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Estados Unidos
La Santa Alianza de Trump, Netanyahu y el príncipe Salman
23/01/2018 | Roberto Montoya

“¡And the Winner is... Bashar Háfez al-Asad”. Tras siete años de guerra, casi medio millón de muertos, un país devastado y millones de refugiados hacinados en campamentos en países vecinos o intentando llegar a Europa, el presidente sirio reivindica junto a sus homólogos ruso e iraní el fin de la guerra y la victoria sobre el Estado Islámico y su Califato, que llegó a controlar un tercio de Siria e Iraq.

Cuando en una jugada diplomática maestra Vladimir Putin logró en 2013 frenar la intervención militar que EE UU y sus aliados estaban por lanzar contra el régimen de Al Asad, nadie podía imaginar que el líder sirio no solo salvaría su cabeza sino que cuatro años después aún seguiría en el poder, incluso más fortalecido.

La segunda jugada importante de Putin en Siria que permitió dar un giro drástico al curso de la guerra y con ello salvar a su aliado Al Asad, fue decidir en 2015 la entrada en acción de una flota de aviones de combate rusos para apoyar a las tropas gubernamentales sirias.

Su efecto fue inmediato; solo en la primera semana de actuación los cazabombarderos Su-33 y MiG-2K rusos golpearon con dureza centros de mando, campos de entrenamiento y almacenes del Estado Islámico, con lo cual se redujo drásticamente la presión sobre las tropas sirias.

En 2012 Putin ya había tomado la decisión de desplazar a la base militar rusa del puerto sirio de Tartus —la única base rusa en el extranjero actualmente— al portaaviones Almirante Kuznetsov y otros barcos de guerra, junto con una flota de aviones de combate. Esas fuerzas se mantuvieron en stand by, sin actuar, mientras fuertes contingentes militares de Irán y de Hezbolá ya intervenían sobre el terreno en apoyo a Al Asad.

Irán perdió más de 1000 combatientes en Siria, parte de ellos miembros de los Guardianes de la Revolución, consejeros militares y al menos otros 1000 voluntarios de la División Fatemiyoun, mayoritariamente afganos, iraquíes y paquistaníes entrenados por Irán.

La milicia libanesa Hezbolá perdió también a más de 1.000 de sus combatientes en la guerra siria.

El Estado Islámico irrumpió en siria desde Iraq arrollando las fronteras

En 2014 fue cuando las fuerzas del Estado Islámico provenientes de Iraq irrumpieron en el escenario bélico sirio, compitiendo y librando una lucha a muerte contra la mayoría de los muchos otros grupos insurgentes que ya combatían contra Al Asad.

Ese mismo año, cuando los yihadistas anunciaron oficialmente la formación de su Califato, una coalición militar liderada por EE UU y bendecida por la ONU intervino en Iraq a petición del Gobierno de ese país para frenar las matanzas de civiles y el arrollador avance de las milicias del Estado Islámico.

La expansión de las milicias yihadistas hacia territorio sirio, derribando las fronteras entre ambos países, sirvió a EE UU de justificación para entrar también de lleno en la guerra siria. Tanto el régimen de Al Asad como Rusia denunciaron que esa coalición en realidad buscaba golpear a las fuerzas gubernamentales sirias más que al propio Estado Islámico, a quien en definitiva EE UU había dejado crecer, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes y Turquía, como un instrumento para minar la creciente influencia de Irán en toda la región.

Rusia decidió pasar a la acción y en poco tiempo logró notables resultados contra las fuerzas del Estado Islámico, dejando en evidencia la ineficacia y poca convicción de la actuación de la coalición liderada por EE UU. De esta manera dos coaliciones multinacionales enemigas entre sí convergieron en el mismo escenario bélico para enfrentar a un tercer enemigo, el Estado Islámico, aunque una y otra aprovechaban también para golpear a otros adversarios sobre el terreno. A otros grupos rebeldes antigubernamentales en el caso de la coalición de Siria, Rusia, Irán y de Hezbolá, y para atacar a las fuerzas gubernamentales sirias en el caso de la coalición liderada por EE UU.

