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Rusia
La eterna caza del hombre rojo
05/02/2018 | Ilyá Budraitskis

Tras los dramáticos acontecimientos ocurridos en Rusia y Ucrania estos últimos años, la lucha contra el legado del comunismo en el espacio postsoviético parece entrar en un nuevo periodo. Este fantasma, que se aleja temporalmente de su origen –la existencia del socialismo real–, adquiere cada vez más importancia. Sus características específicas, guardadas en la dinámica memoria colectiva, se propagan y desaparecen, mientras que los signos comunes necesarios para la producción de la figura ideológica acabada son ahora más claros y comprensibles.

Se pretende que, enterrado en su conjunto hace un cuarto de siglo, el comunismo continúa vivo después de muerto: en forma de un muerto agitado, de reliquia, de pulsión del pasado que envenena la vida de las nuevas generaciones. Una explicación popular del fracaso de la transición a la normalidad del mercado en Rusia a comienzos de la década de 1990 es la ausencia de un acto especial de contrición, después del cual se hincará el último clavo en el ataúd de comunismo.

Este acto, por mucho que sea comprensible, implica una única depuración forzosa de la memoria en todos los niveles, empezando por los monumentos y los nombres de calles para terminar con la conciencia individual. El enemigo a combatir es peligroso precisamente porque pertenece más al pasado que al presente y su materialidad es secundaria y condicional. Uno puede demoler todos los monumentos a Lenin, pero eso no significa que el espectro del comunismo vaya a desaparecer para siempre. Además, cuanto menos se exprese ese espectro por sí mismo, tanto más parece disponer de un poder ilimitado.

La larga vida de un vestigio

El tema del esclavo interior, del hombre rojo, que dice adiós, pero no se va, ha pasado a ser el mensaje principal de la Premio Nobel de 2015, Svetlana Aleksiévich. En su discurso de Estocolmo, Aleksiévich declaró: “El hombre rojo no ha sido capaz de acceder a este reino de la libertad con el que soñaba en su cocina. Nos hemos repartido Rusia sin él, y él se ha quedado con las manos vacías. Humillado y despojado. Agresivo y peligroso” 1/. Este personaje postsoviético es, a fin de cuentas, una víctima de sí mismo, de su propia esclavitud interior que no consigue superar, de su incapacidad para aceptar su propia libertad y para disponer de ella. Las reformas mercantiles han modificado las condiciones exteriores de su existencia, abriendo ante él nuevas oportunidades, pero han dejado intacta su alma corrompida y mutilada. El pesado legado de esta corrupción interior ha determinado la suerte de la generación joven, que se ha beneficiado de la libertad interior, de los créditos y del crecimiento del consumo, dando su consentimiento al poder autoritario que le garantiza este “pan de la tierra” (Aleksiévich, 2015).

Habiendo perdido todos sus fundamentos materiales, el hombre rojo ha devenido un puro problema moral. El rechazo de una solución consciente conducirá a su reproducción infinita. Fuera de la historia, el hombre rojo se convierte en un nuevo mito, una imagen eterna, de la que Aleksiévich encuentra de manera previsible la conformidad con la problemática del gran inquisidor de Dostoyevski.

El hombre rojo es una naturaleza, pero una naturaleza falsa, secundaria, que sustituye a la verdadera persona caracterizada por la compasión, la gentileza y la capacidad de vivir en paz con los demás y consigo misma. La colisión de estos dos principios, la lucha interior de toda persona concreta que se halla en una situación extrema (guerra o catástrofe), esto es lo más interesante de la obra de Aleksiévich. Hasta ahora, esta lucha está lejos de haber concluido y la batalla final todavía está por venir. No se puede simplemente olvidar al hombre rojo, es imposible disolverlo en la nueva realidad. Aleksiévich está segura de que “desaparecerá con la sangre”, a través de los sufrimientos y la superación, y solo entonces seremos capaces de reencontrarnos y “pronto o tarde llegaremos a ser como todo el mundo” 2/.

