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Nicaragua
Otra revolución traicionada (y 2)
11/08/2018 | Roberto Montoya

“Tiempo de derrumbamiento y perplejidad; tiempo de grandes dudas y certezas
chiquitas. Pero quizá no sea tan chiquita esta certeza: cuando nacen desde
adentro, cuando crecen desde abajo, los grandes procesos de cambio no
terminan en su lado jodido. Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una
década de asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de
dignidad y justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en algunos dirigentes
que no han sabido estar a la altura de su propia gesta, y se han quedado con
autos y casas y otros bienes públicos? Seguramente el sandinismo es bastante
más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra
y en la paz no han sido capaces de perder las cosas”.


Eduardo Galeano, 31 /03/1992

La causa fundamental de la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de 1990 fue sin lugar a dudas la crítica situación económica, social y de seguridad en la que se vio sumergida Nicaragua a causa de los diez años de guerra que libraron contra la revolución sandinista miles de ex militares de Somoza y mercenarios financiados por Estados Unidos.

A partir de 1987 la Administración Reagan, en el último tramo de su mandato, aumentó el presupuesto para la ayuda a la contra, que contaba con sus santuarios en la vecina Honduras, lo que supuso una multiplicación de los ataques armados en zonas rurales, con miles de víctimas y desplazamientos obligados de poblaciones enteras.

Muchos hombres y mujeres que se reivindicaban sandinistas lloraron al votar por la UNO (Unión Nacional Opositora) y no por el FSLN, pero estaban convencidos de que era la única forma de que cesara la guerra y que EE UU levantara su cruel embargo a Nicaragua. George Bush ’senior’, que llegó al poder en 1989, prometió ya durante su campaña electoral que si ganaba la UNO se levantaría automáticamente el embargo. La inflación en 1988 había llegado a casi el 1.400%.

La oposición de derecha aprendió de sus errores y se unió (como pasaría años después en Venezuela), contando igualmente con el apoyo de la beligerante jerarquía de la Iglesia católica y de distintas iglesias protestantes

La UNO aseguraba que con su triunfo volvería el voluminoso capital que había salido del país durante la última década y que los inversores estadounidenses regarían de dólares Nicaragua dando trabajo y buenos salarios a todos.

La nueva situación internacional favorecía a la derecha. En 1989 había caído el Muro de Berlín y comenzaban a tambalearse los regímenes socialistas burocráticos de Europa del este, mientras el Ejército Rojo se veía obligado a retirar de Afganistán a sus 100.000 soldados por la puerta de atrás tras fracasar en su intento de salvar al pro-soviético gobierno afgano, hostigado por los miles de yihadistas financiados y armados por los señores de la guerra, EE UU y sus aliados.

Nicaragua perdía así aliados internacionales claves, ayuda económica y militar.

La guerra y el contexto internacional incidieron decisivamente en la derrota electoral.

Sin embargo, en la derrota electoral influyó también el desánimo y la desilusión que iba creciendo en los últimos años en una parte significativa de la población nicaragüense a causa del curso que estaba tomando la revolución. Muchos vivían con preocupación los retrocesos en temas económicos, laborales y sociales para contentar a sectores de la burguesía. También crecía en las bases sandinistas el malestar por el proceso de burocratización y verticalismo que mostraba la Dirección Nacional del FSLN.

En un artículo que publicó en las páginas de viento sur en 2004 nuestro compañero Adolfo Fito Rodríguez, quien desde 1984 a 1992 militó en las filas del FSLN y trabajó en Managua en el Ministerio de la Presidencia, analizaba aquella involución: “A pesar de las excusas que se dieron, nada hacía imprescindible mantener durante diez años las decisiones principales en manos de una minoría de dirigentes y esto es lo que pasó en Nicaragua. El FSLN mantuvo hasta después de la derrota electoral de 1990 una organización vertical, en la que todas las decisiones importantes las tomaban los nueve comandantes de la Dirección Nacional”.

Fito Rodríguez recordaba en ese artículo, escrito cuando se cumplían veinticinco años de la revolución de 1979, que todos los debates que se producían en el seno de la Dirección Nacional entre los máximos líderes de las tres tendencias internas se desarrollaban “en secreto para la mayoría de los militantes y simpatizantes y para la población, que no tenían acceso a conocer siquiera cuáles eran esos debates”.

