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La religión como pretexto político
Hostilidad hacia el islam, hostilidad hacia los musulmanes
26/03/2015 | Brian Anglo

La oposición entre el Oeste y el Este se ha formulado, desde el punto de vista del primero, de diferentes maneras. La frase "choque de civilizaciones" para denotar específicamente la incompatibilidad entre Occidente e islam –concebidos como bloques monolíticos rivales–, así como la superioridad de aquél, se atribuye al orientalista Bernard Lewis. A comienzos de los años noventa hizo fortuna como título de un artículo y de un libro de Samuel Huntington, quien pronosticaba que los grandes conflictos globales a venir se producirían entre culturas o religiones, destacando el antagonismo entre las civilizaciones islámica y occidental.

Posteriormente, una visión más crítica y más precisa de la realidad de estos dos "bandos" ha rebautizado la pugna como un "choque de barbaries". O, como dice acertadamente El Roto: "parecía que íbamos hacia el multiculturalismo, pero nos hemos quedado en la barbarie variada".

Previamente, en 1978, el palestino de origen cristiano Edward Said había hecho una crítica demoledora de la representación de Oriente en el mundo académico occidental y de cómo el estereotipo creado había servido los intereses de los imperialismos dominantes. La cita de Marx que encabeza su libro Orientalismo es bastante significativa: "No se pueden representar a sí mismos; es necesario que se les represente".

Y en 1980 (justo después de la revolución iraní), el marxista francés Maxime Rodinson ya hablaba de una "imagen amenazadora" y alertaba contra "una disposición a reducir el Islam, todo lo que es, todos aquellos que son más o menos islámicos, a un espantajo". En el nuevo reparto de papeles tras el colapso del sistema mal llamado comunista y el fin de la Guerra Fría, al islam se le otorgó -mejor dicho, se le impuso- el rol de coco.

¿Teología o política?

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y de 2004 en Madrid, esta imagen, así como su explotación política, ha cogido todavía más fuerza.

En este sentido es evidente que hay una islamofobia ideologizada, más o menos sutil, con más o menos matices, que es instrumentalizada por gobiernos, instituciones del Estado, medios de comunicación o partidos políticos para promover sus intereses, desde los más geoestratégicos a largo plazo hasta los más locales, banales e inmediatos. Pero hay que reconocer que este discurso ha penetrado también en una parte de la población autóctona, sin mucha distinción de clases.

Esta islamofobia atribuye al Islam, como religión o doctrina, la justificación y la reproducción inevitable de prácticas que, alega, contravienen una serie de derechos humanos. Muy especialmente, el islam sería intrínsecamente opresor de la mujer. Un ejemplo poco sofisticado de esta actitud lo encontramos en Plataforma per Catalunya, el secretario general de la que no tiene inconveniente en declarar que "para mí el Corán es un libro que incita claramente al odio, sólo hay que darle un vistazo para darse cuenta ".

Además, el islam subministraría la explicación de lo que se considera el retraso –político, social y económico– de Oriente Próximo o Medio (denominación, dicho sea de paso, que denota un evidente eurocentrismo).

Pero no suelen ser las altas instancias o figuras representativas de otras religiones que atacan el Islam de esta manera (ni polemizan con él en términos teológicos), sino políticos, "opinadores" y tertulianos, sin olvidar la forma tendenciosa que tiene la mayoría de los medios de comunicación de masas de enfocar diferentes hechos y acontecimientos relacionados con individuos, grupos o países definidos como musulmanes.

El peso de la historia y la evolución del estigma

Cuando analizamos la situación en el Estado español, un factor a tener en cuenta es la impronta dejada por la presencia musulmana secular y, más aún, la forma en que los hechos históricos relativos a esta presencia han sido construidos ideológicamente (la "Reconquista", la Inquisición y la expulsión de los moriscos ...) y transmitidos a través de la historiografía, la literatura y la escuela durante el franquismo y también después.

Igualmente, la colonización por España de una zona importante del norte de África, junto con los intentos de justificarla, ha dejado un poso negativo en la imaginería popular en relación al islam y las personas clasificadas como "moros", originalmente un simple gentilicio sin ninguna connotación especial, aunque a menudo aplicado por extensión a los musulmanes en general.

La reputación sanguinaria y cruel de las tropas marroquíes que combatieron en el bando nacional de la Guerra Civil añadió un rasgo especialmente trágico, ya que esta participación era en gran parte evitable. La República, priorizando los intereses coloniales españoles (y franceses), se negó a ayudar al líder rifeño Abd el-Krim a volver del exilio para continuar la lucha por la independencia cuando este gesto habría, al menos, mermado considerablemente la intervención de soldados marroquíes junto a Franco.

