“Soy consciente de que tengo mucho voto prestado, habrá que analizarlo”, Isabel Díaz Ayuso, El País, 5/05/2021

Son ya muchos los artículos que han ido apareciendo estos días, algunos de ellos en nuestra web, sobre las elecciones del 4M. Por tanto, en este artículo no entraré en referencias a datos muy concretos, sino que trataré de resaltar los aspectos que me parecen más relevantes en el nuevo escenario político que está emergiendo, así como las consecuencias que pueden tener estos resultados más allá de la Comunidad de Madrid.

Una conclusión previa e indiscutible se impone y es obligado partir de ella: el ayusismo ha obtenido una rotunda victoria electoral que va a tener sus efectos más allá de la capital del Estado e incluso a escala europea, como hemos podido comprobar con la rápida felicitación que la líder del PP ha recibido de Mateo Salvini, empeñado en ir forjando un nuevo reagrupamiento de la extrema derecha europea y, a la vez, en hallar la receta que le permita conciliar ser partido de protesta (xenófoba, ante todo) y partido de gobierno apoyando al tecnócrata neoliberal Draghi.

Esa victoria se ha producido, además, con una participación, 76,2%, que ha sido la más alta conocida hasta ahora en unas elecciones en la Comunidad de Madrid. Pese a ello y frente a las expectativas presentes en el bloque progresista, ese aumento se ha reflejado en una mayor movilización del voto a favor de la derecha y no de la izquierda. Esto no se puede entender sin reconocer que Ayuso ha tenido éxito en lograr que, más allá de las dosis clásicas de neoconservadurismo, neoliberalismo y nacionalismo español, predomine un marco de polarización asociado a la singularidad de Madrid en la lucha contra la pandemia, representada por ella frente al gobierno de Sánchez, como quedaba bien descrito por Juan Jesús González días antes del 4M:

“La pandemia se ha convertido en un factor adicional de polarización como resultado, por un lado, de la precariedad de la estrategia gubernamental a la hora de abordar una crisis sin precedentes; y, por otro, del desánimo y la fatiga de una opinión pública harta de restricciones e impotente ante la magnitud de los costes económicos, sociales y psicológicos de la pandemia”[1/]

En efecto, Ayuso ha conseguido convertir su idea de libertad, resignificada como defensa del negocio comercial pero también del “derecho a trabajar y a consumir sin restricciones”, respondiendo así a la fatiga de pandemia que se ha ido extendiendo en una parte significativa de la población afectada. Se ha presentado como una vía de conciliación entre salud y economía frente a los bandazos del gobierno de Sánchez-Iglesias y a su escasa atención a los sectores más perjudicados por el estado de alarma, ya sea en el plano económico o, simplemente, en su estado de ánimo. Así, ha sabido dejar en segundo plano el balance desastroso de su propia gestión de la crisis sanitaria, sobre todo en la primera fase, recuperar la mayoría de los votos que en el pasado fueron a Ciudadanos (el primer gran derrotado en la jornada electoral) y atraer a una parte del tradicional abstencionismo e incluso a otra, aunque reducida, procedente del electorado del PSOE. Ha sido, además, un voto claramente transversal en cuanto a su composición social y territorial que puede suponer, si llega a consolidarse, un salto adelante en la ampliación del bloque social hegemónico que se ha ido construyendo a lo largo de los 26 años de gobiernos del PP. Porque es evidente que ha habido una fracción nada despreciable de voto prestado, negativo, como ha reconocido la misma líder del PP en la noche electoral. No era fácil contrarrestar esos apoyos coyunturales pero, desde luego, las muy limitadas medidas del gobierno central y el previo clima de concertación social entre sindicatos y patronal no ayudaban a demostrar con hechos que existía una política alternativa.

