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Centenario de la Revolución Rusa
Octubre y la guerra de las interpretaciones
28/11/2017 | Pepe Gutiérrez-Álvarez

1. Introducción

Estas notas se inscriben en el espacio de la “gran derrota” del “desafío soviético”, pero también en el inicio de una nueva coyuntura en la que el “pensamiento único” sobre Octubre del 17 está siendo contestado, de una réplica que se está manifestando en la propia amplitud que el centenario está logrando en muchas partes. De alguna manera, este combate por la historia está resultando como una reedición de otras “resurrecciones”, solamente que esta vez el pozo de la derrota ha sido infinitamente mayor. También sucede que después de todo lo que ha caído, la explicación del siglo ha perdido en homogeneidad y ha ganado, si acaso, en matiz, ahora ya no solamente hay debate entre las escuelas, es que cada escuela representa puntos de mira bastante diversificados.

Tanto fue así que en 1989 pareció que el mundo había cambiado de base aunque en el sentido inverso al expresado por la letra de La Internacional. Esta “derrota final” requiere una explicación aunque sea telegráfica. La URSS nació con la primera guerra mundial y pareció consolidada definitivamente después de la segunda, o sea tres décadas después. Todavía en 1967, con ocasión del 50 aniversario de Octubre, era contemplada con buenos ojos por la opinión mayoritaria. Aunque ya “no es nuestra vanguardia, sí seguía siendo nuestra retaguardia” (Sacristán). 1/

Por entonces ya se había abierto una crisis de largo alcance perfilada desde datos como la muerte de Josef Stalin, llamado con propiedad el “Zar rojo”; huelga general en Alemania del Este (1953); Informe Kruschev sobre los crímenes de Stalin y caída de Beria y otros; revolución de los consejos obreros en Hungría (1956); cisma chinosoviético y emergencia del “policentrismo” en Italia; revolución cubana ajena a la tradición comunista oficial; inhibición soviética en la defensa del pueblo del Vietnam; mayos del 68 que cuestionan el papel de los partidos comunistas; “primavera de Praga” que expresa la última tentativa “reformista” del llamado “socialismo real”.

Pero por ese mismo tiempo, el “comunismo” ya había padecido una derrota en la “guerra fría cultural” en la que el “Imperio” supo tomar la iniciativa oponiendo democracia a dictadura. 2/ Esta decadencia culminaría con la simbólica “caída del Muro de Berlín” y todo lo demás. A pesar de sus logros económicos y sociales la “nomenclatura” (extraña ósmosis entre la vieja y la nueva burocracia) había ahuyentado cualquier soporte de las masas trabajadoras hasta el punto que, en el momento de la descomposición, lejos de encontrar el apoyo de los trabajadores, los tuvo más bien a la contra. Resultó que, mientras que eventos históricos como la guerra española demostraron la existencia de una resistencia popular, capaz de enfrentarse a un golpe de Estado despiadado, en este caso los movimientos más importantes fueron de rechazo, baste mencionar los ejemplos de Solidarność o de la Plaza de Tiananmen. Otro detalle determinante fue que el modelo de seducción fue el del “Estado del Bienestar” de los sesenta, un espejismo no muy diferente al que sufrieron los trabajadores que creyeron en el “socialismo” de la URSS.
Una consecuencia de esta “desastre geoestratégico”, fue que el capitalismo democrático-liberal vendió la idea del final de la vieja historia de la lucha de clases por el simple hecho de que…la habían ganado. Fuera de él no había otra puerta que la propia del infierno del Dante de “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Una premisa que llegó a imponerse en la izquierda tradicional incluyendo la de filiación comunista como ilustra perfectamente el suicidio del PCI, y que por supuesto acondicionó radicalmente cualquier debate histórico.

2. Después del 68

Esta nueva situación se impuso –paradójicamente- a continuación de un ciclo “radical” expresado en los diversos “mayos” (Francia, Italia, México…), así como en el movimiento contra la guerra del Vietnam, en una oleada radical internacional que demostró a las élites lo falso que era eso de que “la revolución había muerto” como se había vaticinado como consecuencia de los logros del “Estado del Bienestar”. En su mayor parte este movimiento comprendió un fuerte rechazo a los regímenes del “socialismo real” así como a los partidos comunistas burocratizados. Significó una recomposición desde lo que se llamó genéricamente la “nueva izquierda”, la misma que desarrolló grandes aportaciones culturales y teóricas en todos los terrenos sin excepción, incluyendo la recuperación de los herejes “congelados” por el estalinismo (Rosa Luxemburgo, Gramsci, Trotsky, Victor Serge, Arthur Rosenberg, etcétera), la recuperación de obras como la de John Reed que había sido prohibida o manipulada, así como la emergencia de una nueva hornada de historiadores críticos con el historial soviético. Autores tan diversos como rigurosos que, entre otras cosas, conquistaron “el mercado” y a las “nuevas izquierdas” como Edward H. Carr, Eric J. Hobsbawn, Moshe Lewin, Marcel Liebman, Christopher Hill, Stephen F. Cohen, Ernest Mandel, Paul Avrich, Pierre Broué, con nombres como los de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey entre nosotros, partes de un largo etcétera que reflejaban una revitalización singular que llegó hasta el seno de los partidos comunistas hasta entonces encerrados en su oficialismo, 5/ sobre todo en los casos del británico y el italiano. Esto significó la dinamitazación de los patrones oficialistas que comenzaron a ser, dando lugar a una variante historiográfica que se ha querido enterrar, pero que resulta de un valor incuestionable.

