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Entrevista a la cineasta Carmen Castillo
"¿Cómo ponerse en movimiento, ser activo, actor?"
08/04/2015 | Ballast

Carmen Castillo nació en Chile. Trabajó con Salvador Allende y, tras el golpe de Estado del general Pinochet, entró en la resistencia clandestina junto a
su compeñero Miguel Enríquez. Detenida y después expulsada de su país natal (una movilización internacional permitió salvarla), contó esta historia trágica
en dos obras y después en la película Calle Santa Fé, estrenada en 2007. ¿Cómo transmitir la memoria de los vencidos sin ahogarla de nostalgia o
amargura? ¿Cómo permanecer fiel hoy día a los ideales de quienes -amigos, próximos y camaradas- ya no están en este mundo que tanto quisieron cambiar?
¿Cómo esperar cuando se sabe que ya nada, como algunos pudieron creerlo hace tiempo, está trazado de antemano? Estas cuestiones obsesionan a la
realizadora. Su próxima película, Aún estamos vivos, llegará a los cines el 29 de abril: apoyándose en el pensamiento del filósofo Daniel Bensaid,
Castillo muestra, entre dos continentes, los combates cotidianos de todas esas gentes anónimas que, en el ángulo muerto de los grandes medios de
comunicación, se obstinan por hacer de la lucha una "pasión alegre". A pesar de todo.

¿Cuál fue el impulso de partida de esta nueva película?

Desde siempre me preocupa el tema del compromiso político. Abordé el misterio de las vidas comprometidas de los años 1960 y 70 en Calle Santa Fé,
y planteé esta cuestión: ¿valía la pena la resistencia? Sí... Es evidente. Es mi generación. Nuestra juventud estaba convencida de que la Revolución iba a
ocurrir en la escala de nuestras vidas. El compromiso político era claro, marcado, vivo. Estaba del lado de la vida y, para esta generación, en todo el
mundo, llevaba consigo este deseo de libertad, de justicia y de autonomía. ¿Pero después? Después del desmoronamiento de nuestra religión de la Historia,
de nuestras certidumbres; después, como dijo Daniel [Bensaid], ya no había futuro radiante, ¿entonces qué? ¿Ibamos a hacer como todo el mundo? ¿Plegarse,
renunciar, volver a la fila? ¿Creer en el liberalismo triunfante y en los milagros de la globalización feliz? Estos interrogantes cristalizaron, para mí, a
la muerte de Daniel, en 2010. Le rendimos homenaje, un gran homenaje, en la Mutualité. Estuve allí, muy inhibida, hablé en nombre de América Latina -Daniel
se había comprometido mucho por ella, en el seno de una sección de la Cuarta Internacional (estuvo mucho tiempo en Argentina, en Brasil, en Chile). La
pérdida de su amistad me volvía más pesada. Pero este peso era todo lo contrario a una carga, era un mensaje compuesto de sus actos, de sus heridas, de su
risa. Desde los años 1990, Daniel se había convertido para muchos de nosotros en un vigía. Cuando murió, ví nacer una necesidad, un deseo, quería ir a
buscar, saber sobre qué base, sobre qué pensamiento podíamos reunirnos, comenzar a reflexionar. ¿Cómo estar en movimiento, ser activo, actor? Daniel había
escrito mucho sobre eso. Algunas veces, él me había sacudido cuando caía en grandes momentos de melancolía. Era divertido. Discreto y lleno de humor. Tenía
una manera de decirte tres palabras para volverte a levantar el ánimo.

¿Le conociste, la primera vez, como militante?

Sí. El estaba en la LCR y se implicaba en favor de la resistencia chilena y contra la dictadura de Pinochet. Me lo encontré en este contexto. Él fue una de
las personas que me acogió. Era necesario que abandonase y matase el culto a la muerta y la nostalgia, que aceptase que era una mujer herida pero también,
o sobre todo, una militante. El dolor de la derrota, la muerte de Miguel [Enriquez] y de mis amigos, todo esto no mermó en mí la idea de que podíamos
continuar luchando, y vencer a la dictadura. Nuestras discusiones eran siempre muy sinceras. Fuera de los dogmas militantes, irreverentes.

¿Teníais muchas divergencias?

