de allí tratando de ligar más o menos pero, en fin, con los temas puestos sobre la mesa de la discusión que había habido; o podíamos organizar expediciones al cine a defender películas que nos decían que iban a ser criticadas por los fachas.

Yo recuerdo una bronca monumental en un cine de Madrid por una película, por otra parte malísima, un cortometraje que enlazaba cuatro, uno de ellos era de [Luis García] Berlanga [(1921-2010), guionista y director de cine, probablemente el más popular entre los cineastas españoles de varias generaciones], que había sido muy atacado por la derecha porque daba una imagen de España cutre, no sé qué habían dicho que su personaje veía España fea o no sé qué… E íbamos al cine para que en el momento en el que aparecía la protesta correspondiente, que aparecía siempre por lo que podemos llamar la derecha, pues ahí hacíamos una defensa radical de aquella película… ¿Cómo se llamaba…? Las cuatro verdades [(1962)]. Era una película muy mala, perfectamente olvidable por otra parte.

Así que ya digo que había una especie de ósmosis, era una cultura muy ecléctica, todo el que iba llegando iba aportando sus gustos. Yo era un partidario emocional enorme de [Mario] Vargas Llosa [(1936), novelista peruano de fama mundial, fue uno de los mayores renovadores de las técnicas narrativas en sus primeras obras; recibió el Nobel de Literatura en 2010] porque para mí la lectura de La ciudad y los perros [Premio de la Crítica Española en 1963] había sido una experiencia vital enorme, la leí con verdadera pasión una noche en vela hasta que la terminé. Así que imagino que cuando alguien decía vamos a leer: Pues leeros Los Jefes, o leeros La ciudad y los perros, y luego aquello podía entrar como tema de conversaciones. Cada uno, digamos, tenía sus aficiones; pero yo creo que lo más común, lo que compartíamos entre todos, era la Nova Cançó… Éramos muy, muy militantes de la causa, por decirlo así.

CCR: ¿Teníais ya publicación en Madrid, teníais una publicación propia?

Moro: Sí.

CCR: ¿Desde qué año? Estos temas., ¿se veían, salían a través de la revista o estaba dedicada a temas políticos exclusivamente la revista?

Moro: No. Teníamos una primera revista que creo que se llamaba algo así como Acción estudiantil que esta era un revista puramente política, de las movidas de la universidad, pero a partir del 68 fundamos esta revista que se llamaba Barricada en la que ya hay una componente de lo que podemos llamar crítica al modo de vida. Era una revisa muy sesentaiochista a nuestra manera, por decirlo así. Salieron solamente, yo creo, dos o tres números, por lo menos uno o dos podré tener por casa todavía guardados como reliquia de la época. Era una revista curiosa, interesante, y a la vez podía estar muy ideologizada, podía estar de pronto, por ejemplo, Althusser, y no sé cuánto y no sé qué; o artículos muy althusserianos, porque también publicaba más quien más escribe, como siempre ¿no? Teníamos alguna gente muy escritora y muy althusseriana en la época en el FeLiPe.

CCR: Y, aparte de lo que editabais, las lecturas básicas que teníais como cotidianas. Has hablado del Ruedo Ibérico, has hablado de Triunfo… ¿Cómo os hacíais un mapa de la situación internacional y nacional aparte de evidentemente leer prensa oficial, que leeríais también?

Moro: Sí, pero yo creo que la fuente fundamental de información eran las publicaciones vinculadas a Triunfo

CCR: ¿Que ya la dirigía [Eduardo] Haro Tecglen en aquella época?

Moro: No, Haro tenía su columna; la dirigía [José Ángel] Ezcurra [(1921-2010)]. Allí escribía con pseudónimo [Manuel] Vázquez Montalbán [(1939-2003), novelista, poeta, ensayista, periodista y destacado intelectual de la izquierda española antifranquista y posfranquista, sufrió cárcel a comienzos de los años sesenta y dedicó su vida a radiografiar la cultura política española surgida de la dictadura] y, en fin, era una revista que comprábamos todas las semanas. También Cuadernos para el diálogo [revista de pensamiento de inspiración democristiana que ejerció de referente para muchas de las nuevas sensibilidades oposicionistas en los años sesenta y setenta] que evidentemente estaba dirigida por la democracia cristiana, pero que era una revista mucho más abierta. Todo eso era una fuente de lectura importante, y cuando empezaron a salir a partir de los setenta revistas más o menos, digamos, críticas del franquismo, como Cambio 16, Posible, etc., íbamos leyendo lo que podemos llamar prensa de aquí. Pero en el FeLiPe la revista de referencia era Ruedo Ibérico. Los Cuadernos de Ruedo Ibérico eran leídos sabiendo que estabas leyendo algo clandestino, que por tanto le añadía un elemento de interés al asunto, porque la mayoría de artículos eran artículos con pseudónimo, pero otros no. Nos influían mucho, y el hecho de que algunos, digamos, dirigentes mayores escribieran en Ruedo Ibérico, como por ejemplo Nacho Quintana, que escribía con el nombre de Ramón Bulnes, pues eso era para nosotros una señal de autoridad importante. O sea, Ruedo Ibérico formaba parte de la cultura original del FeLiPe.

Luego, ¿qué íbamos leyendo? Pues lo que nos caía, por referencias otra vez, porque alguien te lo decía, o a través de ediciones latinoamericanas normalmente, por ejemplo [la editorial] Siglo XXI, que tuvo una influencia grandísima porque publicó a [Marta] Harnecker [(1937), socióloga chilena y activista, alcanzó fama con sus obras divulgativas del marxismo], aunque nunca influyó demasiado, pero por ejemplo a Althusser le dedicábamos una cantidad de tiempo enorme. Luego más tarde íbamos escuchando cosas que nos iba recomendando gente, que tenían mucho que ver con la cultura francesa, porque la mayoría de nosotros no sabía inglés, así que a lo que nos acercábamos a leer –aparte de la producción española, que era muy limitada por razones obvias de censura– lo que leíamos, era lo que se publicaba fuera, fundamentalmente textos en francés. Y ahí las influencias era muy eclécticas, porque estaba [André] Gorz [(1923-2007), filósofo y ensayista discípulo de Jean-Paul Sartre, defendía una suerte de ecología política con fuertes tintes de justicia social], que influyó muchísimo en el primer FeLiPe, algunos italianos traducidos en edición francesa, como por ejemplo Lelio Basso [(1903-1978), activista de la resistencia antifascista, fundó en la clandestinidad la revista Bandiera Rossa y tras la Segunda Guerra Mundial evolucionó hasta romper con su adscripción socialista, fundando en 1963 el Partido Socialista de la Unidad Proletaria] y las lecturas más del mundo de la izquierda del Partido Comunista Italiano, que nos influyeron bastante. Pero éramos, yo creo, muy lectores de todo lo que cayera en nuestras manos, y muy discutidores sobre ese tipo de cosas. O sea, que formaban parte muy habitual de nuestra discusión tanto los temas que tenían que ver con lecturas políticas, por decirlo así, como los temas que tenían que ver con las aficiones culturales, que eran compartidas o no. Antes os he dicho lo del flamenco: yo era muy de flamenco…

CCR: Volveremos a eso pero hay que cortar ahora un segundín para cambiar la cinta, y seguimos.

Moro: ¿Es esto más o menos lo que queríais?

CCR: Sí, estamos contentísimos.

Moro: Debe de ser una cosa imagino muy caótica, ¿no?, porque los recuerdos se van agolpando…

CCR: Sí, pero hay una narración y sobre todo hay una apertura como de un árbol del que salen ramas... Por cierto, mira lo que nos han mandado Ramón Adell [Argilés] [(1959), profesor de sociología, investigador sobre acción colectiva de la protesta, su Biblioteca y Archivo de Propaganda Ramón Adell es imprescindible para el análisis histórico de los movimientos sociales madrileños]…

Moro: Ramón Adell es un coleccionista de documentos de época que es una biblioteca en sí mismo.

CCR: Totalmente. Y hay otro, que está en Extremadura, que tiene una colección de documentos magnifica: Antonio Pérez [(1946), militante anarquista en el antifranquismo represaliado en varias ocasiones, actualmente es antropólogo dedicado a temas latinoamericanos y autor de publicaciones libertarias].

Moro: Ah! ¡Antonio Pérez! Antonio Pérez no ha salido en esta historia de milagro…

CCR: ¿Pero ese estaba con vosotros?

Moro: No, Antonio era un libertario a muerte hasta que le quemen… que tiene una casa enorme que le da espacio desde luego para tener un archivo grande.

CCR: Ramón tiene todo cuidadísimo, que es una cosa importante también: todo clasificado, ordenado, es todo cuestión de que alguien quiera proteger ese legado porque esa documentación es una cosa evanescente. Hay que estar en la manifestación concreta y hacerse con el pasquín concreto, que a veces luego es el único que queda.

Moro: Hay documentos, concretamente carteles, de la Liga que el único que los tiene es Ramón Adell, que no fue de la Liga. Está el célebre cartel que sacamos para las elecciones [generales] del 77, un cartel precioso que sale Marx bailando con un travesti: bueno, pues este cartel la única copia que yo creo que existe la tiene él, o sea que a nadie se le ocurrió guardarla, yo creo que hay que guardar un archivo, desde luego. Me encontré en un viaje a El Salvador con el creador de Radio Venceremos y estuve hablando con él y era un tipo muy interesante, y tenía un museo que yo creo que se llamaba El museo de la memoria, o de la vida o algo así, y tenía todas las cintas de todas las emisiones de Radio Venceremos en la lucha guerrillera. Me contó que cuando él empezó con Radio Venceremos puso a los comandantes de la revolución la condición de sacar a través de mulas las grabaciones de todos los programas, y en un momento determinado, aun un momento fuerte de la guerra, algún jefe militar le dijo: Mira, no podemos seguir utilizando mulas para sacar tus cintas porque eso es una tontería y tal y cual, y él dijo: Pues como no hagáis eso, dejo de emitir. El tío tenía una conciencia bien fuerte de que aquello había que guardarlo.

CCR: Es que hay gente que la tiene, pero la mayor parte no.

Moro: Pero porque yo creo que es lógico, cuando estas en la pelea en lo que menos piensas es lo que va a ocurrir después. Este tío, en cambio, era periodista a la vez que militante, y tenía muy claro que aquello que estaba haciendo tenía que guardarlo, y la verdad que menos mal, porque así todos los programas de Radio Venceremos se han podido conservar. Efectivamente, yo me pongo en la piel de algunos de los que estaban por allí, porque las mulas probablemente servían para muchas cosas más importantes, y piensas que ir llevando por ahí a Costa Rica cintas de grabación en cassette, pues en fin… Pero el tío llevaba razón, llevaba razón.

CCR: Y luego los archivos. No sé el de la Liga dónde y cómo está…

Moro: Un desastre. De las organizaciones de la época, han desaparecido todos los archivos. Un desastre. El nuestro es especialmente catastrófico: no ha habido nadie con esta mentalidad de archivero y está disperso; hay un poquito, pero tampoco es bueno, de documentos o escritos, pero por ejemplo carteles, hay poquísimos.

Cartografías de Culturas Radicales: Nos habíamos quedado en esto del flamenco, que lo has metido tú mismo.

Miguel Romero, Moro: Sí.

CCR: O sea que para ti fue importante en la construcción de tu identidad cultural y supongo que en esa época debió ser un punto curioso, ¿no? Como poco, a lo mejor hasta de fricción, porque se supone que entraba el rock´n´roll a ser el vehículo habitual de socialización de la juventud, pero claro puede que no para todo el mundo, ¿no?

Moro: Yo creo que eso tenía mucho que ver con la capacidad multicultural del Johnny. O sea, que en el Johnny tu podías tener al lado, y además estar muy cerca, de gente que empezaba a hacer, o que conocía muy bien el naciente rock, que te podía hablar de Pete Seeger [(1919-2014), cantautor y músico de folk norteamericano muy implicado en las luchas sociales y por los derechos humanos] que tu no conocías. Me he acordado antes del caso de Brassens, porque en este caso el tipo era amigo mío, o sea gente que te venía hablando de músicas que tu no conocías, y las escuchabas, a veces solamente los nombres, a veces la música como tal porque tenías ocasión de oírla –había algún disco que podías escuchar en algún tocadiscos–, y luego había gente que era aficionada al flamenco y podías tener al lado a gente del FeLiPe que no le gustaba para nada el flamenco, pero eso se convivía perfectamente, ningún problema. Mi afición al flamenco me entró en el Johnny porque allí había gente amiga mía que algunos eran militantes del FeLiPe muy aficionados al flamenco, y tomaron contacto con Enrique Morente [(1942-2010), excepcional cantaor y compositor de cante jondo interesado en elevar la calidad del flamenco; su obra Omega de 1996, con poemas de Leonard Cohen y versos de Federico García Lorca tocados con la banda de rock granadino Lagartija Nick es probablemente la cumbre de la fusión del flamenco y el rock de fines del siglo XX]. Así que yo conocí a Morente cuando él llega a Madrid, porque gente del Johnny que luego daría lugar a actividades de relación con el flamenco muy importantes y muy clásicas del Johnny, me pusieron en contacto con él, y luego por tanto con juergas flamencas más o menos informales y con gente del mundo, no ya de los cantaores, sino del mundo de los aficionados al flamenco. Entonces conocíamos también a Félix Grande [(1937-2014), poeta renovador, ensayista y reputado flamencólogo], por ejemplo, que ya era un poeta más o menos conocido en la época, pero que tenía afición por el flamenco; pero todo esto formaba parte del multiculturalismo, pues por ejemplo a Manolo Garí yo creo que el flamenco le ha importado un pimiento toda su vida, y pues mira qué bien, pues nada: él estaba en otra, en otras cosas. No había ningún problema, era una actitud de esponja y de considerar que todo lo que había, todo lo que aportaba cosas nuevas, todo lo que de una manera u otra además estaba vinculado a la protesta, a la rebelión, todo esto lo considerabas tuyo, y luego cada cual tenía las aficiones que consideraba conveniente, y había gente con más historias en una que en otra. Yo creo que entre la gente que fuimos a lo del estreno del Marat-Sade, el interés por Marat-Sade era una parte muy pequeña: los demás íbamos ahí a liarla porque era un acontecimiento vinculado a la acción política.

CCR: Género.

Moro: Hay una cosa interesante, y es que existía muy poco la pareja, muy poco, en parte porque vivíamos en colegios mayores y por más que fuera muy liberal el Johnny, y solamente el Johnny, era dentro de un orden, y la vida de pareja o la relación de pareja estable era bastante extraña y de hecho Jaime [Pastor] y Lucía [González Alonso] [(1947-2000), destacada impulsora del feminismo desde posiciones radicales y vinculadas a la emancipación social, fue dirigente de la LCR], que era su compañera, que no era del FeLiPe, que era una trotska de una de estas corrientes, el posadismo [corriente dentro del trotskismo impulsada por el activista argentino Homero Cristali, alias J. Posadas, quien produjo una escisión en la IV Internacional en 1970], bastante peculiar, aunque luego sí fue una militante muy importante de la Liga pero, aparte de todo, Lucía era muy amiga nuestra: eso también había allí, este intercambio de fronteras organizativas sobre todo en el mundo a la izquierda del PCE era muy flexible. Era ya más difícil tener amigos en el PCE, era un poquito más raro.

CCR: O sea, no teníais amigos en el PCE; pero, ¿conocíais suficientemente a la gente del PCE que estaba en la organización estudiantil de la universidad?

Moro: Sí, sí, pero las relaciones eran… Como había un conflicto muy permanente, pues sí que se les conocía, pero quizás la gente coincidía con ellos aparte de todo en la Facultad, podía tener algún vínculo mayor, pero era bastante raro, vamos, tan raro que es que yo estoy tratando ahora de recordar lo que podemos llamar una relación de amistad, y no ya mía, pero de otra gente y, bueno, pues era muy habitual tener reuniones con ellos, pero las reuniones eran siempre muy conflictivas. Yo creo que era muy fácil tener amigos entre los ácratas, o tener amigos en el mundo, sobre todo yo diría de los ácratas, y ahí estaba por ejemplo Antonio Pérez. Había relaciones de amistad fuertes, pero lo que podemos llamar PCE y maoístas, a pesar de que compartíamos el sindicato, no. No recuerdo ahora ya con precisión las cosas... Yo diría que la frontera clara era el PCE: con el PCE las relaciones eran distantes.

CCR: Hablaremos un poco después en concreto sobre el lenguaje que usabais, el tipo de discusión que entonces teníais, pero primero si quieres cerramos con género; y después has hecho un apunte sobre que cuando detienen a Enrique Ruano vienen su hermana y su novia a veros en la casa en la que vivís. Entonces un poco esos dos terrenos los cubrimos con lo que quieras contar sobre cuánta militancia de mujeres hay que tengáis cercana y cómo funcionan las relaciones de pareja, incluso sexuales, y después cómo es que en un momento dado aparecéis viviendo en pisos compartidos que además los llamas comunas, que yo creo que hoy en día nadie los llamaría así.

Moro: No, pero eso digamos que es un nombre que he puesto sobre la marcha. Nosotros no lo llamábamos comuna, era un piso sin más, además de que era un piso compartido. Por ir por partes, decía, parejas estables era una cosa muy rara. La iniciación sexual era paralela entre lo que podíamos llamar las chicas y los tíos. Y, bueno, ahí cada uno tiene su propia biografía, todos, digamos, aprendimos, aparte de lo que hubiéramos tenido antes, pero las relaciones más profundas en las que hay la combinación de amistad, sexo, descubrimiento de nuevas formas de vidas y todo eso, pues corresponde a estos años.

CCR: ¿Hay drogas en vuestro entorno de esa época del Felipe?

Moro: No, no. Yo contaba como un chiste, pero además era el único que lo contaba, que había fumado grifa –porque eso era muy melillense– antes de fumar tabaco, pero aparte esto había sido una chorrada porque había sido una historia de chavalines en una casa, sin más. Pero no, no funcionaba en el FeLiPe. El choque, digamos, del postfranquismo fue tremendo. Tardó en llegar, por decirlo así. En aquel momento no, no existía en nuestro mundo, y en general en el mundo de la militancia estudiantil tengo alguna duda, pero la cosa debía de limitarse como mucho a las variantes del hachís, cannabis, etc.

El FeLiPe era una organización que tenía, como el Sindicato [Democrático], una cierta participación de mujeres pero muy pequeña, y como he mencionado antes, efectivamente había los nombres de Pilar Bravo y Lucía; eran nombres totalmente excepcionales en cuanto a gente de peso, por decirlo así. Así que el mundo de las mujeres era un mundo secundario respecto a los hombres, que además funcionaban mucho como el relato épico de la manifestación más o menos engordado; se compartía también un elemento de prestigio. Había chicas en las manifestaciones, pero el papel teórico, organizador, o de primera fila correspondía siempre, en general, a hombres. Así que era una relación, digamos, de descubrimiento de lo que pudiéramos tener de sintonía con el feminismo.

Esto llega mucho más tarde. En aquel momento, e incluso después del 68, o sea entre las herencias del 68, en el cual la componente feminista es de por sí muy débil. Es un tema que entrará, nos entrará a nosotros, más bien a partir de la Liga, de la Liga francesa, que es donde iniciamos el encuentro con esas experiencias, y hay algunas personas con un papel fundamental, como es el caso de Lucía [González Alonso] particularmente, que va en una verdadera pelea contra, no un machismo agresivo, pero sí un compañerismo desigual. Lo que domina entonces es un compañerismo desigual, porque por ejemplo en mi célula no había ninguna mujer, pero cuando salíamos de la facultad o de la manifestación o de la asamblea o lo que fuera, y volvíamos al mundo de los colegios mayores, allí el cruce era permanente; o sea, todas las tardes estábamos juntos tíos y tías y quedábamos para cualquier cosa. Que podían ser para cosas más serias o podía ser simplemente por relacionarse, salir o tomar cañas o lo que fuera. La confidencialidad también: el intercambio de preguntarle a la chica X por la chica Y, ese mundo tiene que ver con el compañerismo, pero en el cual las mujeres cumplen un papel de apoyo, de apoyo a los chicos, que son los que representan, digamos, el papel central en la política sin la menor duda. Así que yo creo que no hay en el caso del FeLiPe en ese aspecto nada que signifique un avance; los avances vendrán después: el FeLiPe no aportó nada de particular, creo yo.

CCR: Y estando en ese ambiente en el que se convive casi como en una especie de burbuja un poco aislada –que por cierto entre otras cosas permite que haya menos represión directa sobre la capacidad organizativa que tenéis– después os marcháis a pisos, empezáis a alejaros de ese mismo entorno o ambiente, supongo que por algunos motivos que pueden ser de estrategia o pueden ser ya más personales…

Moro: Personales, porque nos vamos a pisos porque queremos irnos a pisos. Es uno esos saltos que parece que son adelante y son bastante discutibles, porque, bueno, se nos ha quedado chico, digamos, el mundo del colegio mayor, no nos apetece estar ya en ese mundo de la habitación, tan dependiente de los demás y entonces el tener piso era también un símbolo de madurez, por decirlo así, y normalmente los pisos están divididos por géneros, por cierto, lo que da una idea de la inmadurez del asunto. Así que hay pisos de tíos y pisos de tías, y los cruces que pueda haber pero, en la mayoría de las casas donde hay chicos no hay chicas, y luego las chicas hacen lo propio, y luego hay encuentros de diferente tipo incluso los encuentros puramente amistosos, pero no hay pisos conjuntos de chicos y chicas. Hubiera sido un problema desde el punto de vista de la convivencia en el barrio, o sea, hubiera sido considerado escandaloso una gente joven viviendo conjuntamente en un piso. Eso hubiera sido muy problemático; como además eran pisos políticos, pues más problemático todavía, de forma que yo creo que montábamos pisos por el gusto de montarlos, para ser más independientes, porque significaba para nosotros una superación de una etapa que queríamos dejar atrás en la cual el colegio mayor se convertía en un símbolo de una especie de parvulario. Luego lo hemos valorado muchísimo en nuestras vidas, pero en ese momento había que salir de ahí, como había que convertir la organización abierta, informal, militante, amistosa que era el FeLiPe en un organización leninista, ideologizada… Porque eso correspondía a los tiempos, y aunque nosotros conservábamos mucho la simpatía por el guevarismo, buena parte de ese impulso nos llega de ahí, incluso del mundo también ecléctico en torno a la revolución cubana. O sea que son los escritores, cantantes, artistas procubanos, que también forman parte de nuestro mundo de referencias culturales, los que nos recuerdan que para hacer la revolución socialista – el FeLiPe había tenido un fundamento relacional; el PCE no, pero nosotros sí– teníamos la tarea de hacer una revolución socialista en el estado español, y para eso el Felipe no nos servía y lo que hacía falta era una organización formal, fundar un partido.

