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EE UU
Trump tras los pasos de Bush (I)
14/06/2018 | Roberto Montoya

Trump se siente el nuevo César del siglo XXI y tiene prisa por demostrarlo. El inquilino número 45º de la Casa Blanca quiere hacer olvidar al mundo el paso de Barack Obama por ella, y sus aires de matón imperial y sus problemas internos le llevan a querer retomar la ‘Guerra contra el Terror’ que lanzó George W.Bush tras el 11-S y que dejó inconclusa en enero de 2009 al acabar su segundo mandato.

Muchos no creyeron cuando Trump amenazó con retirar a su país del acuerdo nuclear con Irán (Plan de Acción Conjunto y Completo) firmado durante la Administración Obama, pero lo hizo. Tampoco habían creído antes cuando prometió reconocer a Jerusalén como capital única de Israel rompiendo un acuerdo internacional de décadas, y también lo cumplió.

Aceleró incluso tanto los tiempos para que el traslado de la embajada de EE UU de Tel Aviv a Jerusalén coincidiera con el 70ª aniversario de la creación del Estado de Israel que tuvo que utilizarse el consulado como sede provisional hasta que se construya un nuevo edificio.

Ese día, el pasado 14 de mayo, el Ejército israelí respondió con especial dureza, con fuego real, a las decenas de miles de palestinos que se manifestaban pacíficamente en la frontera de Gaza en protesta por el traslado de la embajada y al celebrar en esa misma fecha el Día de la Nakba (Catástrofe), el comienzo del éxodo palestino, la expulsión de cientos de miles de palestinos de sus viviendas y tierras de cultivo.

Elizabet Masero Visiga y Eneko Calle García recordaban hace poco en la Revista Puebloslo que decía la Resolución 194/1948 de Naciones Unidas sobre ese éxodo: “Debe permitirse a los refugiados que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos, que lo hagan así lo antes posible, y que deberán pagarse indemnizaciones a título de compensación por los bienes de los que decidan no regresar a sus hogares y por todo bien perdido o dañado cuando, en virtud de los principios del derecho internacional o por razones de equidad, esta pérdida o este daño deba ser reparado por los gobiernos o autoridades responsables”. Han pasado 70 años desde aquella solemne resolución, pero nunca se ha aplicado.

Sin embargo, nos recuerda ese mismo artículo, la Ley de Retorno israelí garantiza a todo judío o descendiente de judío hasta tercera generación el derecho a emigrar a Israel y recibir la ciudadanía con todos sus beneficios y derechos.

El resultado de la matanza del pasado 14 de mayo ha sido alarmante: más de 60 palestinos indefensos muertos, entre ellos doce niños. Más de 1.500 palestinos resultaron igualmente heridos de bala, sin que las tropas de ocupación israelí sufrieran ninguna baja.

Varios vídeos que circularon en las redes sociales mostraron cómo francotiradores del Ejército israelí festejaban por cada palestino que abatían a la distancia con sus armas de gran precisión con miras telescópicas. Tiraron a matar.

Netanyahu estaba desatado, eufórico al saberse respaldado por Trump, quien horas después de la matanza lo apoyaba asegurando que el Ejército israelí había actuado así “por su propia seguridad” pese a que ningún soldado resultó herido por las piedras lanzadas a distancia por las rudimentarias hondas palestinas.

Avigdor Lieberman, el ex canciller y actual ministro de Defensa israelí, líder del partido ultraderechista Israel Beitenu (Nuestra Casa) prometía en las redes sociales a los soldados: “Vosotros nos protegéis de los terroristas de Hamás y nosotros os protegeremos de las investigaciones internacionales”. Lieberman se refería a la decisión del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas de abril pasado de abrir una investigación sobre la matanza del 14 de mayo y la brutal represión que ya se venía produciendo desde el pasado 30 de marzo, cuando comenzó la ‘Gran Marcha del Retorno’. Desde esa fecha ya son más de 70 los palestinos asesinados y más de 2.500 los heridos de bala.

Lieberman es el ejemplo más extremo del sionismo ultraderechista y racista israelí. Durante un debate televisado en 2015 por el Canal2 de Israel en el que participaban los máximos dirigentes de los principales partidos políticos, Lieberman le dijo al líder de la llamada Lista Conjunta Árabe, el palestino Ayman Odeh, que también tiene nacionalidad israelí: “Tú tendrías que estar en Gaza, no aquí, aquí no te queremos”. El dirigente palestino le contestó: “Yo no tengo que pedir permiso a nadie para estar aquí, siempre soy bienvenido a esta, mi tierra natal, que por cierto, no es la tuya”.

