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EE UU
Democratic Socialists of America dos años después: ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos
22/01/2019 | Dan La Botz

Han pasado dos años desde el auge espectacular del grupo Democratic Socialists of America (DSA), que actualmente es la organización socialista más grande de EE UU y también la más grande desde la década de 1940. Y puede anotarse varios éxitos notables. Ahora que el país está centrando su atención en la elección presidencial de 2020, nos preguntamos: ¿Qué tal lo está haciendo DSA? ¿Qué logros tiene en su haber? ¿A dónde va? ¿Qué proponen las diversas agrupaciones y corrientes políticas en su seno como orientación futura del grupo? ¿Existe un ala izquierda genuina y, si no, cuál es la alternativa?

En los últimos dos años, DSA se ha convertido en un fenómeno de la izquierda estadounidense con más de 50.000 miembros organizados en numerosas agrupaciones locales presentes en todos los Estados de la Unión. Actualmente ya es la organización socialista más grande de EE UU desde la década de 1940, cuando el Partido Comunista contaba con unos 100.000 miembros. Y paralelamente a DSA, los Young Democratic Socialists of America también están extendiéndose en las universidades, atrayendo a miles de jóvenes a la órbita del socialismo. El auge espectacular de DSA ha venido acompañado de una creciente visión positiva del socialismo por parte de los votantes del Partido Demócrata. Como reflejó el sondeo de Gallup en agosto de 2018:

Por primera vez en los sondeos de Gallup durante la década pasada, los Demócratas tienen una imagen más positiva del socialismo que la que tienen del capitalismo. La actitud hacia el socialismo entre los Demócratas no ha variado sustancialmente desde 2010, siendo actualmente el 57 % los que tienen una visión positiva. El cambio principal entre los Demócratas es una actitud menos alentadora con respecto al capitalismo, ya que este año ha descendido al 47 % el número de personas que tienen una visión positiva del mismo, menos que en cualquiera de los tres sondeos anteriores.

Muchos miembros de DSA esperan que dadas estas actitudes pueden reclutar a más progresistas del Partido Demócrata e influir en el propio partido, pese a que existe un amplio debate sobre la estrategia, en que el entusiasmo de algunos choca con el escepticismo de otros.

Todo esto comenzó con la campaña de Bernie Sanders en 2016 por lograr la candidatura del Partido Demócrata de cara a la elección presidencial. Cuando Sanders se autocalificó de “socialista democrático”, mucha gente joven accedió a Google para buscar el término y se topó con DSA, leyó sobre este grupo y sus ideas y esto les impresionó. Las redes sociales –y algunos militantes de DSA– hicieron el resto y prontó la organización contaba con 20.000 miembros. Entonces Donald J. Trump ganó la elección en noviembre de 2016 y, asustados por la perspectiva que se abría, otros 20.000, más o menos, también se apuntaron. Y más recientemente, la victoria de Alexandria Ocasio Cortez, en junio, en las primarias del Partido Demócrata para elegir al candidado al Congreso, derrotando al presidente del grupo Demócrata en el Congreso, Joe Crowley, atrajo a algunos miles más. Nada es más sencillo que inscribirse. No hay preguntas. No hay periodo de prueba. Vas a DSA, pides inscribirte, pagas la cuota mínima y listo: ya eres miembro.

Era una generación de gente joven, en gran parte de familias de clase media, que después de haberse emocionado con el presidente Barack Obama, se desilusionaron profundamente. Pese a recibir una buena educación, en muchos casos arrastraban la carga de la deuda contraída a raíz del crédito obtenido para poder estudiar en la universidad, y muchas de estas personas, normalmente muy cualificadas, acabaron siendo trabajadoras con empleo precario, mientras que otras sirven cervezas en bares o atienden a las mesas de los clubes. Se han criado en un país comprometido en una guerra permanente en Irak, Afganistán y media docena de otros países, al tiempo que han observado –si es que no se han involucrado personalmente en ellos– los movimientos Occupy Wall Street y Black Lives Matters. Se han visto influidos por la lucha victoriosa del movimiento LGBT por la derogación de la prohibición de declararse homosexual por parte de los soldados y por la legalización del matrimonio gay. Aunque en su mayoría son blancos en un país en que pronto los blancos serán una minoría, su experiencia universitaria y su trabajo posterior les han puesto en contacto con asiáticos, latinos y negros y les han hecho conocer todos los debates sobre las políticas de identidad. A raíz de todo ello han acudido a DSA con idealismo y un enorme deseo de hacer un mundo mejor.

Miles de nuevos miembros de DSA, en su mayoría jóvenes de 25 a 35 años de edad, procedentes del ámbito progresista en sentido amplio, pero en la mayoría de los casos sin experiencia previa en los movimientos sociales o grupos de izquierda y apenas experiencia más allá de la campaña de Bernie Sanders, se inscribieron y pronto se convirtieron en activistas, no solo en campañas políticas, sino también en grupos de trabajo de DSA implicados en diversos movimientos sociales, desde los que batallan por la sanidad universal o la vivienda social hasta los que se oponen al racismo y al abuso policial y defienden los derechos de los inmigrantes, o que se movilizan contra el cambio climático, desde las campañas de organización sindical y apoyo a huelgas hasta la construcción de un movimiento feminista socialista. Por su participación en actos de desobediencia civil en varias ciudades han sido detenidos varios miembros nuevos de DSA –ha sido su primera detención– que luchan contra el secuestro de niños inmigrantes por parte del gobierno de Trump o por algunas otras causas que lo merecen.

