El capitalismo esculpe nuestros cuerpos y condiciona nuestras maneras de ser, estar y habitar. Lo más doloroso es cuando descubres cómo sus efectos se transmiten a través del tiempo. De manera muy sutil, pero más precisa que el propio ADN. De igual manera sucede con nuestro entorno, las ciudades, lugares que habitamos más del 50% de la población mundial; no están creciendo y configurándose al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas que las habitamos, todo lo contrario. Las ciudades son el interfaz del sistema capitalista, se modifican y metamorfosean en función de los intereses de los mercados. En los últimos años, el turismo se ha presentado como una de las últimas vías de escape de este sistema socioeconómico en guerra con la vida, para ello las ciudades se transforman en escaparates, terminando de expulsar de los barrios céntricos o particulares al vecindario y las formas de vida que paradójicamente han sido el reclamo para el mismo turismo que hoy ya solo observa burdas reproducciones de lo que un día fue…

Los orígenes

Mi nombre es Ana Jiménez Talavera y soy de Sevilla. Mi bisabuela Antonia Sánchez Fortúnez era de Fuentes de Andalucía, un pueblo de la campiña sevillana. Mi bisabuelo era pastor trashumante, aunque no pastoreaba su rebaño sino el de algún señorito del pueblo (casualmente desaparecía una cabra siempre que pasaba cerca y aumentaba la ingesta proteica del vecindario). Mi bisabuela completaba el escaso jornal ejerciendo de droguera clandestina, vendía colonias y brillantinas que nadie sabe muy bien cómo le llegaban de la capital. Era la madre de María León Sánchez, mi abuela, que según fuentes oficiales migró junto con mi abuelo y sus hermanos a Sevilla. La versión oficial cuenta que migraron por el éxodo rural que tuvo un pico en los años treinta y su máxima expresión a mediados del siglo pasado. En el campo sobraba mano de obra con la incipiente tecnificación y las ciudades focos industriales suponían la promesa de empleo para la gente joven.

La versión de los mentideros es que mi abuela María tenía artrosis, lo que le desfiguraba las manos. Por esa razón la llamaban María la Tullida, razón por la que la familia de mi abuelo no quería que se casara con ella y tuvieron que fugarse a Sevilla. Curiosamente mi abuela fue quien llevó el pan a casa toda la vida.

Aterrizaron en el entorno de la calle de la Feria y, aunque se mudaron en varias ocasiones, todas fueron por aquí. En esta zona vivían sus hermanos varones que trabajaban en las fábricas de textiles de la zona centro norte de Sevilla. Y ahí vivió desde los años treinta hasta bien entrados los setenta. Y allí nacieron Pepe, Juan, Antonia y Carmeli, mi madre.

Para quien no conozca Sevilla, podríamos decir que la calle de la Feria es un último muro de contención, desgraciadamente más que permeable, que le queda a la zona norte del casco histórico de Sevilla, frente al acelerado y agresivo proceso de turistificación que está sufriendo la ciudad, y del que hablaremos más adelante.

Como iba contando, allí nació mi madre, en una casa de vecinas, y allí se crio y moceó hasta que se casó y se fue a San Jerónimo, barrio en el que se había criado mi padre, que era la puerta de entrada a Sevilla de la gente que venía de Extremadura entre otros lugares. Al llegar (la familia de mi padre procedente de Extremadura) se construyeron una chabola que poco a poco se fue transformando en una casa de condiciones más dignas.

Mi abuela María vivió en la calle Infantes hasta mediados de los años setenta. Aguantó siendo la última de su edificio porque el propietario ya no renovaba alquileres, y terminó yéndose al barrio de Alcosa en la zona este de Sevilla (Córdoba sur como bromean los bromeantes), donde no había ni línea de autobuses. La vecindad tenía que coger el autobús del aeropuerto si quería desplazarse a Sevilla. Entonces comenzó el proceso de expulsión de las clases humildes del centro. Aún no se llamaba gentrificación porque no estaba acuñado el término, pero el proceso existir, existía.  Tuvo su máximo apogeo en Sevilla en los noventa y fue cuando llegué yo, de nuevo, al centro.