Otro dato favorable al bloque reaccionario ha sido el hecho de que Vox, pese a que ha perdido muchos votos respecto a los que obtuvo en las últimas elecciones generales, ha podido resistir el efecto Ayuso consolidándose como fuerza política en sus principales feudos. A esto se suma que la líder del PP ha recogido parte de su discurso y de sus propuestas concretas (contra la eutanasia, contra el aborto, contra los okupas…), aunque no haya hablado de ellas apenas durante la campaña. Por tanto, debemos temer que, aun no estando en el gobierno, Vox continuará marcando su agenda y condicionando la aprobación de leyes que exijan mayoría absoluta.

El segundo gran derrotado después de Cs (un partido que ha demostrado suficientemente que no representaba un centro político aún por descubrir) ha sido el PSOE –no sólo el PS de Madrid–, ya que ha obtenido los peores resultados de su historia en esta Comunidad. La campaña de Gabilondo (teledirigida desde la Moncloa y su gurú Iván Redondo), obsesionada por recoger el voto de Cs primero y evitando confrontar con Ayuso en cuestiones centrales como la política fiscal o la gestión de la pandemia, dio luego un viraje forzado tras el debate de la SER que acabó debilitando su credibilidad como alternativa. Así que, aunque por suerte España no es Madrid, es evidente que esta derrota tiene un alcance más allá de la capital y afecta al liderazgo de Pedro Sánchez, con mayor razón cuando éste y su gobierno de coalición fueron un objetivo central de ataque en la campaña de Ayuso. La renuncia de Gabilondo a ser diputado y la dimisión de su Secretario General madrileño no eximen de responsabilidad a Sánchez y así va a seguir siendo percibida esta derrota por su propio electorado, como ya está aprovechando su vieja competidora Susana Díaz.

El tercer derrotado ha sido Unidas Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza. Porque es cierto que ha conseguido que esta formación esté presente en el nuevo parlamento, pero no ha logrado que el aumento de la participación electoral haya redundado en su beneficio, sino más bien al contrario. Pese a que ha ido abordando otros temas a lo largo de la campaña y a que la candidatura incluía a activistas relevantes de distintos movimientos sociales, la prioridad que Iglesias ha dado a la polarización en torno al eje antifascista no ha logrado conectar con sectores populares menos politizados que, en cambio, se han visto contaminados por una campaña política y mediática brutal contra él. Su dimisión es la constatación de su propio fracaso, abriendo así una nueva fase en Podemos que está por ver si garantiza su cohesión interna sin el liderazgo plebiscitario que se ha concentrado en torno a su figura.

Por el contrario, Más Madrid ha sido la única fuerza ganadora dentro del bloque progresista, apoyándose en una campaña en torno a una nueva líder que se ha centrado en cuestiones clave como la salud (“curar Madrid”) y, sobre todo, ha sabido recoger el descontento de una parte del electorado de clase media y trabajadora que generalmente vota socialista.

Se abre ahora una nueva fase que permitirá a Ayuso campar a sus anchas con su versión particular de neoliberalismo autoritario y nacionalista español, mientras que el bloque progresista va a tener que afrontar un proceso de recomposición en el que Más Madrid puede alcanzar un mayor protagonismo en torno a un proyecto neosocialdemócrata, verde y feminista que tiene como referencia a los Verdes alemanes.

Nueva fase, viejas fracturas

Más allá de la Comunidad de Madrid, el panorama político también va a conocer notables cambios, si bien es innegable que el triunfo ha sido de Ayuso y no del PP. Este partido sale reforzado tras estas elecciones, confiado además en que va a ir beneficiándose de la descomposición de Cs en otras Comunidades autónomas, pero el liderazgo trumpista-madrileñista que Ayuso ha exhibido está lejos de ser exportable a otras zonas y no sólo a Catalunya o Euskadi. El test del crecimiento del PP y de su capacidad de frenar el ascenso de Vox (aunque ya el mentor de Casado y Abascal, José María Aznar, ha propuesto una coalición estable entre ambos partidos) estará fundamentalmente en Andalucía, en donde habrá que ver si finalmente su presidente, Juan Manuel Moreno, se decide a convocar elecciones anticipadas el próximo otoño.

Comienza, por tanto, una batalla dentro del PP en torno a cuál es el mejor discurso capaz de frenar el ascenso de Vox sin por ello dejar de recoger los restos de Cs. Ahí es donde Ayuso va a hacer valer su rotunda victoria ante los barones y el propio Casado, cuyo desmarque frente a la moción de censura pasada de la ultraderecha queda ya lejos. Debemos prever, por tanto, una mayor beligerancia de Casado frente al gobierno de coalición con el fin de acentuar su innegable desgaste, exigiéndole su ruptura con Podemos y las fuerzas políticas soberanistas catalanas y vascas, el abandono de las moderadas promesas de desjudicialización del conflicto catalán (reforma del delito de sedición, indultos, mesa de diálogo), la negociación bipartidista de los fondos europeos y la renuncia a algunas de las promesas en materia laboral o fiscal contenidas en el acuerdo de gobierno con UP. Todo esto en el contexto de una profunda crisis del Estado autonómico, con distintas grietas que siguen abiertas y que van a permitir a Ayuso, como ya ha adelantado, actuar como “un contrapeso y un contrapoder” desde su gobierno frente al de Sánchez.

No parece que el líder del PSOE vaya a oponer mucha resistencia a esos planes en el ámbito socioeconómico, pese a los nuevos vientos que vienen de EE UU –con Biden a favor de una variante neokeynesiana de capitalismo compasivo– y, sobre todo, a los peores efectos de la profunda crisis ecológica, económica, social y de cuidados, con sus derivadas, que se nos viene encima. En todo caso, a medida que vaya avanzando el proceso de vacunación y se supere la fatiga pandémica, no bastará con las promesas de la llegada de los fondos europeos (que ya se anuncian como un nuevo rescate a las grandes empresas del Ibex 35) para neutralizar el malestar que seguirá extendiéndose entre las capas populares.

En cambio, en relación con el conflicto catalán Sánchez se va a encontrar con un reto que puede poner en riesgo su estabilidad en un gobierno debilitado tras el 4M: su contínua dilación en el desbloqueo de ese conflicto, al menos respecto a la política represiva, puede conducirle a la pérdida de los apoyos parlamentarios necesarios para contrarrestar la ofensiva que el bloque PP-Vox emprenderá en los próximos meses. Tendrá que mover ficha en un sentido u otro, ahora que ha desaparecido la deseada muleta de Cs, si quiere evitar que la exigencia de elecciones generales anticipadas desde la oposición pase al primer plano en otoño.

Sánchez va a tener que afrontar además batallas internas en Andalucía y en la misma Comunidad de Madrid, ahora bajo una gestora obligada a resolver la enésima disputa por la reconstrucción de un partido envejecido que ha demostrado haber perdido anclaje en zonas tradicionalmente claves de su electorado. Un mal que, desde luego, no es imputable sólo a ese partido sino que está generalizado en la mayoría de los partidos, crecientemente oligarquizados y dependientes de liderazgos carismáticos, cuya rutinización y desgaste suele ser también rápida en estos tiempos turbulentos.

¿Y la izquierda del PSOE?

Por eso mismo la crisis en la que puede entrar UP, en sus dos componentes –Podemos e IU–` y entre ambos no augura nada bueno. La burocratización acelerada de Podemos y la inserción en el mismo proceso de IU, diez años después del nacimiento del 15M, son ya prácticamente irreversibles. A esto se suma que su continuidad en el gobierno de coalición no va a dejar de acentuar su desgaste ante la base social de nueva clase media de la que nació, a lo que se añadirá la entrada en un proceso de debate y relevo interno que lo puede agravar más si cabe. Un vacío del que se puede beneficiar, al menos parcialmente, Más País más allá de Madrid para ensayar su extensión, solo o, como ocurre ya con Compromís, en alianza con otras fuerzas de ámbito autonómico.

Ante este sombrío panorama, no se adivina, ni siquiera en las principales fuerzas políticas soberanistas de izquierda, pasos adelante en la construcción una “oposición que se oponga” (tomando prestado el viejo título de una obra de José Manuel Naredo) al neocaciquismo, cada vez más transnacionalizado, que está detrás y sostiene este régimen monárquico. Diez años después del 15M y del potencial rupturista que nació con aquel Acontecimiento, su espíritu ha quedado prácticamente dilapidado con la deriva hacia el transformismo de la fuerza política que aspiró a ser exponente de sus demandas en las instituciones. Ni siquiera la regeneración de este régimen irreformable (a no ser a peor) se ha producido y la fractura entre la vieja y la nueva política ha pasado al olvido.

No habrá reconstrucción de una izquierda que renueve con aquel legado de indignación y exigencia de democracia real sin ir creando las condiciones de una nueva ola de movilizaciones y de autoorganización popular capaz de hacer frente al nuevo salto adelante en la doctrina del shock que nos amenaza en los próximos tiempos. Toca ahora, como se propone en otros artículos publicados recientemente en viento sur, esforzarse por ir configurando un polo social y político alternativo desde la autonomía y el protagonismo de unas organizaciones sociales renovadas y con anclaje territorial en sus ciudades, barrios y pueblos. Porque, como ha recordado Cristina Martín, “no basta con hacer pedagogía social y política. Hacen falta hechos. Recursos, dinero, medidas materiales. Hace falta hacer barrio. Centros sociales, casas del pueblo, deporte de base”[2/].

Habrá que hacerlo con humildad y disputando los marcos de polarización que se nos imponen desde arriba, pero sin adaptarnos a ellos, para “no engañarnos ni desnaturalizarnos”, como recomendaba ya Manuel Sacristán frente a la deriva eurocomunista que en los tiempos de la mitificada Transición protagonizara Santiago Carrillo. Porque pronto comprobarán muchos y muchas trabajadoras que votaron a Ayuso que, tras el fin (?) de las restricciones sufridas durante este último periodo, la libertad, si no va acompañada por la lucha por la igualdad y la solidaridad, se irá convirtiendo en una palabra vacía para ellos y ellas ante una nueva fase de saqueo de lo público y lo común por la oligarquía parasitaria que nos domina. Por eso debemos reivindicar con mayor razón, como nos propone Wendy Brown[3/] “una noción de libertad que incluya ser libres de carencias, ser libres de la desesperación y de la precariedad, ser libres del desamparo de no tener vivienda. Libertad de, pero también libertad para: libertad para realizar nuestros sueños, y no solo sobrevivir; libertad para elegir, no simplemente abortar o con quién dormir – que es importante-, sino también libertad para construir vidas, construir comunidades y mundos en los que todos queramos vivir”.

No hay recetas mágicas para derrotar a las derechas, pero sí lecciones a (des)aprender de lo ocurrido si queremos evitar que la tragedia vivida en este 4M se repita dentro de dos años en Madrid y en otros lugares del Estado. Y la tarea comienza ya ahora, sin darles tregua, dando pasos adelante hacia la reconstrucción de un frente social contrahegemónico que llegue a tener su traducción política, y no desde arriba sino desde abajo.

Jaime Pastor es politólogo y editor de viento sur

[1/] “El 4-M y el juego de la identidad”, El Mundo, 21/04/2021

[2/] https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/35964/elecciones-madrid-cinturon-rojo-sur-podemos-4m-ayuso-usera-cristina-martin-gomez.htm?utm_campaign=paseo-semanal-de-7-de-mayo&utm_medium=email&utm_source=acumbamail

[3/] https://tintalimon.com.ar/post/si-no-trabajamos-en-la-resignificaci%C3%B3n-de-la-libertad-perderemos-esta-batalla/

 

 

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