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La encrucijada de los “gobiernos progresistas” de América Latina
Cómo combinar la acción desde abajo y por arriba
11/05/2018 | Fernando Dorado

Una tarea impuesta por la necesidad histórica será realizada con el individuo o contra él.

Oswald Spengler

Algunos gobernantes, dirigentes y analistas políticos de la cuerda de los gobiernos “progresistas” y/o de “izquierda” de América Latina tratan de negar, desconocer o minimizar el hecho de que los llamados “procesos de cambio” de nuestra región entraron desde hace varios años en una fase de declive, debilitamiento, retroceso o, incluso, de posibilidad de una derrota estratégica.

Los hechos lo comprueban. En vez de rechazar lo evidente, hay que identificar las causas y diseñar soluciones sobre todo ahora que en Colombia y México, los candidatos de movimientos democráticos como Gustavo Petro y Andrés Manuel López Obrador, tienen grandes posibilidades de ser elegidos a la Presidencia en sus respectivos países. ¡Es urgente aprender!

Filosofía, ilusión, fantasía y realidad

Dice Slavoj Zizek en su texto primigenio “El sublime objeto de la ideología”:

“Hemos dado ahora un paso decisivo hacia adelante: hemos establecido una nueva manera de leer la fórmula de Marx, “ellos no lo saben, pero lo hacen”; la ilusión no está del lado del saber, está ya del lado de la realidad, de lo que la gente hace. Lo que ellos no saben es que su realidad social, su actividad, está guiada por una ilusión, por una inversión fetichista. Lo que ellos dejan de lado, lo que reconocen falsamente, no es la realidad, sino la ilusión que estructura su realidad, su actividad social real. Saben muy bien cómo son en realidad las cosas, pero aun así, hacen como si no lo supieran. La ilusión es, por lo tanto, doble: consiste en pasar por alto la ilusión que estructura nuestra relación efectiva y real con la realidad. Y esta ilusión inconsciente que se pasa por alto es lo que se puede denominar la fantasía ideológica.”

Cito al filósofo esloveno porque es necesario reflexionar sobre nuestra propia mirada, sobre la validez de nuestros enfoques, que tal vez, no sean los que orientan nuestra acción sino que sirven para justificar esa acción. Recitemos con él una nueva fórmula: “Lo sabemos, pero lo hacemos”.

Es bueno precisar que esta reflexión se plantea no para desanimar a nadie sino para entusiasmar en forma diferente. Claro que hay que luchar por sacar de los gobiernos a corruptos y criminales para colocar allí gente, por lo menos, decente y con sensibilidad social. Pero sabemos que no basta. No es suficiente como lo comprueba la experiencia.

Seguimos entrampados con el problema del “poder”; trataremos de mostrarlo en este escrito. No avanzaremos con consistencia si seguimos actuando como si creyéramos en la omnipotencia de la ley y del Estado; como si creyéramos que el Presidente (cualquiera que sea) encarnara la voluntad del pueblo; como si creyéramos que gobierno es lo mismo que Poder.

Tenemos que caer en la cuenta que todo es cuestión de fuerza real; o sea, de relaciones de dominación o de emancipación; de poder efectivo de coerción para neutralizar a las fuerzas contrarias o de ausencia/debilidad de esas fuerzas. Y ese poder –parece paradójico decirlo– es algo simbólico que se materializa en fuerza organizada, aparato, “cosa”, burocracia y ejército, etc. Para quienes luchamos por la autodeterminación de los pueblos y la emancipación de los trabajadores, entender esa relación entre lo simbólico y lo “cosificado”, es muy importante.

Si no construimos hegemonía de nuevo tipo basada en legitimidad social, política y cultural, estaremos condenados al fracaso; nuestra gestión al frente del “Estado heredado” en favor de los excluidos y marginados será flor de un día y llevaremos agua al molino del gran capital. ¿Cómo hacerlo? Ese es el punto cardinal en cuestión. Primero, veamos algo de la experiencia vivida; luego, abordaremos las posibles salidas o propuestas de solución aclarando que existen interesantes pistas, avances, teorías y prácticas que hay que revisar, revalorar y contextualizar.

