A 20 años de su detención, Mikel Soto, además de contar el proceso que vivió en primera persona, comparte para viento sur sus reflexiones y preocupaciones sobre los temas a los que nos lleva su caso: la tortura, las detenciones incomunicadas, sin asistencia letrada de garantía, el funcionamiento de la Audiencia Nacional y también qué alternativas construir frente al punitivismo dominante.

Mikel Soto Nolasco (Iruñea, 1978) fue detenido junto a su compañera Ainara Gorostiaga en Castellón, a las puertas de la cárcel, en el mes de febrero de 2002. Trasladado a la enfermería de la cárcel desde el cuartel de la Guardia Civil de Tres Cantos (Madrid) por orden de la forense, debido a su deteriorado estado físico a causa de las torturas, fue imputado por el asesinato de un concejal de Unión del Pueblo Navarro de Leitza junto a su compañera y a otros dos supuestos miembros del comando. En el mes de febrero de 2004 salió de la cárcel en libertad provisional, retirándole la imputación de asesinato, resultando finalmente condenados los cuatro por colaboración con banda armada, en grado de tentativa. Los cuatro de Pamplona pasarían luego al espacio mediático, sobre todo con una insistente pregunta: “¿Qué clase de tratamiento ha recibido Ainara en el cuartel para que se autoinculpe de un asesinato no cometido e implique a los otros tres?”

Begoña Zabala: ¿Cuáles son los pasos que se suceden desde que te detienen hasta que dos años más tarde sales en libertad condicional?

Mikel Soto: Nos detienen el 23 de febrero de 2002, precisamente en la puerta de la cárcel de Castellón, porque mi compañera, Ainara Gorostiaga, tenía un vis a vis. Estamos unas horas en el cuartel de Castellón sin maltrato alguno, pero inmediatamente nos llevan a Madrid, al cuartel de la Guardia Civil de Tres Cantos. Allí padecí cosas terribles hasta que al cuarto día la forense se asusta y me saca. Es difícil resumir las torturas que sufrí; baste decir que pasé once días incomunicado y una semana hospitalizado.

La noche anterior a que me hospitalicen me obligan a hacer dos declaraciones. Nunca sabré cuál de las dos fue la de verdad. En la primera, entro a una sala donde hay dos personas sentadas y luego entran otras que se sitúan detrás y no veo. La segunda vez ocurre lo mismo, por lo que pienso que la primera es ante guardias civiles, porque no están seguros de si voy a declarar lo que ellos quieren, cosa que hago; únicamente consigo escribir “NO” en todas las hojas en vez de firmar. En una de esas declaraciones estuvo un abogado de oficio, supongo que en la segunda, pero yo no lo vi y él admitió que no me vio la cara.

A partir de ahí, se pasan toda la noche dándome pomada y hielos para bajar la hinchazón y los hematomas. Aun así, a la mañana siguiente, nada más verme, la forense me dice que me va a sacar. Me llevan a la Audiencia, donde deciden que no voy a declarar, que no estoy en condiciones. Entonces, me ingresan en la enfermería de Soto del Real, incomunicado. Tan incomunicado que, a los días, cuando consigo ponerme en pie, les pido a los funcionarios una Biblia que, la verdad, no había leído nunca. Me la denegaron: “Si quiere rezar rece, pero no le podemos dejar una Biblia, está incomunicado”.

Días más tarde, me llevan a declarar delante del juez el mismo día que Ainara. La sorpresa es que el interrogatorio delante del juez va por derroteros distintos a los de Tres Cantos, realizándome gravísimas acusaciones sobre las que no fui interrogado durante la tortura. Y es que, a raíz de las terribles torturas que sufre, Ainara declara que yo dirijo el Comando Urbasa de ETA, formado también por mis amigos Jorge Txokarro y Aurken Sola y que habíamos matado en 2001 al concejal de UPN de Leitza, José Javier Múgica Astibia. Y acusado de ese asesinato me ingresan en prisión.

