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Europa y las fuerzas del cambio: ¿Qué estrategia?
Tesis para una propuesta internacionalista y de emancipación de las soberanías populares
06/11/2018 | Daniel Albarracín

1. Propósito

El objetivo de este texto es el de ofrecer hipótesis y líneas estratégicas para la acción y el discurso político que tenga como propósito posibilitar la transición hacia una sociedad justa, igualitaria, democrática y sostenible; y hacerlo en el marco de los cambios de la globalización capitalista, y con especial foco en esta península asiática llamada Europa, que atraviesa una decadencia económica y de proyecto político y económico, aprisionada en medio de los polos de poder mundial (China, Rusia y EE UU) y en un contexto mundial de crecimiento y extensión de las fórmulas neoautoritarias fascistizantes en Asia, Europa y América, unido a la consolidación de regímenes dictatoriales en China y en buena parte de Oriente Medio y África.

Por tanto, no se trata aún de un programa, sino de un paso previo, un esbozo del horizonte y de los vectores de movimiento que dotarían de un sentido político al programa transformador que se plantee 1/.

Caminamos en un periodo en el que los debates están ausentes o se desplazan, por quienes los pocos que lo afrontan, hacia aporías en los planteamientos. La interpretación sobre el mundo al que nos enfrentamos en realidad se presenta a través de falsos dilemas. Estos marcan una división artificial de los conflictos reales a los que se enfrentan las clases populares y trabajadoras, y contribuyen a la confusión o a alineamientos contraproducentes.

La divisoria entre eurófilos y eurófobos, delimita un falso conflicto en torno a un mito nebulosamente descrito: Europa. Se impone una idea mágica y absoluta de un objeto que viene dado que, por el contrario, expresa una relación y un modelo concreto que merece ser discutido.

Los fantasmas se erigen por doquier. Arrojar el miedo, como una piedra que nos paraliza y trata sacar de nosotros a un culpable externo, es otro modo en el que el establishment trata de dar por sentados falsos debates y dilemas. En un extremo, el miedo al extranjero, la figura amenazante de la avalancha, que nos tira a la cara nuestras frustraciones y temores de pérdida para, en vez de reconocer de donde vienen, demonizar al inmigrante, al que viene o podría venir de fuera. También, la histeria contra la extrema derecha, problemática abrazada por la izquierda, más bien fruto de dejarse llevar por el miedo y el discurso del adversario que de pensar por sí misma, confundiendo causas y síntomas. De poner en primer plano ambas cuestiones, se ignora el alcance y origen de ambos fenómenos, se delimita el conflicto en un lugar conveniente para las élites, y se desvía nuestra atención. Lo que es peor, vela el proyecto político elitista y neoliberal del establishment, haciendo de él incluso un proyecto presentable por comparación. Esto se encarna en la fascinación de los líderes griegos por el macronismo, aun cuando se vieron humillados por la intransigencia neoliberal de otros que eran afines. Recientemente Tsipras clamó a una gran alianza de demócratas que incluiría a Macron. Y Varoufakis, para una primera fase democratizante en su proyecto de Europa Federal, admite a su lado a liberales, cuyas recetas son, en última instancia, incompatibles con cualquier democracia sustancial, postergando los cambios necesarios en una suerte de etapismo que desconoce que los avances en la democracia y la redistribución de la riqueza han de venir de la mano. En suma, una estrategia que, podríamos denominarla así, sería frentepopulista.

Sin embargo, los flujos migratorios a nivel mundial se mantienen estables, y los movimientos de Sur a Norte descienden fruto de los numerosos obstáculos, tanto geográficos, económicos, legales o culturales, a la movilidad de las personas. Asimismo, la derecha extrema no deja de ser más que una consecuencia, que en ocasiones maniobra con autonomía, de la agenda de políticas frustrantes del extremo centro y el reguero de sufrimiento y decepción que siembra a su alrededor. Una derecha extrema que, en definitiva, sólo plantea las mismas medidas que ejecuta la UE con su entorno, pero a escala nacional, salvo en el caso de Salvini que aspira a un proyecto de cooperación de Estados populistas-autoritarios. Nos dejamos arrastrar por el impresionismo, y perdemos el foco sobre el gran proyecto del extremo centro que gestiona con guante blanco y puño de hierro un neoliberalismo financiero y tecnocrático, fundamentalmente elitista y reaccionario, contra las clases trabajadoras y los pueblos de Europa, clamando por conservar los privilegios de una vieja Europa que teme perderlos, y que impone el ideario de la escasez para impedir compartir nada con los de abajo, los distintos o los de fuera.

Las élites gozan del privilegio de contar con los medios para poder dar forma y presentar lo que debemos asumir como problemas. Al pulverizar la inteligencia colectiva y encapsular nuestro sufrimiento en una maraña de miedos, de horizontes acotados e imaginarios de impotencia, sólo aparentemente ciertos en cuanto se soportan en medias verdades –que son las falsedades más eficaces-, reducen el campo de posibilidad de un proyecto emancipatorio alternativo. Para contrarrestarlo urgen emprender organización social, participación pública amplia, discurso político y medios de comunicación propios para hacer hegemónica una lectura y un proyecto superador, con la gente, a partir de sus puntos de partida, pero ayudando a que el recorrido sea el mayor posible.

2. El declive objetivo del capitalismo europeo

Conviene comenzar por el diagnóstico de las dinámicas objetivas. El sistema capitalista rige las formas sociales y económicas de la vida de la población mundial, habiéndose extendido hasta sus límites, tanto a escala geográfica como en la inmensa mayor parte de las prácticas de la vida social. La mercantilización de la vida y la naturaleza, las relaciones sociales y la producción; la salarización del trabajo y la desigualdad y la precariedad de las clases populares y su fragmentación jerarquizada (por ciudadanía nacional, régimen de estabilidad laboral, estilo de consumo y estatus social, etnia o pertenencia a grupos sociales) avanzan cada vez con menos contrapesos.

Desde los años 70 el vigor de la acumulación capitalista, que brindaba las condiciones materiales de riqueza así como la carestía acorde a esta forma de dominación y de legitimación, sigue debilitándose, describiendo ciclos. El neoliberalismo obtuvo una victoria al desplazar al mundo sindical hacia posiciones aún más sulbalternas y con pérdida de influencia sobre el conjunto de la sociedad, y al aplicar medidas de ajuste y de financiarización para compensar los efectos recesivos de las políticas de austeridad. Este modelo agotó sus ventajas en 2007. Los indicadores económicos muestran el agotamiento de la frágil y limitada recuperación actual, que viene desde 2013, tras cinco años de la Gran Recesión que nos sacudió desde 2008 y que se saldó con el triunfo de quienes la provocaron y con una nueva vuelta de tuerca en el proceso de financiarización de la economía.

