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In memoriam
Paco Peñas (1951- 2018)
22/02/2018 | Manuel Garí / Irene Martín

[El pasado martes nos llegó la triste noticia del fallecimiento de Francisco Javier Peñas Esteban, Paco Peñas, en Córdoba (Argentina), al que conocimos a finales de los años 70 y con el que compartimos buena parte de quienes formamos parte de la “familia” de viento sur tantas luchas, esperanzas y frustraciones desde entonces. Son muchos los recuerdos y los reconocimientos que nos vienen a la memoria tanto en el plano político como en el más personal, sin olvidar tampoco su contribución innovadora, desde su lugar como profesor titular en la Universidad Autónoma de Madrid, en el estudio de las Relaciones Internacionales. Manolo Garí nos recuerda en esta nota su papel destacado en la campaña antiOTAN de los años 80 e Irene Martín nos cuenta, después, su trayectoria política y académica más reciente]

Al amigo, al compañero

Manolo Gari

Anteanoche me llegó la inesperada noticia: Paco ha muerto en Argentina, donde estaba pasando unos días tras jubilarse, por parada cardiaca tras una complicación pulmonar. Y con ella un nuevo golpe en la nómina de amigos que, antes de hora, murieron.

Conocí a Paco cuando todavía aceptaba que le llamáramos -y así se presentaba- con el mote familiar de Mamo, que se convirtió en su alias en la actividad política y social hasta que un día nos dijo que ya no, que usáramos su nombre. Coincidimos en la Comisión Anti-OTAN en los años previos al referéndum sobre la permanencia de España en la Alianza Atlántica y trabajamos juntos hasta la extinción de la organización, si bien nuestro trato se intensificó tras la unificación del Movimiento Comunista (MC) del que era militante, con la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) a la que yo pertenecía. Firme en la argumentación de sus ideas, con un toque de razonable escepticismo, bon vivant algo melancólico, comprendía las razones del otro e intentaba llegar a acuerdos para seguir en la brecha. Y personalmente tengo que agradecerle su postura honesta y sincera, tras el fracaso de la unificación, que nos mostró a varios ex Liga en una comida en la que nos contó los pormenores de actitudes e ideas previas a la misma que, de antemano, y antes de producirse la fusión, auguraban un fracaso no anunciado. Fue un gesto fraternal.

Paco, anti imperialista convencido, formaba parte de un reducido número de activistas que en los años ochenta fueron capaces de galvanizar la ilusión de unos miles más en forma de un enjambre sumamente pluralista y que, juntos, lograron impulsar un poderoso movimiento pacifista de masas contra el armamentismo, el belicismo, los bloques militares y también -junto a los jóvenes objetores e insumisos- contra la “mili”. Vivió intensamente lo que se ha dado en llamar la “última batalla de la transición”. La consolidación del régimen del 78 y el fracaso de la unificación de las organizaciones de la izquierda radical le llevó a dejar la militancia activa en la que se comprometió desde su primera juventud, primero como militante de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), luego del MC y finalmente de Liberación-Izquierda Alternativa.

En el núcleo fundacional de la Comisión Anti OTAN, Paco Peñas jugó un papel central, particularmente por sus aportaciones sobre la situación internacional y los cambios geopolíticos en los que se insertaban la existencia de bases americanas en el Estado español y la adhesión de éste al bloque militar occidental. Sus opiniones sobre las implicaciones del despliegue de los misiles nucleares SS-20 de alcance intermedio por parte de la URSS en la Europa central y oriental, sus análisis en torno a la llamada “doble decisión” de la OTAN y las propuestas de Reagan denominadas la "opción cero", así como su disección de las negociaciones entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, o sea, entre EE UU y la URSS, para evitar la escalada, rotas en otoño de 1983, que condujeron al despliegue en diciembre de 1983 de 572 misiles norteamericanos de alcance intermedio (Pershing y Cruise) en Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Italia y la RFA, y originaron las protestas pacifistas internacionales en Europa occidental contra lo que se denominaron los “euromisiles” se volcaron tanto en los cuadernos de formación de la Comisión Anti OTAN, como en su revista Zona Cero o en los documentos publicados por la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas (CEOP).