Hechos

En forma sintética detallo los hechos sin que el orden de presentación determine su importancia:

  • Derrotas electorales nacionales y locales en diversos países y eventos eleccionarios.
  • Golpes de Estado de diferente naturaleza contra gobernantes democráticos sin que el movimiento popular haya podido revertir sus efectos.
  • La corrupción político-administrativa permeó a los gobiernos progresistas de la región.
  • Divisiones importantes en la cúpula dirigente de los partidos o movimientos que lideran dichos procesos.
  • Enorme debilitamiento del movimiento social que fue el soporte de los procesos de cambio.
  • No aplicación, parálisis, retroceso o debilitamiento de las políticas anti-neoliberales y sociales aprobadas en los programas de gobierno o en asambleas constituyentes.
  • La integración regional está paralizada, en retroceso y en crisis.
  • Se han presentado diversas formas de deriva y tendencias autoritarias en algunos gobiernos progresistas y/o de izquierda.
  • Franco estancamiento del debate y la producción teórica de los movimientos y partidos políticos “progresistas” y de izquierda.

Causas

He revisado numerosos estudios, análisis, artículos y opiniones que se han elaborado sobre el tema y agrupo los argumentos sobre las causas del declive o retroceso en estos rubros:

a. Los que centran su argumentación en el poderío del enemigo imperial y de las oligarquías;

b. Los que se concentran en los errores político-coyunturales cometidos;

c. Los que identifican debilidades estructurales de nuestras sociedades;

d. Los que ubican falencias ideológicas y políticas de la dirigencia de los procesos de cambio;

e. Los que presentan un análisis de conjunto con énfasis en alguno de los factores.

Es indudable que un fenómeno como el que estamos abordando es de una enorme complejidad y se requiere un análisis detallado y particular de cada experiencia y país, pero también es evidente que existen elementos comunes que pueden ser identificados para encontrar algunas guías y pistas para avanzar. Entre los elementos comunes resalto los siguientes:

i. Todos nuestros países –en mayor o menor grado– tienen economías dependientes del poder financiero internacional, de la exportación de materias primas, y tienen bajos niveles de industrialización y de desarrollo tecnológico. La presencia y el poder de grandes transnacionales es determinante y los niveles de informalidad son apabullantes. Los Estados como estructura son –unos más que otros– burocráticos, ineficientes y endebles.

ii. Todos los “procesos de cambio” que formalmente empezaron en 1999 (Venezuela) utilizan medios y herramientas institucionales para impulsar transformaciones en sus países y región.

iii. Todos los programas políticos se han planteado superar o derrotar las políticas neoliberales.

iv. El eje de las ejecuciones de los gobiernos “progresistas” y/o de izquierda se ha centrado en la mayor inversión social en programas de educación, salud, servicios públicos y vivienda.

v. Todos los “procesos de cambio” colocaron como su principal actividad política la de administrar el aparato estatal a todos los niveles (nacional, departamental o estatal-regional, y local-municipal), consagrando a sus principales “cuadros” en esas labores.

vi. En todos los “procesos de cambio” el nivel de organización de los partidos y/o movimientos políticos era relativamente precario. Eran partidos o movimientos nuevos, sumatoria de grupos y liderazgos diversos, sin cohesión interna, sin experiencia administrativa, sin una teoría consolidada y sin una formación ideológica y política unificada y consistente.

vii. En todos estos procesos el papel del dirigente o líder principal ha sido determinante (Chávez, Lula, Correa, Kirchner, Evo). No se ha construido democracia interna, ni equipos cualificados con peso decisorio y división del trabajo, nunca se estimuló a las organizaciones sociales para que defiendan su autonomía y espíritu crítico y, no se promovió la organización de centros de pensamiento para influir en las decisiones gubernamentales.