El ciclo de recuperación, tras un gran impacto, y que sobre todo ha significado una concentración de poder en el gran capital energético-financiero transnacional en detrimento de las precarias bases de cohesión social existentes, no ha interrumpido las tendencias a una tendencia regresiva de la acumulación capitalista a largo plazo, ocasionando nuevas tensiones geoestratégicas (guerra comercial y fiscal, reconfiguración de alianzas entre bloques económicos). Este breve ciclo de recuperación, que tuvo su cénit de crecimiento en 2016, ahora llega de nuevo a su fin, con una recuperación de la tasa de beneficio que fue limitada y que pronto vuelve a estrecharse de nuevo. A su vez, va a coincidir tanto con el ascenso del precio de las materias primas –fruto de nuevas tensiones geoestratégicas, de la volatilidad causada por la especulación, pero también bajo la sombra de la mayor crisis energética que haya conocido la humanidad-, como con el cambio de tendencia en los tipos de interés, fruto del fin programado de las políticas monetarias asociadas al Quantative Easing y la compra de activos de los grandes bancos centrales, especialmente en Europa y Estados Unidos.

Al menos desde 2010, los poderes económicos aplicaron nuevos formatos de su agenda neoliberal. Se pasó de un periodo de ajuste y privatización combinada con políticas de financiarización del periodo 1996-2007, a un nuevo periodo: también ajuste, pero de decidida línea de disciplinamiento para trasladar los enormes montantes de deuda privada a la deuda pública. En primer lugar con políticas a escala nacional y después con medidas que comprometían mecanismos ideados por la Troika, con exigencias originadas en instituciones continentales de concertación intergubernamental, como es la propia Unión Europea. Así, a las medidas clásicas de moderación salarial, privatizaciónes totales o parciales de bienes públicos, y erosión de servicios públicos esenciales y derechos sociolaborales, se les sumó una política fiscal regresiva, que cargaba los impuestos al mundo del trabajo y exoneraba en gran medida al gran capital, al tiempo que se propiciaban políticas estatales sumamente generosas con las grandes empresas financieras y energéticas, consistentes en rescates públicos, concesiones y ayudas. Para afianzar esta línea de privilegio para las élites, la Unión Europea, como espacio de concertación de las élites transnacionales europeas y de representación hegemónica de las grandes potencias europeas, no tuvo reparos en ejercer presión, asumida por las oligarquías nacionales, para constitucionalizar medidas como la priorización del pago de la deuda, como sucedió en el Estado Español con el artículo 135 de la Constitución Española. En este contexto de gran crisis, los países periféricos han atravesado el calvario, en secuencia de uno en uno, de verse sometidos al chantaje monetario-financiero de la Troika y, encarnado en el BCE, la tiranía del Sistema Euro tal y como está concebido, como tanque financiero de opresión. Así, Irlanda, Chipre, España y Grecia se vieron con la necesidad y sometimiento a la financiación del BCE, a cambio de entregar, bajo el látigo de la austeridad social, su soberanía económica al servicio del rescate del sistema financiero privado (a veces nacional, como España, en otras ocasiones, internacional, como sucedió con los memorandos griegos). Al mismo tiempo, en la periferia Este de Europa, varios países aspirantes a formar parte del club se veían igualmente disciplinados por criterios de convergencia tan austeritarios o más que los ya ideados en el Tratado de Maastricht.

Pero la crisis también ha tenido consecuencias no deseadas para las clases dirigentes. Alguna se ha producido en el marco de las clases dominantes, dividiéndolas, al estrecharse el pastel de los excedentes y concentrarse en los beneficiarios de la globalización mercantil, en detrimento de parte de las burguesías nacionales. Asistimos a una revisión de la globalización que, sin detenerse, reclama una reconfiguración de los bloques comerciales, las condiciones de intercambio (guerra comercial y proteccionismo) y una jerarquización bajo el signo del bilateralismo o el intergubernamentalismo austeritario, que emplea mecanismos financieros de dominación a través de la deuda y la exigencia de reestructuraciones permanentes a favor de la subordinación de las periferias. De ahí que se levanten proyectos que traten de revisar la agenda de libre comercio, o los acuerdos multilaterales, exigiendo proteccionismo y un fortalecimiento del Estado para proteger el capital nacional, claro está, para competir de otro modo en el mercado continental, y de cuya rivalidad sólo algunos pocos Estados fuertes podrían sacar partido. El ascenso de las derechas extremas, que añoran las viejas relaciones bilaterales, que esconden una nueva jerarquía y rivalidad por la hegemonía de los mercados internacionales, y un Estado protector, que agrupe a su ciudadanía en torno a una bandera, escogiendo al extraño y a la minoría vulnerable como chivo expiatorio, viene de esta necesidad de una fracción rebelde y reaccionaria de las clases dominantes por reconquistar agresivamente su espacio frente al cosmopolitismo del capital transnacional. Cabe decir que esta división política de las clases dominantes en modo alguno es incompatible con los recurrentes grandes pactos a los que suelen llegar para conciliar sus intereses, normalmente en contra de las mayorías populares y productivas.

Cabe decir también, que hay otro formato reaccionario que no responde a este esquema de añoranza de la vieja historia chovinista de aquellos que quieren volver a ser grandes potencias o de competir mejor en el mercado mundial, desprendiéndose de sus obligaciones con las regiones más pobres. Se trata de un club de países del Este, integrantes de la UE, con la mirada al acceso a dicho mercado, que lo hacían con un ojo hacia los EE UU y otro a Rusia, y que heredaban una repulsa a las experiencias burocráticas y escasamente democráticas del desplomado socialismo real. Ese espacio en cuestión (que campa a través del paso del gas ruso hacia centroeuropa, de la provisión de mano de obra profesional a bajo precio, donde se idealiza el capitalismo, y se desprende de los derechos), ha sufrido si cabe una asimilación aún peor que la periferia Sur, oscilando entre la influencia militar de la OTAN, la atracción económica de Centroeuropa, o, en algunos casos, la mirada nostálgica al viejo oso ruso. El descreimiento y la desconfianza en sí mismos, o el propio aplastamiento militar y divisionismo interno alimentado desde fuera –como en los Balcanes- ha quemado las esperanzas de mucha gente y urge, desde las fuerzas transformadoras, hacer balance de viejas experiencias, demonizadas o idealizadas, y de los mitos embaucadores a los que conduce su asimilación a una periferia dependiente de unos o de otros, y de un modelo socioeconómico que sólo les reserva el lugar de patio trasero de Alemania, de EE UU o de Rusia.

