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Cincuentenario de 1968
Mayo 68, ¿algo que rescatar?
31/05/2018 | Manuel Garí

Cuando inesperadamente ocurrió lo que esperábamos
Cuando la caída del muro encima del organillero
Cuando los obreros
Cuando los obreros y los estudiantes.
Juan Carlos Mestre

Al hacer este texto he tenido presentes constantemente en mi memoria a gentes que hoy no están y con las que compartí esperanzas contra la dictadura y por el socialismo antes, en y después del 68 y que fueron protagonistas de las luchas: Lucía González y Lola González-Ruiz; Luis Peris y Miguel Romero (Moro); y Enrique Ruano y Javier Sauquillo, ambos asesinados por su compromiso con la clase obrera. Pero lo he escrito pensando en las nuevas generaciones de luchadoras y luchadores.

El artículo contiene argumentos y relatos, pero también intenta trasladar el “espíritu” de la época. Esta dividido en dos partes. La primera general (Los sesenta, el mundo cambiar de base), la segunda sobre el caso español (El largo mayo del 68 en el Estado español). Y tiene una clara intención: intentar comprender, analizar y trasmitir. Porque si algo fue importante de lo que ocurrió hace 50 años es que nada esta escrito y el cambio es posible.

Parte 1: los sesenta, el mundo pudo cambiar de base

En la década 1964-1974 el tiempo se aceleró, se multiplicaron los cambios en el mundo y proliferaron nuevas experiencias en su cara izquierda. Los años 1968 y 1969 representaron el cénit de esa década. Fueron años bisagra entre dos periodos económicos y políticos en los países capitalistas industrializados, que comenzaron a tener graves dificultades con los síntomas de agotamiento del periodo ininterrumpido de crecimiento posterior a la Segunda Guerra Mundial.

También lo fueron en los países coloniales y excoloniales, que comenzaron a ver la luz en el túnel y que conocieron el auge de propuestas neutralistas respecto a los bloques imperialista y soviético, el surgimiento de nacionalismos de corte cuasi progresista y de nuevos reagrupamientos revolucionarios fuera del dictado de Moscú.

Igualmente fue una época de profundos cambios en el bloque soviético post Stalin, que conoció una de sus crisis más agudas y premonitorias en Checoslovaquia, mostrando así la inelasticidad de la burocracia soviética.

Y planeando sobre todo ello, un hecho: la onda larga de expansión capitalista había finalizado en 1966.

1.1 Nada ocurre sin precedentes ni por generación espontánea

Las palabras avanzan en círculo, atraviesan una vida entera y luego se vuelven a encontrar, se tocan y cierran algo (…) Nada de lo que ocurre se borra jamás del todo. Susana Fortes

Mayo 1968 fue la erupción, en términos sociales, de lo que escondía en sus entrañas la sociedad del momento y para comprenderla viene bien conocer la secuencia, como en los volcanes, de causas, síntomas, manifestaciones, impacto duradero en el entorno y actividad latente. La metáfora marxista del viejo topo de la historia, probablemente tomada de Shakespeare, funciona para representar / comprender el curso de la historia.

Ramón González Ferri en su libro 1968. El nacimiento de un mundo nuevo, plantea dos interesantes tesis, por más que su trabajo tenga grandes lagunas. Afirma “1968 no surgió de la nada ni fue un acontecimiento súbito, sino la continuación de una tendencia que se había formado a lo largo de, por lo menos, la década de los sesenta. Los acontecimientos de 1968 fueron una sorpresa por su magnitud, su sincronía en apariencia concertada y por el hecho de que tuvieron lugar, aunque de distintas maneras, en contextos y sistemas políticos absolutamente diferentes. Sin embargo, por sorprendentes que pudieran resultar los hechos, eran fruto de problemas larvados e ideas asentadas”. Y concluyeUna parte de los movimientos políticos de la izquierda que surgieron tras el desplome de las economías occidentales [en 2008] tienen mucho que ver ideológicamente con los de 1968”.

El propósito de este artículo es precisamente rescatar algunas lecciones de las luchas de los sesenta, bien dicho, de parte de ellas, las de las movilizaciones juveniles estudiantiles y obreras en los países industrializados. Luchas que tuvieron lugar en un momento convulso y violento en un marco presidido por avances revolucionarios en Viet Nam y apertura de perspectivas con la Primavera de Praga y grandes retrocesos como el ataque ordenado por Mao contra la Guardia Roja o la invasión rusa de Checoslovaquia. Una época con logros en los derechos civiles y asesinatos como el de Luther King o Kennedy.

Rescatar el pasado ¿para qué?: para tener elementos de reflexión para construir el futuro junto a las nuevas generaciones surgidas en las plazas de mayo de 2011 en aquel 15M de hace siete años, lo mejor que nos ha ocurrido en el Estado español desde la Transición. El hilo conductor entre acontecimientos ocurridos con cincuenta años de distancia y en contextos totalmente diferentes es el de la dignidad, el del “Sí se puede”.

1.2 Importancia del 68, el interés de su reivindicación

Enterremos los demonios que nos han atormentado durante el año que terminamos. Charles De Gaulle, 31-12-1968

Pero ¿por qué es útil repensar lo que sucedió 50 años después? ¿Acaso tiene interés remover el pasado? Para evaluarlo basta con ver quienes se empeñan en enterrar cualquier vestigio de la revuelta de los años sesenta: Benedicto XVI, Nicolás Sarkozy y Esperanza Aguirre que se atreven cínicamente a denunciar el 68 porque introdujo el relativismo intelectual y moral. Y lo dicen ellos. ¡Qué cinismo! A ellos como a De Gaulle les persigue el fantasma de la revuelta, de la contestación, del pensar con la propia cabeza en definitiva de que se instale en el imaginario colectivo que el mundo puede cambiar de base, que nos merecemos otra vida.