El FSLN siguió siendo una organización con estructura militar después de la revolución de 1979 y los miembros de la propia Asamblea Sandinista, una suerte de comité central, eran cooptados por la Dirección Nacional. Toda la estructura interna se elegía de arriba hacia abajo y no a la inversa, y esto se aplicaba también a los miembros de los CDS (Comités de Defensa Sandinista); a cargos sindicales y a todos los cuadros territoriales y de las distintas áreas.

Fito Rodríguez reivindicaba por un lado la actitud que tenían los ministros y altos cargos del Gobierno sandinista de mantener periódicamente encuentros con los trabajadores y la población, pero, al mismo tiempo decía: “la ausencia de cauces formales, democráticos, de expresión y decisión, permitía que el poder de los cuadros del FSLN fuera muy grande, que se dieran cotidianamente abusos y que se fuera desarrollando una casta burocrática en el partido, las organizaciones de masas y el Estado”.

Esos abusos y esos privilegios de los cuadros dirigentes, junto al retorno de la importación de productos de lujo y las tiendas en dólares, contrastaban cada vez más con la realidad de una población a la que se le pedían grandes sacrificios económicos y sociales. Esta situación provocó numerosas críticas de las bases sandinistas y malestar en la población.

La revolución mostraba su lado oscuro, las miserias de muchos dirigentes y cuadros medios.

Todo ello habría de agudizarse aún mucho más después de la derrota electoral de 1990. Eduardo Galeano, que apoyó activamente desde el primer momento la revolución sandinista, viajó numerosas veces a Nicaragua y escribió sobre ella en varios de sus libros, diría reflexionando sobre aquella derrota: “Al fin, los sandinistas perdieron las elecciones, por el cansancio de la guerra extenuante y devastadora. Y después, como suele ocurrir, algunos dirigentes pecaron contra la esperanza, pegando una voltereta asombrosa contra sus propios dichos y sus propias obras. Mucho habían cambiado los tiempos, en tan poco tiempo”.

La piñata, el sálvese quien pueda

En las filas del FSLN era generalizada la incredulidad ante los resultados electorales. Era una realidad difícil de asumir; algunos sectores internos dudaban de si debía aceptarse la derrota o rechazarla. Haberla rechazado hubiera supuesto previsiblemente una intervención militar directa y masiva de Estados Unidos en Nicaragua. Solo un año antes Estados Unidos había invadido Panamá, secuestrando a su presidente, el coronel Noriega, a quien se trasladó por la fuerza a Florida, donde fue encarcelado, juzgado y condenado por un tribunal federal.

Fito lo recordaba así hace catorce años: “La situación era de un desgarro inaguantable. Habíamos sido derrotados en las urnas, pero el poder real era revolucionario. El Ejército, la policía, las milicias, los batallones, las organizaciones de masas, los barrios, los sindicatos, las cooperativas, etcétera, todos estábamos armados y éramos cientos de miles”.

Internamente se terminó imponiendo la idea de respetar las reglas de juego que el propio FSLN había establecido; se trataba en definitiva de respetar la voluntad de la mayoría de la población, fueran las que fueran las causas que indujeron a muchos electores a votar por la UNO.

A pesar del poder real que el FSLN seguía teniendo, la mayoría de sus combatientes y militantes aceptaron prepararse para la nueva etapa que se iniciaba como principal fuerza opositora parlamentaria.

El Frente iniciaba un camino desconocido, por primera vez pasaba a ser una oposición parlamentaria.

Las bases sandinistas y el electorado del FSLN en general habrían de tener todavía otra gran desilusión: la piñata. Los nicaragüenses llamaron de esa forma al proceso de degeneración en el que se vieron inmersos varios de los principales comandantes de la Dirección Nacional y un gran número de cargos públicos y cuadros medios, que se apresuraron a apoderarse de propiedades, tierras, cafetales, automóviles y un sinfín de propiedades del Estado.

Este proceso se vio enmarcado dentro del más amplio y caótico proceso de traspaso de numerosos bienes del Estado, locales, imprentas, vehículos y un largo etcétera, a organizaciones de masas, fundaciones y ONG sandinistas. Todo se hacía en aras de evitar que cayeran en manos del enemigo lo que tanta sangre había costado. Se trataba de prepararse para resistir a los años venideros en la oposición.

