No podemos seguir ignorando el papel de las grandes tecnológicas en el afianzamiento de la desigualdad mundial. Para reducir las fuerzas del capitalismo digital, necesitamos un Digital Tech Deal ecosocialista.

En apenas unos pocos años, el debate sobre cómo frenar a las grandes empresas tecnológicas, discutido en todo el espectro político, se ha hecho mainstream. Sin embargo, hasta ahora las propuestas de regulación fallan a la hora de abordar las dimensiones capitalista, imperialista y medioambiental del poder digital, que juntas están agravando la desigualdad global y acercando al planeta al colapso. Necesitamos urgentemente construir un ecosistema digital ecosocialista, pero ¿cómo sería este ecosistema y cómo podemos llegar a él?

Este ensayo pretende poner de relieve algunos de los elementos centrales para una agenda socialista digital -un Digital Tech Deal (DTD)- centrada en los principios del antiimperialismo, la abolición de clases, las reparaciones y el decrecimiento, que puede llevarnos a transitar hacia una economía socialista del siglo XXI. Se basa en propuestas de transformación, así como en la ampliación de modelos existentes,  para tratar de integrarlos con otros movimientos que impulsan alternativas al capitalismo, en particular el movimiento por el decrecimiento. La escala de la transformación necesaria es enorme, pero esperamos que este intento de esbozar un Digital Tech Deal socialista provoque una mayor ámplia lluvia de ideas y motive el debate sobre cómo sería un ecosistema digital igualitario y los pasos que podríamos dar para llegar a él.

El capitalismo digital y los problemas del antitrust
Las críticas progresistas al sector tecnológico suelen proceder de un marco capitalista dominante centrado alrededor del antitrust (el derecho de defensa de la competencia), los derechos humanos y el bienestar de los trabajadores. Formuladas por académicos de élite, periodistas, grupos de reflexión y responsables políticos del Norte Global, promueven una agenda reformista con centro en Europa-EEUU y que asume la continuidad del capitalismo, el imperialismo occidental y el crecimiento económico.

El reformismo  antitrust es especialmente problemático porque asume que el problema de la economía digital es simplemente el tamaño y las "prácticas desleales" de las grandes empresas y no el capitalismo digital en sí mismo. Las leyes  antitrust se crearon en Estados Unidos para promover la competencia y frenar las prácticas abusivas de los monopolios (entonces llamados trusts) a finales del siglo XIX. Gracias a la enorme escala y poder de las grandes empresas tecnológicas contemporáneas, estas leyes vuelven a estar a la orden del día, y sus defensores señalan cómo las grandes empresas no sólo socavan a los consumidores, los trabajadores y las pequeñas empresas, sino que incluso desafían los fundamentos de la propia democracia.

Los defensores de las leyes  antitrust argumentan que los monopolios distorsionan un sistema capitalista por lo demás ideal y que lo que se necesita es igualdad de condiciones para que todos puedan competir. Sin embargo, la competencia sólo es buena para quienes tienen recursos con los que competir. Más de la mitad de la población mundial vive con menos de 7,40 dólares al día, y nadie se para a preguntar cómo van a "competir" en el "mercado competitivo" que imaginan los defensores occidentales del  antitrust. Esto es aún más desalentador para los países de renta baja y media si se tiene en cuenta la naturaleza en gran medida sin fronteras de Internet.

A un nivel más amplio, como argumenté en un artículo anterior publicado en ROAR, los defensores del  antitrust ignoran la división desigual global del trabajo y el intercambio de bienes y servicios que se ha profundizado con la digitalización de la economía global. Empresas como Google, Amazon, Meta, Apple, Microsoft, Netflix, Nvidia, Intel, AMD y muchas otras son tan grandes porque poseen la propiedad intelectual y los medios de computación que se utilizan en todo el mundo. Los pensadores antitrust, especialmente los estadounidenses, acaban borrando sistemáticamente del panorama al imperio estadounidense y al Sur Global.