Con sus numerosos matices, abrieron una vía de conocimiento y debate en oposición radical de las historias establecidas. Se oponía tanto al canon oficialista producido por la “escuela de falsificación” estalinista o la “revisionista ulterior” (y no digamos en su versión maoísta ya archivada) como al de los cold warrior a la manera de Robert Conquest reafirmada por François Furet, dos arrepentidos cuya metodología radicaba en obviar todo lo referente a la historia del capitalismo amén de establecer las características de la URSS a través de los desmanes del estalinismo unilateralmente. Estableciendo una comparación con la privilegiada “democracia americana”, apoyados desde universidades y fundaciones destinadas a justificar el derecho del “Imperio” a defenderse frente a la “amenaza soviética” aunque fuese en Chile o España. Estaban sostenidos por un entramado propagandístico que abarcaba desde la más modesta hoja parroquial hasta las grandes producciones de Hollywood. Fueron los antecesores de los “especialistas” que actualmente trabajan en el “frente cultural” desde la prepotencia como la mostrada con los gritos de desprecio del “comunismo” que habían sido característicos del franquismo.
En El siglo soviético (Crítica, Barcelona, 2005), Moshe Lewin detalla en su introducción los desenfoques sobre la realidad soviética producidos por las universidades norteamericanas para la CIA. El método denigratorio se basaba primordialmente en la comparación de “modelos” cuando en 1922, el ingreso de un ciudadano soviético era 33 veces inferior al de un estadounidense. A pesar del abismo suscitado por las guerras y su espantosa devastación, del cero y los 27 millones de muertos de una II Segunda Guerra Mundial que enriqueció a Estados Unidos y reafirmó su dominación planetaria, de la carrera armamentística imperial, de los enormes gastos derivados de la gestión burocrática, en 1990 la diferencia ya sólo era de uno a cuatro o cinco. Lo que nos viene a decir Lewin con su obra es que la gran paradoja del “siglo americano” es que este fuese replicado por el “siglo soviético”. Un “siglo” sostenido por la potencia que humilló Japón en la guerra de 1904-1905, y que actuó al servicio de los intereses británicos en la del 14. De una revolución que sufrió guerras devastadoras y un cerco internacional cuya mayor, pero no única expresión, fue la ocupación nazi. Cierto: semejante contraste jamás habría existido sin el apoyo del movimiento obrero que mantuvo una “ilusión” que, entre otras cosas, advertía a los poderosos que la revolución era posible, al tiempo que señalaba a los países coloniales o semicoloniales las posibles vías de un desarrollo industrial acelerado.

3. ¿No hay alternativa?

El establecimiento de un “pensamiento único” en relación al legado de Octubre encaja como un guante en la premisa según la cual el “There Is No Alternative” al decir célebre de Margaret Thatcher, en una dogmática liberal omnipresente en toda clase de medios: diarios, revistas, libros, películas o documentales “colgados” en el youtube después de ser emitido por los más diversos canales de TV. Una verdadera avalancha denigratoria que los peatones de la historia han recibido por tierra, mar y aire.

Estamos hablando obviamente del mayor y más persistente ataque que haya sufrido el
legado obrerista-socialista obviamente englobado bajo la maldición del Octubre ruso. Un ataque que implicaba la condena al ostracismo de la disidencia desarrollada mediante una adaptación “blanda” de los métodos estalinistas. Una metodología que queda perfectamente representada por la reacción vociferante de los maruendas, que tratan de liquidar a gritos cualquier interpelación sobre el “socialismo” (¡o sobre la defensa de la República española condenada como mera cómplice del “comunismo”¡).

Los ejemplos de la imposición del canon resultan ciertamente abrumadores. Se pueden encontrar simplemente abriendo cualquier diario, cualquier manual escolar. Entre la legión de historiadores que no han dudado en enterrar la revolución rusa bajo una montaña de perros muertos me permito el detalle (nada inocente) de citar al un autor de aquí. A Eduard Puigventós Lopez, responsable de un retrato exhaustivo de Ramón Mercader, sin duda uno de los personajes más emblemáticos de la parte oscura del ideal de muchas novelas y películas. 6/

Como cualquier tribunalista que se precie, Puigventós asume sin discusión la sentencia de Dmitri Volkogonov: “Stalin sencillamente aprovechó el momento y recogió el testigo de un bolchevismo autoritario desde la raíz, habituado a la violencia y a la imposición de unas ideas que les parecían justas, pero que aplicaban sin arrepentimiento”. El autor no puede por menos que reconocer el caudal de idealismo militante, sí bien este ideal “quedó sepultado bajo un estatismo autoritario que dio resultados tan aterradores como las purgas soviéticas de los años treinta y el totalitarismo y terrorismo de Estado de Stalin”.

