Solo duró alrededor de una hora, pero fue una hora emocionante, agitada, serotónica, en la que todo parecía posible, incluso una embriagadora inversión de la fortuna que convertiría en charlatanes a todos los brillantes y seguidistas periodistas con fe ciega en las encuestas, y dejaría con tres palmos de narices a los comentaristas sentenciosos y editoralistas imperiosos. Eran las 11 de la noche, todos los candidatos habían pronunciado sus discursos, representantes de todos los principales partidos habían soslayado sus derrotas o se habían vanagloriado de sus éxitos y fijado posiciones de cara a la segunda vuelta de la elección, y el programa especial de France 2 empezaba a bajar el tono, con el personal deseoso de volver a sus casas.

El guion, que se había preparado durante meses –un cara a cara entre las fuerzas del bien y del mal–, se había cumplido y todo parecía atado y bien atado. Sin embargo, poco a poco, un ligero pánico comenzó a ensombrecer los rostros cuando iban apareciendo las cifras en la pantalla: ¡el porcentaje de votos de Jean-Luc Mélenchon, candidato de la Union Popular (UP, el nuevo avatar electoral de La Francia Insumisa) volvía a subir! A medida que avanzaba, como un caballo viejo que, en lugar de desmoronarse de fatiga, recuperaba un trote ligero en los últimos pocos metros que quedaban para la meta, el resultado parecía a punto –a un 0,88 % de distancia en algún momento de infarto– de superar a la áspera Marine Le Pen.

¡Y eso que todavía no habían llegado los resultados definitivos de grandes ciudades como París y Marsella! Multitud de militantes de UP, especialmente la juventud que fumaba, cantaba y se las prometía todas, se negaba a abandonar sus puestos en el exterior del Cirque d’Hiver, donde el candidato de la izquierda radical había plantado su cuartel general esa noche, como si al seguir ocupando el espacio estuviera protegiendo la llama temblorosa para que no se apagara.

Pero no pudo ser. A medianoche, las burbujas en la copa de champán se habían transformado en las generadas por una pastilla de Alka-Seltzer. La diferencia entre la candidata de extrema derecha y el de la izquierda radical volvió a crecer ‒23,15 % frente a 21,95 %‒, aunque seguía siendo tentadoramente reducida (Le Pen con tan solo 420.000 votos de ventaja). La ratonera que Mélenchon había planteado como su ventana de oportunidad para llegar a la segunda vuelta –limpiando así la fétida atmósfera de tropos racistas, islamófobos y de ley y orden, y repolarizando las dos semanas siguientes en un enfrentamiento electrizante entre izquierda y derecha– había resultado ser apenas unos milímetros demasiado estrecha. Fue como si Netflix hubiera cancelado una segunda temporada de su serie sobre la política francesa y decidido en su lugar, por simple pereza, proyectar la reposición de la de 2017.

Ni siquiera poderes sobrenaturales de contención y autodisciplina habrían bastado para mitigar los sentimientos de rabia y frustración que invadían la mente de cualquier votante de UP al darse cuenta de la causa evidente de la pérdida de esta oportunidad histórica. El voto por Mélenchon superó de lejos a todos los demás enanos de la izquierda. Puede que ciertas diferencias profundas de electorado y programa justificaran la existencia de un candidato Verde, Yannick Jadot (4,63 %), o la de dos trotskistas (0,77 % para Philippe Poutou, del Nuevo Partido Anticapitalista, y 0,56 % para Nathalie Arthaud, de Lucha Obrera). La indiscernible proporción de votos para la noqueada Anne Hidalgo, del Partido Socialista (PS, 1,75 %), que cayó a profundidades ni siquiera alcanzadas por los peores resultados de la Quinta República para el centroizquierda –a cargo de Benoît Hamon en 2017 (6,36 %)– podía inspirar nada más que una mezcla de desdén y una mueca de satisfacción ante la desgracia ajena.

