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Turquía
En la encrucijada
04/04/2014 | Sangur Savran

[Las elecciones municipales celebradas el domingo pasado en Turquía han confirmado la posición dominante del AKP, el partido islamo-conservador del primer ministro Erdogan. Ni el levantamiento popular nacido el pasado verano en el Parque Gezi en Estambul, ni la ola de revelaciones sobre la corrupción del poder desde hace tres meses, ni las tensiones crecientes en el seno del bloque islamista en el poder han logrado erosionar el apoyo popular del que dispone el AKP, en particular entre las capas populares del campo pero también de las principales ciudades, Estambul y Ankara. La explicación remite a la vez a los efectos positivos del desarrollo económico de estos últimos años, al conservadurismo religioso de una gran parte de la población rural y al control del AKP sobre los grandes medios.

El AKP ha obtenido nacionalmente el 45,5% de los votos, en ligera bajada en relación a las últimas elecciones legislativas (49,9% en 2011) pero en progreso en relación a las municipales de 2009 (38,8%). Conserva (con acusaciones de fraude electoral), el control de Ankara y de Estambul. La oposición tradicional no ha logrado llegar más allá de su electorado tradicional: el Partido Republicano del Pueblo (CHP) (laico, proeuropeista y muy vagamente socialdemócrata) llega al 27,9% a escala nacional, mientras que el Partido de la Acción Nacionalista (MHP, ultranacionalista, incluso fascistoide) se estanca en el 15,2%. El retraimiento de los votos de los simpatizantes de la hermandad de Fethullah Gülen, que se habían movilizado para derrotar al AKP, no ha cambiado sustancialmente los equilibrios políticos.

Por el contrario, el Partido por la Paz y la Democracia (BDP), un partido kurdo ligado al PKK, ha ampliado claramente su audiencia en la parte kurda del país donde logra 100 alcaldías. Su aliado, el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP), que reagrupa a una gran parte de la izquierda radical turca, no avanza verdaderamente, a pesar del impacto del movimiento del parque Gezi, del que se reclamaba. La alianza BDP/HDP ha recogido el 6,35% de los votos, contra el 5,21% en 2009 y el 3,37% en 1999.

Pero si Erdogan ha ganado la primera batalla electoral de este año (que será seguida por elecciones legislativas y presidenciales los próximos meses), su régimen no deja de estar menos fuertemente debilitado por la crisis política que se ha desarrollado estos últimos meses. Es este contexto el que se explica en este artículo publicado unos días antes de las elecciones]

Así pues, ¡lo ha hecho! Como todo el mundo sabe, el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan ha tomado la decisión de prohibir Twitter, y luego You Tube, porque esos medios servían para hacer circular grabaciones de conversaciones entre el Primer Ministro, otros miembros del gobierno, y una mezcla heteróclita de capitalistas importantes y de periodistas de renombre.

Estas grabaciones han demostrado definitivamente la profundidad de la corrupción, de las manipulaciones del aparato judicial y de la injerencia torpe en el funcionamiento cotidiano de los medios en que el gobierno se ha implicado desde hace años. La decisión de bloquear Twitter no es más que el último eslabón de una larga cadena de violaciones de los derechos democráticos más elementales. Sin embargo, la audacia brutal de esta decisión indica un cambio cualitativo que no debe ser subestimado.

Huida autoritaria hacia adelante

Esta decisión es también la cumbre de una serie de medidas adoptadas por el gobierno del AKP (Partido de la Justicia y del Desarrollo) en el curso de los tres últimos años. Desde la revelación, el 17 de diciembre de 2013, de un enorme asunto de corrupción –cuatro ministros del gobierno han sido finalmente inculpados de haber tomado parte en un gigantesco sistema de sobornos, al lado de sus hijos y de una cohorte de capitalistas (en particular empresarios que se alimentan de la renta de la tierra producto de los innumerables proyectos de transformación urbana de estos últimos años)– el gobierno no ha tenido ya prácticamente otra actividad que intentar echar descrédito sobre las pruebas y camuflar casos revelados de corrupción.

Los fiscales que habían intentado analizar esos asuntos han sido destituidos. Funcionarios de policía que habían hecho su trabajo han sido apartados. Basándose en su mayoría parlamentaria, hasta aquí muy dócil, el gobierno se ha apresurado a hacer votar leyes que le autorizan a controlar el poder judicial y a prohibir el tráfico por Internet (la prohibición de Twitter y de YouTube es el primer fruto espectacular de esta ley) y prepara otro proyecto de ley que permite conceder poderes sin precedentes al MIT, la agencia de información nacional, que es controlada por sus esbirros.

