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Un libro de referencia
Nota sobre "Les Arabes et la Shoah", de Gilbert Achcar
05/08/2010 | Julien Salingue
“Hay, ciertamente, muchas actitudes grotescas y odiosas hacia la Shoah en el mundo árabe; pero hay también interpretaciones caricaturescas y globalizantes de la recepción árabe de la Shoah, tanto en Israel como en el mundo occidental”.



[NB : Salvo mención, las citas (entre comillas y en itálica) pertenecen a la obra de Gilbert Achcar]


En una tribuna publicada recientemente en Le Monde, Eric Marty, conocido por sus simpatías pro israelíes, se pregunta: “¿es de izquierdas el boicot a Israel?”. La pregunta resulta en realidad un pretexto para entregarse a un ejercicio de justificación de la política israelí y de deslegitimación de todos quienes la critican. Dos de sus argumentos son “clásicos” de la retórica sionista: Israel vive bajo la amenaza de la “aniquilación física”; amenaza mantenida por “una propaganda antisemita sistemática en los países musulmanes”. La elección de las palabras no es inocente. Quienes apoyan a Israel saben en efecto que “el estado de los judíos” tiene el ejército más poderoso del Medio Oriente y que es el único, en la región, que posee el arma atómica. Pero si emplean de forma recurrente términos como “aniquilación”, “destrucción”, siempre articulados con la denuncia de la “propaganda antisemita”, es porque saben que tales palabras conmueven los espíritus. Hacen eco a la mala conciencia occidental hacia lo que sigue siendo la expresión más trágica del veneno del antisemitismo: la destrucción de los judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Instrumentalizar la tragedia de los unos para ocultar, incluso legitimar, la de los demás: un ejercicio sobre el que no tienen el monopolio pero al que los turiferarios de Israel recurren frecuentemente.


La guerra de los relatos


Pero si la Shoah pudo conferir un cierto crédito a los argumentos sionistas en cuanto a la “necesidad” de la creación de un “estado de los judíos”, nada parece en cambio justificar que los palestinos pagaran su precio: 800.000 refugiados o desplazados como consecuencia de la limpieza étnica de 1947-1949, una ocupación militar que continúa todavía, una negación de derechos que se formaliza hoy en un sistema de discriminaciones que algunos no dudan ya en calificar de sistema de apartheid. Una cierta propaganda proisraelí, consciente de esta debilidad “teórica”, ha dado el paso: sostener que los palestinos, y más en general los árabes, tenían simpatías nazis y que algunos participaron incluso en el genocidio. Un antisemitismo cultural (de inspiración religiosa) sería la causa de este “compromiso”, pero también la hostilidad mantenida hacia Israel en el mundo árabe.

El subtítulo de la obra de Gilbert Achcar, La guerre israelo-arabe des recits (La guerra israelo-árabe de los relatos) lo indica: las palabras, cuando sirven para contar (o reescribir) la historia, son armas que pueden mostrarse particularmente asesinas cuando están al servicio de proyectos de sociedad racistas, desigualitarias, reaccionarias. La cuestión de la actitud de los árabes hacia la Shoah está en el corazón de esta guerra de relatos que, como toda guerra, no deja de tener su lote de engaños: aproximaciones, atajos, generalizaciones abusivas, citas fuera de sus contextos, “errores” de traducción que vienen de perillas… Se utiliza de todo.

Un estudio científico, riguroso y desapasionado era necesario. Es la tarea a la que se ha dedicado Gilbert Achcar: “Mi ambición principal, en este libro, es dar la medida de la complejidad de las relaciones entre los árabes, en su diversidad, y la Shoah, y dar pistas que permitan superar las abundantes caricaturas sobre este tema”. Los árabes y la Shoah, un título sin embargo engañoso pues es sin duda demasiado reductor: si el corazón de la obra está consagrado al “Tiempo de la Shoah” (1933-1947), las “actitudes árabes hacia los judíos y la Shoah de 1948 hasta nuestros días” están también analizadas. Además, más allá de la cuestión de las relaciones con la Shoah, el autor se entrega de hecho a una topografía ideológica del mundo árabe, con un estudio minucioso de las corrientes de pensamiento que se desarrollan entre dos guerras, que enmarcan aún hoy, en una gran medida, los campos políticos e ideológicos árabes.