Las agrupaciones locales de DSA –que en las grandes ciudades se dividen en grupos de barrio– organizan cursos de formación sobre socialismo, historia de la izquierda y teoría marxista. Algunos rebotados de otras organizaciones de izquierda que se han unido a DSA han aportado, en su mayoría, levadura a la hogaza. Y entre reuniones y manifestaciones se organizan actos sociales en los bares, encuentros de socialistas negros o latinas, dependientes de comercio o maestras, o simplemente tertulias después de la reunión de la agrupación, donde entre cañas se discuten todos los temas habidos y por haber.

No hemos tenido una izquierda tan viva en EE UU desde hace 40 o 50 años, ni un grupo socialista tan grande desde hace 70, y nunca nada parecido exactamente a esto. Todas las personas de izquierdas deberían celebrar este fenómeno notable. Esto no implica que no haya problemas, pero muchos son problemas sanos, casi todos necesarios, y solo algunos son realmente preocupantes. La cuestión crucial es la orientación: ¿adónde va DSA? Y la cuestión principal en relación con el futuro del grupo es su relación con el Partido Demócrata, un partido que cambia constantemente. ¿Será capaz DSA, cuyo resurgir comenzó en la campaña de primarias de Sanders en el Partido Demócrata, de alcanzar velocidad de escape y convertirse en una organización socialista verdaderamente independiente, o comportará la mayor fuerza de gravedad del Partido Demócrata –su tamaño, su dinero, su influencia, sus conexiones, su poder– que DSA se mantenga dentro de su órbita?

De los días felices de la primavera a las tormentas de otoño

Comienzos de 2017, esos fueron los días felices. La enorme afluencia de nuevos miembros hizo de DSA una organización prácticamente nueva. Las personas que se inscribieron individualmente o por parejas, a veces en pequeños círculos de amigos, se encontraron en las reuniones con muchas otras muy parecidas a ellas, trabándose así nuevas amistades al tiempo que revitalizaban las viejas agrupaciones locales, formaban nuevas secciones y elegían las direcciones locales. Por todas partes crearon nuevos grupos de trabajo y marcharon juntas tras las banderas rojas de DSA en lo que para muchas fueron sus primeros piquetes o manifestaciones callejeras.

La dirigente nacional Maria Svart y la minúscula plantilla de personal de la organización llevaron a cabo una labor notable manteniéndose a la cabeza de un grupo que doblaba de tamaño cada pocos meses, asesorando a los nuevos líderes de las agrupaciones locales, creando nuevas estructuras y publicaciones, enviando correos electrónicos en que animaban a los miembros a mantener viva la lucha. La confianza mutua y la naturaleza bondadosa de la mayoría de miembros nos llamó la atención a quienes veníamos de una izquierda más vieja, formada por pequeños grupos constituidos al calor de las revueltas sociales de las décadas de 1960 y 1970, sometidos a prueba después en la larga travesía del desierto de los años ochenta y las luchas intermitentes de los noventa y dos mil, que desilusionaron y amargaron a algunos. De pronto, el nuevo DSA, una corriente de aire fresco.

Los nuevos adheridos, como he dicho, se apuntaron y encontraron a otros semejantes, tal vez demasiado semejantes. La mayoría de los nuevos miembros de DSA eran universitarios, muchos de ellos –en Nueva York, por ejemplo– empleados como técnicos o con carreras profesionales de ingeniería, edición o diseño. En Los Ángeles hay todo un grupo de trabajadores del sector cinematográfico. Otros de diferentes partes del país representan el nuevo precariado que trabaja en cafeterías, restaurantes y bares o tienen empleos temporales que les permiten pagar la renta de alquiler en pisos compartidos. Pocos miembros de DSA están casados o tienen hijos. Y pocos tienen más de 50 o siquiera más de 30 años de edad. La mayoría son blancos y la proporción de la gente de color en DSA es inferior a la del conjunto de la sociedad estadounidense, aunque similar a la de los afiliados a sindicatos. Y en general hay más hombres que mujeres, si bien la diferencia no es extrema y sin duda no tan exagerada como en algunos pequeños grupos de izquierda que prácticamente son clubes masculinos. Los miembros LGBT han formado un grupo propio, que no siempre se muestra tan sensible a estas cuestiones como debería, pero ha demostrado que es capaz de aprender. Todos los miembros de DSA son conscientes de estas cuestiones de raza y género y aspiran a conseguir que la organización sea más representativa de la clase obrera estadounidense en su conjunto.

En el congreso de agosto de 2017, cuando sus filas se habían llenado de miembros más jóvenes y radicales, DSA viró a la izquierda, adoptando una serie de medidas que parecían romper con el pasado socialdemócrata del grupo. Los delegados al congreso votaron a favor de abandonar la Internacional Socialista (IS) con el argumento de que los socialdemócratas europeos se habían convertido en ejecutores de políticas neoliberales y de austeridad, mientras que los partidos afiliados a la IS de muchos países en desarrollo encabexzaban gobiernos autoritarios. El congreso votó asimismo a favor del apoyo a la campaña de boicot, desinversión y sanciones (BDS) contra Israel y contra los intentos de criminalizar el movimiento. Los delegados, deseosos de reorientar la política de DSA, decidieron además crear un grupo de gente de color y una comisión sindical. Finalmente, declaró objetivo nacional establecer un sistema sanitario de caja única.

