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Yemen
De la revolución confiscada a la guerra americano-saudí
16/04/2015 | Frank Cantaloup

A la cabeza de una coalición militar suní, el nuevo rey de Arabia saudita, Salman ben Abdelaziz al-Saud, se ha lanzado a una operación militar de alto riesgo en Yemen. Cuando los Estados Unidos e Irán parecen llegar a un acuerdo sobre lo nuclear, quiere reafirmar así el papel clave de su país como gendarme del mundo árabe frente a Irán, acusado de desestabilización en Siria y en Irak, y ahora en Yemen, con la toma de Sanaa por los hutis y la huida del presidente Hadi. Un Yemen que controla el estrecho de Bab-el-Mandeb que lleva al canal de Suez, un paso estratégico en el camino de los petroleros Asia-Europa, protegido por la flota americana y la base francesa de Djibuti. Un Yemen en el que se desarrolla Al-Qaeda, y ahora Daesh.

2011, la primavera yemenita

La operación “Tormenta de firmeza” ha recibido el apoyo del imperialismo estadounidense, que aprovisiona en vuelo a los aviones sauditas o egipcios y organiza los ataques de la coalición. También de Francia, en particular a través de la información militar. Pero una lectura simplista, “sunitas contra chiítas”, no debe hacer olvidar que la raíz de la explosión del Estado yemenita se hunde sobre todo en la forma en que la revolución de 2011 fue confiscada por las élites militaro-tribales que se enfrentan hoy por el poder en Yemen.

El fracaso de una transición pilotada por el eje americano saudita.

En 2011, siguiendo el modelo de las primaveras tunecina y egipcia, la juventud yemenita se apoderó de las plazas de Sanaa, Taez o Aden. Quería “echar a Saleh”, que monopolizaba el poder desde hacía 32 años, luchaba contra la corrupción, las tribus, los militares y tenía a su cabeza a una mujer, Tawakkul Karman, en uno de los países más retrógrados del mundo para las mujeres. Pero la revolución yemení fue también una convergencia de fuerzas heterogéneas tras la juventud progresista y democrática: la fuerzas de oposición, entre ellas los Hermanos Musulmanes, las fuerzas tribales, los hutíes de Saada, los regionalistas de Yemen del Sur e incluso algunos sectores del ejército. Convergencia que hizo salir a la calle hasta un millón de personas.

La base social de Saleh se hunde

Por arriba, la monopolización familiar del poder sacudía el frágil equilibrio en el seno del complejo militar-tribal que le llevó al poder, y le impedía en el sur la integración de las élites del partido socialista yemenita, salidas de la experiencia naseriana de izquierdas que conoció Yemen del Sur antes de la reunificación de 1990. La agresión a las antiguas élites religiosas zayditas hutíes de Sadaa en el Norte reactivó el conflicto sunita-chiíta. Este paso de un poder militar-tribal a un poder militar-familiar rompería incluso la alianza de Saleh con la poderosa tribu de los Al-Ahmar, vertebradora de la rama yemenita de los Hermanos Musulmanes, el partido Al-Islah.

Por abajo, los estudiantes no encontraban trabajo. Los pobres eran víctimas del fin de las subvenciones de productos esenciales, como el gas o el gasoil. Los campesinos, como en Jahachin, eran víctimas del acaparamiento de las tierras por los jefes tribales. Nada se movía salvo la riqueza acumulada por el clan Saleh, acaparando los puestos clave, tanto en el ejército como en la economía.

Los Estados Unidos y Arabia Saudita intentaron organizar una “transición pacífica”… que provocó sin embargo más de 2000 muertos. Se apoyaron en los Hermanos Musulmanes de Al-Islah y los miembros del aparato militar para negociar la formación de un gobierno de unión nacional en el que los allegados a Saleh mantuvieron muchos puestos, en particular en el aparato militar, fuente de futuros enfrentamientos.

Para el pueblo no ha cambiado nada

A cambio de la impunidad y de algunos millones de dólares, Saleh abandonó la presidencia. Su viceministro Abd Rabo Mansur Hadi, se convirtió en presidente como consecuencia de unas elecciones con un único candidato, denunciadas por los revolucionarios. Pero sobre todo los hutíes del norte y las fuerzas de oposición independentistas del sur quedaron descartadas de este frágil compromiso.

Bastante más fundamentalmente, nada cambió para el pueblo yemenita, tanto más en la medida en que la renta petrolera se hundía y el nuevo régimen se negaba a renegociar sus términos, como denunciaron las manifestaciones de comienzos de 2014 contra la empresa petrolera Total y Francia, que según Tawakkul Karman “no pagan el petróleo yemenita más que al 10% del precio del mercado mundial y no pagan más que el 21% del total al Estado”. Beneficiándose del fin de las subvenciones a los productos petroleros en septiembre de 2014, que alimenta la cólera social contra el nuevo poder de Hadi y de los Hermanos Musulmanes los hutíes se apoderan fácilmente de Sanaa, con la complicidad de las unidades del ejército del aire favorables al antiguo presidente Saleh, ¡el mismo que les bombardeaba desde 2004!

La primera víctima de los bombardeos masivos es la población civil. Contra esta guerra que opone entre sí a diferentes fracciones del complejo militar-tribal y que puede favorecer el desarrollo de Al-Qaeda, nuestra solidaridad va hacia la juventud revolucionaria yemenita y las asociaciones de la sociedad civil, que desde el comienzo rechazan un Yemen en manos de las tribus o de los militares, aliados o no, ayer u hoy, al eje Arabia Saudita-Estados Unidos.

http://www.npa2009.org/actualite/yemen-de-la-revolution-confisquee-la-guerre-americano-saoudienne

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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