El célebre escritor ruso Vladímir Sorokin también es pesimista: “No solo el hombre postsoviético no quiere hacer desaparecer este pus soviético, sino que, por el contrario, lo considera sangre nueva”. Este zombi soviético nos priva del derecho a la modernidad, de modo que estamos condenados a vivir en medio de la podredumbre heredada del pasado. No es posible desandar el tiempo histórico mediante una contrición formal. Hace falta un choque, una catástrofe purificadora 3/. Un retorno forzado a la normalidad, equiparable a la desnazificación de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, tendrá carácter de un despertar pesado, pero indispensable, como después de “una gran fiebre o una crisis epiléptica”. La principal reivindicación dirigida al poder actual en Rusia se reduce a esta negativa consciente y criminal a enterrar el “cadáver soviético” 4/.

Este poder no es, para empezar, el fruto de unas relaciones complejas y complicadas del presente, que determinan, por ejemplo, los conflictos militares actuales, la crisis económica, el hundimiento del Estado del bienestar en Europa occidental o el ascenso del fundamentalismo islámico en Oriente Medio. El Estado ruso, con sus intereses, sus conflictos, su sociedad dividida y su economía dependiente, suele aparecer como fruto de una locura colectiva, una desviación histórica que solo puede ser corregida mediante una intervención quirúrgica. La imagen del mundo está simplificada y adquiere claramente rasgos maniqueos de una lucha sangrienta del futuro y del pasado, en la que este último siempre resulta condenado.

Actualizada tras la anexión rusa de Crimea en 2014, la idea de un “cadáver que renace” tiene su predecesor: el mito soviético tardío del homo sovieticus, un monstruo surgido de la experiencia monstruosa de la naturaleza humana. Este golem, que llena ilegalmente la realidad, se opondría al hombre económico natural, cuya racionalidad equilibra el mercado y da vida al mecanismo de la democracia liberal. En la sociología de Yuri Levada y sus discípulos, la existencia de un homo sovieticus se ha establecido científicamente mediante numerosas investigaciones. Según la definición de Levada, los rasgos distintivos del hombre soviético son “el autoaislamiento forzoso, el paternalismo del Estado, la jerarquía igualitarista, el síndrome postimperial”.

Este hombre nuevo, creado artificialmente en los años 1920-1930, se habría reproducido con éxito en el transcurso de la década de 1990 y “se caracteriza por la irresponsabilidad individual y la tendencia a atribuir la responsabilidad de su situación a toda clase de otros: el gobierno, los diputados, los funcionarios, los países occidentales, los extranjeros”. La modificación del entorno exterior, en particular de los fundamentos sociales y económicos de la sociedad soviética, no ha conducido a la restauración de la normalidad humana: “La destrucción de los modelos precedentes no ha venido acompañada de un trabajo serio en positivo que haya permitido comprender la naturaleza de la sociedad y del hombre soviéticos, elaborando otras referencias e ideales sociales” 5/. La nueva sociedad –el capitalismo– no podían construirla personas no capitalistas y en el camino de la transformación de los fundamentos se ha afirmado aún la superestructura, el vestigio, esa vieja manera de existir que se opone a la nueva.

La lucha contra los fantasmas postestalinianos

Del mismo modo que en el mito actual del hombre rojo, en que los obstáculos en la vía hacia el futuro europeo y la normalidad del mercado se alzan en forma de sombras del pasado, la ultimación y la perfección del socialismo estaliniano chocaban con los vestigios de la sociedad capitalista. La necesidad del gran terror no se explicaba por la agudización de la lucha contra una clase real de explotadores, que desde hacía tiempo habían perdido el poder y la propiedad, sino contra representantes físicos de las viejas clases, contra vestigios ambulantes y contra sombras.

Estos fantasmas de las clases desaparecidas resultaron ser más malignos y más peligrosos que las clases mismas, que desde hacía tiempo habían perdido la batalla campal. La táctica de estos zombis era mucho más compleja que la de los vivos: se disfrazaban continuamente, cambiaban de careta, eran capaces de infiltrarse en toda fisura de la unidad progresista del pueblo y del gobierno (Fitzpatrick, 2005).

