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Guinea Ecuatorial
Caminos y callejones sin salida en la descolonización
29/10/2018 | Alicia Campos Serrano
  • "(A)l conmemorar el Pueblo Ecuatoguineano el cuadragésimo segundo Aniversario de su Independencia Nacional conquistada el día 12 de octubre de 1968, tras la ocupación y dominación del País por el colonialismo durante dos siglos, tengo la enorme satisfacción de felicitar a toda la Nación Ecuatoguineana tanto los del interior como la diáspora por esta victoria histórica que supuso la recuperación de todos los derechos y la libertad conculcados por aquel odioso sistema de explotación del hombre por el hombre" 1//.

La mayor parte de los actuales países del mundo (desde Estados Unidos a Sri Lanka, pasando por España o Guinea Ecuatorial) dedican un día del año a celebrar su independencia. En el caso de los Estados postcoloniales, los discursos oficiales que en ese día se pronuncian suelen tomar una forma parecida las del presidente Teodoro Obiang que preside este texto. La imagen es la de un pueblo preexistente, oprimido por el colonialismo que, gracias a una lucha heroica y sin fisuras, recobra su libertad gracias a su reconocimiento como Estado. La independencia y el surgimiento del Estado aparecen así como una consecuencia natural del desarrollo de los pueblos y como sinónimo de libertad.

No todos en Guinea suscribirían la interpretación de su Presidente. Tampoco los historiadores: habría mucho que objetar a la idea de que el colonialismo español duró efectivamente dos siglos, que la independencia significó "la recuperación de todos los derechos y la libertad", que existiera un pueblo único y libre antes de la llegada de los españoles, o que los principales protagonistas o beneficiarios del orden colonial fueran europeos.

En este texto voy a concentrarme en uno de los muchos mitos oficiales que suelen rodear los procesos de independencia en África: que existió un único movimiento político, a menudo heredero directo de las primeras resistencias a la penetración colonial, con una visión clara de un futuro independiente para cada una de las colonias, con la que logró poner fin al colonialismo europeo. Sin embargo, como ha analizado extensamente Fred Cooper (2004 y 2014), durante las descolonizaciones africanas casi siempre existió una diversidad de grupos e individuos que plantearon distintas reclamaciones y futuros posibles, no siempre compatibles. Y este también fue el caso en Guinea Ecuatorial.

Ciertamente, el resultado final del proceso de descolonización consistió, en la mayor parte de los casos, en la conversión de las colonias europeas en estados soberanos internacionalmente reconocidos, cuyas fronteras coincidían con las definidas durante la ocupación y gobierno europeo. Sin embargo, existieron otras alternativas político-territoriales, propuestas y defendidas por una diversidad de actores, algunas de las cuales lograron alguna realización.

Entre esas alternativas están los proyectos federalistas. A menudo estos fueron una respuesta de las principales potencias coloniales a las presiones de grupos políticos africanos que pedían más derechos de ciudadanía o más autonomía. La conversión en 1958 del imperio francés en una Comunidad Francesa, compuesta por distintos Estados autónomos en torno a Francia, pretendía responder a ambas reclamaciones, al tiempo que reducía las crecientes cargas económicas que las políticas posbélicas de ampliación de la ciudadanía imperial estaban suponiendo para el presupuesto nacional francés. La propuesta fue aceptada en un referéndum por la mayoría de la población africana, salvo en el territorio de Guinea que obtuvo así la independencia. Pero las resistencias de París a aceptar la igualdad de la metrópoli con el resto de territorios, las frustraciones generadas y las aspiraciones políticas de las élites africanas hicieron fracasar la Comunidad, que sólo duró dos años antes de la independencia de la mayor parte de sus componentes.

También los británicos elaboraron proyectos federalistas para sus colonias en África Central Británica y en África Oriental Británica: en 1953 se proclamó la Federación de Rodesia y Nyasilandia en el primer caso, mientras que se debatieron distintos formatos federales para Kenia, Uganda y Tanganica. Frente al África francófona, estos proyectos recibieron una fuerte resistencia por parte de los movimientos nacionalistas, que los veían como un intento de retener el control y especialmente de asegurar la hegemonía de la minoría blanca asentada en Kenia y en Rodesia del Sur. El modelo federal sí sirvió sin embargo para que Nigeria, que podría haber sufrido la fragmentación de otros conglomerados coloniales, se mantuviera unida, aunque con muchas tensiones internas.