Se sostenía en ese momento que no se podía permitir que la derecha pro imperialista recuperara bienes que habían sido confiscados por la revolución para beneficio del pueblo, y propiedades de un Estado sandinista por el que habían dado su vida tantos miles de nicaragüenses.

Pero ese discurso fue utilizado igualmente por comandantes y cuadros medios del FSLN, funcionarios del Estado, para encubrir su propio enriquecimiento personal.

Ese proceso de apropiación ilícita de bienes públicos y de privilegios que ya habían sido denunciados en los últimos años por las bases sandinistas llegó así a su nivel más extremo. Bajo esa excusa comandantes, ministros y otros cargos públicos se repartieron rápidamente no solo haciendas, tierras y mansiones confiscadas a terratenientes enriquecidos durante la dictadura de Somoza, sino que se apropiaron también de numerosas propiedades, explotaciones agrícolas, camaroneras, automóviles y otros vehículos de los ministerios, y hasta de barcos y helicópteros del Estado.

Todo parecía legitimado para poder resistir en la nueva etapa que se abría.

De esta manera la piñata sirvió para consolidar aún más a esa naciente burguesía sandinista que venía creciendo desde años antes, como la boliburguesía que se desarrollaría posteriormente bajo los gobiernos de Chávez y Maduro en Venezuela.

El sociólogo de izquierda y sandinista de la primera hora Oscar René Vargas -actualmente víctima de la caza de brujas desatada contra los críticos a Ortega- decía que aquellos que participaron de la piñata primero se apropiaron de casas “como medida de supervivencia cara al futuro”, después buscaron alguna segunda vivienda de las expropiadas años antes, siguieron con una tercera, y como reserva se quedaron con unos cientos de hectáreas de tierra y ganado.

El propio Daniel Ortega, el comandante Bayardo Arce o el hasta entonces respetadísimo comandante Tomás Borge participaron del saqueo junto con muchos otros. El caso de Borge fue especialmente triste, patético. Fundador y hombre clave del FSLN desde la primera hora, un hombre que sufrió la tortura, la cárcel, al igual que su mujer, que terminó siendo asesinada por la dictadura de Somoza como muchos de sus mejores amigos, pasó a convertirse gracias a la piñata en propietario de casas, fincas, de un poderoso capital, de una colección de coches y un largo etcétera.

José Luis Rocha recordaba en 2012 desde las páginas de viento sur cómo en 1992, solo dos años después de la derrota electoral, Tomás Borge creó la Fundación Civil La Verde Sonrisa y catorce años después, en 2009 “la rebautizó Fundación Cristiana La Verde Sonrisa”, que se definía como una organización “apartidista, apolítica, de interés social y perseguirá contribuir a la exégesis de la religión cristiana y su inserción histórica en América Latina, incorporando para este fin al pénsum académico general de enseñanzas bíblicas con el fin de analizar temas contemporáneos relacionados con la familia y la sociedad en general, desde una perspectiva cristiana”.

Las amistades peligrosas del FSLN

El Gobierno de Violeta Chamorro supo sacar beneficio político de la piñata prometiendo impunidad a los comandantes y otros cuadros sandinistas implicados a cambio de que mantuvieran una oposición parlamentaria suave.

César Ayala recordaba en un artículo de 1997 en viento sur que los sandinistas inicialmente llamaron a la población a “gobernar desde abajo” y que con sus sindicatos y organizaciones de masas lograron paralizar prácticamente el país montando tranques (barricadas) en Managua y otras ciudades en los primeros meses del Gobierno Chamorro.

“En ese momento”, escribía Ayala, “los sandinistas concluyeron un acuerdo con el Gobierno Chamorro: a cambio del abandono de los proyectos de extrema derecha y la aceptación de la reforma agraria, los sandinistas desmovilizaron a los trabajadores y dejaron a las élites económicas recuperar el control de Nicaragua”.

Y añadía Ayala: “Durante los tres años que siguieron, los sandinistas virtualmente cogobernaron con la UNO de Violeta Chamorro, gracias a una alianza en la Asamblea Nacional”.