No estará de más anotar que el tal Dmitri Volkogónov (1926-1995) se convirtió en el historiador comodín del régimen soviético en sus diversas fases, hasta acabar al servicio de Yeltsin y elevado a los altares por el neoliberalismo. Como militar llegó a general, historiador y político ruso a pesar de que su padre fue fusilado en 1937 como "enemigo del pueblo", y su madre murió en 1949 en Siberia, en el destierro. Esto no le impidió ser un leal servidor del régimen, logrando ser jefe del departamento de guerra psicológica de la Dirección General Política del Ejército. Siguió el compás de los cambios de manera que, en su libro Guerra psicológica (1983), llamó "renegado" y "emigrante interior" al premio Nobel y defensor de los derechos humanos Andréi Sájarov, y "traidores a la patria", "desecho moral y basura social" a disidentes como el escritor Alexandr Solzhenitsin, lo que le impidió más tarde “arrepentirse” para caer de pie nuevamente:. Sus cambios le llevaron a ser una de las voces de la perestroika, y cuando esta fue desechada, empezó a encontrar problemas con el régimen soviético que no había tenido antes.

Al parecer en 1987 propuso reformar los órganos políticos del ejército y de inmediato fue destituido y enviado al Instituto de Historia Militar. Allí quiso incluir una serie de verdades amargas en la historia de la Segunda Guerra Mundial que estaban preparando, por lo que en 1990 perdió su puesto de director del instituto. En 1991 Volkogónov entro en el equipo del presidente Borís Yeltsin como asesor militar y al año siguiente fue nombrado jefe de la comisión parlamentaria que recibió los archivos del PCUS y del KGB. Como historiador se hizo famoso en 1988, cuando publicó la biografía del dictador lósif Stalin en la que “descubría” una realidad que ya habían descrito décadas antes autores como Borís souvarine, Victor Serge, León Trotsky o Isaac Deutscher.

Dado su éxito, Dmitri proyectó una trilogía Líderes, completada con León Trotski y, finalmente, de Vladímir Lenin siguiendo las tendencias dominantes: “El comunismo era culpable”. Así confesaba: "yo era leninista, pero después de descubrir 3 724 documentos antes guardados en secreto sufrí la más grande conmoción de toda mi vida". Entonces Lenin se convirtió en la encarnación del demonio. Con esta capacidadde estar al lado del poder, Volkogónov fue diputado en las últimas tres legislaturas rusas. Antes de morir dejó concluida Siete jefes, sobre los dirigentes soviéticos desde Lenin a Mijaíl Gorbachov y ha quedado como un portavoz del negacionismo oficialista, como un reconocido “desenmascarador” de los crímenes cometidos por los dirigentes bolcheviques en un una Rusia que abandona a Dios (el Zar)

Ya está dicho todo. No existe necesidad de nada más como es ya tradición. Sin embargo, quizás no esté de más anotar que el tal Dimitri fue un longevo oficial del ejército ruso que en su faceta de historiador fue ajustando sus enfoques históricos desde los tiempos de Breznev hasta los de Putin sin dejar de figurar nunca entre los consagrados. Con Putin, Stalin es un personaje de la “historia patria”, en tanto que en las escuelas del país, el dilema Stalin/Trotsky resulta explicado por la teoría de los “dos osos”. Por supuesto, cualquier labor investigadora queda fuera de los ámbitos oficiales y se enfrenta toda clase de dificultades. La historia ha podido avanzar y desde luego retroceder, lo que no ha hecho nunca es detenerse.

4. Entre dos tiempos

Se pretende echar siete llaves sobre la tumba de una revolución cuya trascendencia no fue inferior al de la francesa de 1789. La escuela neoliberal triunfante ha demostrado su “pasión objetiva” al enfocar esta como un precedente del Gulag, criterio amplificado por cierto a cualquier tentativa revolucionaria contraria a sus intereses globales. Con semejante regla de tres, por supuesto daría para condenar a la revolución americana de 1776 (o a cualquier otra que no cotice en Bolsa) a los infiernos. 7/

Octubre conmovió a un país que era casi un continente, acabó con la dinastía más longeva de Europa. Sobrepasó la agenda de la Comuna de París y dio un paso definitivo que ahora no se puede extraer como sí fuese una muela. Entre muchas otras cosas, resultó el acontecimiento más importante de la “Gran Guerra”, una batalla ganada por los internacionalistas, ganada ante todo por los soldados que se negaban a seguir la guerra, que no quisieron disparar contra las mujeres que salieron a la calle el 8 de marzo (febrero en Rusia) y provocaron la crisis que condujo a la abdicación del Zar. Era pues la victoria de los que habían abogado por hacer la guerra a la guerra. Algo “que salía de cuentas”, que obligaba a los poderes establecidos a recomponer sus alianzas y sus prioridades en un momento en el que ya no cabía el factor “sorpresa”, desde entonces las clases dominantes no subestimaron a sus bolcheviques, más bien lo contrario. La experiencia de Octubre tal cual se hizo entonces irreproducible…

Pero sí ya en 1848 “el fantasma del comunismo” recorrió Europa, ¿que no sería después de Octubre? Para el orden establecido todo estaba justificado. Se trató inequívocamente de acabar con la amenaza de la manera que fuese. Lo empezaron demostrando en el curso de las crisis revolucionarias de Hungría (1918) y Alemania, Austria (1918-1919), Italia (1920-1922) o España (1917-1923), países en los que el impasse hizo que antes o después acabaran adoptando la vía de la “contrarrevolución preventiva” o sea del nazi-fascismo.