Lo que realmente preocupaba y preocupa a tan insignes representantes de la reacción lo desvela Daniel Bensaïd en Marx intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica cuando señala: “Mayo 68, el mayo reptante italiano y la revolución portuguesa volvieron a poner brutalmente a la lucha de clases en primer plano”. Esa es la cuestión, la reaparición del fantasma que recorre… calles y pueblos, fábricas y centros de estudios.

Daniel Bensaïd, que consideraba 40 años después a Mayo 68 como un “caso no cerrado”, señaló que lo interesante no es remover las cenizas, sino buscar las brasas que dejó. Y hacerlo sin nostalgias, pero también sin pretender encontrar un manual de uso e instrucciones para la revolución. Asumiendo enseñanzas para poder abordar los desafíos de la lucha contra el capitalismo global, retomando eso que Miguel Romero, Moro, calificaba de “acerbo de futuro anterior”. Y ello porque interpretar el pasado ayuda a ganar en el futuro. Porque tal como plantea Kristin Ross en Mayo del 68 y sus vidas posteriores la memoria es un espacio de lucha política.

Es necesario situar el fenómeno en sus todas sus dimensiones frente a la banalización, deshistorización y despolitización que han impulsado las interpretaciones del 68 como fenómeno acabado y consumado en el caso de Cohn-Bendit, como fracasada historieta de viejos en la divertida canción de Ismael Serrano o como mero hecho cultural y generacional por parte de Manuel Castells, por no hablar de la demonización que hacen de las revueltas parisinas los llamados “nuevos filósofos” franceses que ven -tras arrepentirse de su pasado- el 68 como un mal del que se podía haber prescindido.

¿Supuso un cambio de costumbres? Sí, sin duda. Como sin duda impulsó una renovación cultural. Y manifestó el cansancio de una generación con el statu quo, pero no fue un conflicto intergeneracional al uso. Sobre todo, Mayo-68, acontecimiento global, fue un hecho político, una expresión del conflicto de clases. Por eso estuve tentado de titular este artículo Mayo-68: lo que no te contaron ni el papá de Ismael Serrano ni Manuel Castells. No se todavía porque no lo hice. ¿Quizás porque parecía poco serio?

En todo caso, podemos extraer una primera conclusión, pese a quien pese, sobre el significado del mayo global: 1968 fue el impugnador y, a la vez, el disruptor del sistema. No cambió el mundo de base, pero éste no volvió a ser igual que el día de antes y por unos días en Francia, llegó a comprometer seriamente el funcionamiento del sistema.

1.3 Acontecimiento global

Los fenómenos políticos de nuestra época se acompañan y se complican con un cambio de escala sin precedente, o más bien con un cambio del orden de las cosas. Paul Valéry

Mayo 68 fue un acontecimiento global que se sustanció nacional e internacionalmente, que, de forma desigual, según países, abrió un campo de posibilidades reales, concretas, no ilimitadas para un cambio de rumbo. Para la revolución. Pierre Bourdieu, en referencia a Francia, propuso contemplarlo como producto de la sincronización de una multiplicidad de crisis latentes en diferentes universos sociales. Ello puede explicar tanto su extensión geográfica como social, pues por primera vez se incorporaron a las luchas sectores de trabajadores y colectivos sociales que anteriormente no habían participado. Pero la envergadura geográfica y la diversidad social de los actores va más allá de Francia. Conviene recordar que el momento 68 fue la bisagra entre dos épocas a nivel mundial.

No hubo un motivo único ni una única causa en la aparición de las revueltas, tampoco un programa unificado en las reivindicaciones, pero quienes participaron en las luchas, sí que compartieron un repertorio de formas de lucha y organización y sobre todo sí que compartieron un conglomerado de aspiraciones en torno a cambiar un mundo que se rechazaban y a cambiar la vida para que mereciera ser vivida. Marx y Rimbaud comenzaron a luchar de la mano. Y todo ello configuró el imaginario colectivo del 68.

La revolución era posible, aunque sumamente difícil. Era posible en las bifurcaciones de la historia tomar el desvío hacia la esperanza. Concretamente se vislumbró la posibilidad de luchar por una sociedad socialista. Ese es el activo simbólico universal de Mayo-68 y eso es lo que se quiere combatir desde el poder.

1.4 Acontecimiento internacional, la cuestión del poder

Revolución, domingo de la vida. Jorge Riechmann

Mayo del 68, o mejor el “momento” 68 y aún mejor “los años sesenta” (que se prolongaron a los setenta) fueron el marco de múltiples y diversas experiencias y procesos de movilización y radicalización. El conflicto social y la política experimentaron una fuerte globalización.

La geopolítica de la revuelta de los 60 es una larga lista de batallas que se realimentaban muchas veces no conscientemente, por ósmosis, y que dibujaban un nuevo panorama que ponía en riesgo el statu quo posterior a los acuerdos de Yalta, Postdam y Teherán entre los vencedores de la contienda mundial.

El mosaico de la rebeldía: La ofensiva del Tet, un fracaso militar que el pueblo vietnamita mutó en victoria política; unos EE UU divididos por la intervención militar en Indochina y la lucha por los derechos civiles de la población negra; la primavera de Praga que hizo alentar la ilusión en un comunismo democrático; el nacimiento de la resistencia palestina tras la derrota árabe en la guerra de los Seis Días; las movilizaciones que terminaron con la dictadura de Ayub Khan en Pakistán; las duras luchas obreras argentinas y bolivianas; la amplia y plural resistencia armada y desarmada latinoamericana; las revueltas estudiantiles en Berlín, Paris, Madrid, Roma o Berkeley que adquirieron una extensión, intensidad y sincronía inusitadas que nadie planificó.