Asimismo, desde 2010 se han producido cambios en la subjetividad de las clases populares movida por varios vectores. Primero la intensificación del disciplinamiento y la fragmentación competitiva, fruto de los recortes, el paro y la destrucción de derechos y garantías. Segundo, la removilización social, sobre todo en la periferia Sur, aún limitada, contradictoria y, muchas veces inconsistente. En España fue el 15-M, estando aquella experiencia alineada con muchas expresiones producidas a nivel mundial (Primavera árabe, la toma asamblearia de las plazas o la aparición de nuevas corrientes renovadoras con cierto giro a la izquierda, como son los casos de Bernie Sanders en el partido demócrata norteamericano o el de Jeremy Corbin en el partido laborista inglés). Estas iniciativas prosiguen con menos vigor, se han materializado en organizaciones políticas que introduciendo elementos novedosos no han sabido acabar con viejas prácticas, o han acabado, tras alcanzar las instituciones, en resultados ambivalentes o frustrantes. Ahora bien, resulta importante decir, que sin haberlo intentado y sin haber llegado lejos, no habrían tenido ni la opción de equivocarse. Sin esta movilización, no puede comprenderse la llegada a gobiernos en Grecia o Chipre, la influencia parlamentaria de la izquierda en gobiernos como en Portugal, o la fuerte modificación del mapa de partidos en gran parte de Europa, entre ellos el Estado español.

3. La Unión Europea: entre el viejo y el nuevo mundo multipolar

La UE ha dejado de ser una gran potencia en el concierto internacional. Aun siendo, en términos comparados, un gran mercado rico y conteniendo en su seno a países muy poderosos, ha perdido su influencia internacional. Desde la II Guerra Mundial estuvo subordinada a EE UU, haciendo de frontera con la URSS. Posteriormente amplió su mercado hacia el Este y generó un espacio institucional innovador, cada vez más pautado por la hegemonía alemana. Actualmente, el avance comercial y económico de China, el papel más activo de Rusia, y la respuesta agresiva en términos comerciales proteccionistas y militares de EE UU, deja entremedias a una Unión Europea desamparada que ve, además, como varios de sus miembros han decidido acabar con su pertenencia al marco de la UE, como sucede con el Reino Unido.

Ante estas circunstancias, la UE titubea entre proseguir su alianza con EE UU, que le exige redoblar sus esfuerzos en inversión militar y que ya le impone nuevos aranceles, y mirar con indulgencia ante viejos competidores o adversarios como son China o Rusia. Mientras tanto, la UE no deja de ser un bloque colonialista en lo económico en los países del Sur.

A nuestro juicio, Europa ha de cambiar tanto su naturaleza interna como adoptar una actitud sumamente diferente hacia el exterior. Los pueblos europeos no pueden someterse a ningún imperialismo o subimperialismo (como el que representa Alemania), y deben plantearse hacer otra Europa y relacionarse de manera solidaria con los Países del Sur, primero, quitándole el pie del cuello, después, estableciendo lazos sinceros de cooperación.

El cambio de naturaleza de Europa pasa porque los países y pueblos que se decidan a plantearlo, quizá comenzando por los Países del Sur de Europa, abran puentes hacia el Sur del Mundo, comenzando por América latina, pero también hacia pueblos de otros continentes, con el propósito de construir un polo emancipado de desarrollo endógeno solidario.

Mientras no suceda esto, Europa estará atrapada por dos polos competitivos muy agresivos con los que sólo puede perder y proseguirá acelerando su declive. Su dependencia militar de EE UU, su dependencia de materias primas con Rusia, Oriente medio o el Norte de África, o su inferior competitividad con la economía china, sólo pueden revertirse desde la autonomía, el desarrollo sostenible y el comercio justo con los países del Sur y estableciendo lazos cooperativos a escala internacional.

4. Crisis del establihment y movimientos antisistémicos

Perry Anderson, el gigante intelectual e historiador británico de la prestigiosa New Left Review, ha venido observando en los últimos años la formación de nuevos movimientos antisistémicos. Los regímenes neoliberales modernos, apoyados en su lado izquierdo y derecho en el arco político que representa al establishment, estaría quebrando las promesas ofrecidas durante tiempo hasta límites insoportables, dando lugar a una creciente contestación antiestablishment de diferente signo y forma polarizada. En este sentido, Anderson señala esta tendencia más como una debilidad de los regímenes neoliberales que arrojarían a la derecha extrema a cuestionar pilares consagrados durante tiempo, hasta el punto de incluir en su agenda, con el objeto de ganar hegemonía, medidas y movilizaciones y puntos rupturistas, si bien guiados por un propósito reaccionario. Esta lectura, suscita un debate en virtud del cual las fuerzas transformadoras no deberían recelar en coincidir en las iniciativas de ruptura, cuando fuesen progresivas, mejor aún si es por iniciativa propia, y no soslayarlas simplemente por la repulsa de quienes la levantan. Más bien al contrario, debiera valorarse como una oportunidad para empujar dichas medidas lo más lejos posible con un sentido emancipador, sin por ello conceder legitimidad a movimientos contrasistémicos de signo contrario, sin miedo a disputarles la hegemonía y el sentido de las iniciativas políticas, siempre y cuando se aborde desde la independencia política y la apertura al empoderamiento popular de las mayorías.

El Establishment, o el extremo centro (2016), término acuñado por Tariq Ali, trataría de reconstituirse agrupando a las viejas fuerzas de los regímenes en grandes coaliciones o nuevos partidos refundados que reúnen los restos del naufragio de las viejas formaciones políticas. Esta tendencia se estaría consagrando con el fenómeno simbolizado por el macronismo en Francia. Otras dinámicas análogas han dado pie a alianzas antaño impensables entre los partidos de la izquierda y la derecha que sostenían un mismo régimen, revelando los consensos básicos y desnudando su ignominia.

El establishment perseguiría ahora descalificar a sus opositores, caracterizándolos como populismos, necesitado de una polarización discursiva que les devuelva a una hegemonía ya irrecuperable. Sin embargo, esas expresiones políticas, que cobran día a día más peso, no son otra cosa más que el síntoma de un tipo de régimen político, el del neoliberalismo de Estado soportado en democracias formales, que está en decadencia.

A este respecto, debe identificarse apropiadamente a los enemigos. Son el establishment y su política neoliberal, las causantes de las condiciones de deterioro de la vida de las mayorías, pero también sus políticas las que abonan el terreno a la derecha extrema. Por este motivo, nuestra política debe enfrentarse en primer lugar contra el extremo centro, aprovechar las divisiones internas de las élites, golpear a favor de las medidas favorables a las clases trabajadoras. También mantenerse no sólo independiente sino, cuando sea preciso, hostil a cualquier ascenso del autoritarismo, que puede venir igualmente del extremo centro o la derecha extrema. Ya que, aunque discrepen hoy, en su proyecto final tendrán mucho más en común de lo que pretenden aparentar.

