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Andalucía tras las elecciones
El nuevo escenario andaluz y las posibles bifurcaciones
03/12/2018 | Ernesto M. Díaz

En las elecciones generales alemanas de 1932 (un año antes de la victoria de Hitler) el KPD (Partido Comunista de Alemania) hacía un balance ultraoptimista de los resultados: habían obtenido más de cinco millones de votos en toda Alemania. No eran unos resultados malos, pero su subida electoral no hacía sombra a los trece millones que consiguió el partido nazi en las mismas elecciones. Por lo tanto, el optimismo que afirmaba que la victoria de los comunistas estaba cerca no estaba justificado, puesto que el panorama general era tremendamente negativo.

Afortunadamente, la militancia de Adelante Andalucía es más sensata que la del KPD de los años 30. Ayer, la mayor parte de la militancia sentía desasosiego enorme frente a los resultados. Eso pone de relieve que nadie hace un balance positivo de las elecciones simplemente por el hecho de haber perdido pocos votos. En el corto plazo, lo importante es tener claro que hay que acompañar serenamente las movilizaciones que surjan, intentando acompañar la respuesta de primera hora que sale de las tripas, sin olvidarnos de que toca leer y escribir para reorientar el conjunto de nuestras tareas.

¿Qué ha pasado?

El PSOE se ha quebrado. El susanismo está cada vez más desacreditado para sectores crecientes de la sociedad andaluza. Atosigado por [la corrupción en torno a] los ERE, huelgas y manifestaciones intermitentes contra los recortes durante mucho tiempo, el PSOE andaluz no parecía creíble ante sectores importantes.

Ese descrédito es patente en muchos ámbitos y territorios. Paradigmáticas han sido las promesas electorales en relación a la sanidad. Susana Díaz prometió la construcción de 15 hospitales y 24 centros de salud en medio de la campaña. Los y las votantes socialistas, que llevan mucho tiempo esperando una mejora de los servicios públicos y de la vida de las clases populares andaluzas, pensaron inmediatamente: ¿por qué se anuncia esto en elecciones cuando llevamos años padeciendo recortes? El oportunismo electoral se ha pagado. Este sentimiento de hartazgo del gobierno andaluz del PSOE llevaba tiempo acumulándose, pero no se ha expresado hasta estas elecciones. El PSOE no ha estado a la altura de sus siglas y eso ha sido, después de muchos años, fuertemente castigado en Andalucía.

¿Qué ha hecho que este descontento se exprese ahora y no antes? Una posible respuesta está en la consolidación de Cs como fuerza que ha construido, hasta ayer, una imagen de moderación, pactando y acordando con el PSOE los elementos centrales de la política autonómica. PSOE y C’s han sido durante mucho tiempo sinónimos. Esto ha hecho que los votantes del PSOE hayan encontrado una salida a su descontento que no fuera la vergonzosa traición que supondría pasarse a la derecha que representa el PP. Sin existir un ciclo de movilizaciones que repolitice a la sociedad y radicalice al votante socialista, estos votantes socialistas pasados a C’s tampoco han valorado una salida hacia su izquierda, Adelante Andalucía, salida que consideran en el corto plazo una aventura irresponsable.

Aquí encontramos dos elementos importantes. El primero es que hay un trasvase de votos del PSOE a Cs, favorecido por las políticas de austeridad del primero, sin tener claro que C’s viene a incrementar las políticas neoliberales. El segundo elemento es que una parte del nuevo voto de C’s procede del PSOE y que ese sector no vería con buenos ojos ni el pacto con el PP ni mucho menos con Vox. Por lo tanto, C’s va a tener presiones materiales para ese acuerdo, aunque sus objetivos políticos sean claramente neoliberales. El primero de estos elementos (las políticas neoliberales como explicación a la catástrofe del PSOE) va a determinar nuestras tareas a la hora de delimitar un nuevo espacio antifascista.

Por su parte, Adelante Andalucía era y es un proceso necesario, aunque los resultados no han sido los esperados. Ha tenido límites por el rechazo irresponsable de Equo, con una cifra nada despreciable de 15.000 votos, y Pacma [Partido animalista contra el maltrato animal], con unos resultados de casi 70.000 votos, de ampliar más la unidad popular. El Pacma ni quiso sentarse a negociar. Los desacuerdos con ambos en ningún caso eran programáticos, puesto que los y las militantes y la candidatura de Adelante Andalucía son claramente ecosocialistas y animalistas. Lejos quedamos del neoproductivismo irresponsable de un PSOE que en la costa apoya la construcción sin crítica ni alternativa a las corbetas de Arabia Saudí o que apoya la caza en la sierra andaluza. Ambos deberían repensar su orientación vista la situación poselectoral.