El palestino Ayman Odeh le recordaba así al ministro que era él precisamente quien no había nacido en esa tierra sino en Moldavia, cuando esta era aún parte de la URSS. Fue a fines de los’70 cuando Lieberman y toda su familia emigró a Israel. El ministro, que como muchos otros líderes sionistas nació en el extranjero, pregona un estado judío “puro” y vive en el asentamiento de colonos judíos Nodkim, cerca de Belén, como muchos otros inmigrantes provenientes de la ex Unión Soviética, un asentamiento de miles de viviendas construido sobre tierras ocupadas por la fuerza a familias palestinas.

Para sorpresa de muchos el magnate-presidente estadounidense, a pesar de hacer varias afirmaciones falsas al día -según las estadísticas diarias que publica PolitiFact, web premiada con un Pulitzer que analiza las mentiras de los políticos- sí viene cumpliendo buena parte de las promesas que hizo durante su campaña electoral sobre política exterior, consideradas en su momento como simples bravuconadas.

No pocos analistas vaticinaban que el establishment del Partido Republicano lo domesticaría rápidamente pero hasta ahora nadie ha logrado ponerle el collar. Está desatado.

En un año y medio de gobierno Trump ya ha retirado a su país también del Acuerdo de París contra el Cambio Climático; del Tratado de Asociación Transpacífica (TPP); del Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados, y EE UU dejó de ser miembro de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

El dar portazo a acuerdos internacionales firmados por sus predecesores no es en realidad una novedad en EE UU y tampoco es patrimonio exclusivo de los republicanos.

En 1984, en plena Guerra Fría, otro republicano, Ronald Reagan, decidió también retirar a EE UU de la UNESCO (en la que participan 195 países) por la supuesta simpatía de esta institución con la URSS, pero otro presidente del mismo partido, George W.Bush, optó años después, en 2002, por que su país regresara a ella.

Y fue sin embargo el demócrata Barack Obama quien durante su Administración ordenó congelar su aportación a la financiación de esa organización cuando la ONU admitió que Palestina ingresara como miembro de la misma, a pesar de que el Gobierno israelí y el lobby judío estadounidense siempre consideraron que Obama les era hostil. El régimen sionista israelí y el poderoso lobby de EE UU añoraban la excelente relación que habían tenido tanto con Bill como con Hillary Clinton.

Paradójicamente es una razón similar a la que usó en su momento Obama la que ha esgrimido ahora Trump para retirar nuevamente a su país de la UNESCO.

Estados Unidos estuvo incluso a inicios del siglo XXI a punto de perder su escaño en la Asamblea General de la ONU debido a la voluminosa deuda que tenía contraída con la organización, 1.126 millones de euros. George W.Bush decidió pagarla tras el 11-S, consciente de que comenzaría una etapa de acciones en el exterior para la que necesitaría el paraguas de Naciones Unidas.

El abierto apoyo político, militar y económico de la Administración Trump al Gobierno más ultraderechista que ha tenido Israel en su historia es parte central del plan de reconfiguración de Oriente Medio que pretende EE UU y en el que Arabia Saudí está llamada también a jugar un papel clave.

El eje Irán-Rusia-Hezbolá salió muy reforzado políticamente al lograr mantener en el poder a su aliado Al Assad y diezmar a Daesh tras siete años de guerra en Siria, y Trump responsabiliza de ello a la política que mantuvo Obama para la región.

En La Santa Alianza de Trump, Netanyahu y el príncipe Salman ya decíamos que los intereses de EE UU, Israel y Arabia Saudí les lleva a coincidir en la identificación de su principal enemigo a eliminar para replanificar el tablero de Oriente Medio: ese enemigo que les une se llama República Islámica de Irán.

Tras ordenar el ataque con misiles contra bases militares sirias con presencia de fuerzas iraníes que causaron 26 muertos, Netanyahu presentaba el pasado 1 de mayo ‘las pruebas’ obtenidas supuestamente por sus servicios de Inteligencia según las cuales se demostraría que Irán ha engañado a los firmantes del Acuerdo Nuclear de 2015 y ha seguido adelante con su “plan para fabricar armas atómicas”.

La presentación pública de dichas ‘pruebas’ ha sido tan caricaturesca como la que hizo Colin Powel ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 5 de febrero de 2003 mostrando imágenes de supuestos laboratorios de armas de destrucción masiva en Irak cuya falsedad quedaría tiempo después demostrada.