Desde nuestro punto de vista, esta reflexión nos conduce a algo bien alejado de las viejísimas tesis que sostenían que el poder político se asalta meramente desde las elecciones, y que para ganarlas es preciso ocupar el centro político mediante instrumentos de mercadotecnia electoral y comunicación política. Ni que decir tiene que ocupar el centro del tablero político (algo que no puede confundirse con el centro), exige reconocer las tendencias materiales de la sociedad bajo su modelo socioeconómico concreto y plantear los desafíos reales para la formación de una subjetividad antagonista y emancipadora que se precie digna de tal empresa. Una hegemonía y subjetividad que sólo cobrará realidad material si se ponen en pie organizaciones sociales, sindicatos y movimientos sociales críticos, medios de comunicación alternativos, y no sólo expresiones partidarias, aunque también. Aclarar que nuestra política está del lado de las mayorías, que se enfrenta a todo bloque liberal y autoritario, en sus diferentes formatos. Esto resulta clave para no dejarse arrastrar por nuevas tipos de frentepopulismo 2/. Al contrario, mientras se construye un bloque histórico para una nueva hegemonía social, hay que adoptar una política de Frente Único 3/ con aquellas fuerzas que empujen determinadas medidas emancipadoras, con plena independencia de clase y sin subordinación, sin miedo a apoyar, a criticar u oponerse cuando la ocasión lo merezca.

5. Sobre las migraciones

Un capítulo específico en el debate europeo es el que ocupa el de las migraciones. Es aquí donde se reúnen con más crudeza un conjunto de fantasmas y estereotipos promovidos por las élites de cara a infundir un miedo que sirva, al mismo tiempo, para distraer la atención de los problemas principales, y para justificar, por ejemplo, la agenda securitaria de la Unión y de algunos Estados miembros, que responde tanto a razones geoestratégicas, de negocio, como de control social interno autoritario.

Es preciso recordar que los flujos migratorios internacionales han sido estables desde hace mucho tiempo, y sólo en los últimos años han crecido ligeramente, representando en torno al 3,3% a escala mundial 4/. Sólo un 7,5% de la población que reside en la UE es extranjera (Eurostat 2017), contradiciendo la percepción dominante de una presencia mucho mayor. A pesar de los desequilibrios internacionales, y salvo el periodo de huida de refugiados y asilados causado en la guerra de Siria, la llegada a Europa de personas de fuera no ha dejado de disminuir de manera muy sensible en los últimos tres años. Las barreras económicas, geográficas, legales y culturales lo dificultan. Si se han producido crisis humanitarias se debe a la política de control de fronteras de la Unión Europea y de determinados países, interesados en generar una situación de caos y escarnio, que muestren hacia fuera la necesidad de ser seleccionados como fuerza de trabajo rentable para ser admitidos de forma legal; y hacia dentro para mostrar una imagen de carestía y rivalidad por recursos escasos que amenace a los autóctonos y los discipline, señalando así un enemigo exterior.

Conviene señalar que la Unión Europea ha desplegado un ejercicio de hipocresía sin parangón. Al tiempo que critica y hace amagos de sanción a algunos países que no toman la cuota de migrantes establecida, aplica una política similar o peor en las fronteras exteriores de la UE. Toda la cooperación al desarrollo internacional de la UE, mediante el Plan Europeo de Inversión Exterior, o mediante su política de vecindario en los países limítrofes, está al servicio de condicionar su recepción al cumplimiento del papel de guardianes de fronteras, para retener, acoger o repeler a las personas que llegan a Europa, en una operación internacional sólo comparable a la política que ha ejercido Australia.

Dicho esto, resulta lamentable que incluso admirables políticos de izquierda asuman que no podemos aceptar sin más que toda África se presente en Europa. Ni esto se está produciendo ni se producirá. Es más, los flujos migratorios que vienen a Europa son perfectamente absorbibles por una sociedad tan rica. Sea como fuere, resulta imprescindible constatar las razones de las migraciones para reformular una estrategia política de intervención al respecto, que recorra los diferentes momentos que suceden en los procesos migratorios.

En primer lugar, las causas en origen. Los países en crisis suelen estar atravesados por el empobrecimiento, las crisis bélicas y la persecución política o religiosa. Detrás de ellas se esconden tres factores: conflictos geoestratégicos por los recursos energéticos y de materias primas, una división internacional de la que sacan provecho empresas transnacionales de países ricos, y, cada vez más, la crisis climática. Sin embargo, las personas migrantes para poder migrar no sólo tienen que estar forzadas por esas circunstancias, siempre trágicas; también necesitan de unos medios mínimos para emprender su huida. Normalmente, los desplazamientos suelen darse entre países del Sur, y de hacerse a mayor distancia requiere de unos recursos básicos que sólo dispone una minoría, aparte de contar con facilidades legales y de contactos en destino. Para responder a estos problemas, debemos comenzar por reconocer que aquellos países sufren estas circunstancias en una medida muy importante por la depredación de los países del Norte (EE UU, Europa, China,…), y que estos países no necesitan tanto una ayuda caritativa como la finalización de los procesos de desposesión, comercio desigual, y explotación que sufren desde otros países y empresas multinacionales. Las migraciones son mayormente un fenómeno de desplazamiento forzado, y, como tal, una política solidaria exigiría comenzar por reducir los factores que empujan a muchas personas a adoptar una medida tan dura.

En segundo lugar, los obstáculos a la circulación y la movilidad. La conformación de fronteras y regulaciones de cada país, dividen a la población entre nacionalidades y ciudadanías de rangos considerados diferentes en cada territorio de paso. Las barreras policiales, jurídicas, económicas, culturales, idiomáticas y geográficas comportan murallas de agresión al derecho a buscarse un modo de vida digno. Por si no fuera poco, generan un peligro para la vida, poniendo en bandeja a mafias, en el paso del Mediterráneo, y esclavistas, como en Libia, a personas en una absoluta necesidad y vulnerabilidad. Una política mínimamente solidaria debe fundarse en la conformación de vías seguras para el desplazamiento humano, una vez que estas personas se encuentran en la tesitura obligada a abandonar sus territorios de origen. Las ideas de ordenación de los flujos migratorios esconden un mecanismo de selección de la fuerza de trabajo, y unas condiciones de subordinación para que tengan que aceptar condiciones peores, sin impedir que, al final, importantes bolsas de personas tengan que pasar por la travesía, por el riesgo en los desplazamientos, periodos largos en situación de irregularidad y ausencia de derechos y, al final, condiciones de inserción social y laboral muy subordinadas. Desde este punto de vista, la política no sólo debe establecer rutas seguras de paso, sino también medios apropiados de acogida y primer asentamiento, así como operativos de rescate cuando se trata de salvar vidas, por ejemplo, en los desiertos, montañas y mares.

