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Francia
El crepúsculo del macronismo
15/12/2018 | Laurent Mauduit

La mezcla de liberalismo en economía y de autoritarismo en política que aseguró la victoria del macronismo le conduce hoy hacia su fracaso. Cualquiera que sea el desenlace de la crisis actual, Emmanuel Macron no podrá acabar su mandato como lo comenzó, con un atracón de reformas a toda velocidad y pisoteando la democracia social. Sin duda, Emmanuel Macron conocería bien el refrán popular que dice que, a menudo, en el pecado se lleva la penitencia. Porque si es necesario resumir la historia de su extraordinaria y reciente ascensión en la arena política y la brutal crisis del régimen que atraviesa y que marcará, irremediablemente, su quinquenio, estamos obligados a hacer la siguiente constatación: los resortes de su victoria totalmente inesperada en las últimas elecciones presidenciales son también los que permiten entender, solo dieciocho meses después, su sonoro fracaso ahora. Sonoro fracaso que simboliza la moratoria sobre el incremento del impuesto sobre los carburantes o las tarifas de la electricidad y del gas, de las que Macron no quería oír hablar hasta estos últimos días y que ahora se ha sido obligado a aceptar. Casi hace pensar que en política existen leyes físicas a las que es imposible escapar.

Recordemos, precisamente, la buena imagen de Macron ante el mundo de los negocios que le permitió convertirse en su campeón. Esos sectores económicos se convencieron progresivamente que Macron sería liberal en economía, como antes de él lo habían sido Nicolas Sarkozy y François Hollande; pero que, a diferencia de sus dos predecesores y más aún de Jacques Chirac, no iría poco a poco. Si Macron se convirtió bastante pronto en el candidato de la oligarquía como lo dijimos desde julio de 2016, casi un año antes de las elecciones presidenciales, es porque el mundo de los negocios así como el de la alta función pública de Bercy [ministerio de economía y finanzas] se posicionó a su favor, comprendiendo rápidamente que Emmanuel Macron avanzaría a marchas forzadas, que haría el máximo de reformas ultrasensibles en el mínimo de tiempo. Que no tendría la prudencia que habían tenido sus predecesores en determinidas circunstancias. Esto fue la extraña alquimia de la victoria del macronismo: la promesa de políticas ultraliberales llevadas a cabo en el marco de un régimen autoritario, no perdiendo el mínimo tiempo en respetar la reputada democracia social en crisis.

Sin duda, esta alquimia sorprendió a los apoyos más ingenuos de Emmanuel Macron. Algunos pudieron pensar que el liberal Emmanuel Macron, joven y dinámico patrón de una start-up nación, evidentemente, lo sería en economía pero no tanto en política. Pudieron pensar que tendría la voluntad de cambiar o al menos de modernizar la V República para salir de relaciones políticas verticales e inventar relaciones más horizontales -en una palabra, más colectivas. Pudieron esperar que saldría del ejercicio solitario del poder para poner más de lo colectivo en la vida pública. Pudieron creer que iba a cambiar radicalmente los sindicatos, respetándolos y buscando refundar la democracia social. Pudieron imaginar que tendría consideración con los contrapoderes empezando por el Parlamento y con las autoridades independientes. En resumen, algunos partidarios de Emmanuel Macron pudieron creerle de buena fe, que podría romper con el presidencialismo y, en una concepción liberal en el sentido anglosajón, refundar el ejercicio del poder en Francia, de forma que se pareciera más a una verdadera democracia. Más aún, dado que Emmanuel Macron fue elegido presidente de la república por defecto. En la primera vuelta del escrutinio, el 23 de abril de 2017, llegó a la cabeza con un 24,01% de los sufragios, pero con una fuerte abstención, por lo que solo recogía un 18,19% de inscritos. En la segunda vuelta, se benefició no de un voto de adhesión, sino un voto de rechazo a su rival de extrema derecha, Marine Le Pen.

En 2002, en circunstancias equivalentes, Jacques Chirac [que se enfrentó en segunda vuelta a Jean-Marie Le Pen, FN] encontró la fórmula que convenía -incluso si no había hecho nada- “¡Este voto me obliga!”, declaró al país. De Emmanuel Macron sus partidarios esperaba palabras valientes semejantes. Y de la palabra a los hechos, pudieron creer que, de entrada, buscaba revitalizar una democracia sin aliento y a unir un país dividido.