Cartografías de Culturas Radicales: Bien, por lo que cuentas el proceso por el cual el FeLiPe va a terminar disolviéndose parece tener dos patas. Por un lado, la irrupción de ideologías nuevas en eclosión a partir del Mayo del 68 y en torno al Mayo o desde la propia Revolución cubana, pero antes o a la vez por dentro, en la propia organización estudiantil antifranquista, surge una oposición a lo que es la línea dominante del partido comunista. Dando eso por supuesto, podrías hablarnos un poco de qué tipo de discusión, qué tipo de peleas, qué lenguajes estáis utilizando cuando discutís u os enfrentáis o no compartís determinadas consignas que entonces plantea, por ejemplo, la gente del Partido Comunista; cómo os posicionáis y con qué tipo de debate si te puedes acordar, hasta donde llegues, qué lenguaje usáis para discriminar entre las distintas familias ideológicas incipientes que van surgiendo: ¿son fácilmente clasificables, es decir, es tan fácil como maoístas, leninistas o estalinista o usáis otro tipo de clasificatorias entonces? ¿Cuál es el punto de discrepancia más grande que tenéis entonces?

Miguel Romero, Moro: El elemento fundamental de discrepancia es el reformismo. O sea, estaban los reformistas, el PCE era reformista, y nosotros éramos revolucionarios. Así que la idea era una distinción de campos entre reformistas y revolucionarios. Y desde el punto de vista de las discusiones, aparte de las discusiones cuando hablábamos de algún libro o alguna acción, en términos de discusión lo principal es que el PCE formaba parte de lo que era la estrategia del pacto por la libertad en aquel momento, y no tenía como planteamiento hacer una revolución, y para nosotros la tarea era hacer una revolución, y por tanto para eso la universidad tenía que convertirse –esto también nos gustó del Mayo del 68– en el foco, la señal, en la chispa, ¿no?, que iba a irradiar este proyecto político revolucionario al resto de la sociedad. La relación de fuerzas se medía fundamentalmente en términos PCE-nosotros, pero es verdad que el PCE (m-l) [siglas del Partido Comunista de España (marxista-leninista), escisión del PCE del año 1964 y que con el tiempo tendría una derivación hacia la lucha armada] era una organización importante que llegó a tener la dirección, aunque por procedimientos de la época, o sea, bastante burocráticos, de la FUDE. A éstos maoístas del PCE (m-l) los llamábamos los chinos. Y luego ya empezaron a nacer –pero eso en una época un poquito más adelante– organizaciones con perfiles del PCI [Partido Comunista Italiano], escisiones del PCE u organizaciones nuevas que venían, en general, más o menos del entorno maoísta. Pero yo creo que las fuerzas fundamentales en la universidad en aquel momento tenían que ver con el mundo de la FUDE, que tenía cierta importancia pero no era un mundo importante dentro del sindicato –y la pelea por la hegemonía se daba mucho en el sindicato– y con el mundo ácrata, con el que procurábamos tener relaciones políticas vamos a decir, frecuentes, porque coincidíamos mucho en la acción directa –que era también un elemento constituyente de la separaciones reformistas-revolucionarios: una idea de autodefensa frente a la policía, acciones más audaces, organizar manifestaciones para buscar formas de hacer frente a la policía con procedimientos más o menos ingeniosos, y en estos los más creativos eran los ácratas– y procurábamos estar muy próximos a ellos, y yo creo también que los ácratas veían, entre las diferentes familias políticas de las que se sentían más o menos separados, al FeLiPe como una organización más accesible, con la que, digamos, había más relaciones de proximidad.

CCR: Cuando hablas de ácratas, ¿hay alguna organización detrás?

Moro: Yo lo que recuerdo sobre todo son gente, son nombres: por ejemplo Antonio, que ha salido antes, Antonio Pérez. La anécdota que quería contar es una que también recuerdo de una manera muy entrañable. Y es que Antonio fue de los que fue al Mayo del 68. Entonces salir al extranjero era una cosa rarísima; nosotros no teníamos dinero, yo tardé muchísimo en viajar fuera, y la mayoría de los colegas también, y algunos terminaron saliendo en el 69, por ejemplo, Jaime [Pastor], pero era por razones de exilio político, ¿no? Así que Antonio estuvo en el 68 y lo que quería contar de él –porque si alguna vez escucha esto le gustará– es que de todos los que venían contando fantasías del 68, al que más nos creímos fue a Antonio. Porque luego había gente que nos contaba aventuras personales y aventuras políticas que nos parecían un poco exageradas, pero Antonio lo que nos contó –que nos contó su experiencia desde el punto de sus ideas también– yo creo que nos influyó bastante. O sea, le prestamos mucha atención, así que nos inspiraba más confianza que otros portavoces que habían estado en la toma del colegio español de París, ese tipo de cosas, y que venían a contarnos historietas.

CCR: Cuando dices que entonces os distinguíais del PCE porque ellos eran reformistas y vosotros revolucionarios, ¿qué entendíais entonces vosotros por revolucionario? ¿Qué significaba, qué contenido tenia, qué procesos podía poner en marcha?

Moro: Yo creo que hasta que entramos en contacto con Mandel y compañía, y empezamos a darle un poquito de contenido, la revolución era cambiar el mundo, cambiar la vida, o sea, era el cambio radical, era acabar con el capitalismo. Más o menos podíamos pensar que lo que ocurría en Cuba estaba bastante bien, ¿no? Durante una época –pero duró poco tiempo– hubo en el FeLiPe una cierta corriente proguerrillera, digamos, que luego no ejerció como tal, pero existió también ese componente de una cierta épica de la lucha armada vinculada a la admiración por el proceso cubano, pero yo creo que no le dábamos mucho contenido. La revolución era el cambio radical de la vida y del mundo y ya está, y luego cada uno tenía sus lecturas, pero todas las ideas que tienen que ver con autogestión, por ejemplo, con el carácter democrático de nuestra aspiración a la revolución socialista, todo esto viene después. El FeLiPe era una organización extraordinariamente empírica, extraordinariamente empírica.

CCR: Pero, ¿había alguna conciencia de partida, por ejemplo sobre si España era un periférico, semiperiférico o central? ¿Se hablaba de que es España es Tercer Mundo y de que estás en una lucha casi postcolonial o no? ¿O había un argumento mucho más fuerte de que estamos en un país central que tiene que hacer una revolución como la que fracasó en Alemania en el 19 pero en otras condiciones, etc.?

Moro: No, no. Nosotros defendíamos mucho –y también era un elemento de polémica con el PCE– que España era un país capitalista. Neocapitalismo era el término que se utilizaba entonces. Ahí nos basábamos mucho en lo que leíamos sobre la estructura económica de España en Cuadernos de Ruedo Ibérico, que algunos artículos estaban hechos por gente muy próxima al FeLiPe por otra parte, y lo que había que hacer era derribar el poder de la burguesía; y luego añadíamos el elemento del atraso, ¿no? Había discusiones más o menos confusas sobre la modernización, cómo la modernización iba a favorecer un reforzamiento de la clase obrera… Era un planteamiento en ese aspecto muy clásico, de clase obrera al frente de la revolución socialista, pero a diferencia de las ideas más o menos del PCE, de una etapa democrática de la lucha contra el franquismo que no era socialista, nosotros éramos revolucionarios porque vinculábamos –de una manera bastante tosca si lo quieres decir– la lucha contra el franquismo con la lucha por el socialismo, o sea, esa conjunción que yo creo luego que proporcionó probablemente el enganche con el trotskismo, con un tipo de trotskismo, pero era una componente importante de las ideas del FeLiPe que en realidad eran ideas que estaban en su solo documento, en una declaración que se hizo creo en el año 67: Las Organizaciones Frente. Era un documento relativamente confuso, pero en el que sí había claramente esta influencia cubana. Es un intento de análisis de la realidad española como una realidad de un país que estaba, digamos, atrasado pero era capitalista, y que lo que correspondía hacer era una revolución socialista, no una revolución democrática mediante un pacto con un sector más o menos avanzado de la burguesía española. Pero todo esto en un marco muy poco ideologizado, o sea que la cosa no iba más allá de esto.

CCR: Cuando hablabais del FeLiPe entre vosotros, ¿usabais esa terminología de Frente de Liberación Popular?

Moro: Sí.

CCR: ¿Y por qué ese nombre? ¿Lo habíais heredado y os parecía razonable? es decir, ¿podía haber habido alternativas como nomenclatura para hablar de la organización que montabais?

Moro: Yo creo que nos vino dado y nos gustaba, pero efectivamente tomábamos la distancia de que siempre le llamábamos el FeLiPe porque Frente de Liberación Popular nos parecía rarísimo; vamos, no nos gustaba.

Cartografías de Culturas Radicales: Pues entonces si quieres pasamos ahora a que nos cuentes como acabas de decir, así con tanta claridad, cómo se produce esa inserción de las corrientes que emergen fuera de España, y cómo hay una sintonía con el trotskismo que es casi reconocida más que buscada, y eso lleva finalmente a la decisión de disolver una organización para construir un partido. ¿Cómo vives eso? ¿Desde dónde lo vives, cómo crees que tiene lugar el proceso? Mezclando análisis con memoria,...

Miguel Romero, Moro: Yo creo que la idea más importante que terminamos sedimentando en el 68, que enlaza con una idea de las JCR, por otra parte francesa pero que yo creo que es una idea que está muy vinculada a nuestra propia experiencia, es que nosotros somos una organización estudiantil, y que desde la universidad no se puede cambiar el mundo: que hace falta construir una organización política, intervenir en la clase obrera, digamos. El agotamiento de esta idea de la universidad como chispa no llega. El 68 ha demostrado la potencialidad probablemente en todos los límites: llega un momento en que tú lanzas un movimiento profundo desde la universidad pero finalmente quien determina algunos acontecimientos es la generalidad obrera, y resulta que la generalidad obrera la dirige el PCE. Así que con lo que estamos haciendo somos hegemónicos en la universidad, pero resulta que no pintamos nada en el movimiento que realmente es, además, el que teorizamos que tiene que ser el que dirija esto. En Comisiones Obreras no somos nadie. ¿Quién dirige Comisiones Obreras?: el PCE. ¿Cómo podemos dar una batalla por ser hegemónicos manteniendo siempre la división reformistas- revolucionarios?: creando un partido. Es la idea de que la universidad como campo de definición y de juego político se ha agotado. Entonces, de ahí surge ya la idea de que se ha agotado porque no solamente éramos militantes estudiantiles sino porque que éramos militantes eclécticos, y eso se considera un error: tú para afirmar un proyecto político serio tienes que tener una ideología, y para tener una ideología no te puedes inventar una nueva. Digamos, la idea nuestra es que el mundo ya está hecho: tienes PCs –yo creo que tardamos en llamarles estalinistas, por cierto: yo creo que en la época del FeLiPe todavía no les llamábamos estalinistas, pero luego ya sí; luego ya cuando viene la ideologización: estalinistas, maoístas con sus diferentes variantes y luego el mundo trotsko, que también tiene sus diferentes variantes-; entonces tú tienes que delimitarte desde la palabra que utilizábamos en un campo ideológico, y a partir de ese campo construir una estrategia de partido y todo eso. Así que lo que hacemos –que es una idea verdaderamente bárbara, verdaderamente destructiva– es que en un momento determinado cerramos el kiosco, o sea: ¡Se acabó el FeLiPe! Lo disolvemos.

Yo tengo una anécdota muy divertida que la recuerda además uno que la vivió cada vez que me ve, que es que había un grupo de jóvenes sobre todo de la Escuela de Arquitectura que iban a ir a un seminario del FeLiPe para meterse –porque dábamos seminarios de formación previos–, y lo iba a dar yo. Entonces aparezco el día del seminario y les digo: Buenas tardes, el FeLiPe se ha disuelto, pero vamos a crear un tipo de proyecto nuevo que quiere dar lugar a un partido revolucionario, le contaría algo así. Y les digo que si se quieren quedar y se quedaron tan contentos. O sea que también era una idea entre las vinculaciones con la militancia que se metían en el Felipe: cuando llegan allí el FeLiPe se disuelve pero se apuntan a lo siguiente, a lo que viene después, así que lo que decidimos es que tenemos que pasar una época convertidos en una organización metida en el mundo de la teoría –nosotros, que éramos una organización fundamentalmente activista y que lo que nos había definido y eso nos había dado una cierta autoridad en el movimiento, una imagen: que el sentido de lo que hacíamos era el activismo, el activismo estudiantil pero de luchas, manifestaciones, de asambleas, de habituarnos al debate, a convencer en asambleas–, porque teníamos que estudiar lo que había para poder delimitarla y elegir nuestro campo de referencia. Entonces creamos esto que se llama Grupo Comunismo, que era lo contrario de lo que habíamos hecho siempre…

CCR: ¿Esto en qué período funciona?

Moro: Esto funciona en el año 69, hasta que se funda la Liga: hasta finales del 70. Yo no sé cómo aguantamos tanto, por cierto. Como el proceso de ruptura del FeLiPe aparece también en Cataluña, pues en Cataluña se forma otro grupo de este tipo y tenemos reuniones larguísimas de debates hiper-teóricos, con historias Althusser/no Althusser, vamos delimitando campos hasta que en ese tipo de delimitación decidimos que a lo que más próximos nos sentimos es primero al trotskismo general, y luego habrá una ruptura –como suele ocurrir en estos procesos hiper-ideológicos– de quienes nos orientamos hacia la corriente de Mandel, por decirlo así, y quienes se van con otra de las grandes corrientes de origen francés que es el lambertismo [corriente de la extrema izquierda revolucionaria desarrollada por el francés Pierre Lambert y que dio lugar a partir de 1965 a la Organización Comunista Internacionalista (OCI]; y es la primera ruptura que hay, que coincide justamente con el nacimiento de la Liga...

CCR: ¿Y lo otros? Qué es lo que terminan montando?

Moro: Primero el PORE [Siglas del Partido Obrero Revolucionario de España, fundado en 1974 como escisión dentro del trotskismo; forma pate de la coalición Izquierda Unida y pertenece a la IV Internacional], que todavía hoy dura, todavía tiene más o menos esas siglas, aunque la e la han quitado. Entonces lo más extraordinario de la experiencia –que además es difícil de entender– es cómo llegamos a sacar del 68, de esa experiencia fundadora, algo tan anti-sesentaiochista como es encerrarse a discutir, y eso por obra de militantes que todo lo que han hecho en su vida ha sido puro activismo, o sea, que han dedicado poquísimo tiempo a formarse. Y aun así nos ponemos a leer muy desesperados, y de una manera muy desordenada, para poder hacer la célebre delimitación ideológica.

Afortunadamente, viene después el elemento central en nuestra historia y en la historia de este país que son las luchas por la amnistía del año 70, contra el Consejo de Guerra de Burgos [se refiere al conocido proceso contra dieciséis miembros de la banda armada ETA y que dio pie a una campaña nacional e internacional de rechazo a las penas de muerte impuestas por el tribunal militar que los juzgó], y eso nos hace saltar por los aires toda esta historia que habíamos montado: Bueno, ya está bien; vamos a dejarnos de rollos y vamos volver hacer lo que nos gusta, lo que queremos, que es además lo que sabemos hacer. Y de ahí nace, con esta ruptura de esta etapa hiperteoricista e hiperideologizada, la Liga, que nace ya como un proyecto vinculado al mundo de la Liga francesa, y por tanto a Mandel y compañía.

CCR: ¿Desde el principio asumís una dependencia, por decirlo de alguna forma, o vínculo que tiene su punto jerárquico: ellos producen la línea doctrinal y vosotros la aceptáis?

Moro: No.

CCR: ¿La transformáis mucho?

Moro: No, vamos a ver: la influencia es enorme, o sea que eso es lo primero que había que decir. La influencia es grandísima, pero en un artículo que escribí sobre el trotskismo de la Liga, que escribí a lo mejor de una manera un poquito voluntarista pero solamente un poco, digo que no fue un adoctrinamiento sino que fue un encuentro. Nosotros estábamos buscando algo en lo que, por ejemplo la obra de Mandel tendrá un peso muy importante y la autoridad de él, pero lo que más nos hermana es la Liga francesa porque son como nosotros.

CCR: ¿Y ese nosotros quiénes sois? O sea, ¿cuánta gente de tu FeLiPe se incorpora a ese Grupo Comunismo, como has llamado al grupo de discusión? ¿Se pierde mucho del magma del FeLiPe?

Moro: La pérdida fue enorme, eso fue una decisión muy destructiva. Yo creo que el Grupo Comunismo como mucho podríamos ser en Madrid veintitantas personas o algo así. Luego teníamos a Jaime y Lucía que estaban en el exilio en Francia pero que con los que ya teníamos desacuerdos y acuerdos pero bastante relación. Los considerábamos un poco como gente nuestra que está fuera, por decirlo así, aunque estaban formalmente organizados en la Liga [francesa], y luego había el grupo de Cataluña que podrían ser quizás también diez, doce o trece. Pero vamos, todo lo que había sido ese magma del FeLiPe se va, claro.

Cartografías de Culturas Radicales: ¿Es lo del trotskismo lo que os llama más la atención para empezar a leer y a partir de ahí nada menos que montar todo un partido trotskista en España, que no sería el único pero es más o menos referencial porque es el que está más vinculado a la Cuarta Internacional de la Liga francesa? ¿Qué os apela del trotskismo, y de ese trotskismo en renovación?

Miguel Romero, Moro: Yo creo que lo primero y lo más importante, es el internacionalismo, que es muy importante… Además nos conecta muy bien: nos sentimos muy a gusto con esa idea, que es una de las ideas de Ernest Mandel, de los tres sectores de la revolución mundial, que además coincidía mucho con nuestra experiencia del 68. Habíamos tenido Francia, pero habíamos tenido también Checoslovaquia, habíamos tenido México… La idea esta de una visión internacional muy articulada del mundo iba a delimitarnos, a entender en qué mundo estábamos, eso era importantísimo.

Pero yo creo que lo segundo es la memoria. Nosotros tenemos una organización sin referencias, el FeLiPe, y eso es algo que nos produce envidia respecto al PCE. El PCE tiene una historia, y nosotros éramos una cosa rara con un nombre que no nos gustaba. Estábamos bien, de acuerdo, pero cuando llega el momento de las grandes alternativas pues no sabemos quiénes somos: el FeLiPe es una historia del 59, basada en origen en valores cristianos y no sé qué; en fin, no teníamos ninguna historia que contar y necesitábamos una historia para construir un partido, así que la idea de entrar en una historia y que esa historia era como nosotros nos definíamos entonces… Por eso, aunque no nos gustaba, nunca nos gustó llamarnos trotskos, al final lo hemos asumido porque como es una palabra de uso común y además es aprehensivo, dices: pues vale: trotsko. Pero la idea de que éramos los comunistas que habíamos resistido al estalinismo, esa idea, fue potentísima, porque ahí nos engarzábamos con toda la historia del movimiento obrero, o sea que a partir de ahí empezamos a delimitarlo todo, por así decir, y nos daba un cuajo desde el punto de vista político- intelectual que no teníamos. Así que el enlace es con la idea de que al hacernos trotskos formábamos parte de toda la corriente comunista que fue capaz de resistirse, aunque ganase el estalinismo, y que seguiremos luchando, y que además el futuro del comunismo está vinculado en buena medida a que se recupere esa tradición de la que nosotros formábamos parte. Aunque a partir de aquí, esta historia tiene una cantidad de ideología en torno a ella o elementos muy malos, por cierto, porque tantos años de una historia tan a contracorriente pues genera elementos y vicios sectarios –la interpretación de la historia, quien lleva razón y quién no, debates un poco, en fin, absurdos de hacer la historia al revés…

CCR: ¿Y la cuestión del partido de vanguardia está también ahí como algo relevante, que os hace sentir como que podéis hacer esa función, y entonces una tradición como la trotskista os lo sirve en bandeja? Es decir, ¿asumís el leninismo como lo que en cambio el estalinismo ha terminado distorsionando por el exceso burocratizante, y hace falta aquí un tipo de gente que junte teoría y práctica…?