Las iniciativas antimonopolio europeas no son mejores. Allí, los responsables políticos que resoplan y resoplan sobre los males de las grandes tecnológicas están intentando en silencio construir sus propios gigantes tecnológicos. El Reino Unido aspira a producir su propio gigante de un billón de dólares. El presidente Emanuel Macron invertirá 5.000 millones de euros en empresas tecnológicas emergentes con la esperanza de que Francia tenga al menos 25 de los llamados unicornios (empresas valoradas en 1.000 millones de dólares o más) en 2025. Alemania está invirtiendo 3.000 millones de euros para convertirse en una potencia mundial de la inteligencia artificial y en líder mundial (es decir, colonizador del mercado) de la industrialización digital. Por su parte, Holanda aspira a convertirse en una nación unicornio. Y en 2021, la muy elogiada comisaria de Competencia de la Unión Europea, Margrethe Vestager, afirmó que Europa necesita construir sus propios gigantes tecnológicos europeos. Como parte de los objetivos digitales de la UE para 2030, Vestager dijo que la UE pretende "duplicar el número de unicornios europeos desde los 122 actuales".

En lugar de oponerse de base a las grandes corporaciones tecnológicas, los responsables políticos europeos son oportunistas que buscan ampliar su propia porción del pastel.

Otras medidas capitalistas y reformistas propuestas, como la fiscalidad progresiva, el desarrollo de nuevas tecnologías como opción pública y la protección de los trabajadores, siguen sin abordar las causas profundas y los problemas centrales. El capitalismo digital progresista es mejor que el neoliberalismo. Pero tiene una orientación nacionalista, no puede evitar el colonialismo digital y mantiene su compromiso con la propiedad privada, el beneficio, la acumulación y el crecimiento.

Emergencia medioambiental y tecnología
Otros puntos ciegos importantes para los reformistas digitales son las crisis gemelas del cambio climático y la destrucción ecológica que ponen en peligro la vida en la Tierra.

Cada vez hay más pruebas de que las crisis medioambientales no pueden solucionarse dentro de un marco capitalista basado en el crecimiento, que no sólo aumenta el consumo de energía y las emisiones de carbono resultantes, sino que también ejerce una enorme presión sobre los sistemas ecológicos.

El PNUMA calcula que las emisiones deben reducirse un 7,6% cada año entre 2020 y 2030 para cumplir el objetivo de mantener el aumento de la temperatura por debajo de 1,5 grados. Las evaluaciones académicas estiman el límite sostenible de extracción mundial de materiales en unos 50.000 millones de toneladas de recursos al año, pero en la actualidad estamos extrayendo 100.000 millones de toneladas al año, beneficiando en gran medida a los ricos y al Norte Global.

El decrecimiento debe aplicarse en el futuro inmediato. Las ligeras reformas del capitalismo pregonadas por los progresistas seguirán destruyendo el medio ambiente. Aplicando el principio de precaución, no podemos permitirnos el riesgo de una catástrofe ecológica permanente. El sector tecnológico no es un mero espectador, sino uno de los principales impulsores de estas tendencias.

Según un informe reciente, en 2019, las tecnologías digitales -definidas como redes de telecomunicaciones, centros de datos, terminales (dispositivos personales) y sensores IoT (Internet of things o internet de las cosas)- aportaron el 4 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, y su uso de energía ha aumentado un 9 por ciento anual.

Y por elevado que pueda parecer, es probable que subestime el uso de energía por parte del sector digital. Según un informe de 2022, los gigantes tecnológicos no se han comprometido a reducir las emisiones de toda su cadena de valor. Empresas como Apple afirman ser "neutras en carbono" para 2030, pero esto "actualmente incluye sólo las operaciones directas, que representan un microscópico 1,5% de su huella de carbono".

Además de sobrecalentar el planeta, la extracción de minerales utilizados en electrónica -como el cobalto, el níquel y el litio- en lugares como la República Democrática del Congo, Chile, Argentina y China es ecológicamente destructiva.

Y luego está el papel fundamental de las empresas digitales en el apoyo a otras formas de extracción insostenible. Las grandes tecnológicas ayudan a las empresas a explorar y explotar nuevas fuentes de combustibles fósiles y a digitalizar la agricultura industrial. El modelo de negocio del capitalismo digital gira en torno a la publicidad para promover el consumo masivo, uno de los principales motores de la crisis medioambiental. Mientras tanto, muchos de sus ejecutivos multimillonarios tienen una huella de carbono miles de veces superior a la de los consumidores medios del Norte Global.