Pero las grabaciones subidas a YouTube han causado inmensos daños a la credibilidad del gobierno entre el gran público. La veracidad de algunos de esas grabaciones ha sido confirmada por el propio Erdogan, pero la grabación más dañina ha sido rechazada, tachándola de “montaje”. En esa grabación de audio, se oye a Erdogan, en una sucesión de conversaciones registradas el mismo día en que sus ministros eran encausados por su papel en la corrupción, exhortar a su hijo a esconder sumas de dinero increíbles –¡podrían llegar a mil millones de dólares!– que guardaba ilegalmente en su casa de Estambul.

Todo esto tendrá ciertamente un coste para el prestigio de Erdogan en Turquía y en la escena internacional, pero los sondeos de opinión sugieren que la mayoría conservadora y piadosa que, elección tras elección, le ha concedido una serie de victorias aplastantes en el pasado, no le ha abandonado. Se asiste por tanto a un espectáculo en el que un dirigente político antes poderoso intenta nadar desesperadamente hacia la orilla de las elecciones locales del 30 de marzo, donde cree que está su salvación.

En efecto, Erdogan tiene tal confianza en las elecciones como panacea a todos estos problemas ,que había declarado hace dos semanas que su gobierno cerraría Twitter y YouTube tras las elecciones. Sin embargo, la inminencia de una nueva catástrofe le ha llevado a adelantar la fecha. Esta catástrofe sería la existencia de una o varias grabaciones de audio y video, que contienen el presumido asesinato a sangre fría de un rival político ordenado por Erdogan, la prueba visual de que centenares de millones de dólares han sido escondidos el 17 de diciembre y/o la prueba visual de comportamientos sexuales por parte del propio Erdogan o de sus ministros que serían imposibles de digerir por el electorado devotamente musulmán del AKP.

La política detrás del thriller

Todo este lodo ha aparecido tras la ruptura irreversible entre los dos principales pilares del bloque histórico islámico que ha reinado sobre Turquía desde hace una docena de años. Fethullah Gülen, un imán en el exilio en Pensilvania, y su comunidad de discípulos –que controla un imperio internacional de escuelas misioneras, de casas de acogida para jóvenes, pero también de empresas y que dispone, vía esa red, de una fuerte presencia mediática y de una influencia considerable sobre la juventud piadosa en Turquía– han abandonado ahora a Tayyip Erdogan y el AKP.

A lo largo de los años de la “guerra civil sin efusión de sangre” que ha opuesto a la burguesía islámica emergente a la antigua ala laica, más abiertamente pro-occidental, de la misma clase, Gülen había formado una coalición informal con Erdogan. A cambio del apoyo político que daba al AKP, había extendido su red de influencia en profundidad en el sistema judicial, la policía y finalmente las fuerzas armadas. Los dos socios se han separado porque defienden opciones estratégicas diferentes: Erdogan viene del movimiento Visión Nacional creado por Erbakan –el dirigente histórico del islam político en Turquía– pero ha evolucionado hacia una alianza simplemente táctica con los Estados Unidos y la Unión Europea, en particular en el curso de los primeros años de su reinado; por su parte, Gülen ha representado siempre un tipo diferente de orientación, haciendo de una alianza estratégica con los Estados Unidos e Israel, el pilar de su búsqueda del poder.

Habíamos llamado ya la atención sobre el peligro potencial que esa ruptura representaba para el bloque histórico islámico en el poder en un artículo sobre la política de Medio Oriente en 2010 (The Other Lethal Triangle), cuando la Flotilla de la Libertad que se dirigía hacia Gaza fue brutalmente asaltada por el ejército israelí. Entonces escribimos: “Está por tanto claro que el gobierno Erdogan es constitutivamente incapaz de asegurar una defensa total de los derechos de los palestinos. Pero, incluso si el propio Erdogan y quienes piensan como él estuvieran dispuestos a romper completamente con Israel y por tanto con los Estados Unidos, la naturaleza del movimiento islamista en Turquía no les permitiría seguir adelante. En un gesto altamente significativo, Fethullah Gülen, el dirigente de la congregación religiosa a la que se hace alusión más arriba, ha hablado al Wall Street Journal, unos días después del asalto israelí a la flotilla. Gülen ha condenado el conjunto de la acción de la Flotilla de la Libertad y ha defendido el derecho de Israel a decidir qué mercancías debían ser autorizadas a entrar en Gaza. Y ha continuado atacando el “desafío a la autoridad” lanzado por los actores turcos en el drama (todo esto en un periódico controlado por enemigos jurados del AKP en el seno del establishment de los Estados Unidos). Esto parece una verdadera ducha fría para los islamistas de todo tipo en Turquía, e implica claramente que Gülen retiraría su apoyo al AKP si Erdogan y sus apoyos optaban por una ruptura con Israel y los Estados Unidos. Lo que, con toda probabilidad, reduciría al AKP a una sombra de sí mismo”.