Últimamente parece que la animadversión hacia los marroquíes ha crecido. Según una serie de estudios de actitud entre alumnos de secundaria, el colectivo marroquí –catalogados como "moros" – ha pasado recientemente a desbancar a los gitanos, tradicionalmente el grupo más discriminado, en los porcentajes de rechazo medido en términos de antipatías, rechazo a casarse con ellos, recelo hacia compañeros de clase y deseos explícitos de echarlos del país.

Conviene remarcar también la prevalencia de diversas confusiones en la "clasificación" popular de las personas extranjeras presentes en España. Es bastante frecuente el tratamiento de todos los magrebíes como árabes (muchas veces con una carga estigmatizadora), cuando un porcentaje muy importante de los y las marroquíes no lo son, sino que se identifican como amazigs. Por otra parte, la palabra "musulmán" se suele relacionar con personas originarias del norte de África o tal vez de Pakistán, no muy a menudo con africanos negros, como senegaleses, malienses, ghaneses, gambianos, nigerianos .... que suelen ser mejor considerados.

El Estado, las instituciones y los medios de comunicación

Hoy las personas inmigradas musulmanas en Catalunya y en el resto del España sufren una discriminación, no exclusiva, pero en general sí más acusada, de parte del Estado y de los medios de comunicación.

Concretamente en Catalunya, en los últimos años ha habido operaciones policiales de gran visibilidad mediática contra supuestas células islamistas (el "comando Dixan" en Girona, el grupo acusado de preparar un atentado contra el Metro de Barcelona) basadas no en hechos delictivos, actos criminales cometidos, sino en sospechas derivadas de las costumbres o pensamientos de las personas involucradas.

Con todo, algunas de las actuaciones del Estado que perjudican un alto porcentaje de las personas musulmanas no van dirigidas contra ellas como tales. Sin embargo, el hecho es que entre la inmigración es el grupo que tiene más dificultades para acceder a los derechos políticos, lo que repercute negativamente en sus oportunidades sociales.

Las personas "comunitarias", entre las que hay pocas que son musulmanas, tienen un derecho automático a participar en las elecciones municipales y europeas. Las personas nacionales de un gran número de países latinoamericanos y otras excolonias, como Filipinas o Guinea Ecuatorial, con poca población musulmana, pueden adquirir la nacionalidad española tras dos años de residencia legal sin perder la suya de origen; pero no las personas oriundas de las excolonias de Marruecos o del Sahara Occidental, países mayoritariamente islámicos.

La mayoría de las personas musulmanas, que provienen del África septentrional y occidental, y del norte del subcontinente indio, no tienen derecho a voto, deben tener diez años de residencia legal antes de poder solicitar la nacionalidad española y tienen que renunciar a la suya de origen. Evidentemente, estas restricciones, que se basan en la nacionalidad, se aplican igualmente a los cristianos de Nigeria, los sikhs de India o los hindúes de Nepal, pero estos, todos juntos, constituyen una minoría muy pequeña de la población extranjera.

Un agravio comparativo que llama la atención es la ley recién aprobada que otorga la nacionalidad española a los descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica en 1492, pero no a los moriscos (musulmanes conversos, por las buenas o por las malas, al catolicismo) expulsados en 1609.

Del prejuicio al perjuicio

El rechazo genérico al islam afecta negativamente a las personas musulmanas de muchas maneras. Determinadas costumbres, concebidas como inherentemente islámicas, aunque en muchos casos pertenecen más bien a una cultura geográfica o étnica particular, y no a la totalidad de la umma o comunidad de creyentes, son definidas como contrarias a los derechos humanos o un peligro para la seguridad, y son las personas que las practican quienes sufren las consecuencias de estas atribuciones.

En Catalunya, uno de los efectos de las repetidas iniciativas de políticos, tanto de CiU como del PSC, de prohibir el burka o el niqab, cuando el porte de estas prendas es muy poco frecuente, es que algunas mujeres acaban teniendo más problemas para salir al espacio público, al mismo tiempo que se extiende la percepción de los hombres musulmanes, en general, como machistas y maltratadores que imponen su voluntad sobre la de las mujeres. Lo cual no quiere decir que no haya mujeres obligadas a vestirse o comportarse de una manera determinada y a las que hay que ayudar.

Aunque no fuera su intención, las declaraciones políticas y la cobertura mediática en relación a los peligros del "terrorismo islámico", el "yihadismo", el "Islam radical" o el "integrismo" contribuyen a crear un clima de desconfianza y recelo hacia el conjunto de las personas musulmanas que puede tener una traducción concreta en el trato.

También merman las objeciones ante la progresiva limitación de derechos encarnada en leyes represivas calificadas al unísono por políticos y prensa como "antiterroristas" o "antiyihadistes", y que serán utilizadas contra terroristas de verdad, pero también contra personas musulmanas de todo tipo y toda clase de disidentes políticos.