En 1993 los diputados de la UNO y el sector enriquecido de los sandinistas sellaron de hecho un pacto parlamentario para enfrentar a los sectores más oligárquicos de Nicaragua. La UNO evidenciaba así sus divisiones internas pero esa alianza provocaba también fuertes choques en el seno del FSLN.

Sergio Ramírez, vicepresidente durante el Gobierno de Ortega, decidió abandonar el FSLN para formar con la ex comandante Dora Téllez y otros cuadros el MRS (Movimiento de Renovación Sandinista) criticando la alianza con Chamorro y el haber dado luz verde a los amplios planes de su primer ministro, Lacayo, para la reprivatización de más de 300 empresas y servicios públicos. Por su parte el FSLN oficial acusaba al MRS de socialdemócratas.

Ernesto Cardenal, el sacerdote e histórico poeta de la revolución -duramente criticado por el Vaticano y la jerarquía eclesiástica venezolana-, ministro de Cultura con Ortega y figura emblemática de la Teología de la Liberación en Centroamérica, abandonaba también el FSLN denunciado la “irreparable fractura moral” que se había producido en su seno.

La dirección sandinista, controlada por la mayoritaria corriente Izquierda Democrática de Ortega, vivía una suerte de esquizofrenia en aquellos años ’90: por un lado mostraba ante los trabajadores su cara aguerrida alentando su lucha contra las privatizaciones, y por el otro apoyaba en la Asamblea Nacional al gobierno que las aprobaba.

El FSLN sostenía que había que reforzar a Chamorro y Lacayo frente a los sectores más oligárquicos de la UNO que estaban apoyados abiertamente por Estados Unidos, pero ese extraño equilibrio inconcebible años antes desconcertaba a la ciudadanía y dividía a la militancia sandinista.

La inédita relación del sandinismo con la derecha hizo que Violeta Chamorro mantuviera durante los primeros años de su gobierno insólitamente al frente del Ejército Popular Sandinista (EPS) a Humberto Ortega, hermano de Daniel. Humberto Ortega mostró su apoyo al Ejecutivo de la UNO y dejó claro ante la prensa en 1991 que el EPS ya no era el brazo armado del sandinismo.

Lo ratificaría en 1993 cuando ordenó sofocar un levantamiento en la ciudad de Estelí de militares sandinistas críticos con esa postura.

En 1996 el FSLN volvió a presentarse a las elecciones generales, nuevamente con Daniel Ortega como su candidato presidencial, y sufrió su segunda derrota en las urnas, esta vez contra Arnoldo Alemán, el candidato de la derecha, hijo de un alto funcionario del dictador Somoza, apoyado por Estados Unidos, el Banco Mundial, el FMI y financiado por el líder anticastrista Jorge Mas Canosa.

A pesar de que el Gobierno de la UNO había supuesto un fuerte retroceso económico y social para la mayoría de la población, la derecha se presentaba nuevamente como la salvadora de los problemas nacionales, con el mismo mensaje alarmista que había hecho ante las elecciones de 1990: “Si triunfa Ortega volverá la guerra, el embargo, la miseria”.

Para enfrentar ese discurso Daniel Ortega optó por hacer un guiño de moderación aún más drástico y se presentó a las elecciones llevando como su segundo a Juan Manuel Caldera, miembro nada menos que del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), poderosa asociación de la patronal que había jugado un papel de enemigo frontal de la revolución sandinista desde que esta triunfó en 1979 hasta su derrota de 1990.

El nombramiento de semejante compañero de lista terminó de desconcertar a la militancia y a los electores sandinistas, y Ortega perdió las elecciones. Durante la campaña electoral Daniel Ortega también había propuesto públicamente al candidato de la derecha, a Alemán, sellar un acuerdo de no agresión, de no revanchismo, en un intento por asegurarse que de perder nuevamente podría coexistir con el ganador como había hecho con Violeta Chamorro.

Su estrategia funcionó, Alemán triunfó en las elecciones y Ortega, líder de la oposición, siguió manteniendo por un lado un discurso populista, cercano al pueblo, mientras que el FSLN en la Asamblea Nacional mostraba una posición ambigua y pasiva frente al desmantelamiento progresivo de todo lo público y la corrupción rampante que caracterizó al Gobierno de Arnoldo Alemán.

