Original en euskera: Energia trantsizioaren lema berreskuratuz

Ya es hora de que el pueblo tome en sus manos el timón de la transición energética. Terminadas las conversaciones de la recién concluida COP26, en Glasgow, ha quedado manifiesto que por parte de los mandatarios internacionales no se toma en consideración la crisis climática. No hace falta ser un experto científico para ver que para llegar al objetivo de limitar la subida de la temperatura global a 1,5ºC, el camino principal es gastar menos energía (y energía más limpia). A pesar de ello, las organizaciones internacionales hacen previsiones en las que las necesidades energéticas no hacen sino crecer y crecer sin parar.

Si queremos sobrevivir como humanidad es necesaria una transición energética que deje de lado los combustibles fósiles. Y, aunque una revolución tecnológica pueda ayudar, el centro de esa transición estará en la sociedad y sus costumbres energéticas. Si queremos garantizar un modelo energético más justo y democrático, hay que dar prioridad a la participación individual y de las comunidades. Ellos son los agentes más comprometidos e informados en la defensa de los más desfavorecidos y de los territorios.

En este contexto, surgen, cada vez con más frecuencia, comunidades energéticas. Pero ¿qué son, en concreto? Hace unos veinte años, para hacer frente a problemas locales en medio ambiente y energía, activistas y ciudadanos de localidades comenzaron a cooperar: en Inglaterra, Corea del Sur, Patagonia, en otros lugares de Europa… Poco a poco, estas iniciativas cooperativas fueron denominadas comunidades energéticas o agrupaciones energéticas. Tal como ha demostrado la experiencia de los últimos años, las comunidades energéticas tienen una gran importancia en la aceleración y democratización de la transición energética.

Tan es así, que la Unión Europea decidió normativizar este ámbito de actividad ciudadana, mediante las directivas 2018/2001 y 2019/944. Por un lado, porque ante los problemas que surgen muchos agentes se ponen a pensar conjuntamente, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad (en alguna medida). Por otro lado, apoyar las acciones que uno mismo ha impulsado o acordado (ayuda económica, ofrecer tiempo, difundir información), encuentra menos resistencias. Por último, puestos ante el problema, se consiguen niveles altos de concienciación, y ello conlleva muchas consecuencias: nos damos cuenta del coste verdadero de producir energía (tanto coste económico, como coste medioambiental), conocemos las ventajas y desventajas de las distintas opciones tecnológicas que hay, nos hacemos sujetos activos en los procesos de transformación de la realidad y nos ponemos en condiciones de determinar nuestras prioridades en cuanto a las necesidades energéticas.

En el fondo, son comunidades (grupos) que dan pasos en mejorar la situación en una cuestión complicada como es la de la energía, mediante el trabajo colectivo de participación, de localidad a localidad. Las hay de forma y motivación diferentes: algunas se basan exclusivamente en las energías renovables; otras son impulsadas por las grandes empresas de la energía; algunas son impulsadas por ayuntamientos; o son impulsadas por cooperativas de ciudadanos.

Es evidente que el actual modelo energético está en manos de unas pocas empresas, y que ellas están dispuestas a hacer lo que sea para que aumenten sus beneficios: vaciar de golpe pantanos, alterar los mercados, quebrantar los derechos de personas de países empobrecidos… Por desgracia, las mencionadas directivas europeas no están integradas todavía en la legislación de Euskal Herria Sur. Y esas mencionadas empresas, aprovechando la falta de regulación en torno al tema, entre los productos que nos venden agresivamente puerta a puerta, han comenzado a ofrecer también comunidades energéticas, además, en algunos casos con apoyo y subvenciones de los gobernantes.

Las comunidades energéticas populares, junto con otros agentes, son la llave para abrir vías de organización y autogobierno, una de las claves, en nuestra opinión, para recuperar el timón de la transición energética; una oportunidad para garantizar a los ciudadanos el protagonismo durante todo el proceso (participación y decisión efectivas). Antes de formar parte de las comunidades energéticas que se nos ofrecen, deberíamos analizar bien, que tipo de normas se ofrecen en torno a la capacidad de decisión de los ciudadanos, en todos los pasos que se den por parte de la comunidad energética. Analicemos qué aportación económica y qué compromiso piden, y si se deja a alguien en la cuneta. Analicemos que nivel de consumo de energía tienen como referencia, y si ese nivel de consumo es posible para todas las personas del planeta. No dejemos las comunidades energéticas en manos de quienes no se preocupan nada por estas cuestiones. Hagamos las nuestras, y creemos organizaciones sin ánimo de lucro que tengan como objetivo fundamental el bienestar ecológico y ecosocial, y que respeten los ritmos y modos adecuados a las redes populares. Redes de gente del pueblo que se reforzarán con nuevas actividades.

No tiremos la toalla. Todavía podemos hacer nuestra aportación ante la crisis climática, empezando pueblo a pueblo, pero con una perspectiva a nivel mundial. Recuperemos el conocido lema del movimiento antiglobalización: Actuar localmente, pensar globalmente.

Izaro Basurko y Olatz Azurza, integrantes del grupo de investigación Ekopol

2/12/2021

https://www.berria.eus/paperekoa/2001/020/003/2021-12-02/energia-trantsizioaren-lema-berreskuratuz.htm

Traducción: Joseba Barriola

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