Moro: Sí, lo has explicado muy bien, porque en realidad la persona que sentimos más próxima a nosotros, por generación, en parte por el papel que cumple como maestro – que yo creo que es la mejor forma de decirlo por lo menos en mi caso, clarísimamente– es Ernest Mandel, pero es Bensaïd, que es el más leninista de los trotskos –porque además Daniel, que es mi gran amigo, que murió hace unos años, en realidad forma parte de las JRC pero no era trotsko, era un revolucionario sesentaiochista que luego será el que diga: Bien, Trotsky de acuerdo, pero somos leninistas en el terreno de la organización– que dará una importancia muy grande a lo que podíamos llamar una interpretación peculiar, más estratégica que organizativa, del leninismo. Así que eso nos viene muy bien porque nosotros conectamos con esta idea. Y en realidad una buena parte de la política de la Liga, lo que podemos llamar, no la política del día a día, pero el campo teórico, está muy aprendida del mundo Mandel/ Bensaïd/ mundo Cuarta [Internacional]. Entonces, mundo Cuarta, sí, pero impuesta jamás. Una de las cosas que nosotros aprendimos, y es una seña muy fuerte de la época, es que entrábamos en un sitio donde había sobre todo de Mandel, por ejemplo, una figura reconocida más que del trotskismo, y allí se discutía todo y no se imponía nada. A nosotros no nos impuso la Cuarta nunca nada, o sea, que a la hora de plantear los errores y los aciertos, nos tocan todos a nosotros. Había textos, y entonces tu podías aceptarlos o no aceptarlos, y además también en el mundo este del anecdotario, que yo creo que revela también cómo éramos aunque sea una anécdota personal –pero yo creo que todos éramos así–, la primera vez que a mí me tocó ir a una reunión de la Cuarta y me encontré con Mandel, que le tenía ya una admiración enorme, pues la primera conversación con él lo que hice fue criticarle: le dije que no estaba de acuerdo con él, me tocaba decirlo. Y Ernest, como era, me escuchó muy atentamente y me contestó tranquilamente, contra- argumentó, probablemente no le convencería de nada, pero el crear un ambiente en el cual el debate formaba parte de tu vida, la discrepancia, la disidencia, todo eso era una cosa perfectamente normal: lo normal era que lo hubiera, la crítica de las organizaciones nuevamente al modelo PCE de partidos sin discusión. Eso formaba parte de las señas de identidad de la Liga aprendidas, aprendidas de la experiencia, que tiene aspectos positivos como este y aspectos negativos como la organización en tendencias.

Cartografías de Culturas Radicales: Vamos a dedicar una entrevista entera al funcionamiento de la Liga y vamos a dejar eso para después del verano. Intentaremos meternos en el interior del funcionamiento contigo como guía en los 70. Ahora, para terminar esta entrevista, y antes de pasar una valoración general de tu participación en el FeLiPe, estaría bien que contaras cómo se funda el partido, es decir cómo es el anecdotario concreto de la fundación de un partido y la sensación que tenéis de que estáis incorporándoos de una manera distinta a una lucha que ya no es estudiantil, y en un plano en el que se supone que hay otros competidores por la militancia. ¿Cómo os sentís, en qué momento tiene lugar eso, qué primeras actividades hacéis, cómo son los primeros tiempos de la Liga Comunista Revolucionaria en España?

Miguel Romero, Moro: Pues es curioso, porque yo eso no lo viví: estaba en el servicio militar. Así que a mí me llega la noticia de que se funda la Liga cuando estoy en la mili, y cuando vuelvo ya me encuentro –esto es… en el año 70…– me encuentro con la Liga fundada, así que de los acontecimientos lo que yo puedo saber es lo que me han contado, pero no lo viví directamente, y lo que me han contado, pues la verdad es que lo entiendo muy bien, porque para mí era una angustia enorme desde la mili vivir los consejos [de guerra] de Burgos. El impacto de la lucha por la amnistía y los consejos es tan grande que nadie sabe a ciencia cierta cuándo se fundó la Liga, o sea, no tiene fecha. Sabemos que existe un periódico que se llamaba Combate que anuncia que se ha creado la Liga a principios del año 71, pero si tú hablabas con la gente, pues en algún momento alguien te diría se fundó, pero como que no enlaza: era tan necesario una vez que salimos de esa etapa tremenda, aburridísima del teoricismo, y que había que crear una organización, y la gente que fundamos la Liga –bueno, los que fundan porque yo me pilló desde fuera– tenía tan claro que hacía falta ese instrumento que informan y todo el mundo está de acuerdo en que hay que tirar adelante, que ya está bien de Grupo Comunismo y que hay que crear la Liga Revolucionaria. Entonces, la primera tarea, que es al mismo tiempo la tarea fundadora, es la lucha por la amnistía, esa lucha a finales del año 70 que para mí tiene un significado actual, porque tiene cierta relación, remota pero cierta relación, con el 15M. Es un cambio de época: llegan nuevos militantes, nuevas organizaciones, nuevas formas de entender la política, entra en crisis el régimen de una manera feroz, se abren todas las expectativas de derrocar al franquismo por diferentes vías, y esta idea de que ha empezado una época nueva que tan fuerte es, creo yo, y que es el contenido más importante del 15M, a mí me recuerda lo que significó para nosotros el Consejo de Burgos y la lucha por la amnistía.

La etapa anterior había terminado y empezaba algo nuevo que además estaba absolutamente lleno de expectativas, porque lo que caracteriza a mi generación –pues yo no sé cuántos militantes podía tener la Liga al comienzo pero no creo que fueran muchos más de unas decenas, pero era un proyecto gigantesco como formar parte de una revolución mundial– era que las expectativas eran absolutas. Tenías un grado de confianza en todo lo que podía cambiar las cosas, que cualquier tarea por gigantesca que pareciera la podías asumir sin ser una secta enloquecida. A lo mejor hoy lees documentos que escribimos en el año 71, y puedes decir: Joder, éstos, si eran cuatro gatos. Bueno, pero no éramos una secta, porque esos cuatro gatos pensaban que eso podía llegar. Las compuertas se habían abierto de tal manera que todo era imaginable.

CCR: Y, sin embargo, al contrario que el 15M, eso se hace con una estructura organizativa que es justo la contraria, un partido. Me gustaría que hicieras una valoración al revés, ahora, con los años del FeLiPe en perspectiva, respecto del 15M. Es decir, por un lado si quieres puedes hablar un poco de si ves un tipo de relación entre lo que fue el FeLiPe y lo que es el tipo de organización que ha surgido en España en los últimos años, y por otro también qué valores ves en el 15M como tal y desde la perspectiva de un militante de larga duración como eres tú.

Miguel Romero, Moro: Vamos a ver, creo que debo de ser probablemente muy subjetivo juzgando al FeLiPe. El FeLiPe es una parte importantísima de mi vida, no es solamente una organización en la que yo milité, es mucho más que eso: una parte de mis mejores amigos estaban allí, entonces, claro, uno tiende a magnificar esa parte de su vida, así que voy a repasar las cosas que he escrito –que las que he escrito estarán, por decirlo así, más enfriadas– y lo que te digo ahora está hecho sobre la marcha. Yo creo que fue una organización, un buen proyecto de organización revolucionaria de jóvenes, y que tuvo esa virtualidad de hacer que aquello lo creásemos nosotros, y que era posible crearlo, o sea, que era un producto que tú ibas, que todos íbamos, dándole forma: era barro sobre una idea muy activista y por tanto muy sana de la acción política.

CCR: ¿Y la denominas revolucionaria?

Moro: Sí, sí, era, es la mejor aproximación que se puede hacer a la revolución, yo creo. Con mucha diferencia; o sea, frente a todas las organizaciones que hay de proyectos así, yo se lo digo de vez en cuando a mis colegas de ahora: nosotros éramos revolucionarios porque éramos capaces de convocar una asamblea, de decidir en la asamblea cómo salíamos a la calle, de conectar una facultad con otra y si había, o nos llegaba la onda de que había, una huelga en la fábrica no sé qué, cómo hacemos un acto de solidaridad con ella. Esa era nuestra manera de ser revolucionarios, y está muy bien, era un aprendizaje de sacar a la gente a la calle, de hablar muchísimo con la gente, muchísimo, de estar todo el día buscando argumentos y contrargumentos que a lo mejor no eran muy buenos, pero tu sabías que lo que tu pensabas tenías que ser capaz de levantar la mano y contarlo en una asamblea donde había mucha gente, y tenías que ser convincente, y tú sabías el resultado de eso al día siguiente porque en realidad esto era política muy a corto plazo. Así que al día siguiente aquello había funcionado o no, y además el funcionamiento o el no funcionamiento no tiene que ver con la ideología: era, conseguimos sacar a la gente, la asamblea funcionó o las reuniones internas del sindicato en el que aspirábamos a que tal idea pasara, ha pasado o no ha pasado… Así que eso te ayudaba a tener una idea de la militancia en la cual los resultados se basaban en la acción colectiva. Está muy bien eso; yo creo que para mí es un aprendizaje no solamente muy bueno, sino muy necesario. Y claro que éramos revolucionarios porque hacíamos eso. Estaba bien.

CCR: ¿Y qué opinión te merece el 15M o la crisis institucional y la respuesta a la crisis de estos últimos años desde la perspectiva de tu militancia originaria en el FeLiPe también así un poco de telón de fondo?

Moro: Hombre, el primer choque del 15M fue el que tuvimos todos, ¿no? Se abre una puerta. Porque además vivíamos en una época en la que las puertas estaban casi todas cerradas, así que esta vinculación con la memoria [del proceso] de Burgos que puede ser un poco exagerada; viene después. Lo más importante al ver aquello es la idea de que ha empezado un momento nuevo, pero no pensando en mi pasado sino en el momento actual del país. Y no entender muy bien lo que es aquello pero pensar que lo que hace falta es aprender, así que la idea mía inicial ante el 15M es escuchar, es decir, a ver qué pasa, no sabemos lo que ha entrado. Yo creo que esto puede tener que ver con una educación que viene del FeLiPe, porque coincidimos mucho, mucha gente de aquella época allí diciendo: ¿Esto que es? pues no lo sabemos, y no nos pasa nada. O sea, no teorizar demasiado rápido, ver por dónde va, a ver que sale de aquí y el tener la idea de que el 15M confirmaba un viejo planteamiento que formaba parte de nuestra cultura, y es que los repertorios de lucha se inventan abajo.

Así que uno llegaba dándole vueltas a ver cómo se resuelven los problemas de Le llaman democracia y no lo es: Ah, pues mira… así, y no tenías ni puta idea. Así que está esta vinculación con la capacidad de los movimientos sociales de crear respuestas a los problemas que las organizaciones no [pueden], y no por desautorizarlas, pero es que no les corresponde ya crearlas. Yo soy militante de Izquierda Anticapitalista [(IA), organización política revolucionaria internacionalista y anticapitalista nacida en 2009 a partir de una corriente de inspiración trostkista llamada Espacio Alternativo dentro de Izquierda Unida]; muy bien, soy militante de esa organización que ha intentado buscar vías para resolver problemas que de pronto un movimiento compuesto por gente que muchos de ellos no han militado en su vida, pues lo resuelven de una manera relativamente natural. O sea, sin grandes especulaciones ideológicas detrás, aunque luego el 15M es un movimiento que está muy ideologizado, como termina pasando. Lo fundamental del 15M, aunque yo creo que esto valdría para pensármelo más y para tener una discusión más larga, es finalmente esta idea de cambio de época, cambio de personas, entrada de una nueva generación que viene con otras prácticas, otros repertorios de acción, otro sistema de valores, con una idea un poco adanista como es normal, ¿no?, que se va por otra parte matizando con el tiempo. Y que desde mi punto de vista no desautoriza el legado político, sobre todo en su conjunto como se hace a veces de una manera tan injusta como destructiva sin más, de lo que puedas llamar izquierda: hay una frase de mi gran colega Bensaïd que a mí me gusta mucho, que es que nunca se parte de cero, que siempre se parte del punto medio –idea que además creo que no es suya, es de [Gilles] Deleuze [(1925-1995), influyente filósofo francés del último tercio del siglo XX analista crítico de los conceptos dicotómicos de la Ilustración] Y las cosas importantes yo creo que funcionan cuando la gente cree que parte de cero, así que partir de cero a mí no me parece mal, y cuando yo me topaba con elementos adanistas de estos en el 15M decía: Pues bueno, ya veremos; pero el empuje y la energía que te da el creer lo que tú haces viene de que estás fundando algo, y este elemento fundador yo creo que es muy procedente en el 15M...

CCR: Y lo fue en el 70. Y volveremos sobre ello, en unos meses te llamaremos otra vez y hablaremos largo y tendido sobre ello.

Moro: Y me lo prepararé para que no sea tan desordenado como hoy.

De la crisis de la dictadura al referendum de la otan (1973-1985)

Madrid, 17 de julio de 2013

CCR: Bueno, pues aquí estamos de nuevo con Miguel Romero, siguiendo una serie de entrevistas intensivas para sacar todo lo que podamos de su memoria. Hoy nos vamos a dedicar fundamentalmente al período, digamos, de actividad política más central de tu carrera política o tu biografía política que es el liderazgo de la LCR.

MIGUEL ROMERO, MORO: Biografía política: carrera política me suena rarísimo...

Cartografías de Culturas Radicales: Carrera política suena a político… Biografía política, sí, e ideológica…

Miguel Romero, Moro: Lo que me choca es que nunca me lo habían dicho: nunca había pensado esto como una carrera, pero ahora que lo has dicho… carrera no, no me he graduado en una carrera…

CCR: Biografía; biografía política y un poco ideológica, intelectual, de Miguel Romero dentro de la Liga Comunista Revolucionaria. Desde la muerte de Franco, por el cambio de escenario que va a suponer –aunque a corto plazo no lo sería–, aunque te puedes retrotraer más, porque el otro día yo creo que nos quedamos en torno a la muerte de Carrero [Blanco] [(1904-1973), fiel consejero y servicial burócrata del dictador Franco perteneciente al Opus Dei, era presidente del gobierno cuando sufrió un atentado mortal reivindicado por el grupo terrorista ETA]. Entonces hay ahí un periodo final de la dictadura en el que a lo mejor hay cosas que quieres comentar. La idea es que primero nos cuentes desde el 75 hasta la disolución de la Liga: tú dentro de la Liga qué puestos ocupas y qué actividades haces ahí, y a partir de eso vamos a ir entrando en contextos, en situaciones concretas en las que nos interesa esencialmente entender cuál es la postura de la Liga, y dentro de eso cuál es la que tienes tú. Nos interesa el funcionamiento interno del partido y las lógicas un poco de minorías/mayorías en los posicionamientos en los que tú te vas colocando frente a otros miembros de partido, en relación con situaciones que se dan fuera del partido, esencialmente en crisis políticas, mayorías emergentes, el golpe de estado [de 1981], la huelga general del 88, y el referéndum anti-OTAN [de 1985], que serían como los jalones principales. Así que, adelante: la palabra es tuya, Miguel.

Moro: Vamos a hacer primero quizás una síntesis de datos biográficos clave. Yo me incorporo a la dirección de la Liga, a la Ejecutiva, en el año 72, que es cuando se produce la típica escisión de los grupos jóvenes –no sólo de los trotskos, por cierto, pero desde luego también de los trotskos, por una causa que no estaba justificada ni mucho menos– que fue un debate, no sobre entrar en Comisiones [Obreras], que estábamos de acuerdo en entrar –porque antes estábamos fuera con una opinión muy izquierdista respecto al sindicalismo y respecto a Comisiones en particular– sino sobre qué se hacía dentro. Y había unos compañeros que pensaban en una política más de propaganda, presión, etc., y una corriente más activista, que éramos nosotros, que lo que pensaba era que aquello estaba controlado por el PCE y que teníamos que buscar cómo desbordarlo. La palabra desbordamiento es una palabra central en el lenguaje político de la Liga de los años 70. O sea, toda nuestra idea –precisamente porque tenemos una idea bastante unitaria de la política– es que hacemos unidad pero tenemos que desbordar las organizaciones que existen, porque partimos de la base de que quien va a tener control de esa unidad van a ser los reformistas.

Así que yo entro entonces, me mantengo cuando se produce la unificación con LCR-ETA VI [línea dentro de ETA que tras su VI Asamblea decidió en 1973 abandonar la lucha armada e integrarse en organizaciones políticas revolucionarias, especialmente la LCR], que es un momento importantísimo para la organización porque en ese momento estaba, después de la escisión interna muy debilitada, y la unificación con los vascos es enormemente importante desde todos los puntos de vista: desde el punto de vista militante, el punto de vista moral, y desde el punto de vista que nos aportó una base popular a lo que finalmente era antes el desarrollo de una organización estudiantil, que iba adquiriendo cierto peso en Comisiones Obreras juveniles pero que era fundamentalmente –seguía siendo– un núcleo de una experiencia de trabajo militante básicamente estudiantil o barrial. Estos venían con una experiencia popular, o sea, de gente del pueblo, en pueblos, con una importancia de trabajo en fábricas, en grandes fábricas de Euskadi. Y nos aportó también algo importante desde el punto de vista moral, aunque dicho así va a resultar un poquito…, no sé, que es presos, presos de larga duración, presos condenados a muerte. Nosotros teníamos gente en la cárcel, pero el núcleo fundamental de un trabajo que sería vital en toda la historia de la Liga en la última etapa del franquismo, que es el trabajo de las cárceles y el trabajo de los presos, y el papel de los presos para la organización, que fue inmenso, en buena parte tiene que ver con los presos vascos, porque son más, y sobre todo porque además algunos de ellos arrastran penas de muerte, han estado implicados en el Proceso de Burgos, y durante mucho tiempo tuvieron penas de muerte. Y de hecho alguno de ellos, como Iñaki Sarasketa [(1948), preso de ETA condenado a la pena capital y finalmente conmutada por cadena perpetua en 1968 por la muerte de un guardia civil; poco antes de la amnistía de 1977 fue extrañado a Noruega junto con otros presos vascos] es, yo creo, el último de toda la lista de amnistías, exilios etc., es el último que logra condiciones legales para volver al país, ya muy muy tarde, en el 78 o algo así. Así que, nos aporta eso: la idea de que tú tienes, digamos, el deber moral de luchar porque hay que acabar con el franquismo, pero acabar con el franquismo es romper las cárceles; eso para la Liga es un compromiso moral, un sueño, un sueño que tuvimos muchos de nosotros, pero sueño literal y repetido, de llegar a la cárcel de Carabanchel [Prisión Provincia de Madrid situada en el barrio del mismo nombre edificada durante la dictadura por represaliados y que albergó a una parte representativa de los presos políticos de los últimos años del franquismo] y tirarla abajo, aunque luego también las frustraciones de lo que no ocurrió tienen que ver con los sueños de lo que queríamos que ocurriera.

Todo esto es algo que se origina a partir de la fusión con ETA VI. Entonces yo estoy en esa dirección; estamos por parte de la LCR, Jaime Pastor; está Lucía, su compañera, está Joan Font, compañero catalán que es de hecho de los primeros que empieza a hacer trabajo fuerte en las Comisiones Obreras juveniles, un tío muy majo, aunque ahora tiene una vida de familia y eso, y está Martí Caussa [(1945)], que es una persona muy importante en la dirección de la Liga y que ahora forma parte de la redacción de Viento Sur [revista bimestral de reflexión política fundada en 1991 entre oros por Miguel Romero y que busca consolidar espacios de pensamiento comunes para la izquierda] pero que tampoco ahora mismo tiene una militancia, digamos, formal, vaya: está en asambleas de 15M y todo eso. Entonces este es el equipo nuestro en la dirección, uno de los cuales soy yo. En aquel momento, desde el año 73 hasta el año 77 y siguientes, yo soy un tipo de la dirección que se ocupa fundamentalmente del trabajo internacional y se va ocupando de diferentes relaciones con localidades donde la Liga va creciendo, o donde hay problemas.

Me he ocupado en diferentes épocas de Galicia, de Euskadi, de Cataluña, de Andalucía… relaciones internas de la organización. Y luego he estado en lo que podríamos llamar el equipo de dirección que llamábamos nosotros buró político, porque nosotros no teníamos formalidades de tipo secretariado general ni cosas de ese tipo, y de hecho hacíamos un trabajo muy compartido y teníamos muy habitualmente debates, es una cosa que luego quiero destacar. O sea que para nosotros lo habitual era que en cualquier tema se partía de diferencias, no aquello de que alguien decía algo y estábamos todos de acuerdo, no: plantearas lo que plantearas íbamos a tener desacuerdos, muy grandes o muy pequeños, y que iban a terminar por medio de un acuerdo o iban a terminar por medio de una votación –se votaba muchísimo– y todo se iba a reflejar en actas y en boletines. Pero es verdad que yo desempeñé un papel importante en la Liga hasta finales del año 80, en el cual hay una decisión de que hay que pegar un giro a la organización: la organización ha perdido muchísimos militantes en todo el periodo de la transición, que está más que cerrado, y se impone, digamos, un giro en la política de la organización y –aunque no se dice expresamente yo lo entiendo muy bien– también un recambio de líderes. Así que, sin mal rollo en absoluto, hay una opinión que se detecta aunque no se exprese, que es: Moro, tío, vete un rato, déjanos, aunque no creo que yo fuera excesivamente como un jefe.

CCR: No, no tienes perfil de líder muy liderista.

Moro: No por lo menos no me gustaría haberlo sido y espero que no.

CCR: Pero, ¿tuvo un componente generacional o de relevo?

Moro: No, no, en absoluto. Fueron mis propios colegas los que pensaron que era mejor que me diera el aire. Yo creo que en la idea de una nueva etapa, y de plantear a la organización que iniciamos una nueva etapa, lo más simbólico es que El Moro se vaya a la Internacional, y así ya no está aquí; está aquí pero está menos. Y yo creo que eso funcionó, y de una manera superamistosa y muy discreta y sin ninguna alharaca ni muchísimo menos, pero yo a finales del año 80 me marché a vivir a París, donde estuve viviendo cerca de tres años.

CCR: O sea que te pilla el golpe [de estado de 1981] y la mayoría del PSOE [de 1982] allí.

Moro: Exacto.

CCR: Ahora entramos ahí… ¿Quién te sustituye a ti en la dirección?

