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Oriente Medio
Frente a dictadores e imperialismos: solidaridad con los pueblos
02/10/2018 | Julien Salingue, Benjamin Barthe

Frente a dictadores e imperialismos: solidaridad con los pueblos de Medio Oriente

Julien Salingue

El 17 de septiembre, Irán, Rusia y Turquía se ponían de acuerdo para establecer una zona desmilitarizada ruso-turca en la provincia de Idlib, considerada como el último bastión de la insurrección siria contra Bachar al-Assad. Si se puede comprender el alivio que se manifiesta entre la gente preocupada por las consecuencias potencialmente desastrosas de la ofensiva de gran amplitud que se estaba preparando, sería apresurado concluir que algún tipo de vuelta a la calma en Siria, igual que en el resto de la región, se esté produciendo.

El acuerdo del 17 de septiembre trata sobre el establecimiento, de aquí al 15 de octubre, de una zona desmilitarizada de una anchura de entre 15 y 20 km, que debería servir de zona tampón entre las fuerzas del régimen y la insurrección. Rusia y Turquía habrían encontrado un acuerdo sobre el trazado de las fronteras de esta zona, que pasaría a estar bajo control de unidades del ejército turco y de la policía militar rusa. Las personas combatientes (y las armas pesadas) deberían evacuar la zona a fin, según las palabras de Lavrov, ministro ruso de asuntos exteriores, de “evitar que prosigan los disparos desde la zona de desescalada de Idlib sobre las posiciones de las fuerzas sirias y la base rusa de Hmeimim”.

Nada está arreglado

El acuerdo, que Francia se ha apresurado a saludar, ha permitido quizás evitar provisionalmente un enésimo baño de sangre. Pero no está claro en absoluto, y las declaraciones de Lavrov lo confirman, un “compromiso” por parte del régimen. En efecto, no es porque este último nos ha acostumbrado a las peores atrocidades que la anulación (¿el retraso?) de la ofensiva sobre Idlib debe ser interpretada como un gesto de buena voluntad. Se trata en realidad, bajo la amigable presión del padrino ruso, de evitar una crisis diplomática regional, incluso internacional, cuando está ya claro para el conjunto de las grandes potencias que el conflicto sirio será arreglado conforme a las condiciones de Putin, es decir, con el mantenimiento del régimen de Assad.

Uno de los dignos representantes de ese régimen, el responsable de los servicios de información del ejército del aire Jamil al-Hassan, declaraba este verano, en una reunión ante varias decenas de oficiales, lo siguiente: “Una Siria con 10 millones de personas fiables, obedientes a sus dirigentes es mejor que una Siria con 30 millones de vándalos. […] Tras ocho años, Siria no aceptará la presencia de células cancerosas, éstas serán completamente extirpadas”. Por su parte, el 25 de septiembre, el viceministro sirio de asuntos exteriores, Faisal Mekdad, declaraba: “Igual que hemos vencido en todas las demás partes de Siria, seremos ahí también victoriosos. El mensaje es muy claro para quienes esto concierne: iremos a Idlib, ya sea mediante la guerra o por medios pacíficos”. Lo que viene a decir que a largo, incluso a medio plazo, nada está arreglado (sobre la política del gobierno sirio, ver el artículo que reproducimos más abajo ndt).

Reconstruir una solidaridad internacional

Basta, en efecto, con coger un poco de perspectiva y mirar el resto de la región para darse cuenta de que quienes quieren (hacer) creer en un posible retorno de la estabilidad por la fuerza bruta se engañan enormemente, y dan pruebas de un culpable y criminal desprecio por los pueblos de la región. Las injerencias extranjeras, el refuerzo de los autoritarismos y el clima de guerra fría entre Irán y Arabia Saudita son en efecto síntomas de una profundización de la crisis regional abierta por los levantamientos del invierno 2010-2011.

En Turquía, el nacionalismo autoritario de Erdogan no logra ocultar las fuertes contradicciones sociales que debilitan al régimen, cuyo ejemplo más reciente es la huelga obrera de las obras del tercer aeropuerto de Estambul y la solidaridad de la que ha disfrutado frente a la represión feroz del régimen. Además, y esto a pesar de la terrible ofensiva turca contra Afrin en enero pasado, las fuerzas kurdas de Rojava continúan siendo un elemento de desestabilización para los planes de Erdogan y sus aliados.

En Irak, país devastado por la invasión de 2003, la guerra civil que siguió y la incuria de las autoridades corruptas y que han jugado la carta confesional, se han desarrollado movilizaciones de amplitud, siguiendo el ejemplo de Basora donde las manifestaciones de masas contra la pobreza y por el reparto de las riquezas han derivado recientemente en disturbios, incluyendo el incendio del consulado de Irán, sin embargo considerado como quien mueve las bambalinas en Irak.

Del lado de Yemen, en fin, la sangrienta guerra llevada a cabo por la coalición dirigida por Arabia Saudita, que ha llevado a una catástrofe humanitaria sin precedentes, es un ejemplo trágico de la incapacidad de las potencias regionales para recuperar el control de una situación que se les escapa, de facto, desde 2010-2011.

En Siria como en otros lugares, los factores que provocaron los levantamientos de 2010-2011 siguen presentes y, si no se trata de caer en una visión mecanicista que pretendería que las mismas causas desembocaran siempre en los mismos efectos, no hay duda de que los pueblos de la región no han dicho todavía su última palabra. Y algo es cierto: la solidaridad internacional, aunque no esté forzosamente de moda, incluso en la izquierda, es una de las urgencias del momento, a fortiori en un país imperialista como Francia, cuyas responsabilidades son inmensas, entre otras y en particular debido a su papel de aprovisionador de armas a todos los carniceros de la región, en primer lugar de los cuales está Arabia Saudita que hace su guerra sucia contra Yemen por medio de armas y de tecnologías made in France.

https://npa2009.org/actualite/international/face-aux-dictateurs-et-aux-imperialismes-solidarite-avec-les-peuples-du

26/09/2018

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Siria

En Deraa, sur de Siria, vuelve progresivamente el régimen policial

Benjamin Barthe (corresponsal en Beirut de Le Monde)

Según la retórica del gobierno sirio, la provincia de Deraa, en el extremo sur del país, que las fuerzas lealistas reconquistaron en el mes de julio, es una zona ya “reconciliada”. Como en Guta, el suburbio de Damasco recuperado tres meses más tarde, las personas opositoras que no fueron transferidas en autobús hacia Idlib, el último feudo de la insurrección, en el noroeste, han recibido una oferta de amnistía. Cerca de 150.000 de ellas han comenzado un procedimiento llamado de “regularización” (taswiyat) al que se le supone prevenirlas contra cualquier arresto y conceder a los hombres de entre 18 y 42 años un plazo de seis meses antes de ser enrolados en el ejército.

La afrenta de marzo de 2011 -las primeras manifestaciones anti-Assad que hicieron de Deraa la cuna de la revolución- sería por tanto perdonada. El papel mayor que esta región ha jugado en los combates que han sacudido al régimen hasta 2015, fecha de la intervención militar rusa que le salvó, sería olvidado. Las autoridades repiten que no es el momento de la revancha, sino de la reconstrucción de la nación. “La reconciliación ha afectado a toda la región de Deraa y el gobierno sirio hace ahora todo lo que puede para reconstruir las infraestructuras de la provincia”, según aseguraba a finales del mes de agosto el ministro de administración local, Hussein Makhlouf. “Han sido asignados fondos para las carreteras, las viviendas, la iluminación, los desagües y la red de agua. Nos esforzaremos por restaurar una vida normal”, añadía, llamando a las ciudadanas y ciudadanos de la ciudad refugiados en Jordania vecina a volver al país. “Os garantizamos un retorno seguro”.

Pero la normalización, en un régimen policial como Siria, es también la vuelta de los servicios de seguridad, de los temidos mujabarat (servicios secretos). En Deraa, imponen de nuevo su férula de forma progresiva, creciente, esquivando a la policía militar rusa, desplegada en masa en la provincia para velar por el respeto de los acuerdos de “reconciliación”. A mediados de setiembre, la Oficina de Documentación de las y los Mártires de Deraa, una organización de defensa de los derechos humanos que continúa activa, clandestinamente, desde el interior de la provincia, y el centro de estudios Etana, cercano a la oposición, que sigue la situación en el sur de Siria desde Amman, inventariaban un número de detenciones desde julio muy similar: entre 160 y 180.