No es extraño que, dado el creciente acaloramiento de la política en el país y vistas las crisis de los principales partidos políticos, en la antesala de aquel congreso de DSA ya aparecieran diferencias políticas significativas en su seno, divergencias que reflejaban los debates sobre cuestiones de género, raza y clase que tenían lugar en las universidades, los medios de comunicación y los movimientos sociales. Así, por primera vez en la historia del grupo, aparecieron agrupamientos y sectores rivales y hubo una verdadera refriega, por no decir una batalla por el liderazgo del grupo. Después del congreso, el enfrentamiento continuó entre una minoría en las redes sociales, con sarcasmos y ataques personales en Twitter y Facebook, aunque la gran mayoría de miembros se mantuvieron ajenos. Parece que ya ha pasado lo peor de esa tormenta –o nos hemos acostumbrado a ella– y hemos pasado a debatir más en serio sobre nuestro futuro.

Harrington y la vieja guardia del DSA

Conviene que nos detengamos un momento y situemos a DSA en una perspectiva histórica. Los orígenes del grupo se remontan a las luchas sociales de las décadas de 1950 y 1960 y los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra. En aquella época, el viejo Partido Socialista (PS) en que se hallan las raíces de DSA –es decir, el partido de Eugene V. Debs, quien estuvo en prisión por oponerse a la primera guerra mundial– se había derechizado y decidió apoyar la guerra de EE UU contra Vietnam.

El antiestalinismo del Partido Socialista se parecía demasiado al anticomunismo socialdemócrata, propiciado por el Departamento de Estado, de Americans for Democratic Action (ADA). A finales de la década de 1960, Michael Harrington, la cara juvenil e izquierdosa del PS (por entonces acababa de cumplir los 40 años de edad) se enemistó con los jóvenes radicales de Students for a Democratic Society (SDS) porque les dijo que no eran suficientemente anticomunistas, con lo que el PS perdió toda relación con el movimiento de izquierda más importante de los años sesenta. SDS acabó fagocitado por los estalinistas del Progressive Labor Party (que a la sazón era prochino), los socialistas radicales del Revolutionary Youth Movement (RYM) y los Weathermen, que se dedicaban a romper escaparates y colocar bombas y cometer atracos a mano armada, matando a algunos de sus propios miembros y a unos cuantos más. Después de que Harrington diera la espalda a SDS, tan solo un pequeño colectivo se acercó a la política socialista a través de grupos como International Socialists. (Yo fui uno de ellos.)

El apoyo del PS a la guerra de Vietnam hizo que Harrington finalmente abandonara el partido en 1972, y al año siguiente él y sus seguidores fundaron el Democratic Socialist Organizing Committee (DSOC). Harrington tenía una perspectiva estratégica que inspiró a la nueva organización. Como declaró en su libro, Socialism, creía que si los sindicatos, las organizaciones pro derechos civiles y el movimiento antiguerra aunaban esfuerzos dentro del Partido Demócrata, podrían expulsar del mismo a los racistas sureños y a los aparatos corruptos de las grandes ciudades, transformando el Partido Demócrata en un partido obrero. En aquel entonces, Harrington y sus compañeros mantenían relaciones con líderes negros del movimiento pro derechos civiles y con importantes dirigentes de grandes sindicatos obreros y de funcionarios, mientras que el movimiento antiguerra todavía estaba en las calles. La estrategia de Harrington parecía tener pies y cabeza.

El plan de Harrington de trabajar dentro de un partido capitalista constituía una ruptura fundamental con la teoría y la práctica socialista desde que Karl Marx creara el socialismo moderno en Europa o desde que Debs liderara el movimiento en EE UU. Los socialistas habían rechazado históricamente toda implicación en partidos políticos capitalistas, considerando que la gente trabajadora necesitaba su propio partido político si pretendía acabar con el capitalismo y establecer un orden socialista. Sin embargo, Harrington no fue el primero en abandonar esta posición marxista. En los cien años que median entre 1870 y 1970, diversos partidos de izquierda acabaron por diferentes vías rechazando las advertencias de Marx sobre el appel de los partidos capitalistas y los Estados capitalistas.

El Partido Comunista (PC), durante su periodo frentepopulista en las décadas de 1930 y 1940, se alió con los Demócratas progresistas y en otros países con otros partidos capitalistas, incluso conservadores, justificando su posición por la necesidad de parar los pies al fascismo. En esa época, cuando el líder del PC en EE UU, Earl Brower, proclamó que “el comunismo es el americanismo del siglo XX”, el partido contaba con 100.000 miembros y alrededor de un millón de personas bajo su influencia. En ese mismo periodo, en Europa los partidos laboristas, socialistas y socialdemócratas, después de más de un siglo de implicación en la política burguesa y tras las desastrosas guerras civiles y mundiales de 1914-1945, habían emergido como partidos capitalistas reformistas. Los partidos socialistas gestionaban ahora el capitalismo. Su estrategia en regiones como Escandinavia pasó a ser un modelo para el programa de Harrington en EE UU.

La posición política de Harrington, con su similitud con el frentepopulismo de los comunistas y con la socialdemocracia europea, permitió, casi una década después, que el DSOC se fusionara con el New American Movement (NAM), una organización de la nueva izquierda constituida en 1971, algunos de cuyos líderes eran antiguos comunistas prosoviéticos, mientras que otros se inclinaban por la China comunista o la Cuba de Fidel Castro, y en general muchos simpatizaban con los movimientos nacionalistas del Tercer Mundo. El NAM aportó además cuestiones relacionadas con el feminismo y el medioambiente, que hasta entonces no habían formado parte de la visión del DSOC. La organización fusionada contaba con 6.000 miembros, 5.000 procedentes de DSA y 1.000 del NAM. Fue entonces cuando DSA formuló su enfoque de carpa grande y su concepción como organización aglutinadora de múltiples tendencias.