Moro: Pues no me sustituye nadie; lo que se hace es dirigir de otra manera. El que desempeña más bien mi papel es Martí [Caussa], pero Martí es una persona, digamos, más interna, mucho más organizativa que yo, yo no me ocupo casi nunca de temas de organización. Así que efectivamente hay un cambio en la forma de entender el trabajo de la organización, quizás más vinculado a direcciones nacionales –Cataluña, Euskadi…–; no es un gran cambio, pero es un cambio, de estilo quizás. Entonces, yo marcho a la Internacional, y aparte del trabajo cotidiano, están las divisiones en el equipo central de la Internacional que dirigía Mandel –yo siempre digo que yo he sido muy mandelista, muy heterodoxo pero mandelista por encima de todo; ni trotsko ni nada de nada: mi maestro ha sido Mandel– y Mandel dejaba mucho margen a los discípulos para que hiciéramos lo que nos diera la gana y lo hicimos. Allí estábamos yo, estaba Mandel, estaba Bensaïd, que eran colegas, había compañeros mexicanos, un colega sueco que murió… como un núcleo de ocho o diez personas que conformaban el equipo habitual de la internacional, y yo en ese equipo me ocupaba sobre todo de atender a la prensa: era más o menos responsable, de aquella manera, de la revista de la Cuarta, de Inprecor [revista mensual de información y análisis político publicada desde 1970 por la IV Internacional y que toma el nombre de la que editaron en su día los bolcheviques y que fue cerrada por Stalin en 1938; el título es una abreviatura de International Press Correspondance o Correspondencia de Prensa Internacional]. Me ocupé más de ser editor que de estar muy encima del asunto.

CCR: ¿Y por eso Inprecor se hace en castellano?

Moro: No, Inprecor se hizo en castellano en diferentes épocas antes de que yo estuviera también. Se hacía en francés fundamentalmente, pero hubo algunas ediciones en castellano cuando yo no estaba allí; también la hubo cuando yo estaba allí. Fue muy intermitente la edición castellana, y luego pasó a haber una edición en inglés, y hubo muchas ediciones episódicas en muchos idiomas porque se convirtió un poco en una prueba de resistencia: pequeñas organizaciones [nacionales] de la Cuarta, si tenían Inprecor, de algún modo existían, que es la función que un poco cumple la prensa, que no existe de ninguna manera más que como un periódico.

Y luego me ocupé de América Latina, sobre todo del área andina. Así que me ocupé de Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela, pero muy poco, porque no había casi nada allí: Chile, Ecuador, el área andina… Porque tenemos un trabajo específico muy fuerte en Brasil que empezaba con entonces con el PT [siglas del Partido dos Trabalhadores o Partido de los Trabajadores, formación política de inspiración sindical e ideología socialista surgida en los años setenta en Brasil y liderada por Luiz Inacio Lula da Silva, que alcanzó con él la presidencia del país en 2003] . Era demasiado todo, y eso lo llevo Jaime, y México, que era una organización con un grado de potencia grande no tenía nadie propiamente que lo llevara. El que trabajaba con México normalmente era yo, pero no es que yo fuera el responsable de la internacional para México. México tenía gente además en la dirección de la Cuarta entonces.

Yo estuve allí en la Cuarta hasta el año 83; entonces volví porque tenía una nostalgia absolutamente imparable. Me vi allí como un inmigrante, una cosa espectacular: tenía uno de esos áticos ínfimos de París de séptimo piso

–lo que ellos llaman chambre de bonne, que eran la habitación de la criada– y los que venían a verme decían que verdaderamente sólo me faltaba un cuadro flamenco. Aquello estaba totalmente lleno de detalles de aquí. Nunca me hice a aquello; me gustó mucho la ciudad, tenía muchísimos amigos, pero tenía una nostalgia de aquí que me comía vivo. Entonces, en el año 83 volví, y me reintegré en la dirección poquito a poquito, y rápidamente pasé a ser responsable del periódico, no inmediatamente, pero sí al cabo de un año o algo por el estilo. Y, hombre, la dirección estaba modificada, digamos, ya tenía otras formas de trabajo, el peso que tenían las direcciones de las nacionales de Euskadi y de Cataluña eran muy grande, el peso del trabajo social contaba con un grado de autonomía importante también, así que yo formaba parte de lo que podríamos llamar un secretariado político que no tenía ese nombre, pero que era el centro de iniciativas, preparación de debates, cursos de formación, atender a necesidades de frentes, mítines... No era un trabajo que tenía un perfil muy definido.

Hasta que yo creo que en año 85 más o menos me ocupo de Combate, que se convierte para mí, que soy periodista pero además que me gusta mucho la prensa en general, se convierte en mi foco de trabajo hasta que termina Combate y empalmo prácticamente con Viento Sur… Combate termina cuando termina la Liga, que es en octubre del año 91, más o menos. No le pongo fecha. Cuando nos disolvemos, el último número de la revista es un adiós a Combate, pero lo escribo yo, y cae muy mal por cierto, cae mal sobre todo en el MC [siglas de la formación Movimiento Comunista, partido de inspiración marxista e inicialmente maoísta surgido a comienzos de los años setenta y caracterizado por su intento de intervenir sobre los movimientos sociales; más fuertemente implantado en Euzkadi, se fusionó con la LCR en 1991 dando lugar a Izquierda Alternativa], porque consideran que es un texto demasiado nostálgico. En aquel momento había mucha historia del célebre partir de cero y todo es nuevo, tal y cual, y yo eso no me lo creía. Tenía mis problemas que ya aparecerán cuando discutamos sobre la unificación, pero yo escribí lo que sentía y lo que sentía era decirle adiós a una etapa importantísima de la vida mía y de todos nosotros. Y yo creo que fue considerado un texto inoportuno, demasiado Liga en un momento en que convenía ir dejando eso. Es razonable también la cosa: Va a haber una unificación, hombre, no cuentes demasiado, no des demasiada importancia a lo que eras. Pero yo lo viví así, y la última página del último número era algo así como Adiós a Combate, y además tenía un toque un poco ambiguo, implícito y no buscado pero finalmente entiendo que hubiera gente que dijera: Tío, te has pasao.

Y ya está. Y luego cuando se hace la unificación formo parte del tinglado, porque aquello no se puede llamar dirección ni nada pero, digamos, estoy entre la gente que nos reuníamos. No quiero tener un papel demasiado central en aquello, porque no me siento muy cómodo, así que me ocupo una vez más de prensa y me ocupo de Viento Sur.

Este es el repaso militante, y ya por terminar, termina cuando se rompe la cosa con el MC que es a mediados del año 93.

CCR: O sea, apenas dos años después…

Moro: No llega a dos años. Yo tomo la decisión, que la suelo contar como una broma pero no es tan broma, del principio de Peter, de que todo el mundo asciende en su profesión hasta llegar a su nivel de incompetencia. Y yo creo que la unificación ha sido un desastre, en lo que tengo una parte de responsabilidad, y decido no ser nunca más dirigente de ninguna organización. O sea, mantener el trabajo en Viento Sur y ser militante de lo que fuera, pero dirigente nunca más y lo he cumplido estrictamente: dejé cualquier responsabilidad de dirección después de haber estado en todas las etapas que tiene la Liga y después de la ruptura, y abandoné también la dirección de la Cuarta, hasta el día de hoy.

Cartografías de Culturas Radicales: Muy bien, Miguel. Pues volvemos si te parece atrás, nos colocamos ahora en la Liga cuando se rearma, que va a coincidir con el recrudecimiento de las movilizaciones contra el franquismo de la última etapa, y el atentado de Carrero Blanco os pilla ya más siendo la Liga en su nuevo tiempo, supongo…

Miguel Romero, Moro: Finales del año 72, no, no: me estoy equivocando… Finales del año 73, es decir, muy poco antes del atentado de Carrero. Muy poco antes. Yo creo que justo hacemos un protocolo de unificación a mediados del 73. Y hacemos el organismo unificado en octubre o noviembre del 73, así que el atentado de Carrero es justo a continuación. Estamos recién fusionados y el atentado de Carrero nos monta un lio que no veas.

CCR: Imagino. Entonces, un poco que nos cuentas cómo se vive por la organización y por ti el periodo del atentado a la muerte de Franco.

Moro: Bueno, pasan muchas cosas. Siempre hay que contar con que, desde entonces hasta la muerte de Franco más o menos, la Liga se recupera, pero el salto de la Liga es el 76, así que se recupera pero seguimos siendo una organización chiquitita, que tiene bastante fuerza en Euskadi pero que en el resto del estado es una organización con una implantación estudiantil más o menos importante, que es una organización impulsora pionera feminista que apenas empieza, que es muy activista, que está en muchos sitios, pero que no tiene mucha fuerza. Y de hecho, respecto a las otras organizaciones de la extrema izquierda de entonces, o sea, lo que era el PTE [siglas del Partido del Trabajo de España, organización nacida de una escisión del PCE y que llegó a convertirse en el partido más influyente a la izquierda del comunista en los años de la transición, con ramificaciones sindicales; inicialmente denominado Partido Comunista de España (Internacional) (PCE (i)), adoptó el nombre en 1975 y en 1978 se fusionó con la organización ORT] y todas las maoístas: ORT [siglas de Organización Revolucionaria de los Trabajadores, formación política de inspiración maoísta y un núcleo inicial de católicos de base muy activa en los comienzos de los años setenta y hasta las elecciones de 1977], … no éramos significativamente menores, pero éramos menores, con menos gente. Así que ese era el perfil de una organización que tiene su espacio pero no va a tener un gran crecimiento hasta el 76.

Estos años son años en los que políticamente la situación es muy difícil, porque desde el atentado de Carrero son años de expectativas, con la agonía del franquismo, y de grandes luchas. Hay huelgas generales, sobre todo en Euskadi importantes, en las que participamos, años de mucha efervescencia de pequeñas acciones minoritarias, de represión feroz y lucha contra ella: está Salvador [Puig Antich] [(1948-1974), joven anarquista catalán ejecutado tras ser condenado a muerte por un consejo de guerra, acusado de haber matado a un inspector de la brigada Política y Social], está lo que luego sería la gente del atentado de la calle Correo [acción terrorista ocurrida en el año 1974 y atribuida a ETA –aunque nunca admitida– que dio lugar a intenso debate en la extrema izquierda y eventualmente a una escisión interna de la banda debido al elevado coste en civiles que implicó], Eva Forest [(1928-2007), escritora y activista implicada en la denuncia de la represión de los derechos humanos y la tortura, próxima a posiciones independentistas sobre Euzkadi] … etc. Vitoria, pero eso es ya del 76.

Esos son los acontecimientos represivos más importantes de este periodo, y la lucha represiva es importantísima y es en la que la Liga tiene un papel más determinante, porque es una reacción de activistas solidarios. Y mientras que en estas luchas casi todas las organizaciones tienen dudas, y el PCE no es que tenga dudas sino que normalmente se sitúa al margen de ellas –incluso hay casos escandalosos como el del atentado de la calle Correo, que eran militantes suyos, como un buen militante 0brero de la construcción, Antonio Durán, y [el PCE] toma distancia, se quita de en medio, y pide a sus abogados que no los defiendan– nosotros tenemos una política de defensa incondicional: se hacen huelgas de hambre en las cárceles, y una de las cosas que más contribuyen a crear ese enfrentamiento abierto con el PCE más que cuestiones de ideología son estas cuestiones de carácter político, como también de carácter moral, y por la mínima estamos enfrentados. Pero tampoco había una posición, digamos, entusiasta en la solidaridad, desde luego no con el atentado de la calle Correo, que fue una cosa muy oscura, un pedazo de bombazo con el que no mataron a quienes querían, a los policías de la [brigada político] social que desayunaban en la cafetería de la calle Correos, y mataron a no sé cuánta gente, o sea una verdadera demencia. Pero, bueno, a la gente había que defenderla, pensábamos nosotros, incluso si hacían cosas demenciales en lo que era el antifranquismo, así que nosotros adoptamos una defensa incondicional. Sacábamos también portadas, fotos especiales y una campaña internacional, todo lo que se quisiera... Ese fue un gran momento, antes de la ejecución de Salvador Puig Antich y después vendría noviembre del 75 y los últimos asesinatos de la dictadura [en referencia al último juicio con condenados a muerte y ejecuciones, que tuvieron lugar en 1975 y fueron acompañados de una intensa campaña internacional de denuncia del franquismo y sus violaciones de derechos humanos]. Son los tres grandes momentos de represión dura simbólica, más allá de la represión cotidiana.

Luego ya vendría Vitoria [en referencia a los sucesos ocurridos en la primavera de 1976 en la ciudad de Euzkadi cuando un encierro de trabajadores en una iglesia durante unas jornadas de lucha callejera terminó en una escabechina de la policía antidisturbios, dejando cinco muertos civiles y unas responsabilidades políticas o jurídicas nunca dirimidas] en el 76.

Para nosotros esta es una época en la que funciona muchísimo el optimismo de la voluntad. Nosotros tenemos una línea que consiste en decir que luchamos por la democracia, por derrocar el franquismo; no creemos en ninguna fuerza de la llamada oposición burguesa para esa tarea: pensamos que los organismos que crea el PCE –tipo Junta Democrática [reunión de varios partidos políticos y personalidades públicas de la lucha contra la dictadura creada en julio de 1974 y que funcionó hasta marzo de 1976, en que se fusionó con la Plataforma Democrática, impulsada por el PSOE, dando lugar a una única Coordinación Democrática, conocida como Platajunta]– la función que cumplen es hacer entrar al movimiento obrero en una vía de reforma de la dictadura, cualquiera que fuera su lenguaje, y estuvo bien visto por nuestra parte desde el comienzo. Y nosotros queríamos un movimiento que, pensábamos, tenía una base real, y era que estábamos viviendo una época de muchas huelgas, y de huelgas muy fuertes, sobre todo en Euzkadi. La particularidad de Euzkadi es muy subjetiva: no valorábamos que era muy excepcional pero, claro, si eso se extendía [al resto del estado] creaba condiciones de un desbordamiento de las direcciones reformistas y permitía plantearse derrocar la dictadura. Entonces, la caída de la dictadura implicaba sobre todo tareas democráticas pero, nosotros, en el sentido en que podemos decir que tenemos una idea trotska de la política: pensábamos en términos de que eso se iba a enlazar inmediatamente, y de forma natural, con tareas de tipo anticapitalista. Que tampoco me parece una idea absurda ni mucho menos. O sea, una vez que se derroca el franquismo y desaparece ese tipo de obstáculo político, moral, cultural, la gente se sentiría libre para tirar para adelante y no iba a respetar la propiedad capitalista. Cuando ocurre la revolución en Portugal decimos: Ahí está, es esto.

Portugal es para nosotros una revolución moral sobre todo. Es la idea de que llevábamos razón… O sea, dábamos relativamente poca importancia al problema central de que en Portugal algo muy importante era el ejército, digamos, el ala anticolonial del ejército, y luego eso da lugar a un movimiento de revolución social importantísimo. Y eso no iba a ocurrir aquí. Nosotros decíamos –en una imagen que nos creíamos, que era muy voluntarista y muy obrerista, porque nosotros éramos muy obreristas– que la clase obrera será en el estado español, lo que el ejército fue en Portugal. O sea, que nosotros teníamos otro agente que era mucho más poderoso y mucho más fiable, por eso la revolución aquí sería mucho más profunda que la revolución portuguesa. Pero si en Portugal había ocurrido lo que había ocurrido, lo que hacíamos nos daba la razón de un proceso de derrocamiento de una dictadura.

CCR: Y al mismo tiempo las organizaciones trotskistas en Portugal llegan a ser muy determinantes en momentos clave…

Moro: No, qué va, qué va. Eran muy chiquititas. La LCI [Liga Comunista Internaçionalista] que es el primer partido que se forma, para que os hagáis una ideas, su principal dirigente debía tener 17 años, que es Francisco Louçâ, más tarde dirigente del Bloco [de Esquerda, organización política que reúne varios partidos a la izquierda del partido comunista portugués creada en 1999]. Era un criejo que apenas salía del instituto. Un tipo, la verdad, muy listo y con muy con buenas expectativas, pero era un chaval. No: prácticamente la Cuarta se funda en Portugal con la revolución, y era organización muy maja, pero muy pequeñita.

CCR: Ah, pero entonces viene a cuento este otro quiebro: vuestro trotskismo, ¿tiene algún lineamiento que conecte con la perspectiva previa, histórica?

Miguel Romero, Moro: Eso es algo muy importante, muy muy importante. Sobre todo el más directo, y es que Jaime y Lucía estaban exiliados en París y allí conocen a viejos poumistas [militantes del POUM, siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista, formación política de inspiración bolchevique y antiestalinista fundado en 1935 a partir de dos formaciones de la izquierda revolucionaria, defensor de un frente popular por la base y arraigado sobre todo en Cataluña]. Y eso crea, yo creo, lo que podemos llamar una base de simpatía que luego se concretará en que alguno –muy pocos pero alguno– de los poumistas se hicieron militantes de la Liga, y con todos ellos la relación no es de amistad sino de admiración, en mi caso particularmente con Juan Andrade [(1898-1981), histórico dirigente comunista de los años 20, fundador en 1930 de la ICE (Izquierda Comunista de España), uno de los partidos que dio lugar al POUM, en el que fue miembro del Comité Central y redactor de su órgano de prensa La Batalla]. Pero para nosotros el POUM, el papel más importante que cumple, y que es decisivo, es paradójicamente alejarnos de Trotsky, digamos, del trotskismo ortodoxo. Nosotros empezamos a leer los debates de Trotsky con el POUM, y para nosotros nuestro partido es el POUM, y rechazamos casi visceralmente o visceralmente el tratamiento hipersectario y doctrinario que Trotsky aplica al POUM. Nos sentimos mucho más cerca, incluidas las equivocaciones, de cosas que nos gustan de [Andreu] Nin [(1892-1937), dirigente y pensador marxista revolucionario exiliado en Moscú en los años veinte, donde conoció a Trotsky, de quien terminó distanciándose; fue después dirigente del POUM y consejero de justicia de la Generalitat hasta su cese en 1937, muriendo a manos de los servicios de inteligencia soviéticos durante la Guerra Civil], Andrade, [Wilebaldo] Solano [(1916-2010), político y periodista, dirigente juvenil del BOC (Bloc Obrer i Camperol), el otro partido catalán que dio lugar al POUM; represaliado en 1937, siguió desde el exilio ejerciendo de dirigente de la izquierda revolucionaria], que de Trotsky, y eso nos educará en lo que podemos llamar –eso que Daniel [Bensaïd] decía al final de su vida, en una frase que a mí me gusta mucho, pero solamente a mí, o sea que si se lo dices a algunos colegas de Izquierda Anticapitalista, pondrían mala cara: Nosotros somos un cierto trotskismo–: bueno, pues un cierto trotskismo, una manera de estar allí…

Cartografías de Culturas Radicales: ¿Y esto está sucediendo justo antes de la muerte de Franco, el vínculo con el POUM, la recuperación de esa vieja militancia de exiliados? ¿o es posterior, ya en la transición?

Moro: Yo creo que se refuerza mucho en la transición, cuando nos conocemos. Cuando viene aquí Andrade, se extiende entonces. Es un vínculo que tiene mucho que ver con la lectura; incluso te podría poner fecha porque en un momento determinado Pierre Broué edita un libro que se llama Trotsky y la Guerra Civil española [(1966)] en el que viene muy bien anotado, no solamente los escritos sino anotaciones, respuestas, polémicas, etc. Y la lectura de ese libro y de los textos de Nin sobre la revolución española que ha publicado nos hace que empecemos a tomar partido. Esto debe de ser no mucho antes de la transición, porque ya en los cursos de formación que dábamos sobre la Guerra Civil, nosotros nunca dijimos las cosas de Trotski sobre el POUM: que si partidos centristas, medio revolucionarios medio reformistas, no digamos ya las cosas de que si eran traidores, y tal y cual. Esta no es nuestra política, así que eso nos ayudó mucho a conformarnos una forma propia de ver la tradición política de la que formamos parte, pues formamos parte de ella, de eso no hay ninguna duda.

CCR: Seguimos en el período del 73 al 76 que es cuando el partido de repente logra, como decías, una pequeña base social vinculada a un territorio concreto en el que hay muchísima efervescencia y capacidad de organización muy grande, Euzkadi. Pero me interesa vuestra línea doctrinal a la altura de la muerte de Franco: cómo os sentís en términos ideológicos, no ya en cuanto a posicionamiento sino en vuestro ámbito de acción, o sea: ¿os consideráis un partido distintivo porque aportáis cosas que otros partidos no tienen? ¿Sois uno más, pequeñito y nada más, o pensáis que el escenario que se abre os va a permitir tener una capacidad de influencia grande porque no estáis solo centrados en un discurso sobre las relaciones de propiedad y la toma del poder, sino que tenéis sensibilidad con problemas sociales, de tipo feminismo, etc.?

Miguel Romero, Moro: Nosotros nos considerábamos un partido relativamente más pequeño que los otros de la extrema izquierda, pero eso no lo valorábamos mucho porque estábamos convencidos de que íbamos a crecer. Así que, bueno, ejemplo: estábamos en un organismo importantísimo como era la coordinación de CCOO de Euskadi de izquierda, que se llamaba CECO; luego estaba la que dirigía el PCE y se llamaba CONE. Nosotros en la CECO éramos una minoría: la organización más importante era el MC, y en aquel momento era muy importante lo que podríamos llamar fuerzas políticas hegemónicas en las movilizaciones sociales. Y eso lo sabíamos. Nosotros no teníamos una visión mítica de lo que éramos, pero teníamos una confianza en nosotros mismos absolutamente ilimitada. Y además teníamos lo que podríamos llamar idea de ser un partido muy diferente a los otros. Muy diferente por razones materiales: no estábamos en ninguna de esas coaliciones que nosotros llamamos interclasistas de partidos y las formaciones de oposición democráticas al franquismo, y eso era un elemento de identificación grande, porque éramos lo primero un partido democrático. La democracia para nosotros era absolutamente vital, y nosotros nos sentíamos orgullosos de nuestras actas, con nuestros debates, nuestras mayorías y minorías, el derecho de tendencia…, cosa que no existía en ninguna parte. Éramos un partido muy libre internamente.