Por otro lado, quien quiera encontrar la bajada de votos de Adelante Andalucía en el proceso de campaña se equivoca. Habrá quien diga que no hemos hecho suficiente campaña, o que la confluencia era falsa, etc. Pero no es cierto. La campaña ha sido muy buena, el programa estaba al nivel de las expectativas, la confluencia ha sido real y los y las candidatas eran las mejores posibles.

Con todo, hay que hacer autocrítica puesto que hay un elemento de errores propios que deben ser analizados. Las decisiones que el sector dirigente de Podemos en el ámbito estatal lleva aplicando como un rodillo desde hace muchos meses, han limitado las aspiraciones transformadoras y participativas. Desde la limitación en las primarias a la moderación del programa, pasando por la reducción tremenda de la vida cotidiana del partido, hemos asistido a una autolimitación del horizonte transformador que ilusionó a tanta gente los meses antes y después de las elecciones europeas. Hay un proceso de burocratización y de priorización de la vida institucional generadas por el pablismo que se encuentra muy estabilizado. Estos elementos han desmovilizado parcialmente al electorado de izquierdas que decidió quedarse en casa. Aunque dichos elementos son evidentemente más patentes en su dirección estatal y otras regiones que en Andalucía, Podemos Andalucía no iba a quedar fuera de esa cierta desilusión. Los y las votantes no han marcado una línea divisoria mental entre Podemos Andalucía y el resto, por mucho que dichas diferencias sean claramente reales.

Por último, lo que ha afectado más estructuralmente a la candidatura de Adelante Andalucía no ha sido la aritmética electoral o los fallos propios. La unidad con Equo o Pacma solo podría haber amortiguado en mejores condiciones el retroceso (hay cálculos que suman un diputado para Adelante Andalucía), pero no hubiera cambiado la tendencia a la baja en general. Los elementos que han influido más en los malos resultados son los que caracterizan la etapa del largo ciclo que vivimos: proceso de desmovilización social y política, desorganización sindical de clase, los rechazos partidarios del feminismo en auge, el tremendo vacío político de la ecología social… En definitiva, la discordancia de tiempos que sigue existiendo entre la necesidad de una nueva militancia que organice el factor subjetivo y la crisis de militancia realmente existente, crisis que no permite redefinir los lazos organizativos entre quienes quieren cambiar el mundo pero no se convencen a practicarlo. Esta es la tarea más urgente.

Frente a los acuerdos institucionales con otras fuerzas, este último factor no puede resolverse con atajos de ningún tipo. Solo el trabajo paciente de implantación social y popular se traducirá en cambios estructurales en las relaciones entre las clases en el largo plazo. Aquí es donde debemos poner más fuerza y recursos, en la reconstrucción de la clase, de su consciencia, de sus organizaciones, de su programa. Las mediaciones partidarias o sociales o las confluencias son útiles solo en tanto que nos ayuden a avanzar esta ingente tarea.

La amenaza parda aterriza

El elemento más desconcertante es, sin duda ni paños calientes, la irrupción de Vox como una organización neofascista con una base electoral de masas. Autorreconocida públicamente como extrema derecha, la formación verde obtuvo casi 400.000 votos y las elecciones andaluzas serán la antesala de un crecimiento estatal de la formación.

La oleada de reacción mundial que tiene en Trump, Bolsonaro o Salvini algunas de sus peores expresiones, tenía que llegar antes o después al Estado Español. No vivimos al margen de las dificultades mundiales para constituir un polo radical. Compartimos con muchísimos países, como ya hemos dicho arriba, dificultades en la recomposición política y social de la clase.

Por otro lado, seguimos en una etapa económica caracterizada por la crisis capitalista permanente. En esta situación, al no encontrar una salida beneficiosa para la mayoría de las clases populares, se ha universalizado la lucha y la competencia por la supervivencia entre los y las de abajo. Trabajadores y trabajadoras precarias de una misma clase se pelean por las migajas que quedan en vez de luchar contra el capital. La prioridad nacional o los de aquí primero concretan esa situación en este Estado. Teresa lo expresó la noche electoral hablando de la generalización de la “lucha del último contra el penúltimo”. Esta lógica se ha afirmado siempre a nivel histórico: la falta de salidas colectivas promueven la lucha individual por la supervivencia.

Aquí, la irrupción de la ola reaccionaria se retrasó por la intensidad del ciclo de movilizaciones abierto con el 15M y continuado después por las Mareas y Podemos. La cierta desilusión del electorado por Podemos limitó el campo de actuación propio.