Las luchas de 1967 y luego de 1973 contra la dictadura militar griega señalaron la voluntad de lucha en el sur de Europa. Voluntad que tuvo su cénit en la Revolución de los claveles en Portugal, que acabó con la longeva dictadura y la guerra colonialista y espoleó la esperanza en el Estado español de acabar con la crueldad del franquismo. El auge del movimiento obrero en países como Italia, el Estado español y sobre todo la Huelga General en Francia pusieron en el centro del tablero la lucha de clases y con ella la necesidad de los debates de naturaleza estratégica.

Recientemente, el pasado mes de abril, la pregunta que algunos líderes populistas se formularon en la convención de Podemos fue cómo dar confianza a los de abajo sin inquietar a los de arriba. Hace 50 años ya hubo quien se planteó cómo cambiar el mundo sin tomar el poder. En ambos casos la respuesta es: no es posible. Nadie nos va a ahorrar el trabajo. La cuestión central es ayer y hoy articular la estrategia que haga posible la transición de un mundo injusto a un mundo de libres e iguales, del capitalismo patriarcal al ecosocialismo feminista.

Los años sesenta en muchos países supusieron la vuelta al debate sobre la naturaleza del poder, sobre la toma del poder, sobre el programa, pero sobre todo sobre la estrategia revolucionaria. Surgieron diversas corrientes revolucionarias, a las que sumaron decenas de miles de jóvenes, que contestaban el adaptacionismo reformista del estalinismo y el reformismo gobernista de la socialdemocracia. Las hipótesis estratégicas fueron tantas como las grandes corrientes de izquierda radical existentes.

La Cuarta Internacional pudo comprender la naturaleza y alcance de lo que estaba sucediendo porque llevaba tiempo analizando la relación dialéctica existente entre los tres sectores de la revolución mundial, entre la revolución anticolonial, la antiburocrática y la anticapitalista. Por ello los acontecimientos no le desbordaron políticamente como a los partidos estalinistas y socialdemócratas, pero, a diferencia de estos no tenía la masa crítica para abordar las tareas que comportaba.

Estaba abriéndose una ventana de oportunidad sin precedentes para la revolución por sus diversos caminos democráticos, antiimperialistas, antiburocráticos, en suma, socialistas cuyas expresiones más nítidas fueron la resistencia en Indochina, la guerrilla latinoamericana, fórmulas como la Tricontinental y la mayor huelga general en suelo europeo conocida, la del mayo del 68 francés. Hubo una coincidencia en el tiempo de múltiples luchas, una cierta convergencia en temas y lemas y una extensión de una nueva identidad internacionalista en amplísimas capas de la juventud. En los países industrializados esa juventud y una parte de la clase obrera hicieron la experiencia en común de nuevas formas de organización y lucha. Y compartieron la esperanza de que era posible el gran cambio. La sociedad de mujeres y hombres libres e iguales.

1.5 Significado y legado del 68

Surtidor musculoso, verdad de manantial

Represado hasta el día de la fiesta.

Jorge Riechmann

Pero ¿por qué tanta gente sincronizó su indignación y tomó la revuelta como forma de expresión? ¿Qué lazo existía entre los manifestantes de la berlinesa Kurfürstendamm seguidores de Rudi Dutschke y los miembros del movimiento 22 M de Nanterre o los miembros del Sindicato Democrático de estudiantes de la Universidad de Madrid? La respuesta de Francisco Fernández Buey en su artículo “1968: ¿Solo un comienzo?” publicado en el Inprecor núm. 61 de mayo de 1988, señalaba frente a interpretaciones estrictamente culturales “…hay otra versión del Sesentayocho, como inicio de la revelación de un conflicto estructural, básico, de nuestras sociedades que nos obligará a elegir entre la barbarie del parasitismo social y un nuevo tipo de división del trabajo (…) los estudiantes de los finales de los sesenta se rebelaban contra sociedades autoritarias, formalmente democráticas pero materialmente desiguales, como las que hoy siguen existiendo”.

Las revueltas de los sesenta fueron expresión del agotamiento de un largo ciclo de crecimiento económico capitalista y de la profunda insatisfacción que el modelo de explotación y consumo provocaba en amplias capas de la juventud de los países industrializados y en partes importantes del proletariado industrial de algunos países. También expresaron el malestar y la distancia que importantes sectores de la izquierda social tenían respecto a las políticas de los partidos socialdemócratas y comunistas que globalmente habían aceptado el statu quo capitalista.

Para Lilian Mathieu“esos años 68 son así los de una contestación sostenida, a la vez política, social y cultural, cuya diversidad deriva ella misma de la proliferación de las mutaciones de los años 1960”. Ludivine Bantigny en su reciente libro De grands soirs en petits matins, plantea que en mayo 68 las emociones no se opusieron a la razón, el sueño (la utopía) y la huelga (la realidad) devinieron complementarias, activaron la creatividad política y crítica. Este aspecto es especialmente importante. Si algo caracterizó la experiencia militante y la experiencia de masas en los cuatro puntos cardinales fue, para Mandel “la irrupción en la escena histórica de la energía creadora de las masas, que multiplicó las formas de acción, las iniciativas, las audaces innovaciones en la lucha por el socialismo”.

Esa audacia fue posible porque sectores de vanguardia con gran influencia en sectores de masas tenían la fortaleza que confiere el convencimiento de que la revolución estaba a la orden del día, en un contexto social en el que presidía una fuerte convicción: el cambio a mejor es posible. Había aparecido en escena un sujeto antagonista.

Tarik Ali resumió el “espíritu” de la época de forma contundente: en los sesenta la esperanza reinaba por encima de todo. No es una casualidad que Miguel Romero, planteara en 2008, años antes del 15M, en el libro colectivo 1968, el mundo pudo cambiar de base, editado por viento sur: “Mayo significó la irrupción de lo posible contra lo permitido (…) como en la revuelta de Seattle, treinta años después el mensaje de Mayo 68 era: “¡Sí, se puede!”. Y si era posible, había que hacerlo, y hacerlo inmediatamente.” Lo posible frente a lo permitido.

