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Estado español
Vox: los viejos monstruos y la nueva ola reaccionaria global
20/11/2018 | Brais Fernández

El pasado domingo 7 de septiembre, el partido de extrema derecha Vox llenaba el palacio los deportes de Vistalegre. Diez mil nostálgicos del régimen del general Franco, neofascistas, ultracatólicos y reaccionarios de todo tipo se juntaron en un evento que ha supuesto un acontecimiento en la política española. El escenario elegido para esta puesta en escena no fue casual. Podemos ha celebrado sus congresos en este lugar; la extrema derecha buscaba lanzar un mensaje de fuerza, mostrándose como el antagonista natural de la nueva izquierda surgida del 15M. El objetivo se había cumplido. Después de este acto, el nombre de Vox estaba en todos medios de comunicación, sus lideres en todos los periódicos y el partido comenzaba a ser tomado en serio en las encuestas.

Los orígenes y la evolución de Vox

Vox nació en 2013 liderado por Alejo Vidal Cuadras, un ex dirigente de Partido Popular, el partido tradicional de la derecha española, con el objetivo explicito de "recoger el voto de la derecha desencantada con las políticas del PP". Sin embargo, la operación no salió todo lo bien que esperaban y ese voto crítico fue recogido por opciones con un perfil menos nítido ideológicamente, como el del ya casi desaparecido Unión Progreso y Democracia o Ciudadanos. Ese fracaso provocó la primera crisis y recomposición del partido, que se saldó con el abandono de su presidente y fundador, el ya mencionado Alejo Vidal Cuadras, que abogaba por un acercamiento a estos partidos. A partir de ahí, tomo la dirección Santiago Abascal, el actual jefe de VOX y comenzó un desplazamiento desde posiciones más tradicionalmente conservadores hacia una nueva extrema derecha reaccionaria, en contacto con otros fenómenos globales, pero que contiene unos rasgos inequívocamente hispanos.

Las ideas de Vox conectan con la ola reaccionaria global. El odio fuerte a la tradición de izquierdas, con un discurso donde el anti-comunismo (“contra los rojos”) se traduce en ataques contra la amenaza fantasmagórica de un marxismo cultural que, según ellos, habría colonizado los espíritus de la ciudadanía, amenazando los valores que han mantenido cohesionada el país. Por supuesto, uno de sus principales blancos de su ira es el movimiento feminista y el LGTBI, a los que acusan de organizar un lavado de cerebro en las aulas y a través de los medios de comunicación, supuestamente hegemonizados por las políticas de identidad. Reivindicando lo políticamente incorrecto y víctimas de la censura progresista, reivindican al trabajador español blanco que se levanta honradamente para trabajar temprano todas las mañanas, y que, independientemente de que sea asalariado o empresario, se ve amenazado por hordas de migrantes que vienen a robarle el trabajo.

Sin embargo, conservan los rasgos fundamentales del conservadurismo hispano. La tradición fascista española nunca se ha permitido demasiadas veleidades revolucionarias en sus planteamientos. El fundador de la Falange Española, Jose Antonio Primo de Rivera o el General Franco, siempre tendieron a adoptar un discurso más reaccionario que revolucionario. Estos tiene mucho que ver con que la principal tarea del fascismo español, desde su nacimiento, fue organizar la contra-revolución contra la izquierda, en un país en el que por su propia formación social, la pequeña-burguesía y las clases medias siempre han estado profundamente vinculadas a la estructura política de la clase dominante y de la aristocracia. En ese sentido, el fascismo español, a excepción de minorías poco significativas, siempre ha sido monárquico, buscando en el rey una fuente de legitimidad tradicional que otros fascismos europeos buscaban en otros lados.

Otra matriz ideológica que emparenta a VOX con esa tradición nacional-reaccionaria es la defensa de la Hispanidad como herencia. Aunque pocos ya se acuerden, lo cierto es que España fue una vez un Imperio global, que conquistó a sangre y fuego América y media Europa. Aunque el legado no sea excesivamente reivindicable ni siquiera en términos desarrollistas (la monarquía imperial no fue más que una excrecencia parasitaria basada en el saqueo militar, el colonialismo religioso y el infradesarrollo de las fuerzas productivas), opera como una versión española del Make America Great Again de Donald Trump, solo que con mucha menor base material en la actualidad. Es decir, una neoimperialismo sin capacidad imperial, que finalmente termina orientando es deseos frustrados hacia un nacionalismo español exacerbado en el plano interior: gallegos, vascos y actualmente independentistas catalanes son, junto a los rojos, los enemigos por excelencia en torno a los cuales se articula el proyecto de la derecha española. En el caso de VOX, ha sabido aprovechar una cierta desafección con las derechas tradicionales, a las que acusan de ser excesivamente blandas con un enemigo interno que, según ellos perciben, ha estado a la ofensiva en el turbulento ciclo político español.

Los posibles desarrollos de la extrema derecha española

Lo cierto es que todavía es demasiado pronto para enunciar como va a cuajar fenómeno Vox en España. Las encuestas todavía les dan resultados relativamente bajos (la que más porcentaje le daba los colocaba en el 5% de los votos) pero lo cierto es que su irrupción ya ha tenido efectos inmediatos y nos permite apuntar futuros desarrollos.