El viejo DSA, que había roto con sus orígenes marxistas y el socialismo revolucionario, necesitaba una nueva teoría, y sus intelectuales la hallaron en interpretaciones de los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, y en los escritos de pensadores de la izquierda de los partidos socialistas europeos, como el escritor francés André Gorz, el politólogo grecofrancés Nicos Poulantzas y el sociólogo británico Ralph Milliband. Todos estos intelectuales, empezando por Gramsci, insistían en la teoría de la hegemonía, la autonomía relativa del Estado con respecto a la clase capitalista y la lucha política en el seno de los Estados capitalistas parlamentarios existentes. Según la interpretación, primero, de Richard Healey, y después, de Joseph Schwartz, los socialistas debían, en primer lugar, adoptar el punto de vista de Gramsci –al menos de momento– de que nos hallamos en una guerra de posiciones, es decir, en un intento de construir organizaciones, influir en la política y ganar la hegemonía, evitando al mismo tiempo una guerra de movimientos, es decir, una confrontación reavolucionaria con el Estado. A veces se sugería que la guerra de posiciones, larga, lenta y gradual como era, desembocaría finalmente en una guerra de movimientos, en la revolución, pero al posponer indefinidamente esta guerra de movimientos, la revolución cayó, debido al retroceso continuado, en el olvido.

En segundo lugar, según los teóricos de DSA, los socialistas debían asumir la teoría gorziana de las reformas no reformistas, es decirm favorecer reformar profundas que rebasaran los límites del sistema capitalista. El problema que no se plantearon era que tales reformas, o bien tenderían a reforzar el Estado capitalista, o bien harían que el capitalismo fuera menos rentable, con lo que los empresarios y políticos virarían a la derecha y optaríoan por la represión. En este último caso, la derecha iniciaría entonces la guerra de movimientos, para la que la izquierda no se habría preparado. En cualquier caso, en boca de los dirigentes intelectuales y políticos de DSA, toda esta teoría servía ante todo para justificar el trabajo en el seno del Partido Demócrata.

Así, desde su fundación en 1982, DSA intervino en los movimientos sociales, que entonces se hallaban en plena calma chicha, y muchas veces apoyó a candidatos electorales del Partido Demócrata en proceso de derechización. En la década de 1990, DSA creció hasta contar con 10.000 miembros al colaborar estrechamente con el Grupo Progresista del Congreso para oponerse a las políticas regresivas del presidente Bill Clinton. El compromiso de DSA de trabajar dentro del Partido Demócrata, en alianza con la burocracia sindical más progresista de United Auto Workers, la AFSCME y la IAM, y su apoyo a Israel, prácticamente definieron al grupo como organización socialdemócrata, justo cuando la socialdemocracia de viejo estilo entró en crisis y en declive.

El nuevo DSA que emergió hace dos años, tras el fenómeno Bernie, era de naturaleza fundamentalmente diferente. Lo formaban personas enojadas con Hillary Clinton y el Comité Nacional del Partido Demócrata, así como con su presidenta Debbie Wasserman-Schultz. En aquel entonces, muchos odiaban abiertamente al Partido Demócrata. Algunos preconizaban que Bernie se presentara como candidato independiente o creara un nuevo partido. La rabia que cundía hacia los Demócratas hizo que el congreso de DSA de 2017 rompiera con la Internacional Socialista y aprobara otras resoluciones progresistas, pero no llevó a la ruptura con los Demócratas. Y como veremos, la vieja estrategia, basada en el trabajo en el seno del Partido Demócrata, siguió siendo una corriente poderosa y atractiva. Pero examinemos ahora el activismo de DSA en los movimientos sociales, que representa actualmente gran parte de la labor de la organización, pues queremos plantear la relación entre el activismo en los movimientos sociales y la política.

El trabajo de DSA

Con sus nuevos miembros, DSA ha sido capaz, en los últimos dos años, de lanzar más campañas, formar parte de más coaliciones y simplemente hacer mucho más trabajo. La campaña nacional de DSA por la sanidad –“Necesitamos Medicare para todos”– desmiente los debates teóricos sobre el conflicto inevitable entre el reduccionismo económico y la preocupación por los grupos especialmente oprimidos al proponer un amplio cambio económico que mejoraría en particular las condiciones para las mujeres y la gente de color. Aunque “Medicare para todos” sería bueno para todo el mundo, favorecería especialmente a los trabajadores pobres, a quienes cobran bajos salarios, al precariado, a los afroamericanos, los latinos y las mujeres en general. En la ciudad de Nueva York, el Grupo de Trabajo Socialista Feminista ha encabezado la campaña de la sanidad, montando puestos en los barrios y llamando por teléfono al vecindario para recabar el apoyo a la Ley de Sanidad de Nueva York. Actualmente, la lucha por la sanidad universal es un punto central del programa político de DSA.

