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Argentina
Ahora que sí nos ven: crónica de una jornada verde en Buenos Aires
14/08/2018 | Camila Baron y Gabriela Mitidieri

¿Qué pasó el 8A? Todavía nuestros cuerpos sienten los embates de tantos días arduos, del remolino de sensaciones y emociones que nos recorrieron durante estas últimas horas de espera, ansiedad y organización. Nuestra histórica demanda cruzó fronteras, entró en cada casa, en cada lugar de trabajo, desbordó las calles, permeó todos los espacios pero no pudo con el anquilosado conservadurismo del Senado.

El proyecto que había tenido media sanción en la Cámara de Diputados el 13 de junio fue rechazado en una de las madrugadas más frías y húmedas del año por 38 votos contra 31. Aunque en los principales diarios ya no sea noticia nosotras sabemos que somos una revolución viva y que estamos escribiendo la historia. Seguimos intentando ponerle nombre a lo que vivimos durante la jornada del 8A. Reivindicamos nuestra búsqueda incesante y siempre abierta; no está escrito aún hacia dónde se mueve (y nos empuja) la fuerza del feminismo.

La historia

El nivel inédito de masividad en las calles invita a un impresionismo en el que tal vez se pierda el espesor del acumulado feminista argentino y latinoamericano. Desde el año 1986 se realizan una vez al año en distintos lugares del país los Encuentros Nacionales de Mujeres. Son instancias en las que miles de compañeras nos dividimos en talleres con ejes específicos de debate, de los que se desprenden articulaciones, agendas e intensidad política que cada una se lleva de vuelta a su provincia. En talleres como esos, se conocieron compañeras referentes que luego construirían redes de socorro rosa, consejerías pre y post aborto en las que se brinda y se brindó información de calidad para interrumpir embarazos no deseados de manera segura. También de un ENM en 2003 surgió la iniciativa de constituir la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. La Campaña desde sus orígenes fue una articulación federal integrada por un amplio espectro de partidos políticos, activistas independientes, profesionales feministas comprometidxs con la lucha por el aborto. Se ocupó de manera focalizada de instalar la temática y de ganar presencia y apoyo a nivel parlamentario.

Este año fue la séptima vez en que la campaña presentó un proyecto de ley en lo que van de sus 13 años de historia. Su perseverancia se acompasó con una efervescencia feminista internacional, con la difusión de una agenda de demandas del movimiento de mujeres y del colectivo LGTB y el empuje agitativo de cada Ni Una Menos. Ni una menos dejó de ser consigna para transformarse en movimiento de activistas y organizaciones. En cuestión de meses pasamos de repudiar la violencia machista a incorporar en esa lucha también demandas de trabajadoras formales e informales, remuneradas y no remuneradas, discutimos la cis-heteronorma y por supuesto recuperamos la histórica pelea por el derecho al aborto.

Dinosaurios D.C

Una imagen que se repite por doquier en las redes llegó a los pasillos del Senado durante la noche de la votación: el recinto recuerda en su composición vetusta a una suerte de Parque Jurásico. A pesar de la efectividad de la metáfora, vale señalar algunas diferencias esenciales con los tiempos prehistóricos: el resultado de la votación nos enseña que no se trata de un espacio abierto y verde sino de un reducto blindado en cuyas paredes cuelgan crucifijos y quienes portan pañuelos celestes lograron moverse como peces en el agua.

En ese adentro, tan impermeable al afuera, constatamos que el nivel de debates no fue ni la sombra de lo elaborado en diputadxs. Las exposiciones de especialistas en las comisiones que debían tratar el proyecto dejaron escenas imposibles de olvidar como la del médico que dijo que el preservativo no previene el contagio de VIH o la del cura que contó haber sido el receptor de testimonios de menores de edad violadas y no haber denunciado a los violadores. El nivel no se elevó cuando tocó escuchar a los propios senadores en una sesión que duró más de 15hs. Sentimos furia al no poder contestarle en vivo y en directo a un legislador como Urtubey, quien señaló que “hay violaciones que no suponen violencia para la mujer”. Ni siquiera hizo esfuerzos por ocultar su misoginia, su moral hipócrita, sus valores peligrosamente reaccionarios. O el senador De Angeli quien nos dejó esta profunda y sesuda reflexión argumentativa para justificar su veto: “Cuando se entera que una mujer está embarazada se va con alegría a felicitarla. Se le regala una planta para que esa planta vaya creciendo y vea la imagen de su hijo. Esas son las cosas que no podemos perder. Por eso voto en contra”.

