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Debates
Ruy Mauro Marini: similitudes y diferencias
05/02/2018 | Claudio Katz

En los últimos trabajos de su intensa trayectoria el principal teórico de la dependencia indagó la dinámica de la mundialización. Observó el inicio de un nuevo periodo asentado en el funcionamiento internacionalizado del capitalismo (Marini, 1996: 231-252). Algunos intérpretes estiman que esa investigación coronó su obra previa e inauguró el estudio de la economía política de la globalización (Martins, 2013: 31-54).

Ese desplazamiento analítico confirmó la enorme capacidad de Marini para abordar los procesos más relevantes de cada coyuntura. Sus señalamientos anticiparon varias características de la etapa que sucedió a su fallecimiento. Evaluar esas observaciones a la luz de lo ocurrido es un buen camino para actualizar su teoría.

Globalización productiva

A fines de los 80 Marini notó que el capital se internacionalizaba para incrementar la plusvalía extraída a los trabajadores. Analizó con ese fundamento el abaratamiento del transporte, la irrupción de nuevas tecnologías y la concentración de las empresas (Marini, 1993). Evaluó especialmente el nuevo modelo manufacturero-exportador de la periferia gestionado por las firmas multinacionales.

Esas empresas afianzaban espacios comunes entre sus casas matrices y sucursales para desdoblar el proceso de fabricación. Separaban las actividades calificadas del trabajo en serie y lucraban con las diferencias nacionales de productividades y salarios. Marini comprendió que esa operatoria a escala global era un movimiento estructural y no cíclico de la acumulación.

Ese alcance salta a la vista en la actualidad. La globalización introduce un cambio cualitativo en el funcionamiento del capitalismo. Potencia la liberalización del comercio y la adaptación de las finanzas a la instantaneidad de la información. El pensador brasileño situó acertadamente el epicentro de este viraje en la fabricación globalizada. Registró la estrecha conexión de la internacionalización con el patrón de producción flexible que sustituye al fordismo.

Las empresas transnacionales son protagonistas visibles del escenario económico actual. Fragmentan su producción en un tejido de insumos intermedios y bienes finales destinados a la exportación. Ese entramado opera con principios de alta competencia, abaratamiento de costos y baratura de la fuerza de trabajo. La consiguiente deslocalización (off shoring) ha convertido a varias economías asiáticas en el nuevo taller del planeta.

Las compañías transnacionales complementan sus inversiones directas con modalidades de subcontratación y terciarización laboral. Descargan sobre sus proveedores el control de los trabajadores y la gestión de la incierta demanda. De esa forma distribuyen riesgos y aumentan ganancias.

Marini sólo vivió el debut de ese proceso y destacó sus contradicciones en términos muy genéricos. No llegó a notar los desbalances comerciales, las burbujas financieras y los excedentes de mercancías que irrumpieron con la crisis del 2008.

Esa conmoción desestabilizó al sistema sin revertir la globalización productiva. Puso transitoriamente en entredicho la desregulación financiera, que fue preservada sin ningún cambio relevante. El reciente cuestionamiento de la liberalización comercial (Trump, Brexit) ilustra la reacción de las potencias que pierden terreno. Intentan recuperar espacios restaurando cierto unilateralismo, pero no propician el retorno a los viejos bloques proteccionistas. La economía política de la globalización -que entrevió Marini- persiste como un acertado abordaje del capitalismo contemporáneo.

Explotación y remodelación industrial

La gravitación que el teórico brasileño asignó al incremento de las tasas de plusvalía ha quedado confirmada en las últimas décadas. La ofensiva patronal dispersó las remuneraciones, eliminó las reglas salariales definidas y segmentó el trabajo. Esta reorganización mantiene la estabilidad requerida para la continuidad de la acumulación en el sector formal y generaliza la precarización en el universo informal.

El principal cimiento de la globalización es la reducción de los costos laborales. Por eso los ingresos populares se estancan en la prosperidad y decaen en las crisis. Las firmas transnacionales se enriquecen con los bajos salarios de la periferia y con el abaratamiento de los bienes consumidos por los trabajadores de las metrópolis. Utilizan la deslocalización para debilitar a los sindicatos y achatar los sueldos de todas las regiones.

Las firmas lucran especialmente con las diferencias de salarios resultantes de los desniveles estructurales de sobrepoblación. Esas brechas se estabilizan por la ausencia de movilidad internacional de los trabajadores. Mientras que en el periodo inicial de la globalización (1980-1998) la inversión extranjera se triplicó, el total de migrantes apenas varió (Smith, 2010: 88-89). La fuerza de trabajo es marginada de todos los movimientos que sacuden al tablero de la mundialización.

Marini registró el primer desplazamiento de la industria a Oriente. Fue testigo de la irrupción de los denominados tigres asiáticos (Taiwán, Hong Kong, Corea del Sur y Singapur). Pero no vio la mutación posterior que modificó por completo el mapa manufacturero.