Los Grupos de Trabajo sobre Justicia para Inmigrantes de todo el país han combatido la práctica de los agentes de Inmigración y Aduanas (ICE), que a menudo detienen a personas que comparecen ante los tribunales para asistir a las vistas sobre casos de inmigración, como testigos en juicios penales o simplemente como curiosos que encajan en el perfil de inmigrantes, cualquiera que sea esa cosa. Algunos miembros de DSA han sido detenidos en acciones de protesta contra esas prácticas. En Nueva York, las protestas vinieron acompañadas de la presentación de una petición con miles de firmas reclamando que se pusiera fin a la presencia de agentes de ICE en los tribunales. DSA de Nueva York ha colaborado con grupos como la New Sanctuary Coalition, explicando a comunidades de inmigrantes qué derechos les asisten y cómo pueden protegerse de los actos ilegales de los agentes de ICE. Los activistas de DSA también se han movilizado en solidaridad con las recientes caravanas de inmigrantes, y algunos han viajado hasta la frontera para dar la bienvenida a quienes buscan refugio y asilo. Algunos miembros de DSA de diversas agrupaciones locales se encuentran actualmente en Tijuana y San Diego para ofrecer ayuda a los migrantes.

La lucha contra la gentrificación y el aumento del coste de la vivienda, así como la protección de la vivienda pública, también constituyen una parte importante de la actividad de DSA en muchas ciudades. En casi todas partes se trata de una lucha contra grandes bancos, sociedades inmobiliarias y empresas constructoras por parte de comunidades de clase obrera y gente pobre, compuestas en gran medida de gente de color de escasos ingresos. DSA se une a estos activistas y a organizaciones de las comunidades para explicar sus derechos a los inquilinos, a veces crean sindicatos de inquilinos y organizan reuniones del vecindario y manifestaciones de protesta y declaran en audiencias públicas.

A veces, el trabajo de DSA en este ámbito implica llevar a cabo una labor de zapa en el terreno legislativo. Estas batallas pueden enfrentar a los socialistas de DSA con políticos municipales supuestamente progresistas. En Brooklyn, DSA se juntó con el Sindicato de Inquilinos de Crown Heights para oponerse a la transformación del vasto Arsenal de Bedford Union, que es de propiedad municipal, en una zona residencial de lujo. La coalición llevó el conflicto a la alcaldía progresista de los Demócratas de la ciudad que, aunque no les concedió todo lo que pedían, si aprobó que se aumentara el número de viviendas asequibles a construir.

DSA también trabaja sobre la legislación en materia de vivienda. En California, el grupo de vivienda de DSA apoyó la “Proposición 10, la Ley de Viviendas Asequibles, [que] permitiría a las comunidades ampliar su territorio y reforzar la protección de los inquilinos, legalizando el control de alquileres para todo inquilino de California, independientemente del tipo de vivienda que habite”. La proposición legislativa salió derrotada por 6,3 contra 4,2 millones de votos, pero las derrotas en estas cuestiones, en Nueva York y California, no son más que batallas de una guerra mucho más larga y la cuestión, que retomaremos más adelante, es qué lecciones sacaremos de estas experiencias.

En el movimiento obrero

DSA dedica parte de su actividad al movimiento obrero, aunque de forma distinta que en el pasado. Harrington y el viejo DSA habían mantenido una alianza con el ala socialdemócrata de la burocracia sindical, en particular con Walter Reuther, de United Auto Workers (UAW). Reuther y su sucesor, Leonard Woodcock, ambos antiguos socialistas que apoyaban a los Demócratas más progresistas, lucharon por aumentos salariales y prestaciones para los trabajadores, pero no atendieron a las demandas de la base de humanizar los lugares de trabajo. Dichos líderes tampoco se hacían eco de las cuestiones planteadas por los obreros negros. Así, cuando tuvo lugar la rebelión de los obreros negros del sector del automóvil a finales de la década de 1960, con la creación del Movimiento Sindical Revolucionario de Dodge (DRUM), Walter Reuther tildó a los trabajadores negros de “racistas”, mientras que otro dirigente de UAW los llamó “fascistas negros”. La alianza con dirigentes de UAW y otros sindicatos chocó con activistas sindicales que pretendían organizar un movimiento de base en oposición tanto a las empresas como a la dirección sindical. Por supuesto, DSA contaba siempre con algunos activistas obreros y dirigentes sindicales locales que se mostraban combativos a pesar de los dirigentes de DSA, pero en la década de 2010 ya no quedaban muchos activistas sindicales.

Hoy, la Comisión Sindical Socialista Democrática cuenta con casi 700 miembros en todo el país, estando formada por “sindicalistas y miembros de comités de empresa, liberados sindicales, activistas de centros obreros, dirigentes sindicales, periodistas especializados a cuestiones sindicales, sindicalistas jubilados, estudiantes de grupos de solidaridad con los obreros, intelectuales estudiosos del movimiento obrero o personas dedicadas a cualquier otra función dentro del movimiento”. El periódico mensual de DSA, The Democratic Left, publicó recientemente un número especial dedicado al movimiento obrero que deja claro el compromiso del grupo a favor de unos sindicatos más democráticos y combativos. El trabajo sindical de DSA se ha visto reforzado por la adhesión de varios miembros del grupo Solidarity, muchos de los cuales tienen experiencia de años en los sindicatos y han desempeñado un papel importante ayudando a organizar y orientar el trabajo sindical de DSA.

Los miembros de Solidarity y muchos otros activistas de DSA centran su actividad en las bases obreras, siguiendo un enfoque descrito por Kim Moody hace décadas y resumido en un artículo escrito por Jane Slaughter para The Democratic Left. La organización de la gente en los lugares de trabajo y entre las bases sindicales ha de servir para luchar contra la patronal y si hace falta también contra los dirigentes sindicales que se interponen en el camino; el objetivo es contruir el movimiento obrero y reclutar a trabajadores para el socialismo y DSA. Aunque algunos activistas de DSA parecen seguir otros enfoques, esta parece ser ahora la tendencia predominante. Miembros de DSA colaboran actualmente con Labor Notes, el centro de formación sindical que ha ayudado a activistas de base a unirse en diversos sindicatos con el fin de crear un movimiento obrero más combativo y democrático.