Vox se ha desarrollado al margen de la política oficial. Sus lideres han tenido que buscarse la vida para llamar la atención en un mercado político saturado de conflictos y de ofertas políticas, pero han tenido la suficiente habilidad de moverse en el mundo de la sociedad civil, construyendo organizaciones y fundaciones de pensamiento con las que relacionarse con diversos sectores de la derecha. El gran padrino de ese mundo es el ex presidente José María Aznar, íntimo admirador de George Bush, al que acompañó en la infelizmente recordada aventura de la Guerra de Irak. José María Aznar y todo el sector neoconservador que representa han vivido años apartados de la primera línea política, amargados por el liderazgo del ya ex presidente Mariano Rajoy (desalojado hace unos pocos meses por una moción de censura impulsada por las fuerzas de izquierda e independentistas, que ha vuelto a colocar al histórico partido socialdemocrata PSOE en el poder), pero trabajando subterráneamente en una recomposición ideológica del espacio político derechista. Esta marginalidad ha permitido a Vox aparecer con un discurso anti-establishment, a pesar de que sus lideres son gente que proviene del mismo. Por ejemplo, el propio José María Aznar (que sigue afiliado al Partido Popular) ha calificado al jefe de Vox Santiago Abascal como “un chico lleno de cualidades”.

Pero Vox no se ha dedicado a acumular legitimidad en los caladeros influyentes de la derecha. También ha comenzado a desplegar una estrategia de acumulación militante, tratando de penetrar en los barrios obreros, agitando el miedo a la inmigración y contra las políticas de la izquierda. Por ejemplo, en Usera, uno de los barrios más populares de Madrid, han utilizando tácticas fuertemente agresivas reventando los plenos del Ayuntamiento y atacando con especial virulencia a la concejal del barrio Rommy Arce, que es la primera mujer migrante en ser concejal en la capital de España. La movilización activa del resentimiento contra lo que consideran intolerable (el gobierno de una mujer migrante, de origen trabajador, marxista y feminista) recuerda mucho a las viejas técnicas de la extrema derecha europea, que movilizaba a las capas pequeñoburguesas de los barrios populares para volver a poner en su sitio a los socialistas que alcanzaban una posición de poder. Esta orientación marcadamente reaccionaria limita y a la vez posibilita el electorado potencial de Vox. Según las encuestas, sus votantes son hombres, blancos, de ingresos altos, sin conseguir penetrar todavía en electorados de clase obrera, migrantes o feminizados.

Sin embargo, hay otros efectos que si que se han empezado a notar de forma más inmediata en la política española. Al contrario que en otros países de Europa, en donde el antifascismo forma parte del ADN fundacional de las democracias liberales, el régimen implantado después de la muerte de Franco carece del mismo nacimiento constituyente. Fue fruto de un pacto entre los herederos del dictador y las izquierdas, por lo que la derecha nunca ha condenado al franquismo, sino que le da continuidad. Eso hacer que Vox encuentre muchos puntos en común con los partidos tradicionales de la derecha. De hecho, Pablo Casado, el joven líder del Partido Popular apadrinado también por Aznar, ha hecho ya guiños a Vox en varias entrevistas, incluso negándose a calificarlo como partido de extrema derecha, mientras que sobre Podemos no ha tenido problema en verter todo tipo de apelativos. Además, la irrupción de Vox ha radicalizado hacia la derecha tanto al Partido Popular como a Ciudadanos, que han entrado en una espiral en la que compiten por hacer propuestas autoritarias contra las personas migrantes, el feminismo, las organizaciones obreras y el independentismo catalán.

La irrupción de Vox ha roto con la excepción española: hasta ahora, España era uno de los pocos países de Europa en donde la oleada de la nueva extrema derecha todavía no había llegado directamente. El descontento sistémico se expresó a través del movimiento 15M, de Podemos y del municipalismo. Sin embargo, esa nueva izquierda ha optado por un estrategia de moderación para intentar un pacto de gobierno con la socialdemocracia, una opción que recuerda mucho al fallido experimento del Partido Comunista Francés con Mitterrand. Con una izquierda política exhausta y carente de ideas más allá de la gestión sistémica (aunque existen un poderoso movimiento feminista y un dinámico movimiento por el derecho a la vivienda, así como incipientes luchas obreras), la vieja nueva extrema derecha que representa Vox tratará de colocarse como la alternativa reaccionaria al sistema político existente. Todavía hay fuerzas para evitar el desarrollo del monstruo fascista global y evitar un desastre como el que han sufrido nuestros hermanos y hermanas en Brasil o en EE UU. Pero lo que no podemos negar es que ha vuelto a asomar la cabeza en España.

Braís Fernández forma parte de la redacción de Viento Sur y es militante de Anticapitalistas

Artículo publicado originalmente en https://jacobinmag.com/2018/11/spain-vox-far-right-franco-partido-popular-podemos?fbclid=IwAR1LJdVQO0wv9nzb8l1XvHV_HPMPkd7Us9HghTnFad7D5IUMur4ZOhXQxKM







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