Pluralidad de las actitudes árabes


Uno de los principales escollos de todo trabajo de investigación sobre el mundo árabe es el atajo esencializante. Si se puede pensar como una entidad a parte entera, que reagrupa a estados y poblaciones que múltiples factores (cultura, lengua, historia colonial…) permiten aprehender de forma unificada, no deja de ser cierto que se trata de un conjunto complejo, plural, que invalida toda proposición del tipo “los árabes han hecho” o “los árabes piensan que”… Pero el Orientalismo, tal como fue analizado por Edward Said, es decir la construcción por las ciencias y culturas occidentales dominantes de un Oriente imaginario, condenado por naturaleza a ser conquistado y subordinado, ha hecho y continúa haciendo adeptos (y estragos), por facilidad, incompetencia… o racismo.

Cantidad de autores se han asignado así por tarea establecer, con pruebas de apoyo, cuál fue “la actitud árabe” frente al ascenso del antisemitismo en Europa en los años 1930 y a la Shoah, y, a partir de 1945, cuál fue “el” discurso árabe sobre la Shoah. Numerosas obras “demuestran” así que, a pesar de una aparente diversidad de opiniones, “los” intelectuales y “los” dirigentes políticos árabes sintieron complacencia, simpatía, incluso admiración, hacia el nazismo, y que “el” discurso árabe sobre la Shoah podría resumirse, según los términos de la obra de dos universitarios israelíes citada por Gilbert Achcar, en “actitudes variadas inspiradas en parte en las que existen en Occidente y que cubren toda una gama que va desde la justificación a la negación y a la proyección de imágenes nazis sobre el sionismo e Israel, así transformados de víctimas en culpables”. Una “variedad de actitudes” muy relativa.

Gilbert Achcar demuestra, al contrario, estudiando las múltiples corrientes ideológicas árabes, que las actitudes y los discursos fueron variados y conflictivos. Al hacerlo, nos invita a librarnos de los prejuicios orientalistas sin por ello caer en una complacencia beata o un relativismo que se quiere condescendiente pero que no es en realidad sino el hermano gemelo del Orientalismo. En una amplia y sistemática exposición de las principales escuelas de pensamiento y organizaciones políticas árabes de entreguerras y de su actitud hacia los judíos, el fascismo y el nazismo, el autor distingue cuatro grandes “familias”: los “occidentalistas liberales”, los marxistas, los nacionalistas y los “panislamistas reaccionarios y/o integristas”. Se trata por supuesto de una categorización que autoriza subdivisiones, matices y combinaciones; sin embargo cada una de estas categorías posee su “dispositivo político-ideológico de referencia”, su “sistema decisivo de valores políticos”, lo que da toda su pertinencia heurística a la tipología y facilita la comprensión de la riqueza y de la complejidad de “las” actitudes y discursos árabes.

Desde muy pronto, numerosos intelectuales se levantaron contra las ideologías fascistas europeas y contra el trágico callejón sin salida al que podían conducir los discursos miopes que querían hacer de la Alemania nazi, enemiga del enemigo británico, un “aliado objetivo”. Igualmente, si ciertos individuos y corrientes, particularmente en los medios nacionalistas, pudieron ser seducidos por los discursos y el modo de organización fascistas, es erróneo, por no decir deshonesto, fijar las organizaciones nacionalistas árabes en la ideología y la postura fascistas, al ser sus fuentes de inspiración tan diversas y fluctuantes, puesto que utilizaron igualmente el marxismo, el Islam o el liberalismo político. En fin, si es evidente que una retórica y violencias antisemitas se han desarrollado en el mundo árabe, y de forma particularmente marcada en los medios integristas musulmanes y ultranacionalistas, ningún atajo es posible: los discursos y actos antisemitas fueron vivamente denunciados y combatidos, incluso en nombre del anticolonialismo y/o el Islam, y no fueron una exclusiva de los musulmanes. Así, contrariamente a una leyenda sabiamente mantenida, incluso por universitarios de estatura internacional como Bernard Lewis, la primera traducción al árabe de los innobles Protocolos de los Sabios de Sión no fue obra del periódico palestino Filastin sino la de un cura maronita, publicada en El Cairo, luego en Palestina en una revista católica de Jerusalén.