Mientras que en la década de 1970 muchos jóvenes de izquierda fueron a trabajar en minas, acerías, empresas automovilísticas y la compañía telefónica, o de camioneros o estibadores, entre muchas otras profesiones, hoy en día los miembros de DSA se orientan hacia otros sectores. Tal como escribió Slaughter, “para construir esta lucha desde abajo, algunos miembros de DSA se emplean en lugares de trabajo multirraciales que tienen potencial combativo. Estos incluyen la enseñanza, la sanidad y el sector logístico”. En la web de DSA hay un artículo titulado “Por qué los socialistas deberían hacerse maestros”, donde se habla del papel que unos pocos miembros de DSA desempeñaron en la reciente huelga de maestros de Virginia Occidental.

Unos pocos miembros de DSA que trabajaban de maestros en escuelas públicas de Virginia Occidental comenzaron a hablar de las nuevas medidas de austeridad a que se enfrentaban los empleados públicos. Nuestros salarios estaban congelados desde hacía años, a diferencia del coste de la sanidad, que no dejaba de aumentar. Formamos un grupo de lectura, organizamos sesiones creativas y pronto estuvimos de acuerdo en que para conseguir lo que demandábamos teníamos que actuar. No teníamos ni idea de que estábamos sentando las bases de lo que culminaría en una huelga histórica y victoriosa de nueve días de duración que se extendió como la pólvora a Oklahoma, Kentucky, Arizona, Colorado y más allá.

El artículo continúa llamando a los miembros de DSA a que se dediquen a la enseñanza, y algunos ya lo han hecho, no solo en Virginia Occidental. Otros miembros de DSA se han empleado en almacenes para apoyar campañas de organización sindical. Todo esto indica que DSA está dispuesto a intervenir en las movilizaciones obreras de la próxima década, y si esto da resultado –cosa que espero–, podría comenzar el proceso de transformación del grupo en una organización mayoritariamente obrera.

La cuestión de la raza

Dada la larga historia del racismo en EE UU, desde el esclavismo, pasando por Jim Crow, hasta la discriminación generalizada a lo largo del último siglo y el fenómeno contemporáneo del racismo que se oculta tras un supuesto “igualitarismo”, no es extraño que DSA, como cualquier otra entidad estadounidense, se vea confrontado con la cuestión de la raza. En DSA mantenemos debates sobre el reduccionismo económico por un lado y las políticas identitarias por otro, que desde mi punto de vista es una falsa dicotomía, pero también experimentamos tensiones entre los miembros de diversas etnias y posiciones políticas en torno al tratamiento de las cuestiones de raza. Un artículo reciente publicado en The New Republic, “Do America’s Socialists Have a Race Problem?” (“¿Tienen los socialistas de EE UU un problema racial?”), afirmaba que DSA, y en particular Momentum/The Call, un importante grupo nacional que desempeña un papel dirigente en las agrupaciones locales del Este de la Bahía, en San Francisco, y Filadelfia, había tratado desastrosamente la cuestión racial. El artículo mostró una imagen falsa de una organización que estaba a punto de romperse por cuestiones de raza.

En respuesta a dicho artículo, casi una docena de miembros de color de DSA publicaron otro en The Call criticando el método del autor y las distorsiones de la realidad. Escribieron lo siguiente:

Contrariamente a lo que implica el escrito de Salazar, todas las tendencias políticas de DSA están de acuerdo con la importancia de combatir la opresión racial; todas admiten que es un problema que la gran mayoría de miembros de DSA sean blancos; y todas coinciden en que DSA debe ser una organización socialista que funcione democráticamente. El principal punto de desacuerdo es cómo abordamos lo más efectivamente posible estas cuestiones y preocupaciones.

Absolutamente cierto.

El artículo colectivo de The Call señala que a la larga DSA superaría sus principales problemas raciales –la escasa proporción de miembros de color, especialmente negros, y la falta de implantación en comunidades de color– mediante su labor en los movimientos sociales, en los sindicatos y en campañas políticas, ganando así a nuevos miembros y estrechando lazos con las comunidades. Aunque hay algo de verdad en ello, la implicación en los movimientos y el aumento de miembros de color influirá, pero la organización también ha de discutir sobre teorías y actitudes, estructuras internas y procesos políticos. El artículo de The New Republic, centrado como estaba en la cuestión de las tensiones raciales en el seno de DSA, daba a entender que la organización estaba afectada por problemas raciales, mientras que el artículo de The Call no parece reconocer el sentimiento y la profunda preocupación de muchos miembros con respecto a la teoría y la práctica del grupo a la hora de abordar el racismo.

Podríamos señalar que Adolph Reed, Jr., quien no es miembro de DSA, interviene en este debate dentro de DSA y sobre DSA con los peores términos posibles y los menos útiles –¿De qué lado estás?–, reclamando que la izquierda elija entre un programa socialdemócrata y una política de identidad racial. También una falsa dicotomía.

DSA no es la organización que retrata Salazar, pero la respuesta defensiva de The Call tampoco aborda correctamente la cuestión. Momentum/The Call suele insistir en un programa económico universal, mientras que otros miembros –aunque no estén especialmente interesados en promover una política identitaria– quieren que se insista más en las cuestiones de opresión racial y de género y en la necesidad de autoorganización de los grupos oprimidos. Necesitamos un enfoque político que comprenda que el capitalismo comporta tanto la explotación de la clase trabajadora y la opresión de negros y latinos, de las mujeres y las personas LGBT, de modo que hace falta la autoorganización y la autonomía relativa de estos grupos y sus luchas dentro de la lucha más amplia por el socialismo.