 

  1. Z.: Se puede suponer que el paso a la cárcel, en general, te da un respiro o un descanso de las torturas padecidas y del internamiento en aislamiento y hospitalización. Pero en este caso hay que añadir el agravante de la acusación de asesinato.
  2. S.: Ingresamos en una cárcel de máxima seguridad, clasificados como FIES-3 –banda armada–, con las comunicaciones intervenidas y todo tipo de privaciones. Como la cárcel niega que Ainara y yo seamos pareja, nos casamos para poder vernos. En la calle, nuestras familias empiezan a denunciar la salvajada que nos hacen con un gran apoyo humano y social, pero con total rechazo institucional. Y así pasamos dos años hasta otro mes de febrero, de 2004, que me ponen en libertad.

El relato prosigue kafkiano, porque cuando voy a firmar la prórroga para otros dos años más en prisión provisional, me ponen en libertad. Me pareció tan increíble que, al principio, le eché a mi abogado en cara la broma de mal gusto. Si en ausencia de explicaciones la situación ya era incomprensible, resulta que el juez Ruiz Polanco había rebasado el límite legal de los dos años de prisión provisional sin prorrogar, lo que le obliga a soltar a otros procesados. Y se arma tal escándalo que, cuando todo apuntaba a que iban a soltar a Ainara, la procesan por el atentado contra Múgica Astibia.

Nuestro abogado sale perplejo a comunicarnos la permanencia y procesamiento por asesinato de Ainara…, y a comunicarme que lo más probable es que me detengan otra vez y que cree que no, pero que es posible que sea otra vez bajo la Ley Antiterrorista. Le digo que antes me corto las venas. Ese momento es, sin duda, de los peores de todo lo vivido.

Sin embargo, a los dos días, el viernes 27 de febrero, sueltan a Aurken y Jorge, nos ponen a todos una escolta policial de 24 horas y mantienen a Ainara en prisión. Pero ese fin de semana los medios anuncian que el lunes estamos citados, primero con Ruiz Polanco y luego con Garzón, que instruye el atentado de Leitza. Es decir, todos interpretamos que volvemos a la cárcel. Por lo menos, sin tortura.

Mientras esperamos a declarar, empiezan los movimientos raros. Finalmente, declaramos ante Garzón, que nos exculpa totalmente del asesinato de Múgica Astibia. Es entonces cuando nos enteramos que hacía medio año ya que había aparecido en Francia documentación que dejaba claro que nosotros no teníamos absolutamente nada que ver con aquello.

Aun así, mantienen a Ainara en la cárcel unas semanas más, tratando de soltarla sin mucho revuelo. Pero cuando sale en libertad, todo el mundo se pregunta, lógicamente, qué han tenido que hacerle para inculparnos en un asesinato que no hemos cometido. El propio lehendakari Ibarretxe lo denuncia públicamente y la prensa nos bautiza como “los cuatro de Iruñea”, en referencia al caso irlandés de “los cuatro de Guilford”[1].

Aun así, nos mantienen la causa por pertenencia a banda armada. Cuando llega el juicio nos ofrecen un acuerdo: dos años. Lo comido por lo servido. El abogado nos dice claramente que, hagamos lo que hagamos, no nos van a absolver. El caso había sido un escándalo demasiado grande. Así, quedamos libres, pero con la condena cumplida por la absurda acusación de “tentativa de colaboración con banda armada”.

B. Z.: Ahora, tantos años después, estamos viendo cómo se condena al Reino de España por no haber investigado las denuncias de torturas, y muy recientemente, en el caso de Xabier Atristain, por no haberse concedido el derecho a una defensa con garantías. También está el más reciente asunto de Gorka Palacios, pero en este caso ha sido la propia Audiencia la que no acepta las autoinculpaciones bajo torturas denunciadas y no investigadas. ¿Cómo fue tu asunto en este tema?

M. S.: Yo denuncié las torturas delante del juez, algo muy desagradable, ya que me interrumpió para preguntarme si se me había “acabado la cuerda” y para decirme que la Guardia Civil no tortura.

Cuando me levantan la incomunicación, mi abogada Amaia Izco me ve en la cárcel el derrame del ojo, el labio partido y demás hematomas y heridas, y va directa a poner una denuncia. Más tarde, preguntará a mi abogado de oficio cómo no dijo nada de mi estado, ante lo que este le confirmó que nunca llegó a verme la cara, pues yo estaba sentado ya cuando le hicieron pasar.

