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Tribuna VIENTO SUR
Partidos, elecciones y Podemos
14/10/2014 | Jaime Pastor

El desafío ante el que se enfrenta Podemos en su proceso de constitución como nueva fuerza política dispuesta a “ganar” y poner en práctica el “cambio político” que preconiza es enorme. En ese camino la necesidad de seguir ofreciendo y desarrollando un discurso que ponga en el centro las demandas de una mayoría social que exige democracia y derecho a decidir, frente a una minoría cuyo grado de corrupción y asociación con el poder económico y financiero supera todo lo imaginable, es fundamental. Para ese objetivo, y en esta fase, el papel de un liderazgo mediático es también clave.

Con todo, cabe hacer dos acotaciones: una, que no sólo hay una línea de fractura “gente-casta” en la sociedad sino que también existen otras que están en la agenda política y que debemos buscar la forma de articular las demandas de los y las de abajo en torno a ellas de manera que el demos vaya asumiéndolas con toda la adaptación pedagógica necesaria, pero sin “dejarlas de lado” o silenciarlas; otra, que el liderazgo actual debería ir abriéndose a otro más colectivo y compartido, reflejo a su vez de su pluralidad política y nacional-territorial, si se quiere que, efectivamente, en el discurso público se sienta reconocido el conjunto de Podemos.

Más allá de estas precisiones iniciales, entre quienes se reconocen parte activa de Podemos, parece haber un amplio acuerdo en que en la mejor de las hipótesis –que esta nueva formación política ganara las próximas elecciones generales y llegara a formar gobierno- la gran coalición de fuerzas que se forjaría frente a cualquier paso adelante que diera hacia una ruptura democrática con este régimen -y con los dictados de la troika- sería de tal calibre que, para poder hacerle frente con expectativas de éxito, sería necesario contar con una movilización popular capaz de frenarla. Porque, siendo condición necesaria, la legitimidad electoral no bastará para contrarrestar el “golpe de estado financiero permanente” y a sus agentes dentro de un Estado que no es en absoluto un campo neutral de lucha.

En resumen, deberemos esforzarnos para que el nuevo gobierno demuestre que, simplemente, está dispuesto a “mandar obedeciendo” a una voluntad colectiva –en nuestro caso plurinacional- a favor de la ruptura y de la apertura de proceso(s) constituyente(s). Para apuntar hacia ese horizonte, es imprescindible la construcción de un nuevo tipo de partido que, a su vez, impulse y contribuya a la configuración de un amplio bloque popular que llegue a convertirse en protagonista de ese cambio.

Para hacer viable ese proyecto la tarea de definir y consensuar una herramienta política que sea a la vez democrática y eficiente –no simplemente eficaz y cortoplacista- no es nada fácil. No hay ninguna experiencia en el pasado o en otras latitudes que nos sirva de “modelo”, aunque sin duda hay que aprender de muchas de ellas, de sus aciertos iniciales pero también de sus errores finales: desde las vividas en Brasil, con el Partido de los Trabajadores brasileño, y en Alemania, con Los Verdes, hasta la del MAS boliviano y un Evo Morales triunfante pero instalado ya en un “cesarismo progresista”.

Existe, al menos, una vacuna fundamental de la que se ha dotado Podemos: el rechazo al tipo de partido electoral-profesional que ha predominado en los grandes partidos que han sido pilares fundamentales de los sistemas de gobernanza, en sus variantes social-liberal y neoliberal, vigentes en Europa Occidental hasta el momento actual de crisis de legitimidad abierta de los mismos. Todos ellos, en mayor o menor medida –y en el caso español el escándalo de la “tarjetópolis” de Bankia se hace extensible, aunque no es la primera vez, a los sindicatos, además de la patronal- están sufriendo una desafección ciudadana creciente que parece difícilmente reversible en el marco de la “terapia de choque” y el “austericidio” que están practicando o aceptando. El rechazo a los “políticos profesionales” y a la financiación a través de los bancos, junto con la apuesta por la transparencia, la limitación de la permanencia en los cargos y su revocabilidad, así como la participación abierta en la elaboración programática y en la elección de las candidaturas, están en el ADN de Podemos y esto supone una garantía para contrarrestar cualquier tendencia en el futuro a seguir el camino de “la casta”.

Sin embargo, no vendría mal recordar que en la involución de esos partidos y de los que, aspirando a ser “alternativos” a ellos, han llegado a gobernar ha pesado mucho la tendencia de los liderazgos unipersonales y de los cargos públicos en general a buscar una relación directa con su electorado a través de los medios de comunicación; han menospreciado, en cambio, su fidelidad al programa y su rendición de cuentas ante el conjunto de la afiliación y, sobre todo, hacia los y las activistas de sus partidos a medida que se han ido adaptando a la lógica competitiva electoral. En efecto, aunque ya es una vieja conocida, la “ley de disparidad curvilínea” de John May, según la cual “la influencia de los afiliados podría ser considerada como algo pernicioso por unos líderes centrados en la dimensión electoral”, sigue funcionando en la mayoría de los partidos. Bien es cierto que entre los afiliados se suele distinguir entre ideologizados, lobbystas y pragmáticos, o entre creyentes y arribistas; pero, a medida que esos partidos se “gubernamentalizan”, son generalmente los lobbystas y arribistas los que se van quedando y medrando, mientras los demás, faltos del derecho a la “voz” interna, se mueven en el dilema de la salida del partido o la resignación pragmática ante un liderazgo plebiscitario, como aquí la historia del PSOE desde 1982 ha corroborado sobradamente. Conviene, pues, tomar nota de los riesgos que supone reducir la afiliación a una masa de incondicionales.