Política electoral: los socialistas y el Partido Demócrata

Aunque DSA es y hace muchas cosas, la política electoral ha galvanizado y movilizado probablemente a más miembros que cualquier otra actividad. Esto no es extraño, dado el temor que tienen muchos de que el gobierno autoritario y nacionalista blanco del presidente Donald J. Trump sea un primer paso hacia algo peor e incluso hacia el fascismo. La política electoral comporta la esperanza de cambiar realmente a la gente y los partidos que dominan el gobierno, asi como las políticas gubernamentales. Y es una actividad que proporciona alegrías. Las campañas políticas ofrecen a mucha gente la oportunidad de aportar cosas: la creación de bases de datos, el desarrollo y diseño de los materiales de campaña, la colocación de puestos en los barrios, la identificación de votantes y al final la obtención de votos. La labor electoral, llamando a las puertas y hablando con la gente en sus casas, puede ser interesante, un aprendizaje real para los y las jóvenes, sobre todo conociendo a las personas que viven en el barrio y sus ideas. En algunas zonas, como en la ciudad de Nueva York, DSA ha sido capaz de movilizar a cientos de miembros y en una ocasión nada menos que a 2.000 personas en campañas locales. El hecho de haber trabajado en una actividad común también es importante para DSA de cara a crear un sentido común de identidad.

La labor ha tenido tanto éxito que hoy en día la mayoría de la gente conoce probablemente a DSA como el grupo que eligió a dos de sus miembras, Alexandria Ocasio Cortez y Rashida Harbi Tlaib, diputadas al Congreso de EE UU, así como a otra, la controvertida Julia Salazar, al parlamento del Estado de Nueva York. Otros candidatos de DSA también salieron elegidos a sus respectivos parlamentos estatales: Mike Sylvester en Maine, Gabriel Acevero y Vaughn Stewart en Maryland y Summer Lee, Sarah Innamorato y Elizabeth Fiedler en Pennsylvania. Muchos otros socialistas triunfaron en elecciones municipales o fueron elegidos para cargos del Partido Demócrata. Las organizaciones socialistas no veían nada parecido desde la experiencia del Partido Socialista de América (SPA) en la década de 1900, aunque la estrategia es ahora bastante diferente de la de entonces. El Partido Socialista de aquella época presentaba sus propias listas, no tenía candidatos en las listas de otro partido. Eugene Debs, el sempiterno candidato presidencial y líder más destacado del SPA, dijo a los votantes: “Tengo que decir al trabajador que piensa que no tiene ninguna optra opción que uno de estos dos partidos capitalistas que ambos están comprometidos con el mismo sistema y que tanto si gana uno como si lo hace el otro, él seguirá siendo el mismo esclavo asalariado que es hoy.”

DSA, por su parte, ha decidido presentar a la mayoría de sus candidatos como Demócratas, y aunque la estrategia a largo plazo sea un tanto indeterminada, puede alimentar ilusiones de que el Partido Demócrata puede ser reformado. ¿Mantiene DSA, como los viejos harringtonianos, una estrategia de este tipo? ¿O simplemente utiliza el Partido Demócrata para construir su propia organización y su propia maquinaria electoral? Hay muchas opiniones al respecto en el seno de DSA, incluidos algunos miembros que no apoyan para nada presentarse en las listas del Partido Demócrata.

Podremos comprobar los problemas con que choca el trabajo dentro del Partido Demócrata viendo el historial de Alexandria Ocasio Cortez, miembra de DSA cuya victoria en las primarias del Partido Demócrata para elegir al candidado al Congreso por Nueva York dejó estupefacto al país y entusiasmó a la militancia de DSA. Hoy, Ocasio Cortez es una progresista ejemplar que ha participado en una manifestación ilegal en el despacho de [la presidenta del Congreso de EE UU] Nancy Pelosi para exigir que el Partido Demócrata se posicione claramente en materia de cambio climático, llamando a un nuevo contrato social verde, oponiéndose al acuerdo de Amazon en Nueva York y apoyando a los trabajadores despedidos.

Pero Ocasio Cortez también causó consternación en el seno de DSA cuando salió en defensa de todos los Demócratas, incluido Andrew Cuomo, a comienzos de septiembre de 2018. Muchísimos miembros de DSA detestan a Cuomo, y el apoyo de Ocasio Cortez a su figura chocó a muchos. La dirección neoyorquina de DSA la criticó por su respaldo a Cuomo y otros Demócratas, escribiendo que “… rechazamos la ilusión de que el Partido Demócrata es, o puede llegar a ser, una institución al servicio de los intereses de la clase obrera estadounidense.” Ocasio Cortez también consternó a muchos miembros de DSA con su mensaje en Twitter al enterarse de la muerte del senador John McCain:

El legado de John McCain representa un ejemplo sin parangón de decencia humana y servicio a la nación. Como becaria, aprendí un montón de cosas sobre el poder de la humanidad en el gobierno, a través de su profunda amistad con el senador [Robert] Kennedy.

Que una socialista, y presumiblemente antiimperialista e internacionalista, pueda alabar como “ejemplo de decencia humana” a un hombre que bombardeó Vietnam, apoyó la invasión de Irak en 2003, llamó a bombardear Irán y desarrolló una campaña racista contra Obama resulta inaceptable para muchos en DSA. Incidentes como estos han ocasionado dudas no solo sobre Ocasio Cortez, sino también sobre la estrategia de permanencia en el Partido Demócrata.

