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Juicio contra los presos catalanes
La defensa en juicios políticos
15/01/2019 | Jordi Cuixart

Versión original en catalán

“Todo, tanto en la sociedad como en la vida privada, hay que tomarlo con calma, generosidad y una sonrisa amable.”

Rosa Luxemburg, desde la prisión de Breslavia

Cuando hacía una semana que estaba en Soto del Real, Txell me trajo el primer libro, era Walden i la vida als boscos, de Henry D. Thoreau. Durante las primeras dos semanas, encerrado en la celda, aquel fue el único compañero de viaje que tuve. Todo un augurio de lo que ha acabado representando la desobediencia civil en el progreso de la humanidad.

El 11 de febrero de 2018, Benet Salellas me visitó por primera vez en Soto del Real. Nos conocemos del Parlament y de la amistad que me une a Lluc, su hermano. Era justo un mes después de la vista con el juez Llarena del 11 de enero. Unas declaraciones ante el juez claramente condicionadas por la coyuntura que vivía el país; por una sensación instalada de estado de choque permanente y de chantaje emocional por el impacto de los encarcelamientos y las fechas navideñas. Querían hacernos creer que si decíamos al juez lo que él quería escuchar, se acabaría la prisión preventiva para todos.

Con Marina Roig –piedra angular del equipo jurídico de Òmnium– fuimos confirmando lo que desde el comienzo era más que una intuición. Por mucha bondad que hiciéramos, el Estado estaba dispuesto a descargar toda su ira contra la población civil por haberse atrevido a cuestionar el régimen del 78. Por tanto, debíamos prepararnos y recordar la lección de Rosa Parks cuando afirmaba: “Cuanto más cedíamos y obedecíamos, peor nos trataban”. Al cabo de pocos meses, la actitud imperturbable del presidente Mas ante el juez instructor del Tribunal Supremo, al asegurar que él, como anterior presidente de la Generalitat, podía reunirse con quien le diera la gana y no tenía que rendir cuentas a nadie, indicaba el camino a seguir. Como las palabras de Anna Gabriel: “El juicio ha de servir para que nosotros juzguemos al Estado español”.

Me acuerdo mucho del día en que estaba en el calabozo de la Audiencia Nacional. Tenía frío y justo después de una larga meditación noté un clic interior que cambiaría de arriba abajo la manera en que había planteado hasta entonces la fase de instrucción del procedimiento. Una voz serena pero firme que nacía de mi interior me recordó que ya estábamos en un punto de no retorno y que el destino de los presos políticos que el Estado español había engendrado pasaba por no renunciar a ninguno de los postulados que nos habían llevado hasta allí.

Porque como nos indica el libro que tiene usted en las manos, la historia de la democracia a lo largo de la humanidad se ha forjado también plantando cara al poder establecido. Un poder parapetado en los tribunales de justicia, que no siempre han hecho honor a su objetivo. Porque la justicia que no puede entender la sociedad no es justicia, es autoritarismo. Ese día pude confirmar de una manera categórica lo que tantos otros luchadores por la democracia nos han explicado a lo largo del tiempo: la fortaleza (que también la felicidad) del preso político pasa inescrutablemente por el fortalecimiento de las convicciones y la no renuncia a nada de lo que ha hecho. Es más, por la plena reivindicación de la legitimidad de todos sus actos.

Quiero reivindicar también que el mantenimiento de esta actitud es posible gracias al apoyo y la determinación mostrados desde el primer momento por mi compañera Txell, mis dos hermanas, Neus y Esther, así como el resto de la familia, empezando por los padres y acabando por Òmnium Cultural con mi buen amigo Marcel Mauri al frente. Y gracias asimismo a mis cuatro chicos, mi sobrino Pol, Uri y el otro Pol, y el pequeño Amat, como fuente incombustible de luz y esperanza.

La visita a Madrid de August Gil Matamala, junto con Adrià Font, el 12 de marzo de 2018 (cuatro días antes de que la Guardia Civil entrara en la sede de Òmnium Cultural) también fue un gran revulsivo. Un punto de inflexión y de una acaparadora clarificación de conceptos. Recuerdo que desde el locutorio me reiteraba una y otra vez: “Jordi, no nos dejemos engañar; rebelión quiere decir armas. Sedición quiere decir heridos, detenidos… que hubierais provocado sangre. ¿Qué hay de todo eso? ¿Cuándo repartisteis armas? Y ¿dónde está la conspiración? Si todo lo hemos ido retransmitiendo con luz y taquígrafos”. Es evidente que el relato de la Fiscalía es ficticio e intenta practicar el Derecho penal del enemigo, pero es fundamental no caer en la frustración de tener que justificar lo que salta a la vista. Y cómo no, hace falta trabajar permanentemente por la absolución. La despedida con el puño alzado de August será imposible de olvidar.

Así es como hemos ido consolidando, por parte de Òmnium Cultural, la estrategia de defensa política del procedimiento en la que, por razones obvias, me abstendré de profundizar. Pero sí quiero resaltar algunos aspectos.

