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Antisionismo – Antisemitismo
Lo que se esconde tras una amalgama
20/12/2018 | Dominique Vidal

Mi último libro, titulado ¿Antisionismo = Antisemitismo?, se subtitula Respuesta a Emmanuel Macron 1/. No es un efecto de estilo. Decidí escribirlo el pasado 16 de julio, después de haber oído el discurso del Presidente de la República en la conmemoración del 75 aniversario de la redada del Velódromo de Invierno. No sólo había invitado –por primera vez– al Primer Ministro israelí a esta ceremonia, no sólo le había tratado de “querido Bibi”, sino que, al final de su (excelente) discurso, había soltado: No cederemos ante el antisionismo, que no es sino la forma reinventada del antisemitismo.”

Nunca un Presidente de la República, ni siquiera Nicolas Sarkozy o François Hollande, había hecho suya hasta ahora esta extraña amalgama entre antisionismo y antisemitismo. Extraña, en efecto, porque confunde en el mismo rechazo un delito –el racismo anti-judío, condenado por ley como las demás formas de racismo– y una opinión –que cuestiona la imposibilidad de la asimilación de los judíos y por tanto la necesidad de un Estado donde se reencuentren todos ellos y, más allá, la política de este Estado.

Un antisemitismo en retroceso

El antijudaismo, y más tarde el antisemitismo, atraviesan la historia de Europa –además de la del mundo árabe. Durante siglos, se han traducido en discriminaciones, expulsiones y masacres –durante las Cruzadas, y también, sobre todo en el siglo XIX, en los pogromos del Imperio zarista. Estas persecuciones alcanzaron su apogeo con el genocidio nazi, que se dirigió también a otras víctimas (gitanos, enfermos mentales, eslavos…), pero en el cual los judíos formaban el único grupo destinado a ser asesinado hasta el último: exterminó de hecho a la mitad de los judíos de Europa, un tercio de la población judía mundial.

En Francia, donde el régimen de Vichy y su policía colaboraron activamente en la deportación de 75.000 judíos (de 330.000, franceses y extranjeros, una proporción que destaca la solidaridad de la que se beneficiaron), el antisemitismo no ha dejado de retroceder tras la guerra. Según todas las encuestas, hoy día representa una ideología marginal, mientras que la islamofobia goza casi de consenso.

La mejor prueba es, primer elemento, la respuesta de nuestros compatriotas a la pregunta “¿Son los judíos “franceses como los demás”?. En 1946, sólo un tercio respondió afirmativamente. ¡Setenta años más tarde –según una encuesta de IPSOS 2/–, la proporción alcanzó el… 92 %! Añadamos que el 93 % estima que “Nada puede excusar un acto o una palabra antisemita”. Estos resultados son más significativos si se sitúan en un contexto de rechazo creciente de los musulmanes. No sólo el 36 % de los encuestados (12 más en un año) les considera “mal integrados”, sino que el 83 % les hace responsables –por estar “replegados sobre sí mismos y rechazar “abrirse a la sociedad” – frente al 17 % que señala la responsabilidad de la sociedad…

En cambio, segundo elemento, los investigadores observan la persistencia de ciertos prejuicios hacia los judíos, aunque están en retroceso: el 52 % de los franceses piensa que “los judíos están más vinculados a Israel que a Francia”, el 52 % que “los judíos tienen mucho poder”, el 51 % que “los judíos son más ricos que la media de los franceses” y el 38 % que “los judíos están demasiado presentes en los medios de comunicación”. Pero también existen prejuicios –¡y cuántos!– contra los corsos, los bretones o los auverneses: ¿se puede hablar por tanto de racismo anti-corso, anti-bretón o anti-auvernés?

Por lo demás, Francia conoció, tercer elemento, una oleada de violencias anti-judías a comienzos de los años 2000. La Comisión nacional consultiva de los Derechos del Hombre (CNCDH) publica cada año un informe titulado la Lucha contra el racismo, el antisemitismo y la xenofobia, que recoge sobre todo la evolución de los actos y amenazas racistas. Dado que esta categoría de amenaza incluye tanto un email con insultos como una carta anónima o una pintada en la vía pública, preferimos referirnos a los actos. En 2002, en relación a 2001, el número de estos últimos se multiplicó por cuatro, y, en su seno, el número de actos antisemitas por seis. Sin embargo, desde 2003, se observa un reflujo neto de las violencias antisemitas (- 36 %) y de las otras violencias racistas (- 23 %).