Estos fantasmas de las clases del pasado, que creaban todos los nuevos obstáculos en la vía de la construcción del socialismo, ya no tenían un sitio definido en el sistema de producción y podían, por tanto, penetrar en el subconsciente de cualquier representante de una clase real, obrera o campesina. La voluntad sometida de esa persona era controlada por el fantasma del explotador, que la obligaba a pensar, hablar y actuar en su nombre contra sus propios intereses. De ahí que cualquier lapsus pronunciado solo podía servir objetivamente a ese enemigo invisible.

De este modo resulta que el presente solo puede realizarse completamente después de haber superado los elementos del pasado, que no dejan de poner palos en las ruedas. Los errores del gobierno o las contradicciones inherentes al nuevo sistema, por tanto, en principio no pueden analizarse en función de su propia realidad. Todo se revela ser culpa del pasado, ese pasado que trata de reemplazar la verdadera vida y nos hace combatir los fantasmas por el bien de nuestro propio porvenir. La lucha contra los vestigios ha adquirido así un carácter violento e irracional, pues en el mundo de las sombras solo se puede actuar a ojo de buen cubero y su presencia solo puede comprobarse con ayuda de sentidos especialmente formados y poco fiables: estar al tanto, sentir al enemigo, saber reconocer, etc.

Louis Althusser atribuyó la responsabilidad de los crímenes de Stalin directamente a la vulgar idea hegeliana de la renuncia al pasado. Cuando los elementos del pasado se ven privados de la cualidad de reales y se los opone a una realidad verdadera, que no ha tenido tiempo de completarse, se abren las oportunidades a una arbitrariedad sin límites. Después de todo, es posible negar el derecho a pertenecer al mundo real a cualquier actitud, controversia o posición, declarando que son vestigios que deberían ser destruidos. En el fondo de este planteamiento represivo se halla la idea del carácter completo y la impenetrabilidad del pasado que bloquea el avance de los monolitos. Del mismo modo que sus propias contradicciones carecen de la actualidad sojuzgada por el pasado, el propio pasado ha sido privado de su propia dramaturgia histórica y reducido a un obstáculo.

Por qué no se ha suprimido el pasado

El fallo principal de este modelo es que traza una frontera entre el presente y el pasado, del que habría que desembarazarse. Después de todo, “el presente puede nutrirse de las sombras de su pasado, incluso proyectarlas delante de sí” (Althusser, 1967). El pasado del presente no es nunca alguna cosa diferente de él mismo, “este pasado invoca siempre en su memoria tan solo la misma ley de la existencia de sí mismo, la suerte de todo devenir humano”.

Así, en Rusia, debido a la compleja relación entre la superestructura y la base, las características políticas o ideológicas del nuevo régimen engendrado por la revolución de 1917 pudieron preservar y reproducir los elementos del antiguo régimen despótico y proporcionarles una apariencia todavía más terrible e inhumana. Paradójicamente, esta activación de lo antiguo, la restauración del Estado ético que domina la sociedad se ha llevado a cabo bajo la consigna de lucha contra las supervivencias, para cuya represión se requerían terror y poderes extraordinarios.

La declaración estaliniana de ruptura total con el pasado, la negación de este pasado y la denegación de su derecho a formar parte de la modernidad llevaron a una devaluación completa del marxismo. De un método crítico, aplicable a la evaluación de su propio lugar en la cambiante realidad social, degeneró en una escolástica infame y estéril cuya misión se redujo a justificar el régimen como presente eterno, dando por concluida la historia del país y de la humanidad.

Hoy, la lucha contra las supervivencias busca asimismo reemplazar la elucidación de las causas de los conflictos sociales y políticos contemporáneos y desmaterializar la realidad. Los vestigios se transforman en un espíritu agitado e inasible, que entra o sale fácilmente de las instituciones, las personas y las trampas. Las medidas propuestas –la descomunización (expulsión del espíritu de los objetos inanimados) o la lustración (exorcismo que apunta al Estado y la sociedad)– solo resuelven una parte del problema. El espectro del comunismo seguirá sirviendo a los gobiernos cada vez que se vean obligados a explicar sus propios errores o crímenes.