China es el epicentro actual de una creciente instalación de filiales en Asia. Allí se genera el grueso de la producción mundializada. Los sueldos oscilan entre el 10 y el 25 % de lo remunerado en las metrópolis por trabajos equivalentes.

La magnitud del cambio se verifica en el consumo estadounidense de bienes manufacturados. Un tercio de ese total es fabricado actualmente en el exterior, lo que duplica el promedio vigente en 1980 (Smith, 2010: 153-154, 222-227). Es evidente el cimiento de la mundialización neoliberal en la explotación de los trabajadores y trabajadoras. Las inversiones se desplazan a los países que ofrecen mayor baratura, disciplina y productividad de la fuerza de trabajo.

Marini también percibió cómo el modelo de sustitución de importaciones (que inspiró su análisis de la dependencia) era sustituido por un nuevo patrón de exportación manufacturera. Pero sólo llegó a notar los rasgos genéricos de un esquema que ha sido reconfigurado por las cadenas globales de valor (CGV).

Con esa modalidad todo el proceso de fabricación queda fragmentado, en función de la rentabilidad comparada que ofrece cada actividad. Esa división incluye eslabonamientos dirigidos por el fabricante (firmas aeronáuticas, automotrices, informáticas) o comandados por el comprador (emporios comercializadores tipo Nike, Rebook o Gap) (Gereffi, 2001). Las empresas que lideran esas estructuras no sólo controlan el recurso más rentable (marcas, diseños, tecnologías). También dominan el 80 % del comercio mundial de esos circuitos.

Este modelo difiere radicalmente del prevaleciente en los años 60-70. En lugar de procesos integrados predomina la subdivisión de partes y la fabricación nacional es reemplazada por un ensamble de componentes importados. La proximidad y la envergadura de los mercados pierden relevancia frente a las ventajas comparativas del costo laboral. Una nueva división global del trabajo (DGT) sustituye a su precedente internacional (DIT) (Martínez Peinado, 2012: 1-26).

En la actividad de las empresas transnacionales se multiplica la gravitación de los bienes intermedios, mediante eslabonamiento y mecanismos de especialización industrial vertical (Milberg, 2014: 151-155). Estas modalidades introducen formas de gestión exportadora que eran desconocidas a fines del siglo pasado.

La crisis del capitalismo

Marini analizó la economía de la globalización estimando que el capitalismo había ingresado en un ciclo largo de crecimiento. En ese contexto situó las especializaciones productivas y el despunte de los países asiáticos de industrialización reciente (NICs). Consideró que los procesos de integración regional resurgían para ensanchar la escala de los mercados (Marini, 1993). Su colega dependentista compartió ese razonamiento, indagando la incidencia de las nuevas tecnologías sobre las ondas largas (Dos Santos, 2011: 127-134).

El curso posterior de la globalización no confirmó, ni desmintió la presencia de ese ciclo ascendente de largo plazo. Las controversias entre quienes postulan y objetan la vigencia de esos movimientos no desembocaron en conclusiones nítidas. Por eso hemos subrayado la conveniencia de esclarecer las transformaciones cualitativas de la etapa, sin forzar el amoldamiento de ese periodo a una onda larga (Katz, 2016: 366-368).

Marini inscribió su evaluación en caracterizaciones marxistas que resaltaban el carácter disruptivo de la acumulación. Subrayó las traumáticas crisis potenciales que incubaba la globalización y remarcó la presencia de tensiones simultáneas en la esfera de la demanda (consumo retraído) y la valorización (insuficiencia de rentabilidad). Destacó ambos desequilibrios con más observaciones sobre el primer tipo de contradicciones.

En las últimas décadas salieron a flote esos temblores. También se verificó la explosiva retracción del empleo, potenciada por la relativa inmovilidad de la fuerza de trabajo frente al vertiginoso desplazamiento de las mercancías y los capitales.

Esa contradicción distingue a la mundialización actual de la vieja industrialización europea. Entre 1850 y 1920 más de 70 millones de emigrantes abandonaron el Viejo Continente. Ese traslado masivo desagotó la población sobrante en un polo y generó nuevos centros de acumulación en las zonas receptoras de trabajadores. Un movimiento demográfico equivalente supondría en la actualidad el ingreso de 800 millones de inmigrantes a los países centrales (Smith, 2010: 105-110).

Pero los desamparados tienen actualmente vedado ese desplazamiento. Las economías desarrolladas construyen fortalezas contra los desposeídos de la periferia y sólo absorben irrelevantes contingentes de mano de obra calificada. Se ha diluido la válvula de escape que en el pasado generaba el propio proceso de acumulación.

Los países que concluyen en forma acelerada sus procesos de acumulación primitiva, no pueden descargar su población excedente sobre otras localidades.

Esa restricción potencia otras tensiones del capitalismo, como la destrucción de empleos por la expansión del universo digital. Los parámetros de rentabilidad -que guían la introducción de nuevas tecnologías- imponen una dramática eliminación de puestos de trabajo. La desocupación se agiganta con la mundialización.