El “eslabón que faltaba” : el Mufti

En el ejercicio intelectual que consiste en establecer una filiación entre el antisemitismo nazi y las reivindicaciones nacionales palestinas, hay una figura insoslayable: el Mufti de Jerusalén. Amin al-Husseini es, en efecto, regularmente exhibido, y ya desde la inmediata posguerra, como la prueba irrefutable de la colaboración entre “los” palestinos y los Nazis, incluso en la ejecución de la Solución Final. En la guerra de las memorias y los relatos que se abrió tras la Shoah, el arma de desinformación masiva “Mufti” ocupa un lugar extraordinariamente señalado.

Al-Husseini, figura del nacionalismo palestino en los años 1930-1940, expresó muy pronto sus simpatías por la Italia fascista y la Alemania nazi. Una visión binaria del combate nacionalista (“el enemigo de mi potencia mandataria…”) a la que se añadía un antijudaísmo de inspiración teológico-política fueron la fuente de este compromiso. Durante la Segunda Guerra Mundial se reunió en Europa con los dirigentes de las potencias del Eje, ante los que jugó un papel de colaborador y de propagandista. Invitó regularmente, mediante discursos imprimidos y retransmitidos por radio, a los árabes y los musulmanes a unirse al campo de Roma y Berlín, multiplicando las diatribas antibritánicas y antijudías. Informado ya en el verano de 1943 del genocidio en curso, prosiguió su colaboración con el Eje y continuó escribiendo misivas a los dirigentes de los países de Europa central y oriental para pedirles que impidieran a los judíos emigrar a Palestina, llegando incluso hasta recomendar con altivez al gobierno húngaro enviarlos más bien a Polonia.

No se trata en forma alguna de discutir el papel manifiesto del Mufti que se hizo, por ello, cómplice de los genocidas nazis. Es lícito, en cambio, preguntarse si su actitud es reveladora de una complicidad “de los” palestinos, a la luz particularmente del impacto real de sus llamamientos a unirse a las tropas del Eje. Sin embargo las diversas fuentes reagrupadas por Achcar lo confirman: las exhortaciones del Mufti no convencieron a mucha gente. En mayo de 1942, la unidad árabe de la Wehrmacht no contaba más que con 130 hombres, mientras que la “Legión árabe”, puesta en pie por la Italia mussoliniana, no contó más que con … 18 palestinos, de los que solo 8 sirvieron efectivamente. Si se compara esta última cifra con el número de palestinos que combatieron en el seno del ejército británico (9.000), se toma la medida del carácter ridículo de las acusaciones de una colaboración palestina de gran amplitud con las potencias del Eje.

En la historiografía proisraelí de la Segunda Guerra Mundial y de la Shoah, el Mufti ocupa de hecho un lugar inversamente proporcional a su influencia y su representatividad reales. Ejemplo citado por Achcar, en la Encyclopedia of the Holocaust, publicada en Nueva York en 1990 en asociación con Yad Vashem, el artículo que trata sobre el Mufti es más largo que los consagrados a dignatarios nazis como Himmler, Goering, Goebbels, Heydrich o Eichmann. En el memorial Yad Vashem mismo, el Mufti figura en un lugar importante. Tanto en un caso como en otro, se trata de dar cuerpo a la idea de que Amin Al-Husseini jugó un papel central en el genocidio y acreditar, de forma a penas velada, la tesis de la complicidad palestina en la Shoah y de la continuidad entre “la actitud” árabe durante la guerra (encarnada por el Mufti) y la hostilidad contra Israel. Una sobreestimación de la influencia del Mufti y de los atajos que permiten sostener, contra las evidencias históricas, que la tragedia de los palestinos no es sino el precio lógico de su pretendida participación en el genocidio.

