Contra todos los pronósticos, en un país que se calienta aún en parte con carbón y que se sitúa entre los mayores emisores europeos de gas con efecto invernadero, un movimiento político activista se desarrolla en Gran Bretaña desde hace tres años alrededor del tema del clima y de la crisis ecológica. Pero, a diferencia de muchas luchas ecologistas históricas, ha nacido primero de una forma concebida por sus iniciadores como una palanca de movilización pero también como un fin en sí: los Campamentos por la Acción Climática (Camps for Climate Action). Surgidos de la decepción de los anti-G8, estas concentraciones quieren conjugar activismo, experiencia de vida alternativa y compartir saberes. Rechazan el discurso sobre el medio ambiente y se presentan como un nuevo movimiento social del clima. Con una identidad política deliberadamente flotante entre anticapitalismo, anarquismo, permacultura /1 y decrecimiento.
La cita es un poco antes de las 8 de la mañana cerca de las riberas de la Mancha, en un lugar preciso pero secreto de la península de Hoo, en Kent, en el sureste de Inglaterra. Suficientemente cerca del puerto y de su carretera de acceso para ver la presencia de navíos y de vehículos policiales. Al borde del bosque en el que unas decenas de activistas han pasado la noche y juntado bidones y cuerdas que deben servirles de balsas para remar hasta la central eléctrica de Kingsnorth. A las 7h30 , hay que señalar en el Cuartel General su presencia en el lugar por móvil, vía la red Twitter. Anonimato exigido. Identificación mediante una letra y una cifra. A menos cuarto, describir la situación en el lugar. A menos cinco, dar la señal de partida. Poco después de las 8 h, los primeros equipos corren hacia el mar y echarnal agua su embarcación. Llevan chalecos salvavidas, gorros de piratas y banderas con la efigie de la calavera. Es la “Operación Grr…”.
Algunos helicópteros sobrevuelan el brazo de mar. Una balsa cargada de activistas pasa. Otra tiene dificultades para salvar la corriente contraria. Hombres y mujeres al mar. Otros pasan riendo hacia el objetivo. Interviene la brigada fluvial. Algunos kayaks progresan sobre el oleaje ocultándose tras los cascos de los barcos amarrados como si fueran biombos. Un navío de policía remonta el brazo de mar remolcando bidones. Un activista caído al agua moja su rostro maquillado como calavera de pirata mientras el policía encargado de vigilarle se burla de él: “Vaya, ahora es menos divertido, ¿eh?”.
Durante toda la jornada de este 9 de agosto de 2008, centenares de personas intentarán penetrar en el recinto de la central eléctrica de carbón de E-On. Objetivo inmediato: intentar apagarla, por algunas horas al menos (lo que no se logrará… por esta vez; otro lo logrará, solo y anónimo) y sobre todo echar oprobio sobre la instalación y poner trabas al desarrollo de la electricidad minera. Un año más tarde, la partida continúa jugándose en Gran Bretaña, no forzosamente con resultado favorable para los eléctricos del carbono. ¿Ha ofrecido la batalla de Kongsnorth una de sus primeras victorias al movimiento del clima? El pasado año, el gobierno preveía la construcción de nuevas centrales de carbón. Hoy ha revisado sus ambiciones claramente a la baja, según constata un activista.
Estas concentraciones anuales de militantes que vienen a acampar en los alrededores de una instalación industrial o energética considerada como particularmente inaceptable a causa de sus emisiones de CO2 comenzaron en 2006, en Drax, en los alrededores de una de las mayores centrales de carbón del país. Tres años más tarde, han brotado en Australia, en Finlandia, en Alemania, en los Países Bajos, en Bélgica (dos campos, uno entre los flamencos, otro entre los valones) y en Francia, donde tiene lugar del 3 al 9 de agosto la primera edición de los campamentos climáticos contra el proyecto de aeropuerto de Notre Dame des Landes. Con el modelo de los anti-G8, estas aldeas alternativas constituyen espacios opositores, de duración efímera, que durante unos días atacan su objetivo, como los altermundialistas intentaron (2001 en Génova, 2003 en Annemasse, 2005 en Gleneagles, 2008 en Heiligendamm) bloquear las cumbres de los jefes de Estado. Pero desde varios puntos de vista, los campamentos climáticos son una crítica de las contracumbres. El primer de ellos en Drax en 2006, nació de la decepción del anti-G8 de 2005 en Escocia. Fracaso activista (la cumbre no fue perturbada), pesadilla política (seducida por la iniciativa “Make poverty history”, una parte de las grandes ONGs se situaron del lado del G8, desacreditando a los anti), catástrofe mediática (prohibición de trabajo en el campamento, los anti fueron caricaturizado como casi terroristas), la contracumbre dejaba un gusto muy amargo entre los militantes británicos.