CCR: Sobre esta quiero que vuelvas, pero continúa…

Moro: Nos reíamos cuando nos contaban historias de los maoístas, que prácticamente formaban parejas, y decíamos nosotros: Pero, ¿están locos estos?. Porque éramos un partido que en el que había una represión mínima: alguna podría haber por razones ambientales, pero nada más. Somos un partido que rápidamente se identifica con los movimientos que surgen, que es pionero del feminismo –a través fundamentalmente del trabajo de Lucía–, que es un pionero del movimiento gay, que está muy interesado en lo que tiene que ver con los acontecimientos culturales desde el punto de vista de reivindicarse de la tradición trotska del Manifiesto Surrealista [(1924) y (1930)] de [André] Breton [(1896-1966), escritor, poeta y teórico del surrealismo, corriente estética de las vanguardias defensor de la convergencia entre la liberación psicológica y la revolución política], que se considera –no quiero presumir de algo que no existía entonces y porque no era eso– libertario. Pero es un partido muy abierto a lo nuevo. Con mucha capacidad de aprender, y que en su revista y en lo que contamos a los militantes procuramos ser un partido muy de lo que va a ocurrir, lo nuevo, y eso es bueno. O sea, todo lo que tiene que ocurrir es mejor que lo que hay. Exactamente el sentimiento antagónico de lo que hay ahora, ¿no? La expectativa de que las cosas van a mejor, de que aparecerán nuevas cosas, de que hay que vincularse, como decíamos, a todo lo que se mueve. Estar con todo lo que se mueve. Entonces, desde ese punto de vista nos considerábamos un partido que aspiraría a ser hegemónico de la izquierda, seriamente, y no creo que con conciencia sectaria sino porque eso iba a ser el resultado de un proceso.

Un proceso en el cual, nuestra idea de cómo se iba a producir el derrocamiento del franquismo, que era por un desbordamiento de las políticas de los frentes tipo Junta Democrática o Plataforma Democrática, por medio de un movimiento huelguista que se convertiría en un movimiento de país, en un movimiento popular, eso nos iba a dar la ocasión de dar un salto adelante desde el punto de vista de la organización –en esto había todavía muchos de los mitos atribuidos al bolchevismo: que un partido relativamente pequeño puede convertirse en un partido bastante grande en una época revolucionaria. Nosotros llegamos al 76 con esa idea en la cabeza, con un equipo de cuadros bastante importante, con una idea que no me gusta que tuviéramos, pero la teníamos, y que se mantuvo durante mucho tiempo: lo que llamábamos superioridad teórica. O sea, lo que hay en torno al marxismo enseñado por Mandel es, por así decir, es mejor, tiene más calidad, que todos los marxismos fosilizados que andan por ahí a nuestro alrededor. Cosa que era verdad, pero ese sentimiento de superioridad es malo, porque no consta en ninguna parte, y además hay que demostrarlo. Pero la idea es que tenemos más teoría, más capacidad de respuesta, más conocimiento, mejor conocimiento de las cosas, la dedicación de mucha gente al análisis económico en aquel momento, como Jesús Albarracín [(1943-2001), economista y teórico del marxismo, protagonizó a finales de la dictadura una singular experiencia al ser elegido democráticamente por los estudiantes profesor en sustitución de un docente que abandonó su actividad por la presión estudiantil; aunque abandonó la LCR por IU, se mantuvo siempre en el compromiso con una economía al servicio de la emancipación de los trabajadores] o Pedro Montes [(1945), economista, militante de la LCR y del sector crítico de CC.OO.] el esforzarnos mucho en la seriedad del análisis social antes que llegar a conclusiones políticas. Si leéis algunos documentos –os ahorro el trabajo, porque son un poco coñazo– que publicábamos entonces, en momentos bastantes tensos, eran documentos más o menos legibles, con títulos muy rotundos –Levantad la bandera proletaria es el título de uno– siguiendo el lenguaje de la época, pero eran folletos que en buena parte se dedicaban a analizar el país. O sea que la parte, digamos, programática era un tercio. ¡En qué país vivimos!, decíamos, con una burguesía democrática muy débil, pero crecerá, y su misión es desplazar el papel natural de dirección de la lucha contra el franquismo, que corresponde a la lucha obrera. Empezamos a analizar qué le estaba pasando al movimiento obrero, tan combativo pero a la vez muy controlado por el PCE, y entonces creamos una categoría que la mantuvimos durante muchos años: la contradicción entre combatividad y conciencia. La combatividad [de los obreros españoles] es muy alta; la conciencia no tanto, pero eso va a cambiar por la experiencia, o sea por el desbordamiento: el salto de conciencia será el salto de desbordamiento, cuando la gente experimente ella misma que va más allá del límite que han impuesto las direcciones del PCE, CCOO, etc., pero necesita también un factor político. Así que durante un tiempo, aunque quizás no mucho en meses, y es un momento importante en la historia de la Liga, nosotros planteamos muy seriamente una unificación a toda la izquierda del PCE. O sea, justo antes de que se monten la Junta Democrática y la Convergencia democrática, a mediados del 74 y ya en el 75, nuestra política es dirigirnos al MC, a la ORT y al PCI…

CCR: ¿Al PC (m-l)?

Moro: No. Es curioso ahora que lo dices, al PCE (m-l) lo considerábamos un departamento aparte: iban a su aire, no tenían relaciones con nadie, esos sí que eran la vanguardia del proletariado, hipersectarios, y tenían su propia organización sindical, que se llamaba OSO [siglas de Oposición Sindical Obrera, organización sindical clandestina originariamente en la órbita del PCE, de cuyas filas vino Marcelino Camacho, líder de Comisiones Obreras (CC.OO.) durante el franquismo; al decantarse la dirección del PCE por CC.OO, la OSO fue desde fines de los años sesenta escorándose hacia el PCE (m-l)]: raramente coincidíamos con ellos en Comisiones, y siempre de una manera muy conflictiva en los barrios. El PC (m-l) quedaba bastante fuera de lo que podríamos llamar el espacio de la izquierda, y eso que era una organización importante; pero nunca lo tuvimos en cuenta para la política unitaria. Para nosotros había cuatro organizaciones a la izquierda del PCE, que eran el PCI, el PT, el MC, la ORT y nosotros. A partir de mediados del año 73 hacemos una oferta formal de unificación, de que veamos cómo buscar un partido y tratar las diferencias, pero con algo muy importante, con un razonamiento, que es valioso, de que había que crear una relación de fuerzas respecto al PCE para poderle ganar la partida política en los movimientos sociales de lucha contra el franquismo, y que solos no podemos ninguno. Estaba bien, pero en aquel momento cada uno tenía su propia idea de que no iba a salir adelante. Entonces no funcionó, y cuando se monta ya Junta Democrática y Convergencia Democrática nosotros estábamos en contra, y es un momento de ruptura por esa razón, por los procesos, no de unificación pero sí de propuestas de unificación.

CCR: Vamos a continuar un poco para ir metiéndonos más dentro de tu experiencia en esos años claves del 73 hasta el final de la transición. Has nombrado dos términos interesante que son muy contrapuestos, y los dos tienen que haber estado presentes en la Liga y en el entorno. Uno es decir que sois un partido democrático. ¿Qué significa para vosotros eso entre el 73 y al 80 sobre todo del 73 al 75? Porque se está todavía bajo la dictadura, y un partido que se considera revolucionario o que le importa la revolución, que se vincula la IV Internacional y que, sin embargo, asume un compromiso de que su praxis interna es democrática, es algo singular, sobre todo cuando la mayor parte de las organizaciones de extrema izquierda son vistas hoy como grupos muy sectarios. Cuéntanos un poco más cómo es el funcionamiento de la polémica interna, del debate, dentro de la organización. También puedes extender la memoria a lo largo de la transición, porque eso parece un sello distintivo de la Liga. Que a eso lo llaméis democracia también tiene su valor. Alguien podría pensar que toda esa cultura juvenil del 68 tiene muchísimo de los viejos dejes de las organizaciones políticas de los años 30, que no eran precisamente muy democráticas. Hay, pues, un cambio de cultura. ¿De dónde crees que procede ese énfasis de la Cuarta en España, de vuestra organización, por el debate interno como un valor, y cómo que eso implica algo que tiene que ver con democracia?

Miguel Romero, Moro: Procede de la crítica al estalinismo, está claro. Para nosotros una característica fundamental del estalinismo es la anulación de la democracia en el partido y en la sociedad, y en todo lo que es el movimiento que comienza en torno al estalinismo. Y para nosotros es una batalla decisiva: decisiva por el tipo de sociedad que queremos, pero decisiva desde el punto de vista del tipo de partido que queremos construir, y efectivamente es así. Que tendrá todos los defectos que quieras, pero yo me siento muy orgulloso de eso: es asombroso que, en plena dictadura, nosotros tuviéramos [en una ocasión] una caída fuerte de nuestro aparato de propaganda en Madrid, y ese mismo fin de semana tuvimos una reunión del buró político en el que había opiniones diferentes, votaciones, actas… Y las actas llegaban al último militante. Eran cosas que hacíamos para que los militantes conocieran el debate de la dirección, que siempre era un debate. No puedo recordar un solo debate por unanimidad: siempre había alguna excepción, votos en contra –con nombres ¿eh?–, votos a favor, tal y tal. Todos hicimos debates de tendencias, en plena represión, sobre la organización, y la gente tenía derecho a agruparse: poníamos dinero para que se reunieran, elaboraban textos, boletines, con el mismo derecho que la mayoría. Para nosotros esto era una verdadera profesión de fe, una cosa absolutamente decisiva: no se podía hacer política de otra manera.

CCR: ¿Sucedía en otras organizaciones de la Cuarta Internacional en otras partes de Europa? ¿Teníais un cierto vínculo con esas prácticas?

Moro: Con la práctica del derecho de tendencias, sí. Porque además formaba parte de los estatutos de la Cuarta. Pero en otros sitios se convirtió en lo que podríamos llamar un ámbito fraccional, o sea, cada vez que había un debate pues la gente montaba tendencias. Esto se convierte prácticamente en una enfermedad organizativa, porque ese no es el sentido de un debate de tendencias: eso es reagrupamientos permanentes que se van conformando y duran en periodos de debate y en periodos de no debate, y es una especie de negociación interna entre corrientes. A mí, esa vía, no. Nosotros todavía no habíamos estudiado la socialdemocracia alemana en la época de Rosa [Luxemburgo], y es que trabajaba así; aunque no nos gusta, pero mejor eso que el estalinismo. Pero para nosotros se añadía un factor yo creo que de identificación específica: éramos conocidos en la Cuarta como una organización que sentía esto como una cuestión vital, o sea, que –además de que polemizamos con todo dios, claro– no había nadie, ni siquiera otras organizaciones trotskas, que tuvieran ese perfil de la política; pero lo hemos mantenido siempre. No sé si la otra vez conté una anécdota significativa de hasta qué punto duró esa cultura. Cuando estábamos en IU, ya en una época muy posterior, surgió la corriente Nueva Izquierda [corriente interna de la coalición Izquierda Unida (IU) a fines de la década de 1990 que postulaba un acercamiento al PSOE para tratar de hacer girar sus políticas y crecientemente enfrentada a la línea oficial de la coalición, practicada por su líder Julio Anguita, dispuesto a negociar con la derecha con tal de derrocar al PSOE y sus políticas crecientemente alejadas de la tradición socialdemócrata], con Diego López Garrido [(1947) político independiente integrado en IU desde 1986, fue diputado y tras su expulsión de la coalición fundó el PNI (Partido de la Nueva Izquierda) que finalmente se integró en el PSOE, donde fue portavoz del grupo parlamentario socialista en 2003 ], [Nicolás] Sartorios [(1938), abogado laboralista y teórico sindical de la izquierda durante la dictadura y la transición, fue fundador de Comisiones Obreras y posteriormente diputado por el PCE e IU], [Cristina] Almeida [(1944), abogada y activista antifranquista, ingresó en el PCE en los años sesenta siendo estudiante; ejerció la acusación en el caso de la matanza de los abogados laboralista de Atocha de 1977, siendo después concejala de Madrid por el PCE hasta su expulsión en 1981 por discrepancias con la dirección, entrando después a formar parte de IU en 1986], que eran gente más bien derechosa. Y entonces hubo una política muy represiva hasta que los echaron de la dirección de Izquierda Unida, y nosotros votábamos en contra de una manera absoluta, en contra de todo. Pero, ¿cómo votáis a favor de que permanezca esa gente que está metida en la socialdemocracia?: Derecho de opinión. Y yo tuve una conversación con un excompañero que ya no militaba y le conté este asunto de echar de Izquierda Unida a López Garrido, Almeida y tal y cual, y le digo que seguramente ya los habrán echado, y me dice el tío: Nos habremos opuesto, ¿no?. O sea, que es algo que está tan dentro que un tipo que lleva un año fuera de la cosa le preguntas si defiende el derecho de opinión, y dice: Claro que sí. No hemos cambiado.

CCR: Hay quien opina que los partidos de oposición al franquismo en esos años setenta son escuelas de ciudadanía pero, en este caso yo creo que estabais montando un pequeño parlamento, digamos, a ojos de un público actual aunque no es lo que tendríais en la cabeza, pero la traducción sería esa. Hay un proceso de construcción de una cultura de la disidencia…

Moro: Total: esa es la palabra. La cultura nuestra –y eso es central en Mandel– es que sin disidencia no hay debate político, no hay vida interna, no se puede construir nada.

CCR: La cuestión es cómo vehiculizarla, y la última forma es excluirla, porque lo peor es que los excluidos se monten otro cenáculo…

Moro: Y en las escuelas de formación repetíamos –yo repetía millones de veces porque se lo había escuchado mucho a Mandel– una frase que es de Lenin curiosamente, que dice que la primera obligación de un militante es pensar por sí mismo.

CCR: Y en cambio hay otra parte del asunto de la que también a lo mejor puedes decir algo, que tiene que ver con un periodo como este de bastante miedo, represión etc.: ¿hasta qué punto el partido se carga en sus debates internos de una cultura que es un poco franquista en hábitos, maneras, formas, cuestiones de género u otras cuestiones que pueden haber figurado también: la doble moral, la gente que está mejorando a su expectativa vital porque está accediendo a trabajos mejores pero sigue militando aunque su realidad va cambiando y surge el deseo de moderación? ¿Hasta qué punto se puedes escapar del molde cultural en el que os movéis, que ha forjado la cultura franquista en los años sesenta? Vosotros sois los jóvenes que habéis conocido una dictadura, no habéis conocido una democracia: no sabéis lo que es vivir en libertades. Entonces igual hay lógicas de funcionamiento, en lo personal también, que afectan a la cultura política de un partido cómo de la LCR.

Moro: No quiero mitificar a la Liga, eso es lo que me hace dudar de lo que te voy a decir, porque no: no tiene sentido eso que planteas, y aunque evidentemente estoy muy ligado a esa historia, y hay un elemento de cariño al recordarla que pueda hacer ver más los lados positivos que los negativos, francamente mi recuerdo de la Liga, sobre todo de la Liga en la clandestinidad, es que es una organización extraordinariamente fraternal, o sea, igualitaria, solidaria, respetuosa. Pero muchísimo, muchísimo. Y fuera de aquí, cuando íbamos a la Internacional, esa imagen afortunadamente se notaba mucho, y tenía que ver, la verdad es que no sé con qué: quizás con esta concepción de la democracia por una parte, con esta identificación con la moral de un partido perdedor como el POUM también, y con un deber moral hacia ellos, ¿no? Yo creo que era muy importante: con los presos, que eran de todos, y con los que teníamos una obligación especial por la fraternidad que sentíamos con ellos...

Pero permitidme hacer una salvedad. Es que no quiero mitificar a la Liga, ese es mi recuerdo, pero probablemente hay otros recuerdos posibles…

CCR: ¿Hay expulsiones en ese periodo?

Miguel Romero, Moro: La única que yo recuerdo, y no veas tú lo que costó aquello de todas formas –esto es la democracia–, fue de un tipo en Madrid que fue considerado un infiltrado de la policía. Entonces –no recuerdo ya bien– se hizo una investigación, hubo una acusación formal… Pero desde el momento en que se hace esa acusación hasta el momento en que se le echa pasaron meses, porque al tipo se le dio derecho de defensa, se le apartó de tareas organizativas, se le explicó por qué se le acusaba, hubo una comisión, se presentaron cargos, él se defendió… Hicimos una cosa garantista a tope, y al final se le echó por un principio de precaución más que nada. Yo creo que no había un convencimiento absoluto de que lo fuera, pero se dijo, y además se lo explicamos así, eso me tocó explicárselo a mí: No estamos seguros pero no podemos mantenerte inseguro, además que tú estarías incómodo, todo el mundo estaría incómodo…. Así que expulsión hubo esa, y más adelante –pero no sé ponerle fecha– hubo otra muy delicada, muy compleja, de un dirigente de la organización en Salamanca que era abogado y defendió a un agresor a una mujer. Fue un debate jodidísimo, porque él defendió su visión desde el punto de vista profesional del derecho de defensa, que hasta que no se probara y tal y cual, y hubo una discusión también con votos y con posiciones y además un ambiente muy crispado en el que salió una mayoría por expulsarle –que un abogado de la Liga no podía defender a un agresor, y ni derecho a defensa ni ostias– y esa fue la posición que prevaleció, y entonces se expulsó a esta persona, una persona que por otra parte apreciamos muchísimo, y se le echó. Yo no recuerdo más expulsiones hasta la que hubo de una corriente entera de estas, los llamados morenistas [apelativo informal que reciben los seguidores del llamado Sector Crítico del sindicato Comisiones Obreras, corriente interna liderada por Agustín Moreno (1951) y con seguidores en formaciones políticas de la extrema izquierda que censura la creciente moderación de la dirección sindical] pero eso fue mucho más tarde, en el año 89.

CCR: Claramente en vuestra organización se perciben unos mimbres culturales, como el mantener esa distancia respecto de las dinámicas dominantes en la extrema izquierda, que hace que vosotros tengáis perspectiva bastante más abierta y permite avanzar en ese proceso de socialización de un pensamiento crítico…

Miguel Romero, Moro: Se me han olvidado dos cosas que son importantes. Una es haber empezado muy pronto a pensar en el feminismo, que es un factor cultural muy importante en la Liga que también nos hace diferentes de otras corrientes que llegarán más tarde por más que lleguen con un peso más grande. Pero en nosotros empieza a tener una presencia permanente el tema en la prensa de la organización desde muy pronto. Y desde que se incorpora Lucía, que viene además con la experiencia de los franceses sobre el feminismo a la dirección, en el año 73, adquiere una importancia muy grande. Eso es un factor que tiene derivaciones a largo plazo porque es, digamos, des-educativo del machismo por así decirlo. Y aunque era más o menos natural, correspondía a la cultura de la época, yo creo que contribuyó bastante a esta idea fraternal abierta a la política. Y otro factor que se me había olvidado es la solidez internacional: o sea, formar parte de una organización internacional significaba que tú hacías campañas de solidaridad por el campesino peruano que estaba detenido, o por la lucha de los trabajadores más insospechados que te puedes encontrar, porque hay luchas la verdad bastante exóticas, como movimientos de masas en Turquía, pero que siempre son valorados además porque eran noticas que nos llegaban por la radio macuto…

Para nosotros ser solidarios –como también con los saharauis, claro– pero a escala internacional, con todo lo que ocurría en la lucha internacional; también contra la burocracia en los países de la Europa del este, y con las luchas antiimperialistas de los países del sur y las luchas obreras populares obreras en los países más ricos– te daba una incondicionalidad de la idea de solidaridad que yo creo que también contribuía a esa especie de amalgama, digamos, moral, que yo también traduzco por fraternidad y que se empieza a debilitar a partir del momento en que desaparece la clandestinidad.

CCR: ¿Desaparece?

Moro: En realidad en la clandestinidad tú eres un cierto gueto. Vives en un mundo que, por más relaciones sociales que tengas, hay una disyuntiva total entre la vida familiar, en la que puedes ser padre o lo que sea, y tu vida militante, que es lo más importante, a lo que dedicas el noventa por ciento de tu tiempo. Entonces, en ese mundo se vive esta atmósfera solidaria, fraternal, etc. Pero en realidad el contacto con el exterior es como oposición, o sea, todo lo que vives de negativo es del franquismo, lo atribuyes al franquismo o a prácticas burocráticas que tu no compartes en el seno de la izquierda. Cuando se producen los procesos que empiezan a partir del 76 y culminan en el 77 –la democracia, como la queramos llamar, vamos, las elecciones, la vida política habitual en un sistema parlamentario, la salida de los presos…– todo eso se diluye. Yo creo que eso estaba vinculado a una dinámica ascendente. O sea, tú eras tan fuerte moralmente porque tenías una confianza enorme en ti mismo. Así que ese sentimiento de confianza de que vamos a hacer la revolución, nos lo creemos, la soñamos, somos una gente fundamental en esa revolución socialista, que va a ser una revolución con autogestión, con libertades, nada que ver con el estalinismo, que va a rescatar el legado revolucionario de Octubre [de 1917 en Rusia]: todas esas cosas que nos colocamos encima de los hombros te daban un impulso formidable. Cuando eso se debilita y entras en lo que podemos llamar una vida política de resistente en un régimen parlamentario, aparte de que pierdes militantes y aparte del desconcierto político y de estas cosas que hablaremos luego, hay un debilitamiento de estos rasgos morales que decía antes, y una entrada, no en este caso de la mierda moral y cultural del franquismo que ya como tal estaba muy presente, por cierto, aunque se nota ahora –pero es un tema aparte– pero la tocábamos menos, pero sí en un ambiente de cinismo político que impone la llamada cultura de la transición.