En esta etapa hay menos trabajo que en las fases precedentes. El empleo disponible se contrae y su calidad es decreciente en las regiones subdesarrolladas. Por eso la economía informal (carente de regulaciones estatales) alberga al 50 % de la actividad laboral en América Latina, al 48 % en el norte de África y al 65 % de Asia (Smith, 2010: 115-127).

La acelerada automatización –y la expulsión de población agraria por la tecnificación del campo- achican drásticamente las oportunidades laborales. El capitalismo asentado en la explotación -que tanto estudió Marini- no puede siquiera implementar ese padecimiento entre toda la población oprimida.

Replanteos imperiales

El teórico brasileño resaltó la gravitación del imperialismo. Señaló la insoslayable función de ese sistema de dominación militar para la preservación del capitalismo. Pero elaboró sus textos en una época muy distanciada del escenario de Lenin. Comprendió que la guerra fría era cualitativamente distinta a los viejos choques entre potencias y registró la inédita supremacía militar de Estados Unidos. Notó la capacidad de ese imperio para forjar alianzas subalternas, subordinando a sus rivales sin demolerlos.

Marini evitó los paralelos con el imperialismo clásico. Entendió la novedad de un período signado por la disminución del proteccionismo, la recuperación de posguerra del protagonismo industrial y la reorientación de la inversión externa hacia las economías desarrolladas. Sintetizó esas transformaciones con una noción (cooperación hegemónica), que utilizó para definir las relaciones prevalecientes entre las potencias centrales (Marini, 1991: 31-32).

El contexto actual presenta varias continuidades con esa caracterización. Perdura el entramado forjado en torno a la Tríada (Estados Unidos, Europa y Japón), para asegurar la custodia militar del orden neoliberal. Esa alianza bélica ya provocó la devastación de numerosas regiones de África y Medio Oriente. También subsiste la primacía del Pentágono en la dirección de las principales acciones militares. Pero la hegemonía norteamericana perdió la contundencia que exhibía en los años 80-90 de debut de la globalización.

Estados Unidos cumplió un papel económico clave en el despegue de ese proceso. Aportó el enlace estatal requerido para gestar la acumulación a escala mundial. Las instituciones de Washington internacionalizaron los instrumentos financieros y apuntalaron la globalización productiva. Desenvolvieron con mayor intensidad esa acción en el desemboque de las crisis de las últimas décadas.

La regulación bancaria de la FED, la operatoria del dólar como moneda mundial, la reorganización de los presupuestos estatales bajo la auditoría del FMI y las reglas bursátiles de Wall Street afianzaron la mundialización. Esa gravitación volvió a notarse en el desenlace de la convulsión del 2008.

Pero la pérdida de supremacía norteamericana se corrobora actualmente en el déficit comercial y el endeudamiento externo del país. Estados Unidos conserva el manejo de los principales bancos y empresas transnacionales. Encabeza, además, la introducción de las nuevas tecnologías digitales. Pero ha resignado posiciones claves en la producción y el comercio. Su impulso de la mundialización neoliberal terminó favoreciendo a China, que se convirtió en un inesperado competidor global.

La llegada de Trump ilustra ese retroceso. El magnate intenta recuperar posiciones estadounidenses reordenando los tratados de libre comercio. Pero enfrenta enormes dificultades para recomponer ese liderazgo económico.

En el plano militar Estados Unidos continúa prevaleciendo y carece de reemplazantes para la custodia del orden capitalista. Pero falla en los operativos encarados para sostener su hegemonía. Esa inoperancia salta a la vista en el fracaso de todas sus guerras recientes (Afganistán, Irak, Siria).

Por estas razones han cambiado las relaciones de la primera potencia con sus socios. La total subordinación que presenció Marini ha mutado hacia entrelazamientos más complejos. Las potencias europeas (Alemania) y asiáticas (Japón) ya no aceptan con la misma sumisión las órdenes de Washington. Desenvuelven estrategias propias y explicitan sus conflictos con el gigante norteamericano (Smith A, 2014).

Ningún socio cuestiona la supremacía del Pentágono, ni pretende gestar un poder bélico contrapuesto. Pero se diluyó el vasallaje de la segunda mitad del siglo XX. Este giro es congruente con la incapacidad norteamericana para preservar el padrinazgo, que desplegó en la posguerra sobre las restantes economías capitalistas (Carroll, 2012).

Habrá que ver si en el futuro el liderazgo yanqui desaparece, resurge o se disuelve paulatinamente. Esta incertidumbre es un dato que estaba ausente cuando se publicó la Dialéctica de la dependencia (1973).

Desplome de la URSS, ascenso de china

La implosión de la Unión Soviética y la conversión de China en una potencia central distinguen al período en curso de la época de Marini. Con el colapso de la URSS se afianzó la ofensiva neoliberal. Las clases dominantes recuperaron confianza -y en ausencia de contrapesos internacionales- retomaron los típicos atropellos del capitalismo desenfrenado.