Deprimidos, disgustados, algunos decidieron abandonar la experiencia. Pero otros encontraron en ello, a pesar de todo, una fuente de inspiración. El anti-G8 de Gleneagles nos hizo comprender que era posible hacer una aldea alternativa, organizarse colectivamente, horizontalmente, y okupando la tierra, según analiza uno de los iniciadores del campamento climático. En la práctica, se encuentran allí rasgos característicos del anti-G8 escocés, él mismo inspirado en parte en el AAAAG (Aldea Alternativa Anticapitalista Antiguerra) de Annemasse en 2003: organización en barrios, toma de decisiones por consenso, organización horizontal, negativa a actividades comerciales. En Annemasse, el dinero estaba desterrado de las transacciones cotidianas y reemplazado por tickets con la efigie de una marmota con el puño en alto. En el campo climático, el precio de las comidas era libre y los campistas estaban invitados a hacer una donación para pagar el coste del campo.
Pero a diferencia de las concentraciones anti-G8, el campamento climático quiere construir su propia agenda, decidir sobre sus fechas y objetivos. No ser tributario de la de los jefes de Estado. Y trabajar las alternativas al sistema que denuncia: el menor consumo eléctrico posible, microproducción eólica, WC secos, alimentación vegetariana y una batería de talleres y seminarios sobre los modelos energéticos, los bancos de hidrocarburos, el protocolo de Kyoto… En el 2º campamento climático británico alrededor de Heathrow en 2008, para oponerse al proyecto de extensión del aeropuerto, los campistas se manifestaron tras una banderola que proclamaba “no estamos armados más que de la ciencia evaluada por nuestros pares”. Con el brazo en alto por encima de sus cabezas, llevaban en sus manos cada uno una página del informe sobre las emisiones de CO2 en la aviación publicado por el Centro Tyndall de investigación climática. Algunos minutos más tarde, los mismos cogían grandes escudos de cartón –construidos durante tres días en el campo- ornados de retratos en color de refugiados a consecuencia del cambio climático. Las fotos fueron ofrecidas a los acampados por grafistas militantes. Pegadas en tableros de madera, pronto rotas por las porras de la policía montada cuando el grupo intentaba llegar a los límites del aeropuerto para ocupar sus oficinas, simbolizan la injusticia social generada por la crisis climática. El campamento no es sólo una universidad de verano “decreciente”. Es también un laboratorio de acciones directas no violentas y de desobediencia civil.
Activismo, experiencia de vida alternativa, compartir saberes: tales son los tres pies de los campamentos climáticos. El periódico The Independent publica esta portada estupefacta: es “una mezcla surrealista de Glastonbory, de los derechos civiles y de seminario científico”. La dimensión educativa del campo es muy importante, señala uno de sus iniciadores, marca toda la diferencia pues permite a personas que no han hecho jamás acción directa, sin experiencia militante sólida, participar y sacar provecho de ello.
Como en los años 1990, el movimiento Reclaim the streets se reapropiaba del espacio de la calle, una autovía o el barrio de la City para contestar su uso consumista, los campamentos climáticos británicos toman, por su parte, tierras, okupadas durante la concentración. Hasta el último momento el lugar es mantenido en secreto. Ilegalidad de la ocupación, ilegalidad de las acciones emprendidas: las relaciones con la policía son tensas.
En abril de 2009, el campamento climático levantado al borde de la City en oposición al G-20 que se celebra en la capital británica fue expulsado a golpe de porra. En 2008, el campamento de Kingsnorth fue acosado por las fuerzas del orden que lo sobrevuelan de noche en helicóptero para despertar a los ocupantes y amenazan con penetrar en él en cuanto venga el alba. Los cacheos sistemáticos de quienes llegan y salen hacen los desplazamientos más difíciles y crean un sentimiento de estado de sitio. Prohibidos de estancia en el campo tras un precedente arresto, algunos activistas se disfrazan y se transforman físicamente para engañar a los policías. Distracción lúdica que no logra verdaderamente aliviar la atmósfera. Entre los campistas, el temor a los arrestos es palpable y ocupa las conversaciones. Los menos aguerridos pierden motivación. Ante la desesperación de uno de los iniciadores: “¡Pero el principio de la desobediencia civil es hacerse detener para bloquear el sistema judicial!”. El ecumenismo militante del campamento del clima tropieza así con sus propias contradicciones. La causa del clima no libera, como por arte de magia, de las tensiones clásicas del espacio militante.
