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Tribuna VIENTO SUR
La Coalición Social, una respuesta al ocaso del movimiento obrero
10/04/2015 | Salvatore Cannavò

Resulta difícil prever si la propuesta de Coalición Social formulada por la FIOM de Maurizio Landini/1 será o no un éxito. Lo que sí parece claro es que constituye una ventana de oportunidad para un nuevo comienzo en el mundo del trabajo y del desempleo, en el lado de quienes no están representados, de quienes han estado siempre pisoteados, vapuleados, incluso humillados. Dicha propuesta, sin embargo, adquiere mayor sentido si incorpora un asunto que hoy por hoy todavía no se ha puesto sobre el tapete: el ocaso del movimiento obrero tal como se desarrolló a lo largo del siglo xx.

Hablar del ocaso del movimiento obrero no significa negar la existencia de intereses de clase o hacer caso omiso de las luchas y resistencias, incluso de conflictos duros. Como por ejemplo, la resistencia de los trabajadores de Terni en defensa del puesto de trabajo que se viene desarrollando desde hace unos meses. En muchas partes del país se producen luchas análogas, aunque para descorrer el tupido velo de la invisibilidad mediática tienen que convertirse en problemas de orden público. Pero ni siquiera el conflicto de Terni, ni el de Piombino o las luchas de otros sectores sindicales, pueden ocultar lo esencial: se ha desmoronado la construcción política, cultural y social que, fundamentalmente tras la Segunda Guerra Mundial, permitió afirmar una subjetividad política que no se podía reducir tan solo a los partidos de izquierda. Una subjetividad alimentada por la existencia de la URSS, por la fuerza de los partidos comunistas y socialdemócratas, por el crecimiento exponencial de los sindicatos, al menos en Europa; una subjetividad que permitió cambiar profundamente la relación de fuerzas entre las clases sociales.

Se trataba de una fuerza muy amplia que, precisamente, galvanizó a una parte significativa de la sociedad con referencias ideológicas, más culturales que políticas, muy sólidas. Son estos mismos presupuestos –solidaridad, comunidad de intereses en el trabajo asalariado, solidaridad intergeneracional– los que ahora desaparecen. La derrota del movimiento comunista, tras los decisivos acontecimientos de 1989; la conversión de la socialdemocracia en una variante del capital; los errores de quienes debieron representar una alternativa a esta disolución (pensemos en Rifondazione en Italia), constituyen las premisas de una crisis que por fuerza tenía que afectar también a los sindicatos, divididos, privados de una dimensión supranacional, víctimas de sus propios errores y de sus propias traiciones –en primer lugar, la indiferencia ante las condiciones de trabajo reales– y sacudidos por una ofensiva política que a su vez se nutre de la crisis económica.

La analogía con el siglo xix

La derrota de este movimiento ha sido profunda, más de lo que se cree o se quiere admitir. Y se nutre de otra crisis profunda, la de la democracia parlamentaria y representativa trastocada por una lógica económica que, en nombre de la productividad, la competencia y la búsqueda del máximo beneficio, necesita acelerar las decisiones y evitar el debate. Matteo Renzi es fruto de esta necesidad, que busca salvadores de la patria: los nuevos populismos y los siempre ansiados chivos expiatorios colectivos. La fase actual se asemeja por tanto a la segunda mitad del siglo xix, en los albores del movimiento obrero, pues el problema de fondo no consiste en reconstruir únicamente formas representativas periclitadas –por ejemplo, una izquierda fantasmagórica–, sino los componentes fundamentales que conforman un nuevo movimiento del trabajo y del desempleo (el término “obrero”, en efecto, puede considerarse superado).

Se trata de comenzar de nuevo y por tanto recuperar la metodología que llevó a la formación del viejo movimiento obrero. Reconstruir la solidaridad a partir de la ayuda mutua, no entendida como sucedáneo del bienestar en crisis, sino como hilo de sutura de las fracturas sociales; reconstruir una dimensión de lucha, no entendida como conflicto representado o mediático, sino como pequeñas victorias que hay que acumular; reconstruir una dimensión internacional para estar a la altura de la globalización de nuestro tiempo.