Al cabo de siete años Al Asad, gracias al vital apoyo aéreo ruso y a los miles de soldados iraníes y combatientes libaneses de Hezbolá, ha conseguido recuperar casi todo el territorio perdido, ha logrado aniquilar o expulsar de Siria a los yihadistas del Estado Islámico y con ellos también a una parte considerable de las cientos de milicias rebeldes de distinto signo que operan en la zona.

Hoy la dictadura siria limpia las ciudades y pueblos en ruinas, repara puentes, carreteras, electricidad, el suministro de agua, y organiza la vuelta gradual de miles y miles de desplazados y refugiados. Al Asad canta victoria, Putin satisfecho por su muestra de poder y Rohani y Nasrala orgullosos de haber salido airosos de un desafío de semejante envergadura.

Hoy el eje chií es más fuerte. Las tropas iraníes no solo combatieron en Siria contra el Estado Islámico sino también en Iraq, y las relaciones entre los gobiernos de Teherán y de Bagdad son ahora mucho más estrechas.

Paradójicamente, Iraq, donde George Bush sénior y sus aliados encabezaron en 1991 una gigantesca operación militar multinacional —Tormenta del Desierto— y a donde volvió George Bush junior y sus cómplices de las Azores para completarla en 2003, tiene hoy un gobierno chií aliado de Irán, y ha pasado a formar parte de hecho de la coalición Irán-Siria-Hezbolá-Rusia.

La obsesión de Trump

Donald Trump atribuye a Barack Obama y Hillary Clinton la responsabilidad de la situación actual en Oriente Medio e intenta dar un giro de ciento ochenta grados a la política de Estados Unidos en la región. Trump ha demostrado desde el primer momento que su estrategia se basa fundamentalmente en potenciar aún más las relaciones con los dos aliados históricamente claves de su país en Oriente Medio y de ellos entre sí: Arabia Saudí e Israel.

Quiere tender puentes para que ambos gobiernos fundamentalistas supuestamente adversarios dejen de serlo, e incorporar a esa alianza a otro aliado importante, Egipto, y a Emiratos Árabes Unidos.

Hasta hace pocos años parecía imposible que el Estado expansionista sionista y el Estado islámico más rigorista del mundo pudieran tener puntos en común para afrontar la caótica situación regional. Sin embargo, la presencia de un enemigo común en la zona, Irán, y la firma del Acuerdo Nuclear, ha acercado cada vez más a Arabia Saudí e Israel.

Ambos países han presentado visiones apocalípticas similares ante la firma del Acuerdo Nuclear con Irán y la gradual reincorporación del país de los ayatolás al seno de la comunidad internacional.

Ni bien Barack Obama estampó su firma en el Acuerdo en 2015 junto a su homólogo iraní, Hasan Rohani y los líderes de China, Rusia, Francia, Alemania y Reino Unido, los gobiernos europeos que hasta el momento habían secundado las sanciones contra Teherán cambiaron de chip y apoyaron a sus multinacionales para lanzarse de lleno a hacer negocios con Irán.

Peugeot, Vodafone, Total y muchas otras empresas ya están planificando su regreso a Irán y en mayo próximo está previsto un viaje de la Comisión Europea con representantes de cien empresas europeas, respaldadas por el Banco Europeo de Inversiones.

En el país que cuenta con la segunda reserva mundial de gas y la cuarta en petróleo, pero con una infraestructura totalmente obsoleta, las oportunidades para las multinacionales europeas son enormes. Por ello en Bruselas se teme el anuncio que Trump hizo días atrás, amenazando con la retirada de EE UU del Acuerdo en el plazo de cuatro meses si no se renegocia su articulado y se endurecen las condiciones a Irán.