Cartografías de Culturas Radicales: Para hablar de eso entramos ahora en el periodo más central de la transición, y nos interesaría un balance de qué cosas hacéis que os distinguen, o que por lo menos consideráis relevantes, empezando con esa oleada de insurgencia del 76 que está ahora bien estudiada y se sabe que fue desbordante; ahí parece que hubo desbordamiento….

Miguel Romero, Moro: Exactamente.

CCR: …No sé si un desbordamiento típico por abajo, pero a las organizaciones les pilló a la mayor parte de ellas con el pie cambiado.

¿También a vosotros? ¿Qué actitud tuvisteis en lo que lleva a Vitoria como gran acontecimiento de época? Esto esencialmente interesa como un punto dentro de un periodo largo de aproximadamente ocho meses, desde unos dos meses después de la muerte de Franco hasta el verano del 76, en que España está convulsa y los datos son más que evidentes.

Miguel Romero, Moro: Nosotros estamos en la gloria en la Liga, pero en la gloria bendita (ríe). Entre otras cosas porque yo creo que multiplicamos la militancia por cuatro en seis meses, o sea, se estaba cumpliendo la perspectiva de que nos estábamos acercando al momento en que –creemos, y además yo creo que creemos con razón– nuestra idea de derrocamiento de la dictadura se puede dar, y que es entonces, y particularmente a partir de Vitoria, precisamente cuando el impulso enorme de Vitoria –que es verdad que en términos solidarios es menos de lo que esperábamos: muy fuerte en Euskadi, en el resto no tanto– es más bien un impacto de gente que reconoce el problema enorme y la decisión de acabar con eso, con lo que ha originado Vitoria desde el punto de vista de la represión, pero carece de instrumentos para hacerle frente.

CCR: Y el posicionamiento del PCE con Vitoria, ¿cómo lo vivís?

Miguel Romero, Moro: El PCE está totalmente fuera de aquello. La política del PCE fue rápidamente ponerse de acuerdo con el PSOE y rápidamente crear Coordinación Democrática. Es decir, para el PCE Vitoria es la señal de lo que hay que evitar, y lo que hay que evitar es crear algo que sea un poco de oposición suficientemente fuerte para aquel momento. Ahí empieza el lenguaje de ruptura pactada, es decir, no es girar a la izquierda sino girar a la salida pactada al régimen. Era lo que esperábamos, además, eso es lo que nos confirma que precisamente para eso están. O sea, la idea nuestra de que habrá un momento de la burguesía antifranquista, pero será cuando quieran recuperar a un movimiento obrero que se les escapa. Eso se confirma pero, claro, se confirma en negativo porque se confirma a lo largo del año y con éxito, pero para nosotros lo que ocurre en el primer semestre del 76 –aparte de una efervescencia de activista enorme de la organización– es esa sensación de que la historia marcha a la vez que tu camino, ¿no? Eso es una cosa exultante que vivimos de la noche a la mañana, y además con esa semilegalidad que te permite aparecer y desaparecer: ya a la gente la detienen pero los sueltan, la idea de que los presos van a salir de manera inminente… Eso es un grado de entusiasmo enorme. La idea de todas las cosas que haríamos, que es simbólica –que en mi caso es tirar la estatua de Franco que había en [la calle] Ríos Rosas, que se convirtió en una cosa totalmente obsesiva, y luego cuando tiraron la estatua de Sadam Husein, yo decía: Mira tú, lo que han hecho con esa estatua era lo que yo quería hacer con la de Franco, vamos lo quería hacer con la masa, tirándole una cuerda a la estatua de Franco en el regocijo popular, todo ese tipo de cosas–, la parte más de la imaginación festiva, de que nos vamos a divertir con esto, que es una lucha durísima pero que, joder, que estamos encantados de hacer: eso se da en ese periodo, pero además muy fuerte. Crecemos mucho, y yo creo que empezamos a pensar: Cuidado, que esta contradicción entre conflictividad y conciencia es algo más sólido y más difícil de mover de lo que pensábamos. Eso es cuando Vitoria.

Pues además de la implicación organizativa, política, etc., ¿qué más queríamos? Hay un asesinato de obreros con [Manuel] Fraga en medio, con [Rodolfo] Martín Villa metido en la dirección general de no sé dónde de la policía, con declaraciones absolutamente indignantes, con una reacción ciudadana en la propia Vitoria hermosísima. Y entonces, cuando vemos que eso no se extiende, que hay unas dificultades enormes de extenderlo, y cuando vemos que al cabo de quince días la respuesta política que tiene eso es Coordinación Democrática, que tiene un problema, y es que está aliada con la derecha, que en ella está desde la Junta a la derecha, pues decimos que se está preparando un relevo por la vía peor posible. Nosotros seguimos insistiendo, pero ya es puro voluntarismo, el desbordamiento no se da y de su programa decimos: Es el programa de ellos, pero el de la clase obrera es otro. Es la aplicación de una manera voluntarista de algo que teóricamente negamos: decimos que había una contradicción entre combatividad y conciencia, y en cambio planteábamos que se superaría en la acción, y que ese movimiento obrero y popular sería capaz de oponer su programa al programa de las alianzas de la oposición, que tendía a buscar alguna forma de pacto sobre cómo salir del régimen.

Así que el periodo es un periodo de exaltación y de preocupación que va ganando terreno. O sea, había un nivel de lucha enorme, no de luchas propiamente políticas, pero de luchas enormes. Y el cambio político que nos hace empezar a reflexionar que las cosas van por otro lado es la aparición de [Adolfo] Suárez [(1932-2014), político surgido de las filas del Movimiento Nacional franquista elegido presidente del gobierno en 1976 que lideró el cambio de régimen a la monarquía parlamentaria desde la coalición Unión de Centro Democrático, una amalgama de pequeños partidos democristianos y liberales con fuertes anclajes en las instituciones territoriales del régimen con el que obtuvo la mayoría en las elecciones de 1977]. Por una parte nos desconcierta –Ese tío qué pinta aquí, de dónde han sacado a este, para qué lo han sacado–, rompía todas las expectativas de que el partido de referencia, digamos, de un postfranquismo controlado era una democracia cristiana más o menos adaptada a las circunstancias, y apareció un político profesional vinculado al Movimiento. Tardamos en comprender el significado de Suárez; en realidad tampoco mucho: yo creo que los textos de aquella época empiezan a advertirlo. Decimos una frase que está muy bien, yo creo que la decimos, no se poner fecha pero, digamos, en el segundo semestre del 76, un frase que es un descubrimiento para nosotros, la escribimos en unos artículos que publicábamos en la revista: [Carlos] Arias Navarro [(19o8-1989), político y fiscal franquista ligado a la represión durante la Guerra Civil, fue gobernador civil en varias capitales durante la dictadura y era presidente del gobierno a la muerte de Franco en 1975] quería reformar el franquismo; Suárez quiere reformar el estado, Suárez y el rey quieren reformar el estado. Así que hemos cambiado de escenario, y el segundo semestre [del 76], un semestre más débil desde el punto de vista de la movilización social, estábamos muy inquietos: ¿Qué está pasando aquí, y llega el referéndum de la reforma política, y ese lo interpretamos mal…

CCR: ¿Vosotros propusisteis la abstención?

Moro: No, llegamos al boicot. La abstención nos parecía raro. Llamamos al boicot. Lo interpretábamos en los términos subjetivistas típicos de la época: Bueno, ha habido sólo un 77 por ciento de participación. En fin (Risas). Decíamos: Ha habido una abstención muy fuerte en Gipuzkoa y Bizkaia, tal y cual, pero, claro, desde el punto de vista político el referéndum lo interpretamos como una victoria pírrica, o sea, íbamos a seguir con la política que queríamos, no tenemos que cambiar: una política fundamentalmente basada en que estamos en el posfranquismo pero que hay que acabar con el franquismo. Entonces, amnistía, república, salida de presos políticos… En aquel momento, ya estando privilegiando el programa democrático por una parte, abandonamos una fórmula que será característica de la Liga durante muchos años, y pasamos a hablar de huelga general o huelga general política, para indicar quizás un aire… insurreccional que no se correspondía con los tiempos, pero seguíamos pensando que el evento central para cambiar el curso político de las cosas era la huelga general, y que lo que tenía que llevar adelante el programa político radical era una huelga general.

Y es importante de señalar, porque tampoco era habitual en el lenguaje político de entonces: era un planteamiento político nuestro, y era que había que derrocar al franquismo, acabar con los presos, acabar con los cuerpos represivos, depurar, tal y cual, pero entendíamos razonadamente bien que había que cambiar al país. O sea, el país estaba contaminado por el franquismo, y entonces recuperamos una idea que viene de un viejo texto de Trotsky que nos vino muy bien entonces. Trotsky en un texto sobre España decía que la función de la república –era un texto escrito justo antes de la proclamación de la [Segunda] República [en 1931]– era sanear el país, hacer una limpieza general, porque un régimen como la monarquía, decía Trotsky –y nosotros del franquismo– había envilecido a la sociedad, la había envenenado. Así que había que pasar por una cura de saneamiento que requería una ruptura, pero una ruptura protagonizada por un movimiento social que impusiera una nueva forma de entender la sociedad, y eso yo creo que es una idea que ahora mismo tiene una actualidad enorme, no creo que fuera una idea muy central nuestra pero estaba presente, y efectivamente yo creo que lo que estamos viviendo ahora es envenenamiento, y se puede sostener que ha afectado a una parte de la población y nos crea y nos creará muchísimos problemas. Y toda la cultura ligada a ella, o sea, la Iglesia [católica] y compañía ¿no?

Cartografías de Culturas Radicales: Y entonces llega la legalización y los acontecimientos también se precipitan: hay unas elecciones, se consolida un mapa político, y la Liga empieza a perder fuelle al mismo tiempo. Os vais desubicando, por un lado; y hay una situación de desbordamiento, por otro, pero que es un desbordamiento institucional: las instituciones corren rápido, las organizaciones parece que van con la lengua fuera. Vosotros, ¿qué línea planteáis, cómo os movéis en ese entorno hasta el golpe [de Tejero en 1981], o hasta que tú te vas a París?

Miguel Romero, Moro: Sí, hay dos fases distintas: una hasta el 79 y otra después del 79. Antes del 79 a nosotros nos desconcierta por completo, nos desorienta por completo. Vamos a ver, es una cosa curiosa la transición. Yo creo que la transición empieza después del triunfo del referéndum: ahí, ese es el origen. Todo lo que empieza entonces nos desorienta por completo. Es curioso que lo organizamos bien, o sea, desde el punto de vista de los acontecimientos, los textos no están mal, pero la política no sigue: vamos entendiendo las cosas, por ejemplo pronosticamos desde mucho antes que se va a legalizar el PCE, que va a haber unas elecciones, que hay que participar… Porque eso que decía la gente de fraude: ni fraude ni nada; hombre, se dan relaciones tan ilegítimas, como queramos, pero participaremos incluso siendo ilegales, como hicimos. Porque éramos ilegales cuando participamos en las elecciones del 77. O sea, entendemos el análisis de por dónde van las cosas, no está mal, pero en la política no sabemos qué hacer, esa es la verdad. Seguimos pensando en el desbordamiento, en que esto va a ser inestable hasta el punto que –yo creo que este es un punto de desorientación de los más grandes– cuando se producen las elecciones del 77 nuestro cálculo de que hay mayoría obrera, desde el punto de vista de los votos, es verdad. O sea, si tu sumas los votos del PSOE con la mierda de votación que tuvo el PCE, la mayoría de los votos están en la izquierda, pero eso no significa políticamente nada; bueno, algún significado tiene, no digamos que nada. Pero, claro, nosotros a partir de entonces comenzamos una línea propagandista a tope de que esa mayoría obrera que se ha expresado en las elecciones tiene que tener un reflejo sobre el PCE. Una locura propagandista: un gobierno PSOE-PCE que rompa con la política de gobierno del PSOE y del PCE, es difícil entenderlo pero se puede explicar…

CCR: Sí, sí, que su base social es mucho más poderosa que su base organizacional.

Miguel Romero, Moro: Eso, eso. Que la clase obrera tiene que convencerse de que sus partidos mayoritarios no van a gobernar para ella, tiene que obligarles a gobernar, y en la dinámica de ese proceso de desbordamiento. Pero la fórmula se convierte en una forma propagandística totalmente abstracta que nos desorienta, y que además es que es muy difícil de explicar, claro, porque tú le tienes que decir a la gente que tú lo que quieres es que gobiernen los partidos a los que estás criticando a muerte por lo que hacen.

CCR: Miguel, ¿tú en ese tiempo eres activo como ideólogo?

Moro: Sí, soy activo como ideólogo pero soy un activista completamente desconcertado. Yo en aquel momento, hasta el año 79, estoy como sonámbulo, como si me hubieran dado, como si me hubieran partido la boca a hostias, y uno sigue poniéndose de pie como puede, y es la angustia de que estás perdiendo militantes. Hay una reafirmación. Es la primera vez que el partido, la Liga, se define como muy fuertemente de los trotskos, trotskos doctrinales, como partido trotskista, una exaltación muy fuerte de la IV Internacional, de la unidad del trotskismo, que es una idea totalmente extraña para nosotros: siempre habíamos sido revolucionarios sin más, y esto es una reacción doctrinal frente al desconcierto. Que no funcionó. Porque estas cosas no funcionan nunca. La situación es que te agarras a lo seguro, a lo teóricamente seguro que es la doctrina, así que, de una manera tan incómoda como lo pueda decir, yo estoy allí…

CCR: ¿Y eso tiene efectos sobre la lógica interna del partido? Sobre la democracia interna, la participación crítica, etc.

Moro: En la democracia creo que no. Seguimos siendo una organización bastante democrática en el grado de cohesión interna, de entusiasmo militante, de sentido de nuestro papel, de que vale la pena todo lo que hemos hecho, y de capacidad, no de resistir, porque no hay que resistir a eso, pero sí adaptarse a una vida cotidiana que ha cambiado por completo; en eso afecta muchísimo. Y es en las cosas que menos sabemos ver, a pesar de tener gente a nuestro lado como Eduardo [Haro Ibars] [(1948-1988), poeta, escritor y ensayista representante de la cultura underground de la segunda mitad de los años setenta, estuvo vinculado a numerosos proyectos estéticos, musicales y periodísticos y mantuvo siempre una postura muy radical de unir el arte y la política con la experiencia vital transgresora] y otros ¿no? Ya lo he comentado otras veces, porque para mí eso es una carga, además es que mi [próximo] libro va sobre eso precisamente: por qué no nos dimos cuenta cuando estábamos muy bien preparados para darnos cuenta, de que había que intervenir en la vida cotidiana. O sea, nos pasamos toda nuestra historia diciendo que hay que cambiar, que la revolución, y cuando llega el momento, ¡es que la vida estaba cambiando!

CCR: ¿Qué entiendes por cambiar la vida?

Moro: Pues el momento en que aparece la legalidad y se rompen los cerrojos del franquismo, aparece gente que tiene una visión vitalista de recuperar el tiempo perdido, o de no vivir como sus padres, cosa que es totalmente natural. Aparecen fenómenos vinculados a la música, a la pintura, al teatro y a todo, de los que la revista [Combate] está muy atenta. Encontrarás mucha atención en el periódico, y hay por parte de la organización una actitud bastante rara, que no es de tolerancia, amistad y curiosidad hacia todo eso. O sea, se considera todo eso es está bien, que hay que intentar entenderlo, que hay que ver lo que pasa, pero no tenemos una política cultural, que creo que es muy difícil de tener, sino que tenemos algo que podemos llamar eclecticismo cultural, que se adapta a lo nuevo. Hasta que llega Eduardo no hay…

CCR: ¿Eduardo Haro Ibars?

Moro: Si. Es algo relativamente episódico pero muy importante por lo que él era y por lo en serio que es su militancia. Eduardo para nosotros representa alguien que viene de La Movida [nombre convencional que recibe la escena cultural madrileña de comienzos de los años ochenta; centrada en la producción musical, trajo consigo una obsesión con la estética formal y ha sido normalmente interpretada como epítome de la cultura despolitizada, la superficialidad y la posmodernidad] y que critica radicalmente La Movida. Y que nos cuenta indignado que todos sus amigos son una gentuza: [Luis Antonio de] Villena [(1951) poeta y crítico representante del grupo de los llamados novísimos en poesía, encarna en su obra decadentista las actitudes convencionalmente identificadas con la cultura desmovilizadora de comienzos de los años ochenta] y todos estos, los considera unos reaccionarios, unos tíos que no piensan en nada más que en follar y tal, aunque no saben follar, como siempre añadía por otra parte Eduardo… (Risas)

El asunto de la crítica a La Movida nos viene de él, pero yo creo que en buena parte desaprovechamos la ocasión. La verdad es que Eduardo llega ya muy tocado…

CCR: Te lo voy a plantear en unos términos que tienen que ver con un contrafactual que no nos hemos hecho pero que está implícito en tu argumentación y que se acerca más a tu forma de reflexionar. Tú dices que desde el 73 habéis intentado promover una alianza y una unificación de la izquierda a los partidos que estaban a la izquierda del PCE, que son esencialmente cuatro. Pero falta un espacio entero que no ha tenido partido, que es el de la tradición anarquista, que podría haber aparecido, y apareció, pero para desaparecer: hubo algo pero ese algo fue una prensa y una cultura. Estuvo el Ajoblanco, estuvo todo ese universo, y da la impresión de que la Liga ocupó parte de ese espacio. La pregunta es, de haber habido un partido anarquista, una organización con presencia importante, ¿cuál hubiera sido vuestra lógica? No es para que la respondas, porque la pregunta no tiene respuesta, sino para que recuperes tú un discurso que tienes tú sobre lo libertario dentro de un partido que es tan marxista-leninista como la Liga Comunista Revolucionaria. En principio son dos culturas, pero parece que se rompieron esas barreras ¿no?

Moro: Sí. Estoy pensando en eso precisamente por el artículo que estoy escribiendo. El artículo es muy cortito, pero uno de los pequeños capítulos se llama ¿Por qué tardamos tanto en leer a [Guy] Debord [(1931-1994), activista cultural y filósofo francés, uno de los fundadores de la llama Internacional Situacionista que postulaba la revolución en la vida cotidiana] y, por dar una explicación que no viene relativamente al caso, vamos a ver: yo creo que para nosotros, si hubiera aparecido una corriente libertaria más asequible, como la que hubo en la universidad en los tiempos del FeLiPe, de la que podríamos ser amigos, nos hubiéramos sentido muy cerca de ella, y hubiéramos procurado tener relaciones, pues hubiéramos recordado en común lo que hicimos con Salvador Puig Antich. Una simpatía que está vinculada también a historias de la Guerra Civil, al papel de [Buenaventura] Durruti [(1896-1936), mítico líder anarquista español de los años veinte y treinta reputado por su activismo militante revolucionario y una capacidad de liderazgo en las filas libertarias hasta su muerte en la defensa de Madrid durante la Guerra Civil], al Mayo del 68. Hubiéramos rescatado, dentro de nuestra tradición cultural y desde nuestra experiencia de jóvenes estudiantiles, la idea de hacer cosas con ellos, pero eso en realidad no apareció porque lo que aparece como CNT [siglas de la Confederación Nacional del Trabajo, sindicato de filiación anarquista creado en 1911 y que llegó a contar con una enorme afiliación durante la Segunda República; represaliado durante la dictadura, reapareció en la escena política de la transición pero quedó rápidamente dominado por una dirección contraria a la integración de nuevas aspiraciones sociales y culturales de la juventud] es ultra-sectario ¿no? O sea, no hay forma de hablar con ellos. Aparece además muy en conflicto abierto hacia el pasado, que en aquel momento es obsesivo, y no te dejan espacio. En el momento que tenemos una afirmación doctrinal en la época, que yo considero la de menos calidad política de la historia de la Liga, esa parte que digo de propagandismo, etc. –que corresponde a los años 78, 79 más o menos– quizás nos hubiéramos alejado de ellos por el peso doctrinal, pero era la corriente con la que podríamos haber tenido más cosas en común y más ganas de hablar de cosas. Por ejemplo la autogestión, que para nosotros era muy importante…

CCR: ¿Tenías tú vínculo con el mundo de revistas como Ajoblanco, Bicicleta, Ozono…?