El gran acierto del equipo motor de Podemos ha sido su capacidad para combinar liderazgo mediático con el contacto directo con “la gente” a través de las redes virtuales en torno a un discurso simple y reductor de la complejidad de la política. Esa labor, facilitada por el profundo declive de los grandes partidos, demostró que existía efectivamente una ventana de oportunidad abierta que se supo aprovechar, hasta el punto que los sondeos actuales hacen creíble que esta fuerza, por ser precisamente “outsider” del sistema, pueda llegar a ser alternativa al mismo. No sorprende por eso que analistas como Enric Juliana reconozcan que “el vector ascendente en toda España es en estos momentos el de la izquierda alternativa y rupturista” y que, al mismo tiempo, Podemos tienda a convertirse en un partido “atrápalo-todo”.

Empero, sería un error olvidar dos cuestiones. La primera, que sin el 15M y, sobre todo, sin el nuevo y creciente espacio público de indignación y desobediencia que ese Acontecimiento fue creando no se habría abierto esa ventana; la segunda, que muchos y muchas activistas procedentes de ese espacio han sido quienes han estado detrás del papel que jugaron los Círculos durante la campaña electoral y, sobre todo, del que están jugando en esta nueva etapa. No deberíamos, por tanto, dar la espalda a todo lo positivamente innovador que ha venido del “espíritu del 15M” –y a su reactivación hoy a través de nuevas movilizaciones- y también habría que seguir reforzando los Círculos como mediadores activos entre el liderazgo y “la gente” a la hora de construir ese poder popular dispuesto a evitar que el precedente del PSOE se repita. Esas dos palancas son, además, las que nos pueden ayudar a resistir mejor la adaptación a la lógica competitiva electoral.

Es en la capacidad de construir un espacio compartido entre los órganos de representación, los círculos y quienes se limitan a participar desde las redes virtuales en donde se juega la posibilidad de ensayar un nuevo tipo de partido-movimiento, con una identidad abierta y no cerrada ni ideologizada, pero con unas “líneas rojas” a prueba de arribistas de todo tipo.

Habrá que ir buscando y practicando una combinación de métodos y estructuras de participación deliberativas y decisorias a distintas escalas en función de las cuestiones que vayan surgiendo en la vida política, evitando reducirlas tanto a una democracia plebiscitaria como a otra directa, permitiendo así que determinadas competencias sean asumidas con transparencia por los órganos de representación y los liderazgos. No se trata, por tanto, de apostar por un “hiperelitismo democrático” pero tampoco de “votar por confianza”, simplemente por “creer” que quienes han sido los principales ganadores en la “batalla” de las elecciones europeas ya van a ganar siempre y eso ya les da una legitimidad absoluta, mientras que los demás no tienen nada que aportar al proyecto.

Son muchas las batallas que tenemos por delante y para afrontarlas bien no sobra nadie que comparta ese horizonte común (tampoco los partidos presentes hoy en su seno, siempre que sus miembros –en caso de salir electos para cargos públicos u orgánicos- se comprometan a asumir las decisiones tomadas en el seno de Podemos). Habrá, en fin, que aprender y desaprender todos y todas de nuestras viejas y nuevas experiencias para llegar a construir algo diferente, ilusionante y coherente con nuestra aspiración a poner en pie otra política y otra forma de hacerla, también dentro de Podemos. Porque se trata de construir una nueva legitimidad democrático-participativa y no otra que podría acabar en unanimista-popular.

A propósito de todo esto me parece oportuno recordar esta propuesta de Pedro Ibarra: “’Hacer’ democracia participativa es construir sujetos colectivos con conciencia ciudadana, activa, republicana. Y con voluntad de ponerla en práctica. Solo así los desarrollos posteriores de la democracia participativa se podrán asentar en el ejercicio real de poderes compartidos, en escenarios de contrapoder” (Democracia relacional, CEPC, 2011, p. 34). Ése es también nuestro reto y se puede hacer, por qué no, con grados de participación distintos en función de los diferentes tiempos de vida y de las ganas de hacerlo que cada persona tenga. Pero sin olvidar que la repolitización de la ciudadanía a la que estamos asistiendo, precisamente porque por primera vez desde que existe el “régimen del 78” podemos “ganar”, es imparable y no hay que ponerle barreras sino, más bien, dejarnos desbordar y con una nueva “marea de mareas” seguir avanzando.

14/10/2014

Jaime Pastor es editor de VIENTO SUR y profesor de Ciencia Política de la UNED.



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