Confían en que en ese caso la UE conseguiría un estatus especial para sus empresas para evitar acciones de represalia por parte de EE UU si hicieran negocios con Irán, como consiguió ante la ley Helms-Burton aplicada contra quienes invirtieran en Cuba.

Nadie parece ya dudar de que las condiciones de Trump serán inasumibles para Rohani —máxime en la convulsa situación interna en que se encuentra Irán— y con ello EE UU intentará justificar la ruptura del Acuerdo.

Si acabar con Sadam Husein fue una obsesión para Bush junior desde el inicio de su Administración, acabar con el régimen islámico iraní en el poder desde 1979 y recuperar el control sobre un país de semejante importancia geoestratégica parece ser la obsesión de Trump desde su campaña electoral. Ahora, al cumplirse este 20 de enero su primer año en la Casa Blanca, ha decidido redoblar su escalada de ataques.

La primera visita de Trump a un país extranjero ha sido a Arabia Saudí en mayo de 2017, donde obvió del orden del día de temas a tratar con el príncipe heredero Mohamed bin Salman cualquier alusión a las sistemáticas violaciones a los derechos humanos por la monarquía saudí.

Trump, que siempre ha dicho “el Islam nos odia”, que ha vetado la entrada de ciudadanos de seis países musulmanes a su país y que ha propuesto confeccionar una lista de los que ya viven en EE UU, habló en Riad ante los líderes de 35 países de mayoría musulmana, asegurándoles que “no hay una batalla entre distintas religiones”.

Emulando a Bush tras el 11-S dijo: “Ésta es una batalla entre bien y el mal”. Intentando lograr un reconocimiento por parte del mundo árabe y musulmán como el que tuvo Obama con su discurso en El Cairo en 2009, Trump dijo: “Estados Unidos busca la paz, no la guerra”, una declaración que sonó a sarcasmo proviniendo de él.

En sus conversaciones con el príncipe heredero y nuevo hombre fuerte de Arabia Saudí, el mandatario estadounidense se centró en lo que realmente le interesaba: cerrar contratos de venta de armas por 110 000 millones de dólares —y 40 000 millones en inversiones saudíes en EE UU—; prometer más apoyo a la coalición militar que encabeza Arabia Saudí en Yemen —que ha provocado en menos de tres años más de 12 000 muertos y una crisis humanitaria de dimensiones gigantescas—; planificar la forma de seguir hostigando desde distintos frentes al régimen iraní —incluso desde el interior de Irán—, y coordinar una estrategia regional con Israel.

Trump, que desde su propio programa electoral señaló a Irán como “una tiranía”, como “el mayor exportador mundial de terrorismo”, compartió sus planes en la región precisamente con la monarquía absolutista de Riad, cuna del wahabismo y exportador de la visión más extrema del Islam desde décadas antes de que llegara siquiera al poder el régimen de los ayatolás en Irán. Y lo hacía, para más ’inri’, el 18 de mayo de 2017, solo un día después de que los iraníes votaran en las urnas mayoritariamente por el candidato reformista, Hasan Rohani.

El nombramiento del yerno de Trump, una broma macabra

Después de ese viaje a Arabia Saudí y del que inmediatamente después realizó a Tel Aviv, Trump anunció el pasado 6 de diciembre el reconocimiento de Jerusalén como capital única de Israel y el traslado de la embajada de EE UU desde Tel Aviv. Su visita y su anuncio posterior representaron un espaldarazo de primer orden para el régimen ultraderechista de Benjamin Netanyahu, un verdadero balón de oxígeno en momentos en que éste se encuentra acosado por la Justicia de su país por cuatro graves casos de corrupción y fraude.

En el triángulo Washington-Tel Aviv-Riad juega sin duda un papel destacado el yerno de Donald Trump, Jared Kushner. Los escándalos inmobiliarios y financieros de la familia Kushner son bien conocidos en Oriente Medio. En el libro Fire and Fury de Michael Wolff recientemente publicado se da cuenta de parte de ellos, pero hay incluso mucho más sobre él.