El discurso de la extrema derecha

Un ejemplo de cómo las críticas al islam –mejor dicho, a un islam conscientemente deformado– pueden ser utilizadas para recoger apoyo a medidas contra las personas musulmanas es el discurso de Plataforma per Catalunya (PxC). A pesar de ser un caso relativamente extremo y minoritario, ayuda a poner de manifiesto algunos de los mecanismos que utilizan otros partidos con más influencia y poder.

Lo dice sin rodeos: "PxC no se opone a la inmigración", que considera necesaria como mano de obra, "sino a la instalación de inmigrantes musulmanes". Y explica su postura alegando que el islam, que equipara con la sharia, o ley islámica, "conlleva elementos ideológicos de rechazo a los Derechos Humanos" y promete poner tales preceptos fuera de la ley.

Propone, por tanto, cuotas de procedencia y la reducción a cero del contingente islámico. Y va aún más lejos: "fomentará la repatriación de la población islámica", hasta el punto de retirar la nacionalidad (española) a las personas musulmanas.

No se priva de utilizar los estereotipos más groseros para apoyar sus propuestas: "Expulsión de todos los inmigrantes violadores, incluso si son menores. Las violaciones en grupo perpetradas por jóvenes inmigrantes se están extendiendo por todo el territorio y el patrón se repite; los violadores son musulmanes marroquíes, africanos o paquistaníes y la víctima una joven europea y blanca."

Igualmente, mete en el mismo saco "costumbres como tapar la cara de las mujeres con velos, proclamar la guerra santa, prácticas de poligamia, realizar ablaciones de clítoris, los matrimonios concertados" para justificar que "no aceptaremos ninguna cultura que fomente la discriminación de la mujer". Cuando habla aquí de" ninguna cultura ", vemos cómo generaliza y apunta a todas las personas que él identifica como miembros de este grupo.

Finalmente, son reveladores los argumentos que aduce a favor de su intención de frenar la construcción de mezquitas. Por un lado dice que "no fomentan la integración", es decir, admitiría la integración de las personas musulmanas sólo como asimilación total, con renuncia de la práctica de su religión incluida. Y por el otro, que "a menudo son centros de adoctrinamiento islamista vinculados a veces con el terrorismo internacional", haciendo una amalgama y una extrapolación toscas que se apoyan en insinuaciones sin fundamento.

Defender las personas, no la religión

Para que un Estado sea democrático, debe ser laico. Sería un error reclamar para el islam, o cualquier otra religión, los mismos privilegios que la iglesia católica. Al contrario, hay que trabajar por la supresión del trato favorable que recibe ésta, especialmente en cuanto a su financiación y su incidencia en la legislación y la enseñanza (ahora con la exclusión de otras creencias, como el islam, de la asignatura de religión y la introducción del rezo como materia evaluable). No obstante, sí es necesario oponerse a las trabas burocráticas y políticas que en varios pueblos y ciudades han bloqueado la posibilidad de que las comunidades musulmanas puedan disponer de oratorios adecuados.

En resumen, las personas extranjeras musulmanas residentes en España comparten con muchos otros trabajadores inmigrantes una situación de vulnerabilidad caracterizada por la falta de derechos, la sobreexplotación laboral y un estatus administrativo precario, sin olvidar las múltiples repercusiones de estas circunstancias en su salud, la educación de sus hijos e hijas o sus oportunidades en la vida.

Sin embargo, muchas de las personas musulmanas se enfrentan a ciertas discriminaciones adicionales tanto de parte del Estado como de sectores de la población autóctona. De la misma forma que la falta de derechos de la inmigración divide y debilita a la clase trabajadora, y así facilita su subordinación y explotación, estas dificultades suplementarias dividen y debilitan la inmigración, a la vez que profundizan la separación entre este componente de las capas populares y el resto.

La islamofobia, que existe en todos los niveles y en todos los ámbitos de la sociedad, y que muchas veces se basa en una visión caricaturesca del islam, no se queda en una crítica inocua de una religión, sino que se traduce en actitudes que tienden a legitimar las desigualdades y en actuaciones que tienen efectos perniciosos en la vida de las personas asociadas con esta religión –algo que se podría llamar "musulmanofobia".

Para contrarrestar esto, ¿deberíamos promover la islamofilia o la musulmanofilia? Mientras que fomentar un mejor conocimiento del islam y de los musulmanes podría ser útil para combatir los prejuicios debidos a la ignorancia, no es cuestión de hacer apología de ninguna religión ni de promover una simpatía especial para sus practicantes, ni menos aún de transigir ante prácticas o actuaciones opresoras, antidemocráticas o efectivamente terroristas cometidos invocando el islam.

Se trata de defender el derecho de practicar esta religión, como cualquier otra, y, sobre todo, de defender las personas musulmanas que son especialmente vulnerables en la actual situación altamente inestable donde corren el peligro de convertirse en los chivos expiatorios de la crisis.

24/03/2015



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