Los reformistas digitales dan por sentado que las grandes empresas tecnológicas pueden desvincularse de las emisiones de carbono y del uso excesivo de recursos, por lo que centran su atención en las actividades y emisiones concretas de cada empresa. Sin embargo, la idea de "desvincular" el crecimiento del uso de recursos materiales ha sido cuestionada por los estudiosos, que señalan que el uso de recursos sigue de cerca el crecimiento del PIB a lo largo de la historia. Los investigadores han descubierto recientemente que el desplazamiento de la actividad económica hacia los servicios, incluidas las industrias intensivas en conocimiento, tiene un potencial limitado para reducir el impacto medioambiental global debido al aumento de los niveles de consumo doméstico de los trabajadores de los servicios.

En resumen, los límites del crecimiento lo cambian todo. Si el capitalismo es ecológicamente insostenible, las políticas digitales deben adaptarse a esta cruda y desafiante realidad.

El socialismo digital y sus elementos básicos
En un sistema socialista, la propiedad es común. Los medios de producción son controlados directamente por los propios trabajadores a través de cooperativas de trabajo asociado, y la producción se destina al uso y la necesidad más que al intercambio, el beneficio y la acumulación. El papel del Estado es disputado entre los socialistas: algunos defienden que la gobernanza y la producción económica deben estar lo más descentralizadas posible, mientras que otros abogan por un mayor grado de planificación estatal.

Estos mismos principios, estrategias y tácticas se aplican a la economía digital. Un sistema de socialismo digital eliminaría progresivamente la propiedad intelectual, socializaría los medios de computación, democratizaría los datos y la inteligencia digital y pondría el desarrollo y el mantenimiento del ecosistema digital en manos de comunidades de dominio público.

Muchos de los componentes básicos de una economía digital socialista ya existen. El software libre y de código abierto (FOSS) y las licencias Creative Commons, por ejemplo, proporcionan el software y las licencias para un modo de producción socialista. Como señala James Muldoon en Platform Socialism, proyectos urbanos como DECODE (DEcentralised Citizen-owned Data Ecosystems) proporcionan herramientas de interés público de código abierto para actividades comunitarias en las que los ciudadanos pueden acceder y aportar datos, desde los niveles de contaminación atmosférica hasta peticiones en línea y redes sociales vecinales, al tiempo que conservan el control sobre los datos compartidos. Las cooperativas de plataformas, como la plataforma de reparto de comida Wings en Londres, ofrecen un destacado modelo de lugar de trabajo en el que los trabajadores organizan su labor a través de plataformas de código abierto de propiedad colectiva y controladas por los propios trabajadores. También existe una alternativa asocialista de medios sociales en el Fediverso, un conjunto de redes sociales que interoperan utilizando protocolos compartidos, que facilitan una descentralización de las comunicaciones sociales en línea.

Pero estos elementos básicos necesitarían un cambio político para prosperar. Proyectos como Fediverse, por ejemplo, no pueden integrarse en sistemas cerrados ni competir con los ingentes recursos concentrados de empresas como Facebook. Por lo tanto, sería necesario una serie de cambios políticos radicales para obligar a las grandes redes de medios sociales a interoperar, descentralizarse internamente, abrir su propiedad intelectual (por ejemplo, el software propietario), poner fin a la publicidad forzada (publicidad a la que es sometida la gente a cambio de servicios "gratuitos"), subvencionar el alojamiento de datos para que los individuos y las comunidades -no el Estado ni las empresas privadas- puedan poseer y controlar las redes y llevar a cabo la moderación de contenidos. De este modo, los gigantes tecnológicos dejarían de existir.