Este retroceso continúa –de forma irregular– a lo largo de los siguientes años en lo que se refiere a violencias antijudías. En cambio, las violencias racistas, y en particular islamófobas, se mantienen en un nivel elevado, con una verdadera explosión en 2015, en el contexto de los atentados terroristas: ese año se triplicaron. Aunque hubo un retroceso de más del 60 % en 2016. El año 2017 marcó una nueva reducción: 121 hechos antimusulmanes (- 34,5 %), 311 hechos antijudíos (- 7,2 %) y otros 518 hechos racistas (- 14,8 %). Señalemos sin embargo un avance de las violencias propiamente dichas: 72 contra musulmanes (67 en 2016) y 97 contra judíos (77 en 2016).

Una vigilancia necesaria en todo momento

Algunos intelectuales hablan, desde hace una quincena de años, de “antisemitismo musulmán”. Esta tesis fue incluso objeto de un proceso, cuando el historiador Georges Bensoussan atribuyó –falsamente– al sociólogo Smaïn Laacher, en el programa “Réplicas” de Alain Finkielkraut, la idea de que “en las familias árabes, […] el antisemitismo [se] mama con la leche materna”. Absuelto por la justicia de la acusación de “incitación al racismo”, el responsable del Memorial de la Shoah fue sin embargo advertido por el Consejo Superior Audiovisual (CSA), al considerar que “algunas palabras dichas por el señor Bensoussan […] eran susceptibles de fomentar comportamientos discriminatorios”.

Más allá de los deslices, el debate fue alimentado por un sondeo realizado en 2014 por la Fundación para la Innovación Política 3/, que suscitó vivas reacciones. La socióloga y politóloga Nonna Mayer pidió, en Le Monde, que se “hablase de antisemitismo con rigor ” 4/. A sus severas críticas de orden metodológico, la investigadora añadía “una interrogación más general sobre la pertinencia del concepto de “nuevo antisemitismo” ” definido sobre todo en relación a los “trabajos de Pierre-André Taguieff”. Este último, señalaba Nonna Mayer, “ve un antisemitismo enmascarado tras la crítica de Israel y del sionismo, en nombre del antirracismo y de los derechos del hombre, y llevada a cabo tanto por el islamismo radical como por las ideologías tercer-mundistas de extrema izquierda”.

Todos estos datos cuantitativos no pueden tapar las realidades cualitativas: lo sufrido por los afectados. Por vez primera desde 1945, en este comienzo de siglo han sido asesinados judíos como tales: las cuatro víctimas judías de Mohammed Merah, los cuatro mártires del Hyper Casher, y también Ilan Halimi, Lucie Attal-Halimi y Mireille Knoll. La complejidad de las distintas motivaciones de los asesinos –asesinatos crapulosos, incluso acto de locura– no impide que sean ante todo percibidos como antisemitas.

La lucha contra el racismo y el antisemitismo sigue siendo más necesaria que nunca. Y supone una vigilancia en todo momento. Cualquier incitación al odio racial, cualquier propaganda negacionista, debe ser combatida y sancionada. Desde ese punto de vista, la ley antirracista de 1881, la de 1972, la ley Gayssot de 1990 y el Código penal constituyen un arsenal eficaz.

Aunque hace falta que sea aplicado. Ahora bien, durante muchos años, un Dieudonné o un Soral han podido jugar impunemente con el antisemitismo y el negacionismo. Además de las provocaciones de estos hombres de izquierda pasados a la extrema derecha, hay que citar los deslices que sueltan o toleran algunos autoproclamados defensores de Palestina. Quiero decirlo claramente: considerando las acusaciones formuladas, los militantes que profesen ideas antisionistas deberán ser lo más vigilantes. Cualquier exceso les costará muy caro y, más allá de su persona, a la causa que pretenden defender.

Esto sobre el primer término de la comparación de Emmanuel Macron.