En Alemania en concreto, el aparato socialdemócrata fue utilizado como una suerte de colchón. La socialdemocracia de Ebert y Noske no dudó en utilizar la soldadesca para reprimir la revolución espartakista y asesinar a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches (las tres L del primer comunismo germano), todo ello en nombre de una “república social”, la de Weimar, ahogada por las potencias vencedoras. La consecuencia para la naciente republica rusa fue otra grave dificultad añadida: el aislamiento de una revolución que fue justificada como “prólogo” de la europea. La otra fue la puesta en escena de una “guerra civil” que se inició de hecho en 1919 para finalizar en 1922 con los últimos movimientos armados contra una revolución que tuvo que crear su propio ejército con los ladrillos viejos del régimen zarista. 8/

La guerra desgastó de manera irreversible la élite revolucionaria, y facilitó el regreso de la cultura burocrática zarista que tan magistralmente habían descrito los grandes novelistas rusos desde Nikolai Gogol.

5. Desarrollo a pesar de todo

Octubre ponía al día una “utopía” cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos, en la historia de las agitaciones agrarias en Rusia. 9/

En su empeño de hacer la historia a su imagen y semejanza, el tribunal de la historia neoliberal estructurado trata de borrar esta fase bien escamoteando su existencia bien atribuyéndolo a los “nacionalismos”. Con ello, el canon neoliberal pretende asimilar sus complejidades en lo que a las confrontaciones de clases y de fracciones de clases trasladando el punto central al dilema democracia y totalitarismo, a una mera construcción de parti pris ideológico. Ha pretendido desfigurar a conciencia las razones de la revolución, negar todas las cuestiones de estrategia política (y de poder), con todas sus inacabable bifurcaciones para aquellos que creen que otro mundo es posible y necesario. Reduce las crisis institucionales abiertas que. a pesar de su corta duración, nos dice que Octubre había roto “el eslabón más débil del imperialismo”. Esto explica otro aspecto de la URSS que fue apreciada como un modelo de desarrollo industrial en países atrasados. Tanto fue así que las diferencias sociales que existían entre USA y la URSS se aproximaron ostensiblemente entre 1917 y 1989.

Octubre también produjo un trauma sin precedentes en las sociedades capitalistas incluyendo los EE UU. Un efecto que golpeó de lleno a las clases trabajadoras, a las capas medias, al arte, y por lo contrario, a los militares y a la soldadesca que, en no poca medida, fueron la carne de cañón de los incipientes fascismos. La “Gran Guerra” contrariamente a lo previsto por el alto mando del ejército alemán, se prolongó en el tiempo causando un malestar tremendo entre las tropas y la mayoría de la gente que antes salía con sus banderas. Los componentes de una crisis general se fueron acumulando. A finales de 1915, las grietas en el movimiento obrero resultan plenamente detectables. Entran en abierta crisis los diversos “modelos gradualistas” establecidos desde las secciones de la socialdemocracia clásica que habían vertebrado los grandes partidos y sindicatos. Los puntos de mira del nacionalismo estrecha resultan cuestionados por la irrupción de una corriente internacionalista, muy crítica con los desastres de la guerra. Muchos se verán obligados a cambiar de expectativas, al menos durante una primera fase. En los años siguientes la II Internacional reconstruida evoluciona hacia la derecha, rechaza la revolución de Octubre al igual que se desentiende de la República española.

La revolución sigue viva, se manifiesta en lugares tan diversos como Gran Bretaña (1926-1927), China (1937), Francia (jornadas de julio del 36), España (1934-1937), pero el significado de Octubre se ha invertido: la camarilla burocrática –como la socialdemocracia alemana- tema más a la revolución que al pecado. Convertido en un partido-Estado liderado por una élite que reproduce bajo el lenguaje revolucionario las pautas de la “gran Rusia”, hacen que la Internacional Comunista invierta sus propósitos. Estos ya no son la revolución sino los intereses de la política exterior rusa, el socialismo en un solo país pasa a ser el socialismo en ningún otro país. Los desastres se suceden: en Alemania el partido comunista estalinizado asegura que la mejor manera de luchar contra los nazis era ajustar las cuentas contra la socialdemocracia, en Francia y en España, Stalin antepone sus acuerdos con los vencedores de la “Gran Guerra”, y combate cualquier tentativa revolucionaria.

La consecuencia de tales desastres acabaría siendo la II Guerra Mundial. El socialismo queda para una etapa lejana. Los partidos comunistas ocupan, en buena medida, el lugar de la socialdemocracia con un matiz, como esta se atiene a las reivindicaciones parciales al tiempo que consagra 1917 como el nacimiento de la URSS “la patria del proletariado”. La iniciativa recae en los Estados Unidos como guardianes del orden internacional.