La supervivencia se transforma en una vida verdadera, frente a la que la realidad no es más que un espejismo, la verdad es incompleta e insuficientemente real para evaluarla basándose en sus contradicciones. De este modo, la cuestión fundamental mal planteada permite la sustitución y la manipulación política, a raíz de la cual la gente viva lucha contra los cadáveres y destruye las tumbas, en vez de buscar a verdaderos enemigos de carne y hueso.

El problema es que el pasado nunca puede borrarse, mientras que el presente siempre está tejido con diversos vestigios, de los que una combinación única crea lo nuevo, cuya novedad también es siempre condicional. Así, las transformaciones no vienen siempre acompañadas de un arrepentimiento colectivo de las comunidades nacionales. La desintegración de los imperios coloniales europeos (que según Hannah Arendt precedió directamente al totalitarismo) no produjo una cultura de contrición completa ni un vuelco de la conciencia asociado a la misma. Además, el ejemplo más serio de arrepentimiento perfecto –Alemania– tuvo su origen en una derrota total y fue un procedimiento no negociable.

La fiabilidad de tal arrepentimiento, su carácter innegociable y su grado de sinceridad son difíciles de discutir. Después de todo, se trata de un gran número de personas que guardan todas una relación particular con ese pasado criminal. El arrepentimiento colectivo no significaba nada más que una declaración de ruptura con el pasado en su forma abstracta y fetichizada. La superación efectiva del legado del nazismo, en la forma de las especificidades del Estado alemán occidental de posguerra (por ejemplo, su crueldad y su disposición a la represión secreta, ocultadas gracias al arrepentimiento abstracto) fue obra de la generación joven radicalizada de los años sesenta y setenta.

Jürgen Habermas vinculaba el porvenir democrático de Alemania a una diferenciación de la cultura y de la política del Estado, siendo la primera una relación melancólica con la historia, basada en la opción ética por el individuo o la comunidad, y la segunda, la lealtad a los principios generales constitucionales y humanistas. La ruptura con el pasado criminal no es tan solo la posición común del Estado, sino –y esto es lo esencial– que crea un nuevo modelo de ciudadano alemán, para quien la cuestión de la responsabilidad existencial de su propio destino es inseparable de la “melancolía obligatoria en relación con las víctimas irremediables”. El proceso de “superación del pasado” atraviesa por tanto cada existencia individual y crea “una continuidad de las formas de vida transmitidas a las generaciones futuras” (Habermas, 1989).

En Estados Unidos, los rituales de contrición y la ruptura definitiva con la desigualdad formal (en particular la Civil Rights Act de 1964) no condujeron a la erradicación del racismo estructural, que se ha manifestado recientemente en el ámbito de la violencia policial. La superación efectiva de este racismo, asociado a la desigualdad social, comienza con el rechazo de la idea de que el racismo no es más que un prejuicio, una falta de conciencia, que se podría tratar mediante el arrepentimiento y la educación.

¿Qué queda de soviético?

Está claro que en la Rusia actual de Putin hay un legado soviético. Este sigue vivo en todos los niveles: en las particularidades de la conciencia de las masas, en las tradiciones específicas del aparato de Estado, en la continuidad parcial de la política extranjera de guerra fría. En fin, está vivo en los traumatismos de la inteliguentsia postsoviética, que lleva cabo su verdadera misión histórica actual luchando contra un fantasma comunista.

Sin embargo, todos estos elementos se han fragmentado, no constituyen un todo que pudiera separarse del legado no soviético, postsoviético e incluso presoviético. Ni individualmente ni todos juntos representan un enemigo central, y tampoco son la cuestión principal del momento, aquella cuya respuesta permitiría dar con plena confianza un paso irreversible de una época histórica a otra. El mito del hombre rojo no es más que una tensión política más, que cubre otros fragmentos del patrimonio soviético hundido en su combinación única con otros nuevos.