Otro de los nueve ex comandantes de la Dirección Nacional del FSLN que se distanció de los hermanos Ortega durante aquellos años ’90, Henry Ruiz -comandante Modesto-, y pasó a formar parte de otra fuerza sandinista crítica con el oficialismo, el Movimiento de Unidad Sandinista Carlos Fonseca, decía en una entrevista publicada en viento sur en el 2000: “El pacto no es solamente una traición a los militantes revolucionarios sino a otros sectores que al menos contaban con tener una fuerza que pudiera frenar el gobierno de Alemán”.

Henry Ruiz, que ya en 1994 se había presentado como candidato alternativo a Daniel Ortega en las elecciones internas del FSLN a secretario general, decía: “La militancia no logra entender por qué un Somoza puede andar con un sandinista de la mano, en el mismo negocio, mientras en este país no ha pasado la pobreza, la injusticia es mayor y las desigualdades políticas son mayores. Por eso la juventud no se incorpora al sandinismo”.

El comandante Modesto sostenía que el FSLN y el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Arnoldo Alemán se diferenciaban cada vez menos y que había que acabar con ese bipartidismo.

El descrédito de Daniel Ortega se agudizó en 1998 cuando su hija política, Zoilamérica Narváez, lo acusó de haber abusado sexualmente de ella durante años. Ortega utilizó en ese momento su inmunidad parlamentaria para eludir su enjuiciamiento, consiguiendo el apoyo del partido del presidente Alemán para evitar su desafuero.

Como recordaba en julio pasado en su artículo Iosu Perales en la web de viento sur, “sólo después de pactar con Alemán para evitar el desafuero parlamentario, fue que Daniel Ortega se presentó en 2001 ante una juez sandinista, la cual no lo declaró culpable ni inocente del delito por el cual fue acusado, sino que cerró el caso porque supuestamente ya había prescrito legalmente”.

Ortega devolvería el favor a Alemán años más tarde, cuando fue este quien se encontró en aprietos frente a la justicia.

En 2001 Daniel Ortega lo volvía a intentar, se presentó como candidato presidencial frente al candidato de la derecha, Enrique Bolaños, y volvió a perder, aunque el FSLN mejoró algo su posición parlamentaria. Seguía sin aparecer una alternativa mejor a los candidatos de la burguesía apoyados por la gran patronal, el FMI, la jerarquía eclesiástica de la Iglesia católica y Estados Unidos.

A pesar de que el FSLN acusó en numerosas ocasiones a Bolaños de ser un títere de Washington, le aportó su apoyo parlamentario para sacar adelante muchas leyes reaccionarias y votó junto con la bancada oficial a favor del Tratado de Libre Comercio con EE UU.

Daniel Ortega persistía en su obsesión por volver a la presidencia de Nicaragua, y siguió dando pasos para que todos esos poderes fácticos lo vieran como un líder popular moderado y confiable.

Uno de sus gestos más llamativos fue su acercamiento a uno de los máximos enemigos de la revolución sandinista desde sus inicios, al cardenal Ovando y Bravo, que hasta pocos años antes lo llamaba serpiente, lo acusaba de fariseo y de ensuciar la palabra de Cristo por sus invocaciones cada vez más frecuentes a Dios y al catolicismo.

Los choques frecuentes entre Ovando y Bravo y el líder sandinista desaparecieron abruptamente y Ortega empezó a alabar las supuestas virtudes del violento cardenal, enemigo acérrimo de los sacerdotes de la Teología de la Liberación, que sí habían apoyado la revolución sandinista.

A fines de 2006 la bancada del FSLN votó a favor de prohibir el aborto terapéutico, una conquista de las mujeres que se había conseguido en 1837. Rosario Murillo se convirtió en la cabeza visible de una cruzada contra el aborto.

Iosu Perales recordaba en su artículo que citábamos antes lo brusco del cambio en la relación entre ellos. Ortega comenzó a acudir con su esposa a las misas en la catedral, “convenientemente televisadas, en una de las cuales pidió perdón por los excesos de la revolución”. “La cercanía entre ambos fue ilustrada cuando se vio al cardenal dando la comunión a Ortega y a su compañera Rosario, a quienes había casado en una ceremonia privada”.

