Nuestro querido compañero y amigo Daniel Pereyra falleció el pasado 6 de febrero en Madrid a los 95 años de edad, tras una larga y ejemplar trayectoria de luchador incansable, de la que en parte, dio testimonio en sus Memorias de un militante internacionalista, publicadas en 2014. Desde viento sur, esperamos rendirle el homenaje que se merece pronto, pero ya en otro artículo recientemente publicado en nuestra web uno de sus más estrechos amigos y compañeros de lucha, Roberto Montoya, nos ha recordado sus primeros pasos y su activa participación en el proceso de construcción de sucesivas organizaciones revolucionarias en su Argentina natal y en Perú y su posterior exilio en Madrid tras el triunfo de la dictadura militar en su país.

Daniel Bensaïd en sus memorias, Una lenta impaciencia (2018), dio testimonio de cómo conoció al Ché Pereyra cuando viajó a Argentina en 1973: allí, decía, comprobó que “este antiguo joven obrero metalúrgico era toda una leyenda (…). Su inalterable alegría, su cortesía, su humor, su elegancia caballeresca, contribuyeron no poco a ganar nuestro apoyo a la orientación de lucha armada”. Y en efecto, parte de esa leyenda, sobre todo de su dura experiencia peruana, ha quedado reflejada luego en películas, libros, como Avisa los compañeros, pronto, y otros trabajos.

Algunos miembros de la redacción y del Consejo de esta revista le conocimos más tarde, junto con su compañera Juanita, cuando llegó a Madrid en 1978 y enseguida se incorporó a las actividades de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), dispuesto a asumir cualquier tipo de tareas, como la que le correspondió en la logística de nuestro V Congreso, celebrado en Madrid pocos meses después. Desde entonces, participó en las actividades de esta organización, siempre con opinión política propia y expresando libremente sus discrepancias en más de una ocasión con las decisiones que se tomaban, como ocurrió respecto al proceso de unificación con el Movimiento Comunista (MC), por ejemplo, tal como cuenta en sus Memorias. Así continuó haciéndolo en Espacio Alternativo, Izquierda Anticapitalista y Anticapitalistas en los últimos años, siempre en el marco del grupo de Hortaleza del que fue un animador permanente y con la Cuarta Internacional como referencia fundamental. Una actividad inseparable de ese rasgo profundamente internacionalista que le caracterizaba y que le llevaba a seguir de cerca cualquier acontecimiento en una u otra parte del mundo donde los pueblos se rebelan contra las injusticias. Por eso se sintió también identificado en las últimas semanas con el levantamiento popular frente a la oligarquía golpista en Perú.

Además de sus Memorias, Daniel fue autor de otras obras; entre ellas: Del Moncada a Chiapas. Historia de la lucha armada en América Latina (1994 y 1996), Argentina rebelde (2003), Mercenarios (2007), Che, Revolucionario sin fronteras (2017) y, junto con Roberto Montoya, El caso Pinochet y la impunidad en América Latina (2000). También escribió una larga lista de artículos en diferentes revistas y medios. Entre ellos, por cierto, una dura crítica con su seudónimo de Luis Alonso en 1984 de Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, un panfleto antitrotskista que, según él, poco tenía que envidiar a la propaganda del Kremlin.

Probablemente, uno de los últimos artículos suyos publicados haya sido el que apareció en el número especial 150 de viento sur. En él se puede comprobar su preocupación por hacer balance de las distintas experiencias por las que había pasado en el Estado español y por tratar de aportar algunas ideas a un proyecto de “partido-movimiento” en el que lo político y lo organizativo estuvieran siempre estrechamente unidos.

También sabemos que estaba escribiendo unas notas en las que trataba de extraer lecciones de la experiencia de lucha armada en América Latina durante los años 60 y 70 del pasado siglo y posteriormente.

La descripción que hizo Daniel Bensaïd del Ché Pereyra cuando se reencontró con él en Madrid hace ya mucho tiempo resume muy bien cuál era su talante: “Tan dinámico y alegre como siempre, ha atravesado los deprimentes años del postfranquismo sin rendirse, atento al menor rebrote de esperanza, fiel a sus compromisos, a sus compañeros y a sus muertos”.

Daniel “el Gallego” fue, en fin, un gran amigo de sus amigas y amigos de muy diferentes generaciones, siempre amable y respetuoso con otras opiniones, alejado del sectarismo y abierto a lo que podía parecerle a primera vista heterodoxo, pero que él veía que podía estar impregnado de un potencial subversivo, revolucionario y prefigurador de un comunismo digno de ese nombre.

Como escribió el poeta Miquel Martí i Pol en su Lletra a Dolors, nos costará imaginarlo ausente para siempre, pero son tantos los recuerdos que se acumulan de él y con él que nos exigirán siempre ser fieles a su legado.

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