La socialización de la infraestructura también tendría que equilibrarse con sólidos controles de la privacidad, restricciones a la vigilancia estatal y el retroceso del estado de seguridad carcelaria. En la actualidad, el Estado explota la tecnología digital con fines coercitivos, a menudo en colaboración con el sector privado. Las poblaciones inmigrantes y las personas que se desplazan son el blanco de una combinación de cámaras, aviones, sensores de movimiento, drones, video-vigilancia y biometría. El Estado centraliza cada vez más los registros y los datos de los sensores en centros de fusión y centros de delincuencia en tiempo real para vigilar, predecir y controlar a las comunidades. Las comunidades marginadas y racializadas y los activistas son un objetivo desproporcionado del Estado de vigilancia de alta tecnología. Estas prácticas deben prohibirse mientras los activistas trabajan para acabar y abolir estas instituciones de violencia organizada.

El acuerdo tecnológico digital
Los gigantes tecnológicos, la propiedad intelectual y la propiedad privada de los medios de computación están profundamente arraigadas en la sociedad digital, y no pueden desactivarse de la noche a la mañana. Por lo tanto, para sustituir el capitalismo digital por un modelo socialista, necesitamos una transición planificada hacia el socialismo digital.

Los ecologistas han propuesto nuevos "acuerdos" que esbozan la transición a una economía verde. Las propuestas reformistas como el Green New Deal estadounidense y el Green Deal europeo operan dentro de un marco capitalista que conserva los perjuicios del capitalismo, como el crecimiento terminal, el imperialismo y la desigualdad estructural. Por el contrario, los modelos ecosocialistas, como el Red Deal de la Nación Roja, el Acuerdo de Cochabamaba y la Carta de Justicia Climática de Sudáfrica, ofrecen mejores alternativas. Estas propuestas reconocen los límites del crecimiento e incorporan los principios igualitarios necesarios para una transición justa hacia una economía verdaderamente sostenible.

Sin embargo, ni los acuerdos rojos ni los verdes incorporan planes para el ecosistema digital, a pesar de su relevancia central para la economía moderna y la sostenibilidad medioambiental. A su vez, el movimiento de justicia digital ha ignorado casi por completo las propuestas de decrecimiento y la necesidad de integrar su evaluación de la economía digital en un marco ecosocialista. La justicia medioambiental y la justicia digital van de la mano, y ambos movimientos deben vincularse para alcanzar sus objetivos.

Para ello, propongo un ecosocialista Digital Tech Deal que encarne los valores entrecruzados del antiimperialismo, la sostenibilidad medioambiental, la justicia social para las comunidades marginadas, el empoderamiento de los trabajadores, el control democrático y la abolición de clases. He aquí diez principios para guiar dicho programa:

1. Garantizar que la economía digital se sitúe dentro de los límites sociales y planetarios
Nos enfrentamos a la realidad de que los países más ricos del Norte ya han emitido más de la parte que les corresponde del presupuesto de carbono, y esto también es cierto en el caso de la economía digital dirigida por las grandes empresas tecnológicas, que está beneficiando desproporcionadamente a los países más ricos. Por tanto, es imprescindible garantizar que la economía digital se sitúe dentro de los límites sociales y planetarios. Tendríamos que establecer un límite científicamente fundamentado sobre la cantidad y los tipos de materiales que pueden utilizarse y podrían tomarse decisiones sobre qué recursos materiales (por ejemplo, biomasa, minerales, portadores de energía fósil, minerales metálicos) deberían dedicarse a qué uso (por ejemplo, nuevos edificios, carreteras, electrónica, etc.) en qué cantidades y para qué personas. Podrían establecerse deudas ecológicas que obliguen a aplicar políticas redistributivas del Norte al Sur, de los ricos a los pobres.

2. Eliminación progresiva de la propiedad intelectual
La propiedad intelectual, especialmente en forma de derechos de autor y patentes, da a las empresas el control sobre el conocimiento, la cultura y el código que determina cómo funcionan las aplicaciones y los servicios, lo que les permite maximizar la participación de los usuarios, privatizar la innovación y extraer datos y rentas. El economista Dean Baker estima que las rentas de la propiedad intelectual cuestan a los consumidores un billón de dólares más al año en comparación con lo que podría obtenerse en un "mercado libre" sin monopolios de patentes o derechos de autor. La eliminación progresiva de la propiedad intelectual en favor de un modelo basado en el pro-común para compartir el conocimiento reduciría los precios, ampliaría el acceso y mejoraría la educación para todos y funcionaría como una forma de redistribución de la riqueza y de reparación al Sur Global.