6. La principal batalla

Aquella “maldita guerra”, la que había causado la mayor crisis humanitaria jamás conocida, fue ante todo una “guerra interimperialista” (Lenin), una crisis de civilización que ve crecer las riquezas al tiempo que las guerras y las miserias extremas en el planeta. Una colisión que situó la humanidad ante el dilema del socialismo o la barbarie.
Una nueva realidad que se traduce por la emergencia de desafíos totales. De crisis sociales que situaron al movimiento obrero internacional ante la necesidad de una revisión drástica de los criterios emancipadores tales como:
a) el esquema del fatalismo determinista –con sus presuntas leyes naturales- alrededor de una creciente “maduración socialista” a la manera de Bernstein o los fabianos británicos que aseguraban que el socialismo llegaría gradualmente en los países que expoliaban a sus colonias, tema sobre el que apenas sí se hablaba más allá de algunas declaraciones;
b) el modelo de la socialdemocracia clásica en su esplendor teorizada por el “centro ortodoxo” representado por el longevo Karl Kautsky, el sueño de un “Partido“ que guía al pueblo atrasado con su labor educativa y orgánica, construido con todas sus redes sociales (cooperativas, sindicatos, prensa, etc.) que se convierten en una finalidad en sí misma;
c) la ruina de la concepción abstracta del internacionalismo, olvidando la existencia del colonialismo y de los conflictos interimperialistas. También se el pretexto del “realismo”, que llevó a muchos “padres” de la internacional a un realineamiento chauvinista nacional en agosto de 1914 (votando los créditos de guerra): esta conversión chauvinista entra en contradicción con las resistencias de una amplia franja del movimiento obrero y popular…

Es el momento de los soviets o consejos obreros como instrumentos de una democracia directa: sufragio universal, debate público, pluralismo político y toma de decisiones contrastadas entre mayorías y minorías. Los soviets actúan como vínculo de aprendizaje y ejercicio de una democracia desde abajo jamás antes conocida. Instrumentos de un doble poder instituido, donde obreros, campesinos, soldados insurrectos, veían -antes que en los programas de los partidos que daban apoyo al gobierno provisional o en la Asamblea Constituyente– “la solución a sus problemas”. A pesar de las deficiencias organizativas o en materia de representación, las masas consideraron a los soviets como “sus órganos” naturales de asamblea y resolución.

El nuevo “poder soviético” tiene la virtud de “plantear” que la revolución es posible (Rosa Luxemburgo), sí bien los errores y horrores del estalinismo hayan permitido ocultar todo lo demás.

7. Dinámica sustituísta

En medio de este proceso épico pero repleto de dificultades, la dinámica soviética acaba perdiendo aliento, se deteriora. Entre la multiplicidad de factores que intervienen en su curva descendente del impulso inicial, es importante registrar algunas decisiones político-institucionales, que se manifiestan a través de la polémica disolución de la Asamblea Constituyente que aparta a sectores en desacuerdo; de la creciente integración de los soviets al sistema de gestión administrativa (estatal) del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom) que afectan a su carácter de “democracia directa”; de la centralización de estos en el Comité Ejecutivo Pan-Ruso (VTsIK), y particularmente sus modalidades de gestión desde abril-mayo de 1918; del cisma de los eseristas (populistas) de izquierda, amén de los mencheviques de izquierda, de los órganos soviéticos centrales, en junio de 1918 lo que significó una ruptura con un planteamiento unitario que había estado muy presente desde los soviets en 1917; del control sobre los soviets provinciales que, desde julio de 1918, pasa a asumir el Ministerio del Interior acrecentando la centralización, así como de los decretos y ordenanzas sobre las “cortes de justicia” o sobre la controvertida “Cheka” (Comisión Extraordinaria para la Seguridad del Estado) en noviembre de 1918, que reflejan la carencia de una conciencia del peso autónomo de este organismo en una revolución que resulta cada vez más identificada con el Estado.

Todas estas y otras decisiones con sus secuelas de efectos prácticos, dejaron de manifiesto “los peligros profesionales del poder” (Christián Rakovski) desarrollados entre la imposición de medidas para defender la revolución y las derivaciones autoritarias y arbitrarias en nombre de dicha revolución. Es un momento en el que la victoria militar revolucionaria hace creer a los líderes de la revolución (en especial a Trotsky que no tardó en rectificar) que la “militarización” era una fórmula garantizada cuando en realidad, los acontecimientos de marzo de 1921 en Kronstadt que más allá del debate sobre su viabilidad al final de la guerra, significó una brecha en la vanguardia revolucionaria. Ya no se trataba de combatir a los “blancos” que mataban y destruían cualquier vestigio de poder popular, sino de la propia base social de la revolución.

Se trataba de una dinámica que –de alguna manera- ya había sido profetizada por Trotsky en 1903. Según éste el centralismo leninista produciría un proceso de sustitución al final del cual todo quedaba en manos del secretario general se cumple. No a través sino a pesar del partido del bolchevismo de 1917, sin como consecuencia del trágico desgaste de la guerra.