El teórico brasileño era un marxista crítico de la burocracia del Kremlin, que apostaba a la renovación socialista y no al desplome de la Unión Soviética. La regresión de Rusia a un régimen capitalista –en un contexto de inmovilidad, despolitización y apatía popular- trastocó el escenario entrevisto por el luchador latinoamericano.

El segundo giro ha sido igualmente impactante. Marini no podía siquiera imaginar que el despegue de Taiwán y Corea del Sur anticipaba la mutación protagonizada por China. El PBI per cápita de ese país se multiplicó 22 veces entre 1980 y 2011 y su volumen comercial se duplica cada cuatro años.

China no sólo mantuvo altísimas tasas de crecimiento en las coyunturas de crisis internacional. El auxilio que brindó al dólar (y al euro) impidió la conversión de la recesión del 2009 en una depresión global. La envergadura del cambio histórico en curso es comparable a la revolución del vapor en Inglaterra, a la industrialización de Estados Unidos y al desarrollo inicial de la Unión Soviética. La prosperidad de ningún BRICS se equipara con esa conversión de China en una potencia central.

Basta observar su papel dominante como inversor, exportador, importador o acreedor de los principales países de África o América Latina, para mensurar la abismal brecha que separa al gigante asiático de sus viejos pares del Tercer Mundo.

La nueva potencia no comparte simples relaciones de cooperación con sus contrapartes del Sur. Ejerce una nítida supremacía que extiende a sus vecinos de Oriente. Ninguna otra economía ha transformado en forma tan radical su posicionamiento en el orden global.

China actúa como un imperio en formación que afronta la hostilidad estratégica del Pentágono. Está forjando su propio modelo capitalista a través de un novedoso ensamble con la globalización. No transita por las viejas etapas de despegue inicial asentado en el mercado interno. Despliega un proceso de acumulación directamente conectado con la mundialización.

Para dilucidar la especificidad de su capitalismo hay que recurrir a caracterizaciones ausentes en la época de Marini. Las clásicas fórmulas de la teoría de la dependencia no disipan ese interrogante.

Polaridades y neutralizaciones

El pensador de la dependencia destacó la preeminencia de la polarización a escala global. Consideró que ese divorcio era inherente al capitalismo, en concordancia con las fracturas internacionales observadas por los marxistas clásicos de principios del siglo XX (Luxemburg, 1968: 58-190). También los teóricos del sistema-mundo interpretaron esas brechas como rasgos intrínsecos del régimen social vigente.

Numerosos estudios empíricos han corroborado esa divisoria en el surgimiento del capitalismo. La revolución industrial produjo el mayor abismo de la historia entre un polo ascendente y otro degradado. Esa gran divergencia acompañó al despegue de Occidente. Los países desarrollados convergieron en promedios de expansión radicalmente distanciados de las economías subdesarrolladas (Pritchett, 1997).

La acotada lejanía inicial se transformó en una brecha monumental. Entre 1750 y 1913 el salto del PBI per cápita fue tan espectacular en Inglaterra (de 10 a 115) y Estados Unidos (de 4 a 126), como la regresión padecida por China (de 8 a 3) e India (de 7 a 2). Las distancias entre las naciones se expandieron a un ritmo muy superior a sus equivalentes dentro de los países (Rodrik, 2013).

Marini partió de evidencias de ese tipo, para teorizar las distancias entre las economías avanzadas y subdesarrolladas, con razonamientos inspirados en el intercambio desigual. Pero percibió también los cambios en esa tendencia que introducía el capitalismo tardío de posguerra. En ese modelo los procesos de acumulación en la periferia industrializada contrapesaban las polarizaciones previas (Mandel, 1978: cap 2).

El estudioso de la dependencia notó, además, cómo la presencia del llamado bloque socialista compensaba las desigualdades internacionales espontáneas de la acumulación. La existencia de la URSS y sus aliados determinaba ese efecto neutralizador.

El resultado de estas múltiples tendencias fue cierta estabilización de la desigualdad entre los países. La brecha puramente ascendente del siglo XIX adoptó un curso más variable y tendió al equilibrio entre 1950 y 1990 (Bourguignon; Morrisson, 2002).

En ese período las polaridades al interior de los países declinaron por las mejoras que concedió la clase capitalista, ante el generalizado temor a un contagio socialista. Ese pánico determinó la presencia de modelos keynesianos, en un contexto de descolonización y auge del antiimperialismo.

Marini registró tanto las brechas nacionales y sociales que genera el capitalismo, como las fuerzas que limitan esas polaridades. Esta combinación de procesos quedó significativamente alterada en las últimas décadas del siglo XX por la dinámica posterior de la mundialización neoliberal.

Desigualdades diversas

Numerosos estudios coinciden en destacar el ensanchamiento actual de las fracturas sociales en todos los puntos del planeta. Un conocido análisis de esa polarización en 30 países demuestra que el 1 % de la minoría más enriquecida controla el 25-35 % del patrimonio total en Europa y Estados Unidos (2010). En ambas regiones el 10 % de los habitantes maneja el 60-70 % de la riqueza. Niveles semejantes de desigualdad se verifican en otras zonas centrales, emergentes o periféricas (Piketty, 2013).