Otro espacio de conflicto teórico ha aparecido bastante rápidamente, más fructífero éste: la relación con el capitalismo. ¿Es anticapitalista el campamento climático? Por supuesto, responden algunos. No me reconozco en esa palabra, reaccionan otros. Es particularmente el caso de un permacultor que participa en un taller en una discusión sobre el movimiento del clima. No es su cultura, no es su vocabulario, no es su horizonte político. Él trabaja la tierra, defiende repensar la relación de las personascon la naturaleza de la forma menos colonial, menos agresiva posible. Piensa sistemas energéticos sin externalidad negativa sobre el ecosistema. Practica una agricultura estacional, que afecte lo menos posible a su suelo. Recubriéndole en lugar de labrarlo. Hace así revivir espacios animales y vegetales. Crea burbujas de resistencia al ritmo urbano, a las agresiones del modelo industrial, al consumismo. No es capitalista. Pero tampoco anti. Encuentra su lugar en el movimiento del clima pero no está forzosamente seguro de ser de izquierdas; sin duda aún menos de derechas. Y esto no le plantea ningún problema.
Somos anticapitalistas pero no explícitamente, reflexiona uno de los iniciadores del campamento, en absoluto molesto por el posicionamiento extrapolítico del permacultor. En Gran Bretaña el movimiento ecologista es bastante anticapitalista, pero no queríamos hacer de ello una condición de los campamentos climáticos. Queríamos un espacio más abierto. Un posicionamiento más sutil. Y nuestra izquierda está históricamente poco interesada por el medio ambiente.
"Sin duda somos anticapitalistas sin hacer de ello una ideología formal", continúa el iniciador. "Estamos en contra del crecimiento económico. Algunos de nosotros son radicales. Otros mucho menos. Tenemos en común querer hacer vivir un nuevo movimiento social del clima. La cuestión del medio ambiente no nos interesa. Para nosotros no existe. De lo que hablamos es de la sociedad. Defendiendo nuestra utopía".
Porque rechazan la figura del líder carismático y porque los tres primeros años fueron agotadores, muchos de los iniciadores y organizadores de los primeros campamentos británicos (alrededor de 80 personas) han dado hoy el relevo. Entre ellos, había veteranos de Reclaim the streets, movimientos antiautopistas, okupas, centros sociales. Aparecen algunos grupos militantes formados en los campos climáticos: Plane stupid, Workers´climate action, Action against agrofuels, Climate rush, inspirado por los Suffragettes. Es un equipo en su conjunto más joven el que toma el relevo. Y ya el modelo del campamento climático evoluciona. En 2009, estalla en tres citas distintas, más ligeras de organizar, y más centradas: el anti G-20 de abril, una semana de vida alternativa a finales de agosto en un lugar ocupado, una acción de bloqueo en octubre.
Uno de ellos nos cuenta que viene de las movilizaciones antiguerra. Pero este movimiento no crece. No aprendía en él nada nuevo. “El climate camp me interesa pues las acciones en él son creativas. Antes de una manifestación antiguerra podía predecir sus eslogan. Cuanta gente estaría. Lo que haría. Aquí estoy constantemente sorprendido. Es refrescante. Y es estimulante ser tan numerosos en las reuniones de preparación”.
Otro nuevo joven organizador se interroga a su vez sobre la identidad política de los climate camps. Hay muchos anticapitalistas en los climate camps. Pero utilizamos otro lenguaje. No hablamos de revolución, de derrocar el capitalismo. Se utiliza un vocabulario normal, menos marcado. Más neutro. Es un planteamiento más dulce, útil, pero que puede también plantear problemas. Por eso este año vamos a insistir en la crítica de las finanzas del carbón. Señala también la importancia de la cultura anarquista del campamento. Del Do it yourself [Hazlo tú mismo].
Al comienzo del verano, ha celebrado con otros un stand de información del climate camp en el festival de rock de Glastonbury. Algunos grupos han tocado para sacar fondos para el camp. Algunos activistas pusieron en escena falsas acciones ante el público. Organizaron juegos. Una exposición.
Una pregunta les inquieta. Eran alrededor de 1.000 personas en Drax, 2.000 en Heathrow, 3.000 en Kingsnorth. ¿Serán algún día 10.000?
1/ La permacultura es un conjunto de prácticas y de modos de pensamiento que buscan una integración armoniosa de las actividades humanas con los ecosistemas naturales.
Jade Lindgaard es periodista en Mediapart, miembro del comité de redacción de la revista Mouvements, coanimadora del blog Impasse du pétrole (http://impassedupetrole.info)
Fuente: http://contretemps.eu/recits/emeutes-plus-austerite
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR






