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Un pensamiento rebelde
“Cultura política", de Francisco Letamendia
07/09/2018 | José María Ripalda

El título mismo de la obra, Cultura política[1], puede valer casi como un manifiesto ahora que un “haiku” puede ser tomado por una enciclopedia y los emoticones suplantan el trabajo de la escritura y su mismo contenido. Claro que también el espacio público está atomizado en privacidades. Los referentes comunitarios, sin un espacio de justicia compartido, se convierten en restos tóxicos. Y en este país desde hace 40 años la política tiene como único contenido “lo social” o -en el lenguaje de un famoso registrador de la propiedad- “lo-que-realmente-interesa-a-los-españoles”. Es como si el discurso, del que tanto se hablaba hace 30 años, hubiera dejado de existir. Solo hay consignas, lemas, titulares en un espacio inerte. Los periodistas son nuestros intelectuales por un lado y, por el otro, son “el pueblo” con el que los políticos gustan de “comunicar”. En la España posterior a 1978 las instituciones tienen por finalidad expresa la integración más que la representación, es decir: garantizan el carácter descendente del poder (Letamendia dicet). Más que restaurar una democracia que apenas ha existido realmente, se pactó una salida de la dictadura nacional-católica a una democracia restringida y de facto irreformable.

Que en estas condiciones Francisco Letamendia quiera tratar de “Cultura política” con mayúscula suena a rebelión. Y con razón, ya que si tenemos en cuenta la persona, diputado por Euskadiko Ezkerra en las Cortes Constituyentes, ninguneado en ellas, exiliado y acechado, resto de un proceso envenenado, retirado al fin en un puesto universitario de su Euskal Herria. Pudiera parecer que el retroceso a la Antigüedad en sentido amplio -antes de que hubiera Ciencia política- marcara para él un lugar de serenidad y estudio. No hay por qué excluir este matiz; pero en todo caso hay algo más.

La escritura de Letamendia muestra el placer de saber y de comunicarlo, el placer de escribir. En realidad se trata del primer tomo de una obra en la que el autor sigue trabajando como proyecto de emeritación en la Universidad del País Vasco. El 2º tomo tratará de la época del absolutismo, el 3º de la era moderna de los Estados-nación y del capitalismo, el 4º de su crisis, que Letamendia llama también “posmodernidad”, no sin darle a este término una discutible pretensión cronológica.

Un primer problema de esta obra, pensada como manual universitario, es la restricción en el título Cultura política, al limitarla a “Occidente”. Tanto la Antropología -y aquí podrían figurar incluso los apuntes etnológicos de Marx- como, desde los años 80, la world history (producto norteamericano de la operación postmoderna) o los subaltern studies ponen en cuestión esta restricción. Pero es que toda esta obra de Letamendia pende de su interés por la Ciencia política europea, cuyos antecedentes busca retrospectivamente en su Antigüedad. No se trata de buscar orígenes de por sí inencontrables, pero sí de profundizar la visión contra las orejeras de un actualismo rabioso. También a Marx la lectura de la Ciencia de la Lógica le sirvió para salir del atolladero teórico en que se encontraba, antes de que olvidara a Hegel mismo. Lo mismo que el personaje de Calicles en el Gorgias de Platón no solo anticipa aterradoramente la figura de Donald Trump, sino que lo hace iluminando una zona (muy) obscura de la democracia ateniense; y frente a un escándalo estúpido por Trump permite reconocer un de te fabula narratur. El pasado tiene sus pozos nada despreciables, sobre todo en paisajes desertizados.

El subtítulo general de la obra, Arte, Religión y Ciencia, muestra la densidad cultural con que Letamendia enfoca la Ciencia política estricta, máxime cuando en la Antigüedad no existía. El enfoque recuerda desde luego a Hegel más que a la deriva sociológico–jurídica desde finales del siglo XIX y, más aún, a la in-cultura general entre los políticos españoles. Puigdemont sí conocía la historia de la independencia de Bélgica en 1830 (y su paralelismo con el procès).

El solemne subtítulo general encierra de todos modos un problema, pues el término Ciencia no cuadra con Antigüedad, y el mismo Letamendia lo indica más de una vez. El término Saber parece más adecuado al menos en este caso. Precisamente la filosofía está bien cuidada en el libro; Sto. Tomás de Aquino, por ejemplo, es tratado con atención y respeto, si bien el estilo cobra cierto brillo al tratar de Abelardo e incluso denota entusiasmo con Guillermo de Ockham. Los juristas, sobre todo italianos, de los siglos XIII y XIV reciben especial atención como grieta en la antigua absorción de la política en la religión, el arte, la ética. Un gesto regresivo del actual Estado antiterrorista y protector es precisamente su pretendida justificación en nombre de una ética que él es el primero en violar sistemáticamente en nombre de la razón de Estado, ella misma una tapadera de intereses inconfesables públicamente.

Desde luego, Letamendia comienza por definir la cultura política con precisión jurídica por sus “objetos políticos, esto es, el poder, la legitimación, las instituciones construidas y los territorios en los que se ejerce el poder.” Las identidades estabilizan estos objetos, las ideologías de estos dos últimos siglos dinamizan las identidades. Ahora bien, las ideologías ellas mismas -liberalismo, socialismo, etc.- han sido producto directo de la revolución industrial y de la revolución nacional.

Actualmente las ideologías se resienten de la disolución de las identidades modernas -nacionales, de clase-; vivimos en el mundo fragmentado y sin centro de la precariedad posfordista y la financiarización “contestado por los mil pedazos oprimidos y dislocados”. Hasta aquí Letamendia. No veo aquí una pretensión de trazar una especie de filosofía de la historia, sino un adelanto de lo que va ser el trabajo de los próximos tomos. Desde luego, se trata no solo de fragmentación, sino también de una disolución de las instituciones territoriales intermedias y de sus recursos políticos. Incluso el lugar de la Ciencia política está amenazado. El capitalismo actual es un vórtice acelerado que se traga los mismos agentes que lo generaron y apoyaron. No es solo cuestión de dispersión y fragmentación postmodernas.

Letamendia vuelve en este tomo, Antigüedad, al momento en que ni la Ciencia política existía, buscando su realidad implícita de entonces...y seguramente también la de ahora. Religión, Arte, Saber, Ciencias diversas, por ejemplo Economía, ¿Cuál? La voluntad sintética del tomo dedicado a la Antigüedad es evidente. La narración es eficaz. El estilo es brillante, ágil; el lenguaje tiene la precisión del jurista. Pero la voluntad de enlazar en una sola narración elementos muy diferentes lleva a veces a la mera yuxtaposición. Junto a momentos felices, como el de la Baja Edad Media europea, la voluntad de atender a toda una historia cultural conlleva a veces dificultad en la síntesis. Letamendia ofrece más bien una inspiración o una serie de puertas, que solo pueden abrir investigaciones ulteriores, v. g. en un segundo o tercer ciclo universitario.

Por último, considero objetable la falta de ilustraciones, mapas, gráficos e índices. Este aspecto previsiblemente recibirá correcciones en los siguientes tomos, que realmente esperamos.

José María Ripalda es filósofo


[1] Francisco Letamendia, Cultura política en Occidente. Arte, Religión y Ciencia.

Tomo I, ANTIGÜEDAD (Grecia, Roma, Cristianismo y Antigüedad Tardía, Edad Media).

Bilbao. Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea, 2018.







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