Sin embargo, nada más ser elegido, el Jefe del Estado hizo justamente lo contrario: incluso si solo había obtenido el apoyo de una minoría de la población, no pensó en ningún momento en unir el país ni en hablar con esa parte de la ciudadanía que le había votado únicamente para apartar el peligro de la extrema derecha. Usando los poderes desorbitados que le ofrecen las instituciones -sin equivalente en ninguna de las grandes democracias del mundo-, se transmutó sobre el terreno en una especie de Emmanuel, el Pequeño autoritario... Su comportamiento no deja nada al azar: solo pone en práctica la concepción de los poderes de la oligarquía francesa, que nunca ha sido liberal en el sentido político del término. Por el contrario, siempre está cómoda con las instituciones neomonárquicas de la V República queriendo reformar Francia a golpe de corneta, lo que sería difícil en un régimen democrático; es decir, un régimen preocupado por la opinión de la ciudadanía o de las deliberaciones de las personas elegidas por la nación.

Es verdad que en un momento durante la campaña presidencial, el candidato de La République en marche, sugirió que sostendría los dos extremos de la cuerda. Es su famoso “al mismo tiempo”. Pero rápidamente, el “al mismo tiempo” fue olvidado y la política puesta en práctica fue 100% neoliberal sin un atisbo de social-liberal y menos aún, social. En resumen, el macronismo apareció pronto como un verdadero híbrido del bonapartismo: el autoritarismo de un régimen casi monárquico, pero sin ninguna connotación social. ¿Cómo podría ser de otra manera? Por definición, el social-liberalismo se basa en un trueque: las personas asalariadas aceptan mucha más flexibilidad en contrapartida de nuevas seguridades. Así que exige un pacto social entre dos partes a quienes se les reconoce poder de negociación. Sin embargo, con Emmanuel Macron nada es así: solo se puede imaginar la concertación en casos extremos -y aún... lo menos frecuentemente posible -, pero sobre todo, nada de diálogo social. A partir de ahí, el mandato de Emmanuel Macron solo promete un baile loco de medidas antisociales -desmantelamiento de la normativa de partes enteras del código laboral y normativa del despido, rechazo de cualquier atisbo de mejora del salario mínimo, congelación de las remuneraciones públicas, refuerzo del control de las personas paradas, reforma de la jubilación con la introducción de un sistema de puntos, reducción de personal funcionario público, subida de las cotizaciones para las personas jubiladas incluyendo a las más modestas...

Este régimen es el más regresivo que se ha conocido desde la implantación de la V República y el más desinhibido: lleva su política a la deconstrucción del modelo social francés de la forma más violenta. Casi con ostentación. Esta característica remite a un rasgo que es, sin duda, el de Emmanuel Macron, pero que ha contaminado más ampliamente a la alta función pública del Ministerio de Economía: la adoración, casi fetichista, a las cifras -3% de déficit público, 60% de endeudamiento público... - que después de todo, solo son convenciones; y el detestar la cuestión social, cuando no es el desprecio de clase... De este rasgo una pizca despreciativo se pueden encontrar muchos indicadores: de entrada, las salidas de tono de Emmanuel Macron –desde meteduras de pata al desprecio asumido– que hacen comprender lo que piensa de los más humildes: de esos obreros de Gad que son “como mucho, analfabetos”; de esos obreros de Lunel, en Hérault, que no han entendido que “la mejor manera de pagarse un traje es trabajar”, de esas “gentes que no son nada”, que nos las cruzamos en las estaciones, al lado de “gente que triunfa”: de esos “holgazanes” ante los que no quiere ceder nada, igual que a los “cínicos” o a los “extremistas”; o incluso, a quienes prefieren “ir a joder al burdel” antes que “ir a mirar a ver si tienen un puesto de trabajo”. Tantas fórmulas que de una esquina a otra del país, en todas las rotondas ocupadas por los “chalecos amarillos” no han sido olvidadas...