El AKP no ha operado una “ruptura con Israel y los Estados Unidos”, al menos no enteramente. Pero es un secreto a voces que, por multitud de razones que nos alejarían demasiado del tema de este artículo, los Estados Unidos, bajo los auspicios de su embajador en Turquía, Francis Ricciardone, han intentado preparar una alternativa a Tayyip Erdogan, reuniendo una mezcla heterogénea de fuerzas que van desde el actual presidente de la República, hasta el partido histórico del ala laica de la burguesía, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), pasando por sectores, si no el conjunto, del movimiento fascista. ¡Y Gülen ha acabado por ser considerado como la eminencia gris de esta nueva coalición! Las fuerzas que han organizado las fugas de las escuchas telefónicas devastadoras en Internet son, con toda probabilidad, hombres de Gülen que habían sido antes colocados en puestos de importancia estratégica en la policía y el poder judicial.

El hecho de que los Estados Unidos estén al lado de Gülen y de su cohorte en este enfrentamiento no significa en absoluto que Erdogan tenga derecho a enarbolar la bandera del “antiimperialismo”, aunque él mismo no haga mucho ruido en este sentido, quejándose de las actuaciones de su enemigo, “el lobby de las tasas de interés”, una referencia indirecta a una alianza entre Wall Street y el ala laica de la burguesía turca, insinuando que los EEUU se ingieren en los asuntos internos turcos y presentando su lucha contra los “golpistas” de Gülen como una “segunda guerra de independencia”, en referencia a la primera que fue llevada a cabo a comienzos de los años 1920 por Mustafa Kemal Ataturk, el fundador de la república.

A pesar de esta postura, para Erdogan resulta extremadamente difícil, incluso imposible, desafiar a los Estados Unidos y la Unión Europea. Recientemente, sobre la cuestión crucial de Ucrania, el gobierno del AKP se ha alineado silenciosamente con los Estados Unidos y la UE contra Rusia. El papel potencial de Turquía en este conflicto no puede ser subestimado: la apertura o no de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos a los navíos de guerra de la OTAN podría revelarse como un elemento esencial para determinar la salida de este conflicto potencialmente explosivo.

No es verdaderamente Erdogan quien ha adoptado claramente una posición antiamericana. Son más bien los Estados Unidos quienes han optado por una orientación anti Erdogan. Y esto, no porque Erdogan plantee verdaderamente un peligro para los Estados Unidos, sino porque ya no es el dirigente incontestable de uno de los países clave de la región. Su autoridad y su prestigio han sido irremediablemente manchados por la rebelión popular que ha tomado el nombre del Parque Gezi durante el verano de 2013. Antes de esto, Erdogan se había vuelto muy popular entre los dirigentes imperialistas porque había prometido primero, y luego efectivamente asegurado, la estabilidad económica y política de Turquía en una región en la que la estabilidad es el bien más escaso. Pero, desde la revuelta popular del verano de 2013, esta reputación se ha hundido. Todos sus aliados han comenzado a abandonar a Erdogan. Y los Estados Unidos han sencillamente decidido no apostar por el caballo perdedor.

La emergencia de tres frentes

Tras el suspense, se asiste a una lucha política a muerte entre las dos facciones del bloque histórico islámico, a la que corresponde un distanciamiento creciente entre las dos alas de la burguesía islámica organizada en dos organizaciones patronales diferentes, MUSIAD para los partidarios del AKP y TUSKON para los partidarios de Gülen. Es una nueva guerra civil en el seno de la burguesía, insertada en la antigua guerra civil. El realineamiento de las fuerzas será muy doloroso. Y la decisión que tomarán el ala laica pro-occidental de la burguesía, reagrupada en la organización patronal más poderosa, TUSIAD, y las fuerzas armadas será probablemente decisiva.

