Mi hermano

 

Hubert Krivine

 

 Éramos cinco hermanos: Gérard, Jean-Michel, Roland, Alain y yo. Solo queda uno y resulta que soy yo. Es difícil ser un hermano... para nadie.

Mi relación con Alain empezó pronto, ya que le conocí 9 meses antes de que naciera. Ahora sabemos que toda una vida psíquica se desarrolla en el útero entre la madre y el hijo; esto debe ser seguramente cierto entre los gemelos y haber dejado huellas inconscientes en mí.

Mis primeros recuerdos se remontan al final de la guerra: los refugiados en La Fère: había un cerdo en la granja que se llamaba Adolf, pero ¡shhh!, no había que decirlo (ni Alain ni yo entendíamos por qué), y también el bombardeo de Ternier por los aliados, el miedo de los adultos...

Luego vino la liberación: mi madre perdió a sus dos hermanos en la Resistencia: uno, Albert Lautman, fue fusilado cerca de Burdeos, el otro, Jules, fue rescatado temporalmente de Neuengamme y recuerdo que estaba enfermo en casa. No hagas ruido: el tío Jules debe estar descansando.

En nuestra primera infancia, nuestra madre coleccionaba todos los documentos sobre los campos de concentración: fotos, periódicos. También vimos los tatuajes en los antebrazos de los supervivientes; sin entender realmente, adivinamos la gravedad de estas cosas. Mi padre, que era una persona tranquila, leía Le Figaro [periódico de derechas] y debía votar socialista. Lo que, con razón, no consideró contradictorio. 

En los años 50, en casa había una intensa actividad política dirigida por nuestros tres hermanos mayores. Recuerdo la impresión que nos causaron cuando volvíamos de las manifestaciones contra Le Figaro nazi (recuerdo de Von Scholtitz, comandante del grande París. El PC había organizado comandos que quemaban los periódicos) o contra Ridgway la peste con la guerra bacteriológica en Corea. También recuerdo que Alain y yo seguíamos por la radio, muy emocionados, la noticia de la ejecución de los Rosenberg (Julius y Ethel) en 1953 en la silla eléctrica.

En este ambiente, Alain empezó a ser activo en los Vaillants (juventudes del PC), luego en la UJRF [Unión de la Juventud Republicana Francesa] y en la JC [Juventud Comunista]. Un muy buen militante con un futuro brillante. Tuvo como recompensa el Festival de la Juventud de 1957 en Moscú. Salió muy afectado tras su encuentro con los argelinos del Frente de Liberación Nacional por la tibieza del PC. Sin embargo, como buen estalinista, hay que decirlo, dirigió el círculo del liceo Condorcet, en lucha permanente con el círculo de la UEC [Unión de Estudiantes Comunistas] del mismo liceo, cuya mayoría fue ganada al trotskismo.

Pero a finales de los años 50 quiso hacer algo concreto por Argelia. Recordemos la violencia de la represión allí: 500.000 muertos y una tortura generalizada, la barbarie del napalm. ¡Nada que envidiar a Putin! Cuando se conoce todo eso, es imposible permanecer pasivo.

Alain padeció la ictericia, y aprovechando una disminución de sus defensas inmunitarias, Jean-Michel y yo le dimos buena literatura y, sobre todo, le pusimos en contacto con la JR (con un nombre nada despreciable: Joven Resistencia), una organización que desarrolló la propaganda antimilitarista en los cuarteles e incluso ayudó a lo que se llamó portamaletas del FLN. 

En 1961 se unió a la Cuarta Internacional. Sin saber que yo ya formaba parte de ella desde hacía cuatro años... ¿Por qué este secretismo y la dificultad de que salga a la luz? En realidad, no habíamos salido del ambiente del hitlero-trotskismo (el islamo-izquierdismo de aquella época). En la URSS disparaban, en Francia pegaban a la gente.

 En 1961 se creó el FUA [Frente Unitario Antifascista] ante el golpe de Estado de los generales en Argel. Sartre, Simone de Beauvoir, Schwartz, Vidal-Naquet. Miles de estudiantes, más PSU, UEC, etc. El FUA fue sin duda uno de sus mayores éxitos. Mencionemos un regalo que nos llegó de la OAS [Organización del Ejército Secreto, extrema derecha]: una pequeña bomba contra nuestra casa. 

La negativa a apoyar a Mitterrand en 1965 llevó a la fundación de la JCR [Juventud Comunista Revolucionaria], que fue disuelta en 1968 por su participación en las barricadas. Un homenaje a Alain por parte de Marcelin, el Darmanin [ministro del Interior] de la época (el mismo estilo, la misma elegancia), que dijo: “Reprimiré toda violencia, aunque, si es necesario, haya que dejar fuera de juego a unos cientos de pequeños Krivines (¡sic!)”.

Es difícil hablar del propio hermano. Además, a los Krivine no nos gusta hablar demasiado de nosotros mismos, por miedo a ser indecentes. A pesar de las apariencias, Alain era muy tímido cuando tenía delante a dos o tres personas que no conocía. Pero no cuando eran miles de personas... (En realidad somos falsos gemelos, con cualidades y defectos complementarios). Recuerdo una anécdota: cuando nos quedamos un tiempo en casa de Juliette Gréco y Michel Piccoli en 1973 (con motivo de la segunda disolución de la organización), a la pregunta muy natural de “¿Queréis comer algo?”, Alain respondió: “¡Oh no, no queremos molestaros!”. Yo, sin embargo, le sorprendí un poco al aceptar. Le habían educado con esa preocupación casi enfermiza de no molestar. Una preocupación que guardaría hasta el final. 