Otras propuestas federalistas fueron planteadas por líderes africanos inspirados en el panafricanismo a partir de las independencias de Ghana (1957) y Guinea (1958). Entre 1958 y 1963 se intentó una Unión de Estados Africanos, entre Ghana, Guinea y Mali, y en 1960 se constituyó una Federación de Mali entre Senegal y Mali: ambos acabarían sin embargo en la fragmentación en cada una de sus partes. Por su parte, el proyecto panafricanista, de Kwame Nkrumah y otros, de crear unos Estados Unidos de África quedó débilmente reflejado en la Organización de la Unidad Africana, fundada en 1963 sobre la base del respeto a la soberanía de los nuevos Estados y el principio de no injerencia. Una de sus primeras resoluciones establecía precisamente el respeto de las fronteras heredadas.

El triunfo del Estado soberano, sobre la base de cada una de las colonias, fue sancionado y hasta promovido por las organizaciones internacionales del momento, donde el movimiento afroasiático estaba imponiendo su agenda en este asunto. La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en 1960 la Resolución 1514(XV) que establecía que la "subyugación, dominación y explotación extranjeras" era contraria a la misma Carta de las Naciones Unidas y que los pueblos coloniales tenían el derecho a la libre determinación, en virtud del cual "determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural". Esta "condición política" era entendida fundamentalmente como independencia, pues "(l)a falta de preparación en el orden político, económico, social o educativo no deberá servir nunca de pretexto para retrasar la independencia".

Pese a todo, hubo algunos casos en que el resultado de la descolonización fue diferente al de la conversión de las antiguas colonias en nuevos Estados, y aún así fueron aceptados por Naciones Unidas. No debe olvidarse que la posterior resolución 1541(XV) también de 1960, estableció otras posibilidades diferentes a la independencia para ejercer la libre determinación. Estas eran la asociación o la integración del antiguo territorio colonial en otro Estado, que podía ser la antigua metrópoli o un país vecino. La lógica que subyacía aquí era que la generalización de la ciudadanía a quienes hasta entonces habían sido súbditos acabaría con la condición colonial del territorio y su población, aunque fuera en el marco de un Estado preexistente. No obstante, estas dos soluciones se planteaban como subsidiaras, pues se exigía que fueran aprobadas por la población del territorio en un referéndum, cosa que no ocurría con la de independencia.

Estas posibilidades dieron lugar a situaciones diversas. Algunas colonias europeas se convirtieron en parte del territorio y de la población nacional de la metrópoli: este fue el caso de las colonias caribeñas de Guadalupe, Martinica, Guayana Francesa y Reunión, que se convirtieron en departamentos franceses. Por otra parte, ciertos territorios coloniales se integraron en países más grandes: Zanzíbar lo hizo en Tanganica para conformar Tanzania en 1964; el Camerún británico se dividió e integró en Nigeria y Camerún en 1961; y las Somalias italiana y británica formaron la República Federal de Somalia. Otras unificaciones fueron más cuestionadas porque no medió referéndum de por medio, fueron la ocupación marroquí (e inicialmente también mauritana) del Sáhara Español en 1975; y de la Eritrea francesa por parte de Etiopía, entre 1961 a 1993.

Por último, además de algunas integraciones, hubo fragmentaciones de conglomerados coloniales que podrían haber llegado unidos a la independencia. Es el caso del África Ecuatorial Francesa y el África Occidental Francesa, cuyos líderes nacionalistas, después de participar en la articulación de distintos proyectos federales, negociaron la independencia con Francia desde cada una de las 13 unidades administrativas en que estaban organizadas. Más de uno denominó este proceso la balcanización de África. Otros intentos de utilizar la independencia para fragmentar una unidad más grande fracasaron: es el caso de la creación de bantustanes por el régimen del apartheid en Suráfrica o el intento de secesión de Katanga respecto del Congo.