¿Y ahora qué? Algunos miembros de DSA ya han decidido apoyar a Bernie en 2020, con el argumento de que la implicación temprana en su campaña favorecerá una vez más que se presente un programa económico y social progresista, se popularice el socialismo y tal vez se pueda reclutar a decenas de miles de nuevos miembros para DSA. No está claro que el fenómeno Bernie pueda repetirse. No hay una malvada Hillary Clinton como contrapunto, sino que tendrá que competir con un montón de otros “Demócratas progresistas”. Tendrá que hacer frente a acusaciones de machismo en su campaña de 2016. Su plataforma no será única, pues otros candidatos, que serán sus rivales, han hecho suyas ahora muchas de sus ideas, y de hecho el conjunto del partido podría adoptarlas de cara a 2020, aunque sea de forma diluida y a veces corrompida. Después de pasar dos años haciendo campaña por los Demócratas, no tiene la reputación de independiente que tuvo antaño. Y la presencia de un candidato socialista en una elección presidencial ya no será una novedad. Además, para entonces Bernie tendrá 79 años de edad, que muchos consideran que es excesiva para un presidente. Al término de su primer mandato tendría 83 años y al final de su segundo mandato 87 años, dato que siempre entra en los cálculos en una elección presidencial. Estas cuestiones habrán de afectar necesariamente a personas como Ocasio Cortez y muchos otros progresistas que han dudado en apoyar a Sanders, al menos hasta ahora.

Mientras que a DSA le gusta Sanders, no está claro que Sanders aprecie a DSA. Sanders, después de todo, tiene su propia organización electoral, Our Revolution, y aunque algunos miembros de DSA participan activamente en su equipo, no parece que desempeñen un papel político significativo. En la reunión inaugural del Instituto Sanders en Vermont, en noviembre y diciembre, no destacó ningún miembro de DSA. El único orador que era miembro de DSA fue Cornel West, un importante intelectual negro, pero es formalmente miembro de DSA y no desempeña ningún papel dentro de la organización ni se le asocia con ella en la percepción pública. Así que algunos miembros de DSA quisieran aprovechar la campaña de Sanders para dar alas a su organización, aunque no está nada claro que Sanders vaya a otorgar una función particular al grupo en su funcionamiento.

El contexto actual

Al tratar de vislumbrar el futuro de DSA conviene tener en cuenta la situación del país en este momento. A pesar de que los economistas, los medios y los políticos hablen de una economía en auge, EE UU sigue inmerso en turbulencias políticas, como lo ha estado desde la gran recesión de 2008. Trump, que apeló a algunas víctimas de la crisis económica y a quienes temían perder su condición social, creó una nueva fuerza política populista, basada en las condiciones generadas por los Republicanos de derechas y los fracasos de Barack Obama, Hillary Clinton y los Demócratas. Trump y los Republicanos han conseguido, desde 2016, vaciar por dentro la democracia política mediante la manipulación de circunscripciones electorales y la supresión de votantes de diversas maneras, han criticado y recortado programas sociales, socavado políticas y normativas meioambientales, criminalizado la inmigración y aterrorizado a los inmigrantes, favoreciendo al mismo tiempo el racismo y contribuyendo al crecimiento de una extrema derecha que incluye a nacionalistas blancos y neonazis.

El país ha estado durante dos años al borde de una crisis constitutional al tratar Trump de crear un Estado unitario con el control por parte de los Republicanos de los tres poderes, tendiendo hacia un régimen de partido único y de dominación presidencial, una situación que se vio atenuada, pero no resuelta, por los avances del Partido Demócrata en las elecciones intermedias de 2018. Al chocar con los tribunales, Trump ha intentado gobernar por decreto.

En cuanto a la situación económica, el mercado de valores ha experimentado una evolución errática y en muchos entornos se teme la llegada de una nueva crisis económica. En esta situación, Trump, quien se mantiene en contacto a través de Twitter con sus 55 millones de seguidores, conserva el apoyo del 35 % de la población estadounidense que aprueba a su persona sus políticas. En conjunto, es posible que gane la próxima elección presidencial.

En esta situación, ahora que se acerca la campaña política de cara a la elección presidencial de 2020, con los Demócratas profundamente divididos y una veintena de contendientes socialdemócratas y progresistas tratando de obtener la nominación como candidato del partido, se generará una tremenda presión política y popular a favor del apoyo, primero, en las primarias, a un candidato “que pueda ganar”, y después, en la elección, del respaldo a cualquier Demócrata frente a Trump. Y fuerzas similares intervendrán en todas las demás elecciones –senadores, congresistas, gobernadores de los Estados, alcaldes y concejales–, donde los progresistas de Partido Demócrata desempeñarán un papel crucial en el intento de colocar a los candidatos de izquierda en la cresta de la ola de lo que una generación antes se llamaba la política burguesa. Y detrás de todo ello estará, en efecto, la burguesía, que controla las finanzas y la industria, los medios de comunicación y buena parte de las redes sociales, que aportará miles de millones de dólares a las cuentas de los comités de apoyo a los candidatos y tratará de comprar al por mayor a los políticos.

03/01/2019

http://newpol.org/content/dsa-two-years-later-where-are-we-where-are-we-headed

Dan La Botz es miembro de Solidarity y de Democratic Socialists of America, así como redactor de New Politics.

Traducción: viento sur





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