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Después de Charlie Hebdo
Contra la islamofobia, contra el antisemitismo, contra el sionismo
15/02/2015 | Brian Anglo

[Este artículo se basa en la participación de su autor, como miembro de Junts (Asociación Catalana de Judíos y Palestinos) en una mesa redonda organizada por el Procés Constituent de Horta-Guinardó, Barcelona]

El 7 de enero los hermanos Kouachi entraron en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo y asesinaron a 12 personas, incluyendo algunos de los dibujantes más conocidos.
Paralelamente, Amedy Coulibaly mató a una policía y posteriormente tomó rehenes en un supermercado judío.

El 9 de enero, en dos operaciones simultáneas, la policía abatió a los tres asaltantes. Antes de morir, Coulibaly mató a cuatro de sus rehenes.

Los hermanos, que habían sido controlados hasta hacía menos de un año por la policía francesa, dijeron: "Hemos vengado al profeta Mohamed". En un vídeo póstumo, Coulibaly declaró: "Habéis atacado al Califato, atacáis al Estado Islámico; nosotros os atacamos a vosotros".

Charlie: símbolo de libertad, coartada de represión

Enseguida se produjeron manifestaciones espontáneas y aparecieron numerosos comunicados condenando los hechos, destacándose los de varias personas y organizaciones musulmanas, a veces expresamente interpeladas, que parecían pedir perdón por lo ocurrido. Al mismo tiempo, aumentaron los ataques a mezquitas.

El Gobierno francés, viendo su oportunidad, no tardó mucho en apropiarse de la manifestación convocada por una serie de organizaciones antirracistas y convertirla en una de "unidad nacional", fomentando, con la ayuda de los medios de comunicación de masas, la interpretación de los atentados como un ataque contra la libertad de expresión y, más en general, contra los valores llamados "republicanos". De ahí el lema "Je suis Charlie", explicitando la identificación, no con una revista y su trayectoria real -bastante cuestionable-, sino con un símbolo conscientemente configurado.

Pero una mirada más atenta pone de manifiesto cómo el Gobierno utiliza los sentimientos de la gente -solidaridad, miedo, una foto del Primer Ministro en la manifestación secándose una lágrima...- para restringir las libertades que dice defender. Así que vemos nuevas leyes securitarias y de control; la (re)introducción del “derecho penal de autor” o “del enemigo”, es decir el castigo preventivo sin mediar la comisión de ningún acto; el despliegue de soldados por todo el país; o detenciones por "apología del terrorismo", criticadas por Amnistía Internacional.

¿Dónde están la igualdad y la fraternidad?

Y ¿qué pasa con los otros valores republicanos, con la igualdad y la fraternidad? Sintiendo la necesidad de ofrecer una explicación de que los autores de los ataques eran franceses, nacidos y criados en Francia (aunque no français de souche, de raíz), Manuel Valls, el primer ministro (él mismo nacido fuera de Francia de padres extranjeros) hace una declaración –más bien una admisión- tan sorprendente como contundente: en Francia existe "un apartheid social, territorial y étnico".

Y si bien deja claro que Francia está "en guerra contra el Islam radical", calla, en cambio, el papel de sus aliados, desde los Estados Unidos a Arabia Saudí o Qatar, en la promoción, al menos inicialmente, de este movimiento, y obvia cualquier vínculo entre el apoyo a diferentes dictadores africanos o las intervenciones militares en el exterior y el descontento en el interior.

Recordemos que hace diez años Sarkozy llamó racaille -chusma, escoria- a la juventud rebelde de los barrios periféricos y que los habitantes de las banlieues figuran desproporcionadamente entre la población reclusa. Notemos, igualmente, que relativamente pocos de estos habitantes acudieron a la macromanifestación o que, a pesar de las presiones, un número nada despreciable de adolescentes se negó a guardar un minuto de silencio en las escuelas.

Además, muchos –como también en el Estado español- rechazan la versión oficial de los hechos, optando a menudo por teorías conspiratorias. Si algunas de estas son poco convincentes, su desconfianza es comprensible: ¿quién sabe si alguna vez llegaremos a conocer todos los hechos? Pesan también los agravios comparativos: la reacción tan distinta ante otras matanzas, especialmente cuando las víctimas son musulmanas.

El protagonismo de Netanyahu

La manifestación contó con la presencia de una cuarentena de jefes de Estado, entre ellos un buen número con credenciales más que dudosas como defensores de la libertad. Aquí hablaré sólo de uno de ellos: Benjamin Netanyahu.

Dicen que Hollande no quería que Netanyahu acudiera, pero éste, en plena campaña electoral, se autoinvitó. Y cuando en la manifestación se encontró en la segunda fila, se abrió paso a codazos hasta situarse delante junto al mismo Presidente francés.

Hace décadas que el Gobierno francés demuestra una actitud fielmente prosionista. Muy recientemente ha prohibido y criminalizado como "antisemitas" manifestaciones y actividades de boicot dirigidas sin ambigüedad contra la política y las acciones del Gobierno de Israel, en absoluto contra los judíos (ni siquiera los judíos israelíes) en general.

Sin embargo, Netanyahu se dirigió a los judíos franceses (muchos llegados a Francia en los años 60 a raíz de la descolonización de Argelia) como si él fuera el jefe de todos los judíos e Israel su referente principal. Y, sin ninguna deferencia a su anfitrión, los invitó a emigrar en Israel, argumentando que allí estarían más seguros, sin mencionar que, salvo los más ricos, probablemente serían enviados a asentamientos en los territorios ocupados.

Y para remachar la pretendida identificación entre (todos) los judíos y el Estado de Israel, presionó a las familias de las personas asesinadas en la tienda judía -todas francesas- para que las enterraran en Israel, lo cual efectivamente se hizo, proporcionando a Bibi otra ocasión para aparecer delante de los focos.

Musulmanes, los nuevos judíos

En este contexto, hay dos cosas que queremos decir claramente desde Juntos:

La primera, que el antisemitismo no ha desaparecido, pero que es el sionismo -la política colonial llevada a cabo por el Estado de Israel y sus sucesivos gobiernos- lo que lo está fomentando y, aún más trágicamente, lo está introduciendo donde apenas había existido antes: entre sectores de la población musulmana, incluyendo la de Europa.

La segunda, que los musulmanes son los nuevos judíos. O, si se quiere, que la islamofobia es el nuevo antisemitismo. Es decir, que los musulmanes son los nuevos chivos expiatorios, como antes lo eran los judíos. El Front National ya no tiene a estos en su punto de mira, sino a los musulmanes, y ¡ha pasado a ser pro-Israel! Podríamos decir también que el terrorismo islámico, el islamismo o simplemente el Islam (no siempre se hace la distinción), es el nuevo espantajo que ha venido a sustituir al comunismo de la guerra fría.

Y eso quiere decir que el combate contra la islamofobia (y la discriminación contra los gitanos/roms, también víctimas del holocausto, dicho sea de paso), en todas sus variantes, desde las más sutiles hasta las más groseras, se hace cada vez más importante y más urgente.

Ahora bien, esto se hace no simplemente defendiendo un universalismo abstracto, sino combatiendo también unas desigualdades bien concretas -derechos, condiciones de vida, oportunidades...- así como las políticas neoliberales que merman la calidad de vida de toda la población y que son el caldo de cultivo del racismo social.

08/02/2015



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