El nacimiento del sionismo… y del antisionismo

¿Y sobre el segundo? Históricamente, el auge del antisemitismo a final del siglo XIX suscitó también el nacimiento del sionismo. Confrontado a los pogromos de 1881-1882 en Rusia, testigo después en París en 1895 de la degradación del capitán Dreyfus, Theodor Herzl llegó a la conclusión de que los judíos son inasimilables, incluso en el país que primero les emancipó, y que por tanto deben disponer de un Estado propio. En 1896, publicó El Estado de los Judíos y, al año siguiente, reunió el Primer Congreso sionista mundial: “El sionismo, precisa su programa, se esfuerza por obtener para el pueblo judío en Palestina un hogar reconocido públicamente y garantizado jurídicamente.” 5/ El fundador del movimiento se desentendió de la existencia en ese país de un pueblo árabe autóctono, que representaba entonces las nueve décimas partes de su población, y a las que el sionismo privó progresivamente de todos sus derechos.

Veinte años después del Congreso de Basilea, el Reino Unido hizo suyo, con la Declaración Balfour, el proyecto de Hogar nacional judío en Palestine, sobre el que obtuvo en 1922 el mandato. Sin embargo, hasta la Segunda Guerra mundial y a pesar de Londres, los herederos de Herzl apenas encontraron eco entre los judíos: lo esencial de los movimientos políticos judíos se oponía a su ambición.

Para los comunistas judíos, la solución de la cuestión judía residía en la revolución socialista. Desde 1903, Lenin denunció el nacionalismo judío: “Absolutamente inconsistente desde el punto de vista científico, la idea de un pueblo judío especial es, por su alcance político, reaccionario.” Para el líder bolchevique, “en toda Europa, la caída del feudalismo y el desarrollo de la libertad política han ido parejos a la emancipación política de los judíos, que abandonan el yiddish para adoptar la lengua del pueblo en medio del cual viven y, de manera general, su asimilación progresa en la época”.

Por eso Lenin polemizó en esos momentos también con el Bund, la Unión General de obreros judíos de Lituania, Polonia y Rusia, que también era hostil al proyecto de Estado judío. Para este movimiento social-demócrata, la solución de la “cuestión judía” suponía la realización de una autonomía cultural de los judíos en los países donde viven. Los bundistas estimaban que la cultura debía actuar como cimiento de los judíos, más de lo que haría un Estado o un territorio. Consideraban al sionismo “como una reacción de la clase burguesa contra el antisemitismo y la anormal situación del pueblo judío. Erigiendo como objetivo la creación de un territorio para el pueblo judío, el sionismo no puede pretender resolver la cuestión judía, [...] ni satisfacer al pueblo en su conjunto”.

En cuanto a los religiosos ortodoxos, su oposición al sionismo fue radical. Imaginar un Estado judío antes de la llegada del Mesías era pura y simplemente una blasfemia. Sólo el movimiento religioso Mizrahi no veía contradicción entre su fe y la visión de Herzl. Hubo que esperar a 1949 para que una parte más sustancial de los religiosos aceptase un compromiso con el joven Estado de Israel –denominado statu quo y que define los deberes recíprocos del Estado y de la religión. Entre presiones y concesiones, el primero cedió cada vez más terreno a la segunda. Hoy día sólo una minoría de ultra-ortodoxos sigue contestando todavía la existencia del Estado de Israel.

Por su parte, Herzl y sus sucesores no dejaron de denunciar a los religiosos: la religión había hecho del pueblo judío una entidad pasiva, esperando su salvación y su emancipación de la llegada del Mesías que permitiría la vuelta del pueblo judío a su patria histórica, pero en el marco de un proyecto divino y no de un proyecto político concebido por hombres.

La conmoción del genocidio nazi

Los hechos son testarudos: la inmensa mayoría de los judíos que abandonó Europa central y oriental se dirigió a Europa occidental y sobre todo a los Estados Unidos –unos 3,5 millones entre 1881 y 1924. En cambio, a comienzos de la Segunda Guerra mundial, la Palestina administrada no contaba más que con 460 000 judíos, el 2,9 % de la población judía mundial.

Una buena parte de la inmigración procedía en esa época de Alemania. El ascenso del nazismo provocó una aceleración de la emigración judía hacia Palestina: de 1932 a 1939 llegaron 247.000, 30.000 por año, cuatro veces más que desde el final de la Primera Guerra mundial. No se trata tanto de una “decisión sionista” como de una huida ante las persecuciones, facilitada por el llamado acuerdo Haavara (traslado), concluido por la Organización sionista mundial con el gobierno nazi, el 25 de agosto de 1933: a diferencia de otros que parten sin un marco en el bolsillo, los judíos alemanes que van a Palestina pueden recuperar allí una parte de sus bienes en forma de productos exportados por el Reich. Varias decenas de miles de judíos alemanes salvaron así su vida. Este acuerdo costó en cambio la suya a su negociador sionista, Haïm Arlosoroff, asesinado en la playa de Tel Aviv el 16 de junio de 1933.