A pesar de esos escándalos familiares —¿o a causa de ellos?— el suegro-presidente de Jared Kushner lo nombró su principal asesor para asuntos de Oriente Medio. El hombre al que el presidente le asignó la tarea de mediar para buscar una “solución definitiva” al histórico conflicto palestino-israelí pertenece precisamente a una poderosa y conocida familia judía.

La Kushner Companies Charitable Foundation —controlada por Charles Kushner, padre del yerno de Trump— fue una de las donantes importantes del American Friends of Bet El Yeshiva Center, institución estadounidense que financió la construcción del polémico asentamiento de colonos israelíes Bet El, en las afueras de Ramala, la capital de la Autoridad Nacional Palestina, en la Cisjordania ocupada, y lo sigue manteniendo económicamente.

Dicho asentamiento, con cientos de viviendas donde habitan miles de colonos de la línea más extremista, cuenta con escuelas, centro de entrenamiento militar y otras instituciones, y fue construido en 1977 en tierras confiscadas por la fuerza por el Ejército israelí a propietarios privados palestinos.

“Los idealistas hombres, mujeres y niños de Bet El son la vanguardia de los asentamientos, de la construcción y la defensa de la Tierra de Israel”, dice el documento de la American Friend of Bet El publicado con motivo de su 35ª cena anual, celebrada el pasado 3 de diciembre y a la que acudieron poderosos empresarios y políticos del lobby judío estadounidense. En ese documento de 2017 Charles Kushner sigue apareciendo como uno de sus directivos.

La inmobiliaria familiar de los Kushner tiene entre sus principales inversores a Menora Mivtachim, la principal aseguradora de Israel, y ha recibido también al menos cuatro préstamos importantes del principal banco israelí, el Hapoalim, investigado por la Justicia de EE UU.

El ultraderechista Steve Bannon, hasta hace poco hombre fuerte de la Administración Trump, que competía por el poder con Jared Kushner, revela al autor de Fire and Fury presuntas operaciones de lavado de dinero del yerno de Trump en complicidad con el Deutsche Bank y algunas de las numerosas operaciones financieras irregulares en las que ha estado o está implicado Jared.

Bannon —y no solo él— atribuyen a la influencia que Jared Kushner ejerce sobre su suegro-presidente el que este haya decidido cesar de forma fulminante tanto al director del FBI, James Comey, como al jefe de Seguridad Nacional, el teniente general Michael Flynn.

Kushner, a quien muchos consideran un discípulo aventajado de Henry Kissinger, habría jugado un papel clave también en la noche de los cuchillos largos”¡ de Arabia Saudí. El yerno de Trump, que encontró rápidamente una gran empatía con el príncipe Mohamed bin Salman, mantuvo con este jornadas intensas de trabajo hasta la madrugada del día en el que el comité anticorrupción recientemente creado y dirigido por el príncipe heredero ordenó el arresto de cuatro ministros del Gobierno saudí, once príncipes y otras decenas de funcionarios y empresarios acusados de corrupción, soborno de funcionarios y evasión de capital.

Algunos analistas coinciden en que Kushner —en representación de su suegro— habría aconsejado al príncipe consolidar su autoridad y dar un puñetazo en la mesa para acabar con la corrupción rampante en el reino y para recuperar miles de millones de dólares evadidos, en un momento en el que la caída de los precios del petróleo se hacen sentir en la economía saudí.

Muchos negocian su libertad a cambio de miles de millones de dólares.

Las recomendaciones de autorizar a las mujeres a conducir un vehículo, ir a los estadios de fútbol —de la mano de un hombre— o la autorización para emitir películas, serían otras medidas para intentar mejorar la imagen de modernización’¡ de uno de los países más arcaicos del mundo.