Pero el curso seguido por la desigualdad entre países es más controvertido. Ese indicador es evaluado comparando los distintos PBI per cápita con ponderaciones poblacionales (Milanovic, 2014). De esa forma se mensura la incidencia de las tasas de crecimiento sobre la desigualdad global, tomando en cuenta la población involucrada. Un incremento sustancial del PBI en la India tiene efectos muy distintos que el mismo aumento en Nueva Zelanda (Goda, 2013).

Durante las últimas décadas la creciente brecha social fue acompañada por nuevas polaridades entre los países. Pero si se incluye el factor poblacional el resultado final es variado. El crecimiento de naciones con gran peso demográfico achicó las brechas nacionales totales. El curso de las desigualdades fuera y dentro de las fronteras -usualmente sintetizado por el coeficiente Theil- se redujo un 24 % desde 1990. El incremento del 14 % de la desigualdad al interior de esas naciones fue compensado por una disminución del 35 % de la brecha entre países (Bourguignon; Châteauneuf-Malclès, 2016).

Por su gran número de habitantes China alteró el indicador mundial. Mientras que la economía global se estancó en torno al 2,7 % anual (2000-2014), el gigante asiático creció al 9,7 %. Aunque esa trayectoria presenta semejanzas con los antecedentes de Japón y Corea del Sur, su efecto sobre la polaridad entre los países es muy diferente.

En plena explosión de las desigualdades sociales la continuidad de ese achicamiento de la fractura global es muy dudosa. China asciende a costa de sus rivales de Occidente y reconfigura el marco de las potencias dominantes. Pero el espectro restante de la jerarquía mundial continúa segmentado en los compartimentos tradicionales. Hay pocas modificaciones en la pirámide mundial. Una reversión de la gran divergencia gestada durante el siglo XIX debería quebrantar esa jerarquía.

En estudios previos al ascenso reciente de China, los teóricos del sistema-mundo expusieron muchos ejemplos del carácter perdurable de esa estructura. Ilustraron la reducida movilidad internacional de los países en el largo plazo, ejemplificando esa permanencia en 88 de 93 casos considerados (Arrighi, 1990).

Otra evaluación realizada en el debut de la mundialización (1960-1998) observó la paradoja de una creciente participación de las nuevas economías en la globalización productiva, con escasos efectos sobre el nivel relativo de los PBI per cápita.

Ese trabajo observó que la producción manufacturera en esos países (como porcentaje comparado del PBI del Primer Mundo) ascendió significativamente (de 74,6 a 118 %), frente a un PBI per cápita (como porcentaje de su equivalente los países avanzados), que se mantuvo casi invariable (de 4,5 a 4,6 %). La convergencia industrial no se tradujo en mejoras equivalentes en el nivel de vida (Arrighi; Silver; Brewer, 2003: 3-31). También el despegue posterior de China se ha consumando preservando grandes distancias con el PBI per cápita de sus pares de Occidente.

El curso de la desigualdad global es determinante de las relaciones centro-periferia que Marini indagó con tanta atención. Pero sobre las distintas trayectorias abiertas operan fuerzas muy diferentes a las prevalecientes en los años de esplendor del dependentismo.

Internacionalización sin contraparte política

La ampliación actual de las desigualdades sociales por encima de las nacionales se desenvuelve en un escenario muy singular: la internacionalización de la economía no tiene correlato equivalente en las clases dominantes y los Estados. Esa contradicción apenas se insinuaba en la década del 60. La coexistencia de la globalización productiva con estructuras estatal-nacionales es un conflicto del siglo XXI.

La gravitación de los organismos económicos (FMI, BM, OMC) y geopolíticos (ONU, G 20) globales no reduce la perturbadora escala de ese divorcio. La configuración de Estados forjados en el debut del capitalismo continúa cumpliendo un papel central. Aseguran la gestión localizada de la fuerza de trabajo, en un contexto de gran desplazamiento mundial de productos y capitales.

Este fortalecimiento de las regulaciones laborales a escala nacional repercute, a su vez, sobre las identidades específicas de las distintas clases dominantes. Aunque mundialicen sus negocios, esos grupos mantienen comportamientos políticos y culturales contrapuestos. Las empresas se internacionalizan, pero su manejo no queda desvinculado de los estados de origen. Por las mismas razones, la competencia internacional por atraer capitales se desenvuelve premiando siempre a los inversores más próximos.

El orden neoliberal expande una mundialización administrada por estructuras nacionales. Los mismos estados que analizaban los marxistas clásicos y de posguerra, ahora operan en un nuevo marco de globalización productiva.

En ese cuadro de asociación económica mundial, las confrontaciones geopolíticas se desenvuelven recreando relaciones de dependencia. Las principales potencias renuevan esa sujeción en sus zonas de influencia, mientras disputan supremacía en las áreas más codiciadas del planeta.