El post-1948

La historiografía sionista y prosioinista se ha dedicado igualmente a establecer filiaciones entre la actitud y las convicciones del Mufti y las de numerosos dirigentes nacionalistas árabes y palestinos. En la última parte de su obra, Achcar se plantea discutir esa tesis y, apoyándose en documentación, establecer de nuevo que no es posible ninguna simplificación reductora.

Los dirigentes nacionalistas árabes, Nasser a la cabeza, fueron constantemente acusados de antisemitismo a fin de deslegitimar sus críticas a Israel: si criticaban la política belicosa del “estado de los judíos”, ello no podía ser por razones fundadas en la realidad de esta política, sino necesariamente a causa de su “odio a los judíos”. El trabajo de Gilbert Achcar demuestra ampliamente que estas acusaciones son infundadas y no se basan más que en fuentes documentales parciales y de una interpretación forzada, particularmente en el caso de Nasser. Nada parece en efecto permitir decir que este último era un antisemita, ni siquiera pretender, como algunos se obstinan en hacerlo, que practicaba la amalgama entre judíos y sionistas: “En realidad, la distinción entre judíos y sionistas estaba bien establecida en la ideología oficial del Egipto nasserista, y el propio Nasser lo expresó en palabras e incluso en actos”.

La “larga marcha de la OLP” hacia el reconocimiento de Israel y la elección de una solución “de dos estados” es igualmente reveladora de la complejidad de la reflexión palestina sobre la “cuestión judía” y de la toma en cuenta, durante los años 1970, de la suerte de los judíos israelíes en toda perspectiva de arreglo del conflicto. Desde un radicalismo ultranacionalista al reconocimiento de facto del estado de Israel, el camino recorrido fue largo y da fe del hecho de que un antisemitismo atávico no es en absoluto el motor de la lucha nacional palestina. Todo el mundo debería además comprender la especificidad de la relación de los palestinos con la Shoah, tragedia histórica de la que no se sienten en absoluto responsables pero que les es sistemáticamente opuesta para justificar su propia tragedia. De ahí las actitudes que van desde la indiferencia a una ignorancia a menudo fingida, que no se trata de justificar o de defender sino de explicar y comprender para no reforzarlas estigmatizándolas.

Pues desgraciadamente el fracaso del nacionalismo y de la izquierda árabes, y luego de la OLP, ha participado en gran medida en una recuperación de corrientes islámicas portadoras de un discurso claramente menos “ilustrado” hacia los judíos y la Shoah. El eco, a partir de mediados de los años 1990, de las tesis de Roger Garaudy o la retórica detestable del presidente iraní Ahmadineyad encarnan esta trágica regresión. Pero una vez más, el rigor implica tomar la medida de las numerosas críticas hacia iniciativas que saludaban a Garaudy o la conferencia negacionista organizada en Teherán en diciembre de 2006. “’Basta de estupideces’ tituló (durante la Conferencia) un editorial en el periódico de izquierdas Al-Akhbar de Beyrut, considerado cercano a la resistencia de Hezbolá”. En el seno mismo de Hamas y de Hezbolá, son perceptibles evoluciones, tanto en los discursos de Hassan Nasralá o en los debates sobre la revisión de la Carta de Hamas. La honradez impone no blanquear estas corrientes pero también comprender que son organizaciones políticas pragmáticas y en evolución. Poner el conjunto de las poblaciones y organizaciones árabes y/o musulmanas, incluyendo las corrientes islamistas, en el cajón de “antisemitas”, no puede sino empujarlas a los brazos de los verdaderos antisemitas y negacionistas de la región.