El mapa del “quién somos

Esta labor paciente –no se agotará, en efecto, con algunas manifestaciones ni con la idea abstracta de una lista electoral– requiere ante todo una radiografía de los potenciales sujetos. Un mapa del “quién somos” para ser capaces de sintetizar lenguajes y comunicación. Si hablamos del ocaso del movimiento obrero está claro, al mismo tiempo, que las tipologías del trabajo asalariado, lo que una vez se calificaba de proletariado, no hacen más que aumentar y diversificarse. Esta morfología no se reconoce porque el actual proceso productivo y la actual conformación del capital han impedido reconocer un contrato temporal en un contrato de colaboración coordinada y continua (co.co.co) y que este, con más razón aún, se reconozca en un contrato indefinido. Las y los autónomos que trabajan como autónomos, cada vez más empobrecidos, y pagan el IVA, cada vez más falsificado, pierden su naturaleza autónoma [como escala social superior a la clase obrera] y se convierten, sin darse cuenta, en sectores de la “clase”; y cuando se dan cuenta de ello no encuentran apoyo ni respuesta en las estructuras sindicales actuales.

Las identidades se duplican o triplican en función del contexto. Lograr conservar un puesto de trabajo, que constituye un éxito para un trabajador o trabajadora se puede convertir, tal vez, en un gasto inútil para el o la ciudadana. Quien trabaja se convierte rápidamente en consumidor y usuario y ya no se reconoce como trabajador. Y mucho menos reconoce, o se esfuerza en reconocer, a una persona inmigrante como parte de su clase. La defensa de un puesto de trabajo también puede entrar en contradicción con la protección del medioambiente y esta contradicción puede atravesar no solo comunidades enteras, sino también generaciones y familias.

La idea de que recoser todo esto con nuevas agujas y nuevos hilos no compete al sindicato equivale ni más ni menos a una renuncia a su función o a una subordinación a la política dominante. Las fisuras de las que hablamos no solo han de preocupar al sindicato sino que, probablemente, el abordarlas constituyan la única posibilidad de que lo que queda del sindicalismo asuma un papel y una misión histórica.

No se trata de si los sindicatos son marginales fruto de su propia esclerosis y de unas burocracias más o menos poderosas. No se trata, sobre todo, de si ha salido derrotado, incluso perdiendo en el terreno de la más amplia unidad social, en una batalla decisiva como la lucha contra nueva reforma laboral (la conocida como “Jobs Act”). El mundo laboral clásico [quienes disponen de un puesto de trabajo fijo y con contrato indefinido], que por cierto es el menos golpeado por la reforma, no ha logrado agrupar al extenso mundo de la gente precaria y de las figuras solitarias que desde hace tiempo no saben ya qué es un sindicato y, en cualquier caso, lo ven como adversario. En cambio, el sindicalismo se mantiene inmóvil: desde hace tiempo, su única estrategia ha sido la colaboración con los gobiernos de centroizquierda (y, en parte, también con los de centroderecha), inmersos en la concertación, incapaces de dirigir un conflicto auténtico, carente de raíces estructurales en la nueva composición de la clase obrera. Todo ello han sido palos en las ruedas del sindicalismo que han permitido a Renzi asestarle el golpe de gracia. Del mismo modo, la ausencia de una proyección internacional está en la base de la atrofia nacional que carece de puntos de apoyo para oponerse a las políticas europeas y globales.