Eduardo Galeano tampoco se pudo callar ante esa transformación de Daniel Ortega, y escribiría en la revista chilena de izquierda Punto Final en 2013: “En el año 1830 y pico Nicaragua fue uno de los primeros países que legalizó el aborto en los casos en que corriera peligro la salud de la mujer y la vida de la mujer. En ese momento gobernaba en Nicaragua el partido conservador, un partido de derecha, que fue el que promulgó la ley. Pasó un siglo y medio más o menos y un gobierno de izquierda, sandinista, anuló la ley… Bajo esos parámetros, que me aclaren qué es izquierda y qué es derecha, porque si izquierdista es el gobierno que ilegalizó el aborto que había sido legalizado por un gobierno de derecha entonces estamos todos locos. Habría que recuperar el sentido de las palabras, que es en definitiva la función primordial de un escritor, contribuir a limpiar el diccionario”.

Un ortega domesticado vuelve al poder 16 años despues

Y en 2006 por fin el FSLN ganó las elecciones presidenciales y Daniel Ortega cumplió su sueño de volver al poder. A diferencia de lo sucedido ante triunfos de otras fuerzas del cambio en América Latina, ni Estados Unidos ni el FMI o el BM lanzaron contra Ortega una campaña mediática especialmente furibunda y alarmista. Sabían que Ortega y el FSLN eran controlables, que incluso después de la revolución de 1979 no habían denunciado siquiera la voluminosa e ilegítima deuda externa que dejó Somoza y que se siguieron pagando puntualmente las cuotas al FMI y otros buitres financieros. Tampoco denunciarían la deuda que dejaron tanto el Gobierno de Chamorro como el de Bolaños.

Eric Toussaint recordaba en un artículo en julio en este portal que fue muy distinta la actitud en Ecuador de Rafael Correa, que también ganó las elecciones ese mismo año, en 2006. Correa sí convocó una comisión para auditar la deuda externa de Ecuador para identificar la parte ilegítima de la misma, y en 2009 consiguió una victoria contra varios acreedores, además de expulsar del país al representante del Banco Mundial.

“Daniel Ortega adoptó una actitud totalmente diferente: Hizo todo lo posible para mantener las buenas relaciones con el FMI y afirmó que seguiría con las reformas que pidiera ese organismo”, decía Toussaint en su artículo "¿De dónde viene el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo?"

Toussaint recordaba que precisamente para poder cumplir con sus compromisos con los acreedores estadounidenses el FSLN hizo ajustes en partidas sociales que afectaron a los miles de trabajadores públicos que llevaban tiempo reclamando aumentos salariales y tenían expectativa de que lo lograrían tras la victoria sandinista.

Desde el primer momento de su retorno al poder Daniel Ortega mostró esas dos caras que ya había evidenciado en los años ’90. Por un lado estaba la cara del líder popular y carismático que se fundía con la gente de a pie, entregaba una vivienda social, mejoraba el plan de Atención Primaria de Salud, o garantizaba ayuda alimentaria para miles de personas en pobreza extrema, lo que sin duda representaba un cambio positivo con respecto a los gobiernos de Chamorro, Bolaños o Alemán, y es esa cara y su clientelismo la que le permitió seguir manteniendo apoyo popular. Buena parte de esa política popular se llevó a cabo gracias a la voluminosa ayuda recibida año tras año de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero el Ortega que volvió al poder en 2007, codo a codo con Rosario Murillo, su esposa, tenía también otra cara, que la población hubiera abominado en los años ’80, la cara del hombre que hacía grandes negocios con el Consejo Superior de la Empresa Privada y con el capital extranjero.

“Orteguismo no es igual a Sandinismo”, decía en estas mismas páginas de viento sur en julio pasado alguien nada sospechosa de trabajar para el imperialismo, Mónica Baltodano. Comandante guerrillera, viceministra de la Presidencia de 1982 a 1990 y diputada de la Asamblea Nacional por el FSLN, Baltodano, analizando la masificación de las protestas callejeras que se generalizaron a partir de abril pasado, sostenía: “La inmensa olla de presión fue acumulando molestias desde hace varios años. Desde que Ortega pactó con el derechista y corrupto Arnoldo Alemán, hizo un claro giro hacia posiciones neoliberales en la economía, conservadoras en cuanto a derechos de las mujeres, oscurantista en términos de creencias y supresión del principio de Estado laico, y dictatorial en términos de democracia”.

