A la vieja idea de que la guerra es la continuación de la política por otros medios se debe unir el hecho de que se sabe como comienza, pero es difícil prever sus derroteros y desenlace. Porque la actual guerra en Ucrania, que comenzó hace cerca de 70 días, está teniendo un ritmo frenético con un desenlace aún difícil de establecer.

Ucrania se constituyó como nación en el momento de su unión con Rusia y otras repúblicas en la formación de la Unión Soviética en 1922. Sin embargo, el derecho de autodeterminación ucraniano ya fue defendido por Lenin, máximo dirigente bolchevique, años antes. Y su existencia sin opresión nacional por la mayoría gran-rusa fue reivindicada por Lenin en sus últimos escritos antes de morir, en lo que fue conocido como su último combate.

Con la disolución de la URSS en 1991, Ucrania se constituyó como nación independiente. Al contrario de lo que dijo Putin al justificar la invasión del país, la reivindicación de esa independencia y la disposición a luchar por ella es lo que explica por qué hubo una resistencia a la invasión mucho mayor  que todas las previsiones, incluidas las de las potencias occidentales y de la misma Rusia.

Sin estar muy seguros, debido a la manipulación informativa durante las guerras, parece evidente que el plan inicial de Putin no funcionó. Ni Ucrania cayó como un castillo de naipes ni su ejército se desmoronó ante un poderosísimo enemigo. El apoyo en armas y en inteligencia proporcionado por la OTAN desde 2014 –y acelerado con el comienzo de la guerra– fue un aspecto fundamental para eso, pero si no hubiera habido un repudio popular contra la pérdida de su soberanía e independencia, no habría suficientes armas para enfrentar el poderío militar ruso. Las escenas de movilización popular en tareas de apoyo a los soldados parecen indicarlo.

Un tema relacionado es que los posibles planes de Putin de conquistar el país rápidamente y colocar un títere en una Ucrania sumisa no se hicieron realidad. A señalar también que las escenas de destrucción masiva por todo el país, provocadas por las tropas invasoras, la creación de millones de refugiados y desplazados en el interior del país, y hasta los episodios trágicos de masacres (aún pendientes de investigación independiente), sólo consiguieron aumentar la voluntad de resistir, incluso por parte de las poblaciones de origen y/o habla rusa.

Los efectos dramáticos de la guerra en el mundo

Desde el punto de vista de la situación geopolítica global, podemos señalar que en los últimos años se ha producido una unificación sin precedentes de todas las potencias europeas bajo la dirección de EEUU y con importantes aliados en todo el mundo (Australia, Japón y Corea del Sur), además de un crecimiento dramático de un proceso que venía de antes: el rearme de estas potencias y países.

Un ejemplo claro fue el cambio de actitud de Alemania. Si antes de la guerra insistía en mantener su política de conciliación con el régimen de Putin, fruto de la aproximación económica con Rusia, de la que dependía en gran medida (y aún depende) para su suministro de energía, el conflicto militar llevó a que se adhiriese a la política de sanciones económicas y suspendiese la certificación del gaseoducto Nord Stream II desde Rusia, clave para el abastecimiento energético futuro del país.

Por otro lado, rompiendo con una política que venía desde la IIª Guerra Mundial, anunció un drástico aumento en su presupuesto militar que, de mantenerse, debería llevarla, en un cierto tiempo, a convertirse en la mayor potencia militar europea. Lo que, por supuesto, no elimina las contradicciones derivadas de la competencia entre las potencias europeas y los temores que trae el recuerdo de anteriores programas de fortalecimiento militar alemán, que desembocaron en dos guerras mundiales. Sólo los retiran del centro del debate en el corto plazo. Este ejemplo se extendió a muchos países en Europa y en el mundo. Hasta las pacíficas Suecia y Finlandia están considerando seriamente solicitar, en este mes, la entrada en la OTAN.