Que nadie se imagine un Hitler convertido al sionismo. Durante sus primeros años, el régimen nazi no había concebido todavía la “solución final de la cuestión judía”. Se dedicó en un primer momento a excluir a los judíos de la sociedad alemana y a forzarlos a la emigración. En un segundo momento, pensó en términos de deportación masiva: hacia Madagascar primero, después hacia Polonia y por fin hacia Siberia. El proyecto genocida propiamente dicho se radicalizó a partir de la invasión de la URSS, el 22 de junio de 1941.

El genocidio nazi trastornó todo. Seis millones de judíos fueron exterminados y centenares de miles de supervivientes no pudieron volver a sus hogares. Pero Washington les negó cualquier visado. Muchos emigraron entonces hacia Palestina, después hacia Israel, donde la guerra de 1947-1949 expulsó a 800.000 árabes. Al igual que entre guerras, los judíos que se dirigieron allí lo hicieron menos por “decisión sionista” que por obligación o cálculo, ya se tratase de las oleadas de judíos árabes o de los soviéticos.

Tanto en un caso como en el otro, la aliya resulta de las circunstancias. En cuanto a los judíos árabes, las razones de la emigración varían de un país a otro. Algunos fueron expulsados, como en Egipto. Otros fueron importados por las autoridades israelíes: de Marruecos, Yemen, Etiopía y, en su mayoría, de Irak. La mayor parte de los judíos de Argelia se reunieron en Francia, cuya ciudadanía poseían. Entre todos estos inmigrantes de los años 1940 a 1970, pocos se dirigieron a Israel por motivo ideológico. Lo mismo con los judíos soviéticos, que además en una gran proporción no lo eran: la represión de su culto judío hacía difícil la identificación de los judíos. La mayor parte de estos emigrados se aprovecharon del acuerdo firmado por Mijail Gorbachov con Itzhak Shamir para poder abandonar la URSS, sin saber que el Primer Ministro israelí había acordado que no pudiesen continuar su viaje hacia Europa o los Estados Unidos, como muchos esperaban.

Setenta años y varias oleadas migratorias después de su creación, Israel cuenta con 6,5 millones de judíos –y, teniendo en cuenta los territorios ocupados, el mismo número de palestinos. Esto es, la mayoría de los 16 millones de judíos del mundo sigue viviendo en otra parte. Además, en Occidente, su asimilación va acompañada de una mayoría de matrimonios con no judíos. Y centenares de miles de israelíes han abandonado su país, donde ya no viven –sólo en Berlin serían más de 100.000. Incluso entre los judíos de nuestro país [Francia] que estos últimos años efectuaron su alya como reacción a las violencias antisemitas, una gran parte ha vuelto a Francia.

Degradación de la imagen de Israel

¿Habrá que considerar que todos estos judíos que, generación tras generación, han resistido a los cánticos de sirena del sionismo, son antisemitas? ¿O simplemente ciudadanos que han preferido continuar su vida en su patria de larga pertenencia o de adoopción? Históricamente, la frasecita del Presidente de la República es por tanto absurda.

Pero los franceses no se equivocan por ello. Según la última encuesta del IFOP 6/, el 57 % tiene una mala imagen de Israel (68 % de los menores de 35 años), el 69 % una “mala imagen del sionismo” (74 % de los menores de 35 años) y el 71 % piensa que “Israel tiene una gran responsabilidad en la falta de negociación con los palestinos” (68 % de los menores de 35 años). Según otra encuesta del IFOP, aunque más reciente, el 67 % de los encuestados querría que el Presidente Macron cite explícitamente la perspectiva de sanciones durante su encuentro con Benyamin Netanyahu”. ¿Son por tanto antisemitas? Évidentemente no. Bajo el título “Un antisionismo que no se transforma en antisemitismo”, la citada encuesta de IPSOS muestra que los simpatizantes de Francia insumisa y del Partido Comunista son a la vez los más críticos hacia la política de Israel y los más enfáticos hacia los judíos de Francia. “A nivel individual, concluye la encuesta sobre este punto, no hay relación evidente entre el antisemitismo y el antisionismo”. Y añade que tanto uno como otro “son actitudes coherentes entre sí, pero que conciernen por lo general a individuos diferentes”. Conclusión de Brice Teinturier, al presentar la encuesta en la web Akadem 1/ : “No se puede decir, a toda prisa y un poco caricaturescamente, que uno oculte al otro.”