La denuncia se archiva sin que siquiera admitan los informes de la enfermería, o la foto que yo tenía de entrada en la cárcel. Nada. Por aquel entonces hay ya algunas sentencias de Europa, como la de Martxelo Otamendi, que condenan a España por no investigar. Parecía claro que con la mía, como mínimo, iba a pasar lo mismo. Pero, finalmente, archivan la causa por un error de la procuradora al comunicar el archivo a mis abogados y, pese a demostrar ese error, deniegan el recurso y mi denuncia es archivada de la forma más increíble. Parece mentira, pero ese día fue uno de los que más amargamente he llorado durante estos años.

 B. Z.: Pasado ya mucho tiempo, y con todo lo que has ido conociendo, ¿cómo analizas todas estas actuaciones y despropósitos de los procedimientos policiales, judiciales y penitenciarios al amparo de la Audiencia Nacional? ¿Qué es lo que ha sucedido exactamente en un periodo de dos años, y cómo se pasa de estar imputado por un asesinato cometido por un comando de ETA, en el que se te señala como jefe, a estar libre en la calle?

M. S.: Por de pronto, lo único que parece claro es que quieren detenernos, torturarnos y quitarnos de en medio. Éramos militantes conocidos ya que todos habíamos tenido diversas responsabilidades en movimientos populares. En mi caso, cosa rara en mi generación, no había sido detenido nunca. Pero mi nombre había salido en interrogatorios a detenidos y la policía había llegado a mandarme recuerdos. Pero eso sigue sin explicar la acusación de asesinato que la Guardia Civil sabe perfectamente que es falsa. No solo no tenemos armas ni documentación, es imposible no concluirlo tras los interrogatorios, ya que, si utilizas la tortura, necesitas un método muy depurado de comprobación de la información. Y está claro que, al contrario que los estadounidenses en Afganistán, España lo tiene.

Una acusación de asesinato es muy seria para la Justicia y, ni qué decir, para la familia del asesinado, en este caso la de Múgica Astibia. Yo diría que el juez Ruiz Polanco creyó a la Guardia Civil y, no sé por qué, esta decidió ir adelante con la acusación. Fue notorio que en la Audiencia hubo una pequeña crisis cuando nos soltaron y expedientaron a Polanco, por eso no pierdo la esperanza de saber alguna vez qué ocurrió. Aunque, como con tantas cosas, es muy posible que nunca lo sepamos.

Lo cierto es que sufrimos cárcel y tortura, pero el caso es que parecía que íbamos a pasar nuestra vida entre rejas. Afortunadamente, no pasó. El descrédito que sufrieron, por lo menos en nuestro entorno, fue grande. En cuanto a quitarnos de en medio, que cada cual juzgue: años después, encarcelaron a Jorge Txokarro durante 7 años; Aurken Sola fue detenido más adelante y sigue todavía en prisión. Tanto ellos dos como Ainara y yo seguimos militando en organizaciones políticas y sociales, entre ellas, los cuatro somos miembros de la Red de Torturados de Navarra.

 B. Z.: ¿Cómo ves tú el papel que juega la tortura, así aplicada de forma sistemática y bestial, en las tareas policiales y judiciales, y evidentemente carcelarias y represivas?

M. S.: Yo creo que la tortura, por una parte, tiene fines prácticos. Se consigue una información que, de otra manera, sería imposible lograr. No quiere decir que esa información sea buena de por sí; como decía, hay que comprobarla. Baudelaire, siempre tan provocador como acertado, estaba en contra de la tortura porque es la utilización de un método material para tratar de conseguir algo espiritual, la verdad.

Si se aplicara el protocolo de Estambul a todas las personas que hemos denunciado torturas y se revisaran todas las causas judiciales que se han armado en base a inculpaciones bajo tortura, todos esos procesos serían nulos. Así que hay un fin práctico de información, autoinculpación e inculpación.

