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A propósito de Ciber-comunismo
Planificación económica y desarrollo tecnológico
14/03/2018 | Guillem Murcia López

Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia. Paul Cockshott, Maxi Nieto. Trotta (2017).

Es curioso observar la fluctuación respecto a temas en los debates políticos que se dan en redes sociales. Como es natural, están sometidos a distintas influencias: la proximidad de fechas electorales, sucesos políticos, programas de televisión o a veces artículos influyentes. Y sin embargo, es llamativo el hecho de que en los últimos tiempos, buena parte de los debates en los que se escuchan voces de izquierda tienen un marcado sesgo culturalista. En el último mes hemos leído sobre si la izquierda debe abrazar o rechazar realities musicales televisivos, y antes de eso, sobre extrañas transposiciones del colectivo redneck estadounidense a la realidad española. Esto puede deberse en parte a la irrupción hace unos años de la denominada “nueva política” en España, que, tras la Gran Recesión, hacía énfasis en que un análisis adecuado es inservible sin una correcta comunicación. Los símbolos importan, se decía. Los referentes, los significantes, la terminología, el encuadre (el frame, que dicen en inglés) son herramientas que se tenían que utilizar y no permitir que monopolizara la derecha, incluso si para ello era necesario desdibujar límites políticos tradicionales (“No somos ni de izquierdas ni de derechas”) o cuestionar verdades recibidas. Creo que en cierto sentido esta idea se validó con el éxito electoral de algunas opciones que supieron leer el momento político en elecciones recientes.

Pero como toda idea, tiene sus límites, y lo que estamos viendo en los últimos tiempos con el predominio de debates estrictamente culturalistas o agotamiento de cualquier entusiasmo e inercia política es posible que se deba a haber llevado estos planteamientos más allá de donde son válidos. Y así, es difícil entender qué es lo que se defiende desde opciones transformadoras cuando uno lee encendidas defensas de la importancia de abrazar un reality show musical o no, o de ganar unas elecciones. Quitamos al PP del ayuntamiento o del Gobierno, de acuerdo. Pero, ¿para hacer qué? Vemos, o no, un programa televisivo ¿para conseguir… qué? El río de la comunicación estratégica política que se navegaba viento en popa parece que ha acabado desembocando en los pantanos laclauianos según los cuales el objetivo final era una imprecisa, vaga y asumible “democracia”, por supuesto inscrita en una economía de mercado -igual con algún aderezo de socialdemocracia que ha pasado ya su fecha de caducidad-. Si los análisis correctos sin comunicación adecuada no sirven de nada, la comunicación “adecuada” sin análisis alguno es simplemente inútil. La política no consiste en tener razón, pero tampoco en olvidarse de encontrar razón a por qué ocurren las cosas en ella.

Todos estamos de acuerdo en que no existen “recetas para los fogones del futuro”, por emplear la expresión crítica de Marx: nadie puede elaborar una lista detallada de cómo es el futuro que un movimiento político espera convertir en realidad, mucho menos de los pasos exactos para lograrlo. Pero aún así, creo que es crucial que una iniciativa en pos del cambio social tenga en mente horizontes a los que dirigirse: no detallados, quizás imprecisos o susceptibles de cambiar en detalles, pero que sirven de orientación y evitan que la marejada de la contienda electoral en la que puede verse envuelta la desvíe de su curso.

Ciber-comunismo me parece un intento de retomar el debate doble de qué tipo de sociedad buscamos y cómo hacerla factible. Para ello la obra combina el análisis marxista con el potencial que los avances informáticos otorgan a fin de que la producción económica esté sujeta a las riendas de la democracia, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad. No es de extrañar que uno de los autores sea Paul Cockshott, economista e ingeniero informático escocés que durante décadas ha tratado temas como los límites de la computabilidad, la teoría del valor, metodología econofísica o teoría de la planificación. Algunos de estos intereses los comparte con el otro coautor, Maxi Nieto, doctor en sociología que sonará a los lectores de marxismocritico.com y autor de Cómo funciona la economía capitalista. Una introducción a la teoría del valor-trabajo de Marx.

El resultado de su colaboración es una obra que se estructura en torno a tres ejes fundamentales, planificación, computadoras y democracia, pero que a su vez toca distintos temas relacionados: desde una caracterización general de lo que sería el proyecto comunista, hasta críticas a las teorías económicas de la escuela austríaca. Un buen ejemplo de horizonte para un movimiento emancipador como el que mencionaba antes podría ser el que describe Nieto en el Capítulo 1: la racionalización científico-técnica de la producción y la república democrática. En términos más simples, vendría a ser el uso de nuestras capacidades como sociedad para producir de forma que se satisfagan nuestras necesidades, haciéndolo de forma que respete y estimule la contribución y la libertad de todos sus miembros.

