Poco más de 30 años después del fin de la guerra fría, parece que hayamos vuelto al punto de partida. En las últimas semanas, las tensiones entre Rusia y EE UU han alcanzado el punto más cercano al arranque de hostilidades en toda una generación, después de que Moscú acopiara tropas junto a la frontera con Ucrania, alimentando el temor a una inminente invasión rusa.

No está claro qué va a ocurrir a continuación. El presidente Joe Biden amenaza con fuertes sanciones y el posible suministro de material a la resistencia antirrusa en caso de producirse, pero hasta ahora se ha abstenido de enviar ayuda militar a Ucrania y ha descartado el envío de tropas estadounidenses. De todos modos, la presencia de soldados de EE UU en el país contribuye a que la situación resulte explosiva y amenaza con favorecer un conflicto más amplio en caso de producirse un ataque ruso.

Ya se alzan voces a favor de la guerra, advirtiendo de que estará en juego la credibilidad de EE UU si Biden no logra disuadir al presidente ruso Vladímir Putin, y ya estamos escuchando las habituales acusaciones de entreguismo junto con referencias a Neville Chamberlain y los acuerdos de Múnich, en un momento en que los halcones presionan a favor de una respuesta estadounidense más agresiva. A medida que siga evolucionando la crisis, escucharemos muchas cosas parecidas en boca del reducido espectro de comentaristas que encuentran eco en la prensa de gran tirada y en los pasillos del Congreso. Lo que no escucharemos son los siguientes aspectos cruciales.

El problema es la expansión de la OTAN

No se puede comprender el conflicto actual sin conocer la historia de la expansión ‒impulsada por EE UU‒ de la OTAN, la alianza militar antisoviética que continúa sirviendo básicamente de contrapeso militar frente a Rusia. Esta respuesta más reciente, concebida por Putin como una provocación, tiene mucho que ver con la ampliación gradual de esa alianza durante los últimos 30 años. Después de movilizar las tropas rusas, Putin se quejó de la expansión de la OTAN y advirtió de que “la creación de amenazas para nosotros” en forma de apoyo militar de la OTAN a Ucrania constituye una “línea roja”. Volvió a esgrimir la cuestión en su conversación telemática con Biden alrededor de una semana después, reclamando “garantías fiables, establecidas legalmente, que descarten la expansión de la OTAN hacia el este y el despliegue de armamento ofensivo en los Estados vecinos de Rusia”.

Vienen a cuento aquí algunos datos históricos. La OTAN es un artefacto de la guerra fría, concebido inicialmente para contrarrestar a la Unión Soviética y al Pacto de Varsovia en el plano internacional y detener el avance soviético hacia el oeste a través de Europa. Al finalizar la guerra fría y disolverse la Unión Soviética, la OTAN dejó claramente de tener sentido, y tanto el gobierno de George H.W. Bush como el de Bill Clinton prometieron a la dirección rusa que la alianza no se ampliaría hacia el este.

Sin embargo, el Pentágono de Bush urgió en privado a Washington a “dejar la puerta entornada” por si querían ingresar nuevos miembros de Europa Oriental. Es justo lo que hicieron, pese a las críticas de nadie menos que Robert Gates, secretario de Defensa de Bush hijo y de Barack Obama, y las de George Kennan, el padre de la política de contención anticomunista de EE UU. Entre 1999 y 2020, catorce países se unieron a la alianza, todos ellos de Europa Oriental y dos de ellos directamente colindantes con la frontera rusa. Kennan había advertido de que esto “inflamaría las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa” y “empujaría la política exterior rusa en una dirección que decididamente no será de nuestro agrado”. Retrospectivamente podemos decir que dio en el clavo.

Putin estuvo mirando de reojo esta expansión durante un tiempo, pero la inclusión de Ucrania comportaría un salto cualitativo. No solo comparte este país una frontera terrestre mucho más larga con Rusia que cualquier otro Estado miembro de la OTAN, sino que desde siempre existe un poderoso sector dentro del país que concibe a Ucrania fundamentalmente como parte integrante de Rusia, o al menos como una hermana menor. En otras palabras, existe un fuerte orgullo nacional asociado a este país por parte de Rusia, además de importantes preocupaciones en materia de seguridad. Baste imaginar que Rusia o China trataran de incorporar a México a una alianza militar de Estados latinoamericanos encabezada por una de ellas, acantonando tropas y armas al otro lado de la valla que linda con Texas.

Pese a que tanto EE UU como la OTAN siempre han insistido en que la alianza no se dirige contra Rusia, Moscú, comprensiblemente, no está convencida. Después de todo, el propio gobierno de Clinton justificó la expansión de la OTAN invocando la necesidad de estar preparados ante “la posibilidad de que Rusia pudiera… volver a adoptar la actitud amenazante del periodo soviético”, y rechazó la temprana sugerencia de Putin de abrir a Rusia las puertas de la OTAN (aunque fuera sin guardar cola) o de crear un pacto de seguridad paneuropea.