1.6 Descendientes de Mayo 68

El deseo que nace de la razón no puede tener exceso. Bruch Spinoza

Cambios económicos, mutaciones sociales, evolución acelerada de las ideas, existencia de expectativas…

Estas fueron las bases materiales y políticas del nacimiento de nuevas fuerzas políticas de izquierda al margen de la socialdemocracia y de los herederos del estalinismo. Efectivamente, la revolución no era una locura, ni un tema de propaganda, ni un mero desiderátum, era una hipótesis estratégica verosímil si bien arriesgada e incierta. Una posibilidad. La que podía cambiar las cosas. La única que merecía la pena.

Estas fueron las bases políticas e ideológicas que dieron pie a lo que se ha denominado nuevos movimientos sociales. Las mujeres participaron en las revueltas y no estaban dispuestas a salir de la escena. Cambiar el mundo, cambiar la vida implicaba acabar con el consumismo y el productivismo. Se extendió una convicción: el militarismo y la guerra sólo beneficiaban al statu quo inmovilista imperialista o burocrático.

El 68 es la brecha por la que entraron inmediatamente nuevos actores y nuevos argumentos. La segunda ola de feminismo, el renacer del pacifismo y el ecologismo de “segunda generación” no nacieron en mayo 68 pero encontraron un hábitat favorable para nutrirse y crecer, experimentaron una profunda renovación ideológica, ampliaron su arraigo social y pasaron a formar parte del conflicto político y social del final del siglo XX y principios del XXI. Hoy la lucha antipatriarcal, por la paz y la defensa de la biosfera están en el centro de la agenda. Estos ítems experimentaron nuevos mestizajes: ecofeminismo, ecopacifismo y nuevas alianzas contradictorias con el movimiento obrero.

Una especial referencia al feminismo. En 1968. El mundo pudo cambiar de base en el capítulo “Feminismo” Josette Trat y Ludivine Bantigny en 1968. Des grands soirs en petits matins refiriéndose al caso francés plantean la importancia de la participación de las mujeres en las movilizaciones del mayo francés y el escaso peso de sus temas en la agenda del 68 y su relegamiento en segundo plano en la dirección del movimiento. Bantigny señala que Lynne Segal califica esa contradicción como “punto ciego de la historia” y que Michel Perrot habla de un “vacío” creado por el olvido de las mujeres y sus aspiraciones.

Sin embargo, Trat y Bantigny entienden que la segunda ola del feminismo datada en 1970 no puede entenderse sin esa participación masiva en la experiencia colectiva. Trat define el nuevo feminismo post 68 en torno a cuatro temas: la libre disposición de las mujeres de su cuerpo; lo privado es político; la sociedad (y el sistema) no solo es capitalista, es también patriarcal; y solo las mujeres deben hacerse cargo de su lucha, lo que exige el impulso de un movimiento autónomo. Elementos absolutamente vigentes tras lo vivido en el pasado 8 de marzo.

1.7 El caso francés

Ninguna cosa puede ser destruida sino por una causa exterior Bruch Spinoza

En Francia se confirmó, tal y como plantea Ernest Mandel, en su Lecciones de mayo de 1968, la “posibilidad y, a la vez, (…) necesidad [de] la victoria de la revolución socialista en los países altamente industrializados de Europa occidental” tras “esta irrupción violenta de las luchas de masas – una huelga general de diez millones de trabajadores con ocupación de fábricas; extensión del movimiento a múltiples capas periféricas del proletariado y de las clases medias (tanto ”viejas” como ”nuevas”).”

Recientemente en unas conferencias sobre el mayo francés impartidas en Madrid y Córdoba, Pierre Rousset, nos decía que los estudiantes y trabajadores franceses se dirigían de la revuelta a la revolución, pero no creían que ya estuvieran haciendo la revolución.

Del 24 al 30 de mayo la cuestión del poder estuvo sobre el tablero político. Cabe preguntarse ¿por qué no triunfó en clave socialista y revolucionaria esta experiencia más avanzada? La respuesta tiene dos partes. No existía un acumulado suficiente en el plano organizativo, no existía una red de cuadros revolucionarios implantada en los principales centros de trabajo capaz de potenciar, extender y consolidar el doble poder frente a las maniobras de las direcciones sindicales y, mucho menos existía un partido o partidos capaces de representar política y electoralmente al movimiento y aún mucho menos asumir la tarea de la toma del poder.

Pero por otra parte De Gaulle, el gobierno francés, no estaba suficientemente debilitado e inmovilizado y pudo retomar la iniciativa gracias a la actitud de los partidos socialista y comunista y de los principales cuadros sindicales. Ernest Mandel en una entrevista realizada por Henry Weber bajo el título “La estrategia revolucionaria en Europa Occidental” plantea que “el “no pueden ya gobernar” debe ser interpretado, evidentemente, no en el sentido histórico, sino “inmediato” del término, es decir que “los de arriba” son incapaces de hecho de ejercer el poder. (…) En Mayo de 1968, no ha habido una situación realmente revolucionaria, porque no puede afirmarse que el grado de parálisis del régimen gaullista haya sido tal que le haya imposibilitado para gobernar. No se puede decir que De Gaulle haya perdido en ningún momento la capacidad de iniciativa política. Fue desbordado, paralizado, en razón de la modificación de las relaciones de fuerza…”

Esto es clave: la correlación de fuerzas en el conflicto social es un asunto de dos. El bloque contrahegemónico antagonista debe tener un grado de fortaleza y unidad y el bloque de las clases dominantes debe tener un grado de debilidad y resquebrajamiento. Es la intersección de ambas funciones la que puede dar lugar al punto óptimo revolucionario en términos de cambio de poder político.