Pero la verdadera piedra en el zapato, que hendía sus aristas afiladas en la suela de la gente de izquierda, era la candidatura de Fabien Roussel, del Partido Comunista Francés (PCF), con su insignificante y al mismo tiempo amplio 2,28 %. Es un partido que había estado aliado dos veces con Mélenchon en 2012 y 2017, que prácticamente no tenía diferencias programáticas con él (salvo la defensa de la energía nuclear), cuyo electorado coincidía casi completamente con el suyo. Todos los argumentos a favor de un candidato autónomo del PCF (la dureza de Mélenchon ante las alianzas de los comunistas con el PS a fin de salvar sus menguantes escaños en sendas elecciones  legislativas y municipales –“Estáis muertos y no sois nada”, había escrito a Pierre Laurent del PCF– y el supuesto impulso que daría la campaña al partido) eran engañosos o ilusorios.

Y por si esto no fuera poco, Roussel realizó una campaña en que puso el acento en los elementos más retrógradas y socialchovinistas de la cultura franchute de izquierda: desde ataques al wokismo y al comunitarismo hasta la defensa a ultranza de la caza, el uso del coche privado y la esencia de la identidad francesa materializada en el vino, la carne roja y el queso, todo expresado en el canturreo reconfortante del “derecho a la felicidad para trabajadores y patronos”.

No es extraño que este descarado y burdo intento de apelar al cuñadismo galo recibiera los aplausos de todos los rincones equivocados, desde el jefe de la federación empresarial MEDEF y de Valérie Pécresse, del ala derecha de Los Republicanos, hasta el abyecto filósofo mediático y secuaz del establishment liberal Raphaël Enthoven, un Bernard-Henri Lévy bonsái que como es sabido declaró que, ante una hipotética segunda vuelta entre Mélenchon y Le Pen, el preferiría “a Trump en vez de Chávez” y se proponía, en un estrambótico ejercicio de encanaillement salonard, publicar un libro de entrevistas con Roussel el scaramouche.

En todo caso, y bien mirado, los resultados obtenidos el 10 de abril por la Unión Popular fueron relevantes, y si se consolidan y sirven de base para una labor sistemática (un gran si condicional), podrían abrir nuevos horizontes para la izquierda radical francesa en el futuro inmediato. Son aún más llamativos si se contemplan sobre el telón de fondo de una coyuntura que no auguraba nada bueno para esta corriente. La secuencia iniciada con la irrupción de abril de 2017 fue, en general, muy descorazonadora, salpicada de fracasos electorales en todos los comicios en que intervino, peleas públicas y ceses abruptos de figuras destacadas, así como la incoación de investigaciones judiciales por una supuesta corrupción financiera.

Estas últimas dieron pie a las horas bajas de octubre de 2018, cuando durante una manifestación en protesta por el registro policial de la sede de LFI, una cámara filmó a Mélenchon forcejeando con un agente que le cerraba el paso y clamando histriónicamente: “¡No me toque, soy la República!” Después de tocar fondo, las manifestaciones de los chalecos amarillos y la movilización social contra las reformas de las pensiones de Macron dieron un respiro, pero ni uno ni otro comportaron un cambio drástico de la suerte de LFI, cuyos pronósticos en las encuestas del periodo preelectoral lo situaban en un magro 7-9 %.

La campaña se vio empañada por dudas a causa el aparente estado de apatía y desilusión generada por la fase poscovid, pero sus problemas se exacerbaron ante la ausencia de cualquier debate nacional (el pulcro Macron no se dignó esta vez a comparecer junto a las otras diez candidatas y candidatos) y por culpa de la tremenda nube tóxica provocada por la irrupción del charlatán Éric Zemmour, cuyos exabruptos verbales propios de una tertulia televisiva añadieron una dosis apenas camuflada de necedades antisemitas a la mezcla de por sí mefítica de manifestaciones indignantes para el mundo musulmán e insultantes para la inmigración que comparten los principales partidos.