Estados Unidos intenta recapturar su hegemonía comenzando por las regiones que tradicionalmente estuvieron bajo su control (América Latina). La vigencia de una moneda común -entre economías con enormes diferencias de productividad- refuerza la supremacía de Alemania en Europa. China amplía las brechas con sus vecinos asiáticos. La dependencia que estudió Marini adopta nuevas formas e intensidades.

Problemas del transnacionalismo

La actual etapa de globalización productiva -sin correspondencia directa en las clases dominantes y Estados- contradice la tesis de una transnacionalización plena. Esa mirada supone que los principales sujetos e instituciones del sistema han quedado divorciados de sus pilares nacionales (Robinson, 2014). Estima que se ha disuelto el viejo anclaje de las empresas en el mapa de los países.

Este enfoque convierte las prolongadas transiciones de la historia en transformaciones instantáneas. Observa acertadamente que la internacionalización de la economía genera dinámicas del mismo tipo en otras esferas, pero desconoce las enormes brechas temporales que separan a ambos procesos. Que una firma asuma en pocos años perfiles transnacionales no implica la mundialización equivalente de sus propietarios. Tampoco supone procesos de ese tipo en los grupos sociales o Estados que cobijan a la compañía.

El capitalismo no se desenvuelve con ajustes automáticos. Articula el desarrollo de las fuerzas productivas con la acción de clases dominantes amoldadas a distintos escenarios estatales. Las diferentes esferas de ese trípode mantienen niveles de conexión tan intensos como autónomos.

Ya en los años de Marini algunos teóricos marxistas (como Poulantzas) percibieron que la internacionalización productiva, no entrañaba secuencias idénticas en la superestructura estatal o clasista. Ese señalamiento inspiró la posterior caracterización de la globalización como un proceso asentado en las instituciones del estado más poderoso del planeta (Panitch; Gindin, 2014).

El enfoque transnacionalista desconoce esa mediación de Washington en la gestación de la nueva etapa. Por eso ignora también el rol actual de Beijing. La asociación entre ambas potencias coexiste con una intensa rivalidad entre estructuras estatales muy diferenciadas. Los vínculos entre empresas chinas y estadounidenses no implican ningún tipo de disolución transnacional.

Basta recordar la compleja trayectoria de gestación del capitalismo en torno a clases y Estados preexistentes, para notar cuán variados han sido los patrones de cambio de esas entidades. La tesis transnacionalista sintoniza con las corrientes historiográficas, que postulan la abrupta constitución de un sistema capitalista mundial integrado, olvidando la compleja transición desde múltiples trayectorias nacionales (Wallerstein, 1984). De la misma manera que concibe esa intempestiva aparición hace 500 años, supone que la globalización actual alumbra con gran rapidez clases y Estados mundiales.

La tradición opuesta -que indaga los senderos diferenciados seguidos por cada capitalismo nacional- registra en cambio, cómo los sujetos y las estructuras locales condicionan a la globalización actual (Wood, 2002). Cuestiona la existencia de una sincronizada irrupción del capitalismo global y demuestra la preeminencia de inciertas transiciones guiadas por intermediaciones estatales. Un curso genéricamente común de internacionalización se desenvuelve con altísima diversidad de ritmos y conflictos.

Las relaciones de dependencia justamente persisten por la inexistencia de un súbito proceso de completa mundialización. El entramado del centro y la periferia se remodela sin desaparecer, en un contexto de fabricación globalizada y redistribuciones de valor entre clases y estados competidores. Este diagnóstico -congruente con la tradición de Marini- es contrapuesto a la visión transnacionalista.

Reordenamiento semiperiférico

El teórico brasileño estudió las transferencias internacionales de valor para analizar la reproducción dependiente de América Latina. Estimó que la región recreaba su status subordinado por el sistemático drenaje de recursos hacia los países centrales. Las desventajas comerciales, la remisión de utilidades y los pagos de intereses de la deuda perpetuaban esta sumisión.

Pero el pensador brasileño no se limitó a retratar la fractura bipolar (entre el centro y la periferia) generada por esas hemorragias. Indagó la nueva complejidad introducida por la existencia de formaciones intermedias. Investigó especialmente cómo la industrialización colocaba a ciertos países en un segmento semiperiférico. Observó esa transformación en Brasil, que se mantenía alejado de los centros imperiales sin compartir el retraso extremo de la periferia (Marini 2013: 18)..

Esta caracterización fue compartida por su colega del dependentismo, que diferenció a las economías latinoamericanas por su desenvolvimiento interno y por el tipo de productos exportados (Bambirra, 1986: 23-30). El mismo abordaje encaró el principal exponente del marxismo endogenista, al evaluar cómo el subdesarrollo desigual separaba a los países agrarios más retrasados de las economías embarcadas en cierto despegue industrial (Cueva, 2007).

Estas distinciones son muy útiles para analizar el contexto actual. La simple polaridad centro-periferia es más insuficiente que en el pasado, para comprender la mundialización. Las cadenas de valor han realzado la gravitación de las semiperiferias.