“El gobierno ha entregado el país a intereses extranjeros”, sostenía Baltodano en la entrevista publicada en esta web. “el caso más brutal es el de la Ley 840 (ley para la construcción por capitales chinos de un costosísimo canal interoceánico) con lo que el orteguismo entregó la soberanía del país a los intereses corporativos extranjeros. Pero también son onerosas otras concesiones, mineras, forestales, pesqueras. Todas las iniciativas para discutir sobre la conveniencia o no de estas concesiones han sido rechazadas. Ellos dirigen el país sin escuchar a nadia. Solo a sus socios”.

Miles de campesinos se han movilizado contra el despojo de sus tierras para poder construir el faraónico canal concedido por 100 años. Las organizaciones ecologistas y la propia Academia de Ciencias de Nicaragua han denunciado igualmente la gravedad del daño medioambiental que provocará al cortar literalmente al país de este a oeste, en una extensión de 278 kilómetros que atraviesa el lago Cicibolca, segunda reserva de agua dulce de América Latina.

Ni bien llegó al poder en 2007 Daniel Ortega pagó la deuda personal contraída con el ex presidente Arnoldo Alemán. Este había sido condenado en 2003 a 20 años de cárcel por uso indebido de fondos públicos, malversación, asociación ilícita para delinquir, delitos electorales y fraude, pero cumplía su condena en su vivienda familiar en Managua. En 2005, durante el Gobierno de Enrique Bolaños, se le mejoró aún más su situación judicial, se le amplió ese Régimen de Convivencia Familiar para que Alemán pudiera circular por todo el territorio nacional. La única limitación que se le impuso fue que no podía salir del país.

Ortega completó esa farsa de condena e hizo que la Corte Suprema de Justicia exonerara a Alemán de todos los cargos y que se le concediera la libertad definitiva.

Ortega también completó su reconciliación con el otrora archienemigo cardenal Ovando y Bravo, nombrándolo en su Gobierno como Coordinador del Consejo de Reconciliación.

¿La última partida?

Ese Ortega domesticado y con discursos de izquierda y de derecha dependiendo del día y lugar es el que ganó en 2007 las elecciones en su tercer intento; es él quien modificó la Constitución a su medida para poder ser reelegido presidente y quien once años después está recogiendo lo que ha sembrado durante todos estos años: la protesta, la indignación, la ira, la desilusión de buena parte del pueblo llano que se siente traicionado.

Ortega no conseguirá ahora que ni los Chamorro, ni los Bolaños, Alemán, Ovando y Bravo ni la COSEP ni ninguno de los poderes fácticos nacionales e internacionales a los que cortejó durante todos estos años lo salven.

Aunque la pareja presidencial se haya incorporado hace años a ese 5% de la población, a los ricos de Nicaragua, estos nunca los terminaron de reconocer como miembros de pleno derecho de su club.

Ortega se humilló ante ellos y como la cabeza más visible de la revolución sandinista humilló y traicionó a esta; sirvió a esos poderes y ellos le sirvieron para enriquecerse, para llegar al poder y para mantenerse, pero el noviazgo se acabó.

Su omnipotencia, su egolatría, no le permitió entender que esas eran alianzas efímeras, que temprano o tarde cualquier chispa serviría de detonante para que todo estallara por los aires y se cayera de su cuerda de equilibrista.

Su intransigencia, su soberbia, su creciente autoritarismo, solo pueden radicalizar y hacer más violento, peligroso e incontrolable este proceso.

Con su actitud Daniel Ortega y su esposa-vicepresidenta han logrado dividir y debilitar al sandinismo y a sus apoyos en la izquierda nacional e internacional y han dejado más confuso e indefenso al pueblo para encontrar una alternativa de izquierda a la actual crisis.

En su mesianismo posiblemente Ortega-Murillo confíen precisamente en que esa confusión, esa división y esa falta de alternativas de quienes hoy están protestando contra ellos en las calles por muy distintas razones, supongan su as en la manga para intentar a pesar de todo salvar la partida y seguir manteniéndose en el poder.

9/08/2018

Roberto Montoya, periodista y escritor, es miembro del Consejo Editorial de viento sur

Primera parte de este artículo, en http://vientosur.info/spip.php?article14047





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