Más allá de su contrasentido, la frasecita del Velódromo de Invierno representa sobre todo – políticamente– un grave peligro para la libertad de pensamiento y de expresión. La maniobra de los dirigentes israelíes y de sus incondicionales franceses salta a la vista: intentan criminalizar cualquier crítica de su política porque se saben aislados. Como prueba está el reconocimiento creciente del Estado de Palestina, que ha entrado sucesivamente a la Unesco (2011), a la Asamblea General de las Naciones Unidas (2012) e incluso a la Corte Penal internacional (2015). Hace algunas semanas, la Asamblea Genaral de la ONU votó a favor de la autodeterminación del pueblo palestino por 176 votos contra 7 (Canadá, Estados Unidos, Israel, Islas Marshall, Estados federados de Micronesia, Nauru y Palaos) y 4 abstenciones (Camerún, Honduras, Togo, Tonga).

Y no parece que este aislamiento vaya a reducirse. La derecha y extrema derecha en el poder en Tel Aviv están insertos en un inquietante proceso de radicalización. Aprovechándose del apoyo de la administración Trump y de su alianza con Arabia Saudita contra Iran, quieren pasar de la colonización, que han acelerado, a la anexión. La Knesset ha votado varias leyes en esta dirección. En un plazo de tiempo, Tel Aviv enterrará la llamada solución de los dos Estados en favor de un solo Estado, en el que los palestinos anexionados con sus tierras no tendrán derecho de voto: un Estado de apartheid.

La nueva ley fundamental que está discutiendo la Knesset simboliza este giro. La de 1992 definía a Israel como un “Estado judío y democrático”: el proyecto votado en primera instancia habla de “Estado-nación del pueblo judío”. Y precisa: “El derecho a ejercer la autodeterminación nacional en el seno del Estado de Israel pertenece sólo al pueblo judío.” Además, priva al árabe de su condición de “lengua del Estado”, reservada al hebreo. En resumen, reniega explícitamente de la Declaración de independencia del 14 de mayo de 1948, que prometía que el nuevo Estado “desarrollará el país en beneficio de todos sus habitantes; se fundará en los principios de libertad, justicia y paz enseñados por los profetas de Israel; asegurará una completa igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus ciudadanos, sin distinción de creencia, de raza o de sexo; garantizará la plena libertad de conciencia, de culto, de educación y de cultura”.

Por desgracia, no se trata sólo de una huída hacia delante de unos dirigentes sin arraigo: según los sondeos, la mitad de los encuestados no considera “imprudente” continuar la colonización de Cisjordania, y un 53 % se opone a su anexión 8/. Pero sólo el 24 % estima que, en caso de anexión, los palestinos deberían gozar de derecho al voto, y un 30 % estaría por darles un estatuto de residente”. Este paso de la colonización a la anexión no contribuye a mejorar la imagen de Israel en la opinión mundial.

Por eso la extrema derecha israelí y su satélites franceses querrían prohibir cualquier contestación. Primer objetivo de la operación: la condena de la campaña Boicot-Desinversión-Sanción (BDS). Como no hay ninguna ley que lo prohiba, sus censores se apoyan en una circular ministerial, firmada por Michèle Alliot-Marie, que pocos juzgados han tenido en cuenta. Y en un auto del Tribunal Supremo, que todavía puede hacer rectificar el Tribunal europeo de Derechos Humanos. Sobre todo cuanto la Alta Representante de la Unión para asuntos exteriores y política de seguridad, Federica Mogherini, no deja de repetir : “ La Unión Europea se pronuncia firmemente por la protección de libertad de expresión y de la libertad de asociación, en coherencia con la Carta de Derechos Fundamentales, que es aplicable al territorio de los Estados miembros, incluyendo lo que se refiere a las acciones BDS llevadas a cabo en este territorio.” 9/

¿Hacia la prohibición del antisionismo?

Hay un segundo objetivo, al que pueden abrir el camino las palabras de Emmanuel Macron: la prohibición del antisionismo propiamente dicho. El pasado noviembre, Francis Kalifat, Presidente del Consejo representativo de las instituciones judías de Francia (CRIF), pedía al Primer Ministro que la “definición (de la International Holocaust Remembrance Alliance - IHRA) que considera al antisionismo como una nueva forma de antisemitismo, sea trasladada al arsenal legislativo francés”. Elaborada por la IHRA el 26 de mayo de 2016 en Budapest, presenta al antisemitismo como “una cierta percepción de los judíos, que puede expresarse como odio hacia ellos. Las manifestaciones retóricas y físicas de antisemitismo se dirigen contra individuos judíos o no judíos o/y sus bienes, instituciones y lugares de culto judíos”.

A este texto se añade una especie de modo de empleo, que dice en particular: “Estas manifestaciones pueden incluir el hecho de atacar al Estado de Israel, concebido como colectividad judía.” Pero el anexo añade: “Sin embargo, la crítica de Israel similar a la emitida contra cualquier otro país, no puede ser considerada como antisemita.”

Esta noción de similaridad plantea un problema evidente: ¿cómo tratar por igual a Estados que no violan el derecho internacional ni los derechos humanos, a y aquellos otros que, como Israel, los violan abiertamente? La ocupación y la colonización de los territorios palestinos desde hace medio siglo son una burla de las Convenciones de Ginebra y de las resoluciones de la ONU… Y el Parlamento Europeo adoptó dicha resolución el 1 de junio de 2017.

Si la propuesta de ley para prohibir el antisionismo no constituyera una maniobra tan grave, casi podríamos reirnos. ¿Se imaginan a los comunistas pidiendo la prohibición del anticomunismo, a los gaullistas la del antigaullismo, a los neoliberales la del altermundialismo? La pretensión de los ultra-sionistas demuestra un pensamiento que bien podría calificarse de totalitario.

Si este proyecto tomase forma, seguramente el Consejo constitucional lo bloquearía en el camino. En caso contrario, sería la primera vez desde la guerra de Argelia que Francia reinstaurase el delito de opinión. Por desgracia soy lo bastante mayor para acordarme de las páginas de periódicos salpicados de blancos, impuestos por la censura.

Pero el artículo 10 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 afirma: “Nadie debe ser molestado por sus opiniones, ni siquiera religiosas, siempre que su manifestación no altere el orden público establecido por la Ley” En cuanto a la Constitución de la Vª República, su primer artículo asegura que Francia “respeta todas las creencias”. Y, por su parte, la Convención Europea de Derechos Humanos estipula en su artículo 9: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicción, así como la libertad de manifestar su religión o su convicción individual o colectivamente, en público o en privado.”

Este debate, como se puede ver, va más allá de las cuestiones relacionadas con el conflicto israelí-palestino. Podría incluso amenazar nuestras libertades. Sin duda por esta razón el Ejecutivo parece retroceder. En la cena del CRIF, el 7 de marzo, Emmanuel Macron no repitió su amalgama entre antisionismo y antisemitismo. También su Primer Ministro, Édouard Philippe, que lo había hecho suya en octubre de 2017, la abandonó, el 19 de marzo de 2018, al presentar el plan anual del gobierno contra el racismo y el antisemitismo.

¿Habrá que concluir que la lucha paga? Para afirmarlo y suprimir la señal de interrogación, habrá que continuar esta batalla con determinación y sangre fría.

https://npa2009.org/idees/antiracisme/antisionisme-antisemitisme-enjeux-dun-amalgame

NOTAS

1/ Éditions Libertalia, 128 páginas, 8 euros.

2/ Encuesta en línea en octubre de 2017 : www.ipsos.com/fr-fr/la-relation-lautre-e...

3/ www.fondapol.org/wp-content/uploads/2014...

4/ El 6 de diciembre de 2014.

5/ http://akadem.org/medias/documents/Congr...

6/ Encuesta realizada en mayo de 2018 : www.ifop.com/wp-content/uploads/2018/05/...

7/ www.akadem.org/conferencier/Teinturier-B...

8/ Sondeo del Instituto de la democracia israelí (IDI), 8 de febrero de 2017.

9/ Middleeasteye.net, 18 de abril de 2017.





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