Palabras prostituídas

La analogía entre política israelí y política nazi, frecuente entre los palestinos y en el mundo árabe, ha sido mostrada a menudo como una prueba de relativismo (antisemita), incluso de negacionismo. Es evidente que tales analogías son históricamente falsas y políticamente desastrosas. Pero deberíamos tener presente que los palestinos no tienen el monopolio de este tipo de analogía, a menudo empleada por los Estados Unidos e … Israel. Nasser, Saddam Hussein, Yasser Arafat… fueron comparados con Hitler. Durante el asedio de Beirut en 1982, el primer ministro israelí Menahem Begin osó establecer un paralelo con el asalto sobre Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Son en realidad muy a menudo quienes reprochan a los palestinos hacer dudosas amalgamas quienes las practican a su vez, en nombre de un pseudo-monopolio memorial que prohíbe, de hecho, sacar toda lección colectiva y universal de la Shoah. Son también a menudo ellos, quienes exigen a los palestinos que tomen en cuenta el peso de esa tragedia, quienes se niegan a reconocer las responsabilidades de Israel en la Catástrofe palestina de 1948, la Nakba.

Además, a fuerza de acusar a los palestinos y al resto de las poblaciones árabes de querer preparar una “nueva Shoah”, se banaliza el término y la tragedia a la que se refiere. Calificando de antisemita toda crítica árabe de Israel y no intentando establecer la diferencia, cuando se demuestra, entre un antisemitismo suscitado por la opresión de un estado que se dice “estado de los judíos”, y el antisemitismo europeo de los siglos XIX y XX, se vacía de su contenido el término mismo de antisemitismo. No se trata de negar que haya “verdaderos” antisemitas en Medio Oriente. Se trata sin embargo de comprender, para mejor combatir a estos últimos, que lo que crea las condiciones para que este antisemitismo tenga una audiencia, es ante todo la política de Israel, pretendidamente llevada a cabo “en nombre de los judíos”, la referencia sistemática a la Shoah como acontecimiento que justifica todas las opresiones y la retórica de “guerra de civilización”, exacto simétrico de los discursos de los integristas más reaccionarios.

Desgraciadamente, la lucha contra el antisemitismo y por la memoria de la Shoah parece a menudo una excusa para deslegitimar toda crítica a Israel. ¿Cómo comprender, en caso contrario, que numerosas acusaciones sean reservadas solo a los adversarios de Israel? Como recuerda Gilbert Achcar, el presidente egipcio Anwar al-Sadat era un “antijudío notorio”. Fue sin embargo aclamado en la Knesset en 1977. Sin duda debido a que iba a firmar los Acuerdos de Camp David, considerados en el mundo árabe como una capitulación frente a Israel. Igualmente, el presidente palestino Mahmud Abbas, considerado como “razonable” y “pragmático” por Israel y los Estados Unidos, escribió en 1983 un prefacio a una obra de Faurisson sobre las cámaras de gas, antes de publicar una tesis de doctorado que contenía elementos negacionistas. Los más optimistas podrán hablar de una lucha de geometría variable contra el antisemitismo; los más pesimistas no verán ahí ninguna lucha.

Debido a que está convencido del peso de las palabras y de la profundidad de las heridas, Gilbert Achcar afirma que no hay que negar o instrumentalizar los dolores, pasados y presentes. En la conclusión de su obra, invita a tomar la medida de las tragedias vividas por el Otro. Con un optimismo “mesurado”, indica que un cierto número de signos indican la posibilidad de un “reconocimiento mutuo” de las tragedias. Entre esos signos, las notables evoluciones de sionistas convencidos como Abraham Burg o la iniciativa de los palestinos de Ni´lin, pueblo símbolo de la lucha contra el Muro, que inauguraron en 2009 una exposición sobre la Shoah. La política actual del gobierno israelí y los riesgos de nuevos enfrentamientos indican sin embargo que el camino a recorrer es aún bien largo. Este notable libro es una herramienta indispensable para quienes se niegan a ceder ante el chantaje o la fatalidad y siguen convencidos de que “allí donde hay una voluntad, hay un camino”.


Gilbert Achcar, Les Arabes et la Shoah. La guerre israélo-arabe des récits, Sinbad, Actes Sud, 2009, 528 pages.

Artículo publicado en Contretemps, número 6.
Traducido de http://juliensalingue.over-blog.com/

Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR







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