Netanyahu y Trump siguen las enseñanzas de Bush, el inventor de aquellas fantasmagóricas ‘armas de destrucción masiva’ que tanto él como Blair y Aznar nos aseguraron una y otra vez que existían y suponían un gran peligro para la humanidad.

El régimen teocrático iraní es firmante del Tratado de no Proliferación Nuclear (TNP) y como tal ha tenido que aceptar las inspecciones de los técnicos expertos del OIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica).
En la parte central del Acuerdo que firmaron con Irán en 2015 EE UU, China, Rusia, Reino Unido, Francia y Alemania, se le impuso a Irán como condición el no mantener un stock superior a 300 kilogramos de uranio poco enriquecido -llegó a tener supuestamente 100.000 kilogramos altamente enriquecido- y que no pueda enriquecer uranio a más del 3,67%, cuando es necesario un 90% para poder fabricar un arma nuclear.

El Acuerdo vigente desde hace tres años limitó igualmente la cantidad de centrifugadoras que puede operar Irán y se le obligó a reconfigurar un reactor de agua pesada de manera que ya no puede producir plutonio. Los expertos del OIEA han supervisado cada uno de estos cumplimientos por parte de Irán para asegurarse que solo pueda dotarse de energía nuclear para uso civil, en un control mucho más estricto que el que se lleva a cabo con cualquiera de los países miembros del Tratado de No Proliferación Nuclear. Según Netanyahu, a pesar de todo Teherán “ha engañado” a los expertos.

En este tema hay dos paradojas muy llamativas. La primera, el hecho de que fuera precisamente Estados Unidos quien suministró a Irán el único reactor nuclear con el que cuenta, pero entonces gobernaba el pro occidental ’sha’ Reza Pavhlevi, cuyo derrocamiento por la revolución islámica del ayatolá Jomeini en 1979 supuso un duro revés para la política exterior y energética estadounidense.

Desde ese aquel momento data la obsesión de EE UU por acabar con el régimen iraní y de ahí la importancia del cambio que supuso que Obama aceptara firmar el acuerdo en 2015 con las otras cinco potencias.

La otra paradoja es que el principal país acusador es Israel, que tiene armas nucleares desde hace muchos años pero que jamás ha aceptado integrarse en el OIEA y por lo tanto los expertos de este organismo no pueden controlar ninguna de sus instalaciones.

El régimen saudí persigue también desde hace tiempo desarrollar su propio programa nuclear, y en ese caso empresas de EE UU, Francia, Corea del Sur y también China y Rusia compiten para construir dos reactores nucleares en el desierto sin cuestionar el derecho de este país para hacerlo.

Arabia Saudí tampoco es firmante del TNP y el príncipe Salman declaró recientemente que “si Irán sigue con sus planes de armamento nuclear” su país también desarrollaría bombas atómicas.

Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, EE UU, Rusia, Francia, China y Reino Unido son los que ’legalmente’ tienen derecho a poseer armas nucleares y todos ellos han hecho pruebas con ellas, siendo EE UU el único que las utilizó durante un conflicto bélico y contra población civil, en 1945 en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki matando a cientos de miles de personas.

Cuando se puso en marcha el TNP en 1968, esas cinco grandes potencias se comprometieron a que lucharían por el desarme nuclear y garantizarían que ningún otro país pudiera acceder a la tecnología para fabricar armas nucleares, aunque sí facilitaría al resto del mundo que se dotase de tecnología nuclear para uso exclusivamente civil.

A pesar de ese compromiso tanto Israel como Pakistán y la India han fabricado armas nucleares y ninguno de ellos ha aceptado firmar el TNP por lo que el OIEA no tiene competencias sobre ellos y los expertos no pueden realizar inspecciones en sus plantas como con los países signatarios. Corea del Norte era miembro del TNP pero se retiró en 2003.

Irán sufre sanciones económicas por parte de Estados Unidos desde 1979 y esto ha dado lugar en determinados momentos a conflictos con los intereses de países de la Unión Europea.

En los años ’90, bajo la Administración de Bill Clinton, entró en vigor la Libyan-Iran-Sanctions Act (conocida como Ley Kennedy-D’Amato) que amenazó con sancionar a todas las empresas extranjeras que invirtieran en Irán o Libia por un volumen superior a los 40 millones de dólares.

Clinton amenazó con prohibirles comprar o vender mercancías a EE UU o recibir préstamos de entidades estadounidenses.