viii. En todas estas experiencias político-administrativas, los partidos de gobierno han utilizado las inversiones del Estado para lograr el apoyo electoral de la población. Esta situación fue forzada por el hecho de tener que disputar casi en forma permanente el control de los gobiernos frente a las fuerzas de derecha financiadas o apoyadas por las oligarquías y el imperio euro-estadounidense. Ese ha sido el comportamiento generalizado y es un factor determinante para el surgimiento de un nuevo tipo de clientelismo basado en el paternalismo asistencial. Para hacerlo se han utilizado subsidios de diversa clase (“auxilios monetarios condicionados” según la definición del BM) y ello se constituyó en una camisa de fuerza a la hora de priorizar la inversión social dedicándola principalmente a programas de gran impacto pero inmediatista (salud, educación, vivienda, infraestructura, etc.). Esa práctica se convirtió en un limitante fundamental para invertir recursos económicos importantes en la financiación de un verdadero y nuevo modelo de desarrollo productivo, que tuviera como base a los productores organizados de la Nación (pequeños, medianos y grandes). Incluso, las grandes inversiones hechas en los programas sociales, al tener que hacerse bajo el modelo existente (neoliberal), han terminado fortaleciendo, por un lado, a poderes burocráticos incrustados en el aparato estatal, y por el otro, a intermediarios, contratistas y capitalistas dueños de los medios de producción, de bancos y de empresas proveedoras de los materiales y servicios necesarios para sacar adelante esos programas y proyectos.

ix. En todos estos procesos que se han desarrollado en Latinoamérica, el movimiento social y las organizaciones populares han sufrido enormes problemas de diversa naturaleza que los ha debilitado, dividido, cooptado, dispersado y hasta derrotado, en su relación con los “gobiernos del cambio”. Dichas experiencias deben ser estudiadas a fondo. Por un lado, el hecho de que muchos de sus dirigentes fueran integrantes de los partidos y movimientos políticos que accedieron al gobierno e instancias administrativas, los colocó inmediatamente ante el reto de participar en el gobierno en forma directa, perdiéndose el control de sus bases, o en permanecer al interior de sus organizaciones y jugar un papel desde allí, que también se ha intentado pero sin mayores resultados[12]. No obstante, esa decisión no resuelve el problema de la cooptación y el burocratismo que fácilmente se desencadena cuando los intereses y privilegios que ofrece el aparato estatal (“heredado”, que “no es el nuestro”) se hacen presentes en la vida cotidiana. Es, indudablemente, un problema que refleja la madurez o no de los movimientos sociales, que tienen que mantener su autonomía pero, a la vez, influir en las políticas y el comportamiento de los gobiernos que ellos mismos ayudaron a elegir. En ello hay mucho por aprender y se deberían promover encuentros para debatir a fondo estos temas a fin de contribuir a recuperar la iniciativa política en la región.

Problemas identificados

Es un hecho que las revoluciones y los procesos de cambio siempre nos van a coger con los “pantalones abajo”. Es inevitable que ello sea así porque las clases sociales oprimidas o “subalternas”, como dicen ahora, nunca van a poder estar completamente preparadas para esos cambios intempestivos que son muy difíciles de prever. No obstante, para intentar afrontar esa inexperiencia y los limitantes inherentes a los cambios reales, los dirigentes y organizaciones deben hacer esfuerzos por sistematizar los conocimientos adquiridos con base en las experiencias anteriores para orientar sus prácticas e intentar acertar y avanzar lo máximo posible. Allí juega un papel importante la teoría y la capacidad política para reaccionar a los nuevos retos.

Entre los problemas más importantes que se pueden identificar en esta especie de balance (o plan de balance) tenemos los siguientes:

Pareciera que, a pesar de todos los diagnósticos elaborados sobre el nivel de poder del capital financiero global, las intricadas relaciones e intereses de las oligarquías locales y globales, los grados de control sobre nuestras economías, sociedades y culturas, y otros aspectos relacionados con el poder real y los límites para incidir en esa realidad por parte de los Estados “nacionales”, al acceder a los “aparatos de Estado” no hubiéramos sido lo suficientemente conscientes de nuestra debilidad inmediata, pero a la vez, de la potencialidad de las fuerzas sociales y del momento. Ese desconocimiento nos llevó a idealizar el poder electoral representado en los gobiernos y a creer en la simple fuerza de la “Ley”, llevándonos a querer realizar cambios estructurales sin contar con una fuerza contundente y organizada de los trabajadores y de las comunidades en general. Mientras se contó con recursos de la bonanza de precios internacionales del petróleo, gas y otras materias primas se “avanzó” en algunos aspectos denominados como “la lucha contra la pobreza” usando los mismos criterios y parámetros del FMI y el BM, una supuesta “distribución de la riqueza social” (limitada al presupuesto estatal) y la ampliación de la cobertura de los “programas sociales”, pero no se construyó un verdadero movimiento de transformación estructural que involucrara a la población y a sus movimientos sociales.