3. Socializar las infraestructuras físicas
Infraestructuras físicas como las granjas de servidores en nube, las torres de telefonía móvil, las redes de fibra óptica y los cables submarinos transoceánicos benefician a quienes las poseen. Existen iniciativas de proveedores de servicios de Internet gestionados por la comunidad y redes de malla inalámbricas que pueden ayudar a poner estos servicios en manos de las comunidades. Algunas infraestructuras, como los cables submarinos, podrían ser mantenidas por un consorcio internacional que las construyera y mantuviera a precio de coste para el bien público y no para el beneficio.

4. Sustituir la inversión privada de la producción por subvenciones y producción públicas.
La Cooperativa Digital Británica de Dan Hind es quizá la propuesta más detallada de cómo podría funcionar un modelo socialista de producción en el contexto actual. Según el plan, "las instituciones del sector público, incluidos los gobiernos locales, regionales y nacionales, proporcionarán lugares donde los ciudadanos y los grupos más o menos cohesionados puedan reunirse y asegurarse una reivindicación sobre lo político". Potenciada por datos abiertos, algoritmos transparentes, software y plataformas de código abierto y promulgada mediante una planificación democrática participativa, tal transformación facilitaría la inversión, el desarrollo y el mantenimiento del ecosistema digital y de la economía en general.

Aunque Hind imagina su despliegue como una opción pública dentro de un solo país - compitiendo con el sector privado - podría proporcionar una base preliminar para la socialización completa de la tecnología. Además, podría ampliarse para incluir un marco de justicia global que proporcione infraestructuras como reparación al Sur Global, de forma similar a como las iniciativas de justicia climática presionan a los países ricos para que ayuden al Sur Global a sustituir los combustibles fósiles por energía verde.

5. Descentralizar Internet
Los socialistas llevan mucho tiempo abogando por descentralizar la riqueza, el poder y la gobernanza en manos de los trabajadores y las comunidades. Proyectos como FreedomBox ofrecen software libre y de código abierto para alimentar servidores personales de bajo coste que pueden alojar y enrutar colectivamente datos para servicios como el correo electrónico, el calendario, las aplicaciones de chat, las redes sociales y otros. Otros proyectos, como Solid, permiten a los usuarios alojar sus datos en "pods" que ellos mismos controlan. Los proveedores de aplicaciones, redes sociales y otros servicios pueden entonces acceder a los datos en condiciones aceptables para los usuarios, que conservan el control sobre sus datos. Estos modelos podrían ampliarse para ayudar a descentralizar Internet sobre una base socialista.

6. Socializar las plataformas
Plataformas de Internet como Uber, Amazon y Facebook centralizan la propiedad y el control como intermediarios privados que se interponen entre los usuarios de sus plataformas. Proyectos como Fediverse y LibreSocial ofrecen un modelo de interoperabilidad que podría extenderse más allá de las redes sociales. Los servicios que no pueden simplemente interoperar podrían socializarse y funcionar a precio de coste para el bien público en lugar de para el beneficio y el crecimiento.

7. Socializar la inteligencia digital y los datos 
Los datos y la inteligencia digital derivada de ellos son una fuente importante de riqueza económica y poder. En su lugar, la socialización de los datos integraría valores y prácticas de privacidad, seguridad, transparencia y toma de decisiones democrática en la forma en que se recopilan, almacenan y utilizan los datos. Podría basarse en modelos como el Proyecto DECODE de Barcelona y Ámsterdam.

8. Prohibir la publicidad forzada y el consumismo de plataforma
La publicidad digital impulsa un flujo constante de propaganda corporativa diseñada para manipular al público y estimular el consumo. Muchos servicios "gratuitos" se alimentan de anuncios, estimulando aún más el consumismo precisamente en un momento en el que está poniendo en peligro el planeta. Plataformas como Google Search y Amazon están construidas para maximizar el consumo, ignorando los límites ecológicos. En lugar de la publicidad forzada, la información sobre productos y servicios podría alojarse en directorios y acceder a ella de forma voluntaria.