Baño de sangre

Las autoridades justifican estas detenciones de tres formas. La principal es la pertenencia a la organización Estado Islámico, que controlaba antes de julio una bolsa de territorio en el oeste de Deraa, y ha perpetrado, a finales de este mes, un sangriento ataque en la provincia vecina de Wuweida, de mayoría drusa, en el que han muerto cerca de 250 personas. Varias decenas de personas residentes de Lajat, una meseta rocosa en el norte de Deraa, han sido detenidas poco después, por su supuesto papel en este baño de sangre. Pero según Etana, una parte ha sido liberada tras la intervención de la policía rusa, lo que hace relativizar, en este caso, la sospecha de connivencia con el movimiento yihadista.

La otra acusación, esgrimida fácilmente por el poder sirio, es la de la colaboración con Israel. Hasta que el ejército regular se desplegara en julio en los altos del Golán, el Estado hebreo apoyaba allí a algunos grupos rebeldes, entregándoles armas y ayuda humanitaria, con la esperanza de que sirvieran de barrera contra los esfuerzos de infiltración de Hezbolá en esa zona. Sin sorpresa, algunos de esos combatientes, así como simples habitantes del Golán, han sido detenidos durante el verano por connivencia con el enemigo sionista. Fuentes locales estiman que pagan el hecho de haber sido cuidados en los hospitales del norte de Israel, y ven en su detención un arreglo político de cuentas.

En fin, ha habido personas que han sido encarceladas por una denuncia en su contra, por asesinato, desvío de dinero o robo de tierras. El gobierno asegura que es su responsabilidad, a partir de ahora, administrar justicia. Pero en los medios anti-Assad se ve en estos procedimientos, que tienden a multiplicarse, un pretexto para encarcelar a antiguos cuadros de la rebelión. “Se ve claramente que el régimen no ha cambiado en nada sus prácticas. La famosa reconciliación se parece más a una pausa que a un perdón”, acusa Essam Al-Rayyes, un oficial desertor del ejército sirio que trabaja para Etana. “La situación es menos difícil de lo que se temía, no ha habido ejecuciones masivas o redadas de gran envergadura”, matiza Omar Al-Hariri, de la Oficina de Documentación de Deraa. “Los rusos juegan un papel tampón relativamente eficaz”. “La cuestión que todo el mundo se plantea es qué ocurrirá cuando se vayan”, objeta Essam Al-Rayyes. “El régimen de Assad tiene la memoria muy larga”.

Economía en caída libre

Por el momento, como el acuerdo de reconciliación les obliga a ello, las tropas lealistas no penetran en la parte sur de la ciudad de Deraa, anteriormente en manos insurgentes, como tampoco en los pueblos que la rodean, al este y al oeste. Esas zonas han quedado bajo control de los comandantes rebeldes que las gestionaban hasta entonces y que, a cambio de su rendición precoz, han obtenido de los rusos el reconocimiento de su pequeño poder local. Este estatuto concedido les permite oponerse, en los estrechos límites de su minifeudo, a que los mujabarat lleven a cabo detenciones. A mediados de septiembre, uno de esos ex-jefes de guerra en vías de conseguir un estatus de notable, Ahmed Al-Awdeh, ha impedido así a una milicia rebelde rival, dependiente de los servicios de información del ejército del aire, implantarse en el perímetro de su pueblo, Bosra Al-Cham.

“En estas zonas, hay bastante calma, se tiene un poco más de agua y de electricidad que antes, y las escuelas han recibido un refuerzo de profesorado”, según cuenta Abu Omar, un ingeniero. “Pero todo esto es muy poco concreto y muy frágil. No nos atrevemos a salir de nuestros pueblos, que están rodeados de puntos de control. Tenemos la impresión de que nuestros certificados de “regularización” no valen gran cosa”. La tensión es tanto más grande en la medida de que la economía local está en caída libre. Las ONG internacionales que operaban en la región desde Jordania han suspendido sus programas, privando a la población de preciosas ayudas y de dinero. Según una fuente bien informada, el gobernador de Deraa ha respondido en un tono fatalista a jefes de tribu que habían ido a quejarse que “El gobierno no tiene nada de dinero”.

Damasco espera reabrir en las próximas semanas la terminal de Nassib, en la frontera jordana, con un importante centro comercial. Pero no es seguro que esta medida baste para relanzar la actividad y hacer que vuelvan las personas refugiadas.

“Nuestro mundo se ha hundido”, dice Abu Omar, que trabajaba para una ONG humanitaria y pasa ahora sus días tumbado o viendo la televisión. “Habría debido irme a Idlib en lugar de quedarme aquí. Estamos vencidos, ya no hay nada que hacer”.

Le Monde 27/09/2018

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur





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