El pasado mes de marzo, el paro del transporte y la marcha reivindicativa de los representantes del sector primario, producto del encarecimiento del precio de los combustibles, hicieron visibles a los primeros damnificados por el declive del capitalismo fosilista. Agricultores, ganaderos, regantes y camioneros pusieron rostro al creciente malestar social por la subida generalizada del coste de la vida.

Mucha gente de mi entorno simpatizó con las protestas de estos sectores. Es gente preocupada por el precio de la luz. Autónomos que se las ven y se las desean para mantener su negocio a flote. Trabajadores de edad desocupados que sobreviven haciendo chapuzas. Amas de casa que hacen malabarismos para llenar la cesta de la compra. Chavales sin futuro ni esperanza condenados a errar de un trabajo a otro. Ancianos solitarios que consumen las horas muertas viendo tertulias de actualidad, entre atemorizados e indignados por el devenir de un mundo que no comprenden. Trabajadores rurales que lidian como pueden con la hipercompetitividad de la agroindustria global. Todos ellos son, en mayor o menor medida, representantes de la pequeña burguesía patrimonial que se ve amenazada por la presión implacable del proceso de valorización capitalista.

Algunos son derechistas antisistema que despotrican contra el avance del feminismo y la inmigración. Otros son neofascistas que entonan el Cara al Sol y enarbolan sin complejos la bandera preconstitucional. No obstante, la mayoría de ellos muestra un profundo desinterés por la política. No son de izquierdas ni de derechas, viven ajenos a cualquier problema colectivo y desprecian el parlamento como una cueva de ladrones. Lo único que tienen en común es un sentimiento de marginalidad y abandono.

Estoy hablando de gente que vive en pueblos y ciudades intermedias del interior peninsular. Territorios menguantes y depauperados sacudidos por el colapso industrial y la crisis agropecuaria del pasado siglo. Lugares muy envejecidos, donde cada vez quedan menos comercios abiertos. Apenas sin equipamientos, ni espacios comunes. Periferia zombi.

Aquí la crisis no es sólo económica, sino también de sociabilidad y modelos culturales. Una crisis social y moral causada fundamentalmente por las emigraciones del campo y el hundimiento de la raquítica industria de las provincias profundas, dos procesos que hunden sus raíces en la segunda mitad del siglo XX, cuando la dictadura franquista decidió industrializar las regiones centrales a costa de arruinar las zonas agrícolas. En aquella época comenzó a tomar cuerpo un modelo de desarrollo desequilibrado que se ha mantenido intacto desde entonces. Esta desigualdad territorial es también consecuencia de la complicidad de los caciques locales, del expolio de los grandes complejos agroindustriales y de la pérdida continuada de tejido comercial en las regiones periféricas.

La relegación económica de estos territorios se manifiesta en un estado de malestar generalizado. Malestar por el abandono de las administraciones, por el desempleo y la falta de recursos y oportunidades.

Ese malestar flota hoy sobre multitud de pueblos y ciudades medianas como una niebla torva. Mucha gente se siente abatida, malhumorada, decepcionada, aplastada por el endeudamiento, la miseria y la incertidumbre. Algunos desarrollan una actitud nihilista. Los hay que se abandonan al escepticismo y la pasividad mientras se consumen interiormente cavilando tristuras. Otros optan por descargar su malestar contra “todo aquello que aún parece estar vivo” (Eisenberg, 2019:317). Las feministas, los refugiados o los ecourbanitas son sus principales chivos expiatorios. Son gente de orden: hombres y mujeres, trabajadores por cuenta propia o asalariados, jubilados o parados, todos sienten que les han hurtado su felicidad y buscan resarcirse en el diferente. Se declaran apolíticos mientras echan pestes contra el Gobierno, al que responsabilizan de sus desgracias. Se sienten impotentes y desvalidos ante la cascada de acontecimientos que sacude la actualidad y exigen mano dura.

Su postura frente a la realidad es claramente ambivalente. Por un lado, desean recuperar la normalidad previa al estallido de la crisis financiera de 2007, regresar a la estabilidad de los viejos buenos tiempos del boom inmobiliario. Por otro, anhelan inconscientemente el desorden. Su consigna no declarada es: “pongamos todo patas arriba”. Dinamitemos el consenso que, con sus promesas de prosperidad y modernidad, nos ha conducido al desastre. Aplastemos al progresismo identitario que ignora las preocupaciones de las regiones profundas y se mofa de sus costumbres y sus tradiciones. A los urbanitas de izquierdas que, con aires de superioridad moral, desprecian a la gente humilde que se abstiene o vota a la derecha.

Esa energía destructiva ha sido canalizada por VOX. El partido de Abascal encaja en la imagen del mundo que deviene de esa subjetividad resentida y, en las pasadas elecciones de febrero, dio cauce a las pulsiones aniquiladoras de los castellanoleoneses. No hace falta ver el futuro para saber que VOX va a seguir apostando fuerte en esa masa creciente y desorganizada de obreros descontentos. Si todo sigue como hasta ahora, la rabia de las provincias perdedoras seguirá aumentando y, con ella, las posibilidades electorales de la derecha autoritaria. La rabia es el combustible de cualquier cambio social. Si alguien tiene un proyecto transformador tiene que disputarla.

Referencias

Eisenberg, Götz (2019) El odio a lo vivo. Observaciones sobre la psicología social del fascismo. Ayer y hoy. Disponible en http://constelaciones-rtc.net/article/view/2948/pdf

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