9. Sustituir los aparatos militares, policiales, penitenciarios y de seguridad nacional por servicios de seguridad impulsados por la comunidad.
La tecnología digital ha aumentado el poder de la policía, el ejército, las prisiones y las agencias de inteligencia. Algunas tecnologías, como las armas autónomas, deberían prohibirse, ya que no tienen ninguna utilidad práctica más allá de la violencia. Otras tecnologías impulsadas por la IA, que podrían tener aplicaciones socialmente beneficiosas, deberían regularse estrictamente, adoptando un enfoque conservador para limitar su presencia en la sociedad. Los activistas que presionan para reducir la vigilancia estatal masiva deberían unirse a los que presionan por la abolición de la policía, las prisiones, la seguridad nacional y el militarismo, además de a las personas atacadas por estas instituciones.

10. Acabar con la brecha digital
La brecha digital suele referirse al acceso individual desigual a los recursos digitales como dispositivos informáticos y datos, pero también debería abarcar la forma en que la infraestructura digital, como las granjas de servidores en la nube y las instalaciones de investigación de alta tecnología, son propiedad y están dominadas por los países ricos y sus corporaciones. Como forma de redistribución de la riqueza, el capital podría redistribuirse mediante impuestos y un proceso de reparaciones que subvencione dispositivos personales y conectividad a Internet a los pobres del mundo y proporcionar infraestructuras, como infraestructuras en la nube e instalaciones de investigación de alta tecnología, a las poblaciones que no pueden permitírselas.

¿Cómo hacer realidad el Socialismo Digital?
Se necesitan cambios radicales, pero hay una gran distancia entre lo que hay que hacer y dónde nos encontramos ahora. No obstante, hay algunos pasos fundamentales que podemos y debemos dar.

En primer lugar, es esencial concienciar, promover la educación e intercambiar ideas dentro de las comunidades y entre ellas para que juntos podamos cocrear un nuevo marco para la economía digital. Para ello, es necesaria una crítica clara del capitalismo digital y del colonialismo.

Será difícil que se produzca un cambio de este tipo si se mantiene intacta la producción concentrada de conocimiento. Las universidades de élite, las empresas de comunicación, los grupos de reflexión, las ONG y los investigadores BigTech del Norte Global dominan la conversación y establecen la agenda en torno a cómo arreglar el capitalismo, limitando y restringiendo los parámetros de esa conversación. Necesitamos medidas para despojarles de su poder, como abolir el sistema de clasificación de las universidades, democratizar las aulas y poner fin a la financiación de empresas, filántropos y grandes fundaciones. Las iniciativas para descolonizar la educación -como el reciente movimiento de protesta estudiantil #FeesMustFall en Sudáfrica y la Endowment Justice Coalition en la Universidad de Yale- ofrecen ejemplos de los movimientos que serán necesarios.

En segundo lugar, necesitamos conectar los movimientos por la justicia digital con otros movimientos por la justicia social, racial y medioambiental. Los activistas de los derechos digitales deberían trabajar con ecologistas, abolicionistas, defensores de la justicia alimentaria, feministas y otros. Parte de este trabajo ya se está haciendo -por ejemplo, la campaña #NoTechForIce encabezada por Mijente, una red de base liderada por migrantes, está desafiando el suministro de tecnología para controlar inmigración en Estados Unidos-, pero aún se necesita más trabajo, especialmente en relación con el medio ambiente.

En tercer lugar, tenemos que intensificar la acción directa y la agitación contra las grandes tecnológicas y el imperio estadounidense. A veces es difícil movilizar apoyos en torno a temas aparentemente esotéricos, como la apertura de un centro de computación en nube en el Sur Global (por ejemplo, en Malasia) o la imposición del software de Big Tech en las escuelas (por ejemplo, en Sudáfrica). Esto es especialmente difícil en el Sur, donde la gente debe priorizar el acceso a los alimentos, el agua, la vivienda, la electricidad, la atención sanitaria y el empleo. Sin embargo, la resistencia exitosa a desarrollos como Free Basics de Facebook en India y la construcción de la sede de Amazon en tierras indígenas sagradas en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, muestran la posibilidad y el potencial de la oposición social.