La tortura es tan terrible que su mera existencia siempre parece un fracaso para la humanidad

Pero, por otro lado, persigue la intimidación y la coerción. A todo el mundo le da miedo la tortura y, en algunos momentos, se ha practicado de una forma tan indiscriminada que creo que era un elemento de terror cotidiano dirigido a hacer replantearse su compromiso a la militancia política vasca. Creo que ese es su mayor fracaso: generación tras generación, la gente ha mantenido su militancia y sus ideas en una proporción espectacular.

Una última reflexión, no sé si antropológica o cultural como aficionado a la Historia. Echando la vista atrás, la tortura, incomunicación y los juicios extraordinarios son, tristemente, muy españoles. Se parecen muchísimo a los procesos inquisitoriales. Las cartas de fray Luis de León desde una cárcel secreta de la Inquisición para defenderse de las acusaciones en su contra…, parece la Audiencia Nacional. Y es que el 4 de enero de 1977 desaparece el TOP franquista y, al día siguiente, un real decreto crea la Audiencia Nacional. Eso es algo a lo que España no se ha enfrentado nunca, por eso se ha cronificado y amenaza a cada generación de españoles, vascos o catalanes, casi sin mutar.

B. Z.: ¿Y así hasta cuándo? Quizá hay que recordar que estamos hablando de 2004, y todavía más adelante, e incluye, es obvio decirlo, gobiernos del PSOE.

M. S.: Fernando López Agudín escribió sus memorias durante el período que trabajó como director general de relaciones públicas del Ministerio de Justicia e Interior fusionados con Juan Alberto Belloch[2]. En el libro cuenta que, en los años 1994-95, asistió a una reunión antiterrorista en Gasteiz en la que hablaron sobre cómo seguir trabajando con red, es decir, cómo seguir torturando.

Es atroz. Pero también es cierto que cada vez es más difícil. La tortura es tan terrible que su mera existencia siempre parece un fracaso para la humanidad. Y es que yo recuerdo que cuando me hospitalizaron el único medio que sacó esa información a portada fue Gara. Sin embargo, mientras yo estaba en la enfermería se hicieron públicas las fotos de Unai Romano; al año se produjeron las detenciones, torturas y el cierre de Egunkaria…, y la sociedad vasca salió en masa a protestar. Tras eso, en 2008, cuando hospitalizan al lesakarra Igor Portu, la noticia fue portada en todos los periódicos, por lo menos vascos y navarros.

No podemos perder nunca eso de vista. Debemos luchar contra la tortura como si fuera el primer día, pero sin olvidar el camino que hemos hecho ya. No sería justo con los torturados, con todos los ciudadanos que alzaron su voz, ni tampoco con la propia humanidad.

B. Z.: Sobre este tema de la tortura, con frecuencia se señala que lo que sí se consigue es una información valiosa, que evita males mayores. Y también está el recurrido argumento de que son casos aislados y se debe especialmente a gente muy sádica. ¿Lo ves así?

M. S.: Bien, es cierto que yo también tenía esa imagen. Y la verdad es que lo que te encuentras es algo muy distinto. Son equipos muy preparados y muy trabajados. Realmente es gente que se ha tomado muy en serio lo de torturar y lo ha ido perfeccionando desde el franquismo y los años ochenta. Entonces se torturaba en los cuarteles de Intxaurrondo, en la Avenida Galicia en Pamplona… Y eso suponía que, a veces, la tortura se topaba con forenses o abogados de oficio fuera de control. Y daba problemas. Con lo cual, lo que hacen es trasladar a todos los detenidos a Madrid. A eso me refiero con perfeccionamiento.

Yo lo que he visto –o más bien padecido, ya que siempre me tuvieron con los ojos vendados– es un trabajo muy estructurado y profesional. Creo que era gente a la que le habían hecho sentir que torturar era su deber y es llamativo el control técnico que tenían sobre la tortura: toman pulsaciones, saben cuánto se puede asfixiar a alguien sin desmayarse…

Siempre se mencionan los posibles remordimientos de los torturadores, pero no olvidemos que el trabajo que hicieron con esos grupos estaba dirigido a sobrellevar su penosa labor. Desde luego, hay que ser una persona un poco especial para dedicarse a eso, pero la imagen que tenemos del típico torturador sádico no parece la más real. Son profesionales. Muy trabajados. Y convencidos.