Las firmas multinacionales ya no priorizan la ocupación de los mercados nacionales para aprovechar los subsidios y las barreras aduaneras. Jerarquizan otro tipo de inversiones externas. En ciertos casos se aseguran la captura de recursos naturales determinados por la geología y el clima de cada lugar. En otras situaciones aprovechan la existencia de grandes contingentes de fuerza de trabajo abaratada y disciplinada.

Estas dos variantes -apropiación de riquezas naturales y explotación de los asalariados- definen las estrategias de las empresas transnacionales y la ubicación de cada economía en el orden global.

Tanto las periferias como las semiperiferias continúan integradas al conglomerado de los países dependientes. El rol subordinado que Marini asignaba a las dos categorías no ha cambiado. Están insertas en la cadena de valor, sin participar en las áreas más lucrativas de ese entramado. Tampoco ejercen el control de esa estructura. Actúan en la producción globalizada bajo el mandato de las compañías transnacionales.

Ese posicionamiento relegado se corrobora incluso en aquellas economías que lograron forjar empresas multinacionales propias (India, Brasil, Corea del Sur). Ingresaron en un campo que estaba monopolizado por el centro, sin modificar su status secundario en la producción globalizada (Milelli, 2013: 363-380).

Otro indicador de ese posicionamiento relegado es la reducida participación de esos países en la dirección de las instituciones globalizadas. Esta ausencia es coherente con la escasa representación de esas regiones, en los cuerpos directivos de las firmas transnacionalizadas (Carroll; Carson, 2003: 67-102).

Pero dos cambios significativos se observan en comparación a la época de Marini. El papel de cada semiperiferia en la cadena de valor introduce un elemento de peso muy definitorio de su ubicación en la pirámide mundial. A diferencia del pasado no alcanza con registrar el nivel del PBI per cápita o la magnitud del mercado interno.

Por otra parte, al interior del segmento semiperiférico es muy evidente el avance de las economías asiáticas (Corea del Sur) y el retroceso de sus pares latinoamericanos (Argentina, Brasil). Cómo el mismo reordenamiento se observa en otras regiones, algunos autores sugieren la introducción de nuevas clasificaciones para conceptualizar el cambio (semiperiferias fuertes-débiles, altas-bajas, superiores-inferiores) (Morales Ruvalcaba; Efrén, 2013: 147-181). Marini no llegó a presenciar esas transformaciones.

Incidencia del subimperialismo

El pensador brasileño analizó el papel de las economías intermedias en los mismos años que los teóricos del Sistema Mundial estudiaban el doble rol de las semiperiferias. Estimaban que esos países atenúan las tensiones globales y definen las mutaciones de la jerarquía global. Destacaron cómo atemperan las fracturas entre el centro y la periferia y de qué forma protagonizan las movilidades ascendentes y descendentes que remodelan la división internacional del trabajo.

Los pensadores sistémicos atribuyeron ese papel al carácter intermedio de los estados semiperiféricos, que no detentan el poder del centro y tampoco padecen las debilidades extremas de los estados relegados. Describieron casos de ascenso (Suecia, Prusia, Estados Unidos) estancamiento (Italia, Flandes) y retroceso (España, Portugal) de ese segmento en las últimas cinco centurias. Postularon que su lugar equidistante les permite liderar grandes transformaciones, mientras equilibran la pirámide mundial (Wallerstein, 1984: 247-33, 1999: 239-264, 2004: cap 5).

Marini convergió parcialmente con esa tesis en su evaluación de los países intermedios. Utilizó esa óptica para diferenciar a Brasil de Francia y Bolivia. Pero introdujo además el nuevo concepto de subimperialismo, para caracterizar una franja de potencias regionales con políticas exteriores asociadas y al mismo tiempo autónomas del imperialismo estadounidense.

Con esa noción enfatizó el papel disruptivo de esos actores. En lugar de observarlos como colchones de las tensiones globales, analizó su función convulsiva. La alta conflictividad de esas regiones ha sido posteriormente atribuida a la explosiva coexistencia de universos de bienestar y desamparo (tipo “Bel-India”) (Chase-Dunn, 1999).

El enfoque de Marini fue semejante al utilizado por un excepcional marxista del siglo XX, para explicar con razonamientos de desarrollo desigual y combinado, la vulnerabilidad de los países intermedios (Trotsky, 1975). Como esas naciones quedaron incorporadas a la carrera de la acumulación con gran tardanza, afrontan desequilibrios superiores al centro que son desconocidos por sus inmediatos seguidores de la periferia. Por esta razón concentran localizaciones potenciales de un debut socialista. Al igual que otros pensadores de su época, Marini situó la dinámica de esas formaciones en un horizonte de confrontación entre el capitalismo y el socialismo (Worsley, 1980).

Pero su acepción del subimperialismo requiere una significativa revisión en la era de la mundialización neoliberal. El teórico de la dependencia asignó a esa categoría una dimensión económica de expansión externa y otra geopolítico-militar de protagonismo regional. Esa simultaneidad no se verifica en la actualidad.