En aquella época, sobre la continuidad de la lucha armada. Él estaba en contra, pero sabía que, ahí abajo, en América Latina, se jugaba la vida de los
militantes, la vida y la muerte. Hablaba sin la menor arrogancia. Planteaba cuestiones, alertaba. Su compromiso era más carnal en Argentina, con el PRT (el
MIR, en cambio, no formaba parte de la Cuarta Internacional). Uno se compromete -como lo han dicho, más claro que nadie, los zapatistas- para vivir,
incluso cuando maneja armas o funda un ejército. Hay que vivir para luchar. Daniel ya lo había comprendido en aquella época. Cuando se entera de que tenía
sida, sin dejar de militar, se pone a escribir cada vez más. ¡Libros fundamentales! Pienso en Una lenta impaciencia, en su Walter Benjamin, en la Apuesta melancólica... Siempre me hizo pensar en Victor Serge, cuanto tomó la decisión, en el hospital, tras
sobrevivir a una oclusión intestinal, de escribir, escribir, en todas las circunstancias... Nunca hablé de esto con Daniel, pero puede que él también
redoblase su esfuerzo por la escritura.

Tambien te debe emocionar su apego a la literatura y a la poesía; no es sólo un intelectual científico, académico.

¡Sí! Daniel es un literato. Se alimenta de eso. Esa necesidad de referirse a todo, incluídas las emociones, para describir el mundo (habló de las virtudes
de la indignación mucho antes que Stéphane Hessel). Y además era un formador, un profesor, un enlace -Olivier Besancenot lo definió bien. El transmitía.
Siempre tenía en la cabeza esta idea de que había que transmitir para poder ir hacia adelante, actuando a la vez sobre el presente. Apelaba a la memoria de
los vencidos para constituir sujetos activos y revolucionarios, pero sin decirse que el pasado era mejor: tiene que haber una apertura, una brecha. La
convicción de que se puede, que es posible, y que eso será otra cosa. Nuestra visión de la Historia está acabada, es un hecho -lo que no impide
que, etc. Esa es la fuerza de Daniel y de quienes razonan así -pienso por ejemplo en Michael Löwy. Por eso la idea, al lanzar este proyecto de película, de
ir a ver en concreto lo que pasa hoy, en las luchas.

¿No se trata por tanto de un documental biográfico?

No, yo no he querido reconstruir su vida. Imposible. No es una película sobre él, sino una película que parte de nuestra amistad, de su pensamiento, de
todos esos afectos de que hablaba. Y esta pregunta: ¿qué pasa hoy? ¿Y de qué manera puede Daniel ayudarme a comprender? No quería ir a los lugares de moda,
buscaba territorios de lucha después de 1990, pero con persistencia en el tiempo: luchar y crear, ambos al mismo tiempo. Estoy leyendo en estos momentos el
libro de Kristin Ross, El imaginario de la Comuna: no es un enésimo relato de la Comuna, se pregunta por la persistencia de su imaginario, la
energía militante que susbiste, aquí y allí, en Occupy Wall Street o entre los Indignados, por ejemplo. Es un poco mi enfoque, también.
Descarté en seguida a los "expertos": tenía que ir a ver a las gentes anónimas. Daniel me enseñó -y lo dijo mucho mejor que yo- que la grandeza de la
política está en estos anónimos en lucha. Quería mantenerme fiel a ello. Estas gentes están ante todo en la acción. Fabrican un pensamiento, aunque no esté
todavía reunido, no está todavía listo para ser analizado. Quería darles cuerpo, belleza. Que esas personas, que son tan bellas, sean luminosas -¡porque
eso es el compromiso!. Es mejor que quedarse delante de un televisor, en la droga o el nihilismo. Se vive mejor, sencillamente. Es más denso e, incluso,
... ¡divertido! Para mi generación, militar significaba sacrificar muchas cosas, no salir del todo-colectivo. Un revolucionario, debería ser la risa, el
amor, la danza, los niños, lo "normal", pero la ideología, si se la seguía demasiado de cerca, implicaba el sacrificio de todo eso. Hoy día este corte ya
no tiene sentido.

A esto se refería Bensaid cuando escribía que militar es "lo contrario a una pasión triste".

Por completo. Basta con hacerlo para notarlo, sentirlo. Se pasa de la impotencia y la sumisión a la acción y la creación de algo. El problema es que hoy
día todo está cubierto por los espacios mediáticos y el consumo, para quien no hay lazos, ni encuentros, ni afecto, ni pensamiento. Todos los que se
encuentran ligados a una acción colectiva experimentan una especie de alegre melancolía. Lo he constatado muchas veces: es raro que la alegría de la
victoria sea duradera, el camino que queda por recorrer siempre es largo, la amargura puede sobrevenir. Pero quienes nos encontramos en este camino,
quienes se han comprometido con nosotros por un tiempo o por un muy largo tiempo, aquellos con quienes vivimos experiencias luminosas, hacen del compromiso
una pasión alegre. Quería dar la palabra a las gentes anónimas en lucha e ir al encuentro de personas. No movimientos, abstracciones. Sino sujetos
que, al mismo tiempo, forman parte de un colectivo: los sin-tierra en Brasil, la resistencia india, el DAL en Francia, los sindicatos obreros... Durante un
tiempo pensé en Chile, pero no había allí movimientos de larga duración. Y además no hacía falta hacer un catálogo de luchas... Había que elegir. Me habría
gustado, desde luego, seguir también algunas experiencias en España. O en Grecia. Pero una película cuesta dinero, y ésta se ha hecho con poca financiación
y mucha energía militante. Agradezco cada día a los técnicos, los colectivos, los videastas y cineastas inmersos en la acción diaria. Sin ellos no hay
película. No ésta, en todo caso.