El otro aspecto, inédito por su aplicación a un país tan poderoso como Rusia, fueron las sanciones económicas brutales impuestas al Estado ruso, que son verdaderos actos de guerra. La revista The Economist, portavoz tradicional del ala supuestamente liberal del imperialismo, empleó este titular: “Sanciones como las de Occidente a Rusia nunca se vieron”.

La reacción de Putin, al poner en alerta su arsenal nuclear (lo único que puede hacer frente a un ataque devastador americano), muestra cuan delicada es la tensión militar inter-potencias. Es la primera vez desde la crisis de los misiles en 1962 que se ha planteado tal posibilidad. Además, los rumores de que los rusos podrían utilizar armas nucleares tácticas (de efecto supuestamente inferior a los grandes hongos que quedaron grabados en los escenarios de las pruebas y en el horror desencadenado por los EUA sobre Hiroshima y Nagasaki) o químicas muestran el cambio en la situación.

Y las tensiones no cesan de aumentar: la semana pasada, Rusia suspendió temporalmente el envío de gas a Polonia y Bulgaria. Sólo el envío a la primera se restableció. Por otro lado, cuando estamos concluyendo esta nota, las noticias dan cuenta de que la Unión Europea comenzó a debatir nuevas sanciones económicas contra Rusia, que incluirían la prohibición de transacciones del bloque europeo con petróleo ruso, de forma gradual hasta el final de año, pero no quedó claro aún si la medida tendrá la unanimidad necesaria para su aprobación. La gravedad del tema no puede ser minimizada: un antecedente histórico poco mencionado es que el ataque de las fuerzas militares de Japón sobre Pearl Harbour en diciembre de 1941 fue antecedido por el bloqueo total americano a la importación de petróleo por Japón en julio de ese año. No queremos ser alarmistas: continúa existiendo un mecanismo de precaución que tiene un nombre que evidencia su riesgo: es el llamado Mecanismo de Destrucción Mutua Asegurada, que evita mayores choques entre grandes potencias nucleares. Hay varios pasos que llevan a esa escalada en dirección a una confrontación catastrófica que no fueron, de momento, dados: la guerra cibernética, la participación directa de tropas occidentales en la guerra o una aún mayor destrucción de la infraestructura ucraniana.

Sin embargo, es preciso destacar, en esta rápida síntesis, que, a diferencia del período de la Guerra Fría, no hay mecanismos establecidos de negociación como los utilizados en la crisis de 1962 y también en la crisis anterior en Berlín. Además de la imprevisibilidad, un elemento presente en todos los conflictos bélicos.

La guerra en una nueva fase

Una segunda etapa de la guerra comenzó con el anuncio el 22 de abril, por el mayor-general (máxima jerarquía en el ejército ruso) Rustam Minnekaev, de que el ejército ruso se iría a concentrar en el Donbass (este del país) y en parte del Sur de Ucrania. Fue el reconocimiento de que la idea inicial de una gran operación que asumiese rápidamente el control de todo su territorio se había mostrado inviable o demasiado costosa. Desde entonces, la guerra se ha concentrado en esas regiones, pero el avance de las tropas rusas continúa siendo, aparentemente, igualmente lento.

Y en los últimos días, hay señales preocupantes de que la guerra continúa su escalada. En primer lugar, por el ya mencionado proceso de rearme mundial. El presidente Biden pidió al Congreso americano la aprobación de una ayuda militar y humanitaria a Ucrania por el valor de 33 billones de dólares en los próximos años. Que es la expresión de lo que los documentos de la inteligencia americana estaban pidiendo: la preparación para una guerra larga en Ucrania.

Esa intención quedó clara a finales de abril, en la reunión de más de 40 países, en la base aérea alemana de Ramstein, en que se formó el grupo de contacto en apoyo de Ucrania. Y, hecho importante, el tipo de armamento enviado para el ejército ucraniano evolucionó de las llamadas armas defensivas a las ofensivas, como tanques y misiles antiaéreos Gepard alemanes, además de poderosos drones.