En primer lugar, se trata de tener bien presentes las palabras de Séneca al déspota Nerón: “Tu poder radica en mi miedo, si yo ya no tengo miedo, tú ya no tienes poder”. O, como nos recuerda Marina Garcés, “no tenemos nada que perder, excepto el miedo”, y es imperativo tener esto muy presente durante todo el procedimiento.

Es imprescindible enfocar el procedimiento políticamente, que no quiere decir renunciar a hacerlo técnicamente, sino mantener firmemente todo lo que se ha hecho, porque se es consciente de que no es delito. Intentar reducir la pena asumiendo, aunque fuera parcialmente, el relato del tribunal, nos aboca a una situación de falta de credibilidad ante el propio tribunal. Y sobre todo a la desmoralización de toda aquella parte de la población que ha actuado y actúa desde el convencimiento de que la única solución al conflicto entre Catalunya y el Estado pasa por la celebración de un referéndum, que más allá de otros calificativos, podemos adjetivar categóricamente de inevitable.

Asumir la desobediencia civil, que por definición solo puede ser pacífica, como instrumento de transformación social, y con todo lo que comporta de resistencia no violenta. Eso supone asimismo asumir sus consecuencias. Así, hay que reivindicar que su existencia es una prueba de la verdadera salud de un Estado de derecho social y democrático. Entonces, hay que aprovechar el juicio oral como uno de los momentos clave del procedimiento para desmontar la barbaridad jurídica de la acusación de violencia que han ido construyendo de manera torpe. Y también es una oportunidad inigualable para hacerlo a los ojos del mundo y de la comunidad internacional. De este modo, el juicio se convierte asimismo en una expresión más de la lucha por la autodeterminación de Catalunya y la defensa de la democracia y los derechos civiles y políticos que nos han sido gravemente arrebatados.

Por tanto, para acompañarnos a lo largo de todo el juicio oral, que ha de ser una palanca más de transformación democrática, necesitaremos también la presencia de la sociedad en una sala permanente adicional que se llama calle. Porque es también en la calle donde tenemos el reto de conseguir visualizar, desde la radicalidad democrática, y una vez más, el gran consenso de país en torno a la defensa de los derechos civiles y políticos de la ciudadanía, que quiere decir el derecho a la disidencia política, el derecho de manifestación, la libertad de expresión, el derecho de reunión y, evidentemente, el derecho de autodeterminación.

Como bien nos recordaba Juan María Bandrés, el histórico defensor de presos políticos vascos durante el franquismo: “En un proceso judicial de carácter político, cuanta más resistencia se opone, más favorable suele ser el resultado.” Y como me recordaba la abogada Magda Oranich el primer día que vino a Madrid, “los presos no podéis ser la proclamación de ninguna derrota, sino el paso útil hacia la victoria”.

Quiero aprovechar también para reivindicar desacomplejadamente el largo bagaje de la lucha antirrepresiva del antifranquismo y asimismo de los movimientos sociales y el independentismo del posfranquismo, y darles las gracias explícitamente. Porque sin todo este conocimiento es muy posible que hoy el reto que tenemos por delante fuera mucho más pesado de afrontar. Por consiguiente, sirva este humilde epílogo de reconocimiento de la tarea de los abogados y la coherencia de los presos y presas políticas que, en circunstancias mucho más adversas y con mucho menos apoyo social del que recibimos nosotros, mantuvieron bien viva la llama de la dignidad y el coraje en la defensa de las libertades y la democracia en el conjunto de los Països Catalans, como también en el resto del Estado.

Tengo muy claro que, ni ahora ni antes de que se proclamara la República –cuando mi amigo y compañero Jordi Sànchez y yo mismo ya estábamos en Soto del Real– la prioridad del movimiento soberanista no era, ni puede ser, salir de la prisión, ni tampoco que no entre ninguno más. La prioridad ha de ser la consecución de los objetivos políticos que precisamente nos han llevado hasta aquí.

Finalmente, una gran felicitación al amigo y compañero de luchas compartidas Benet Salellas por este excelente trabajo de compilación histórica, que nos interpela de manera tan descarnada como llena de ternura. Reivindiquemos a Angela Davis: “Hay que dejar de aceptar las cosas que no podemos cambiar, para cambiar las cosas que no podemos aceptar”. Que nada ni nadie nos arrebate jamás la sonrisa ni las ganas locas de vivir, que “cada segundo que vivimos es un momento nuevo y único del Universo”, como dijo Pau Casals. Y hacemos nuestro el lema de los viejos insumisos al servicio militar: “Hemos nacido para ser libres y no soldados”. ¡Siempre adelante!

Jordi Cuixart es presidente de Òmnium Cultural, encarcelado desde el 16 de octubre de 2017. Este es el epílogo que ha escrito al libro Jo acuso. La defensa en judicis polítics, de Benet Salellas (Pagès Ed., 2018)

Traducción: viento sur



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