Guinea Ecuatorial, ya lo sabemos, siguió la vía mayoritaria, configurando un nuevo Estado independiente a partir de una colonia cuyos diversos territorios –continentales e isleños– habían sido gobernados conjuntamente por los españoles 2/. Sin embargo, también en este caso podemos comprobar que no existió una única propuesta, ni un único grupo político que aunara a todos los activistas frente al colonialismo español. A pesar de su pequeño tamaño, desde finales de los años 1950 se articularon diversas aspiraciones y sensibilidades, aunque que alguna agrupación tratara de arrogarse la exclusividad como movimiento nacional.

La Idea Popular de Guinea Ecuatorial (IPGE), fundada en Ambam, incluía en su proyecto político la integración de la Guinea independiente en el Estado de Camerún, basándose en la existencia a ambos lados de la frontera de la misma etnia fang. Así se reflejaría en sus propios estatutos desde 1963, en cuyo artículo 3 preveía que una vez conseguida la independencia Guinea Ecuatorial se uniría a Camerún. Por su parte, tras la independencia de Nigeria en 1960, y animados por la gran cantidad de trabajadores de origen nigeriano en la isla de Fernando Poo-Bioko, algunos sindicatos y periódicos nigerianos reclamaron la integración de la isla en el país vecino. No debe olvidarse que para entonces más de la mitad de los 70.000 habitantes de la isla eran nigerianos.

Otros grupos reclamarían desde su fundación la independencia conjunta de todos los territorios españoles en el Golfo de Guinea. Son los casos del Movimiento Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial (MONALIGE) y de la Unión Popular de Liberación de Guinea Ecuatorial, surgidos ambos en el exilio gabonés, aunque el primero adoptaría una política más internacionalista. Por su parte, el Movimiento de Unidad Nacional de Guinea Ecuatorial (MUNGE) se creó en 1963 en el interior de la colonia y su programa incluía la independencia, pero matizaba su posición con un discurso sobre la falta de preparación de la población y la necesidad de un periodo intermedio antes de la retirada de los españoles.

No todos en la colonia consideraban tan beneficiosa la ruptura de lazos políticos con la metrópoli. Algunos políticos de Fernando Poo por su parte expresaron en estos años cierta ansiedad por una futura independencia, planteando la posibilidad de mantener a la isla integrada en España, como lo estaba el archipiélago canario.

Por su parte, el gobierno franquista iría respondiendo a las reivindicaciones y presiones internas y externas, con diferentes proyectos políticos que evitaran que el movimiento descolonizador acabara con su presencia en el Golfo de Guinea. El primero sería el de la integración de sus colonias africanas en el propio territorio nacional, a través de una política de provincialización. El mantenimiento de instituciones coloniales y el carácter autoritario del propio régimen metropolitano hizo poco atractivo este ensayo que duró desde 1959 a 1964. Además, no se planteó la celebración de un referéndum como el previsto por Naciones Unidas para los casos de integración en otro Estado.

La segunda propuesta fue la de reconocer una autonomía política a la colonia guineana, a través de instituciones propias gestionadas por representantes locales elegidos por la población. De 1964 a 1968 fueron desapareciendo efectivamente algunas de las normas coloniales más degradantes y explotadoras, y los guineanos disfrutaron de ciertas libertades desconocidas en la propia península. Pero en este tiempo también aumentaron las expectativas sociales, que los grupos nacionalistas supieron canalizar a través de la exigencia ahora casi unánime de independencia.

Con presiones provenientes tanto desde el territorio como de Naciones Unidas y sin los incentivos suficientes para resistirlos militarmente, como hicieran los portugueses en sus colonias, el gobierno español decidió finalmente descolonizar. En 1967 convocó una Conferencia Constitucional en la que los grupos políticos guineanos negociaron con representantes gubernamentales la forma en que la independencia tendría lugar. Pero aunque la mayor parte de los políticos guineanos, incluidos los del IPGE, demandaban a estas alturas una independencia unitaria de los territorios guineanos, siguieron oyéndose voces que planteaban otras alternativas: la denominada Unión Bubi exigía la separación de la isla de Fernando Poo del resto del territorio, mientras que la Unión Democrática, formada por la élite económica de origen africano (o fernandinos), abogaría por un sistema federal para el nuevo Estado.