La centralidad de la democracia

De ahí que, entre otras cosas, los logros que se puedan alcanzan tendrán fuerza y futuro si se basan en la democracia y la autodecisión de los sujetos como coordenadas fundamentales. En un contexto en el que los sujetos históricos del movimiento obrero se encuentran en una crisis irreversible, no dejan de ser diminutas luces de una estrella que se apagó, la hipótesis de un desistimiento a favor de dirigentes iluminados pierde toda posibilidad. El futuro está en nuestras manos y si hay una lección que podemos aprender de movimientos como el de Podemos (más allá de su evolución real) es que en la época de la comunicación horizontal no se puede librar una lucha política eficaz sin una democracia sustancial. Democracia, transparencia, sobriedad, son ingredientes básicos para cualquier tipo de organización. Es bueno saberlo y aceptarlo, no como una concesión al “espíritu del tiempo”, sino como instrumento de la nueva política.

Nos hallamos por tanto en el periodo de reconstrucción de un movimiento “de clase”: mediante la creación de estructuras de base de ayuda mutua y formas elementales de sindicalismo, a través de procesos emblemáticos y/o simbólicos de autogestión, a partir de experimentos “políticos” no reducibles al nacimiento milagroso de nuevos partidos, que han perdido la antigua función y su antiguo papel, al menos en el ámbito de la representación de los “de abajo”, no porque estén claramente superados –un “partido” existirá siempre por naturaleza–, sino porque todavía caminan tras la luz de una estrella extinta, la de una derrota sufrida no solo sobre el terreno, sino también en el mismo núcleo de la propia credibilidad. No bastará con agitar los viejos ingredientes, o a los viejos dirigentes, para obtener un coctel digerible. El proceso es más profundo, más radical porque tiene que ver con la raíz de los comportamientos sociales, con la reconstrucción de un sentido de pertenencia a una alineación que reivindica derechos. El siglo XX, sus errores, sus opciones nefastas, quemó gran parte del terreno en que se mueven estos sujetos y su recuperación llevará tiempo. Y confianza. La confianza fundamental habrá de ser necesariamente en las propias fuerzas y en la capacidad de establecer una conexión estable, en la eficacia de la coalición.

La experiencia como ejemplo y el sindicato social

Una dimensión inédita podrá y deberá ser la de la experiencia como ejemplo. El final del viejo movimiento obrero comporta asimismo el agotamiento de sus modelos [de organización y de lucha]. Desaparece el “modelo alemán”, en el que se estructuran a escala nacional y de manera potente grandes sindicatos, grandes partidos, grandes estructuras de organización social. Hoy es más eficaz apostar por experiencias ejemplares que, a través de su práctica, otorgan credibilidad a un nuevo relato. Emergency [organización humanitaria italiana, fundada en 1994. ndr] es una experiencia ejemplar, del mismo modo que la recuperación de los centros arrebatados a la mafia por parte de Libera [Red de 1 500 asociaciones de lucha contra la mafia y que se ocupa de la gestión de bienes requisados a la mafia. ndr]. La fábrica ocupada de Rimaflow es una experiencia ejemplar que remite claramente a una idea distinta de la economía y de la solidaridad obrera. El ejemplo permite conferir una nueva legitimidad a ideas que de otro modo acabarían ahogadas en la retórica propagandística. La experiencia ejemplar de la ayuda mutua, por ejemplo, puede servir para reconstruir una idea moderna del sindicato, basada en los orígenes de la solidaridad de clase, en la centralidad de los afiliados frente a los aparatos que ha creado y su institucionalización; es decir, el “modelo alemán”.

La Coalición Social, si profundiza en esta dirección, es un proyecto que no dejará de repercutir en el modelo sindical conocido hasta ahora. El contenido político de la propuesta insiste más en la forma sindicato que en la forma partido, en su caducidad y en la necesidad de repensar su papel y la acción social. El antagonismo capital-trabajo, de hecho, ya no interviene tan solo en las relaciones laborales, en el intercambio de salario por horas de trabajo. Esta contradicción se ha generalizado, desde hace tiempo ya, al ámbito social. La confrontación se ha vuelto más compleja y el sindicato, si desea realmente llevarla a cabo, debe hacerse más “social” en el sentido de que debe afrontar dicho antagonismo y dicha colisión en todas sus manifestaciones. Poniendo acento en la llaga del aumento del desempleo, de la generalización de formas de trabajo subordinadas, de la gestión del sistema de bienestar (pensemos en la iniciativa de las asociaciones de autónomos que el 24 de abril se enfrentan al INPS –Seguridad Social– por un sistema más equitativo, solidario y sostenible).