Junto a los errores del campo propio, hemos asistido durante muchos meses a una fortaleza del discurso y de las campañas de derecha, en un proceso de creciente disputa por capitalizar el voto de la derecha radical, que han abonado un campo fértil para los discursos racistas, machistas y homófobos que representa Vox. Las campañas contra las olas migratorias del PP y C’s o el discurso duro contra el independentismo son paradigmáticos. El mejor ejemplo es la subida de Vox en ciudades como El Ejido (de 58 votos a más de 7.000) o Algeciras (de 185 a 8.500). Ambas con importantes tasas de población migrante han reflejado las tendencias más inesperadas de la subida. Preparado este terreno, solo faltaba una fuerza sin complejos y abiertamente extremista como Vox para canalizar ese descontento y trasvasar una parte importante del voto desde el PP y otras fuerzas de derecha que eran abstencionistas. Evidentemente, los casos de corrupción han dificultado los intentos de Casado de reconducir esa pérdida de votos mediante la radicalización del discurso y del programa del PP.

Analicemos ahora específicamente a Vox ¿Qué son y que quieren? Sus principales elementos programáticos han situado como diana al feminismo, la unidad de España y el fin de las autonomías como proyecto territorial, la vuelta a las tradiciones familiares más nocivas contra los derechos feministas y LGTB conquistados, las deportaciones en masa de inmigrantes, la violación de derechos democráticos como fusión por la fuerza de ayuntamientos o cierre de televisiones públicas autonómicas… Un elenco de reclamaciones que, combinadas, suponen una clara pérdida de derechos sociales y democráticos.

Hay otros elementos que también expresan a las claras el perfil de clase de dicha agrupación. Por ejemplo, convertir todo el suelo andaluz en suelo urbanizable es claramente un sueño de los sectores de la burguesía que habían construido sus fortunas fomentando la burbuja inmobiliaria. La idea de crear un solo tipo de IRPF situado en el 20% para quienes ganen hasta 60.000 euros y solo una aplicación de un 30% para quienes excedan esta cifra supone una clara reducción de impuestos directos a las rentas más altas. También podemos nombrar la eliminación de trámites e impuestos para la constitución de empresas. O la reducción del famoso impuesto de sociedades del 25 al 20%. Visto con rigurosidad, todo el programa de Vox está dirigido a ampliar los márgenes de beneficios del capital reduciendo indirectamente los ingresos procedentes del trabajo. El perfil de clase está claro.

Hay, quizá, una pregunta más difícil ¿Quién es el votante de Vox? Todos los análisis materialistas sobre el fascismo de los años 20 y 30 señalaban a la pequeña burguesía como la clase fundamental sobre la que cabalgaba la subida del fascismo italiano y del nazismo alemán. El dinamismo de la pequeña burguesía de entonces entroncaba con los intereses objetivos del gran capital y arrastraba consigo a importantes sectores de la clase obrera. Este fenómeno se afirmaba en un contexto donde la clase obrera se identificaba mayoritariamente con la socialdemocracia y el comunismo. Importantes sectores de la clase trabajadora militaban en uno u otro partido, así como en los sindicatos. Por lo tanto, la identificación de qué clases apoyaban a socialistas y comunistas y qué clases apoyaban a los nazis era posible al existir una cierta correlación entre clases y partidos.

El principal problema a la hora de analizar el votante de Vox hoy es la pérdida de esa correlación entre las clases y los partidos. Hace falta trabajar con datos objetivos más allá de impresiones, pero la sensación es que no hay un acaparamiento del voto a Vox por parte de la pequeña burguesía, sino que hoy el voto a Vox tiene procedencias sociales muy variadas: desde la pequeña burguesía hasta sectores capitalistas y sectores populares.

En definitiva. “winter is coming” [llega el invierno] y amenaza con convertirse en la primavera del fascismo. Hay que estar atentos y ver cuál es la dimensión del crecimiento hacia el resto de la península en el corto plazo.

Tareas generales de los antifascistas

Un nuevo antifascismo debe ser sintetizado por los y las anticapitalistas a lo largo y ancho del Estado. Hay algunos elementos que deberíamos poner encima de la mesa para su discusión.

