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Feminismo
Sororidad y conciencia femenina: qué hermandad de mujeres para qué propuesta política
09/08/2017 | Julia Cámara

Que el movimiento feminista pasa por un momento de auge es un secreto a voces. La irrupción de nuevas capas activistas en las movilizaciones cada vez más masivas de los últimos años, junto con la proliferación de nuevos colectivos integrados por mujeres cada vez más jóvenes, son señales inexcusables de ese “algo está cambiando”. Para toda una generación, el proceso de reconocerse mujer llega de la mano del descubrimiento de la opresión machista, y dos son los conceptos que articulan esta politización primaria e intuitiva surgida de la propia experiencia: patriarcado como problema, sororidad como respuesta.

La sororidad aparece en consignas y eslóganes feministas como una llamada a la autodefensa, el apoyo mutuo y la unión emocional entre mujeres. La nueva generación de activistas ha interiorizado su uso y asumido su significado de manera masiva, sin llegar a problematizar su origen o aplicaciones históricas y descartando insertarlo en análisis estructurales más amplios. Lo que aquí se propone es una aproximación a las condiciones materiales que posibilitan el surgimiento de la sororidad como fenómeno colectivizante percibido por amplias capas de mujeres, en estrecha relación con el papel de las vanguardias femeninas en las luchas por la supervivencia y la constitución del sujeto político “mujeres” como sujeto político estratégico.

Breve historia de la sororidad

El término sisterhood fue propuesto a finales de los años 60 por la escritora estadounidense Kate Millett, conocida principalmente por su obra Política sexual y una de las principales referentes del feminismo radical de la segunda ola. El significado semántico de “hermandad de mujeres” (sister significa “hermana” en inglés) se mantuvo en la traducción a otras lenguas recurriendo al latín “soror” (sororité en francés, sorellanza en italiano, sororidad en castellano). Millett acuñó el nuevo término para nombrar la unión de todas las mujeres “sin hacer distinción de clases sociales u origen étnico” 1/. El concepto se encuadraba dentro del contexto del denominado feminismo radical de los 70, que proclamaba la predominancia de la opresión de género en una escala de opresiones, al modo en que el obrerismo clásico había funcionado con respecto a la cuestión de clase. Esta idea se plasma de manera clara en el célebre lema “Women of the world, unite!”.

El intento más ambicioso de trasladar a la práctica organizativa este marco teórico fue la fundación, en 1966, de la National Organization of Women de los Estados Unidos, entre cuyas fundadoras encontramos a la propia Kate Millet o a Betty Friedan, autora del célebre libro La mística de la feminidad y figura central del feminismo liberal estadounidense. Desde el momento de su aparición, NOW demostró tener serios problemas para comprender y aceptar la no homogeneidad del sujeto mujer y el modo en que otras opresiones y situaciones de explotación interseccionan con la opresión de género. Por poner tan solo un par de ejemplos, no fue sino hasta cinco años después de su constitución que la organización reconoció la opresión específica vivida por las mujeres lesbianas, y son famosos los enfrentamientos públicos que miembros del colectivo STAR (Street Travestite Action Revolutionaries) mantuvieron con activistas de NOW por excluir a las mujeres trans de sus mítines.

La respuesta mejor organizada a los postulados de NOW vino, sin embargo, por parte de las feministas negras. En 1984 Hazel V. Carby, historiadora feminista y activista afroamericana, publicaba un artículo titulado “White women, listen! Black feminism and the boundaries of sisterhood” en el que criticaba el concepto teorizado por Millet y desmontaba la pretensión de universalidad de los principales conceptos de análisis feminista (patriarcado, familia, reproducción), demostrando su inutilidad para comprender e interpretar la vida de las mujeres negras 2/.

La recuperación de la idea de “sororidad” por el movimiento feminista más reciente no bebe directamente de Kate Millett y el feminismo radical de los 70, sino que busca referenciarse conceptualmente en los feminismos comunitarios latinoamericanos y en la redefinición del término realizada por la antropóloga Marcela Lagarde. Lagarde define la sororidad como “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario” 3/ . Esta aproximación permite, en mayor medida que la de Millet, el uso emocional que los nuevos grupos activistas hacen del término.

Sigue siendo necesario, sin embargo, cuestionar la pretendida naturaleza dada de la hermandad entre mujeres: ¿la sentimos porque un cierto ser mujer universal nos conecta empáticamente logrando la identificación emocional de las unas con las otras? ¿O es quizá el resultado de procesos socialmente complejos que interaccionan con nuestro rol social (determinado fundamentalmente por el desempeño del trabajo reproductivo) y que afectan a distintos grupos de mujeres de manera diversa?

Conciencia femenina”, redes de mujeres y mantenimiento de la vida

A comienzos de los años 80, durante el periodo de auge de la historiografía feminista y de la Historia de las Mujeres, la hispanista Temma Kaplan encontró que las explicaciones feministas y marxistas clásicas no le eran útiles para comprender los repertorios de acción colectiva adoptados por mujeres en determinados contextos de conflicto social. Apoyándose en varios ejemplos de la Barcelona de comienzos del siglo XX, Kaplan desarrolla un nuevo concepto, el de “conciencia femenina”, que hace referencia a la asunción por parte de las mujeres del deber de cumplir con su rol social. La conciencia femenina crea un sentimiento colectivo de derechos y obligaciones, fruto de la interiorización del papel de las mujeres en la división sexual del trabajo. El resultado es la identificación generalizada de las propias mujeres con el trabajo reproductivo que les ha sido asignado y la asunción colectiva del deber de preservar la vida.