La ruidosa e insolente saprofagia logró de este modo atraer a una base galvanizada formada por todos los elementos más arcaicos de la derecha pura y dura –católicos tradicionalistas, monárquicos, neofascistas, petainistas‒, así como una franja más amplia de pretenciosos simpatizantes coribánticos atraídos por su versión socialdarwinista del neoliberalismo. Y poniendo la guinda en un proceso que anestesió y envenenó la escena política, se produjo la invasión rusa de Ucrania, que dio pie al vertido sin tregua de inmundicias sobre Mélenchon por su falta de claridad con respecto a Putin y su oposición a la OTAN por parte de todo el abanico de bienpensantes del sistema, con Hidalgo y Jadot a la cabeza (la alcaldesa de París verbigerando que el diputado por Marsella era un “agente” de Rusia y China…).

Por fortuna, el campo abarrotado de candidatos y candidatas de izquierda se despejó un poco con el abandono temprano del politicastro Arnaud Montebourg y, en un proceso difícil de igualar en términos de pura bufonería, las uliginosas primarias populares movilizaron a miles de simpatizantes de izquierda para coronar a Christiane Taubira –quien carecía de programa político, pero trató de soslayarlo sobre la base de su supuesta popularidad– como candidata de la unidad de la izquierda, solo para abandonar avergonzada, y casi sin que nadie se enterara o lo lamentara, pocas semanas después. Mordiéndose la lengua de manera insólita para un personaje tan litigioso, con el fin de evitar tener que responder de manera desmedida a los dardos que le lanzaban desde el centroizquierda, Mélenchon siguió operando con lo que llamó su estrategia de “tortuga astuta”.

Hay que decir que el aparato electoral aliado con esta tortuguez estaba bien engrasado: LFI cuenta con un grupo parlamentario muy disciplinado, eficaz y joven; el programa L’avenir en commun mereció el aplauso de mucha gente experta y oponentes políticos como documento diligente y trabajado; el septuagenario tecnófilo y su equipo son verdaderos cracs de la comunicación digital, especialmente en YouTube y Twitch; y los mitines masivos, aunque menos multitudinarios en este periodo pospandémico, fueron imponentes, combinando grandes actos al aire libre en Tolosa, Marsella y la marcha a la Plaza de la República en París, con espectáculos en recintos cerrados que incluían visuales inmersivos de 360 grados y elementos olfativos (Nantes) o múltiples replicaciones hologramáticas en vivo (que le permitieron estar presente simultáneamente en doce diferentes ciudades durante el último mitin en Lille, el 5 de abril).

El antiguo trotskista (como insiste Le Monde en llamarle) también se mostró imperturbable explicando los puntos clave de su programa de transición, como la planificación ecológica, la congelación de precios de productos cruciales de uso cotidiano, desde la gasolina hasta los alimentos básicos (inspirándose en la isla de Reunión, donde intervinieron consultas ciudadanas en la elaboración de la lista), un salario mínimo cifrado en 1.400 euros y una pensión mínima fijada en el mismo nivel, así como una reducción de la edad de jubilación a los 60 años, en claro contraste con las veleidades de Macron de incrementarla a 65 años, y una asignación de autonomía de 1.021 euros para las y los estudiantes de universidad o formación profesional para que no tengan necesidad de trabajar para pagar sus estudios.

Como tribuno sin parangón que es, Mélenchon también persistió en inyectar otros temas, más allá de los aspectos sociales y económicos básicos: agricultura ecológica, maltrato animal, la crisis inminente del agua y el problema de la malbouffe (comida basura); la exploración espacial y oceánica (la talasofilia es un tropo constante); internet; feminicidios; la crisis de la democracia y la necesidad de una asamblea constituyente para redactar una constitución para la Sexta República que ponga fin a la monarquía presidencial; y el fin de la energía nuclear y la salida de la OTAN; e incluso el derecho al silencio y a vivir en paz y quietud.