Las amenazas de represalias a su vez por parte de la UE y su advertencia de que denunciaría esa medida ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) llevó finalmente a Clinton a aceptar hacer una excepción en la aplicación de esa ley para las empresas europeas, algo similar a lo que sucedió con la llamada Ley Helms-Burton contra quienes comerciaran con Cuba. La UE aceptó de esa manera que EE UU aplicara las sanciones a Irán en la medida que no le afectaba a sus propios Estados miembros.

En 2005, bajo Administración de Bush ’junior’ se endureció aún más la medida con la ’Enmienda Collins’ que reforzaba las sanciones contra Irán y Libia e incluía también a Siria.

La retirada de EE UU del Acuerdo Nuclear con Irán y la reimplantación de duras sanciones contra ese país solo puede empobrecer más a la población iraní, debilitar al régimen de Rohani y fortalecer al ’otro poder’, el poder paralelo que ejercen los ultra conservadores del ayatolá Jamenei y los Guardianes de la Revolución.
Ese otro gobierno paralelo presiona aún más que el legal de Rohani a las otras potencias firmantes del Acuerdo y a la Unión Europea para que den garantías de que seguirán respetándolo.

Tanto Angela Merkel como Emmanuel Macron y los más importantes líderes europeos se mostraron totalmente contrariados al no haber logrado convencer a Trump para que no adoptara esa medida. La decisión de Trump afecta mucho más a los mercados europeos que a los estadounidenses. La UE importa cerca de medio millón de barriles de petróleo iraní diariamente. España pasó de comprar 46.000 barriles de crudo diarios a Irán en 2015 a comprarle 92.000 en 2017, cifra que como los demás países importadores debería volver a reducir si Trump decide sancionar a los países que trabajen con Irán impidiéndoles operar con los mercados financieros estadounidenses.

Desde la firma del Acuerdo en 2015 Europa ha exportado a Irán mercaderías por más de 19.000 millones de euros y ha importado por más de 15.000 millones, en un aumento de casi el 80% del intercambio comercial.

Algunas cifras muestran lo que está en juego para Europa: la aeronáutica francesa Airbus tiene firmado un contrato de más de 15.000 millones de euros con Irán para venderle 100 aviones; la petrolera Total, también francesa, prevé construir un complejo gasístico en Irán por un monto que supera los 4.000 millones; la italiana Ferrovie dello Stato (FS) selló por su parte un contrato de 1.100 millones de euros para poner en marcha una línea de trenes de alta velocidad en Irán; la noruega Saga Energy especializada en la fabricación de paneles solares, cerró en octubre de 2017 una operación de más de 2.000 millones de euros con la iraní Amin Energy para instalar paneles en Irán y producir 2 gigavatios de energía.

A pesar de que Irán cuenta con la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo a nivel mundial, y es el tercer productor de petróleo de la OPEP, sus infraestructuras han quedado totalmente desactualizadas a causa de las sanciones económicas, lo que ofrece una oportunidad muy apetitosa para las empresas europeas.

Ante las reticencias de los grandes bancos para ofrecer capital para esas inversiones dada la incertidumbre sobre los pasos que dará Trump, el Banco Europeo de Inversiones ha resuelto dar garantías para aquellos proyectos europeos con Irán que no encuentren financiación.

Los países miembros de la Unión Europea no son los únicos afectados por la retirada de EE UU del Acuerdo nuclear y por las duras sanciones que Trump amenaza con aplicar a Irán y a quienes comercien con ese país. China, India y Japón son en realidad los mayores importadores de petróleo iraní.

Japón y otros países asiáticos han reducido en el último mes sus importaciones de petróleo iraní ante las dudas de si las aseguradoras de los buque cisternas que lo transportan mantendrán las coberturas a pesar del anuncio de Trump, lo que de continuar afectaría enormemente los planes de Irán de elevar hasta 4,7 millones de barriles diarios su producción.

No parece que Trump se contentará con desandar lo avanzado por Obama con respecto a Irán, sino que pretende ir más allá incluso de lo que fueron Clinton y Bush; quiere acabar definitivamente con la república islámica, obsesión de EE UU desde hace casi cuatro décadas, y con ello comenzar a reconfigurar todo el Gran Oriente Medio.

El misterio sigue envolviendo el 11S, unos atentados que ayudaron a empeorar aún más la situación mundial a nivel de seguridad, defensa, libertades democráticas, derechos humanos.

https://www.elsaltodiario.com/el-lado-oculto-de-la-noticia/trump-tras-los-pasos-de-bush-i







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