El punto de partida impuesto por las derrotas hace que las experiencias de ayuda mutua sean vitales como espacios en los que reconstruir la confianza y la solidaridad de clase. “Casas de ayuda mutua”, por analogía con las Casas del Pueblo en las que se elaboraron los primeros estatutos del mutualismo obrero: hoy ha cambiado el tiempo y el contexto, y el mutualismo incorpora una dosis necesaria de 2.0 [comunicación y colaboración en red.ndr]. Sin embargo, el mecanismo que se halla en la base del mutuo reconocimiento es el mismo. Similar al esfuerzo extraordinario necesario para emprender una lucha, sosteniendo a quien se encuentra aislado, ofreciéndole una red de protección colectiva. El sindicato social es todo esto y la Coalición Social favorece su nacimiento, claro que a condición de que los sujetos encargados capten su sentido y asuman el reto.

Renta, salario, deuda

Hasta aquí la metodología y el contexto. Sin embargo, al final, un proyecto como este será evaluado fundamentalmente por sus contenidos, por la capacidad de arrastre y también por los resultados que consiga. Una hipótesis que se propone volver a unir lo que el capital divide, recomponer distintos sectores y ofrecerles un espacio para reconstruir una política para la propia acción, deberá dotarse de un programa mínimo que sea la muestra esa ambición. La idea [de que la Coalición Social] elabore de entrada adquiere un valor político fundamental si no se limita a un mero expediente propagandístico para responder a la reforma laboral de Renzi. El nuevo estatuto debe insistir en la radiografía de nuestro campo avanzando una idea de la recomposición para impulsar la reflexión sobre la noción de “subordinación” del trabajo y de “dependencia económica” más allá del contrato laboral. La ampliación de los derechos, concretos, indivisibles y universales, es una “oferta” política que debe permitir el reconocimiento en el mismo marco de clase a millones y millones de sujetos que en cambio se perciben diferentes y se sitúan en lados opuestos (fijos frente a no fijos, etc.).

En este proceso puede desempeñar un papel importante la reflexión sobre la renta básica garantizada que, superando una disputa histórica, constituye hoy el cimiento para una edificación universal de derechos. Un instrumento para fundamentar no solo el derecho a la existencia, sino también la liberación del y en el trabajo, a resguardo de los chantajes y de la soledad social. Junto al tema de la renta se plantea asimismo el del salario mínimo legal que, sin erosionar las garantías de los contratos laborales, constituya un dique frente a la “reducción al mínimo” del coste del trabajo. El salario mínimo legal y la renta mínima son instrumentos que han de permitir, al mismo tiempo, desgranar la categoría del trabajo autónomo, descartando las situaciones indebidas y construyendo, también por esta vía, un conjunto de derechos exigibles asimismo para este sector.

En una fase de estancamiento de la economía, que para muchos economistas será la forma estable de la recesión global, conviene pensar en soluciones rupturistas en el plano social para poder reabrir el debate sobre las alternativas de sociedad. La reducción de la jornada laboral, la recalificación ecológica de los territorios, la reforma progresiva del Estado de bienestar, empezando por proponer de nuevo el sistema de seguridad social como terreno de unificación del trabajo con mecanismos de solidaridad intergeneracional que es preciso reconstruir, constituyen objetivos que apuntan en esta dirección. Del mismo modo que, en el plano de los recursos, una respuesta clara a la cuestión de la deuda, cribando la parte ilegítima (auditoría) de la misma y desbaratando así la lógica agotadora del capital financiero. Grecia está tratando de hacerlo. Seguro que la propuesta no es excéntrica.

23/03/2015

Notas

1/ Iniciativa de convergencia social contra la ofensiva generalizada del Gobierno de Renzi lanzada por el sindicato FIOM (federación de la industria metalúrgica de la CGIL).



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