Paco Peñas fue uno de los primeros en señalar que el asunto de los misiles determinaba la política en el principal país de la Comunidad Económica Europea, Alemania Federal, y que podía significar el comienzo de la hegemonía conservadora con Helmut Köhl, tal como se pudo comprobar tras el final de la crisis en 1987 con la firma del Tratado soviético-norteamericano que eliminaban las armas nucleares de alcance intermedio. Pero Peñas también señaló los limites de estos acuerdos de desarme porque, a la vez, las potencias militares comenzaron a desplegar iniciativas aún más letales con armas de alcance casi ilimitado de fantasiosos y costosos “escudos anti misiles” en lo que se denominó la “guerra de las estrellas”. Igualmente mostró su escepticismo sobre el alcance y viabilidad de la auto-enmienda de Gorbachov al régimen burocrático de la URSS con sus políticas de glasnost y perestroika.

De la trayectoria profesional y académica de Francisco Peñas Esteban posterior a esos años, otras personas pueden hablar con un conocimiento que yo no tengo, pero pienso que en parte fue una continuación de sus trabajos militantes. Buen ejemplo de ello es su libro Occidentalización, fin de la guerra fría y relaciones internacionales (Alianza, 1997).

Volví a encontrarme con él el 15 M y con ocasión de otras dolorosas pérdidas. Del núcleo promotor de la Comisión Anti OTAN poca gente queda (¡cómo se cebó la desgracia en tan pequeño círculo!) pero guardamos en la memoria la valía y entrega de gentes como Antonio Estevan, Carlos Otamendi, Ramón Fernández Durán, Daniel Wagman, José Luis Pérez Herrero (Piños), Ladislao Martínez y ahora Paco Peñas. Y, por supuesto, nuestro afecto.

El legado de Paco Peñas

Irene Martín

Paco llegó tarde a la universidad. Tenía 42 años cuando en 1993 empezó a impartir clase de Relaciones Internacionales en el Segundo Ciclo de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Entró tarde, pero entró pisando fuerte. Un año más tarde leía su tesis y ya para entonces había dejado huella en unos cuantos de sus alumnos. Paco provenía directamente de la militancia política. Entre otros, había participado muy activamente en la campaña anti-OTAN. Decidió dar un giro a su vida tras un accidente que le haría pasar por cinco operaciones y que le dejaría con esa cojera tan característica suya. Pensó que las horas de hospital eran una buena ocasión para dedicarse al estudio de las Relaciones Internacionales. Dejó su puesto de profesor de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas e hizo un Máster en el Instituto Ortega y Gasset. Al finalizarlo, empezaría a dar clases en la UAM.

Paco había decidido cambiar la militancia por la vida académica porque creía que la izquierda debía dejar de tirar balones fuera y debía cuestionarse a sí misma a la vista de lo que había conseguido. Eso le costó el rechazo de algunos de sus compañeros de luchas políticas, pero hizo que se metiera en el bolsillo de inmediato a unos cuantos estudiantes que compartían la misma inquietud.

Yo le conocí en 1994 durante su segundo curso en la UAM, donde fue mi profesor de Relaciones Internacionales; el mejor profesor que he tenido nunca. Desde la primera clase me rompió los esquemas y ya no dejó de hacerlo nunca. Nunca he ocultado mi debilidad por Paco, pero su muerte me da la oportunidad de explicar algo del porqué de esa admiración por la faceta de Paco como profesor. El legado de Paco es enorme y ojalá llegue de alguna manera a quienes no tuvieron la suerte de conocerle.