Hay un chiste israelí que dice que no se puede ser miembro del Mapam [partido político israelí, predecesor del actual Meretz], inteligente y honesto al mismo tiempo. Hagas las combinaciones que hagas. Esto se aplica bastante bien hoy en día a las llamadas organizaciones de izquierda. Pero Alain ha demostrado que se puede ser trotskista, inteligente y honesto al mismo tiempo. La pérdida del ideal socialista o comunista, traicionado o mancillado por los partidos que llevan su nombre, es una de las razones por las que se bloquean muchas movilizaciones. Con su entusiasmo y talento, Alain contribuyó en la práctica y a gran escala al inicio de esta rehabilitación, indispensable para avanzar.

Me gustaba su humor: describió a los katangueses (los black bloc de Mayo del 68) con esta fórmula asesina: son “los que quieren destruir la universidad burguesa, empezando por los muebles...”. Hace muy poco, en la residencia en la que estaba, cuando ya apenas hablaba, le mostramos fotos de personas para que las reconociera; de repente, ante una foto mía, al preguntarle “¿quién es?”, respondió “¡un idiota!” Así que me había reconocido. Esto me dio una inmensa alegría. La misma alegría que sentí cuando llamó Cathy para anunciarnos que Poutou había logrado las 500 firmas [para presentarse a la elección presidencial por el NPA].

Alain tuvo mucho valor político y, en muchas ocasiones, físico; murió sin quejarse nunca, rodeado del incansable cariño de Michèlle y de sus dos hijas, Nathalie y Florence. El apoyo y la constante camaradería de sus compañeros del NPA también significaron mucho para él. 

En América Latina, los activistas no dicen camarada, sino hermano. Para mí Alain era ambas cosas. Pero no solo para mí, como es buena prueba de ello la cantidad de gente amiga y compañera aquí reunida. Esto da mucho calor a mi –nuestro– corazón. Gracias por estar aquí.

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Un compromiso militante incondicional

Olivier Besancenot

♦ Recuerdo el primer mitin al que fui para escuchar a Alain. Yo debía de tener 15 años y mi vida cambió entonces. La sinceridad de su discurso, su pasión y su conclusión sobre “la revolución que pone de nuevo en su lugar un sistema que gira al revés” me habían conquistado definitivamente. Quería formar parte de ese combate. Era apuesto, se negaba a tomarse a sí mismo en serio, aunque defendía unas ideas que sin embargo sí lo eran. Su interés estaba en manifestar sus convicciones y eso se notaba a primera vista. Era lo contrario del político arribista. Y ya en aquel entonces esa autenticidad suponía un buen estímulo. Más tarde, durante todos los años de nuestra militancia en común, pude apreciar su simplicidad y su compromiso incondicional. “Que haya 10 personas o varios miles en un mitin es lo de menos, lo importante es ir a buscarlos uno a uno”, me repetía. Alain solo tenía fe en la virtud de la actividad militante en la que medía los sacrificios de cada uno y cada una, excepto los suyos. Como muchos, también he tenido a veces la ocasión de disfrutar de su gusto por la ironía –esa autoironía singular que le hacía tan accesible–, así como su sentido del humor legendario que, sin duda, era también accesible para todo el mundo.

Durante esos tiempos, sobre todo durante el decenio de 1990, Alain nos salvó muchas veces, permitiéndonos mantener la cabeza alta gracias a su popularidad y al eco social de sus intervenciones. Su agenda de direcciones nos sirvió en muchas ocasiones para poner en marcha o extender iniciativas militantes, desde la campaña “¡Basta ya!”, por la anulación de la deuda, en 1989, hasta la movilización de los sin papeles en la iglesia Saint-Bernard en 1996, sin olvidar la lucha contra los desahucios junto con su cómplice, el profesor Léon Schwartzenberg. Recuerdo también que Alain fue uno de los primeros miembros del Comité Central de la LCR que previeron la huelga general de 1995 contra el plan Juppé, añadiendo algunos comentarios divertidos de paso. Él fue quien acertó entonces.

En 1999, en el Parlamento Europeo, en donde formamos un pequeño equipo en torno a Roseline Vachetta y Alain, guardo en mi memoria que no notaba nunca la mala conciencia que observábamos en los ojos de otros antiguos líderes de Mayo del 68 cuando nos los cruzábamos por los pasillos. Ellos se sentían confortablemente elegidos desde hacía años después de haber asumido una trayectoria política muy diferente de la suya. Él se divertía mucho con eso, porque no entraba en ese tipo de valoraciones. Una cualidad que intentó inculcarme junto con otras, para bien o para mal.

Hay miles de recuerdos compartidos y sé que a Alain no le gustaba caer en la categoría de los nostálgicos. Me gustaría solo resaltar la inmensa fuerza que me legó durante las campañas presidenciales, tratando de darme la confianza que yo no tenía y por todos los medios necesarios. Antes y después de cada mitin y de cada emisión. Sin condescendencia, sin paternalismo. Con una fidelidad a toda prueba y una extraordinaria amistad. Alain insistía siempre en decir que la mejor manera de celebrar la memoria de los desaparecidos consiste en perpetuar su combate. Por eso quiero guardar el sentido de su compromiso como estandarte. Un estandarte del que me siento orgulloso gracias a él. Forjado en un internacionalismo innegociable, que en él era reacio a toda forma de imperialismo o de unión nacional. Cubierto de un antifascismo tan visceral como fundamentado, el mismo que la Historia reclama una vez más de nosotros y nosotras. Rojo de un marxismo vivo, unitario y no dogmático. Con la aureola de su obstinación revolucionaria en querer construir un mundo mejor.

Tienes toda la razón, Alain: “Hoy hay muchas más razones para ser rebelde y revolucionario que ayer”. Solo que, a partir de ahora, sin ti ya no será nunca como antes. Todo nuestro afecto para Michèle, Florence, Nathalie y Hubert. 

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