Hay verdadera preocupación estética en tu película, tanto en los encuadres como en la fotografía. A veces se tiende a creer que una película militante
debe ser cruda, casi fea, para que sea convincente... (risas). ¿Cómo abordar la cuestión de la forma?

Es esencial. Una película es siempre una forma. Cuando hablaba de acercar la belleza del compromiso político, también es esto. Aunque hemos tenido poco
tiempo, el trabajo sobre la imagen era primordial. No podía ser fea, ¡no! Ya hay violencia, muertos, incluso... Era preciso que la imagen fuera lo más
bella posible -en las condiciones de un documental (Ned Burgess, mi director de fotografía desde 2002, estaba en el lugar de la cita, con su talento y su
cortesía). Hay muchas palabras a lo largo de la película. Los textos de Daniel, leídos, forman una especie de hilo rojo y se mezclan con mi relato,
necesitaba bellos planos largos para poderlos entender.

¿Cuánto tiempo te ha hecho falta para realizar esta película?

Entre el deseo, la escritura, la búsqueda de financiación, el rodaje, pocos días de rodaje pero desperdigados en el tiempo, los meses de montaje, hasta hoy
que estamos preparando el estreno, ¡cinco años!

Has emprendido este viaje con los escritos de Bensaid. ¿Cómo has escogido los puntos de destino?

El mundo es vasto y yo quería amplitud. En América Latina, ya me había reunido con el subcomandante Marcos en Mexico, pero tenía ganas de compartir las
experiencias de los sin-tierra en Brasil, ese movimiento que existe desde hace treinta años y que ha permitido a tantos campesinos sobrevivir. En Bolivia,
la elección de Evo Morales, después de luchas a veces violentas, permitía mostrar un combate victorioso. En Francia, la tenacidad de los "sin" para no
aceptar las injusticias y la creatividad de los militantes para alzar la dignidad frente al menosprecio y la miseria ya me habían llevado a entrevistarlos
desde 1996.

Pero nunca antes habías ido a Brasil, lo que puede parecer sorprendente...

Brasil fue un país muy importante para Daniel. Estuvo varias veces y participó en la construcción del Partido de los Trabajadores. Siguiendo su huella
encontré los Movimientos de los Sin Tierra. Era algo tangible. Se trata de una fuerza política muy organizada; mantienen su autonomía al tiempo que
dialogan con el PT. Encarnan las experiencias de autogestión, de control popular y de democracia participativa. Con sus escuelas itinerantes, maestros que
se desplazan a las tierres ocupadas, han conseguido formar dos generaciones de jóvenes que resisten con éxito a los sortilegios de la servidumbre
voluntaria. La perspectiva, la llaman "ecosocialismo" -una palabra nueva, pero con un sentido que resuena de manera urgente hoy.

¿En Bolivia has querido filmar una victoria?

Lo que ocurrió en Bolivia en 2005 fue una verdadera revolución. Quería una victoria y ésta era inesperada. Descartamos al poder político y su figura
emblemática, Evo Morales, para ir a buscar en Cochabamba a los protagonistas (en su mayor parte indios incultos) de la Guerra del agua, victoriosa en el
año 2000 contra un gobierno ultra-liberal y una multinacional francesa. Me reuní con Oscar Olivera, uno de los fundadores de la Coordinadora, esta
organización que reagrupa a todo un pueblo que libra batalla y que transmite su manera de hacer a las otras guerras, las de la coca y del gas. Oscar sigue
actuando dentro de los movimientos sociales: rechaza cualquier implicación gubernamental. Desde que le ví, Oscar me resultó familiar. Para mí, existe una
comunidad de las personas en lucha. Se parecen, son de igual belleza. ¡Como las mujeres de La Busserine, en los barrios del norte de Marsella!

Las revueltas de los barrios en 2005 te llevaron a los barrios del norte de Marsella. Sin embargo allí no hubo motines.