No hemos podido combinar la acción “desde arriba” con el trabajo permanente “desde abajo”. En la totalidad de los “procesos de cambio” fue la acción institucional desde el “Estado heredado” lo que absorbió la mayor parte de nuestros esfuerzos y nos cooptó (y captó) totalmente, llevándonos a las actuales circunstancias de pérdida de iniciativa política; en otros casos, algunas organizaciones y sectores no se interesan en la acción “desde arriba” permitiéndole a toda clase de “trepadores” y burócratas monopolizar el aparato del Estado que es un poder –real y efectivo– que bloquea, obstaculiza, aísla y agota los esfuerzos “desde abajo”. Lograr una combinación de ambos espacios en donde “lo de abajo” tenga la suficiente coherencia y consistencia para determinar (o subordinar) “lo de arriba”, sería lo ideal. Pero ello implica tener claro un camino estratégico frente a la necesidad de construir Hegemonía Política y Cultural.

No hemos logrado construir movimientos u organizaciones en donde existan diversos niveles de democracia y, a la vez, una capacidad real para actuar como colectivos. No hemos superado en la práctica, el eterno problema de combinar centralismo y democracia. Los liderazgos caudillistas se han impuesto y con su ímpetu arrollador (posiblemente bien intencionado) anulan la posibilidad de construir diversos niveles de trabajo y decisión, que a su vez, desarrollen prácticas absolutamente conectadas con organizaciones de base, movimientos sociales y amplias redes (flexibles pero reales) de la población. Ello requiere una teoría consistente sobre las democracias posibles como pueden ser: la representativa pero no burocrática (delegación limitada y sin privilegios); directa pero no democratera (asambleas, foros, consultas, etc.); ilustrada pero no tecnocrática (consejos de sabios y ancianos, equipos de expertos, etc.); deliberativa pero no demagógica; plebiscitaria pero no al servicio de autoritarismos; y otras que son parte de la vida (“gobierno de los bienes comunes”).

Estamos también en deuda en la comprensión de los fenómenos ideológicos producidos por la dinámica real de nuestras sociedades. La preponderancia de la economía crematística llevada a niveles superlativos, el consumismo obsesivo y desenfrenado, el control mediático del comportamiento de las personas, los cambios acelerados en la estructura de la sociedad y de las clases sociales, el surgimiento de una casta financiera global con características impersonales, la globalización capitalista neoliberal y los fenómenos de migración de diversos tipos, la lumpenización de los capitalistas y el fortalecimiento de las economías criminales, la crisis del socialismo del siglo XX y la incertidumbre sobre el futuro del planeta y de la humanidad, las tendencias cínicas en el mundo del pensamiento y la academia, pero también, la aparición de movimientos antiglobalización, ambientalistas, contra la discriminación de género, étnico o cultural, y diversas formas de resistencia “de los de abajo”, algunos de ellos muy fuertes y masivos a nivel planetario, y otros esporádicos y excepcionales (“indignados”, neozapatistas, etc.), dejan ver que al interior de la sociedad existen sectores que son conscientes de esos problemas y que están en la búsqueda de nuevos caminos. Se requiere una mirada local y, a la vez, regional y global de estas experiencias para poder incidir.