Mientras nací yo, que me crie en barrios periféricos, primero en San Jerónimo y después en Pino Montano, donde les concedieron a mis progenitores una VPO, lo que hacía que estuviéramos todo el rato desplazándonos en bici, autobuses o coche para estar con la familia y las amistades. Se estaba conformando la ciudad segregada[1] que el capitalismo concebía no en función de las personas, sino vertebrada por el automóvil y sus necesidades. Este bien de consumo ya comenzaba a ser posesión por aquellos años, también, de un elevado porcentaje de la población masculina de las clases obreras.

Los procesos

Y así hasta los noventa, cuando después de la Expo 92 volví al barrio donde mi abuela se asentó en Sevilla y mi madre se crio. Cuando entramos en los años noventa, encontramos en la zona una población envejecida, con muchos de sus patios y casas de vecinas deterioradas, una gran proporción del parque de viviendas abandonada por sus propietarios y un alto componente de población marginal.

Por aquellos años escuchaba hablar del Plan Urban a un grupo pequeño de gente muy preocupada por lo que estaba pasando. Reconozco que yo no me enteraba de nada. Con los años comprendí lo que este Plan Urban ha supuesto. Lejos de favorecer el fortalecimiento del tejido urbano existente y apoyar a las clases desfavorecidas (como pretendían vender en sus propuestas) se realizaron remodelaciones y construcciones que principalmente atrajeron al sector privado y que provocó un aumento loco de los precios de alquiler, que hizo que fueran sustituidas las clases más humildes por gente con mayores ingresos.

En la zona norte del casco antiguo de Sevilla, con un espacio público y privado muy deteriorado con estigmatización social y marginación, las clases trabajadoras con menos poder adquisitivo fueron expulsadas y sustituidas por clase media, o por gente joven atraída por las posibilidades de ocio, culturales y políticas que la zona procuraba.

Esta situación generó respuesta colectiva por grupos de vecinos y vecinas, tanto autóctonos/as como gente joven politizada que recaló por estos barrios e impulsaron unas veces, o se unieron a otras, demandas y movilizaciones que pretendían frenar el proceso. El caso es que la puesta en peligro del barrio hizo que se activaran numerosas intervenciones comunitarias y autogestionarias en su mayoría que han impregnado de un halo diferente esta zona de la ciudad. Muchos de estos procesos se pueden consultar en la obra colectiva El gran pollo de la Alameda.

En ese barrio y alrededores llevo viviendo los últimos 25 años de mi vida. Y en estos 25 años he ido participando en diferentes propuestas, procesos y colectivos vecinales. Los llamo así porque éramos vecinas del barrio las personas que los constituíamos, aunque realmente casi nunca han sido colectivos en los que hemos conseguido imbricarnos con el vecindario tradicional (salvo excepciones). Eso es algo que da para otro artículo en el que tendríamos que hacer un importante trabajo de escucha y debate entre todas las personas afectadas para comprender los porqués.

En estos 25 años, en paralelo a las luchas vecinales, se ha ido dando el proceso de gentrificación primero[2] y de turistificación[3] después en la zona centro de Sevilla. El proceso de turistificación de la última década ha conllevado un cambio de uso de los barrios, porque los turistas no necesitan escuelas, centros sociales, oficinas y sedes administrativas, etcétera. Ellos utilizan el espacio público y la propia vivienda de forma diferente. No olvidemos que están de vacaciones y tienen otros ritmos diarios, lo que complica la vida de las familias que residen en los edificios mixtos, con niños y niñas que necesitan conciliar el sueño y madres y padres que deben madrugar para ir al trabajo. Y, por otro lado, no atienden a la ecología cotidiana haciendo usos de la energía, el agua o la gestión de los recursos en demasía.

El proceso de turistificación de la última década ha conllevado un cambio de uso de los barrios

Esa divergencia de intereses dificulta la convivencia, tanto en el interior como en el exterior. Además, la mayor capacidad económica de los turistas supone un incentivo para el recambio de la estructura urbana, con la aparición de nuevos establecimientos dirigidos a ellos. En definitiva, abren bares y comercios más caros, lo que dificulta el día a día del vecindario, que ya no dispone de los negocios necesarios para su vida cotidiana. Más el problema de la transformación del parque de vivienda en viviendas con fines turísticos, cuyas consecuencias son obvias y que ya comentaré con un poco más de profundidad más adelante.

En estos 25 años he sido gentrificada, estoy siendo turistificada y, a menos que consiga mantenerme en resistencia, al final me veo como mis antecesoras, que por motivos ajenos a mi voluntad, y que responden a los intereses económicos de unos pocos, tendré que abandonar el territorio donde he desarrollado mis lazos de comunidad y apoyo mutuo.

Los colectivos

Mientras se han dado estos procesos, se han seguido activando numerosos procesos vecinales, colectivos y autogestionados. Y en todos estos años he formado parte activa o he conocido de cerca muchos de estos colectivos de diferente índole y objetivos:

  • Centros sociales okupados feministas y otros mixtos. Algunos como la Casa Grande del Pumarejo que sigue defendiendo la vivienda de vecinas de las de toda la vida mientras comparten y han compartido espacio con numerosos colectivos sociales que han hecho que este espacio se mantenga con gestión autónoma hasta ahora.
  • Asociaciones de vecinos y vecinas, que han estado combatiendo desde la construcción de parkings en espacios públicos hasta la privatización de espacios públicos, pasando por intentar incidir en la configuración y diseño de la Ciudad que queremos.
  • Proyectos colectivos de agroecología donde flagrantes urbanitas cultivábamos, pero a la vez nos organizábamos políticamente en el centro de la ciudad.
  • Ateneos libertarios que han servido de lugar de reunión a numerosos colectivos autogestionados, antifascistas, feministas, ecologistas, etc., y de foco de difusión de propuestas contraculturales.
  • Algún medio de comunicación autogestionado.
  • Grupos feministas autogestionarios que también procuran otros modelos de ciudad más inclusiva e incluyente.
  • Grupos ecologistas que buscan ciudades más amables.
  • Colectivos contra la turistificación. En los que nos hemos dedicado a comprender el proceso generando contextos de construcción colectiva del conocimiento, a compartir estrategias de resistencia con personas de otros territorios que están sufriendo lo mismo. A organizarnos con otros colectivos de la ciudad y traducir este poliédrico problema que atraviesa tantas dimensiones, sostenibilidad ecológica, pobreza y extrarradio, precariedad laboral, pérdida del espacio público y por supuesto vivienda. La vivienda, que ha pasado de ser un derecho humano al que debe tener acceso toda la ciudadanía a una mercancía altamente rentable en el mercado global, convertida en viviendas con fines turísticos. Como si la vivienda no fuera exclusivamente el sitio donde se vive. Pero, por muchas propuestas que se le haya hecho al Ayuntamiento, podríamos afirmar que al menos a nuestro colectivo nos han hecho caso omiso, y por lo que hemos compartido con compañeras y compañeros de otros lugares de una forma o de otra, al final las administraciones siempre han terminado llevándose el gato al agua y poniendo el mercado y sus necesidades por encima de las de las vecinas.

En definitiva, numerosos colectivos donde grupos de personas más o menos afines hemos establecido temporalmente nuestras formas de funcionamiento, y hemos generado relaciones horizontales para funcionar de manera independiente a las administraciones públicas. Con nuestros más y nuestros menos. Organizándonos para colectivamente analizar problemas, establecer estrategias, llevarlas a cabo y… no triunfar en la mayoría de las ocasiones. Pero, al menos para mí, esto, lejos de tener una lectura negativa, tiene una lectura muy positiva, teniendo en cuenta el horizonte de colapso que se aproxima. Al fin y al cabo, los colectivos autónomos y autogestionarios nos hemos convertido en reservorios de prácticas comunitarias.

Los colectivos autónomos y autogestionarios nos hemos convertido en reservorios de prácticas comunitarias

Todos ellos han luchado contra el modelo de ciudad que no es más que el interfaz del sistema capitalista que nos organiza, o más bien desorganiza, y que no funciona para la mayoría de las personas que habitamos este planeta.

Porque no podemos obviar que en este momento nos encontramos, tras dos años de pandemia mundial, que tendría que haber dejado claro que el turismo no es la gallina de los huevos de oro, con un modelo económico que promueve más de lo mismo[4].

Ni siquiera durante la pandemia, el Ayuntamiento de Sevilla ha dejado de invertir en turismo como principal motor económico de la ciudad. El coronavirus consiguió que el PIB aportado por el turismo cayera un 69% en 2020 y un 42,8% en 2021, mientras que en 2019 suponía la quinta fuente de ingresos a nivel mundial.

La caída del turismo como generador de PIB ha provocado que infinidad de familias se quedaran sin fuente de ingresos y en situación de precariedad extrema. Sin embargo, se ha seguido invirtiendo en promoción e infraestructuras al servicio del turismo que, al final, desgraciadamente, se traduce en más votos. Pero, claro, cuesta menos invertir en infraestructuras turísticas que en I+D+i y los resultados lucen más rápido. Se trata de ganar las siguientes elecciones, no de hacer que vivamos mejor.

Retomando la utilidad de los colectivos vecinales, autónomos, etc., y para terminar con mejor sabor de boca, podemos asegurar que han servido y sirven de escuelas populares, intercambio de experiencias, laboratorios de otras prácticas humanas y de otras maneras de satisfacer las necesidades, de entrenamiento para la democracia radical. Nadie puede afirmar que son perfectos: los conflictos abundan, los comportamientos machistas, clasistas, racistas…, no dejan de ser un reflejo de la sociedad. Pero lo que nadie puede negar es que cuando nos vimos confinados y aislados, fuimos las gentes de los movimientos sociales en diferentes territorios las que rápidamente nos organizamos para generar las redes de apoyo mutuo que procuraron bienes básicos y esperanza a muchísima gente a la que el sistema les había dado la espalda. De no ser por el tejido preexistente y las experiencias previas, estoy segura de que esto no hubiera sucedido, ni con tanta rapidez ni con tanta velocidad, y totalmente al margen de las ineficaces administraciones locales, regionales y estatales. Gracias a estas redes se consiguieron flujos de recursos económicos y materiales desde el centro a la periferia, la organización de más de 30 territorios, redes entre entidades de diferentes colores, creencias, etc. Gracias a estas experiencias fuimos capaces de poner en el centro lo verdaderamente importante. Así que, es cierto que no hemos ganado en el freno de los procesos de ofensiva del capital sobre los espacios, pero hemos adquirido saberes contraculturales que nos permiten actuar en comunidad más allá del individualismo capitalista. Algo muy a valorar teniendo en cuenta el porvenir.

Ana Jiménez Talavera es integrante de Ecotono y El Topo Tabernario

Notas

[1] Otra de las características de la ciudad capitalista es que es una ciudad segregada funcional: aparecen barrios donde se duerme, otros donde se trabaja, se gestiona la salud, se estudia, etc., de manera que tienes que desplazarte largas distancias diariamente para lograr cumplir todas las funciones. Y segregadas socialmente, con zonas para la infancia, zonas para la tercera edad, zonas para la juventud, etc., y con escasa posibilidad de que interactúen entre ellas.

[2] En pocas palabras, proceso por el que un barrio generalmente céntrico o con algún valor patrimonial habitado por vecindario de clase social generalmente baja es rehabilitado, los precios de las viviendas suben, con lo que el vecindario es expulsado y sustituido por otro con mayor capacidad económica.

[3] En el caso de Sevilla se ha dado sucesivamente después de la gentrificación en el centro de la ciudad, aunque no tiene por qué ser así. En este proceso, las políticas de la ciudad dejan de responder al interés de las vecinas y responden al interés del turismo. Los alquileres dejan de ser habitacionales en una gran parte para ser turísticos, básicamente por rentabilidad. Los servicios básicos de los barrios desaparecen sustituidos por servicios por y para el turismo, los gobiernos municipales reducen la inversión en servicios para la comunidad tales como centros de salud, centros escolares, etc., para aumentar el gasto en dejar la ciudad como un escaparate.

[4] Ignorando también que el precio del petróleo está provocando una subida inevitable y paulatina de los precios de los billetes de avión, lo que también limitará los desplazamientos.

 

(Visited 291 times, 1 visits today)