Justamente, habían ocurrido antes. Estas revueltas incomprendidas son bautismos políticos. El espantajo de los kalachnikov y de la droga, que difunden los
medios de comunicación y los políticos en general, no deja ver nada de la realidad de estos lugares. Me encontré con Fadela a través de las redes
militantes, y a través de ella, con Fatima y Karima. Su colectivo actúa en los barrios para detener el ciclo de la violencia de los jóvenes, a la vez que
denuncia la violencia cometida contra los jóvenes. Actúan en organizaciones de ayuda social o de educación desarrollando a la vez un pensamiento político
sin concesiones que les permite proponer alternativas. Estas mujeres son para mí las verdaderas heroínas de nuestro tiempo.


Das la palabra al DAL, una asociación que ha logrado legitimar las ocupaciones de viviendas particulares vacías, pero también a una figura que en
nuestros día está a veces desatendida, o desacritada, en el seno del movimiento social: los sindicatos. ¿Por qué?

La lucha sindical me parece esencial. Puede ser portadora de valores que se suelen olvidar: la solidaridad, el reparto... Nos recuerda, como dice Daniel,
que la lucha de clases existe y que rompe la falsa unidad de las razas, de las naciones, de las religiones, porque al otro lado siempre hay otro uno-mismo.
Son palabras que necesitamos oir en este momento. Visionando en Internet la asamblea general de final de la huelga de las jubilaciones, en la refinería
Total de Donges, descubrí a Christophe. El decía, emocionado hasta las lágrimas, una frase casi idéntica a las que había escrito Daniel: "Hay derrotas que
tienen el sabor de las victorias". Me emocionó que un líder sindical mostrase semejante emoción y que encontrase al mismo tiempo las palabras de un
pensamiento político tan fundamental. Pensé que si acababa la película con él, podríamos salir del desánimo y de las derrotas y avanzar a pesar de todo.

Ya has realizado una película sobre Victor Serge. ¿Te sientes personalmente cercana a la corriente trotskista?

No por completo. Lo soy, digamos, por formación. Podríamos discutir mucho tiempo - a veces me muestro muy indignada contra algunas organizaciones
trotskistas, sobre todo latinoamericanas. Lo capital, en mi opinión, en Serge, Daniel, el MIR y los cómplices que he tenido en mi vida, es que el
comunismo, la utopía comunista, es magnífica, y que era preciso actuar para abatir al comunismo estaliniano. El precio que se ha pagado a causa del
estalinismo y de los partidos comunistas del mundo entero es enorme. Es muy grave. Hay que salvar la palabra "comunismo". Es lo común, es el reparto. Ha
sido contaminada, manchada con sangre y autoritarismo. Me gusta mucho esa noción de comunismo libertario de la que habla Michael Löwy.

¿Reunir a los marxistas y los anarquistas?

Sí. No se puede eludir la cuestión de la organización, de las lazos, de las estructuras. No creo en el espontaneísmo -esta forma de anarquismo no es mi
tradición. El movimiento de los Sin Tierra es, entre todos los que ha podido encontrar, el que hoy día siento más cercano. Hay en él una inteligencia
política extraordinaria. Tiene treinta años de vida. Pone el acento en la educación, la formación, el espíritu de libertad, la resistencia, la insumisión.
Hacer lo necesario para salir del sortilegio de la servidumbre voluntaria. Hace falta una organización, aunque no sé qué forma deba tener. Los zapatistas
también actúan en este sentido.

Pero al contrario de lo que tal vez podría creerse cuando se nos lea, no es la película de un partido, de una capilla política

¡En nada! No es una película sobre el NPA, aunque Daniel era el intelectual. Es todo menos un panfleto, espero. Es política, desde luego; pero puesto que
hay un relato personal, una dramaturgia de ficción, no es más que una película, no un acto militante. Una película que plantea preguntas. Yo no doy
respuestas: las gentes debaten después, tras haberla visto. Es una película vasta, en medio de mis dos tierras -América Latina y Francia. Es la primera vez
que ruedo en Francia, y ello ha cambiado mucho mi manera de ser francesa. Quería que fuese amplia, estas experiencias existen en todas partes, algunas las
he encontrado aquí y otras en América Latina.

¿Qué te gustaría que retuviese el espectador al salir de la sala?

Que tenga energía. Que la película abra un rincón en su cabeza para acoger ideas y acciones. Que pueda sacarnos de la impotencia, aunque sólo sea un poco,
en estos tiempos atroces. Que sea una canción, un canto de los posible. Y estaría contenta.

27/2/2015

Traducción: VIENTO SUR

http://www.revue-ballast.fr/carmen-castillo-je-voulais-donner-la-parole-aux-anonymes-en-lutte/



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