No hace falta contemplar a Putin como a un santo para ver cómo la idea plana que se forman de él los observadores como un taimado supervillano les impide ver hasta qué punto estas preocupaciones en materia de seguridad determinan sus actos. La guerra de Putin con Georgia y la anexión de Crimea se equiparan en EE UU al expansionismo hitleriano, pero en gran parte estuvieron motivadas por el temor a que la OTAN se expandiera hasta el umbral de su casa. Gran parte de lo mismo explica su última iniciativa, que debe interpretarse mejor como un audaz gambito defensivo que, como indican aquellas guerras anteriores, no descarta la posibilidad desastrosa de una invasión.

La política estadounidense se ha vuelto cada vez más impredecible y arriesgada

En Occidente mucha gente ve en Putin a un paria peligroso que desdeña las reglas y normas internacionales básicas. No cabe ninguna duda de que, cualquiera que fuera su motivación, la expansión rusa a los países vecinos fueron una violación flagrante del derecho internacional y de la soberanía nacional, pero debemos comprender que en gran parte del mundo así es exactamente como se ve al gobierno de EE UU, y eso en un grado mucho mayor que a Rusia.

A lo largo de los últimos 20 años, Washington ha lanzado una invasión ilegal de Iraq que ha destruido el país y desestabilizado todo la región; ha creado una red mundial de centros de tortura clandestinos y secuestrado a personas en las calles incluso de países occidentales para trasladarlas allí; ha llevado a cabo un cambio de régimen en Libia, desestabilizando todavía más la región y reduciendo el país a un estado de anarquía violenta; ha impuesto unilateralmente sanciones devastadoras sobre Irán y Venezuela, desafiando a la ONU; ha amenazado continuamente con otra guerra contra Irán, rompiendo con un acuerdo internacional y ha asesinado a uno de los altos cargos iraníes; y ha respaldado o fomentado golpes de Estado en varios países latinoamericanos.

No se trata de juzgar aquí quién es el bueno y quién el malo de la película. La cuestión es que bajo cualquier prisma objetivo, en este siglo Washington ha actuado de manera cada vez más beligerante, errática y con escaso respeto por el “orden internacional basado en reglas” que dice defender, muchas veces con el apoyo de la OTAN, con lo que la ampliación de la alianza hacia el este resulta tanto más inquietante.

Las provocaciones rusas forman parte del toma y daca

En enfrentamiento actual se produce en el contexto de unos cinco años de noticias machaconas sobre la vileza suprema de Rusia, de modo que es normal que se asuma que esta última iniciativa de Putin es más de lo mismo. Es un hombre malo que hace cosas malas para poner a prueba, provocar y socavar a EE UU. No es extraño, sabiendo que Putin es un neoliberal autoritario que reprime a su oposición y que con toda probabilidad ha hecho asesinar a sus enemigos del interior.

Sin embargo, influyentes segmentos de los medios estadounidenses a menudo no ofrecen a su público el contexto completo de lo que ocurre en el mundo, transmitiendo una narrativa dicotómica de un genio perverso que ataca a un pobre EE UU sin ninguna buena razón. En realidad, las tan cacareadas provocaciones de Putin contra Washington son respuestas a actos mucho menos voceados de EE UU y viceversa: forman parte del toma y daca de dos potencias rivales.

El ataque informático de abril a SolarWinds, del que se sospecha que tuvo su origen en Rusia, fue el último de este tipo de golpes. Previamente, Washington llevó a cabo una operación de acoso y derribo contra una empresa rusa que trabaja para los servicios de espionaje. Claro que antes de esto hubo la infame interferencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016, que supuestamente implicó asimismo el pirateo y la publicación de documentos comprometedores, que a su vez fue una respuesta a la labor de promoción de la democracia desarrollada por Washington en Rusia, que Putin (no sin razón) considera sospechosa.

Vale la pena señalar que en mayo altos cargos de EE UU fueron inducidos a admitir ante las cámaras que cuentan con “un programa muy, muy activo en toda” Rusia cuyo objetivo son las elecciones legislativas del país, dando a entender que esta intromisión política ‒que EE UU combatiría justificadamente si resultara que Pekín o Moscú hace lo mismo dentro de las fronteras estadounidenses‒ sigue su curso. (Y sería ingenuo pensar que no existe alguna versión rusa del mismo programa que sigue viva dentro de EE UU, aunque no sea a la misma escala.)

Podemos remontarnos de este modo en la historia y tanto Washington como Moscú se señalarían mutuamente con el dedo acusándose de haber comenzado. Aquí no importa dilucidar quién tiene razón. La cuestión es que Rusia no es ese mal supremo que pone a prueba a EE UU sin que medie provocación alguna, sino que participa en un toma y daca muy normal entre dos rivales geopolíticos.