El subimperialismo contemporáneo no presenta la connotación económica que observaba Marini. Es propio de los países que cumplen un doble rol de gendarmes asociados y autónomos de Estados Unidos. Turquía e India juegan ese papel en Medio Oriente y el Sur de Asia. Pero Brasil no desenvuelve un papel equivalente en América Latina y Sudáfrica tampoco cumple esa función en su continente (Katz, 2017b).

El cariz geopolítico del subimperialismo y la naturaleza económica de las semiperiferia son más visibles en la actualidad que en el pasado. El primer aspecto está determinado por acciones militares tendientes a acrecentar la influencia de las potencias zonales. El segundo rasgo deriva del lugar ocupado por cada país en la cadena de valor. Marini no llegó a percibir esta diferencia.

¿Sur global?

La nueva combinación de creciente internacionalización del capital y continuada configuración estatal-nacional de las clases y los Estados obliga a revisar otros aspectos del dependentismo tradicional. La mundialización productiva es habitualmente investigada por los exponentes de esa tradición, pero la reconfiguración geopolítica imperial es frecuentemente soslayada. Esa omisión se verifica en el difundido uso del término Sur Global.

Ese concepto es postulado para resaltar la persistencia de las clásicas brechas entre los países desarrollados (Norte) y subdesarrollados (Sur). El desplazamiento de la producción a Oriente y la captación del nuevo valor generado por Occidente son presentados como evidencias de esa contundente polaridad (Smith, 2010: 241).

Estas caracterizaciones confrontan acertadamente con el venturoso futuro de convergencias entre economías avanzadas y retrasadas, que difunden los neoliberales (y frecuentemente convalidan los heterodoxos). También demuestran que el modelo actual se cimenta en la explotación y en la transferencia de plusvalía a un puñado de empresas transnacionales. Explican detalladamente las ventajas que mantienen los países más poderosos para capturar el grueso de los beneficios.

Pero estas valiosas observaciones no clarifican los problemas del periodo. El simple diagnóstico de un contrapunto entre el Sur y el Norte choca con la dificultad para encasillar a China. ¿En cuál de los dos campos se ubica a esa nación?

A veces se exceptúa al país de la divisoria, con el mismo argumento utilizado hace veinte años para resaltar la singularidad de Corea del Sur o Taiwán. Pero lo que resultaba plausible para dos pequeños países, no puede extenderse a la segunda economía del planeta, que alberga a un quinto de la población mundial. Si se soslaya la transformación protagonizada por el gigante asiático resulta imposible caracterizar al capitalismo actual.

Excelentes trabajos de investigación sitúan de hecho erróneamente a China en el bloque de países subdesarrollados. Estiman que la plusvalía extraída a su enorme proletariado es transferida a Occidente (Smith, 2010: 146-149). Pero es poco sensato colocar en ese universo a una potencia que socorre a los bancos de Occidente, sostiene al dólar en la crisis, acumula un superávit comercial mayúsculo con Estados Unidos y encabeza las inversiones externas en África y América Latina.

Tampoco es lógico interpretar que la masa de plusvalía generada en China es íntegramente transferida a Occidente y apropiada por las casas matrices de las firmas mundializadas. Un drenaje de ese tipo habría imposibilitado las altísimas tasas de acumulación que caracterizan al país.

Es evidente que una porción mayúscula del beneficio gestado en China es capturado por los capitalistas-burócratas locales. Ese monumental lucro es equivocadamente interpretado como una simple “tajada” de lo apropiado por las firmas occidentales (Foster, 2015).

Pero China es un desafiante y no un títere de Estados Unidos. Sus grupos dominantes se ubican muy lejos de cualquier burguesía dependiente, con pequeñas participaciones en la torta de la globalización. Los nuevos dominadores asiáticos no guardan ningún parentesco con las viejas burguesías nacionales de posguerra.

La emergente potencia oriental ha demostrado capacidad para limitar el drenaje de plusvalía, mientras aumenta su apropiación del valor generado en la periferia. Ninguna de estas acciones sintoniza con su clasificación en el “Sur Global”.

renovar el dependentismo

En sus análisis de la economía política de la globalización Marini sentó las bases para comprender el período actual. Resaltó tres focos de estudio: la explotación del trabajo, las transferencias de valor y la reestructuración imperial. Legó importantes pistas, pero no respuestas. La actualización de su teoría requiere indagaciones más complejas que la simple corroboración de conceptos enunciados hace medio siglo.

El pilar de esa reevaluación es la caracterización de la globalización productiva en la nueva geopolítica imperial. Este estudio exige notar cómo la transferencia de plusvalía rediseña el mapa de drenaje, retención y captura de los flujos de valor. Resulta también indispensable analizar las nuevas relaciones de sometimiento, subordinación y autonomía que despuntan en el mosaico internacional. Marini nos ha dejado pendiente un monumental trabajo de investigación.

3-2-2017

Claudio Katz, conomista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

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