En todo caso la huelga francesa de mayo-junio del 68 es una de las experiencias que conviene conocer y analizar a fondo porque fue una gran huelga obrera, pero no sólo. Supuso la confluencia del movimiento de las y los trabajadores con luchas estudiantiles masivas en una sociedad en la que la universidad no para de crecer al son de los nuevos requerimientos del aparato productivo del capitalismo global. Pero no sólo fue alianza coyuntural o confluencia causal. De hecho, fue una movilización de amplísimos y variadísimos sectores sociales que configuraron un nuevo bloque social contra la mercantilización de la sociedad, un bloque todavía sin expresión política, muy parecido a lo que se necesita en el siglo XXI, que rápidamente fue tomando conciencia de su fuerza y tamaño. Sectores que tomaron iniciativas (huelgas, manifestaciones, barricadas…) pero también que demostraron que las fábricas ocupadas funcionaban mejor que cuando la dirigía el patrón, e impulsaron también experiencias cooperativas de intercambio campo ciudad de productos y servicios y nuevas expresiones culturales y nuevos modelos de relaciones interpersonales. Experiencias que anunciaban una nueva sociedad.

Pero el desarrollo de la autorganización de las masas fue insuficiente, el doble poder no se desarrolló por la debilidad de la vanguardia, la huelga general se mostró como una herramienta estratégica, pero en mi opinión insuficiente porque no se crearon instituciones alternativas del nuevo poder (soviets en 1917) ni había una expresión política electoral de enragés y huelguistas (peso en parlamentos). Una lección: la revolución no es un putch ni una suma de movilizaciones: requiere de un desarrollo político complejo.

Parte ii: el largo Mayo-68 en el Estado español 1/

En la década 1964-1974, justo antes de la muerte del dictador, el tiempo se aceleró también en el Estado español. Fueron los años del final del franquismo en un momento en que se multiplicaron los cambios en el mundo y proliferaron nuevas experiencias protagonizadas por la izquierda política y social en la izquierda.

2.1 El contexto

En los años sesenta hubo un importante desarrollo económico en España y aparecieron corrientes políticas dentro del régimen franquista ligadas al Opus Dei o en torno a personajes como Manuel Fraga Iribarne (dirigente años más tarde en democracia del Partido Popular) que pretendieron realizar una nueva legitimación de la dictadura como un régimen autoritario aceptable por las potencias occidentales mediante pequeños cambios estéticos muy limitados.

Tras la derrota de 1939, el movimiento obrero pasó muchos años sin capacidad de recomposición y reorganización. Es muy importante tener en cuenta que uno de los éxitos de la dictadura fue romper la trasmisión de las ideas, tradiciones y experiencias de las organizaciones de izquierda hacia las generaciones siguientes. No había memoria viva de la propia historia. El relato hegemónico (y casi único) era el de los vencedores, el del franquismo. Asimismo, el régimen autárquico franquista impuso también grandes dificultades para el acceso a la producción literaria, al debate económico y a las concepciones políticas socialistas y antifascistas, pero en honor a la verdad, nunca logró imponer el aislamiento y autarquía intelectual. Hubo múltiples canales que permitieron la osmosis de ideas y corrientes.

Gracias a la elección de las Comisiones Obreras en las empresas se crearon nuevas estructuras durante el prolongado ascenso de las luchas sociales de los años 1965 a 1970. Este movimiento rompió los moldes de la Central Nacional Sindical -el sindicato vertical fascista de afiliación obligatoria- y desbordó el control de la jerarquía falangista sobre los principales núcleos de clase obrera. Decenas de miles de jóvenes trabajadores y trabajadoras conocieron un importante proceso de politización en las escuelas de formación profesional, en los talleres, en las fábricas y en los barrios obreros.

Durante esos mismos años apareció un movimiento estudiantil capaz de derribar al Sindicato Español Universitario (SEU), organización fascista de obligado encuadramiento, y construyó el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad (SDEU) en las facultades y escuelas técnicas. Esta fue una experiencia singular bajo una dictadura ya que se construyó un sindicalismo estudiantil democrático, asambleario y público en abierto reto frente a la autoridad académica, policial y política. El movimiento estudiantil conquistó durante unos pocos años “áreas de libertad” en los centros de estudio en una suerte de “doble poder” estudiantil.

En el capítulo titulado “Los sesenta: el mundo pudo cambiar de base” del libro colectivo Enrique Ruano. Memoria viva de la impunidad del franquismo planteé que las revueltas de los sesenta fueron expresión de la profunda insatisfacción que el modelo de explotación y consumo provocaba en amplias capas de la juventud en el Estado español y de forma creciente en el proletariado industrial. También expresaron el malestar y la distancia que importantes sectores de la izquierda social tenían respecto a las propuestas de integración en un franquismo “reformado”, de la fantasmal oposición socialista e incluso en algunos sectores, la desconfianza de las propuestas eurocomunistas, mayoritarias en el movimiento opositor.

Todo ello posibilitó el espectacular crecimiento del Partido Comunista de España (PCE) pero también de una nueva izquierda, embrión de la revolucionaria de los setenta, con importante influencia en la juventud obrera y particularmente en el estudiantado. Maoístas, anarquistas y trotskistas pusieron en pie diversas organizaciones. En el caso de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) organización de la IV Internacional creada en 1970 y precedente de la actual Anticapitalistas, nació del Frente de Liberación Popular (FLP) que hasta su disolución en 1969 tuvo un gran papel en la dirección del movimiento estudiantil.

2.2 Mayo 68 comenzó aquí en octubre 67

El mítico mes de mayo de 1968 fue uno más, sin nada de particular, del curso 1967-1968 en las universidades del Estado español, porque todo el curso fue excepcional como lo calificó André Lwoff, premio Nobel de 1965 en Fisiología y Medicina junto a Jacques-Lucien Monod, cuando ambos rechazaron el nombramiento de doctor “honoris causa” por la Universidad de Madrid. Lwoff declaró: “En otros términos, en España, la Universidad no existe”. Efectivamente el foso abierto entre el estudiantado y el franquismo se tradujo en una institución docente franquista en bancarrota. En la mayoría de las universidades la tónica, muy especialmente la de Madrid, fue que las aulas estuvieron cerradas por orden ministerial y ocupadas por la policía, el estudiantado permanentemente movilizado y sus líderes expedientados académicamente, juzgados por el Tribunal de Orden Público (TOP) o con orden de caza y captura. Podemos afirmar que las universidades españolas conocieron un pequeño pero largo mayo en 1968.