Junto con estas recomendaciones el poderoso Kushner habría reclamado mayor control sobre aquellos sectores reacios a cualquier acercamiento con Israel, a fin de poder planificar juntos un reordenamiento regional y un cerco a Irán.

En noviembre pasado la BBC mencionaba dos hechos sintomáticos. El primero, que el general Gadi Eisenkot, jefe del Estado Mayor de Israel, había declarado al Elaph, diario saudí publicado en Londres, que su país estaba dispuesto a iniciar de inmediato un intercambio fluido de los servicios de Inteligencia de ambos países para poder enfrentar a Irán. “Tenemos intereses compartidos y tenemos acuerdo total con los saudíes con respecto a Irán”.

El segundo hecho muy significativo era que solo unos pocos días más tarde, el ex ministro de Justicia de Arabia Saudí Mohamed bin Abdul Karim Issa, hombre cercano al príncipe Salman, declaraba al diario israelí Maariv: “Ningún acto de violencia o terror invocando la religión del Islam puede justificarse en ningún sitio, incluso en Israel”. Una declaración impensable tiempo atrás.

Israel se siente con las manos libres con Trump después de los ocho años de fricciones con Obama. Y en Arabia Saudí varios de los príncipes detenidos por orden de Salman eran los que mejor relación habían mantenido con Hillary Clinton y Barack Obama.

Donald Trump y su yerno Jared Kushner están siguiendo en definitiva la senda que ya marcó en 1980 su amigo y consejero Henry Kissinger para fortalecer el poder de Israel en la región, con su Doctrina de Doble Contención.

Nazanin Armanian, buena conocedora del tema, lo recordaba en un post días atrás: EE UU intentó minar el desarrollo de Iraq e Irán para que Israel fuera el único garante de sus intereses en la región. El brutal embargo económico al que ha sido sometido durante años Irán —como lo estuvo durante doce años Iraq— persigue el estrangulamiento de su economía y la rebelión de su población.

Se trata de cerrar el cerco sobre Irán para asfixiarlo, para recrudecer el malestar interno contra su régimen teocrático, para agudizar las luchas internas por el poder y para terminar derrumbándolo.

EE UU explota en definitiva desde múltiples ángulos los distintos intereses anti iraníes que se cruzan en la región. Son intereses por la influencia religiosa y el control del poder energético y económico en algunos casos; geoestratégicos y de seguridad fundamentalmente en otros. Israel no puede permitir que haya otro país con capacidad nuclear en la región.

EE UU logra así articular una alianza contra natura de hecho entre el Estado sionista expansionista de Israel; la fundamentalista Arabia Saudí o los Emiratos Árabes, junto a otra potencia regional cada vez más expansionista y autoritaria como Turquía, o a Egipto, el gigante represivo del norte de África, de gran importancia geoestratégica también.

Trump sabe lo que busca, no son simples ocurrencias de un presidente excéntrico o con problemas mentales como sostienen decenas de psiquiatras y psicólogos estadounidenses. A un año de llegar al poder Donald Trump sigue concretando paso a paso cada uno de los grandes objetivos que ya anunció en su programa electoral en 2016 y que muchos tomaron por simples bravuconadas, creyendo que se diluirían al llegar a la Casa Blanca.

A George W. Bush junior también se lo ridiculizó y caricaturizó durante sus primeros ocho meses de gobierno... hasta que llegó el 11-S y lanzó su Guerra contra el Terror, sumiendo al mundo en una espiral de violencia extrema, en una inestabilidad y pérdida brutal de las libertades democráticas, cuyo fin está aún lejos de vislumbrarse.

21/01/2018

Roberto Montoya, periodistas, escritor, miembro del Consejo Asesor de viento sur

https://www.elsaltodiario.com/el-lado-oculto-de-la-noticia/santa-alianza-trump-kushner-netanyahu-estados-unidos-israel-principe-salman-arabia-saudi-iran







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