Sus primeros años como profesor en la UAM fueron de gran intensidad intelectual, y fueron absolutamente contagiosos. De allí salieron unos cuantos discípulos como Itziar Ruiz-Giménez, Alicia Campos, Matilde Pérez, María Becerra, Diego Buffa, Luis Rodríguez-Piñero, Pablo Gutiérrez, Emma Benzal, Antonio Ávalos, Ángela Iranzo,Sergio Caballero, Elsa González, Iraxis Bello, Corina Mavrodin, Aloia Álvarez Feans, José Luis de la Flor, Melody Fonseca, Ari Jerrems, Ana Alcalde, Lourdes Benavides, Mayra Moro, Víctor Alonso, Raquel Ferrao, Susana Pérez, Marta Mato, Jorge Estévez, Jorge Reig, Agustina Daguerre, Lucrecia Rubio, Mariana S. Leone, José Francisco Estébanez, Alice Martini, y un largo etcétera de personas a quienes Paco como profesor, de una u otra forma, marcó profundamente. Y yo misma, que me considero discípula suya como la que más, aunque no haya tirado por el campo de las Relaciones Internacionales. Seguro que me dejo fuera a muchos que también se consideran sus discípulos, aunque luego hayan seguido por otros derroteros, y espero me perdonen por no mencionar aquí sus nombres. Creo que no me equivoco si digo que la mayoría de los que estamos en la universidad no nos habríamos dedicado a esto si no hubiera sido por él.

Para muchos profesores de su Departamento, Paco fue un compañero difícil. Y es verdad que lo fue, sobre todo a partir de un determinado momento. Paco no entendía todo aquello que en la universidad no iba destinado estrictamente al estudio, la discusión y el aprendizaje de aquello que le apasionaba.Y no entendía por qué no podían ser más los que, de entre sus alumnos brillantes y entregados, se pudieran quedar en la universidad para contribuir a ese objetivo. Le dolía profundamente cada vez que alguno decidía no emprender la carrera académica, o abandonarla con la tesis a medias o, siendo ya doctores, se planteasen abandonar la carrera académica viendo el panorama que les esperaba. Tampoco entendía por qué la universidad no apoyaba un exitoso y pionero Máster como el de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos, para el cual había convencido a los pocos africanistas que había en España de que impartieran clases, casi por amor al arte, sólo compensados por el buen hacer culinario de Antonio Santamaría y el gusto por enseñar y por aprender.

La combinación explosiva se completaba con los grupos de clases magistrales de más de cien estudiantes con los que se volvió imposible poner en práctica la única técnica docente que Paco conocía y manejaba a la perfección: la lectura y la discusión sin fin, la réplica y la contrarréplica. Daba igual la postura ideológica de cada uno. Paco había llegado a la universidad para repensarlo todo, para ponerlo todo patas arriba. Y nunca dejó de hacerlo por mucho que, como buen nostálgico de su generación, le costara despegarse de la etiqueta de maoísta. Con ironía, y también algo de coquetería, decía que él era un “maoísta del barrio de Salamanca”. Porque si algo caracterizó siempre a Paco fue que también se ponía patas arriba a sí mismo, y no tenía el menor problema en exponer humildemente sus propias contradicciones.

Por todo esto, Paco se jubiló tempranamente cuando sintió que había perdido el entusiasmo por lo que más le gustaba y que la universidad ya no servía para aquello por lo que había emprendido su carrera académica. Aun así, siguió dirigiendo tesis, leyendo y escribiendo a diario. En breve saldrá a la luz un nuevo número de la Revista de Relaciones Internacionales coordinado por él, donde aparece también un artículo póstumo suyo.

Creo que no me equivoco si digo que quienes le consideraron un compañero difícil, también reconocían en él a un profesor plenamente dedicado a los estudiantes, y a una persona de gran corazón. Ese era el Paco profesor: entregado, inteligente, erudito, generoso, y con un gran corazón. No supo dejar de ser Paco en ningún momento, y por eso tantos le estamos tan agradecidos. Paco, te vas, pero con todos nosotros te quedas.

Irene Martín es profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

22/02/2018







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