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Debate estratégico en Catalunya
Las tres hipótesis de octubre
16/07/2018 | Jordi Muñoz

Artículo original en catalán

[Este artículo de Jordi Muñoz tiene la virtud de afirmar claramente que en Catalunya hace falta un debate estratégico y que la hipótesis que fue claramente dominante en el independentismo oficial no solo no funcionó, sino que es la más ingenua y la mas desacreditada. Pero desgraciadamente el independentismo oficial no quiere abrir y hacer público este debate por la sencilla razón que saldría malparado del mismo. Prefiere seguir buscando soluciones mágicas, como las listas únicas para las municipales, que Jordi Muñoz critica con razón.

El agravante es que estas soluciones mágicas ya son difíciles de creer para los mismos que las proponen y que sólo son trucos para ganar terreno frente a otras corrientes mientras que en la práctica se asume cada vez más una política autonómica, combinada con gestos simbólicos y llamadas al gobierno central para que negocie.

Frente a esta situación viciada creo que un debate público sobre estrategia es la condición para recuperar relación de fuerzas y prepararse para un nuevo y más intenso octubre, capaz de obligar el Estado a negociar o de hacer efectiva la república, en los dos casos habiendo trabajado por la solidaridad activa de los pueblos del Estado español y de Europa. Esta es la opinión que he expresado para contribuir a este debate. Y espero que el artículo de Jordi Muñoz suscite muchas más.

Martí Caussa]

Posiblemente, uno de los últimos momentos en que el independentismo tuvo una coincidencia estratégica plena fue el 3 de octubre. A partir de ese día, la lógica de la competición y la división –que ha acompañado y acompaña el movimiento desde el principio– dominó la escena. Y hasta hoy. Hay quien piensa que se puede liquidar esta complejidad con soluciones mágicas, como las listas únicas. Pero esto ya se ha probado y no funciona. Porque el independentismo es estructuralmente plural. Ocupa casi todo el espectro ideológico, de izquierda a derecha. Y también porque ahora hay un debate estratégico de fondo, no resuelto, sobre el camino que hay que tomar a partir de ahora. No es un debate que se pueda cerrar en falso.

En buena medida, este debate se explica porque el movimiento no tiene una interpretación compartida de lo que ocurrió en octubre. El 1 y el 3 de octubre hubo una gran coincidencia táctica. Pero no era más que eso: tras 1-O, en el fondo, había tres hipótesis diferentes.

La primera era la de la negociación: el 1-O se entendía como un instrumento de presión para buscar las costuras del Estado y generar un escenario de negociación, directa o indirecta, facilitada por la implicación de algún actor internacional. Era un mecanismo para crear una crisis política profunda al Estado que rompería el bloqueo absoluto que se vivía desde 2012.

La segunda hipótesis era la de la insurrección: el 1-O sería –especialmente en un contexto de represión policial– una palanca para poner en marcha un proceso insurreccional que desbordaría el Estado y crearía una situación nueva de facto.

La tercera hipótesis, y diría que la ampliamente dominante en el independentismo oficial, era la de la desconexión. Es la que ha inspirado buena parte de los trabajos del CATN [Consell Assessor per a la Transició Nacional; ndt], de la famosa hoja de ruta de Junts pel Sí y de la lógica de las estructuras de Estado. O, al menos, eso es lo que se nos contó. Se asumía que el Estado no negociaría, pero que los límites que el contexto le impondría para responder con represión serían lo suficientemente fuertes para permitir una secesión unilateral ordenada, pasando de la ley a la ley sin más problemas una vez que el Parlamento declarara la independencia. Sólo se trataba de estar preparados y dar el paso.

Como es evidente, ninguna de las tres hipótesis ha funcionado. Y por eso Cataluña no es independiente ni parece que esté negociando un referéndum con el Estado. Porque ni el Estado ha negociado, ni la insurrección se produjo, ni la desconexión ordenada fue posible. Más allá de lamerse las heridas, lo importante son los aprendizajes que se puedan extraer. Porque estamos en una carrera de fondo y esto no ha hecho más que empezar.

El Estado no ha negociado porque las presiones externas no llegaron, o no fueron lo suficientemente fuertes. Pero sobre todo porque dentro de España dominó el repliegue nacionalista. En lugar de plantearse buscar una solución política, el Estado envió miles de policías armados al grito de "¡A por ellos! ". Buena parte de la población lo aplaudió, con la bandera en la mano. Incluyendo, desgraciadamente, un segmento nada despreciable de la sociedad catalana. Y jueces, periodistas y otros poderes del Estado compitieron por ver quién era más radical. Y, todavía más importante, el PSOE se sumó sin fisuras. Porque la vía represiva sólo es transitable por el Estado si cuenta con el apoyo del Partido Socialista. Habrá que analizar por qué la crisis de octubre provocó este cierre, y por qué, fuera de Podemos, prácticamente no hubo voces en España que pidieran una solución democrática.

Hay quien dice que el Estado no negociará nunca la autodeterminación. Quizá tienen razón. En todo caso, la alternativa insurreccional tampoco ha funcionado. La huelga general del 8 de noviembre es la evidencia más palmaria. Quizá porque, en un contexto de bienestar relativo como el que vivimos, no es posible. Quizás porque, como dicen algunos, los liderazgos no fueron suficientemente decididos, quién sabe. Quizás porque la intensidad de las preferencias independentistas no es suficiente para que un número suficientemente grande de gente se arriesgue a perderlo todo. O quizá porque en el fondo el problema de legitimidad –no haber superado el 50%– hizo que el volumen de gente que estaba dispuesta a defender una declaración de independencia no fuera una parte significativa del volumen de gente que defendió las urnas el 1 de octubre.

Y, por último, es evidente que la hipótesis de la desconexión tampoco funcionó. De hecho, creo que, de las tres, era la hipótesis más ingenua y la que ha quedado más desacreditada. Es la que ha alimentado el famoso independentismo mágico, que ha soñado en una independencia expreso y casi automática, sin costes. Sólo había que tener personal y estructuras preparadas para asumir ordenadamente las competencias que dejaría de ejercer el Estado al retirarse tranquilamente de Cataluña, decían. Pero a la hora de la verdad se ha visto que ni el Estado está tan limitado como decían para ejercer la represión, ni son determinantes las estructuras que se puedan preparar desde un gobierno autonómico.

Ahora todos sabemos que la desconexión no es plausible. Que la insurgencia es muy difícil y costosa de materializar, y que tensa y polariza la sociedad catalana. Y también sabemos que el Estado no ha dado señales de querer negociar ningún referéndum. Pero el Estado también sabe que la vía represiva no ha debilitado el independentismo. Al contrario. El problema catalán permanece, porque es estructural y no un suflé hinchado artificiosamente por unos líderes políticos que intentaban sobrevivir, como repetía insistentemente la propaganda españolista. Con todos estos datos y aprendizajes en la mano, hay que trazar el camino hacia adelante. El Estado debe saber que, si no articula una solución democrática, octubre volverá. Y el independentismo debería haber aprendido que cuando venga otro octubre habrá que ser más, estar más preparados y no caer en la trampa de los vendedores de soluciones mágicas.

13/07/2018

https://www.ara.cat/opinio/tres-hipotesis-octubre-article-jordi-munoz_0_2051794815.html

Traducción: viento sur





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