Moro: De lector. De lector respetuoso. O sea, leíamos todos los números. Yo he sido un lector impenitente de todo lo que tiene que ver con el papel impreso, y a mi Ajoblanco no me gustaba nada, la verdad. Ozono me gustaba más, pero Ajoblanco no me gustaba nada: la leía, no te sentías muy ajeno a aquello, formaba parte de ese horizonte cultural. En aquel momento El Viejo Topo [revista de pensamiento crítico que reflejó en su primera etapa (1976-1982) las posturas de ruptura con el régimen extendidas entre una parte de la oposición al proceso de transición] hasta que muere Claudi Montañá sobre todo, que fue uno de los fundadores, buscaba también algún tipo de vínculo con ese mundo libertario catalán, que fue muy fuerte en aquella época. Pero no conseguimos…

Vamos a ver: mi idea es que si tú eres una organización política, que además has dedicado a la política en directo gran esfuerzo, y que en momentos de crisis del régimen estás hiperpolitizada, aunque valores mucho los fenómenos culturales y estés muy abierto a ellos, tú necesitas una política cultural, no un discurso. Esto lo teníamos: el surrealismo, el arte con toda libertad, tal y cual, pero no una política cultural, y para esa política cultural tú necesitas enlaces, por eso le daba tanta importancia a Eduardo, tú necesitas a gente… que conozca el campo, que venga de él, y que vaya y venga, que te venga contando cosas, que tú le escuches, que escuche lo nuestro, que vaya para allá, que critique lo que hacemos y lleve críticas para allá. Eso tienen que ser personas, no pueden ser libros ni revistas ni nada: tienen que ser enlaces, y no tuvimos enlaces. Eduardo era un caso muy excepcional y muy limitado, y aparte Eduardo empezó a estar muy mal al poco tiempo, y cuando no, a Eduardo había que cogerlo bastante sereno, porque, bueno si le pillabas mal, por lo que se metiera dentro, era coñacísimo, era muy pesado, te metía sus historias con su padre ¡Madre de mi vida, la obsesión que tenía con eso! Pero en los momentos serenos… porque él, era curioso porque tenía una especie de complejo de militante recién llegado: entraba ahí como si entrara en un templo. Y le decíamos: Pero Eduardo, tío, háblanos tú, que de esto tú sabes mucho más que nosotros: cuéntanos cosas, que es ese es tu mundo…. Entonces, cuando se animaba a contar, era formidable, pero esas cosas transcurrían más bien en el campo de la conversación privada, no llegaban a la vida política de la organización, y entonces –quiero ser cuidadoso con este tema cultural porque el otro día le comenté a una gran amiga que estaba escribiendo un texto muy crítico con la política cultural de la Liga, que es este del que os estoy hablando, y me dijo: ¡Hombre, no tanto, joder!, y yo le dije: Léete Combate– porque en aquellos tiempos, dedicar dos páginas a cultura, y además tener como teníamos una actitud tan abierta, no era habitual. Decir: Oye, que hay una obra de teatro de no-sé-quién ¡vamos a verla! O un concierto de no-sé-cuántos que alguien te ha dicho… Seguíamos con esa cultura que os dije en la primera entrevista de esponja, o sea, que todo lo que pasa puede ser interesante, hay que estar al día.

CCR: Pero sin embargo si lo miras por ejemplo en comparación con una revista barcelonesa como Star, que tiene formato de fanzine pero que la temática es más grande, parece que hay más esponja por el lado contrario: la gente que está en el mundo de la cultura incorpora protesta política a su revista y a sus medios, como Ajoblanco, más fácilmente que al revés, y vosotros sois un ejemplo intermedio. Me puedo imaginar los órganos de prensa de la ORT y el PTE, y ahí no habría nada más que pintadas de esas de murales –que yo he visto revistas suyas y todo lo que sea murales del barrio de Palomeras, pues vale–, pero eso no es de lo que hay que hablar como gran fenómeno cultural de entonces. Vosotros intentáis abriros, pero visto desde dentro del campo cultural podéis parecer poco abiertos, o no poco abiertos o poco sensibles sino que lo colocabais en un punto no tan relevante como la gente que estaba más en el mundo de la agitación cultural, que no tenía ningún problema en sacar protestas políticas como parte de la agitación cultural.

Moro: Es cierto. Precisamente publicaciones como Star y otras más informales es lo que me da la idea de que pudimos hacer cosas que no hicimos. Otra cosa es que estábamos superliados, teníamos la angustia de que estábamos perdiendo militantes, estábamos asfixiados combatiendo el Pacto de la Moncloa [gran acuerdo de estabilidad firmado en 1977 por los principales partidos parlamentarios, incluido el PCE, que propugnaba una política de mantenimiento del poder adquisitivo de los trabajadores y clases medias a cambio de relativa paz social] y, claro, era difícil meterse en esos mundos. Por eso yo echo en falta enlaces, o sea, que hubiéramos necesitado, aparte de leer esas revistas, gente que, digamos, nos educara, que nos comunicara con esos mundos. Y más de uno: con uno no vale, por eso se necesitaba y se necesita ahora…

Cartografías de Culturas Radicales: Otra manera de que cuentes la transición, para ir entrando en los ochenta, es que simplemente resumas como es vuestra relación con los partidos de la extrema izquierda ya desde la legalización al golpe de estado…

Miguel Romero, Moro: Pues mira, ya con la legalización hacemos propuestas otra vez de política unitaria, además en este caso no ya de la extrema izquierda sino que planteamos una candidatura unitaria de toda la izquierda con un tipo de planteamiento que además no era una tontería, aunque no podía funcionar porque además estaba mal visto: era que hubiera un programa mínimo aceptado por todos, y luego libertad para que cada cual defendiera un programa propio respecto a los demás partidos. Es decir que esta idea de programa mínimos y libertad de defensa de la propia propuesta por parte de los demás partidos no estaba mal pero no funcionaba de ninguna manera: allí cada uno iba a sacar adelante su partido, y nosotros nos esforzamos por hacer acuerdos, primero generales de toda la extrema izquierda, lo cual era imposible porque además el PT y la ORT estaban convencidos de que iban a hacerse con un electorado enorme, que iban a sacar diputados por todos lados. Entonces, ¿para qué se iban a aliar con nadie? Con el MC discutimos hasta el último momento, pero tampoco estaban interesaos. La mayoría tenía su propia línea de trabajo y no tenían interés en un trabajo con nosotros, así que al final hicimos el FUT [siglas del Frente por la Unidad de los Trabajadores, coalición de varios partidos comunistas, incluido el POUM y la LCR, que se presentó a las elecciones generales de junio de 1977] con la OIC [siglas de la Organización de Izquierda Comunista, partido creado en 1974 por miembros del FOC catalán y cristianos de base marxistas vinculados al movimiento obrero] que era una organización pequeña pero importante con la que además queríamos tener un proyecto, obrera, de perfil izquierdista, que no era, digamos, trotska pero eso no nos molestaba, que venía de una tradición anti-estalinista, con algunos de ellos habíamos coincidido en el FeLiPe; y con lo que quedaba de Acción Comunista, que era una vieja revista en el franquismo que no contaba con nadie y que no hizo más que dar el coñazo, y eso con todos los respetos porque además de la campaña se retiró, llamó a no votar o no sé qué, o sea, que nos hizo polvo en una campaña que de por sí estaba bastante jodida. En la campaña en aquel momento había mucha curiosidad, así que hicimos muchísimos actos con mucha gente, pero la campaña en términos de voto fue un desastre: sacamos 40.000 votos en 13 provincias –nos presentamos solamente en 13; fuimos legalizaos en 17 provincias. Comparativamente es más que otras fuerzas de la izquierda del PCE; no estuvo mal, pero fue un resultado insignificante, que además nos colocaba un poco en el espejo, es decir, que entramos en una situación política de: Lo que cuentas probablemente vale mucho, pero mira lo que valemos. Desde el punto de vista de la influencia política se notó, y del punto de vista de muchos militantes –sobre todo militantes de la última época, que habían entrado en la última época de entusiasmo de la Liga–, de que podríamos ser la fuerza determinante, hubo mucha gente que se fue yendo, y yo creo que perdimos gente, el primer año, el año 77, vamos desde que nos legalizaron en octubre del 77, bastante más después de las elecciones. Pues en el año 78 echamos cuentas y habíamos perdido un cuarto de los militantes por lo menos, aunque la pérdida grande tuvo lugar después, es decir cuando ya se consolida la transición y se han hecho los Pactos de la Moncloa, se ha aprobado la constitución y perdemos por lo menos la mitad de los tres cuartos que nos quedaban.

CCR: Me interesaba ese tema particularmente, porque luego hay gente hoy que dice: Yo participé en la LCR·, o Estuve en el MC, pero sin embargo cuando sucede este momento de ruptura, de repente hay gente que dice: Los Pactos de la Moncloa ya están hechos; ya no queda más que hacer, y se van. ¿Cómo se abandona la organización: se van por la puerta de detrás, diciendo No, es que tengo que trabajar, es que tengo que estudiar o hay una ruptura frente a frente?

Moro: Me voy con otros lo dicen muy poco. Hay alguna gente que se va, pero la gente expresa lo que podíamos llamar idea de fracaso político, de que nos hemos equivocado, de que lo que hemos hecho no tiene sentido. Es poca gente, que por lo general se va al PSOE. Está [Mariano] Fernández Enguita [catedrático de sociología adscrito a la Universidad Complutense y experto en temas de educación], por ejemplo, por decir personas conocidas; o esta Julio Rodríguez Aramberri [discípulo del jurista y padre de la Constitución Gregorio Peces-Barba, formó parte del equipo de Cuadernos para el Diálogo y escribió en los setenta obras de filosofía y sociología marxista hasta ir derivando ideológicamente hacia la derecha], gente además con lo que podemos llamar un perfil profesional que aspiraba a ser alto, y que se encontraron de pronto en una organización que no funcionaba así, que encuentran su horizonte político en los alrededores y finalmente dentro del PSOE. Pero es muy poca gente.

CCR: Pero luego también tenemos aquellos como uno que es de UPyD [siglas de Unión, Progreso y Democracia, partido político fundado en 2007 y liderado por la exeurodiputada socialista Rosa Díez y que junto con una crítica al bipartidismo defiende posiciones neocentralistas] ahora mismo, que estuvo también en la LCR, o un secretario de universidades del PP [siglas del Partido Popular, formación política con representación parlamentaria fundado en 1989 por el exministro franquista Manuel Fraga a partir de las cenizas de la formación de derechas de la transición Alianza Popular (AP); aunque se define como liberal conservador, atrae el voto de la derecha neofranquista y buena parte de la extrema derecha] que en aquel momento era de la Liga y se fue por la puerta de atrás. ¿Qué nos dicen del rodeo que dan hasta acabar donde han acabado?

Moro: Aquí hay que hacer una salvedad que la gente de la Liga lo comentamos mucho: qué cantidad de gente fue de la LCR y no nos enteramos. Por ejemplo, [Carlos Martínez] Gorriarán [(1959), profesor de filosofía y columnista, fue virando en sus posicionamientos ideológicos ante el conflicto vasco a lo largo de los años ochenta, implicándose en movilizaciones ; actualmente es dirigente del partido UPyD], él presume de haber sido de la LCR, pero yo no conozco a nadie que haya estado con él en ningún sitio. Otro es [Jon] Juaristi [(1951), intelectual y ensayista, fue miembro de ETA-VI Asamblea a comienzos de los años setenta para pasar después al partido Euzkadiko Ezkerra (EE), que abandonó en 1987 para ingresar en el PSOE brevemente y más tarde ser designado director de la Biblioteca Nacional por el PP de José María Aznar], y la verdad es que yo creo que tampoco estuvo, pero lo de Gorriarán lo he hablado: ¿Alguien conoce a este tío…?. Hombre, a lo mejor estuvo en algún círculo de simpas, donde podíamos tener a cinco o seis mil personas.

CCR: Sobre eso de los simpatizantes, aprovecha ahora y dinos algo sobre qué es un simpa. Porque has dicho que Eduardo Haro Ibars fue militante y en cambio a mí siempre me contaron –porque yo conocía a personas que estaban en la Liga y yo sabía quién era Eduardo, aunque no sabía lo que implicaba Eduardo hasta que murió– y siempre dijeron: No, es un simpa, aunque es muy activo.

Moro: Es curioso el asunto. Vamos a ver: formalmente puede ser que fuera un simpa, porque las condiciones para ser militante de la Liga eran muy complicadas, tenías que pasar seis meses de militante de prueba antes de ser admitido como militante, tenías que trabajar en una célula, tenías que ser valorado por tus compañeros… Era un criterio que venía de la clandestinidad y que estaba muy justificado en la clandestinidad y que tardamos en abrirlo. Lo abrimos al final, pero tardamos en abrirlo. Ahora bien, hay una cosa que para mí vale más que todas las formalidades. A Eduardo se le oía decir: Yo soy militante en la LCR, y entonces, pues era militante de la LCR, y yo lo traté siempre como un militante, y tenía una confianza con él muy alta; el estatus es que importa un carajo, francamente. Una anécdota que cuento mucho es que él estaba orgullosísimo de ser de la Liga, y tenía muchas anécdotas y nos las contaba siempre que tenía ocasión. En una reunión con sus colegas, el Villena, el [Pedro] Almodóvar [(1949), cineasta de fama mundial vinculado en sus orígenes a La Movida madrileña], en fin, toda esta banda –lo mismo estaba [Fernando] Savater [(1947), filósofo e intelectual que inició su carrera desde posturas libertarias y hedonistas para ir convirtiéndose en uno de los principales promotores del giro neoconservador, centralista y autoritario de la escena política española] por ahí– digamos, el mundillo de La Movida, de la élite de La Movida, por así decirlo, que estaban hablando de que la política es una mierda, el principio de la postmodernidad y todo ese tipo de cosas, la falta de sentido de los proyectos y todo eso, y que el mundo no hay que cambiarlo porque está muy bien así, hay que divertirse y, en fin cosas así, entonces él metió mano en la cartera y sacó un papel que yo no sé cuál es, y dijo: Yo soy militante de la LCR, y ahí está mi carnet. Y hubo un silencio parece que espeso, y entonces Eduardo cogió ese papel – afortunadamente, porque ese papel seguro que no era, porque nosotros no teníamos carnet, así que seguro que no era el carnet de la Liga y podía ser una entrada de los toros o lo que fuera – y se levantó muy digno y se fue. Y entonces a mí un tío que es capaz de hacer eso es un militante de la Liga, y si alguno dice que no lo es pues…

CCR: ¿Cómo os hacéis cargo en la Liga de ese universo llamado los simpas? ¿Hay algún tipo de política hacia a ellos?

Miguel Romero, Moro: Era muy formal eso, sí, sí. O sea, cada célula de la organización tiene y debe tener un círculo de simpatizantes, y debe tener con ellos un trabajo permanente, primero de participar en acciones, segundo de contarles los debates políticos, incluyendo discrepancias, disensos, sin ocultar nada, y luego tiene que tener un trabajo de formación. O sea que los pobres simpas recibían cursos de formación a punta de pala. Una parte muy importante del trabajo de un militante de la Liga era estar con los simpas, porque el crecimiento de la Liga venía por los simpas: hacerles entrar, estar como militantes a prueba y militantes finalmente.

Hay una cosa importante que no quiero dejar de lado. Hay una gente que se va porque se va diciendo: Hemos perdido el tiempo, y aquí lo que hace falta es los que han ganado, el PSOE: hay que estar allí, estos son la gente que gobernará y dejarse de hostias, de revoluciones y todo eso…. Para mí son muy pocos pero son gente significativa, algunos de ellos dirigentes de la Liga o con puestos de importancia. Y tenemos en varios sitios, hay algunos de ellos en Cataluña, hay algunos en Asturias que terminaron en el PSOE y han hecho su carrera política, pero puede ser que yo conozca unas diez o doce personas; al PCE que yo recuerde no va nadie; a otros partidos de la izquierda revolucionaria, tampoco, así que lo normal es irse a casa con la idea de cambio de ciclo: Hemos luchado, hemos peleado, no me siento en contra de lo que hemos hecho, pero no da más de sí esto…. También por una cuestión de edad, porque eras más joven entonces, y aquí había dejado colgada la carrera [universitaria] todo dios: vivíamos de mala manera de algún trabajillo, de alguna encuesta, de vender vete a saber qué cosas, y hacía falta buscarse un empleo que te permitiera sobrevivir, y la presión en este caso de la vida cotidiana, como formar familia, porque la gente empieza a tener hijos..., existe.

Se crea una idea de que hemos dedicado un esfuerzo muy grande a algo que valió la pena. Yo pienso que la gran mayoría de la gente que se va, por lo menos cuando hablamos con ellas, tienen un buen recuerdo de la Liga, no tienen una idea como de que vaya coñazo y de que si no hubiera estado en la Liga hubiera sido el rey del mambo japonés o ministro o vete a saber qué; esto le pasa a muy poca gente. Lo que sí hay es esta sensación de que se nos ha acabado el gas, y de lo que viene ahora, que es una resistencia desde un partido muy minoritario, una resistencia normalmente muy hostil y muy a largo plazo y yo ya no puedo o ya no me interesa tanto o ya no está entre mis prioridades, y en cambio quiero terminar una carrera, quiero tener una vida familiar, o cosas como esa.

Cartografías de Culturas Radicales: Vale, volveremos sobre esto

último que dices, porque también entonces la pregunta se vuelve sobre ti y por qué os quedasteis los que os quedasteis… Pero primero hay una cuestión de mi memoria desde el mapa que yo tengo, más cultural. Un partido como la Liga Comunista, que se cierra sobre sí mismo y se refunda o remacha y apuntala sus fundamentos en un marxismo que tiene su tradición de reflexividad alta, coincide justo en el tiempo con la emergencia con revistas de calidad como Mientras Tanto [fundada en 1979 por el filósofo Manuel Sacristán y sus discípulos con intención de renovar el pensamiento marxista con aportes procedentes del feminismo y el ecologismo] o Zona Abierta [fundada en 1974 por el sociólogo político Ludolfo Paramio a partir de otra publicación anterior llamada En Teoría e interesada en recepcionar la evolución del pensamiento marxista sobre todo anglosajón y más vinculado a las ciencias sociales]; y en cambio la Liga no produce, o no parece producir, un tipo de pensamiento marxista como el que esas revistas, no tanto producen, pero sí por lo menos transcriben, traducen y recepcionan. Entonces, ¿cómo es vuestra colocación en ese universo en el que el marxismo también se ha abierto al público de alguna manera y hay una competencia, una concurrencia por asimilarlo, y hay revistas como Zona Abierta, que es curiosa en el panorama europeo occidental porque pertenece a un partido socialdemócrata que ya no es marxista y sin embargo hace una tarea cultural de recepción, sobre todo de recepción, del marxismo de calidad europeo?

Miguel Romero, Moro: Bueno, nosotros tenemos, digamos, una carencia original, y es que no hemos tenido maestros cercanos: no hemos tenido a un [Manuel] Sacristán [(1925-1985), filósofo, traductor y productor de obras de pensamiento marxista implicado en la organización clandestina del PCE en Catalunya hasta finales de los años sesenta, es considerado el principal teórico del marxismo del período entre la dictadura y la democracia], así que nosotros hemos sido en buena parte autodidactas, porque la formación que viene de la Cuarta inevitablemente es una formación bastante distendida: consiste en leer a Mandel, que en aquel momento además es el que produce la materia intelectual más rica. Tenemos curiosidad por otra gente que no es directamente trotska: si cae en nuestras manos [Perry] Anderson [(1938), intelectual neomarxista británico editor de la revista The New Left Review desde 1962 hasta 2003, considerada la más prestigiosa publicación de reflexión social, política y cultural del marxismo del último tercio del siglo XX], leemos a Anderson. Tenemos, digamos, esa cultura ecléctica de la crítica a Althusser. O sea, vamos viendo por el mundo lo que surge en el terreno de la política, pero no es una formación sistemática. No tenemos el papel de un Sacristán –por hablar de Mientras Tanto, que es la revista creada por Sacristán– y un núcleo de discípulos que los ha formado él. Es gente que está en el PSUC [siglas del Partit Socialista Unificat de Catalunya, formación política nacida en 1936 al calor de las propuestas de unificación de comunistas y socialistas y que agrupó a los comunistas proestalinistas catalanes durante la Guerra Civil y la posguerra, manteniéndose independiente del PCE], pero que estén en el PSUC es una cosa muy particular: han sido formados por un gran maestro que es el único después de Nin, el único marxista que ha dado a este puñetero país, desde mi punto de vista, y que tiene ese carácter de maestro. Cuando tú te formas sin maestros y eres autodidacta, la formación es muy desordenada, y aparte de todo estás en una organización fundamentalmente activista en la cual tu tiempo está dedicado a la producción del periódico. Tuvimos una revista de perfil más teórico que se llamaba Cuadernos de Comunismo, pero no es una buena revista, no tiene ni de lejos capacidad de competencia con Zona Abierta ni con Mientras Tanto; eso es otra cosa, digamos. Nosotros tenemos una lectura yo creo bastante amplia de estas revistas, sobre todo de Mientras Tanto, con la que llegamos a tener algún intercambio de propuestas políticas y una búsqueda de una cercanía, porque nos queremos sentir próximos al mundo de lo que significa la revista y en torno a ella y de la gente que está allí, como [Juan Ramón] Capella [(1939)]. Pero no somos capaces de entrar en el debate teórico. Entramos por vía interpuesta.

CCR: ¿Y Cuadernos de Ruedo Ibérico?

Moro: Importantísimo, pero en una etapa anterior. Aunque la editorial sigue, los Cuadernos desaparecen. Ya no cumplen ese papel para nosotros. Ruedo Ibérico es básico en la época de los 70 y antes, en la época del FeLiPe como ya os conté el otro día. Absolutamente básico. Luego es importante por vía de los libros, porque publican a Nin, publican a Trotsky, a Andrade, cosas que no tenemos otra vía de acceso en castellano. Pero los Cuadernos en los años setenta avanzados se han convertido en marginales; hay tanta proliferación… y yo creo que a fines de los setenta ni se editan ya…

CCR: Aunque sí hubo un momento interesante, pues por ejemplo salen textos de [Juan] Martínez Alier hablando de la impunidad del franquismo y, digamos, en relación un poco al movimiento de la memoria siempre se dice que no había demanda de derechos humanos en la transición y, bueno, los textos de Martínez Alier son más que suficientes en este sentido.

Moro: Pues lo que te puedo decir es que yo tengo la colección en CD de Cuadernos de Ruedo Ibérico y mi idea es que terminan en los primeros setenta, los que conocimos nosotros. El que tú me cuentas ahora, pues la verdad es que no lo conozco; le preguntaré a Jaime [Pastor] a ver si él recuerda… Desde luego, la influencia que tuvo en nosotros como en grupo fue ninguna. Lo que más me extraña –pero se lo voy a plantear a Jaime, que lo mismo él sí tiene ese recuerdo y yo no– es que es rarísimo que una publicación como Ruedo ibérico saliera y no la leyéramos, porque nosotros nos leíamos todo.