En el curso de las primeras fases del conflicto, las líneas de batalla parecían bastante claramente trazadas. Contra Erdogan y sus partidarios –que se han aprovechado de tal forma del decenio pasado en el poder que no pueden decidirse a separarse de él– se ha formado, a nivel social, una alianza entre TUSKON, el ala gülenista de la burguesía, y TUSIAD, el ala laica pro-occidental. Ésto se corresponde, a nivel político, con la coalición mencionada más arriba entre los gülenistas, el CHP, Mustafa Sarigul (el hombre fuerte, controlado por alguno de los principales grupos prooccidentales laicos del capital financiero, ahora candidato a la alcaldía de Estambul) y finalmente elementos de la derecha que están rompiendo con el AKP. Esta coalición se supone tan amplia que, en función de las circunstancias, podría acabar por incluir sectores enteros del AKP en ruptura con Erdogan, comenzando por el número dos del partido, Abdullah Gül, el actual presidente de la república. La parte del movimiento fascista que sería llamada a participar en esta coalición es aún incierta.

Pero al cabo de tres meses del comienzo de la crisis, la coalición política sigue aún en pie, pero la coalición social está vacilando. La razón es que ciertas fuerzas, que han combatido con uñas y dientes a Erdogan durante sus años de poder, comienzan a tener dudas en la nueva situación. Pensamos que esas fuerzas, dando prueba de una mayor clarividencia en las filas de las clases dirigentes, ven claramente dos cosas.

En primer lugar, el aparato del estado está en ruinas. Desde 2007, el gobierno de Erdogan había atacado a las fuerzas armadas, dejando en prisión a generales y almirantes a la espera de un proceso por haber fomentado un golpe de estado contra el gobierno. En consecuencia, las fuerzas armadas han sido debilitadas materialmente y su reputación ha recibido un golpe. A esto se ha añadido, desde el 17 de diciembre pasado, una caza de los jefes de la policía y los fiscales. Esta lucha en el seno del estado prosigue una lucha que hemos bautizado como “crisis del estado”.

En segundo lugar, este país ha conocido una revuelta popular de gran amplitud el verano pasado. Sabemos por experiencia, y los principales actores de la burguesía lo saben también, que esta rebelión puede renacer en cualquier momento, aunque no sea necesariamente bajo la misma forma. Si esto sucediera, el aparato del estado se encontraría con grandes dificultades para aplastar la revuelta, tanto porque el aparato represivo está en un estado desastroso, como porque las revelaciones en Internet y todo lo que la gente ha sabido recientemente sobre el funcionamiento del sistema ha dado un inmenso golpe a la legitimidad global de éste.

Es la razón por la que ciertas fuerzas están ahora apoyando pérfidamente, aunque sea temporalmente a un Erdogan en dificultades. Son en primer lugar las fuerzas armadas, que han hecho un gesto negociando la liberación de los generales y de sus partidarios civiles a cambio de la promesa de permanecer en silencio sobre los asuntos de corrupción. La primera etapa de este acuerdo ha sido cumplida al ser liberados los principales inculpados. Luego ha venido la visita sorpresa de Mustafa Koc, que está a la cabeza del principal grupo capitalista del país, al primer ministro Erdogan. Él mismo está desde hace poco en el punto de mira de la administración fiscal, como represalia al apoyo que se supone que ha aportado al movimiento Gezi. Lo que ha sido discutido en esa reunión secreta, enteramente ocultada al público durante varios días, entre los dos más altos responsables del país, uno en la escena económica y el otro en la escena política, seguirá siendo un enigma. Pensamos que Koc ha intentado persuadir a Erdogan de hacerse a un lado en la carrera hacia la presidencia de la república, un puesto esencialmente honorífico y simbólico, a cambio del compromiso de no intentar alterar la política en el futuro. Pensamos también que la liberación de los generales los días 9 y 11 de marzo es un producto directo de esta reunión celebrada el 2 de marzo.

Hay que señalar que Erdogan está también apoyado por el movimiento kurdo, que, aunque proteste en sentido contrario, se ha mantenido claramente distante tanto durante la rebelión de Gezi como en el período abierto el 17 de diciembre. La razón es el “proceso de solución” prometido por Erdogan para resolver la cuestión kurda. Los kurdos son, en efecto, extremadamente desconfiados ante las posiciones políticas [muy nacionalistas turcas-ndt] sobre la cuestión kurda defendidas por las principales fuerzas que se oponen a Erdogan.