Buena parte de los mejores mueren en la lucha, y en su lugar emerge una coalición entre los viejos funcionarios y de un aparato que acabará dominando los pasillos del poder. La lógica fue criticada desde el propio bolchevismo (Oposición obrera), por Rosa Luxemburgo así como por los anarquistas que lo vieron como una negación de los criterios expresados por Lenin en “El Estado y la revolución”…Desde dentro, los bolcheviques (en especial el Trotsky del momento), entiende que esta era la única vía posible de victoria.

Con el tiempo se verificará que –intenciones aparte- no tenía razón.

8. La tentación del abismo

La alianza obrero-campesina planteada, en buena medida, por conveniencia y siempre fluctuante, un pacto que abarcaba amplias capas campesinas con el partido bolchevique, acabó siendo un elemento explicativo para entender los sucesos político-militares de esta guerra a vida o muerte que culminó con la victoria del campo revolucionario. Los jefes blancos de la reacción burguesa-imperialista nunca pudieron estabilizar las relaciones con el campesinado, para los que justamente representaban el pasado de los terratenientes zaristas, con todas sus secuelas explotación, opresión y una interminable cadena de humillaciones para el campesino pobre sobre cuya realidad dejó cumplido testimonio la literatura. Los “blancos” significaban el regreso al oscurantismo y el látigo.

No obstante, la guerra civil también aceleró otros problemas concretos como lo fueron
la fractura del “tejido” social amplio de apoyo revolucionario y la crisis económica que tuvo la amplitud de una catástrofe humanitaria, tanto es así que el gobierno se vio obligado a echar mano a la ayuda internacional. A esto se le añade el desarrollo de una desurbanización acelerada que acentúa la drástica reducción de los “polos obreros” fabriles en los que se asentaba “la vanguardia de clase”. Este proceso va acompañado por la absorción de miles de miembros del partido bolchevique (y de otros partidos), en las tareas militares del Ejército Rojo o en funciones administrativas, con pérdidas humanas cuantiosas y “reconversiones” profesionales masivas.

De todo esto resulta que el personal político, administrativo y de “seguridad”, seleccionado en (y para) la guerra civil, pasa a ocupar cargos en el partido, el Ejército Rojo y el Estado. El PCUS se “militariza” y cambia su base de composición. Al finalizar la guerra civil, quedan muy pocos de los 25 mil miembros de febrero de 1917. Habría que remontarse a los años 1903-1912, para encontrar una mutación tan significativa. Este cambio en la membresía del partido es una ruptura de la continuidad y de la experiencia acumulada, de la formación y la tradición política del partido. De ahí las graves dificultades para comprender la “transición” de los años 1923-1928 y la escasez de reflejos inicial ante un proceso de burocratización que cuando comienza a ser denunciado ya ha tomado vida propia.

Al final solamente quedará una minoría de los bolcheviques de 1917. 10/

9. NEP

Pese a los inconmensurables estragos sociales, económicos y humanitarios de la “guerra civil”, el partido socialdemócrata que había pasado a llamarse comunista (bolchevique) dispuso de ciertas capacidades tanto para operar cambios como para una elaboración táctica y estratégica. Y fueron aprovechadas. Prueba de ello es la instrucción de la Nueva Política Económica (NEP) y los debates políticos que tuvieron lugar que contribuyó a mejorar ostensiblemente la situación pero que no pudo garantizar un proceso de crecimiento que permitiera al país salir de las condiciones de bloqueo y de amenaza constante.

En este proceso se incluye la clausura de la democracia interna de 1921 (prohibición de las tendencias y fracciones en el seno del partido), un paso atrás que condujo al fracaso del intento de restituir una dialéctica de regeneración de la sociedad y de una removilización política conciente que siempre provenían de las voces discrepantes. Semejante error (justificado como transitorio en medio del cerco) terminó creando las condiciones que facilitaron la introducción de más medidas autoritarias y represivas. Primero contra las fuerzas políticas de la izquierda no-bolchevique, que apoyaban críticamente la revolución. Igualmente impidió el desarrollo de instrumentos democráticos para debatir, públicamente, las diferentes opciones que se abrían en el nuevo escenario político, económico y social, y para restablecer las relaciones con el campesinado permitiendo que el partido acabara confundiéndose con un aparato cada vez más ligado al Estado.

En este contexto se sitúa la sangrienta represión contra la “comuna de Kronstadt” (marzo de 1921), con el consiguiente aplastamiento de los insurrectos en una situación bastante caótica. Es cierto que la base social ya no era la misma, también que los blancos trataban de sostener la propuesta de “soviet sin bolcheviques”, y el miedo a un recrudecimiento de la guerra de convención incluso hasta a los delegados de la “Oposición Obrera”, pero fue la “información” proveniente de la Cheka, un instrumento que se estaba mostrando especialmente ambivalente, la que en última instancia determinó la reopresión. Por lo demás, el hecho demostraba que la fortaleza considerada “orgullo y gloria” de la revolución, pasaría a simboliza el cariz trágico que estaba tomando un “poder soviético” en el que los “soviets” carecían de potencia y de autonomía. 11/

En una sociedad postrada por las penurias y la destrucción de una guerra civil alimentada por los gobiernos imperialistas, el curso hacia un partido monolítico y administrativo se aceleró. Los nuevos miembros “seleccionados” en los años 1919-1922, serán absorbidos por el aparato del Partido-Estado en base a sus “atributos” burocráticos. Se iniciaba -con todas las ventajas objetivas- el camino de la contrarrevolución estalinista.