O dicho de otra forma: queremos vivir mejor. Y aunque sabemos que el capitalismo es el marco de organización económica y social en el cual se han conseguido mejoras y desarrollos notables, éste contiene contradicciones, errores y carencias democráticas en su mismo funcionamiento. Aspiremos a una forma de organización que no contenga esos errores pero permita mejoras tan importantes o incluso más, en cuanto a calidad de vida. Que apunte a la consecución de la plenitud de la libertad individual y colectiva. El marco en el que estamos inmersos subyuga muchos derechos que consideramos irrenunciables, como el acceso a la sanidad o la educación, al “buen funcionamiento” de la economía, es decir, al éxito que tengan a la hora de lucrarse una minoría de personas. ¿Realmente existe una forma de garantizar esos y otros derechos si la sociedad permanece sometida al acicate del lucro? Ésta es la pregunta que quienes se han quedado en el pantano laclauiano rechazan contestar. Cockshott y Nieto afirman que no, y opinan que esto sólo resultaría posible buscando una vía alternativa: la planificación económica que haga uso del desarrollo tecnológico (en concreto, informático) de las últimas décadas.

Computadoras y tecnología

¿Es esta una fe ciega en el papel de la tecnología, una exageración de sus posibilidades, una ignorancia de sus riesgos? Parece una obviedad que la innovación tecnológica cambia las sociedades en las que vivimos, tanto nuestra relación con el entorno como entre nosotros. Hace doscientos años sería impensable concebir el calentamiento global como un problema creado por el ser humano, que se produjera acoso entre adolescentes por redes sociales o que se grabaran abusos con teléfonos móviles, por citar algunos ejemplos que, lejos de ser exageraciones hipotéticas, blackmirrorianas de la tecnología, están presentes en la actualidad. Y sin embargo, si uno se para a pensar, parece que los problemas derivados de innovaciones tecnológicas contienen un componente política y socialmente condicionado muy importante. Aunque el temor al holocausto nuclear no ha desaparecido de la actualidad, parece que dista de ser un motivo recurrente de películas apocalípticas como lo era en los años 50, y no porque haya desaparecido la capacidad nuclear de aniquilar vidas, por desgracia, sino por cambios políticos que han reducido la probabilidad de su uso (para, por otra parte, redirigir los intereses imperialistas a guerras por proxies en Oriente Medio).

Por todo ello, desde hace tiempo se desarrolla un debate acerca de la contribución de la tecnología a nuestras vidas y sociedades. En un extremo, los anarcoprimitivistas rechazan desde la innovación tecnológica a partir de la Era Industrial (Ted Kacynski, más conocido como el Unabomber, sostuvo ideas de este tipo en su manifiesto) hasta la civilización en sí misma (el residente en Portland, John Zerzan, autor de Futuro Primitivo, sería un ejemplo) al creer que se fundamenta y conduce, inevitablemente, a la dominación y opresión.

En el otro, lo que se ha venido a llamar aceleracionismo sostiene un tecnofetichismo que le lleva a ensalzar la tecnología como portadora de cambios irreversibles en la humanidad. Dentro de éste, uno puede escoger su variedad de izquierdas, como la que propugnan Srnicek y Williams en su Manifesto for an Accelerationist Politics, según el cual la automatización del trabajo presagiaría el fin del trabajo tal y como lo conocemos, algo que armoniza con posturas post-trabajo estilo Toni Negri o con el optimismo tecnológico de Paul Mason en su Post-capitalismo, pero choca con análisis empíricos sobre la dinámica capitalista como los de Doug Henwood. O bien uno puede dejarse llevar por el aceleracionismo “de derechas” como el que representa Nick Land, antiguo seguidor de Deleuze y Marx, y que ha desarrollado una maraña de ideas cyberpunks que ven el desencadenamiento de las fuerzas del capital por parte de la humanidad como el despertar de un monstruo incontenible, un Azathoth ciego, omnipotente y destructor que llevará tarde o temprano a su extinción. Land ha acabado además recabando y erigiéndose en teórico de la “Ilustración Oscura”, una suerte de corriente neorreaccionaria que defiende que la inevitable expansión del capitalismo hasta su máxima expresión tenderá a extraer las pulsiones elitistas y antidemocráticas en nuestras sociedades, convirtiéndolas en nuevos reinos feudales, moralmente conservadores y sometidos a relaciones mercantiles libertarianas. Aquí algunos nos preguntaríamos si es que estos intelectuales viven tan aislados en una burbuja de confort que no han llegado a observar su paraíso ya realizado en muchas localizaciones del capitalismo contemporáneo, y si la deriva destructora del capital que describen no se encarna más fácilmente en la crítica que Andrew Kliman lanza a los socialdemócratas y defensores del post-trabajo: el “determinismo político” que cree que los capitalistas controlan el capitalismo, y no que éste posee una lógica propia, unas reglas del juego que atan incluso a aquellos que se benefician del sistema.