En 2022 se ha inaugurado una innovación institucional: a diferencia de la campaña autotélica de LFI en 2017, la UP creó un Parlamento de Unión Popular, formado en un 50 % por miembros de LFI (confiriendo así, retroactivamente, la condición de miembro a lo que hasta entonces había sido una entidad vaporosa) y en un 50 % por simpatizantes o aliadas, como sindicalistas y activistas de los movimientos sociales, así como figuras como Azzédine Taïbi, alcalde comunista de Stains, y Ali Rabeh, alcalde de Trappes por Génération.s (Hamon), escritores y escritoras como Laurent Binet, Annie Ernaux, el activista antiespecista Aymeric Caron, e intelectuales como Susan George, Stefano Palombarini, Camille Peugny, Barbara Stiegler y otras radicadas en la extrema izquierda, como Cédric Durand, Janette Habel, Razmig Keucheyan y Jean-Marc Schiappa.

Tal vez el aspecto más representativo de esta operación de apertura fue la prominencia de Aurélie Trouvé, exportavoz de ATTAC, resaltando el intento de conectar con el legado del movimiento altermundialista (cuyo eco se encuentra también en la caracterización que hace Mélenchon de su política exterior de “no alineada pero no neutral” y altermundialista, y en efecto, los carteles de campaña mostraban el lema “Otro mundo es posible”).

A partir del mes de marzo, con Hidalgo cayendo en picado por su propia culpa, Jadot agobiado por su imagen cuidadosamente elaborada de respetabilidad e insipidez somnífera, Roussel agitando las aguas incluso en su propio terreno y Montebourg y Taubira en la cuneta como fláccidas ruedas pinchadas, las encuestas de UP comenzaron a recuperarse y adquirir un impulso que ya no perdería, alimentado no solo por la percepción de que era el voto de izquierda tácticamente sensato (una sensación reforzada por apoyos sorprendentes de figuras como Ségolène Royal, así como de la desafortunada Taubira y de intelectuales simpatizantes de la campaña de Hamon como Rémi Lefebvre y Sandra Laugier), sino también por la tardía movilización de los sectores de la población trabajadora y la juventud a los que apelaba Mélenchon, tal vez, al menos en parte, impulsados por el necio relanzamiento por parte de Macron del fantasma de unas controvertidas reformas de las pensiones que la crisis de la covid había aparcado.

Los resultados, por supuesto, son muy desiguales y no pueden ser objeto de vanagloria. Animado por el aumento de 655.000 votos para LFI/UP en comparación con 2017, el voto total de la izquierda creció un 3,9 % para situarse en un 31,6 %, que no deja de ser uno de sus peores resultados en la Quinta República (de un valle del 31 % en 1969 ascendió a la cumbre del 46,8 % en 1981, después de lo cual fue descendiendo, a pesar de los repuntes de 2002 y 2012, con una caída libre del 43,8 % en 2012 al 21,7 % cinco años después), de modo que la recuperación no significa rehabilitación. Además, como no dejan de vociferar los duendes del centroizquierda, un sector significativo optó por el voto útil o voto táctico, por lo que es mucho más probable que en adelante se muestre vacilante (una encuesta indica que el 44 % del electorado de UP ha votado por motivos tácticos, frente al 45 % que lo ha hecho por convicción).

Más gravoso es el hecho de que a pesar de un pequeño aumento a favor de LFI/UP, la supremacía de la extrema derecha entre la clase trabajadora industrial y de cuello blanco sigue firme (según un estudio, un 32 % para Le Pen y un 41 % para la extrema derecha en su conjunto entre los ouvriers, frente a un 22 % –otras encuestas dicen que un 27 %, que en combinación con Roussel supone un aumento del 4 % con respecto a 2017– para Mélenchon y un 29 % para la izquierda en su conjunto; y un 34 % para Le Pen y un 42 % para el conjunto de la extrema derecha entre los employés, frente al 24 % para Mélenchon y al 34 % para el conjunto de la izquierda), por no hablar ya de su persistencia en amplias franjas de la Francia rural y periurbana (pese a que existe un cinturón significativo en el sur, particularmente Ariège, marcado por la presencia de neorrurales y de una cultura local de izquierda, donde Mélenchon salió airoso).