10. Un soviet en Londres

Entre los trabajadores y el personal idealistas del mundo, el ejemplo soviético suscitó una ilusión desmesurada, incluso en las grandes metrópolis. De ahí que el laborista de derecha Ernest Bevin justificó el distanciamiento británico argumentado que de otra manera se arriesgaban a que se creara "un soviet en Londres”. El caso del anarcosindicalismo hispano fue especialmente emblemático. En un principio la vieron como “su revolución”, como el inicio de la anarquía, después de las consecuencias de la guerra civil, la desilusión fue igualmente concluyente.

En realidad, el régimen surgido de este período (1917-1922), extensible cuanto menos hasta 1928 que marca un punto de inflexión en el ascenso de la burocracia, no puede ser caracterizado como “socialista”, como “el reino de la libertad” que hablaba Engels. Ni tan siquiera era un “Estado obrero” como lo pudo ser la Comuna. Las ideas de los clásicos en cualquiera de sus variantes, permiten llegar a una conclusión que ya había aventurado Lenin al definirlo como “Estado obrero burocráticamente degenerado”, con la particularidad de que los grados de degeneración alcanzan en la segunda mitad de los años treinta niveles absolutamente desquiciados. Su evolución recuerda en no poca medida la vivida por los “jacobinos negros” en Haití, un país que pagaría muy caro el triunfo de su revolución.

A lo largo del tiempo que sigue hasta 1989, Octubre 1917 se convirtió en el epicentro de un debate de ideas especialmente crispado en el que la ofensiva imperialista fue absolutamente determinante. Se hablaba de conceptos que se remitían a su génesis pero que - como el de la “dictadura del proletariado”- poco tenía que ver el cúmulo de circunstancias adversas.

Un tiempo en que el que legitimidad revolucionaria se explica por su propia existencia, por unos apoyos excepcionales que explican sin ir más lejos la creación del Ejército rojo y la victoria final. Las diversas instituciones que presidieron la afirmación de la victoria del “poder soviético”; las contramarchas bolcheviques; el enfrentamiento revolución/contrarrevolución; las discusiones que marcaron cada una de las fases y de las distintas fuerzas sociales y políticas que componían el proceso. Será en tal sentido que una reflexión histórica sobre Octubre 1917, conecta obligatoriamente pasado con presente. Nos sitúa ante la temática propia de un proyecto de cambio radical de la sociedad: el sujeto social (“fuerza motriz”) de ese cambio; los instrumentos políticos que ese sujeto debe construir; el programa de ruptura anticapitalista; así como considerar muy seriamente la cuestión de la estrategia ligada a la “conquista del poder”; las relaciones entre clases sociales/partidos y auto-organización de las masas o sea de un poder que está dejando de serlo desde el primer momento.

En las condiciones presentes de la “contrarrevolución neoliberal” con sus dramática consecuencias en términos de crisis humanitarias, desastre ecológico, explotación exacerbada y opresión nos ha situado en el terreno contrario al que prometían. En el espacio de una creciente agudización de la lucha de clases. En esta nueva perspectiva, Octubre 1917, sigue siendo un campo de batalla a pesar de la distancia histórica que nos separa de un “acontecimiento” que todavía conmueve el mundo y sobre el que contamos con lecciones tanto sobre lo que se puede hacer como sobre lo que no. Por eso es tan importante el debate entre las escuelas que insisten en que la duda es necesaria, como lo es el imperativo categórico de estar al lado de la tierra, de los humillados y ofendidos de los que hablaba Feodor Dostoievski.

28/11/2017
Pepe Gutiérrez-Álvarez es escritor y miembro del Consejo Asesor de viento sur