Estas energías activistas podrían ir más allá y adoptar las tácticas de boicot, desinversión y sanciones (BDS), que los activistas contra el apartheid utilizaron para atacar a las empresas informáticas que vendían equipos al gobierno del apartheid en Sudáfrica. Los activistas podrían crear un movimiento #BigTechBDS, esta vez dirigido contra la existencia de gigantescas corporaciones tecnológicas. Los boicots podrían cancelar los contratos del sector público con los gigantes tecnológicos y sustituirlos por soluciones socialistas de tecnología popular. Las campañas de desinversión podrían obligar a instituciones como las universidades a desinvertir en las peores empresas tecnológicas. Y los activistas podrían presionar a los Estados para que apliquen sanciones específicas a las empresas tecnológicas estadounidenses, chinas y de otros países.

En cuarto lugar, debemos trabajar para construir cooperativas de trabajadores tecnológicos que puedan ser los cimientos de una nueva economía socialista digital. Existe un movimiento para sindicalizar a las grandes tecnológicas, lo que puede ayudar a proteger a los trabajadores tecnológicos en el camino. Pero sindicalizar a las grandes tecnológicas es como sindicalizar a las compañías de las Indias Orientales, al fabricante de armas Raytheon, a Goldman Sachs o a Shell: no es justicia social y es probable que sólo consiga reformas leves. Del mismo modo que los activistas sudafricanos contra el apartheid rechazaron los Principios Sullivan -un conjunto de normas y reformas para la responsabilidad social de las empresas que permitía a las empresas estadounidenses seguir obteniendo beneficios de sus negocios en la Sudáfrica del apartheid- y otras reformas leves, en favor de estrangular el sistema del apartheid, deberíamos aspirar a abolir por completo las grandes tecnológicas y el sistema del capitalismo digital. Y esto requerirá construir alternativas, comprometerse con los trabajadores de la tecnología, no para reformar lo irreformable, sino para ayudar a elaborar una transición justa para la industria.

Por último, personas de todas las profesiones y condiciones sociales deberían trabajar en colaboración con profesionales de la tecnología para desarrollar el plan concreto que constituiría un Digital Tech Deal. Hay que tomárselo tan en serio como los actuales "acuerdos" ecológicos para el medio ambiente. Con un Digital Tech Deal, algunos trabajadores -como los de la industria publicitaria- perderían su empleo, por lo que tendría que haber una transición justa para los trabajadores de estas industrias. Los trabajadores, científicos, ingenieros, sociólogos, abogados, educadores, activistas y el público en general podrían reflexionar colectivamente sobre cómo hacer práctica esa transición.

Hoy en día, el capitalismo progresista se considera la solución más práctica al auge de las grandes empresas tecnológicas. Sin embargo, estos mismos progresistas no han reconocido los daños estructurales del capitalismo, la colonización tecnológica liderada por Estados Unidos y el imperativo del decrecimiento. No podemos quemar las paredes de nuestra casa para mantenernos calientes. La única solución práctica es hacer lo necesario para evitar que destruyamos nuestro único hogar, y esto debe integrar la economía digital. El socialismo digital, hecho realidad mediante un Digital Tech Deal, ofrece la mejor esperanza dentro del corto plazo que tenemos para un cambio drástico, pero tendrá que ser discutido, debatido y construido. Espero que este artículo invite a los lectores y a otras personas a construir colaborativamente en esta dirección.

Michael Kwet se doctoró en Sociología por la Universidad de Rhodes y es investigador invitado del Proyecto Sociedad de la Información de la Facultad de Derecho de Yale. Es autor de Digital colonialism: US empire and the new imperialism in the Global South, presentador del podcast Tech Empire, y ha publicado en VICE News, The Intercept, The New York Times, Al Jazeera y Counterpunch.

https://longreads.tni.org/digital-ecosocialism

Traducción: viento sur

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