Ante estas dos posiciones ¿existe una postura que intente visualizar la tecnología como una herramienta capaz de aproximarnos a objetivos de emancipación humana? ¿Es posible canalizar la innovación tecnológica de forma se que esquive tanto el precipicio de permitir que sea un mero amplificador del desarrollo capitalista, como el fatalismo inmovilizador de creer que de por sí va a permitirnos trascender las leyes mercantiles que rigen el funcionamiento de la acumulación?

Democracia y planificación

Para Paul Cockshott y Maxi Nieto sí, y Ciber-comunismo es una primera aportación en lo que puede ser un debate que intente desarrollar esa respuesta afirmativa, explicando cómo hacerlo. Los autores toman entonces el toro por los cuernos e intentan demostrar cómo el incremento de la capacidad de computación de la informática moderna permite superar críticas como las lanzadas durante el famoso “debate del cálculo económico”, según el cual los economistas austríacos sostenían que una economía socialista sería incapaz de planificar la producción de manera más eficiente y productiva que una capitalista, dada la ausencia de elementos como el dinero y precios monetarios. Lejos de tratarse de un debate vetusto, Cockshott señala en el capítulo 4 la acogida que este paradigma apologeta del mercado, en concreto en la formulación de Hayek, tuvo buena acogida en el gobierno thatcherita de los 80 en el Reino Unido y formó posteriormente la base para el desmantelamiento de los sistemas del “socialismo realmente existente” en los años 90.

El escocés rechaza también en el capítulo 5 la crítica de Mises según la cual únicamente comparando costes con beneficios monetarios se podría llegar a actuar de forma racional en el cálculo económico, en el uso de bienes de capital. Para rebatirla señala la obra del matemático soviético V. Kantoróvich, pionero en la optimización lineal y descrito en su ficha de la CIA como un "genio creativo en el campo de las matemáticas y la aplicación de los ordenadores electrónicos a los asuntos económicos". Según Cockshott, la obra del soviético permitiría determinar la mejor combinación de técnicas productivas para cumplir los objetivos de un plan utilizando un cálculo in natura, es decir, en ausencia de precios monetarios y únicamente con cantidades físicas.

Por su parte, Nieto impugna buena parte del discurso pro-mercado de la escuela austríaca en el capítulo 6 de la obra, señalando tanto orígenes en España vinculados íntimamente con la dictadura fascista (y por tanto, bien alejados de la racionalidad de individuos desarrollada en “libertad”) hasta su lógica circular fundamentada en el individualismo metodológico que les lleva a concebir el concepto de cálculo económico como algo intrínsecamente vinculado a presupuestos que se dan en las economías de mercado… para posteriormente confirmar que, de necesidad, se deriva que este cálculo sólo podrá darse en dichas economías.

El debate es por tanto crucial porque arrebataría a los defensores de la economía de mercado la capacidad de arrogarse el mérito de defender un sistema (el de la economía de mercado) capaz de producir un aumento de las condiciones de vida generales compatible con ciertas libertades. Algunos de ellos incluso admitirán que se trata de un aumento desigual, propenso a las crisis y devorador del ecosistema, pero apuntarán que no necesita de un sistema orwelliano para planificar qué se produce y cómo, dando a entender que cualquier alternativa sí que estaría aquejada de este mal. La clave está en que el debate que puede iniciar Ciber-comunismo no sólo demuestre que es posible producir mejor (más eficiente y racionalmente), sino que también se haga de forma que sea democrática. No en el sentido de la democracia formal de la que gozamos, la del “un euro, un voto” que Nieto cita de Diego Guerrero, sino capaz de transformar la sociedad en su totalidad. Una forma que no sólo sea compatible, sino que realice y amplifique las potencialidades de la emancipación humana.

El autor ha indicado su interés en contactar con personas interesadas en el tema de la planificación económica, a través de su correo electrónico maxi.nieto@gmail.com o en cibcom@googlegroups.com.

Guillem Murcia López es uno de los traductores del libro.







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