Los temores de que la guerra traspase las fronteras ucranianas no son excesivos. Ya en marzo, misiles rusos alcanzaron blancos a pocas decenas de kilómetros de la frontera con Polonia, país de la OTAN. Recordemos que Biden varias veces afirmó que ni una pulgada de territorio de países pertenecientes a la organización militar podría ser alcanzada sin reacción.

También merece mención la explosión de bombas en Transnístria, región separatista de la vecina República de Moldavia, donde hay una importante población de origen y/o habla rusa, similar a lo que ocurre en las autodenominadas repúblicas populares en la región de Donbass. En la misma declaración citada antes, el general Minnekaev incluyó como uno de los objetivos rusos la formación de un corredor terrestre entre la anexionada Crimea y Moldavia. Las explosiones podrían servir como pretexto para extender la operación militar rusa al país vecino.

Los dos aspectos principales de la guerra

La guerra tiene dos componentes centrales, a saber:

  1. Una lucha defensiva justa de un país independiente contra la ocupación de un antiguo opresor, Rusia, una potencia regional con reconocida presencia en su entorno y que se acentúa en momentos de crisis (como en los levantamientos populares en Kazajstán y Bielorrusia en los últimos años). Un elemento altamente negativo y limitador en esa lucha es el carácter del liderazgo ucraniano, Zelensky, estrechamente aliado al imperialismo americano.
  2. El conflicto inter-imperialista que opone el bloque imperialista hegemónico liderado por los EUA a la Rusia de Putin, aliada de China, principal potencia emergente. Con el avance del patrocinio militar de los países de la OTAN a Ucrania y de las sanciones económicas a Rusia, la guerra da pasos en el sentido de transformarse en una guerra directamente entre potencias. Cabe señalar que  Rusia es la segunda mayor potencia nuclear del mundo y la segunda mayor exportadora de armas del planeta. Este segundo aspecto expresa la extensión y ampliación al terreno militar de una disputa por el control hegemónico del mundo. No se debe olvidar que Rusia es aliada privilegiada de China (segunda potencia económica mundial), y que con ella estableció, apenas veinte días antes del comienzo de la guerra, un pacto de “amistad sin límites” (como afirma textualmente la declaración conjunta ruso-china). Debido a la determinación de los imperios occidentales de apoyar a Ucrania, el tema de la disputa entre ambos bloques imperiales ha ido adquiriendo cada vez más peso en la evolución de la guerra. Recordamos esto porque, desde este punto de vista, ninguno de los dos bloques merece ningún apoyo ni esperanza por parte de la clase trabajadora y por parte de los oprimidos del mundo, ya que esta disputa responde al deseo de ganar espacio geopolítico y siempre se han mostrado implacables con su propia población trabajadora. A nivel mundial, el papel de EE UU en América Latina, en Vietnam y en tantos otros lugares no deja lugar a dudas. En el caso de China, fue cómplice en la privatización de empresas clave en varios países durante la onda neoliberal, como en el puerto del Pireo en Grecia o en las compañías de electricidad en Portugal. Además de la represión interna en Hong Kong y Xinjiang (contra la minoría Uigur).

Sin abordar en profundidad el tema, merece ser mencionado que la guerra acelera la crisis económica de un mundo que lentamente está saliendo de la pandemia, llevando la inflación a índices inéditos en las últimas décadas, aumentando cualitativamente el sufrimiento de las grandes masas populares. El hambre, que ya estaba creciendo en el mundo desde la pandemia, ha aumentado. Las últimas estadísticas dicen que, sólo en nuestro país [Brasil], 19 millones de personas pasan hambre. Y la guerra también se da en medio de la aceleración de los efectos de la crisis climática civilizacional y disminuye aún más los limitados esfuerzos en busca de una transición energética desde los combustibles fósiles.

05/04/2022

Artículo original: Esquerda Online

Traducción: viento sur

 

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