Los antecedentes del 68 se remontan a los muy agitados años anteriores. En 1965 se había celebrado la I Asamblea Libre de Estudiantes de Barcelona y se produjo el derrumbe del Sindicato Español Universitario (SEU), asimismo fracasó el intento del régimen de crear Asociaciones Profesionales de Estudiantes (APE), sustitutas del SEU dado el rechazo estudiantil. Y se constituyó el Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios de Barcelona (SDEUB) en el convento de los monjes Capuchinos de Sarriá, tras elecciones libres y un debate en el que participaron miles de estudiantes. Varios dirigentes estudiantiles fueron expedientados. A partir de ahí los organismos que se crean en el resto del Estado se denominan SDEU añadiendo la sigla de la ciudad. El 23 de marzo hubo una reunión en Barcelona de representantes estudiantiles de las universidades de esa ciudad y de Bilbao, Sevilla, Valencia, Oviedo, Valladolid, Zaragoza y Madrid que firmaron un pacto de solidaridad y declararon: “Ante cualquier medida represiva tomada contra cualquier distrito, todos los demás se considerarán afectados”.

En 1966 continuaron las asambleas sindicales libres y masivas y las movilizaciones. Se produjo la expulsión de la universidad de los profesores Tierno Galván (luego alcalde de Madrid), Aranguren y otros tres catedráticos en Madrid y de Manuel Sacristán y 68 profesores no numerarios (PNN) en Barcelona. Se multiplicaron los juicios en el TOP contra representantes universitarios catalanes y madrileños. La larga y ejemplar huelga obrera de Laminación Bandas en Frío de Echevarri impactó a los estudiantes de todo el Estado que desarrollaron nuevas formas de solidaridad. El régimen intentó sellar su continuidad “constitucional” mediante la Ley Orgánica del Estado, primera pieza para institucionalizar el franquismo sin Franco, que fue acompañada al año siguiente de la Ley Fundamental del Reino.

El 7 de enero de 1967 hubo una masiva presencia estudiantil en las manifestaciones convocadas por CC OO en Madrid, Barcelona y otras ciudades. El 26 de abril se creó en Madrid del SDEUM. El 27 de octubre de nuevo se dio una masiva presencia estudiantil en las manifestaciones convocadas por CC OO en muchas ciudades. En octubre hubo elecciones libres generalizadas en todo el país para la elección de delegados convocadas por los SDEU e impuestas contra la voluntad de las autoridades académicas. Hubo un intento de coordinación de todas las universidades en Valencia en la Iª Reunión Coordinadora Preparatoria del Congreso Nacional de Estudiantes (RCP). Su represión provocó la primera Huelga General estudiantil bajo el franquismo. Se produjo el asesinato del estudiante valenciano Rafael Guijarro por parte de la Brigada Político Social de la Policía (BPS) mediante defenestración. El 26 el gobierno mandó el cierre del local de los estudiantes de Ciencias de Madrid, ello produjo una oleada de huelgas y manifestaciones en protesta. En el mes de diciembre el gobierno intentó “descabezar”, en vano, la dirección del movimiento estudiantil mediante una dura sanción: la expulsión de la universidad de todos los representantes elegidos en la Facultad de Políticas y Económicas de Madrid.

En enero de 1968 se produjo el cierre de la Facultad de Políticas y Económicas de Madrid. Todos sus alumnos fueron sancionados con la pérdida de matrícula. Se produjeron 39 expulsiones en las facultades de Ciencias y en la de Filosofía de Madrid -que también fue cerrada- y 137 expulsiones en Barcelona, la mayoría en Escuelas Técnicas. Las asambleas, manifestaciones y enfrentamientos con la policía se extendieron a Madrid, Barcelona, Sevilla, Oviedo, Málaga, Valencia, Valladolid. El 26 de febrero tiene lugar en Sevilla la VI y última RCP. Los representantes de Madrid no acuden por desacuerdo con la orientación moderada que intenta imponer el PCE. Detención de varios de los representantes estudiantiles. El 27 de febrero se produjo el cierre de las Universidades de Madrid y Valencia. Duros enfrentamientos de los estudiantes con los fascistas madrileños de Defensa Universitaria que se prolongaran durante los días siguientes. El Consejo de Ministros creó un cuerpo de Policía Universitaria para ocupar los campus y nombró un juez especial para los “delitos estudiantiles”. El 6 de marzo se produjo el cierre de la Universidad de Sevilla y grandes manifestaciones en Zaragoza, Bilbao, Granada, Pamplona, Santiago y Barcelona. Ese mismo día hubo un desalojo policial de cinco facultades madrileñas donde pese al cierre académico seguía funcionando la actividad sindical y se realizaban actividades culturales, incluyendo “clases paralelas” autogestionadas y sentadas y protestas en el interior y delante de los edificios universitarios.

El 26 de marzo los estudiantes obtienen una primera victoria: el cese del ministro de Educación Lora Tamayo y el 14 de abril es sustituido por Villar Palasí, del Opus Dei, de impulsar una reforma universitaria que posibilite la rentabilidad de la enseñanza y la pacificación de los campus. Su plan se basaba en dos medidas que pronto quebraron: la emisión de Deuda Universitaria (instrumento financiero público) y el Decreto de creación de Asociaciones de Estudiantes. El mismo día tienen que cerrar la Universidad de Santiago.