Había una editorial que eran amigos nuestros que se llamaba Fontamara, que sacó una cantidad de libros impensable…

Cartografías de Culturas Radicales: Entonces, nos vamos a ir al final, porque yo creo que te hemos ya mucho de los setenta. Ahora me gustaría una valoración de vuestra posición ante el golpe de Tejero, y de ahí ya que nos pasemos a la fusión con el MC, porque lo de en medio, ya veremos si podemos volver a verte, y de todas maneras tenemos a personas como Jaime Pastor que los ochenta los ha cubierto muy bien. Pero del desencanto del 79, que tú dices que fue un jalón, un antes y un después, al 81, que tenemos otra muy gorda, y luego el 82, con la aplastante victoria electoral del PSOE… Ese periodo en el que yo tengo memoria, por ejemplo, de que la Liga, que ya tiene simpatizantes en mi colegio, llama a la manifestación en defensa de la democracia; claro, para mí eso se convierte en una bronca gigantesca entre los que tenemos una edad y a lo mejor no tenemos opinión política o sí la tenemos, pero no nos gusta nada aquello, porque consideramos que la respuesta ha sido muy moderada, que podría haber sido más radical: Hemos acabado con el golpe, y ahora hay que decir que sí a la monarquía… Yo sé que vosotros lo hicisteis de otra manera y que la línea general fue: Teníamos razón, porque lo que decíamos es que los militares eran antidemocráticos, pero después de eso no sacáis tampoco un gran partido, o nada de rentabilidad.

Miguel Romero, Moro: No, quien saca partido es el PSOE. El golpe a mí me pilla en París, o sea que lo que hago es contarte cosas que las conoce muchísimo mejor yo por haberlas vivido en primera persona Jaime. Lo que hacemos es una cosa aventurada, pero muy lógica en nosotros, que es convocar una manifestación delante del Congreso, que no es una manifestación masiva ni mucho menos pero es que es un…

CCR: ¿El día del golpe?

Moro: Si, sí. De relativamente poca gente… Hubo mucha gente que lo que hizo fue esconderse, esperar… Pero claro, para nosotros lo natural era parar un golpe, intentar pararlo o colaborar para que se parara en la calle. Y luego inmediatamente denunciar el papel del rey. O sea, quitar toda la mitología que rodea al golpe, que trata de no solamente reafirmar al régimen sino endurecerlo, porque inmediatamente después vendrá la LOAPA [siglas de la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico, aprobada en julio de 1982 en el parlamento tras un pacto entre el PSOE y la UCD, que normalizaba al tiempo que limitaba el trasvase de competencias a las nuevas comunidades autónomas], que significará un recorte muy importante en materia de derechos conseguidos en las nacionalidades. Así que nos hacemos aún más resistentes. Pero da una idea de la situación de la España del año 81 y del marco político en el que arrasa en las elecciones Felipe González [(1942), político socialdemócrata líder del PSOE desde su refundación en 1974 y durante la transición, los años ochenta y parte de los noventa], que un golpe de estado no mueva a nadie. La gente se queda en casa, o sea, que son algunos pequeños cientos de personas las que están en la calle, y eso ocurre en una sociedad, o una parte de una sociedad que se ha pasado años combatiendo al franquismo. Entonces, el grado de frustración que ha significado la transición en esa sociedad, que en parte viene de la transición, de lo que hizo, y en parte muy importante de lo que no hizo, o sea, de todo lo que os decía antes del envenenamiento social que significaba el franquismo, la cantidad de basura que estaba metida en la sociedad, de miedos, de odios, allí metidos, que se quedaron, que no se sacaron cuando había que sacarlos, y que entonces no creó las condiciones para una reacción que, no digo yo de millones de personas en la calle, pero significativa. Y al final, cuando ya el asunto está resuelto, lo que hay es esto de sacar todo dios allí a la calle con las figuras de partidos en primera fila. Y la gente lo que empieza a pensar es que de esto nada más que se sale por una vía electoral y con Felipe González. Y es muy interesante la campaña electoral de González, que es un símbolo, para mí es un símbolo de la España del 82: aquella célebre campaña que el lema era Por el cambio. Y por el cambio era todo, o sea, que tú le pedías a la gente era el voto para cambiar. ¿Y el cambio?: Pues mire usted, ya verá lo que hacemos…, o sea que es el pozo en el que se ha metido la sociedad española a consecuencia de la transición, y por todo lo que está hecho y no se ha hecho en ella.

Yo creo que, en fin, se especifica de una manera notable en estos acontecimientos, y aunque hubo gente que tuvo algunas ilusiones con la victoria de González, y tal y cual –Hombre, es el que más va a cambiar las cosas respecto a la mierda de la UCD y todo eso– en un sentido profundo pues le duró lo que le duró. Y para nosotros iba a ser que ya no andábamos con historias de gobiernos de partidos obreros ni cosas de ese tipo, sino en la resistencia pura y dura, la reconstrucción de un movimiento [obrero] que se había perdido, y que la resistencia sólo iba a venir por otros movimientos sociales. Así que a partir de esos años, bueno, ya había empezado el movimiento anti-OTAN [movilización política en el año 1985 motivada por la integración española en la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1982 y provocada por la decisión del gobierno de Felipe González de mantener a España en esa estructura militar supranacional liderada por Estados Unidos previo referéndum plebiscitario de endoso], había empezado el pacifismo, había empezado un nuevo feminismo, había vuelto a haber un movimiento estudiantil también muy renovado en la universidad, aunque esto un poquito más tarde quizás.

Al ecologismo vamos a llegar un poquito tarde, y llegamos a través más bien del pacifismo y de Sacristán y de la lectura de Mientras Tanto, y de leer cosas que no nos gustan como las de [Wolfgang] Harich [(1923-995), periodista disidente y crítico alemán, que desde la RDA escribió en los años setenta un pionero manifiesto ecosocialista], pero llegamos más lentamente, más lentamente. Pero al feminismo, a los movimientos sociales radicales, juveniles entraremos muy fácilmente, y muy cómodamente y con una capacidad de iniciativa importante, y al movimiento insumiso. Ese era nuestro mundo; eso y la izquierda obrera, digamos, la izquierda sindical que llega a tener una cierta fuerza, y que conseguimos colocar a dos personas en la ejecutiva de Comisiones [Obreras] a mediados de los ochenta. O sea que mantenemos un trabajo de cierto nivel como izquierda sindical de Comisiones. Por cierto a quien colocamos era Joaquín Nieto [(1956), militante del sindicato CCOO desde 1974 e implicado especialmente en objetivos de medio ambiente y sostenibilidad], o sea que vaya por dios. En fin, lo siento porque además fue un amigo mío. Cada uno tira en la vida por donde le da la gana.

Así que ese es, digamos, en muy pocas palabras el ciclo. Nosotros nos concentramos en primer lugar en el movimiento anti-OTAN, donde somos, junto al MC, la mayor fuerza sin la menor duda. Y eso contribuye a que se articule la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas [(CEOP), que coordinó desde 1984 la campaña por el referéndum de la OTAN] con toda la componente cultural también. Pues ahí empezó a haber cambios en cultura militante muy potentes, de gente que entra [a la Liga] por la vía de la vinculación con un movimiento que nos era relativamente ajeno, nos hace conocer gente nueva, volver a tener contacto con movimientos de masas, salir un poquito de la concentración en que nos había dejado la transición.

Antes se nos ha olvidado algo que no da tiempo a desarrollar, pero que es un cambio importante y que al mismo tiempo responde a una pregunta anterior y con eso cierro, porque quiero disputar algo sobre la gente que se va y la que no se va. Me habéis preguntado: Tú, ¿por qué te quedas?. Me quedo porque quiero. No hay ninguna razón más que esa, o sea, yo creo que el ser militante en esta época, en la imagen que más me gusta a mí, son esos escaladores que suben a mano por montañas. Es una actividad extremadamente difícil, y que en esto consiste, en el control de agarre. O sea, cuando ya parece que te caes, entonces lo que buscas es dónde agarrarte. Yo me he dedicado toda mi vida a dónde agarrarme. ¿Por qué? Porque soy un revolucionario, porque espero que algún día haya una revolución, porque odio el sistema, por mil cosas más, y por el pasado y por todo lo que tú quieras. Pero al final hay una cosa fundamental que es que sigo porque me da la gana, y ya está. O sea no quiero dar muchas explicaciones.

CCR: Has hablado del empozoñamiento de la cultura española por la dictadura, y yo creo que ahí hay un punto clave que es la de la Ley de Amnistía [de 1977, con la que la nueva legalidad democrática excarceló a la mayoría de los presos políticos a cambio de no indagar judicial ni políticamente en la represión de la dictadura]. ¿Cómo es la posición de la Liga respecto a la ley de amnistía: se considera algo positivo o la veis como que tiene trampa?

Miguel Romero, Moro: Nosotros: absolutamente indignados. Para nosotros era una burla. En primer lugar, [una burla] de la amnistía por la que habíamos luchado durante tanto tiempo, de la memoria que formaba parte de nuestro capital moral de una manera tan importante y, en fin, del futuro del país. Yo creo que entendemos bastante bien que eso significaba un verdadero martillazo en algo que era prácticamente un sepulcro, o sea, que significaba algo que creaba una dificultad adicional a un resurgir de un movimiento, en este caso, sí, comunista libertario o como se le quiera llamar. Ya no lo puedo reproducir pero lo pensábamos. En su momento había sido una lucha muy voluntarista… Y desde la realidad personal me parece una humillación, o sea, es una ley que yo claramente detesto.

Se me ha olvidado una cosa importante que quería señalar. Os había contado toda esta historia del ciclo doctrinario trotsko y el ansia de agarrarse a cosas para continuar. Entonces, hay un punto de agarre muy importante que es la Revolución sandinista [de 1979 en Nicaragua, por la cual el Frente Sandinista de Liberación Nacional, una coalición de fuerzas opositoras con organización guerrillera y predominio de la izquierda revolucionaria acabó con la dictadura de Anastasio S0moza e impulsó un cambio político y social de envergadura en los años siguientes]. Porque reaparecen revoluciones, porque algunos tenemos la suerte de ir allí, y volvemos en estado de exaltación, porque verdaderamente es la primera y única revolución como he vivido bien en primera persona, y he podido comprobar que efectivamente una revolución es por encima de todo una explosión de fraternidad, eso no me lo borra a mi nadie de la cabeza, eso yo lo he visto. Yo aterricé en Managua el a 20 de julio [de 1979], yo sea al día siguiente de la caída de [Anastasio] Somoza, y llego a una sociedad fraternal. Lo demás viene luego, y se puede joder como se ha jodido, pero esa idea, esa hipótesis de la vinculación entre revolución y fraternidad… Es eso, y si no es eso, la cosa no va bien. Entonces a nosotros aquella experiencia nos sirve para recuperar la idea de unir a los revolucionarios y abandonar para siempre toda esta historia de trotskos y todo eso, y entonces inventamos una cosa –invento, vamos, porque como es una cosa muy controvertida pues tengo que decir que lo hice yo– que se llama Partido Revolucionario, que es una propuesta hecha en general diciendo: Dejemos las ideologías; cada uno tenemos la nuestra, busquemos un acuerdo de tareas; o sea, hagamos como los sandinistas, que eran tres corrientes y se pusieron de acuerdo en lo que había que hacer, lo que había que hacer, no mañana, lo que había que hacer en el sentido profundo del término. Pero si nos podemos de acuerdo en eso, vosotros tenéis vuestra escuela, nosotros tenemos la nuestra, y hablaremos de eso, pero eso no forma parte de la unificación. Ese es el discurso del partido de los revolucionarios, que significa un giro importante en la trayectoria de la Liga; es algo controvertido, porque las cosas luego se dificultan mucho: la puesta en práctica crea luego sentimiento de desazón, también ensayos fallidos, y en este caso eso está más o menos detrás del proceso que muchos años después culminará con el desastre de la unificación con el MC.

CCR: Que es con lo que vamos a terminar. Ya sigues de corrido, y entonces nos llevas al año 90-91, después de la experiencia en movimientos sociales, movilización anti-OTAN, huelgas generales incluso, y la Liga notando sus limitaciones por una parte, pero también con ese planteamiento que es casi filosófico de qué es que lo que queremos hacer, que esta más allá de la organización, y se toma una decisión. ¿Sorprende ésta o no? ¿Hay debate interno importante por la fusión con el MC? Cuéntanos como lo vives tú, nos interesa fundamentalmente cómo tú lo vives.

Miguel Romero, Moro: Bueno, el proceso es un proceso muy largo. Hay por lo menos cuatro años detrás de idas, venidas, conversaciones fallidas. Eso empieza poco después de la derrota en el referéndum [de la OTAN]. Que por cierto yo creo que en aquel momento –y he hablado mucho con Jaime y no está de acuerdo, pero era el momento– tendríamos que haber hecho la ofensiva de unificación. Es verdad que perdimos el referéndum, pero en aquel momento había una masa enorme de gente. Yo creo que eso el PCE lo entendía mejor, y eso trajo Izquierda Unida [coalición electoral de partidos auspiciada por el PCE y creada en 1986 a partir del movimiento anti-OTAN]. Tendríamos que haber lanzado una ofensiva política. Y en aquel momento además el MC estaba más por la política que cuando nos unificamos, que ya estaba más por la línea esta de alejamiento de la política. La fase final del proceso… yo la vendo muy mal porque no estoy de acuerdo, y al mismo tiempo, digamos, me doy cuenta de que si me opongo, como todo funcionaba en términos de consenso, el MC hubiera dicho que si se opone Miguel no hay unificación, y eso hubiera creado una crisis interna tremenda, y para mí fue un dilema político enorme decir o escribir lo que pensé en un tiempo. Hice mis críticas al proceso, están escritas, diciendo que yo no veía sustancia en el debate con el MC para crear una nueva fuerza política democrática, era básicamente eso.

CCR: ¿Y por qué no veías esa sustancia? ¿Había diferencias grandes ente el MC y la LCR?

Moro: Por la forma de hacer política del MC por una parte, y porque en conversaciones con ellos, este argumento del alejamiento de la política y lo que ellos llamaban el primado de lo social, a mí me pareció una filfa, un cuento, una cosa sin ninguna consistencia. ¿Para eso se crean necesidades políticas, para alejarte de la política? Y me parecía que la base de la unificación era equívoca, porque nosotros queríamos tener renovación política, y ellos le daban muchas vueltas y al final no había, digamos, el tipo de unificación que luego se da en Portugal con el Bloco [de Esquerda], entre dos fuerzas que quieren hacer política y se ponen de acuerdo precisamente en tareas en el sentido fuerte del término. Aquí el acuerdo yo creo que vino por nuestra parte, porque ya nos sentíamos muy débiles, francamente. Decíamos todo lo contrario. O sea, el discurso era la superioridad teórica de la Liga: Tenemos desacuerdos, pero ya verás tú, en la unificación ganaremos porque somos más, sabemos más –estoy ridiculizando un poco, ¿no?–, Somos más potentes, tenemos más cuadros, estamos mejor formados…. Y yo eso no me lo creía; hombre, en que las cosas que pensamos son las fuertes, claro, que lo que piensa en MC; pero nosotros, como organización, nos sentimos más débiles, estábamos muy debilitados en términos de militantes por una parte –en aquel momento la Liga como tal debe tener 300-400 militantes–, teníamos una situación económica durísima… Los movimientos daban de sí lo que daban, estábamos todo el día echando cuentas de los militantes que ganabas y perdías, y yo tenía la sensación de que sobre todo para la gente más próxima, los que estábamos en la dirección, la unificación con el MC era tratar de salir adelante: o sea, No podemos seguir solos, vaya, no aguantamos; y yo a la vez pensaba que solos lo llevábamos muy crudo, o sea, compartía esta inseguridad en el futuro, pero yo no veía futuro precisamente a la unificación, así que al final…

CCR: ¿Y hubo a tu alrededor gente muy eufórica, en cambio, dentro de la

Liga?

Moro: Mucho, la mayoría. Eso fue para mí la parte más jodida del asunto: que, en fin, la gente, mis colegas más próximos, estaban entusiasmados con aquello. Y yo no conseguí convencerles. Y cuando les contaba, ellos decían: Ah, sí, esos problemas existen, pero ya los resolveremos en la unificación, en la práctica, en la superioridad teórica, tal y cual. Eran vistos como temores conservadores de mi parte.

CCR: ¿Y había gente a tu lado también importante o suficiente, críticos con la unificación?

Moro: Sí, pero poca gente; para mí eran gente a la que respeto mucho, ahora y entonces…

CCR: Cuando llega la unificación, ¿quién tiene el liderazgo en el MC?

Moro: Eugenio del Río [(1943)]. No es el liderazgo, es hiperliderazgo. Esa una de las cosas que a mí me hace tomar al final la posición de: Yo voy con mis colegas, Yo no le creo un problema a la dirección de la Liga; así que si vosotros creéis, todos además, que esto va a ir bien, pues el equivocado soy yo. Recuerdo incluso la anécdota personal de que en mi casa tuvimos la reunión definitiva, decisiva, y yo al final saco una botella de cava y brindamos con una frase que es típica: A lo hecho, pecho, decimos. Eugenio del Río, os decía, estaba entonces en la historia esta del alejamientos de la política y este tipo de películas: lo social, los pobres, o sea este discurso medio ONG que luego dio lugar a que alguno de los cuadros tan alejados de la política se metieran en Izquierda Unida como concejales. O sea, esta forma de entender la política de manera funcional, que es alejarse de la política revolucionaria, minoritaria, jodida, ¿no? que nos ha dado tantos disgustos, en la que no pintamos nada, y nos dedicamos a una tarea –la verdad es que no sé muy bien– una tarea comunitaria en realidad desde mi punto de vista. Una experiencia que para mí fue clave y que la comenté con Jaime, que yo creo que la recordará, es que a los muy pocos meses de unificarnos, tuvimos una reunión del –no sé cómo se llamaba aquello– comité federal o confederal… Por cierto, estos son primicias informativas que yo espero que se traten con discreción, porque no tengo ganas de ir creando problemas a nadie, la verdad. Con la gente más cercana lo he comentado muchas veces pero, en fin,… no es para salir en la portada de El País. En la primera ocasión en que se reunía todo el comité central de la exLiga, todo el comité central del exMC, éramos cincuenta personas o así, y había una debate que no me acuerdo sobre qué era, y pedimos la palabra una serie de gente de la Liga, y dijimos, bueno, pues cosas diferentes a las que había dicho Eugenio del Rio. Y terminamos de hablar y pidieron la palabra casi toda la gente del MC, y uno detrás del otro se pusieron a repetir lo mismo que había dicho Eugenio del Río, y yo quedé verdaderamente aterrado: ¡es que no había ni uno que planteara una cosa como: Hombre, habéis dicho cosas interesante, y tal y cual! ¡Nadie! Entonces al día siguiente o a los dos días, hubo una mani y me encontré con Jaime, que no había estado en esta super reunión, y me pregunto: ¿Qué tal van las cosas?. Y le dije: La hemos jodido; son una secta.

Eso un mes después de la unificación. Entonces, claro, imaginaos lo que yo pasé: para mí fue un verdadero infierno aquello. Porque por una parte, vaya, yo quería estar con mis colegas de toda la vida, no quería crearles problemas. Fue un desastre…

CCR: Y dos años después tuvo lugar la disolución de la Liga y la entrada en Izquierda Unida…

Moro: De una parte pequeña de la Liga. Se decide que cada cual haga lo que quiera, y entonces hay gente como [José María] Chato [Galante] [(1951), militante de la LCR desde su fundación y detenido y torturado por la Brigada Político Social, estuvo en prisión los últimos años de la dictadura; implicado en movimientos sociales, con el tiempo ha terminado implicado en la denuncia de sus torturadores en los procesos pro-derechos humanos instados en tribunales internacionales y extranjeros], como Justa [Montero] [(1955), militante de la LCR durante los setenta y ochenta, implicada sobre todo en temas de feminismo revolucionario y luchas por la libertad de decidir de las mujeres] y como otros muchos que deciden trabajar en movimientos; hay gente que se va de la política; en fin, hay opciones muy diversas, o forma parte de grupos en su nacionalidad o su localidad o lo que fuera. Y luego hay gente que toma la decisión de entrar en IU: Jaime, Jesús Albarracín, Lucía, Manolo, la mayoría… Y entran como corriente: es una entidad colectiva creo, en la que yo todavía no entro…

Yo entré un poco después porque yo estoy hecho una mierda, pero literalmente. Yo salí de la unificación enfermo, pero hecho polvo como no he estado hecho polvo en mi puta vida. Estoy mejor ahora en comparación con como estaba antes, quitando el cáncer. Salí hecho una mierda, pero una mierda total, y entonces al final terminé optando por lo de Izquierda Unida, con muy poco entusiasmo, la verdad, porque yo creo que había que trabajar en una organización política, y por tanto quería estar con la gente que trabajaba en organizaciones políticas. Entonces esto pues fue para mí una decisión poco entusiasta. De hecho me criticaron algunos colegas que se me veía sin entusiasmo porque además me montaron una reunión con jefes de IU y yo no estaba entusiasmado: me metía porque quería estar con Jaime, con Manolo, con toda esta gente, y luego ya vienen las historias de Espacio Alternativo y estas películas, pero en las que yo, si alguien me preguntara qué soy, diría: Soy un militante frente a cualquier otra cosa –un militante que parece un chiste, teniendo en cuenta mi historia– pero un militante de base en el sentido real del término, y me planteo las cosas como militante de base. Que no tiene aspiración, ni ganas, ni fuerzas, ni nada para hacer otra cosa más que lo que hace…

CCR: Por ahora. Te dejamos el verano, que te repongas, y seguiremos…





Facebook Twitter Telegram RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons