Muchos son los recuerdos que se amontonan estos días en torno a Chato, tan “radicalmente humano”, como lo ha definido Martí Caussa, uno de sus mejores amigos, de él y de su compañera Justa. En estas notas sólo quiero aportar algunos momentos en los que nos encontramos, relacionados con la historia de la Liga, con nuestra respectiva evolución posterior y, claro, con algunas vivencias personales.

No recuerdo haber conocido personalmente a Chato antes de que en enero de 1969, pocos días antes de que fuera asesinado Enrique Ruano, me tuve que exiliar a París junto con mi compañera Lucía González. Le conocí luego, en otoño de 1976, aunque ya sabía de él por su intenso activismo desde su militancia en la Liga y en las sucesivas cárceles por las que pasó buscando cumplir con el primer deber que siempre se fijó: fugarse. Él salió finalmente de la cárcel poco tiempo antes de volver yo legalmente de París a primeros de octubre de aquel año, acogiéndonos a la “amnistía” parcial decretada ese verano, aunque habíamos compartido clandestinidad antes.

En ese mismo mes, en plena efervescencia militante, ya empezamos a trabajar en la organización de actos, como el que celebramos el 19 de octubre en la Universidad Complutense de Madrid. Era un acto unitario en el que participamos el dirigente del PCE Luis Lucio Lobato, el dirigente de la Liga francesa Alain Krivine, el abogado abertzale Miguel Castell, yo mismo y no recuerdo si alguien más. A raíz de ese acto, que contó con una participación masiva, a los pocos días fuimos detenidos todos los que habíamos intervenido, junto con mi compañera Lucía González y el periodista de Rouge Thierry Jouvet. Tanto Krivine como Jouvet fueron expulsados inmediatamente del país y el resto estuvimos en la DGS de Sol hasta que fuimos trasladados al TOP, no sin antes haber pasado, al menos en mi caso, por las manos de Billy el Niño. Una vez puestos en libertad Lucía y yo, enseguida nos encontramos a Chato y a José María Mendiluce, que nos estaban esperando y habían estado pendientes de nosotros desde nuestra detención para garantizarnos la presencia de Cristina Almeida como abogada en los esperpénticos interrogatorios del tristemente famoso juez Gómez Chaparro. Desde entonces, una buena relación personal, sin llegar a la estrecha amistad que tuvo desde el principio con Miguel Romero, Moro, se estableció entre nosotros.

Compartimos esos intensos años de la lucha por el derrocamiento de la dictadura (la palabra “ruptura” nos parecía demasiado blanda, sobre todo después de haber visto el ejemplo de la Revolución portuguesa) y, en particular, por la aparición pública de la LCR en Madrid, con él, Mendiluce, Jordi Jaumandreu y yo en el equipo de portavoces de la organización. Hasta conseguir la legalización en septiembre de 1977, una vez pasadas las elecciones de junio de 1977, en las que tuvimos que presentarnos con otros grupos con el nombre de FUT (Frente por la Unidad de los Trabajadores), con muy magros resultados. Después, seguimos esforzándonos por construir y extender la Liga, tarea a la que él, como uno de los principales responsables de la organización en Madrid, dedicó todas sus fuerzas durante años.

Muchas han sido las actividades, reuniones, manifestaciones (me queda en el recuerdo la imagen del piquete en el que estuvimos juntos delante del Corte Inglés de Preciados durante la Huelga General del 14D de 1988) y fiestas en las que nos hemos encontrado durante estas largas décadas. Cuando hablábamos de política, coincidíamos en general, pero sin ocultar nuestros desacuerdos cuando éstos existían, como era lógico en una organización que se caracterizaba por el esfuerzo permanente en aplicar el principio de “libertad de debate, unidad de acción” y por garantizar una relación sana de respeto y camaradería. Una cultura política que no predominaba en la mayoría de la izquierda y que, sin pretender que fuera perfecta en nuestro caso, nos ayudó a superar los momentos más críticos.

El fracaso de la unificación con el MC en 1993 fue sin duda una experiencia muy dura para él, como para mucha gente procedente de la Liga, pero en su caso entre los que más por haber estado en esos años en la dirección, que se comprometió tanto en el proyecto. Llegó luego una crisis interna y, con ella, la búsqueda de una salida a nuestra situación desde mediados del año 93. Ahí nos encontramos con un debate en torno a cómo reconstruirnos y qué relación podíamos mantener con la Izquierda Unida de entonces, que estaba bajo la dirección de Julio Anguita y apostaba por convertirse en un “nuevo movimiento político y social” y por su autonomía frente al social-liberalismo del PSOE.

En Madrid llegamos a finales de ese año a un consenso interno para constituirnos como Izquierda Alternativa, sobre la base de un documento político que apareció en el número 12 de viento sur, firmado por Chato y por mí. En él se respetaba la decisión de “un sector de nuestro colectivo, junto a otros compañeros y compañeras independientes” de entrar “pública y organizadamente en IU” y, a su vez, se defendía que la reconstrucción de la izquierda –sobre todo de una izquierda alternativa y radical- no pasa exclusivamente por IU”. Un sector, como el que representaban Chato y Justa, no se incorporó a IU, mientras que otros, como Manolo, Lucía y yo, con el apoyo poco entusiasta de Moro, sí lo hicimos. Pero, pese a ello, las relaciones personales siguieron siendo las mismas de antes.

Poco después, en enero de 1994, nos unió la experiencia del impulso de una Coordinadora por una Izquierda Verde y Alternativa, en la que participamos activistas que estábamos dentro y fuera de IU.Personas como Ladislao Martínez, ya veterano ecologista, con el que nos iba uniendo una especial amistad, jugaron un papel aglutinante fundamental, junto con otros como Enric Tello, Tomás Villasante, Yenia Camacho, Nicolás Sosa o Julio Setién. Esta iniciativa había estado precedida por un manifiesto “Por una convergencia alternativa ante las elecciones europeas…y más allá”, que proponía una lista común de IU, Los Verdes y otras fuerzas alternativas ante las elecciones europeas que se iban a celebrar en mayo. Propuesta que se concretó en pedir la inclusión en esa lista en puestos destacados a Carlos Taibo y a Joaquim Sempere. Finalmente, el Consejo Federal de IU no cedió a esa petición viéndose frustrada esa iniciativa, como dieron testimonio de ello ambos precandidatos en el número 14 de viento sur. Sobrevivieron, al menos, experiencias como el Espai roig, verd i violeta en Catalunya, Espai alternatiu en el País Valencià y Espacio alternativo -dentro y fuera de IU- en el resto del Estado.

Posteriormente, nuestras trayectorias serían ya diferentes, pero no contradictorias. Chato, como Justa en el movimiento feminista, dedicó todos sus esfuerzos al trabajo en AEDENAT, luego, Ecologistas en Acción, mientras que Manolo, Lucía y yo nos implicamos en IU y Moro se concentró en su enorme y casi solitario esfuerzo de garantizar la regularidad y la calidad de viento sur. Ha sido esta revista la que nos ha ayudado desde entonces a mantener un espacio de encuentro y de reconocimiento común como corriente, como sensibilidad político-cultural, más allá de las militancias y activismos en una u otra organización política o social.

Más tarde, otro momento crítico, más personal y desgraciado, que nos unió fue la muerte por un cáncer de pulmón de mi compañera, Lucía González, en diciembre del año 2000. Nunca olvidaré la preocupación y el cariño que mostraron él y Justa desde que conocieron su enfermedad y su apoyo inmediato durante aquellos días tan duros, al igual que después para ayudarme a seguir adelante.

De la labor que ha ido haciendo Chato en el movimiento ecologista y, luego, en La Comuna ya hay suficientes testimonios del extraordinario esfuerzo que dedicó. Así que sólo mencionaré el impacto que tuvo su relato de las torturas que Billy el Niño le aplicó con saña en una de sus detenciones: lo hizo en el acto que Yayo Herrero recuerda en su reciente y precioso artículo Chato Galante, hasta que las ranas críen pelo - Viento Sur , en abril de 2014 y en el que participé gracias a la invitación que él y Justa me hicieron.

En enero de ese mismo año nos había dejado nuestro querido amigo desde la juventud Miguel Romero, Moro, y también con Chato compartimos recuerdos y compromisos para seguir luchando. Cuando se creó La Comuna en 2011 me hice socio y traté de seguir de cerca su constante labor, intensificada en los últimos años con la querella argentina y su nomadismo activista, pese a tener una salud ya deteriorada desde hacía tiempo. Su participación en el documental El silencio de otros fue sin duda fundamental para difundir la denuncia de la impunidad de los crímenes del franquismo ante todo el mundo, como hemos podido comprobar por su repercusión mediática e incluso por el reconocimiento que tuvo en los Premios Goya.

Por eso y por mucho más que podríamos contar, aun siendo conscientes de que somos seres finitos, nunca podremos reconciliarnos con la muerte, como solía decir nuestro también amigo común, Daniel Bensaïd. Porque, como escribió Miquel Martí i Pol, Chato, “em costa imaginar-te absent per sempre”. Porque no te rendiste al “orden de los vencedores provisionales”, porque eras un irreductible.

Un abrazo muy grande, Justa.

La fotografía de la cabecera es de Txemi Martínez

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