No sé cuáles serán sus aptitudes y en qué medida ha contribuido su formación a lo que son. Quiero decir que son paródicos, por ejemplo, en todo lo relativo a su nacionalismo español. Y puede que tal vez más aún respecto al patriarcado. En ese sentido, las amenazas con violar a tu novia, con contratar un negro para que te viole, su obsesión con el sexo anal… Más allá de la esencia patriarcal de la sociedad y, por supuesto, de la Guardia Civil, seguramente su preparación los lleva a profundizar más en algunos aspectos presentes en nuestra sociedad llevados a la pantomima. Una pantomima terrorífica, huelga decir.

B. Z.: He leído un artículo tuyo muy interesante en el que analizas cómo la tortura contra los hombres también es una tortura sexual, representa realmente como tú dirías las parodias del patriarcado, versión masculina[3].

M. S.: Afortunadamente, el feminismo avanza y, aunque no al ritmo que debiéramos, también avanzamos los hombres. Así, mi generación ha leído y ha adquirido herramientas feministas básicas, sin las que no hubiera podido hacer esa reflexión tan simple, que estaba delante de nuestras narices pero que, según me dijeron muchos torturados cuando publiqué el artículo, era algo que no habían visto nunca bajo ese prisma feminista.

Está claro que la tortura tiene para las mujeres un marcado carácter sexual, y así lo hemos entendido siempre. Lo que ocurre es que también tiene ese carácter para los hombres. La cuestión es de qué forma se aplica esa violencia sexual, cómo nos afecta, y con qué nivel de éxito o consciencia se aplica. La tortura trata de activar los terrores patriarcales en ambos géneros. Por eso, en el caso de los hombres, los golpes o electrodos en los testículos, la desnudez, o la violación anal con palos de escoba va acompañada de los insultos de maricón, nenaza, de amenazas sexuales… Es decir, ataca lo que entendemos como masculinidad hegemónica. Lo que ocurre es que los hombres no solemos vernos a nosotros mismos como posibles víctimas de violencia sexual y metemos lo que nos pasa en esa categoría terrible de tortura. Nuestros miedos no están vinculados a los terrores patriarcales de las mujeres que, en este sistema patriarcal, llevan toda la vida sufriendo experiencias reales de violencia sexista.

Esa es la reflexión que hice en 2018, que fue bien recibida por las y los torturados y con la que, humildemente, quedé contento. Además de por la acogida, porque si, efectivamente, las personas torturadas logramos comprender los mecanismos y objetivos de ese sexismo extremo que hemos sufrido, nos será más fácil combatirlos y superarlos en nuestro día a día. Y que de algo tan terrible como la tortura pueda salir algo tan valioso y necesario para esta sociedad, me parece la venganza más hermosa y humana que nadie hubiera podido imaginar.

B. Z.: Se observa, en ocasiones, que el paso por las detenciones y la tortura crea un sentimiento inconfesable, y a veces oculto, de culpa. A veces se llega a la negación. A veces te culpabilizas porque no has resistido, o te has quebrado y has dicho algo...

M. S.: Efectivamente, uno de los sentimientos que afloran es el de la culpa. No he encontrado a un solo torturado que no lo tenga o haya tenido. Es terrible. Y da igual lo que hayas confesado o dejado de confesar, algo de lo que ocurre lleva al ser humano a la culpa. Seguramente es algo profundamente unido a nuestra cultura y mentalidad judeocristiana. Sin culpa no hay cristianismo.

No estoy seguro, es posible que esté unido a la vergüenza, porque parte de que lo que ocurre es vergonzoso. Quiero decir, no solo por la parte física, sino también la vergüenza del pudor. Uno de los mejores cuentos que he leído sobre el tema es Euskara izan, del escritor navarro Jon Alonso, que narra las torturas de su padre. Empezando por los detalles hasta su increíble humanidad, es magnífico. En un pasaje, consigue transmitir la vergüenza de su padre al recordar un momento en el que se engaña y le engañan. Y es que todas las trampas que te ponen en los interrogatorios hacen saltar mecanismos profundos que producen en los torturados sentimientos de vergüenza y culpa muy duraderos y complicados de tratar, incluso por profesionales.