EE UU está a punto de pasarse de rosca

La clase política estadounidense ha sido víctima, durante mucho tiempo, de un exceso de optimismo con respecto a la capacidad del país para librar una guerra, rayando en el delirio. Ahora está dando otra vuelta de rosca en este sentido. Veamos lo siguiente: al mismo tiempo que los halcones urgen a Biden a que desentierre el hacha de guerra contra Rusia en caso de que esta invada Ucrania, EE UU también parece estar dispuesto a combatir a la aliada de Rusia, China, en caso de que esta ataque a Taiwán. Un alto cargo estadounidense ha declarado que el país insular es “crucial para la seguridad de la región y para la defensa de intereses vitales de EE UU en la región indo-pacífica”, y congresistas militaristas se han planteado conceder a Biden un cheque en blanco como el del incidente del golfo de Tonkín en caso de invasión de Taiwán. Por si fuera poco, políticos israelíes y antiguos altos cargos estadounidenses también urgen a Biden a que amenace (y en su caso ordene) un ataque a Irán, posibilidad que el gobierno ha estado explorando.

Se trata de tres países con capacidad militar significativa de tres regiones diferentes contra los que Washington está sopesando actuar, lo que podría desatar un conflicto a gran escala. Librar una guerra contra uno solo de estos países ya sería todo un reto; imaginemos librarla contra dos al mismo tiempo. Esto es absurdo, especialmente a la vista de la experiencia de EE UU a lo largo de las últimas décadas frente a países mucho menos poderosos: dilatada derrota en Vietnam; derrota aún más dilatada en Afganistán; y caótico barrizal en Irak.

Aparte de ello, vale la pena recordar cuán extrema es en este punto la posición de EE UU. Mientras que la idea misma de una esfera de influencia para las grandes potencias es propia de mentes retorcidas y profundamente injusta, también constituye uno de los elementos fundamentales de la lógica geopolítica que estructura el mundo: de ahí que EE UU siga actuando de acuerdo con una versión (aunque diluida) de la doctrina Monroe, que considera a América Latina el patio de su casa. Sin embargo, Washington no solo reclama el continente en que se halla asentado como su esfera estratégica; hace lo mismo con respecto a otros dos continentes completamente separados.

Toda guerra con Rusia podría escalar fácilmente a una guerra nuclear

Este último aspecto tan simple es más crucial que cualquiera de los otros. Al fin y al cabo, no hay nada más importante que evitar una guerra nuclear, que no solo acabaría con la vida de muchos millones de personas, tanto en Rusia como en EE UU, sino que amenazaría con aniquilar la vida del planeta entero. Washington y Moscú poseen por sí solos alrededor del 90 % de las cabezas nucleares que hay en el mundo, o un poco más de 8.000 entre ambos países, de las que unas 2.000 se encuentran en estado de alerta operativa. Esto es más que suficiente para la destrucción mutua y la de la civilización humana en su conjunto.

La población estadounidense no debería confiar en los sistemas de defensa antimisiles de su país, que no son numéricamente suficientes para parar una lluvia de cabezas nucleares rusas, ni tienen la capacidad para hacerlo. A fin de cuentas, desde 2001 las pruebas estadounidenses de interceptación de vuelos han dado buen resultado en 92 de 112 intentos, lo que supondría que no podría impedir que cayera una terrible cantidad de bombas atómicas sobre las ciudades estadounidenses en caso de que ocurriera lo peor. Es un tópico decir que no habría vencedores en una guerra nuclear, pero también es verdad.

Mientras que cualquier conflicto con Rusia en torno a Ucrania trataría de evitar este escenario, dado que incluso en tiempos de relativa calma hubo errores y falsas alarmas que estuvieron en un tris de desencadenar la catástrofe, y puesto que Washington y Moscú carecen de los mecanismos institucionales de la guerra fría que se emplearon para prevenir que las cosas se descontrolaran, un conflicto armado implica por su propia naturaleza el riesgo de llevarnos a esta situación inenarrable.

Sería una apuesta inconcebible en cualquier situación, muy especialmente en este contexto. Putin actúa, aunque de forma muy mezquina, para asegurar las fronteras rusas frente a lo que a sus ojos es una amenaza sumamente plausible; EE UU no está obligado a defender Ucrania, un país que se halla a más de 14.000 kilómetros de distancia y no es miembro de la OTAN; y no hay ninguna garantía de que una invasión le fuera particularmente bien a Putin y no acabara en su lugar como uno de los muchos barrizales en que se metió EE UU en las últimas dos décadas. Una guerra en torno a Ucrania sería lisa y llanamente una locura.

22/12/2021

https://jacobinmag.com/2021/12/united-states-russia-war-ukraine

Traducción: viento sur

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