Los nombres de quienes expresaron su voto negativo se repiten en mil formatos en las redes y todxs prometemos recordarlos, especialmente cuando les llegue el momento de someterse a las urnas. Sin embargo, la consigna “no lxs votemos nunca más”, clara, potente y capaz de atemorizar a cualquier político de carrera fue utilizada de los lados. Es evidente que para muchxs senadorxs resultó más persuasiva la poderosa institución eclesiástica local, sus ingentes recursos económicos que les permiten tener una “unidad básica” en cada pueblo que a los argumentos del masivo movimiento feminista frente a esta nueva Inquisición. De este lado redoblamos la apuesta y ya llevamos pañuelos naranjas, nuevo símbolo que aboga por la separación de la iglesia y el estado.

Casi todos los discursos a favor de la ley subrayaron una temporalidad que compartimos: más temprano que tarde, tendremos aborto legal. Del otro lado también parecían saberlo aunque se atajaban: “nos dicen arcaicos, retrógados, que no escuchamos a los jóvenes (...). Pero yo sé cómo va a evolucionar la sociedad, lo sé absolutamente”, decía un senador, que, como muchos otrxs, ataba su voto a un cálculo electoral personal a pesar de estar a favor en su fuero íntimo. Con esa soltura parecía decirnos “garantícenme ustedes que esto no complica mi candidatura como gobernador y ahí tendrán mi voto” desnudando la lógica con la que el Congreso aprueba o rechaza las leyes.

Para el asombro de muchas, cuando el proyecto ingresó al Senado, el voto positivo mantenía cierta ventaja sobre el no. Eso hacía pensar que la foto del 13J que mostraba las calles llenas y verdes de un lado y apenas un puñado de banderas argentinas y rosarios del otro estaba permeando en la Cámara Alta. Rápidamente comprendimos que era necesario sostener la calle. Las llenamos una y otra vez, nos movilizamos en plazas de todo el país y tuvimos espacio en los medios masivos de comunicación: recogimos el apoyo de actrices, artistas y periodistas con una gran capacidad de llegada al público masivo. A cada nueva mala noticia sobre algunx indecisx que se declaraba en contra respondimos con más actividades, debates públicos, materiales de difusión y argumentos a favor. Pero del otro lado teníamos a un enemigo sigiloso y poderoso que copió nuestras insignias (pañuelos celestes en vez de nuestros verdes) y marchó con crucifijos en todas las provincias del país.

Sin embargo, ganar las calles no nos alcanzó. A la visibilidad de nuestros debates, a la transparencia pública de nuestras intervenciones, a la incansable búsqueda de la democracia de nuestras organizaciones se le opuso la opacidad de las internas parlamentarias, el cálculo electoral y el oscurantismo.

A pesar de desesperarnos con cada nuevo poroteo -término coloquial para referirnos al conteo de votos-, y de haber perdido la pulseada por siete votos, tenemos una certeza: ahora sí nos ven. El movimiento feminista irrumpió con insolencia en el sistema político. Propusimos un debate de magnitudes casi inéditas para la democracia de argentina. Ese mérito es nuestro. También lo es haber escuchado por primera vez en la historia de la Cámara de Senadorxs consignas como maternar es político, derecho al goce y las palabras feminismo, machismo y patriarcado.

Fuimos protagonistas sin tener banca en el Senado. El nuestro es un movimiento vivo, en auge, en pleno proceso creativo. Ante nuestra amenaza de hacer la tierra temblar, del otro lado mostraron los dientes y sacaron a relucir sus prácticas ancestrales misóginas y cercenadoras de derechos civiles. Pero sí, es indudable: nos ven. Y a pesar de que los partidos tradicionales siguen minimizando nuestra potencia, el sistema político en su conjunto tuvo que tomar nota de todo lo que sucedió. A nadie escapa que soplan vientos de inestabilidad política y, en este proceso abierto, la marea feminista puede ser capaz de articular descontentos varios: desde el repudio a la misoginia y a la ideología de la domesticidad imperante en el Parlamento hasta la puesta en evidencia de que los discursos y prácticas patriarcales de la derecha que nos gobierna no son mero accesorio, sino que estructuran un programa neoliberal de vaciamiento del Estado y precarización de las condiciones de existencia del pueblo trabajador. Y en esa existencia precaria, las mujeres cis, lesbianas y trans seguimos llevándonos la peor parte.