B. Z.: Actualmente se menciona mucho, hablando de estos temas, el perdón. Te pregunto como víctima de torturas, ¿hay que pedir perdón?

M. S.: Yo no me considero víctima. Soy un superviviente de la tortura. Es evidente que he sido víctima de la tortura. Pero víctima es una categoría pasiva y, sobre todo, estática. No se puede salir de víctima porque, ¿cuándo se dejaría de serlo? Además, las víctimas pueden ser utilizadas para fines totalmente ajenos a ellas: ya sea justificar la ocupación en Palestina, o endurecer las penas contra violadores.

En un encuentro con un grupo de personas que habían sufrido la violencia en Irlanda del Norte, escuché su explicación sobre ser un survivor y me convencieron. Bueno, de hecho soy, literalmente, un superviviente. A mí me sacó de Tres Cantos, el mismo sitio en el que dejó morir a Gurutze Iantzi, la forense Leonor Ladrón de Guevara. No quería que, como le ocurrió en el juicio posterior, los guardias civiles le echaran toda la responsabilidad de la muerte de Iantzi a ella. Es terriblemente duro pensar que, tal vez, gracias a eso estoy yo hoy aquí.

Lo del perdón es otro tema. Para mí, sacar a la discusión pública aspectos de la moral privada es una locura. Como decía antes, una muy hispana. Y vuelvo a la expulsión de judíos y moriscos de la península: “Tenéis que convertiros todos, si no, os echamos y, si os quedáis, os quemamos”. Claro, tras eso, ¿cómo saber si se han convertido de verdad? ¿Cuántos cristianos nuevos fueron quemados? Si la opción es “o te conviertes o te quemo”, es imposible saber si la persona lo ha hecho convencida. Con el perdón llevado al debate público, no digamos al ámbito judicial, ocurre lo mismo. ¿Cómo era la reciente carta de uno de los condenados por la violación grupal de Iruñea? Una vergüenza. ¿Eso queremos? Para que sea real, hay que ofrecerlo como, por ejemplo, Irene Villa: “Yo no perdono por su tranquilidad, yo perdono por mi felicidad”.

Yo creo en las tres erres: Reconocimiento, Reparación y garantía de no Repetición

Para mí es más importante que haya un reconocimiento de lo ocurrido. En ese sentido, más que en la culpa o el perdón, creo en la responsabilidad. Es vergonzoso que de los centenares de personas que han participado en la tortura o la guerra sucia en España, prácticamente no haya sido juzgada casi ninguna; menos aún condenada; y las pocas que lo han sido hayan sido indultadas, por no hablar de las condecoraciones. Pero, por encima del dolor personal, yo quiero ser consecuente. Soy antipunitivista. Ya he conocido la cárcel; es una indecencia. No soluciona nada, al contrario. ¿En qué ayudaría a esta sociedad que los guardias civiles que me torturaron fueran encarcelados? Separados de sus familias, hijos e hijas… ¿En qué mejora esta sociedad, ya de sobra jodida, otra generación de niños y niñas creciendo con esa dolorosa realidad de la que suelen venir de la mano las más terribles violencias patriarcales?

Yo creo en lo que reivindican todos los organismos pro derechos humanos, las tres erres: Reconocimiento, Reparación y garantía de no Repetición. Y si solo tuviera que quedarme con una, sin duda sería el reconocimiento. Sin eso no podemos avanzar como sociedad. Es lo mejor que podemos hacer por todas las personas que sufrieron o sufrimos; que en un futuro cercano no sufra nadie más. No podemos renunciar a ese hermoso horizonte de humanidad por un estúpido u oportunista egoísmo.

Begoña Zabala es activista feminista y forma parte de la redacción de viento sur

Notas:

[1] Entre otros lo recoge El País el 31 de marzo de 2004: El Gobierno vasco pide que se investigue la prisión de cuatro personas exculpadas.

[2] Se refiere al libro que escribió López Agudín en 1996, titulado En el laberinto: diario de interior 1994-1996.

[3] Se refiere al artículo “Violencia sexual y tortura”, publicado en Gara el 18/02/2018.

 

(Visited 2.980 times, 1 visits today)