Notas
1. La euforia que siguió a la victoria de Stalingrado fue tal que no pocos discrepantes de filiación anarquista y/o trotskista de entonces, llegaron a la conclusión de que, al final de cuentas, Stalin había acabado demostrando que sus métodos fueron los más “realistas”. Esto explica que pensadores de la altura de Sartre creyera que el estalinismo no debía de ser criticado porque eso significaría desanimar a la clase oprimidas representadas por los obreros de la Renault. Esa idea fue expresada aquí en la clandestinidad con el criterio de qué “había que dejar la crítica al estalinismo al Arriba” (diario del “Movimiento”)
2. El entramado de esta derrota está fraguado mediante un pacto con la socialdemocracia que apareció como un muro de contención en el movimiento obrero, un episodio harto revelador explicado en obras La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders (Debate. Madrid, 2001) Encuentro revelador el ejemplo de Max Eastman, compañero de John Reed, cofundador USAPC, amigo de Lenin y Trotsky. Max se fue resistiendo a la presión medio ambiental sobre todo en lo referente al valor moral de estos, hasta que finalmente se sometió. Ver al respecto: Herejes rrepentidos. La izquierda norteamericana de la primera mitad del siglo XX, de Susana García-Cereceda López (Centro de Estudios Políticos y constitucionales, Madrid, 2001). De experiencias como las suyas se desprende que en esta evolución influyeron tanto una posible tendencia acomodaticia como el rechazo causado por el horror estaliniano que Eastman, conoció de cerca y tempranamente.
3. En la mitad de los años ochenta tuvo lugar una suerte de “congelación” de los libros de izquierdas y fueron numerosas las editoriales que se habían distinguido en el tardofranquismo que tuvieron que cerrar. La negación de Octubre se hizo ley con el felipismo, y en este sentido creo significativa las palabras de un viejo amigo que me respondió a una observación malévola sobre su cambio de bandera: “No te preocupes, sí volvéis a ganar volveremos a elogiar la revolución”.
4. Para un estudio detallado de la recepción bibliográfica sobre Octubre y sus consecuencias me remito a los dos apartados propios incluidos en la obra colectiva La revolución rusa pasó por aquí, dirigida por Pelai Pagès y yo mismo y cuya edición repara Laertes, Barcelona.
5. Resulta de interés las reflexiones de Perry Anderson, La historia de los partidos comunistas incluida en Historia popular y teoría socialista, editada por Raphael Samuel
(Crítica, Barcelona, 1984) Anderson estima como apasionante el ensayo de Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista (Ruedo Ibérico, París, 1970), seguramente el trabajo más concienzudo sobre esta historia realizado entre nosotros.
6. El destino del personaje Ramón Mercader pasó desde el anonimato a convertirse en
la prueba del papel del aparato estalinista en la trama del asesinato de Trotsky, para acabar convertido (junto con su madre Caridad) a través de la novela, el cine (la mejor Asaltar los cielos) y cierta bibliografía en la abusiva representación de una militancia comunista fanática y embrutecida. También existen tentativas más complejas como la probada por Jorge Semprún en La segunda muerte de Ramón Mercader, que se puede entender en clave Dr. Jekyll y...El estalinismo causó trastornos múltiples, anotemos como ejemplo el caso de André Marty que se negó a obedecer el pacto nazi-soviético, y que luego comenzó a denunciar la “dolce vita” de los dirigentes del PCE. Fue expulsado y tratado como “trotskista” al final de su vida.
7. La “maldición” de Octubre no ha sido muy diferente a la padecida por la República de Cromwell o por la toma de la Bastilla de 1789. En este último caso, con ocasión del
Bicentenario historiadores de la plantilla neoliberal insistían en que se trató de un antecedente del…Gulag.
8. Dudo que existan reflexiones más lúcidas y elaboradas que las efectuadas sobre lo que luego se llamaría estalinismo, que los recogidos por Moshe Lewin en El último combate de Lenin (Lumen, Barcelona, 1970), disponible en
https://marxismocritico.files.wordpress.com/.../lewin-moshe-el-c3baltimo-combate-
9. No hay que ir al Ensayo sobre las revoluciones del Vizconde de Chateaubriand para
encontrar un antecedente de un rechazo total y sistemático de las revoluciones antiguas, basta con obras como la del egiptólogo Nicholas Reeves autor de Akhenatón, el falso profeta de Egipto (2002) quien, en consonancia con la campaña denigratoria de las revoluciones hasta su última raíz, compara al herético faraón con…Hitler y Stalin, ambos amalgamados por más que representaran realidades socialmente diferenciadas, por ejemplo que Hitler invadiera media Europa y que el sueño de Stalin fuese el de quedarse con una “Gran Rusia” en la que ya no constaban ni Finlandia ni Polonia. Semejante fervor antirrevolucionario se atiene a la misma regla que la del “totalitario”: los que se oponen al Imperio lo son, pero los que pactan son a lo máximo “autoritarios”. Así Franco pasó de una cosa a la otra en virtud de los pactos con los EEUU.
10. Kronstadt fecha lo que para los anarquistas sería el fin de la revolución. La aportación libertaria más cercana es la de Julián Vadillo, Por el pan, la tierra y la libertad. El anarquismo en la Revolución rusa (Volapük, 2017), y más recientemente el trabajo de Carlos Taibo, Anarquismo y revolución en Rusia (1917-1921, Libros de la Catarata, 2017)...Taibo es también el autor de La Unión Soviética. El espacio ruso-soviético en el siglo XX (Síntesis, 1999) en la que se insiste en responsabilizar a la “tentación autoritaria” de los bolcheviques como el factor determinante de todo lo que vendría después.
11. En La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939, sus autores J. Arch Getty&Oleg V. Neumav, que han podido acceder a documentación desclasificada de fechas recientes, coinciden con un criterios ya expresado por Serge en su día, denunciando “un pensamiento causal sin matices y politizaron las conclusiones. Se popularizaron cadenas deterministas como Lenin igual a estalinismo/totalitarismo, a terror, “o que el estalinismo era un producto inevitable del leninismo. Sin embargo, como apuntó hace veinte años Stephen Cohen en su ensayo sumamente sugerente, las circunstancias que rodearon la revolución rusa y el bolchevismo podían propiciado resultados dispares.



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