El 30 de abril de 1968, los estudiantes de las ciudades se suman a las manifestaciones de CC OO por el 1 de Mayo. Durante todo el mes los estudiantes han mostrado su solidaridad con los trabajadores de las empresas Standard de la metalurgia y Pegaso que fabricaba camiones en Madrid y la automovilística SEAT en Barcelona. Asimismo, han boicoteado la conferencia en la Facultad de Derecho de Madrid del liberal neocapitalista Servan-Schreiber al grito de “Abajo la Europa de los monopolios. Viva la Europa Socialista”.

El 14 de mayo, tras la reapertura de la Universidad en Valencia se produce la de Madrid, donde ese mismo día se produce una asamblea de distrito que origina una manifestación masiva en exigencia de la anulación de las sanciones de los representantes estudiantiles. El 18 de mayo tiene lugar el recital en lengua catalana del cantautor y poeta Raimon en la Facultad de Económicas de Madrid. La movilización posterior desbordó la capacidad de control policial y de la misma escolta de la hoy princesa y luego reina Sofía. Los estudiantes marchan hacia el centro de la ciudad, tras 3 horas de barricadas en la Ciudad Universitaria y en la N-VI, con las consignas de “Amnistía y Libertad”, “Los estudiantes con los obreros, la policía con los banqueros”, “Comisiones al poder”, “Madrid con París”, “París con Madrid” y el ya habitual “La solución: la Revolución”.

En octubre y tras los cambios de perspectiva de los activistas que habían aprendido del mayo francés y rechazaban además una forma de organización que había sido muy útil en el pasado pero que facilitaba la represión del régimen en la nueva etapa, las elecciones de los SDEU fracasan. No tienen el mismo eco que el curso anterior. Además, centenares de estudiantes y opositores fueron encarcelados o tuvieron que pasar a la clandestinidad, cuando no al exilio. En esas condiciones el SDEUM realmente se vació e implosionó.

La mayor parte de los estudiantes de vanguardia ensayaron nuevas fórmulas organizativas influidos por el ejemplo francés y espoleados por la represión. Comenzaron los “juicios críticos” a enseñantes y enseñanzas y la política de “acción ejemplar” con una orientación anti jerárquica y antiautoritaria. Se crearon Comités de Acción claramente anticapitalistas por parte del amplio sector estudiantil influido por el FLP. Por su parte el PCE intenta levantar la fórmula de Juntas de Estudiantes y la de Plataformas Sindicales con una política más academicista y subordinada al proyecto reformista de “Alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura”. El 1 de diciembre se produjeron de nuevo importantes enfrentamientos masivos con la policía en Barcelona y Madrid.

En enero de 1969 se produjo el asalto al Rectorado de Barcelona por los estudiantes, la quema de bandera “nacional” y la ruptura busto de Franco. El rechazo a la bandera roja y gualda monárquica con el águila imperial cundirá en otros distritos como el de Valencia.

El 20 de enero fue asesinado mediante defenestración por miembros de la policía política -la Brigada Político Social- el estudiante de Derecho de Madrid y militante del Frente de Liberación Popular (FLP) Enrique Ruano detenido horas antes, que pertenecía a una familia de la burguesía profesional madrileña. Además de manifestaciones estudiantiles, se producen actos de protesta de otros sectores de la sociedad y una Huelga General en todas las universidades.

La reacción del régimen no se hace esperar y termina el tímido periodo de “apertura” y “liberalización” políticas. El 24 de enero se declara el Estado de excepción en todo el territorio del Estado español. Con ello se extiende la medida vigente en Guipúzcoa desde agosto de 1968 tras la ejecución por ETA del jefe provincial de la BPS, Melitón Manzanas en respuesta al asesinato de Txabi Echebarrieta. Manuel Fraga Iribarne, ministro de Franco y posterior “demócrata” declara tras el asesinato de Ruano por la policía y la declaración del Estado de excepción y ante el temor de que en España se repitan situaciones como la de Francia: “Es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo.”

En febrero se produjeron deportaciones de profesores de izquierda y miembros de la oposición. Más de 500 detenciones de estudiantes y trabajadores. 230 activistas de CC OO y estudiantiles puestos a disposición judicial. La fase de liberalización tecnocrática del régimen había finalizado. El segundo paquete de medidas encaminadas a reforzar el régimen se pone en marcha: renovación del Convenio militar con EE UU sobre el uso de las bases en territorio español y el nombramiento de Juan Carlos Borbón como futuro sucesor de Franco en la jefatura del Estado a la muerte de este.

2.3 Características específicas

El movimiento estudiantil en el Estado español se desarrolló en condiciones y bajo formas muy diferentes a las de, por ejemplo, el Mayo francés. En primer lugar, las condiciones que imponía la dictadura por un lado dificultaban la politización y conciencia del estudiantado y también su organización, pero por otro supusieron un catalizador de la rebeldía. El movimiento estudiantil español estuvo protagonizado por una juventud que se sentía incómoda en los estrechos y empobrecedores márgenes culturales impuestos por la dictadura y con las represivas y asfixiantes costumbres y moral del nacional-catolicismo gobernante.

En segundo lugar, el peso numérico del estudiantado español era menor que el del estudiantado en el resto de los países industrializados. En el curso 1967-1968, según el Instituto Nacional de Estadística (INE) el número de matriculados en estudios superiores era de 160.008 personas, de los cuales en Facultades fueron 115.590, en Escuelas Técnicas Superiores 38.695, en enseñanzas artísticas 4.005 y enseñanzas militares 1.718. Por tanto, los universitarios “civiles” en el Estado español eran 158.000 frente a 550.000 en Francia o 413.000 en Italia.

Mayoritariamente los estudiantes procedían de familias burguesas o de clases medias profesionales y eran rara avis los universitarios hijos de familias trabajadoras (sólo el 4%). Por tanto, los estudiantes, mayoritariamente varones, eran hijos de los vencedores de la guerra civil y, en todo caso, pertenecían a la burguesía y a las clases medias profesionales que configuraban la base social del franquismo.