La política de integración, no sólo solidaria, sino también positiva para viejos y nuevos habitantes, ha de afrontarse desde enfoques interculturales de política pública que reconozca la dificultad del proceso y la exigencia de un mutuo esfuerzo por la comunicación, frente a los modelos segregacionista, o también superando el modelo asimilacionista francés o multicultural británico, mediante mediaciones que faciliten la convivencia cooperativa e incluso la formación de nuevas reglas que acomoden la diversidad, siempre y cuando se respeten los derechos humanos en toda su amplitud, sin una perspectiva supremacista de la cultura autóctona ni tampoco idealizando las prácticas culturales de los que vienen de afuera.

6. La hipótesis política de la polarización

Las derrotas sociopolíticas de las clases trabajadoras de las últimas décadas, y el avance del neoliberalismo, consiguiendo gestionar y aplazar el declive de la acumulación capitalista mediante políticas de financiarización hasta, por lo menos, el 2008, supuso un retroceso en las condiciones sociales de vida, empleo y trabajo, que desplazó la posibilidad de cambio durante mucho tiempo. Desde este punto de vista, la crisis objetiva de la acumulación y de las posibilidades de cumplir las aspiraciones prometidas a una parte de la población, va a coincidir con una crisis de subjetividad antagonista, cuanto menos hasta 2011. Son las primaveras árabes o el 15-M en España, las que van a multiplicar los primeros ecos de rebeldía ya iniciados por los movimientos altermundialistas (1994-2000) y antiguerra (2004), dando forma a un mayor espacio y prácticas sociales que se replantean el modo de vida general y que, tras mucho tiempo, lo hacen con una audiencia social significativa.

Cabe señalar que, desde 2010, la forma de la política ha cambiado radicalmente, y frente a los largos momentos de relativa estabilidad normalizada de otras épocas, la nueva se inaugura hacia una tendencia declinante en el proceso de acumulación y de creciente e intensa polarización social. Mientras se produce una fuerte concentración de la riqueza se abandonan o alteran (para reducir el compromiso del contrato social) los proyectos de cohesión que representan un lastre para la competitividad/rentabilidad. Desde ese momento, el establishment se instala en la idea del no hay alternativa a la perspectiva de competir, y la inevitabilidad de abandonar a los perdedores (con los matices del socialiberalismo para paliar los casos más extremos). Al neoliberalismo autoritario actual sólo le queda la promesa, que ya es incapaz de cumplir, de promoción de los que lo merecen como fórmula de legitimación y que, por supuesto, asume la exclusión de las mayorías. Por su lado, las nuevas derechas extremas, se anclarían en el victimismo del que teme perder sus privilegios frente al extraño (extranjero o diverso), para reclamar la defensa de una idea de patria orgullosa para los nacionales, intolerante y excluyente, frente al capital foráneo, la minoría o el inmigrante. Desde este punto de vista, no es de extrañar la nueva ola patriarcal de opresiones a las mujeres, que nos retrotraen hacia tiempos oscuros, en tanto que las mujeres defienden tanto las necesidades materiales cotidianas, el respeto al cuerpo de todas las personas, como las conquistas de vida cotidiana a favor de la igualdad de derechos y la libertad real, algo que pone en tela de juicio un periodo autoritario como el que viene. De ahí la fuerte reacción contra las mujeres, al representar la trinchera y punta de lanza que persiguen garantizar un modo de vida mejor para todas las personas.

Mientras tanto, algunas fuerzas del cambio recuperarían el ideario keynesiano de la postguerra mundial y el Estado del Bienestar, al tiempo que otras insistiríamos en la inviabilidad material de restaurar un modelo que no cabe en el actual contexto, exigiendo la transformación radical de las bases sociales y productivas como única posibilidad de emancipación real y de respuesta a los desafíos energéticos, climáticos y de desigualdad.

Así mismo, las nuevas fuerzas del cambio son heterogéneas. Por un lado, algunas retoman viejos mitos, para ellos incumplidos más que mal concebidos de origen o simplemente al servicio de una minoría, para abrazar la ilusión de la reforma paneuropea de unas instituciones blindadas para no poder ser alteradas en sus principios fundacionales favorables al capital europeo transnacional y los intereses de las potencias exportadoras y superavitarias en la UE. Por otro, una tendencia en aras de la recuperación de la soberanía económica, mediante el refugio nacional estatalista, confundiendo la soberanía popular con la vuelta al Estado-nación, como si este fuera capaz de lidiar con el capitalismo global, o no estuviese atravesado de intereses sociales en disputa en su interior.

En el caso español podemos encontrar una forma particular del debate. Por un lado, por el momento, ha triunfado una interpretación que podríamos caracterizar de estrategia discursivo-populista, inspirado en cierta lectura del kirchnerismo-peronista. Esta afronta la articulación de los intereses populares en torno a la construcción de un discurso que encuentre la concatenación de significantes flotantes, que haga posible resignificar y unificar, aunque sea por momentos, la diversidad de los conflictos que atraviesan al pueblo. Se trata de un esquema discursivo idealista de agregación coyuntural y táctica contra la oligarquía, que está abocada a cierta inconsistencia en el tratamiento de los diferentes conflictos, y que aborda el conflicto desde la gestión del sentido práctico del discurso en coyunturas concretas. En el caso de Podemos, se habrían desplegados dos variantes de populismo. La corriente con mayor desarrollo teórico político, el errejonismo, sugiere el acompañamiento al sentido común dominante. Contaría, por otro, con la variante cesarista (con ocasionales tácticas bonapartistas para ganarse el apoyo interno) de apelación al seguidismo carismático, encarnada por su vigente secretario general. Sea como fuere, estas aproximaciones relativizan el papel de las condiciones materiales. Están a la zaga de representar consensos sociales antioligárquicos, para hacer eficaz su estrategia electoral-institucionalista de acceso o influencia en el poder gubernamental. Su estrategia se focaliza en la comunicación de un discurso político agregador de las diferencias, como si todas ellas estuvieran en órdenes homólogos (las luchas culturales, las civiles, las políticas o las productivas y laborales), y sin tratar de organizar a los sujetos ni llevar un paso más lejos las demandas expresadas en encuestas y elecciones.

Encontraríamos otra línea, minoritaria, que al menos trataría de construir, en base al análisis de la dinámica contradictoria de los universales concretos de las formaciones sociohistóricas capitalistas (mercantilización, salarización, precarización, acumulación capitalista, polarización de clases...), un proyecto antagonista que elabora los lazos político-subjetivos en torno a las condiciones materiales e histórico concretas del conflicto, sin plegarse al sentido común previo, sino partiendo de él para construir uno alternativo, con el pueblo y con las clases trabajadoras y sus organizaciones, sin sustituirles.