Además, aunque tal vez sea más fácil de remendar a corto plazo, la candidatura de Roussel, epicena como fue a escala nacional, abrió un boquete en el voto por UP en regiones antaño industrializadas como Aisne, Pirineos Orientales, Cher, Dordoña, Allier, Pas-de-Calais, especialmente en ciudades medianas y pequeñas.

Otra barrera colosal al crecimiento futuro es la quebrada generacional: mientras que el voto juvenil al candidato más viejo es motivo de esperanza (el 36 % en la franja de edad de 18 a 24 años, el 21 % para Macron y el 18 % para Le Pen; y el 30 % en la de 25 a 34 años), la mirada fulminante y los labios fruncidos de las y los boomer y sus progenitores es sumamente inconveniente (tan solo el 13 % en la franja de más de 65 años). Sin embargo, incluso si todo esto ya está descontado, es preciso destacar los factores que favorecen al nuevo melenchonismo: dejando de lado las colonias de Nueva Caledonia y la Polinesia francesa, así como el caso excepcional de Mayotte, el emigrante marroquí ya es presidente de los territorios franceses de ultramar (56 % en Guadalupe, 53 % en Martinica, 50 % en Guayana y 40 % en Reunión).

También fueron superlativos los resultados en el antiguo cinturón rojo alrededor de París (un 44,4 % en el conjunto de la región de Ile de France), con picos del 65 % en Villetaneuse, del 64 % en La Courneuve, del 61,1 % en Gennevilliers y del 60,2 % en Stains. En estas zonas, la movilización fue suficientemente intensa –con larguísimas colas ante muchos colegios electorales– para moderar sustancialmente el aumento del porcentaje de abstención, que con un 26,3 % a escala nacional alcanzó su segunda cota más alta de todos los tiempos. Más en general, Mélenchon –quien obtuvo un 13 % como mínimo en todos los departamentos– salió vencedor en ciudades de más de 10.000 habitantes (un 35,8 % en conjunto; un 29,7 % en las de más de 30.000, un 30,6 % en las de más de 50.000 frente al 15,5 % y al 14,1 % para Le Pen, respectivamente), mientras que, a la inversa, Le Pen triunfó en poblaciones de menos de 5.000 habitantes (un 40,2 % en conjunto; un 29,9 % en poblaciones de menos de 3.500 habitantes frente al 16,3 % para UP).

Aparte de las cohortes más jóvenes, UP estuvo en cabeza o al menos tuvo un buen resultado en la población musulmana (pasando del 37 % en 2017 al 69 %), lo que refleja el aplaudido cambio de  Mélenchon de un rígido laicismo, que incluso se negaba a aceptar la noción de islamofobia, a una defensa al ultranza de la población musulmana francesa y de la naturaleza criollizada del país, de acuerdo con el pensamiento de Glissant, más una comprensión real de la violencia policial tanto en el contexto de los chalecos amarillos como en el de las banlieues.

También fue popular entre la gente más pobre (el 30 % de las personas en paro, aunque Le Pen salió igual de bien parada en este sector, el 31 % de quienes ingresan 900 euros o menos al mes) y precarizada (el 33 % entre las personas con contrato de breve duración, el 27 % entre temporeros y temporeras), así como entre los sectores de la población trabajadora con mayor nivel de formación  (el 25 % entre quienes tienen el bachillerato, el 23 % entre quienes han pasado por la educación superior); los sectores más cercanos a los sindicatos (un 35 %; el 44 % entre simpatizantes de la CGT, el 41 % entre las y los de FO y el 25 % entre cédétistes); pensionistas más que propietarios de viviendas (el 30 % frente al 17 %); y zonas tradicionalmente de izquierdas como las ciudades obreras del valle del Sena. En contraste con ello, el voto retrocedió entre las profesiones intermedias (bajó del 26 % al 23 % en esta categoría de enseñantes de primaria, la función pública, personal administrativo, sector servicios), pero es interesante señalar que aumentó entre el personal de artesanía y comercio (un 22 %) y entre mandos intermedios y profesiones intelectuales (un 21 %).