El desdén o la arrogancia de Emmanuel Macron

Hay que conocer bien el estado de espíritu de la alta función pública de Bercy para comprender las profundas razones del comportamiento autoritario, casi monárquico, de Emmanuel Macron. Porque a lo largo de los años, no ha cesado de aumentar un sentimiento de exasperación en esta casta de la que Emmanuel Macron se ha convertido en el campeón. Porque si tanto la derecha como la izquierda socialista han desarrollado desde hace veinte años una política cada vez más claramente liberal, lo han hecho a su ritmo, no siempre acelerado; porque a los ojos de esta oligarquía, era necesario aumentar el ritmo, acelerar las reformas llamadas estructurales. Decir que la casta desconfía de la democracia o se separa de ella, quizás sea excesivo. Pero para muchos altos funcionarios, sin duda, desgraciadamente, es una pérdida de tiempo. Una pérdida de tiempo porque los políticos hacen promesas en cada periodo electoral; porque los socios de la parte social quieren ser consultados y retrasan mucho la puesta en práctica de estas reformas. La exasperación es más fuerte desde que se ha expandido el desprecio oligárquico: sin expresarlo de forma tan brutal, muchos de los miembros de la casta tienen la convicción de saber qué es bueno para el pueblo, incluso si el pueblo no lo sabe. En esta nueva generación de altos funcionarios, que además forma la guardia más cercana de Emanuel Macron, hay una especie de desprecio al pueblo humilde que no comprende que el tren de vida de Francia es demasiado elevado, que el gasto público, y sobre todo el gasto social, deben ser contenidos sin excusa...

Quien se haya acercado a estos altos funcionarios de Bercy sabe de qué hablo. En el caso de las reforma de las jubilaciones, el discurso dominante hace un bucle: ¿por qué las políticas avanzan tan lentamente? Por qué si desde comienzos de la década de 1990, especialmente, después del célebre Libro blanco de Michel Rocard, estaba hecho el diagnóstico, ¿por qué los gobiernos solo han dado retoques sucesivos, el primero realizado por Édouard Balladur, el siguiente por Alain Juppé y otro por Pierre Raffarin? ¿Por qué habría que realizar otra negociación si se sabe exactamente qué hay que hacer?

Bercy, al mismo tiempo que los mercados financieros, privilegia el corto plazo. Por encima de todo, detesta el debate público. Puesto que solo hay una única política posible, no hay lugar para la contradicción o la interpelación. Y menos para la negociación. Por no hablar de paridad. Decir que en las altas esferas existe una forma de exasperación radical y un desprecio en relación a los políticos es decir poco.

En esto, el quinquenio que empezó en la primavera de 2017 tiene aires de revancha. De un solo golpe, el clan de altos funcionarios que apoyan a Emmanuel Macron ve extasiado cómo uno de los suyos accede a la función suprema y con capacidad para aplicar lo que preconizan desde hace años. Emmanuel Macron se hace popular en estos medios oligárquicos. Expresó su convicción de que había que llevar más lejos la política de ruptura. Continuar la política neoliberal de los gobiernos anteriores pero a a toda marcha. Sin preguntarse si el país va a seguirlo o a rebelarse. En resumen, recuperar el tiempo perdido. Al mismo tiempo, proseguir todas las reformas liberales demasiado tiempo postergadas.

Por esta razón, Emmanuel Macron y la casta de la que es abanderado no son partidarios del liberalismo político. Para estos círculos dirigentes, las instituciones del golpe de estado permanente son los más adecuados para dirigir las reformas: reforma del derecho laboral al mismo tiempo que reforma de la formación profesional, puesta en cuestión de las obligaciones del servicio público de la SNCF (Ferrocarriles franceses. NdT) y nueva reforma de las pensiones.

Es lo más espectacular de la manera de actuar de Emmanuel Macron: no hay tiempo para verdaderos acuerdos -o justo un simulacro, como para las normativas -, no hay tiempo para que el Parlamento delibere soberanamente. El colmo de esta paradoja que es la marca del mandato de Macron: al atracón liberal responde la anorexia democrática. Desde este punto de vista, el recurso al procedimiento más antidemocrático de las disposiciones para desmantelar una buena parte del código laboral habrá constituido el punto culminante en la despendolada marcha emprendida por este nuevo poder. Todavía hay que añadir que la expresión anorexia democrática solo da una pálida idea de autoritarismo de Emmanuel Macron que le lleva al constante recurso a la violencia policial desde el comienzo de su quinquenio. Un día, son los migrantes quienes son víctimas de esta violencia, al día siguiente, los estudiantes, al otro, los zadistas (militantes que defienden las zonas protegidas ZAD. NdT). Ahora, el objetigvo son los chalecos amarillos.

¿Cómo ha reaccionado el país? Con la distancia, se ve mejor qué ha pasado en el fondo de la opinión pública. Sin duda, durante todo este tiempo, durante más de un año, ha habido como un efecto sedante. Asombrado por la irrupción de este nuevo poder, aturdido por la cascada de reformas iniciadas sin demora, el país apenas dijo nada. Durante la movilización social contra la ley del trabajo, la división sindical –y especialmente, la espectacular división orquestada por la dirección de Fuerza Obrera– también contribuyó a que no se desencadenara la cólera social. Después vino el extraño e interminable conflicto en SNCF, en el que una parte de la población estaba de corazón con los ferroviarios pero comprendió que la huelga intermitente corría el riesgo de no desembocar en nada importante. Finalmente, se ha dado como un fenómeno de acumulación. Reforma tras reforma, la cólera social fue tomando forma, se sedimentó. Después de la cólera de los ferroviarios, ocurrió, de forma mucho más difusa pero muy fuerte, la de las personas jubiladas a las que el gobierno quiere quitar el equivalente a un cuarto o un medio mes bajo la forma de un aumento de las CGS y de la brutal desindexación de las pensiones. Y también, entre las innumerables reformas, está el incremento de los impuestos a los carburantes. Y, vete a saber por qué, esto es lo que ha sido la chispa -“es el contingente que realiza lo necesario” habría dicho la fraseología marxista de otro tiempo.

Por eso, el conflicto de los chalecos amarillos, es sin duda, como un punto sin retorno en la breve historia del macronismo. De golpe, toda la política antisocial de este gobierno ha sido puesta en la picota cuando el país parecía amorfo y anestesiado; es el desdén o la arrogancia de Emmanuel Macron lo que se ha destacado en todas las manifestaciones acompañando al jefe del Estado allí donde estuviera a gritos de “¡Macron dimisión!": incluso el alumnado de los institutos empezó a corear el eslogan... es decir, la impopularidad del Jefe de Estado se ha instalado en todo el país.

El atracón de las reformas junto a la anorexia democrática ha acabado por volverse contra su promotor: lo que era el éxito de Emmanuel Macron está en camino de convertirse en el fracaso de su mandato, aunque está lejos de haber terminado. Porque cualquiera que sea la salida, imaginando incluso que el Jefe de Estado pueda evitar una solución de la crisis política que no se transforme en crisis del régimen; suponiendo que llegue a retomar la iniciativa, ¿podrá el gobierno seguir de la misma forma? ¿Nos imaginamos que el poder va a estar en condiciones de romper la paridad del régimen de seguro de de ssempleo poner a dieta a los futuros parados? Y además, después de que promueva la reforma de las pensiones, ¿quién pondrá en cuestión los derechos de las futuras personas jubiladas mediante de un replanteamiento de la edad de jubilación o de una reducción de las pensiones? Mas aún, ¿quién concederá Aeropuertos de París o La Française des Jeux [Monopolio estatal de la Loterias y apuestas deportivas] a algunos de sus amigos en los círculos adinerados? Y luego, ¿quién pondrá en práctica todas esas medidas previstas que harán caer el poder de compra de una gran mayoría de la población francesa en los próximos meses? Cuesta creer que el loco baile de las reformas siga adelante y, sobre todo, que la vida política francesa vuelva a retomar un curso más tranquilo en el futuro próximo. Sin la menor duda, la moratoria de seis meses para la subida de los carburantes, así como para la de la electricidad y el gas, se va a interpretar por el país como lo que es: la prueba de la extrema debilidad de un régimen, con su presidente a la cabeza, que ha perdido su autoridad e, incluso, su legitimidad. Por añadidura, en el caso de la subida de los impuestos a los carburantes, solo se trata de una moratoria de seis meses y no de una anulación, lo que tiene pocas posibilidades de calmar la cólera social.

Como no hay nada a favor del SMIC, nada a favor de las pensiones, tampoco nada sobre un nuevo impuesto a las grandes fortunas; como, a fin de cuentas, las concesiones son mínimas y aleatorias, el movimiento social parece que va a continuar. Lo que corre el riesgo de llevar, pronto o tarde, a Emmanuel Macron a tener que hacer nuevas concesiones. Después de las reformas a marchas forzadas, llega el piadoso tiempo de los rectificaciones repetidas.

Bajo la estrecha máscara de un presidente que en su desmesurado orgullo se creía endiosado, ¿pronto deberemos descubrir los rasgos de un presidente impotente teniendo que “contentarse con inaugurar los crisantemos” (ser un presidente florero. ndt), según la famosa frase del general De Gaulle? Es demasiado pronto para saber cómo se vengará la historia. En todo caso, este es uno de los pulsos del Jefe del Estado: ¡sin duda, Emmanuel Macron ha enterrado el macronismo!

05/12/ 2018

https://www.mediapart.fr/journal/france/051218/le-crepuscule-du-macronisme

Traducción: viento sur







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