Al calor de la intemperie

El 13J fuimos testigxs y protagonistas de un escenario inédito de movilización del movimiento de mujeres, feminista, LGTB, partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales nucleadas en la Campaña por el Derecho al Aborto. El 8A duplicamos esfuerzos: micros de todo el país trajeron compañeras y desde la noche del 7 carpas y gazebos, escenarios y pantallas se montaban a lo largo y ancho de las principales avenidas del centro político de la ciudad capital, con movilizaciones y despliegue equivalente en las principales ciudades de la Argentina. Desde el mediodía la lluvia no dio tregua y mientras seguíamos el minuto a minuto del debate y coordinábamos las variadas actividades del día (paneles, charlas, talleres, recitales), inventábamos maneras creativas de protegernos del frío aguacero. Paraguas, pilotos hechos con bolsas de residuos, camperas y botas que no resistieron el clima fueron parte de una jornada a la que no le faltó mística en forma de canciones y bailes colectivos debajo de la tormenta. Más allá de la plaza del Congreso vallada, el Estado parecía haberse retirado a su recinto parlamentario, porque los cortes de calle y los cuidados generales de la masiva movilización tuvimos que construirlos entre nosotras, en coordinación con la Campaña. Un despliegue de articulación entre organizaciones también garantizó la coordinación a lo largo de la noche aún con una marejada de gente que volvía una simple caminata de dos cuadras en odisea imposible que tomaba una hora. Miles de adolescentes, en grupos, detrás de las banderas mojadas de lluvia de sus Centros de Estudiantes, se hicieron presentes y pusieron de manifiesto también el modo en el que la lucha por el derecho al aborto legal se entrelaza con la pelea por la aplicación de la ley de Educación Sexual Integral. Compañeras organizadas desde las barriadas pobres de la ciudad y el conurbano bonaerense también estuvieron desde temprano. Se ocuparon de desmentir con su presencia los dichos misóginos, patriarcales y tutelares de algunos curas villeros que sostuvieron que hablar de sexualidad, maternidades deseadas y de formas seguras de interrumpir embarazos eran puntos de una agenda de mujeres de clase media. Compañeros del frente de transmasculinidades, compañeras trans, maricas, compas no binarixs y lesbianas que acompañan interrupciones de embarazos no deseados gritamos también en medio del chaparrón que el aborto no es un asunto sólo de mujeres cis. Por una lado, porque preferimos pensar en términos de capacidad gestante para dar cuenta de la diversidad de posibles experiencias sexo-genéricas en las interrupciones de embarazos, pero también porque entendemos como dijo una vez un compañero trans que existe una alianza afectiva poderosa entre quienes batallamos por la autonomía de nuestros cuerpos, para decidir en nuestros propios términos cómo habitarlos. Desafiamos juntxs con nuestras demandas el cis-hetero-patriarcado, su violencia y sus mandatos.

La calle condensó un acumulado poderoso de organización y articulación. No fue tan sólo un puñado de descontentxs con la ilegalidad y clandestinidad del aborto quienes se dieron cita. Además de las organizaciones sociales, políticas, feministas, gremios, centros de estudiantes, también se hizo visible la articulación con aquellos y aquellas que impugnan cotidianamente la clandestinidad del aborto. La Red de Profesionales por el Derecho a Decidir, quienes intervienen garantizando interrupciones de embarazo por causales (salud de la persona gestante, violación e inviabilidad fetal), coordinaron una charla en la que reafirmaron su voluntad de seguir trabajando desde el propio sistema de salud para llegar a más compañeras. Consejerías pre y post aborto, líneas de información segura, colectivas feministas de socorro rosa también fueron de la partida.

¿Y del otro lado qué?