La creciente necesidad de este mito refleja la nostalgia de la inteliguentsia rusa (o ucraniana) de la visión holística perdida de la realidad. La necesidad de compilaciones morales y de generalizaciones triviales se basa, a su vez, en el dogmatismo del pensamiento, cuyas raíces se hunden en el periodo soviético. La inteliguentsia dogmática postsoviética no solo está preocupada por la desintegración de la sociedad que la rodea, sino también por su propia desintegración, por la pérdida de sus propios fundamentos sociales y éticos en la realidad postsoviética. Sirviéndose de la construcción de vestigios y designando como su enemigo principal un fantasma comunista ficticio, la inteliguentsia trata de establecer en realidad su propia existencia, para asegurarse de que no sea ella misma una sombra.

El rechazo de la teoría de la lucha contra las supervivencias no supone, sin embargo, la aceptación del actual estado de cosas como normal, razonable o conforme a las reglas. Después de todo, el régimen existente, contrariamente al régimen soviético, ni tiene estrategia ni dinámica (aparte de la dinámica del autodeclive), aunque trata también de presentarse ante la sociedad rusa como un superviviente soviético. Así, desde marzo de 2014, una de las grandes líneas de la propaganda oficial del Kremlin es su voluntad de legitimar sus acciones como un comienzo del renacer de la URSS, es decir, como los primeros pasos modestos hacia la superación de las consecuencias de la desintegración, históricamente injusta, del Estado de la Unión. Y debemos admitir que esta propaganda ha convencido a muchos.

Ahora bien, el problema es que la principal injusticia de la desintegración del sistema soviético fue la emergencia de esta clase dirigente, que ahora intenta ponerse el traje del hombre rojo. La única alternativa a este juego interminable con fantasmas, que aparta de sí la ansiedad opresiva del futuro (tanto del poder como de los exorcistas de la oposición), no puede ser otra que una dura labor de desencantamiento de lo soviético. Negándole la condición de supervivencia –que habría que aceptar enteramente o rechazar en bloque–, hace falta dividirlo constantemente en componentes: progresismo o reacción, liberación o sojuzgamiento, apoyo a las élites dirigentes o, por el contrario, capacidad de contestar su derecho a gobernar. Esta es la única manera de aceptar el pasado, no como una sombra que pesa sobre los vivos, sino como parte de esa “realidad estructurada terriblemente positiva y activa”, que es “para el obrero miserable [del que habla Marx], el frío, el hambre y la noche” (Althusser, 1967). Es la única realidad que reclama otros tantos cambios.

Ilyá Budraitskis es investigador, militante político y cultural.

Este artículo es reproducción de un capítulo de su reciente libro Диссидентысреди диссидентов (Disidentes entre los disidentes), publicado por Свободное Марксистское Издательство, Серия Новые Красные (Edición marxista libre, serie Nuevos rojos), Moscú 2017.

Notas:

1/ Conferencia de Svetlana Aleksiévich con motivo de la entrega del premio Nobel: https://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2015/alexievich-lecture_fr.pdf

2/ Entrevista a Svetlana Aleksiévich por Artem Chraïbman, TUT.BY del 7/12/2015 (en ruso), http://news.tut.by/society/475829.html

3/ Entrevista a Svetlana Aleksiévich por Artem Chraïbman, TUT.BY del

4/ Entrevista a Vladimir Sorokin por Andrei Arjangelsky, El hombre postsoviético que ha decepcionado más que el soviético (en ruso),http://www.kommersant.ru/doc/2786007

5/ Véase: Лев Гудков, Борис Дубин, Наталья Зоркая, Постсоветский человек и гражданское общество, Московская школа политических исследований (L. Goudkov, B. Dubin, N. Sorkaya, El hombre postsoviético y la sociedad civil), Moscú 2008, pp. 8-11.

Referencias

Aleksiévich, S. (2015). El fin del “Homo sovieticus”. Barcelona: Acantilado.

Althusser, L. (1967) La revolución teórica de Marx. México: Siglo XXI

Fitzpatrick, Sh. (2005) Tear Off The Masks! Identity and Imposture in Twentieth-Century Russia. Princeton University Press

Habermas, J. (1989) “Conciencia histórica e identidad post-tradicional”. En J. Habermas, Identidades nacionales y postnacionales. Madrid: Tecnos.







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