Nuestra tesis aquí, parte de esta última aproximación como propuesta política. Se trata de constatar que, sobre todo en las fases recesivas del proceso de acumulación, se acelera la polarización social, fruto de unas condiciones materiales que tensionan a la sociedad cada vez más, destruyendo sus clases medias independientes. Ese aumento de las tensiones materiales no determinan las opciones que adoptaran las mayorías, pero las necesidades y frustraciones ocasionadas imprimirán al poder, al perder legitimidad, una agenda disciplinaria para conservar el poder. También produce las experiencias que, tras un periodo de maduración, pueden conducir a la radicalización contestataria. Una tendencia que aconsejará una estrategia sumamente distinta a la captación de caladeros de electores moderados. La receptividad a nuevas propuestas y formas de respuesta social tendrán más acogida. Este proceso no es automático, depende de la presencia de sujetos políticos, e históricamente, suele cobrar forma material en los periodos de recuperación en los que las condiciones reducen el temor de las mayorías. Sin embargo, como señalamos, no hay automatismo, es cuestión de cómo los sujetos concretos metabolizan la reflexión sobre su experiencia, la organización de su resistencia y su proyecto alternativo, teorizado para la práctica. No se trataría ni de adaptarse a un viejo consenso, que quedaría quebrado y roto en varios pedazos, ni de una estrategia de estar a la espera y sumarse a nuevas iniciativas sociales, sino de estar presente en dichos cambios y respuestas, formar parte de la organización de una respuesta social, tanto en el orden del discurso como de su práctica organizada, hilando la respuesta de los movimientos contrasistémicos con un proyecto político emancipador que haga más consistente y promueva los cambios de manera proactiva, en aras de la construcción de una nueva hegemonía. De no hacerlo, se corre el riesgo que dicho espacio sea ocupado por el cinismo elitista, competitivo y cosmopolita neoliberal, o por la reacción autoritaria corporativa o nacionalista. Estar presente y construir con los sujetos sociales las organizaciones y la subjetividad antagonista encierra el secreto, sin atajos, de la transformación social, haciendo frente a los conflictos, desde la resistencia, de la práctica alternativa a la propuesta superadora. Anudar la experiencia de las clases populares a un proyecto político que conjugue su participación y apoyo, sería el vehículo hacia el cambio.

Esto es lo que pudo suceder tras 2011, pero sin sujeto político hasta 2014. Es lo que presumiblemente sucederá de nuevo con un nuevo ciclo recesivo, y lo que debiéramos estar preparando, una vez que tenemos fuerzas del cambio con audiencia, con los movimientos populares que den proyección al cambio. El problema de partida es haber perdido el tiempo para preparar, precisamente en el periodo más favorable de estabilización económica, las organizaciones y los discursos, que hagan creíble esta estrategia en el nuevo periodo. Cuando no se está presente en los cambios, manteniendo la tensión creativa entre movimiento, organizaciones sociales, sindicales y políticas, no sólo en el campo de la representación política sino también en los campos de lo social y lo productivo, son otros quienes los que conducen la reacción a su favor.

7. La crisis de la Unión Europea

Nadie duda de que la UE atraviesa su momento más difícil. El Brexit, las sucesivas crisis de la deuda en Grecia, Irlanda, Chipre o España, las desobediencias xenófobas y reaccionarias de los países del Club de Visegrado en el Este de Europa, o la rebelión desobediente, aunque reaccionaria, en Italia, son las consecuencias de una institucionalidad intergubernamental cada vez más incapaz de coordinar a las élites europeas a un gran consenso burgués, y, por supuesto, muy lejos de suscitar el más mínimo entusiasmo entre la mayoría de población, si es que no causa un significativo y creciente rechazo.

El bloqueo del modelo de tomas de decisiones de la Unión Europea, por su carácter intergubernamental, es también garantía de la consagración y blindaje de los principios neoliberales de los Tratados Europeos. Unos Tratados que ponen en el centro el proyecto de libertad de movimiento de capitales y de mercancías, las políticas de ajuste estructural contra los salarios o los servicios públicos que respaldan los derechos sociales, como condición necesaria para la restauración de la tasa de beneficio del gran capital. Detrás de estas condiciones están los facilitadores de las llamadas crisis simétricas (financieras, de rentabilidad o de inversión y productivas). Un modelo que se afianza con una arquitectura económica sujeta a un Sistema Euro (Michel Husson) levantado por la moneda única con tres pilares que le orientan: la política de control del déficit público, un presupuesto europeo irrisorio y no redistribuidor, y una política monetaria que privilegia al sistema financiero privado, que no sólo contribuye a la gravedad de dichas crisis simétricas, sino que propicia crisis asimétricas, en tanto que entraña un mecanismo idóneo para exportar las crisis del centro a las periferias.

Tras la crisis de 2008, tras las crisis institucionales y de deuda con numerosos países, con la certeza de que buena parte de los problemas del sistema bancario no se han resuelto, y que más pronto que tarde volverán a darse crisis simétricas, por parte de la Comisión Europea se ha desarrollado, con el apoyo de países como Francia, una frenética línea de propuestas tecnocráticas, neoliberales al tiempo que federalistas y con rasgos de compensación, bajo ciertas fórmulas de mutualización de las deudas (donde se emiten eurobonos con respaldo de instituciones financieras de la UE), mecanismos de estabilización financiera (como será el disminuido mecanismo previsto que hará las veces de mini Fondo Monetario Europeo), o de promoción de la inversión a través de instrumentos financieros (como ha sido el Plan Juncker, y vendrá a ser el Programa InvestUE). Estas propuestas han sido rebajadas y recondicionadas por un grupo de países en torno a Alemania, haciendo que los instrumentos que se barajan serán de una envergadura pequeña, incapaz de hacer frente a crisis de países de carácter sistémico –por ejemplo, Italia-, e impidiendo que se admita cualquier sistema de transferencias interiores, como podría ser, de algún modo, un sistema de seguro de desempleo europeo.

Cabe augurar, que el pulso italiano, que porta atrás el dilema de la crisis bancaria italiana y sus efectos arrastre de otros sistemas bancarios, o el Brexit, van a profundizar la crisis europea, quizá con nuevos intentos de disciplinamiento interno, quizá con nuevos escenarios de fragmentación del proyecto europeo.

Las propuestas de la izquierda hasta la fecha han basculado entre dos polos. La que insistía en recuperar las soberanías económicas estatales, y la que sueña con un cambio en la correlación de fuerzas en el Consejo, para hacer valer una reforma paneuropea a partir de la negociación institucional.

Sin embargo, las formas en que se produzcan la tensión y las posibilidades de cambio serán bien distintas. Hasta la fecha las crisis de la UE han venido dándose de manera espaciada o aislada entre los poderes de la Troika y países particulares que entraron en crisis económica o decidieron, de uno en uno, bien separarse (UK) o desobedecer (Italia). Recordemos que el cambio en los Tratados exige para su núcleo duro la unanimidad en el Consejo o la mayoría cualificada para otros aspectos importantes. La posibilidad de una coalición progresista en el Consejo no sólo es improbable, sino que resulta ilusorio obtener las condiciones previstas por dichos Tratados para poder formalizar cambios sustanciales. Ahora bien, con la aceleración de la crisis económica, la sucesión de crisis financieras, bancarias y económicas, puede que se produzca un acumulado de crisis simultáneas en varios países, probablemente en mayor medida en las periferias, al constituir el eslabón débil de la cadena.

La crisis italiana adopta un perfil de rebeldía muy distinto del que se ha dado en otros países, y un signo muy diferente, por su perfil xenófobo y reaccionario, aunque también antiausteritario. Sin embargo, aunque hay que seguir el curso abierto de los acontecimientos, contiene una actitud desobediente de autoafirmación que en crisis anteriores no se produjo, por ejemplo ni en Chipre, ni en Irlanda, ni en España ni en Grecia. De lo que se trata es de seguir ese camino; ahora bien, de forma clara con un signo no sólo antiausteritario y desobediente, sino también emancipador para las clases populares, internacionalista y solidario.

Será en estas circunstancias, de acumulación de países en crisis donde cabría un proyecto solidario e internacionalista que, sin embargo, exige comenzar por realizar ciertas tareas en cada país. Estas deberían complementarse y proseguir con nuevas alianzas, sea bien para forzar un cambio (improbable) en la configuración de las instituciones de la UE, sea bien para construir un nuevo marco de cooperación supranacional fundado en nuevos principios rectores (cooperación comercial justa, complementariedad productiva, sinergias de inversión colaborativa, y, cuando se den las condiciones de convergencia real, un posible avance confederal o federal con una arquitectura social y económica integradora y solidaria, condición sine qua non para una moneda común 5/ fuera consistente). Quizá, desde los países del Sur, pero sin cerrarse a geografía alguna, podría comenzarse dicho proyecto. Plantearlo desde ahora es la condición de su posibilidad para que las tensiones abiertas entre los países disciplinados por la Troika puedan enfrentarse con un horizonte de posibilidad y de victoria.

Se trata, en definitiva, de esgrimir una estrategia de desobediencia a los Tratados, en la que los países que porten un proyecto emancipador, asuman tareas políticas a favor de la soberanía popular (que no suele coincidir con la soberanía nacional, sea bien porque hay pueblos sin Estado, como hay Estados que no responden a los intereses de la mayoría de su pueblo, o a la serie de pueblos que contiene) que apliquen, de llegar al gobierno, una política antiausteritaria, de redistribución económica de la renta y de la riqueza, sin miedo a romper la senda del déficit en periodos recesivos, de socialización de los sectores estratégicos, de cuestionamiento de las deudas ilegítimas, con medidas de protección social, todas ellas compatibles y favorables a ser extensibles 6/ para otros países, con los brazos abiertos a la solidaridad internacional y la cooperación económica, y el despliegue de políticas de transición energética. Un proyecto que, idóneamente, debiera propiciar una desconexión de los centros capitalistas, que construya un polo de desarrollo endógeno, emancipación popular, cambio de modelo productivo y adaptación sostenible del metabolismo de extracción/producción sociedad-naturaleza.

8. Soberanías populares e internacionalismo solidario

El conflicto no se presentará en una mesa de negociación, como idealizaba Varoufakis para Grecia, ni como sigue idealizando Diem25. Las propuestas de reforma paneuropea, más allá de la muy interesante inteligencia racional que pueda plantear, se abortarán de seguir los cauces previstos por las instituciones europeas, que ya prevén bloquear cualquier cambio de fondo de su naturaleza basada en un modelo intergubernamental que haga posible un marco de mercado de libre comercio y de libertad de movimiento de capitales. Los sueños federalistas, por más que resulten simpáticos, deberán preguntarse qué es lo que está dispuesta a federar la Unión Europea, y el signo de su orientación sociopolítica. La hermosa idea federal parece abocada a su deformación perversa bajo la arquitectura institucional, política y económica de la UE, que, en suma, es la principal enemiga de los pueblos europeos.

A su vez, como hemos venido señalando, las estrategias de refugio nacional en ocasiones hacen equivalente la lucha por la soberanía nacional al avance de la soberanía popular. Los Estados-nación modernos están atravesados de una naturaleza social orientada, en gran medida, por intereses de las clases dominantes. No debe confundirse los conflictos competitivos entre países con las aspiraciones de las clases populares. Y no debe caerse en la trampa de que estamos del lado del Estado y no del Mercado 7/, cuando han sido históricamente aliados necesarios entre sí, y entre ambos, con su propia naturaleza socioinstitucional, y el gran capital.

Ni que decir tiene que incidir en los límites de una estrategia de refugio nacional, que no hará mucho más que aplicar los instrumentales keynesianos del Estado-nación, de influencia disminuida en el marco del capitalismo global, no implica descartar tener que gestionar una posible expulsión del marco de la UE o de la Eurozona, dado el caso de que las reformas sociales y económicas emprendidas causen represalias de ese alcance. La elección entre el sometimiento y la libertad, ambos con costes, muestra más horizonte en el segundo caso. Grecia, eligió el sometimiento, y estará durante décadas sin soberanía económica ni autonomía política, condenando a generaciones a una explotación y precariedad, para devolver sus deudas.

Pero asumir las consecuencias de un camino trazado por la libertad, no equivale a conformarse con el encierro en un solo país de las medidas de cambio y progreso. Se trata de extenderlas, abriendo la cooperación a quien lo desee, si no hoy, mañana. Este proyecto puede llegar hasta el punto también de unir fuerzas en el camino de una convergencia real, en la integración de los capítulos competenciales que así se decida, o, incluso, conformar una nueva área supranacional solidaria. Las condiciones de que cada vez más países opten por la desobediencia y la alternativa serán cada vez más propicias. Se trata, en suma, de darle una forma apropiada y un vector político que lo materialice, mirando en el largo plazo.

A este respecto, cabe afirmar que nuestra estrategia ha de conjugar al mismo tiempo la lucha por la soberanía popular y el internacionalismo solidario. Las soberanías populares de los pueblos habrán de desplegar sus tareas propias nacionales y sus tareas conjuntas internacionales en cada caso. No habrá internacionalismo solidario sin pueblos soberanos, no habrá soberanía popular duradera sin la cooperación entre las clases trabajadoras de cuantos más pueblos libres mejor.