La resolución de estos problemas y otros muchos requiere un trabajo sistemático, integral y colectivo en el terreno de la filosofía, la ciencia, la economía, la política y demás áreas relacionadas, en medio del trasegar y la lucha, no teoricista ni academicista, que a la vez nos permita a todos desarrollar un proceso de re-educación para enfrentar los retos inmediatos y del futuro. No implica renunciar a todo el bagaje teórico elaborado por anteriores pensadores y luchadores del mundo entero pero si nos exige un gran esfuerzo por generar nuevos conceptos y nuevas herramientas para poder responder a las nuevas condiciones que vive la sociedad humana del siglo XXI.

Sugerencias teóricas

Hace poco resalté el hecho de que el candidato a la presidencia de Colombia, Gustavo Petro, publicó un tuit donde mencionaba a los pensadores que les servían de base teórica y de inspiración para sus programas de gobierno. Entre otros, menciona a Nicholas Georgescu-Rogen, Jeremy Rifkin y Paul Mason. El primero, fue un importante pero no tan reconocido economista rumano-estadounidense que aportó las bases teóricas para relacionar en forma creativa la física (entropía) con la economía, dándole serios y consistentes fundamentos al pensamiento ecológico científico. En ello coincido con el candidato y, respetuosamente, sin desconocer a los teóricos revolucionarios clásicos y a importantes pensadores actuales con orientación y militancia de izquierda como David Harvey, Boaventura de Souza Santos y muchos otros, resalto el aporte de dichos estudiosos de la realidad del siglo XXI.

El segundo autor, Rifkin, fue alumno de Georgescu y en la actualidad desarrolla un trabajo destacado en relación a la valoración de la actual revolución tecnológica (cibernética, comunicaciones digitales y energías limpias), el surgimiento de las economías colaborativas y el “prosumidor”, el impacto de la tendencia decreciente en los costos de producción en lo que él denomina el “eclipse del capitalismo”, y el papel que puede jugar el “pro-común colaborativo” en el diseño de nuevas formas de auto-gobiernos paralelos al Estado existente. Rifkin es un prolífico escritor, conferencista, activista ecológico y asesor de gobiernos en todo el mundo.

El tercer pensador, Paul Mason, es un periodista británico de orientación marxista, estudioso de los procesos revolucionarios y socialistas del siglo XX. Autor del libro “Postcapitalismo”. Al igual que el anterior autor, nos presenta el panorama a futuro sobre el hecho de que la humanidad tendrá que lidiar con un proceso en donde la lucha entre el capitalismo y el “post-capitalismo” será de largo plazo, en donde el Estado y nuevas formas de poder ciudadano y comunitario podrán jugar un papel regulador (de presión) sobre las fuerzas sociales y económicas dominantes, por un lado, para luchar por evitar cataclismos ambientales, nucleares, epidemias o catástrofes globales de gran impacto y de desconocidas naturalezas, y por el otro, para generar en medio de una “competencia entre sistemas”, nuevas relaciones de reciprocidad entre las personas a fin de construir un mundo más justo y vivible. El enorme desarrollo de las fuerzas productivas –como lo avizoró el teórico Carlos Marx hace 150 años– ha creado esas condiciones objetivas pero se requiere la acción organizada de los seres humanos para poder superar el imperio del capital.

Sé que en la actualidad es imposible que surja un Marx (un único y gran pensador) que desarrolle el pensamiento revolucionario y nos ofrezca una “guía para la acción” que nos ilumine el camino. Sin embargo, soy optimista frente al enorme desarrollo de la ciencia y del pensamiento teórico que recoge los numerosos y valiosos conocimientos de estudiosos de todo el mundo, de las diversas civilizaciones occidentales, orientales y amerindias, y de todas las épocas de la humanidad. Lo que me parece importante y resalto es que surjan “políticos” y dirigentes sociales que estudien y se apoyen en la teoría para gobernar y para orientar sus procesos de lucha social y política. Las nuevas generaciones tienen ante sí un legado de pensamiento y un inmenso patrimonio de luchas que les va a permitir avanzar sobre lo ya construido y superarnos en muchos sentidos en beneficio de la vida humana y no humana.

Pero, es indudable que frente a los retos actuales la tarea más importante es la construcción de conceptos y herramientas metodológicas totalmente nuevas. La revolución del pensamiento nunca ha sido más urgente y necesaria.

22/4/2018

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