Las consecuencias de la insólita sequía que afectó a la parte europea de Rusia el verano pasado no salieron a relucir plenamente hasta el tercer trimestre de 2010, cuando aparecieron estadísticas precisas de la pérdida de vidas humanas y de bienes materiales. Pero desde el principio se contaba, en medio del marasmo de datos y opiniones de expertos, con una base sólida para formular una serie de pronósticos.
Muchas explotaciones agrícolas se irán al garete, no solo porque la ayuda pública va a parar sobre todo a manos de las grandes empresas agroalimentarias, sino también a causa del mercado de seguros. Las aseguradoras rusas son muy hábiles a la hora de eludir el pago de indemnizaciones. Además, la estadística revela que sólo el 50 % del espacio residencial quemado y el 20 % de los cultivos destruidos por la sequía estaban asegurados. La excepción, este año, ha sido Tatarstán, donde las autoridades apoyaron efectivamente programas de seguro de cultivos.
La sequía y sus consecuencias, especialmente los incendios, exacerbaron procesos que ya estaban en marcha debido a la lógica interna de la crisis económica global: la quiebra de los pequeños agricultores, el aumento de la inflación, el crecimiento de las importaciones de determinados productos y la pérdida de puestos de trabajo. La mayoría de expertos no dudan de que la sequía y los incendios han impulsado la inflación. El debate sobre las perspectivas inmediatas de la economía rusa puede resumirse en una pregunta: ¿habrá un declive o simplemente un profundo estancamiento?
Muchos expertos piensan que la sequía en Rusia, como la de Portugal y las inundaciones de varias regiones europeas, está estrechamente relacionada con el cambio climático global. Algunos no descartan la posibilidad de que se repita el desastre del verano. Pensar que puedan producirse incendios forestales en la región de Bryansk, donde hubo masivas precipitaciones de materia radiactiva a raíz del accidente de Chernóbil, pone los pelos de punta.
Una visita a los foros de internet de esta región revela que los habitantes de la zona exponen con todo lujo de detalles cómo la radiación en algunas zonas es más alta que la que reflejan los informes oficiales. Si la región de Bryansk se incendia como lo hizo la de Nishnyi Nóvgorod en 2010, junto con el humo de los bosques y las turberas ardiendo se liberarán a la atmósfera partículas radiactivas que no se sabe dónde volverán a depositarse.
Una crisis cada vez más profunda
Las reformas de finales de los años ochenta y de la década de los noventa, basadas en la economía de mercado, supusieron el colapso de un sistema bastante eficaz de detección y prevención de incendios que Rusia había heredado de la Unión Soviética. El sistema se mantuvo en Belarús, donde en 2010 los bosques se salvaron del fuego. Los nacionalistas de extrema derecha —incluidos los pretendidos vestigios de izquierda que sobrevivieron al Partido Comunista— aprovecharán esta circunstancia para defender el apoyo a la dictadura de Lukashenko.
Pero si el capitalismo confronta a los trabajadores explotados con la elección entre tiranía e incendios forestales, entonces lo que hay que hacer es destruir el capitalismo y reorganizar la sociedad sobre una base colectivista. Únicamente una sociedad colectivista podrá hacer frente a los incendios sin sucumbir ante la tiranía.
El presidente ruso Medvédev y el primer ministro Putin se desvivieron por demostrar su determinación de combatir la corrupción de la administración y los aumentos especulativos de los precios del pan y la leche. Pero son muy pocos los que creen seriamente que lo conseguirán, ya que la gente entiende que hay más autopromoción que un esfuerzo efectivo en todo esto. Los precios siguen aumentando rápidamente a pesar de las noticias sobre castigos a funcionarios y de las garantías de los políticos de que no habrá hambre en Rusia.
Tal vez no haya hambre, pero la vida de la gente de la calle se tornará mucho más difícil y la diferencia entre ricos y pobres, que ya es bastante grande, se agrandará todavía más. Según el ministerio de Desarrollo Económico, en la mayoría de regiones rusas los precios del alforfón, la harina, el trigo y la sal subieron más del 30 % tan solo en el mes de agosto.