El primer elemento debe ser permanente y consiste en una clarificación constante de cuál es el programa de clase de Vox (favorecer los beneficios del capital, reducir los servicios públicos y los ingresos indirectos de las rentas del trabajo), cuáles son sus objetivos frente a todos los colectivos que sufren opresiones específicas (mujeres, lgtbs, inmigrantes…) y cuáles los peligros en recortes de libertades democráticas. Este trabajo debe ser algo público y permanente, un elemento que debe componer el ADN de todos y todas las antifascistas en la siguiente fase. Evitar ponerlos en el centro de la diana para no regalarles espacio mediático es inútil, pues ya están en el centro.

El segundo es que tenemos una necesidad urgente de construir un tejido antifascista movilizado. Es posible que en el medio plazo haya una reactivación de la militancia de izquierdas alertada por el crecimiento del fascismo. Deberíamos explorar las posibilidades de generar ese tejido antifascista como respuesta defensiva a sabiendas de que las primeras reacciones pueden tardar en llegar. De un día para otro no nace un tejido antifascista, y mucho menos uno con implantación de masas. Solo un trabajo de ensayo-error nos puede dar las claves. Tenemos necesidad, por otra parte, de explicar esto en las movilizaciones de primera hora que previsiblemente serán pequeñas. Hay que trabajar en la perspectiva de un trabajo antifascista en el medio plazo. Además de esto, los procesos de movilización no pueden basarse solo en intentar marginar a Vox, sino que debe entroncar con una alternativa programática que ponga encima de la mesa reivindicaciones de urgencia social.

El tercero es el carácter de dicho trabajo antifascista. Hay un doble carácter que debe definir este trabajo. Primero, huir de las claves ideológicas del antifascismo sectario, de estética punk que solo busca la confrontación física e inmediata con el fascismo y que ha tenido cierta hegemonía durante años. Ese sector no estará nunca en disposición de generar un movimiento de masas puesto que su principal característica corta las posibilidades de transitar niveles de consciencia por medio de la experiencia. El segundo es un trabajo antifascista transversal, que es capaz de entender los problemas sectoriales que entraña el peligro fascista para cada colectivo (para feministas, lgtbs o migrantes) y busca generar un movimiento antifascista sobre la base de intersecciones entre todos esos colectivos sociales.

El cuarto elemento importante es la delimitación política de ese futuro movimiento antifascista. En este sentido, debemos huir de los peligros terceristas y frentepopulistas que han caracterizado históricamente la lucha contra el fascismo. Los errores del tercer periodo hoy llevarán a una parte de la izquierda a considerar al PSOE como el enemigo central, por haber realizado las políticas neoliberales que nos han conducido a esta situación. Está claro que una culpa del nacimiento de Vox la tiene la traición de las expectativas políticas generadas históricamente por el PSOE, pero es completamente falso que el enemigo central sea el PSOE. Esto es una falacia incluso a nivel de aritmética electoral.

Por otro lado, los nervios de sectores importantes frente al auge de Vox pueden traducirse en una llamada a la unidad sin criterio, a querer apuntalar al PSOE y construir con ellos una unidad institucional permanente para frenar el auge del fascismo. La unidad sin criterio o frentepopulismo es un error simétrico al tercerismo. Una unidad sin criterio con un PSOE que no realiza políticas alternativas y que sigue en debacle solo nos haría cómplices del más de lo mismo que está por venir de la dirección sanchista y susanista. Por tanto, alianzas permanentes solo serían preparar nuestro propio desarme.

Frente a ambos errores, deberíamos ser capaces de generar lazos con votantes del PSOE a nivel de movilización social, así como no descartar compromisos de investidura puntuales para frenar posibles gobiernos de la derecha y la extrema derecha, siempre que pongamos sobre la mesa elementos programáticos que impliquen el cambio de la vida de la gente.

Por último, lo más importante en todo esto es evitar el catastrofismo. El futuro no está escrito, ni para bien ni para mal. El futuro no tiene que ser un auge descontrolado de la bestia parda (el que podríamos llamar catastrofismo pardo). Pero tampoco será un triunfo mecánico de los y las anticapitalistas (el que podríamos llamar catastrofismo rojo, que fue predominante en el KPD hasta después de la victoria de Hitler). Ambos catastrofismos conducen a pensar que todo avanzará bien o mal de forma automática e impiden, por tanto, poner en práctica la tarea central: armar una nueva militancia para una nueva etapa política.

Lo más importante en estos momentos puede resumirse en una frase que Gramsci escribió recordando a Lenin: “no desesperar nunca aunque todo pareciera perdido, sino volver a empezar con paciencia, con tenacidad, conservando la sangre fría y la sonrisa en los labios cuando los demás pierdan la cabeza".

3/12/2018

Ernesto M. Díaz es militante de Anticapitalistas y concejal de Podemos.







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