Evidentemente, esta no es una falange macedónica, sino más bien un caleidoscopio relativamente heteróclita, aunque también clásico, de capas sociales: una alianza de grupos de clase obrera, jóvenes y plebeyos con estratos intelectuales progresistas que va más allá del núcleo duro del electorado de la izquierda radical para atraer a sectores de la base de centroizquierda. El hecho de que esto se haya conseguido sobre la base de un conjunto de coordenadas ideológicas que expresan una izquierda que, si no es revolucionaria, sin duda representa una ruptura cualitativa con la forma actual del neoliberalismo galo, trata de conectar sensibilidades de clase obrera, ecológicas, feministas, antirracistas, incluso zadistas, entre otras, sin disolverlas al estilo de las peores formas de política identitaria o exponerse a la acusación de reduccionismo, y el hecho de que todo esto haya sido obra de una figura ruidosa que, a pesar de sus defectos reales (entre los que su estadolatría y sus alardes sobre la grandeur de Francia no son los menores), se ha negado a hacer concesiones en aspectos clave controvertidos de su matriz ideológica, son bases sólidas sobre las que construir.

Las iniciativas de UP tras la primera vuelta –la invitación al PCF, los Verdes y el NPA (al PS, de momento, no se le ha permitido nada más que llamar a la puerta) a participar en un acuerdo de cara a las elecciones legislativas bajo su hegemonía, pero no bajo su control rapaz, y el llamamiento de Mélenchon a “elegirle primer ministro” otorgándole una mayoría parlamentaria en la tercera vuelta en junio– parecen revelar inteligencia y causticidad políticas. Sin embargo, UP también se enfrentará a cuestiones existenciales extremadamente difíciles en el próximo periodo, más allá de la triple división de sus votantes entre quienes optan, en la segunda vuelta, por votar a Macron, abstenerse o votar en blanco y la tentación minoritaria, pero real, de utilizar el voto por Le Pen como arma contra el presidente saliente (cosa que Mélenchon ha instado con vehemencia a sus votantes en que no hagan).

Una cuestión que se destaca a menudo por parte de unos medios obsesionados con la dimensión personal, pero que no por ello es menos problemática, es la de la sucesión, dado que el candidato ha declarado que esta ha sido su última campaña presidencial. Pero incluso más peligrosa es la cuestión de la organización: hasta ahora, LFI ha existido como red idiosincrática, sin tronco, con grupos de acción ramulares en la base (aunque sin una coordinación horizontal entre ellos) y un activ sobrenadante no elegido, formado por los asesores y aliados más cercanos a Mélenchon a la cabeza, conectándose los dos niveles mediante ramificaciones digitales.

Esta estructura partidaria que reniega de la democracia fue una decisión consciente, en la anterior fase populista de izquierda, para evitar los conflictos entre facciones y facilitar la capacidad de decisión, con la ventaja añadida de que también resultaba mucho más fácil tanto cooptar como expulsar (como sucedió con la regurgitación de soberanistas como Georges Kuzmanovic o secularistas etnocéntricos al estilo de Henri Pena-Ruiz). Hay que admitir de entrada que esto fue positivo a la hora de construir un aparato que demostró su efectividad en elecciones presidenciales, pero mucho menos en todas las demás circunstancias. La negativa a hundir profundas raíces militantes y desarrollar un marco institucional potente muestra sus límites a la hora de extenderse a territorios vírgenes o no atendidos hasta ahora, especialmente los que no están tan profundamente integrados en el ciberespacio como la población megalopolitana. Con todas sus limitaciones (cooptación, carencia de poder ejecutivo) y su falta de madurez, la creación del parlamento puede ser un signo de reconocimiento de la laguna mediadora, y desde luego es muy deseable que ahora se produzca un debate más amplio.

21/04/2022

New Left Review

Traducción: viento sur

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