Finalmente, el proyecto que finalmente se concretó en octubre de 1968 fue la independencia unitaria de todos los territorios españoles guineanos. Un factor fundamental en este resultado fue Naciones Unidas, donde los activistas guineanos encontraron un apoyo fundamental en el grupo afroasiático que fue empujando al gobierno de Madrid hacia la descolonización. Eso hizo que la solución privilegiada en la organización internacional, de una (antigua) colonia, un (nuevo) estado, acabara siendo también la adoptada tanto por la mayoría de los nacionalistas anticoloniales como por los responsables de la política exterior española.

Llegados hasta este punto sería legítimo preguntarse: ¿para qué sirve hoy este ejercicio de reconstrucción histórica de las posibilidades que no fueron, de los "callejones sin salida"? Mi contestación es que esta reflexión tiene algunas virtualidades. La principal no es, desde luego, la posibilidad de rescatar viejas propuestas que han dejado probablemente de tener sentido en el actual contexto histórico: salvo, claro está, que algún grupo político guineano lo considerara de interés.

Más relevante es el aumento de nuestra capacidad de comprender con mayor profundidad histórica la actual coyuntura política y económica. El fin del orden colonial a través del Estado soberano en Guinea Ecuatorial tuvo como consecuencia la desaparición de las posibilidades de redistribución entre un territorio europeo y otro africano que comenzaron a tejerse en los últimos años de la colonia. El pequeño tamaño del nuevo Estado y su economía de exportación lo mantuvieron en una situación de dependencia estructural respecto de alguna gran potencia y propició unas dinámicas políticas autoritarias y claustrofóbicas desde el principio. Cincuenta años más tarde, aunque el petróleo haya sustituido al cacao como principal materia prima, Guinea sigue constituyendo un espacio de enclave económico y político, con resultados no excesivamente positivos para la mayoría de su población. A su vez, la fragmentación política de la región no favorece la distribución equitativa de los recursos naturales del mar entre todas las poblaciones ribereñas y propicia la violación de los derechos de las innumerables personas que cruzan a diario las fronteras estatales.

Por último, reflexionar sobre la historia como el despliegue de numerosos hilos que se entrecruzan en distintas direcciones, y no en términos teleológicos, nos recuerda que ninguna situación política actual es natural o inevitable; que pudieron existir y existirán otras configuraciones políticas. Este ejercicio que he propuesto aquí es en parte una llamada a despertar nuestra imaginación política. Y también es una invitación a sopesar las ventajas de encontrar formas de disolver la soberanía nacional y promover la integración regional, para favorecer una mejor distribución de la riqueza y dificultar la excesiva concentración del poder en pocas manos, como sigue ocurriendo en Guinea Ecuatorial desde la época de la colonia.

27/10/2018

Alicia Campos Serrano es profesora en el Departamento de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid.

Texto de la ponencia presentada en el V Seminario Internacional Revisitando las descolonizaciones africanas: 50 años de la independencia de Guinea Ecuatorial, organizado por el Centro de Estudios Afro-Hispánicos (UNED), Madrid, 2-13 julio 2018: https://estudiosafrohispanicos.com/;; y en las Jornadas "España y Guinea Ecuatorial. Colonialismo, independencia y estado fallido", Universidad Complutense de Madrid, 29-30 octubre 2018.

1/ Discurso del Presidente Obiang en la celebración de la independencia nacional, el 12 de octubre de 2010: http://www.guinea-ecuatorial.net/ms/main.asp?cd=ni7510

2/ He contado este proceso en Campos Serrano, 2002 y 2003.

Referencias

Campos Serrano, A. (2002) De colonia a estado. Guinea Ecuatorial 1955-1968. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

(2003) "The decolonization of Equatorial Guinea. The relevance of the international factor", Journal of African History

.

Cooper, F. (2004) Africa since 1940: the past of the present. Cambridge University Press.

(2014) "Alternativas al nacionalismo en África Francesa, 1945-1960", Vínculos de Historia, 2014, n.3.





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