La conciencia femenina se revela así en origen como una conciencia conservadora en tanto que no busca la transformación de la sociedad ni de las relaciones de género existentes sino la ejecución de las tareas que se derivan de estas. Al aceptar dichas tareas, sin embargo, las mujeres con conciencia femenina exigen los derechos que sus obligaciones llevan consigo, y el impulso colectivo necesario para asegurar estos derechos puede llegar a desarrollar una fuerza que acabe politizando las redes de relaciones de la vida cotidiana. Cuando parece que está en juego la supervivencia de la comunidad, las mujeres activan sus redes de relaciones para combatir a aquellos o aquello que creen que interfiere en su deber de conservar la vida como saben. Al colocar la necesidad humana por encima de otras exigencias sociales y políticas, y la vida por encima de la propiedad, los beneficios privados e incluso los derechos individuales, la conciencia femenina crea la visión de una sociedad que todavía no ha hecho su aparición. Es, por tanto, una conciencia de transición, con implicaciones políticas radicales y capaz de hacer dar saltos de conciencia a amplias capas de mujeres.

En el curso de la lucha por llevar a cabo el papel que la sociedad les ha encomendado, algunas mujeres chocan frontalmente con un sistema, el capitalista, que es radicalmente contrario al mantenimiento de la vida. Y es aquí cuando empieza a vislumbrarse el modo en que la conciencia femenina interacciona con la clase: son las mujeres de las clases subalternas las que más dificultades encuentran para mantener la vida y, por tanto, las que más a menudo se ven abocadas hacia repertorios de acción radicales. El recurso por parte de las clases altas a nodrizas, niñeras, amas de leche y otras figuras similares ha descargado históricamente a las mujeres pudientes de las responsabilidades del trabajo reproductivo y de cuidados, limitando considerablemente el desarrollo por su parte de una cierta conciencia femenina. El mercado privado actual de compra-venta de servicios, junto con las denominadas cadenas mundiales de cuidados, responsabilizan no a las mujeres como clase o grupo social homogéneo, sino a determinados sectores de mujeres, del mantenimiento global de la vida. Y son estos sectores, llevados a actuar de manera colectiva para lograr aquello que no podrían alcanzar mediante acciones individuales, los que se reconocen mutuamente como cómplices y aliados. De la conciencia femenina nace la sororidad: el cuidado y apoyo mutuo entre quienes asumen la responsabilidad de preservar la vida.

Conclusiones: vanguardias de mujeres y luchas por la supervivencia

La colisión de la conciencia femenina de las mujeres de determinada extracción de clase con la sociedad realmente existente hace que su lucha por llevar a cabo el trabajo reproductivo y de cuidados, generalmente enmarcado al ámbito doméstico y de las relaciones privadas, irrumpa en el espacio público. Desde los “motines del pan” durante las crisis de subsistencia de los siglos de transición al capitalismo hasta la organización en plataformas por el derecho a la vivienda como las PAHs y “Stop Desahucios”, el empeño de las mujeres de clase trabajadora por preservar su vida y la de los suyos las ha puesto a la cabeza de luchas y conflictos con enorme potencial revolucionario y de ruptura política. Llevadas por la necesidad de cumplir con su deber social, las dificultades encontradas por el camino pueden abocar a las mujeres a enfrentarse colectivamente a autoridades políticas, económicas o incluso físicas (como la policía o el ejército), impulsadas por origen legítimo de sus demandas y avanzando a partir de la experiencia hacia niveles de conciencia política más desarrollada. El carácter de transición de la conciencia femenina adquiere así todo su significado.

El uso de la conciencia femenina como herramienta analítica nos permite comprender el papel de las mujeres como vanguardia estratégica en luchas de un enorme potencial transformador a lo largo de todo el mundo. El movimiento de mujeres por la paz durante la Gran Guerra, las acampadas antinucleares de mujeres en Francia, Italia y Estados Unidos en los años centrales de la Guerra Fría, las huelgas masivas de alquileres o la presencia de las mujeres en la primera fila de la lucha contra las dictaduras son fenómenos cuya comprensión queda incompleta sin el recurso a la conciencia femenina. Las luchas por la defensa del territorio y contra los macroproyectos mineros y ganaderos en América Latina, o los alzamientos ecofeministas en contra de la entrada de transgénicos y de la extinción de la agricultura de subsistencia en el sudeste asiático, son dos buenos ejemplos contemporáneos.

Se hace necesario por lo tanto, concebir a las mujeres como sujeto político estratégico, pero no a partir de una pretendida identidad homogénea y universalmente compartida, sino como resultado de las contradicciones que el mantenimiento de la vida de las clases más miserables le plantean al sistema capitalista. Quizá por aquí vaya el tipo de sororidad que necesitamos construir: una hermandad de mujeres que no se limite a lo emocional sino que sirva como palanca colectiva para cambiar el mundo y transformar la vida.

9/8/2017

Julia Cámara es militante de Anticapitalistas y activista feminista

Notas

1/ Las principales aportaciones de Kate Millett aparecen desglosadas en https://newrepublic.com/article/131897/kate

2/ El texto completo traducido al castellano se puede leer en Mercedes Jabardo (ed.): Feminismos negros. Una antología, Traficantes de Sueños, Madrid, 2012.

3/ http://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf





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