La educación universitaria en la España franquista era un objetivo secundario. En el curso 1964-65, según la agencia de Naciones Unidas, UNESCO, España gastó 2,7 dólares USA per cápita en enseñanza universitaria; Ghana 4,2; Portugal 4,3; Italia 12,8; EE UU 92; URSS 113 y Japón 137,6. Ello supuso que en el curso 1964-65 los universitarios con algún tipo de ayuda para adquirir libros fueron solamente el 14% y tuvieron tipo beca para sufragar los gastos un 1,4% de los estudiantes. En 1967, los Presupuestos Generales del Estado dedicaron 1,13% a la Universidad y un 22,5% al Ejército, la Guardia Civil y la Policía.

2.4 Elementos comunes con las revueltas en otros países

La dictadura ponía en primer plano la cuestión de las libertades y alentaba ilusiones democráticas, pero lógicamente los efectos del capitalismo generaban conciencia y lucha social anticapitalista. El movimiento estudiantil fue una expresión del rechazo de una generación hacia una de las funciones básicas de la universidad en la sociedad: la formación y reproducción clasista de las élites dominantes. Rechazo que a su vez el propio movimiento, alimentó.

La dimensión democrática del movimiento estudiantil le llevó de forma elemental a criticar la organización territorial asociado al franquismo. Los universitarios de todo el Estado español fueron receptivos y solidarios con las aspiraciones democráticas de las nacionalidades históricas. El cuestionamiento del franquismo también significó la extensión del cuestionamiento del estado unitario centralista español. Por pura coherencia democrática el movimiento muy pronto desembocó en una impugnación del modelo y de la función asignada a la Universidad por el sistema capitalista. De ahí las consignas de “Universidad Popular” junto a las de “Universidad Democrática”. De la crítica al papel de la institución, pronto se pasó a la del propio sistema capitalista a cuyo servicio estaba concebida.

El interés que suscitó en un amplio sector del movimiento estudiantil el Mayo del 68 francés se multiplicó exponencialmente en el seno del sector estudiantil del Frente de Liberación Popular, organización en la que militaban buena parte de los dirigentes estudiantil del momento. El festival de Raimon del 18 de mayo de 1968 en la facultad de Económicas y la movilización posterior de más de 6.000 estudiantes que durante horas se enfrentaron a la policía en las calles de Madrid, fueron la expresión de la “mayización” de la universidad madrileña, que el cantautor recordó en “18 de maig a la Villa” mediante unos versos “Per unes quantes hores/ ens vàrem sentir lliures,/ i qui ha sentit la llibertat/ té més forces per viure” (Por unas cuantas horas / nos sentimos libres / y quien ha sentido la libertad / tiene más fuerza para vivir).

Los objetivos del estudiantado y la juventud obrera francesa eran los objetivos, formas de organización y de lucha que una gran parte de activistas del Estado español pensó que había que poner en pie. El FLP, cuya Federación Exterior estaba implicada en las movilizaciones obreras parisinas y en contacto con las barricadas estudiantiles, era la organización con mayor permeabilidad a los nuevos planteamientos, particularmente su sector estudiantil. Los textos de Bensaïd y las JCR vinieron a sumarse a los escritos que circulaban de Mandel. De la mano de una experiencia viva se introdujo el discurso de la corriente que mejor, a nuestro juicio, explicaba lo que estaba ocurriendo y planteaba un diseño estratégico más atractivo.

Apareció una izquierda a la izquierda del PCE muy potente que daba un contenido político democrático a su lucha contra el franquismo pero que superaba la estrecha mirada reformista de mera “recuperación de libertades” mediante un pacto interclasista y con sectores del propio franquismo. Esa izquierda planteó la necesidad de la lucha por el socialismo. La necesidad de la Revolución Socialista.

Muy rápidamente aparecieron los vectores antiautoritarios y anti jerárquicos presentes en las revueltas de Berlín, Roma y París. Y con ellos también la necesidad de plantearse el modelo de vida y el modelo de sociedad. También en el Estado español el movimiento estudiantil del tardofranquismo fue el embrión de posteriores desarrollos de los denominados nuevos movimientos sociales: el feminista, el ecologista, el pacifista.

Las palabras de Hannah Arendt sobre la actitud a la juventud de Berkeley, Roma o Paris en los sesenta son también aplicables a la nueva generación de activistas del Estado español: mostraron la “determinación de actuar, su júbilo en la acción y su confianza en la capacidad para cambiar las cosas con su propio esfuerzo”.

2.5 Consecuencias políticas

El movimiento estudiantil bajo el franquismo fue un elemento politizador de la juventud, y un catalizador de procesos sociales más amplios, como ya había ocurrido antes en la historia anterior a la II República que Trotsky describió magistralmente con la metáfora de la obra de teatro cuyo primer acto lo abren estudiantes pero que requiere que en el segundo hagan presencia las clases trabajadoras.

La dictadura perdió legitimidad ante los ojos de los hijos de los sectores que conformaban su base social, ello dificultó notablemente la renovación de los cuadros políticos del régimen y contribuyó a la erosión de los apoyos al dictador entre las clases medias. El movimiento estudiantil bajo el franquismo fue un actor político especialmente relevante en el proceso de deslegitimación de la dictadura militar fascista. Contribuyó a desbaratar las operaciones de lavado de cara del régimen propiciadas por los denominados sectores “aperturistas” y dinamitó diversas maniobras de mantenimiento de las instituciones de encuadramiento y control de los universitarios.

Podemos afirmar que el franquismo había perdido la universidad y comenzaba a perder las fábricas, ello dificultaba su legitimación, pero también la recluta de nuevas élites. El 68 marcó el final de un periodo de apertura del régimen y el comienzo de otro: el tardofranquismo senil.

Manuel Garí, miembro del Consejo Asesor de viento sur

Madrid, 18 de mayo de 2018, Paris 22 de mayo de 2018

Notas

1/ Esta segunda parte ha sido publicada en A l´encontre- La Brèche, publicación suiza.







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