9. Las alianzas. ¡Ahora la gente!

La experiencia griega marcó un antes y un después de la historia europea. En 2015 un gobierno de izquierda se vio sometido al chantaje del BCE, al aislamiento internacional, y conjugó errores propios fruto de la ausencia de una teoría política para un conflicto y un enemigo que no esperaba, y del miedo a perder el reciente poder logrado.

Las viejas formaciones de izquierda ortodoxa europeas, lastradas bien sea por una perspectiva eurocomunista, bien sea por una perspectiva rígida anclada en la tradición burocrática de los antiguos países del socialismo real, salvo honrosas excepciones, venía haciendo un reduccionismo de la solidaridad internacional y del trabajo político, limitado al declaracionismo radical y el electoralismo e institucionalismo pragmático.

La construcción de una subjetividad política antagonista a la altura de los tiempos exige revisar la experiencia y enfoque ante los conflictos reales. La Unión Europea aplastó a Grecia y dejó al desnudo su obsesión por el control financiero y económico de los Estados que forman parte de su área de mercado. No cupo negociación, sólo el chantaje y la fuerza de los tanques financieros.

No se trata de despreciar el curso de una larga tradición política, sino abrir brechas para, por un lado, atraer al polo transformador a más parte de la sociedad –que no entiende de burocracias, oportunismos y bandazos- y, por otro de contribuir a recuperar la mejor parte de la izquierda, para formar un nuevo bloque histórico con el movimiento obrero y los movimientos sociales, frente al establishment.

Las fuerzas, aun hoy pequeñas, sumadas a esta alianza parecen haber comprendido la necesidad histórica de apelar a la desobediencia a los tratados europeos, de romper con la austeridad, de impulsar cambios ecosocialistas del proceso productivo, social y político. Se trata de las semillas para un futuro bloque de pueblos soberanos en condiciones de cooperar, llevar adelante un conjunto de reformas radicales (en el campo financiero, fiscal, de inversión, del modelo productivo, del reconocimiento de la diversidad social y de pueblos que conviven entre sí), enfrentarse a las represalias de la UE y de, a medio plazo, emprender las medidas de concertación internacional proclives a una convergencia real (armonización fiscal, niveles de inversión, paro, políticas sociales y laborales, acuerdos de comercio justo) que pueda sentar las bases para confederar todos los ámbitos de problemáticas comunes.

Esta alianza entre Podemos, France Insoumise, Bloco, y varias fuerzas de izquierda escandinavas, aspira a construir un polo popular rupturista. Que se materialice y vaya tomando cuerpo dependerá que se vayan consolidando campañas y programas, más allá de la coyuntura electoral europea. Por de pronto, las campañas contra la evasión fiscal y en contra de la precariedad, han sido de escasa relevancia y recorrido limitado, pero confiamos en que puedan impulsarse desde abajo, para ramificarse y apropiarse por las clases populares, porque de no hacerse así no tendrán el impulso necesario. Sólo desde ahí podrán cobrar fuerza en la sociedad y en las instituciones, y sólo así podrá lograrse el poder político, y formar un bloque de pueblos comprometido con la transformación ecosocialista, feminista, radicalmente democrática, internacionalista y solidaria del mundo en el que vivimos.

2/11/2018

Daniel Albarracín es sociólogo y economista. Es miembro del Consejo Asesor de viento sur.

Notas:

1/ Resulta de suma importancia advertir del sentido y del método de elaboración de un programa con peso político. Los programas políticos no son un arte de ingeniería técnica de resolución de problemas en un laboratorio. Han de reunir las principales aportaciones acumuladas de los movimientos en su contestación a los problemas vividos. Aunque en última instancia se elabore por personas que pueden definir con mayor precisión, orden o claridad, un programa político no estará vivo ni tendrá recorrido sino da forma a los debates públicos, responda a las necesidades sociales, e incluya los escenarios y las medidas que ya, de antemano, se anticipan y discuten entre los sujetos que tendrán que respaldarlo. Un programa que no represente todos esos intereses, que actualice y organice dichos debates que ya se presentan en la sociedad, será un constructo abstracto que quizá ocupe un papel administrativo y que seguramente estará abonado a su modificación y adaptación de aquellos que lo tengan que aplicar, posiblemente ya sin legitimidad.

2/ El frentepopulismo, en la historia de España, en los años 30, adopta una forma política que en el bloque antifascista, influido por la política de la URSS de aquel momento, incluía a fragmentos de la burguesía favorable a la democracia formal, y que renunciaba explícitamente a conquistas mayores al marcar etapas diferencias de la lucha política, hasta el punto de conducir a la represión interna de aquellos grupos que querían ir más lejos, sin comprender que para, por ejemplo, ganar la guerra y la democracia, eran precisas aspiraciones y esfuerzos revolucionarios, y que ganar la guerra y hacer la revolución era un tándem necesario.

3/ Esta política de frente único implicaba una estrategia de apoyo a los grupos de la sociedad comprometida en medidas progresistas, y apoyarles sinceramente en tanto defiendan esas medidas, frente al enemigo de clase claramente comprometido con la liquidación de sus opositores, pero sin renunciar a ningún proyecto propio, y por tanto desplegar sus iniciativas con plena independencia. Esto puede conducir a defender unitariamente determinadas medidas de la socialdemocracia, e incluso la defensa física de sus miembros amenazados, al mismo tiempo que el distanciamiento y oposición crítica de aquellos puntos en los que se esté disconforme.

4/ “Se calcula que en 2015 había 244 millones de migrantes internacionales en todo el mundo (3,3% de la población mundial), lo que representa un incremento respecto de los 155 millones de migrantes estimados en el año 2000 (2,8% de la población mundial)” (ONU Migración, 2018). https://publications.iom.int/system/files/pdf/wmr_2018_sp.pdf

5/ La referencia a una moneda común, como último estadio de una integración, no equivale a una moneda única, sino a un sistema flexible de monedas vinculadas que admitiría correcciones pactadas en el tipo de cambio para actuar ante desequilibrios exteriores.

6/ Esto quiere decir que las medidas unilaterales incluyan cláusulas no lesivas para países terceros cooperadores y solidarios, implicando por ejemplo, la prevención de carreras arancelarias, de devaluación competitiva o fiscal de suma negativa.

7/ Albarracín, D. (2012) “¿De qué mercado y estado me hablas?: los fundamentos del capitalismo y las nuevas políticas de la burguesía”. Nuestra bandera: revista de debate político, ISSN 1133-567X, Nº. 231, 2012, págs. 71-75





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