Esto autoriza al gobierno a proceder al control de los precios, pero el gobierno no quiere darse prisa. Un portavoz explicó a uno de los autores de este artículo que el gabinete abordaría el control de precios con suma cautela, alegando que una medida tan extrema podría provocar escasez.
Algunas regiones comienzan a tomar precauciones. Las autoridades locales justifican estas decisiones por la necesidad de responder al acopio de productos por parte de los consumidores atemorizados y por la falta de voluntad del centro federal de ayudarles a superar las consecuencias de una catástrofe.
El consejo municipal de Omsk dio el primer paso en este sentido cuando decidió aplicar un control más estricto sobre la exportación de productos agrícolas fuera de la región. El consejo alegó que dada la mala cosecha de la parte europea de Rusia era inevitable que aumentara la demanda de productos agrícolas y se disparara el precio del grano. Durante la primera mitad de agosto subieron rápidamente los precios de la harina y los cereales. En Togliatti, los precios subieron entre un 50 y un 100 %, mientras que en Samara el precio de venta al público del alforfón pasó de 19 a 50 rublos.
El gobernador Vladímir Artyákov declaró en la sesión de apertura del grupo de trabajo interdepartamental sobre la sequía que «la región necesita ayuda de la Hacienda federal por importe de 7.000 millones de rublos.»
Respuesta represiva
Es improbable que el presidente y el primer ministro de Rusia se tomen esto con calma: seguramente, Medvédev y Putin seguirán fortaleciendo la «jerarquía vertical del poder», es decir, apretando los tornillos. Emplearán el mismo método para mantener sometidos a los trabajadores depauperados. Podemos predecir con bastante certeza un aumento de la represión y de las provocaciones por parte de la policía y del FSB (el sucesor del KGB) contra los trabajadores combativos, los participantes de las protestas y movilizaciones y la oposición política de todos los colores, sea liberal, fascista o de izquierda.
Al mismo tiempo lanzarán una campaña de propaganda en los medios. No es casualidad que en agosto, cuando la ola de calor, la sequía y los incendios más apretaban, varios canales de televisión rusos se hicieran eco de toda clase de teorías de la conspiración. De hecho, estas emisiones han abundado durante una década en todos los canales de televisión populares de Rusia, salvo tal vez en los de música y deportes. Algunos de los programas mostraron a Vladímir Shirinovsky (conocido demagogo de extrema derecha) y al «islámico de oposición» Heidar Jemal, a quien el publicista Mark Deitch acusó de ser un agente provocador del KGB desde la época soviética. Los canales de televisión más populares de Rusia estaban muy dispuestos a cederles el plató.
En el contexto actual no es difícil encontrar a gente capaz y dispuesta a fabricar falsos casos de «terrorismo». Los fundamentalistas islámicos vienen realizando graves atentados desde hace 15 años. Ahora, so pretexto de salvar a Rusia de la amenaza terrorista, el Kremlin trata nuevamente de privar al pueblo de sus derechos políticos y libertades civiles.
Por desgracia, la enclenque oposición política actual en Rusia es terreno abonado para toda suerte de provocaciones. En general, dentro de la oposición política del momento presente en Rusia resulta difícil distinguir entre la izquierda, los liberales y los fascistas. A menudo establecen alianzas sin principios entre ellos. En sus filas, las ideas del nacionalismo ruso y varias formas de xenofobia están tan extendidas que tan solo una pequeña minoría de la «izquierda» contemporánea rusa y del campo «liberal» lo son realmente.
Cuando alguien en la Rusia de hoy se proclama comunista, en la mayoría de los casos resultará ser una versión particular de un nacional-socialista; demasiados anarquistas han resultado ser «nacional-anarquistas». Si uno intenta comunicarse con los «liberales» rusos contemporáneos, encontrará que se las tiene que ver con un medio compuesto principalmente de admiradores de Stolypin (ministro de policía de la época zarista) y Pinochet, homófobos, partidarios de la separación de etnias, subculturas e incluso razas, además de fanáticos religiosos y místicos violentos. Hay tantos ejemplos de ello que podríamos citar (uno de los más conocidos fue la colaboración sostenida a largo plazo de una serie de organizaciones «liberales» y «comunistas» con el Partido Nacional Bolchevique de Eduard Limónov, un fascista declarado), pero en un artículo apenas cabría una parte muy pequeña.
Uno de los coautores de este artículo, Vládislav Bugera, está actualmente acabando un libro (que se publicará en el sitio http://www.scribd.com/sshenfield) con la participación activa de otro de los coautores, Vladímir Sirotin. Esto dará pie a la creación de un «diario antifascista», que será administrado por varios patrocinadores militantes. Uno de los temas principales, claro que no el único, de dicho libro y del «diario antifascista» será el análisis de las causas de que en las repúblicas soviéticas la gente hubiera olvidado completamente la distinción entre derecha e izquierda, y la propuesta de vías para salir de esta situación. (En http://www.scribd.com/sshenfield se publicaron en 2000-2005 una serie de textos del Grupo de Colectivistas Proletarios Revolucionarios sobre este tema.)
Despotismo de Estado
Las autoridades rusas y la oposición muestran hoy una imagen deplorable: sus ideologías, sus mitologías históricas y a menudo hasta su simbología y su retórica política se parecen tanto en su eclecticismo que es del todo imposible discernir en qué se diferencian. Gobierno y oposición se asemejan como un huevo a otro. Sin embargo, el hecho de que el régimen de Putin cultive su propia oposición no le impide mostrarse cruel en la persecución de sus clones. Por supuesto, este régimen no reprime menos cruelmente a los pocos militantes de izquierda que han seguido tomándose en serio conceptos como «internacionalismo», «libertario», «antiestatalismo» y «antipatriarcado».
Muchos ejemplos del cruel despotismo del Estado burgués ruso son de dominio público, mientras que otros todavía no se han dado a conocer a la amplia masa de lectores. Enumeramos algunos de ellos:
• El 10 de septiembre de 2002, el entonces ministro del Interior (el actual presidente de la Duma), Gryslov, emitió la tristemente famosa orden ministerial nº 870, sobre medidas en situaciones de emergencia. Con ello autorizó el uso de armas de fuego contra los participantes en acciones masivas y la retención de ciudadanos en «puntos de filtrado» (nombre que después de numerosas protestas se cambió por el de «puntos de comprobación temporal»).
Varios defensores de los derechos humanos tuvieron conocimiento de dicho documento durante una investigación sobre una intervención violenta de la policía antidisturbios contra residentes de Blagoveshchensk, en la República de Bashkortostán (diciembre de 2004). Posteriormente, activistas de los derechos humanos descubrieron que el ministerio del Interior y el Servicio Federal de Seguridad emitieron, so pretexto de combatir a los «extremistas» y «terroristas», una serie de instrucciones y órdenes internas que autorizaban la vigilancia intensiva de activistas de oposición.
• En el verano de 2002 se promulgó a toda prisa una ley sobre la lucha contra el extremismo, término en que se incluyen las manifestaciones y los actos de desobediencia civil. Se estableció el principio de que una organización es responsable de las declaraciones de su líder. Esto es lo que ocurrió después de la condena del periodista Stánislav Dmitrievsky, quien había publicado las cartas de Masjádov y Sakáyev y había dirigido durante muchos años la «Sociedad de Amistad Ruso-Chechena», cuando esta última fue prohibida.
• En 2006, una nueva versión de la ley amplió el concepto de «extremismo» de tal modo que abarca incluso las declaraciones de figuras públicas o periodistas muy críticos con las autoridades o de usuarios normales de internet.
• Una forma común de reprimir a los luchadores políticos y cívicos es el acoso preventivo. Antes de algún acto público que las autoridades consideran indeseable, el FSB o el MVD amenazan directamente a los potenciales participantes. Esto le ocurrió a Larisa Osina, concejala del ayuntamiento de Nefteyugansk. En junio de 2006, un oficial del FSB le exigió que se abstuviera de viajar a San Petersburgo para asistir al II Foro Social Ruso.
• En enero de 2009, Olga Nesinova, miembro del movimiento Solidaridad de la República de Komi, fue objeto de seguimiento abierto. La detuvieron dos veces en un viaje a Moscú. La fiscalía le informó de que estaba bajo «vigilancia continuada», que normalmente sólo se practica a instancia especial de un juez o de la policía.
Cualquier activista que no haga caso de las «advertencias» puede ser detenido en el momento de abordar un tren o un avión. El arsenal de instrumentos preventivos incluye el internamiento en residencias de fuera de la ciudad, la retención administrativa bajo la falsa acusación de alterar el orden público, de celebrar manifestaciones o reuniones no autorizadas, o de poseer drogas o armas.
• El régimen ha establecido paso a paso un sistema de control total sobre activistas del movimiento ciudadano, miembros de partidos de oposición, de organizaciones públicas y no lucrativas y de movimientos diversos. El control de los activistas ha sido asumido por el ministerio del Interior, en particular por la administración para combatir el extremismo (la administración «E»). Todo esto ha venido acompañado de advertencias sobre el peligro de la inestabilidad sociopolítica en un periodo de crisis económica.
• En el foro «Una semana de socialismo», que tuvo lugar en abril de 2009 en la ciudad de Orenburg, ocho personas, todas ellas miembros de organizaciones de izquierda, fueron objeto de acoso, seguimiento y detención ilegal. Hubo intentos de reclutar a confidentes.
Asesinatos de abogados y periodistas
El 19 de enero de 2009, el abogado Stánislav Markélov, defensor de los derechos civiles, y la periodista Anastasia Baburova fueron asesinados en el centro de Moscú. Stánislav Markélov solía hacerse cargo de los casos penales más arriesgados, como la defensa de chechenos pacíficos que habían sido víctimas de la violencia de las autoridades federales rusas y del régimen de Kadírov, instalado por Rusia. Entre ellos estaba la familia de Elza Kingaeva, secuestrada y asesinada por el coronel ruso Yuri Budánov. Markélov también representaba los intereses de las familias de antifascistas asesinados y perseguidos. Adquirió fama mundial cuando intervino como abogado en la investigación sobre la represión masiva lanzada contra los residentes pacíficos de la ciudad de Blagoveshchensk en la República de Bashkortostán. Cabe señalar que Markélov había recibido repetidamente amenazas de la judicatura y la policía y había sido objeto de seguimiento en secreto y de varias agresiones en el curso de su investigación. Anastasia Baburova estaba paseando con Markélov el día en que fue abatido. Dicen que ella intentó protegerle y por eso también cayó asesinada. Anastasia era una militante anarquista del movimiento antifascista «Acción Autónoma» y corresponsal independiente de Novaya Gazeta.
En los últimos ocho años han sido asesinados cuatro periodistas de Novaya Gazeta, entre ellos Yuri Shchegochijin, Anna Politkóvskaya e Igor Dómnikov. Novaya Gazeta es una de las publicaciones impresas de oposición más conocidas en Rusia. Debido a los frecuentes asesinatos y palizas que sufren los periodistas de esta publicación, se estableció la norma de que las reuniones con personas que se pongan en contacto con el periódico se celebren en presencia de un servicio de seguridad. En abril de 2009, la OMON (policía del ministerio del Interior) detuvo a un grupo de antifascistas en Moscú y les multó por intentar celebrar una manifestación.
Las palizas a jóvenes anarquistas en el distrito moscovita de Sokolnik tuvieron resonancia en toda Rusia. El 4 de abril de 2008, varios militantes fueron apaleados en la comisaría del distrito (cinco personas, dos de ellas menores de edad). Los agentes agresores no se mordieron la lengua al expresar su odio a las víctimas e incluso utilizaron expresiones antisemitas. Uno de los jóvenes declaró que tenía problemas cardiacos, pero aún así le golpearon sin piedad. Acudieron unos médicos que ayudaron a conseguir la liberación de los jóvenes.
Aleksei Gaskárov y Maksim Solópov, dos activistas del movimiento antifascista, fueron detenidos el 3 de agosto por decisión del juzgado de 1ª instancia de Jimki, en la región de Moscú, acusados de gamberrismo. Pocos días antes, el 28 de julio, una multitud de jóvenes, entre los que había antifascistas y anarquistas, habían atacado el edificio del ayuntamiento de Jimki en protesta por la extrema corrupción, los numerosos delitos y los atracos que asolan la autopista de peaje entre Moscú y San Petersburgo.
Después de apedrear el edificio y realizar pintadas en defensa de los bosques de Jimki, los manifestantes se retiraron. Aleksei Gaskárov y Maxim Solópov fueron detenidos el día siguiente, 29 de agosto. La acusación se basó exclusivamente en el hecho de que eran destacados miembros del movimiento antifascista que solían aparecer en los medios de comunicación. La fiscalía no tenía ninguna prueba, así que para encarcelar a los sospechosos tuvo que falsificar la orden de detención.
Los defensores del bosque de Jimki son un ejemplo de la mezcla ecléctica de «izquierdismo» y «derechismo» que caracteriza la vida política rusa de hoy. Solían utilizar el lema nacionalista de «Protejamos el bosque ruso». En general podemos decir que el bosque no es ruso, americano, judío o azteca: el bosque es de todos y quienes pretendan dividirlo con fronteras nacionales son nacionalistas.
Militantes de la organización anarquista KRAS (Confederación de Anarcosindicalistas Revolucionarios) lo señalaron correctamente y había que ver la que se armó cuando esto se supo a través de internet. Una multitud de nacional-anarquistas empezó a meterse con este pequeño grupo de internacionalistas y a cubrirlos de insultos. La panda de anarquistas rusos ha demostrado ser apenas menos nacionalista que los «liberales» y los «comunistas» rusos.
Detenciones arbitrarias
Personas totalmente inocentes sufren las medidas represivas de la policía dirigidas contra la oposición. Un ejemplo flagrante de esto es el caso de Serguéi Mojnatkin. El 31 de diciembre de 2009, este hombre estaba cruzando una plaza donde la policía estaba dispersando una marcha de disidentes. Hizo algún comentario a un policía que estaba golpeando a una mujer.
Hubo una discusión y detuvieron a Serguéi. Después lo soltaron y más tarde volvieron a detenerle, y el 9 de junio el juzgado de distrito de Tverskii, en Moscú, lo condenó a una pena de cárcel por resistencia a la autoridad.
La refinada maldad del asunto se trasluce en dos aspectos por lo menos. En primer lugar, fue detenido después de pedir a un agente de policía —que estaba cometiendo abuso de autoridad— que se identificara. En segundo lugar, aunque lo condenaron a dos años y medio de cárcel, el artículo en que se basó la acusación prevé una pena de prisión de 5 a 10 años.
Uno de los autores de este artículo, Vladímir Sirotin, vive en Lyubertsi, en la región de Moscú. La policía ha estado pisándole los talones durante mucho tiempo. El inspector de policía del lugar le ha visitado regularmente a lo largo de varios meses, interrogándole y charlando con él. El 27 de julio de 2010, un oficial de policía le dijo que estaba «inclinándose por el extremismo y el terrorismo». «Esto viene de lejos» (al menos desde 1995, cuando la policía le detuvo por primera vez debido a su prolongada militancia en el Centro Antifascista de Moscú), y si proseguía con tales actividades y se producía una sola detención política, lo arrestarían o lo enviarían a un hospital psiquiátrico.
El oficial le advirtió de que «tuviera cuidado», a lo que Sirotin respondió, con razón, que la situación y el sistema deberían ser tales que no hiciera falta «tener cuidado».
1/1/ 2011

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article19674

Traducción: VIENTO SUR

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