Del otro lado de la plaza, muy cerca de la entrada por la que lxs senadorxs ingresan al Congreso, se extendían banderas argentinas y rosarios en gran escala. Tamqbién el famoso bebé gigante de papel maché que desfiló en cada una de las marchas del sector antiderechos. En las últimas semanas, figuras públicas como la actriz Amalia Granata nos invitó cordialmente a que “cerráramos las piernas” en lugar de reclamar por nuestro derecho a no maternar. Cecilia Pando, conocida defensora de genocidas de la última dictadura militar instó a luchar “Por las dos vidas”. Y la presencia de Bandera Vecinal, partido político neonazi, abiertamente xenófobo, fue el elemento que nos faltaba para entramar en un mismo cuadro la alianza eclesiástica, fascista, conservadora y misógina en la vereda de enfrente a la del movimiento feminista.

Pero no conformes con la violencia simbólica de sus dichos, en las últimas semanas fuimos conociendo múltiples casos de compañeras agredidas físicamente en las calles por el mero hecho de tener atado el pañuelo en sus mochilas. Docentes que por el mismo motivo fueron hostigadxs en los colegios privados en los que dan clases e incluso “invitadxs” a abandonar la institución. En este marco, el panorama post-votación hace suponer que dentro del oficialismo la grieta abierta entre una derecha liberal y una conservadora y reaccionaria al interior de la alianza Cambiemos haga inclinar la balanza en favor de esta última.

La brújula es nuestra

No deseamos negar ni pasar por el alto el enojo, la frustración, la tristeza del momento en el que conocimos la votación. La desazón y el momento de cansancio también es político. Se hacen precisos los balances, la revisión de estrategias, las nuevas apuestas por venir. Pero el feminismo como praxis y reflexión cotidiana nos acompaña. En sentidos también urgentes y concretos: seguimos construyendo redes de acompañamiento para que las interrupciones por causales sean respetadas, para que la información segura circule, para que los derechos conquistados hasta el momento se cumplan.

En el transcurso de la última semana, fuimos testigxs de intentos por correr el eje de la discusión nodal en torno a nuestro proyecto de ley. A través de iniciativas aisladas, mezquinas, de senadores que terminaron absteniéndose en la votación, conocimos proyectos de despenalización del aborto y otros que repetían lo ya conquistado sobre las causales. Circulaba el rumor de que iban a tratarse luego de que se rechazara nuestra ley en la sesión del 8A. La confusión que lograron instalar respondía a la lectura del oficialismo, principal fuerza antiderechos dentro del Congreso, que empezaba a temer el costo político de que la ley no saliera y de no mostrar ningún proyecto alternativo. Otra vez el cálculo, la opacidad, la manipulación. El 9A, bien temprano, los diarios confirmaron esa hipótesis: algunxs de lxs funcionarixs que más férreamente se opusieron al proyecto de IVE ahora aparecían como artífices de una posible reforma del código penal que contemplara una despenalización. Horas después, el anteproyecto de esa reforma nos confirma que ni siquiera prevé la eliminación de las penas sino que apenas propone dejarlo librado a la discrecionalidad de cada juez.

Nosotras insisteremos: sin legalización no hay despenalización posible. Porque impedir un libre acceso a través del sistema público de salud penaliza de hecho a quienes no tienen medios para interrumpir un embarazo de manera segura. Despenalizar sin legalizar es limpiar las conciencias de quienes pueden recurrir a una clínica privada. Es el panorama soñado por el liberalismo que nos gobierna: cada quien se cuida el cuerpo con el poder adquisitivo del cual goza. Queremos despenalización y una legislación que la haga posible de manera real y concreta, que garantice derechos, que no vacíe de recursos públicos el estado. Así como queremos la aplicación de la ley de Educación Sexual Integral que habilite que nuestros lugares de estudio en todo el país sean espacios de reflexión sobre sexualidad, deseo, roles de género y despatriarcalización.

Nuestras redes feministas no lo pueden todo, no tienen los recursos y la infraestructura de un Estado y su sistema público de salud, aún en momentos neoliberales de vaciamiento del mismo. Pero pueden mucho. Llegamos hasta acá y vamos por más. La brújula es nuestra. Como nuestras son estas nuevas formas feministas de pensar, sentir y existir en la política.

Camila Baron es economista y miembro del comité editor de Revista Intersecciones. camilabaron@gmail.com

Gabriela Mitidieri es licenciada en historia y miembro del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (UBA). Es militante de Democracia Socialista y de Quimeras, su frente de géneros y disidencias sexuales. gmitidieri@gmail.com





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