Así pues, se dibujan dos frentes en el horizonte. Uno es un proyecto que intenta reagrupar una multitud abigarrada de fuerzas para hacer caer a Erdogan, entre las que se encuentra su antiguo socio Gülen. El otro es un agrupamiento apresurado de fuerzas que están enfrentadas en casi todo en lo esencial, compuesto por Erdogan, el ejército y el ala laica prooccidental de la burguesía. Hay que decir que las alianzas pueden cambiar en cualquier momento, puesto que los dos campos están compuestos de fuerzas que hasta muy recientemente se echaban al cuello unas de otras.

El tercer frente

Hay, sin embargo, otro frente potencial en la política turca. Está compuesto del conjunto de las fuerzas variadas que han participado en la revuelta popular desencadenada por los acontecimientos del parque Gezi el pasado verano. Reúne a todas las fuerzas modernas de la sociedad que se oponen a la política reaccionaria del AKP: mujeres y LGBT, medioambientalistas, quienes se presentan como “musulmanes anticapitalistas”, pasando por un sector de la vanguardia del proletariado en su definición amplia, la gama entera de los movimientos y partidos socialistas radicales, los autodenominados “nacionalistas de izquierdas” y los liberales de izquierdas, y para acabar –y no es lo menos importante– por millones, incluso decenas de millones, de alevís /1, que llevan a cabo una lucha para asegurar su supervivencia frente a la política sunita abiertamente sectaria de Erdogan, tanto en Turquía como en la vecina Siria.

Es cierto que la primera ola de la rebelión terminó a finales de septiembre de 2013, pero su espíritu ha permanecido vivo y el hecho de que una parte significativa de la población esté dispuesta a estallar ha quedado palpable en la triste procesión fúnebre de Berkin Elvan, un joven de 14 años que había sido herido en la cabeza por una granada lacrimógena de la policía cuando había salido a comprar pan para el desayuno de la familia durante la revuelta de Gezi y que ha fallecido a mediados de marzo, tras haber pasado 269 días en coma. Una multitud estimada entre 500.000 personas y 1 millón de personas en cólera ha llenado las calles de Estambul y la policía ha indicado que, en el conjunto del país, más de 2 millones de personas se han manifestado en 53 de las 81 provincias del país. Esas cifras hay que compararlas con las cifras oficiales de la rebelión de Gezi donde, según las estadísticas extremadamente conservadoras del Ministerio del Interior, tres millones y medio de personas habían tomado parte en manifestaciones en 80 de las 81 provincias. La gente está tan encolerizada contra todo lo que ha ocurrido que el movimiento de masas puede desencadenarse en cualquier momento por cualquier acontecimiento.

Trabajar por eso es el deber imperativo para todos los socialistas. Nos encontramos en minoría en el movimiento por haber criticado la prioridad fútil dada a la política electoral en detrimento de una estrategia de movilización de masas. Esta última estrategia es la única capaz de sacar a Turquía del marco reaccionario en el que las dos coaliciones de la clase dirigente evocadas anteriormente la encierran. Solo una política de clase independiente puede ayudar a superar los problemas de las clases trabajadoras y los oprimidos. Si una renovación del espíritu de Gezi pudiera unirse a una política de clase –que pensamos que estará al orden del día en un próximo futuro debido a la crisis económica inminente– y a la lucha del pueblo kurdo, entonces eso sería el preludio a una plena emancipación de la población trabajadora y de los oprimidos.

En cualquier caso, el día en que Erdogan caiga, la gente saldrá seguramente a la calle por centenares de miles, incluso por millones, en todos los rincones del país. Será la promesa del comienzo de un verdadero festival del pueblo.

1/04/2014

Sangur Savran reside en Estanbul y es uno de los redactores del periódico Gercek (Verdad) y de la revista teórica Dvrimci Marksizm (marxismo revolucionario), ambas publicadas en turco, así como de la página web RedMed.

http://www.avanti4.be/analyses/article/la-turquie-a-un-carrefour

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ Los alevís constituyen una minoría importante en el islam de Turquía, reagrupando entre el 15% y el 25% de la población nacional. Se trata de una corriente antiguamente salida del chiísmo, que se caracteriza por un planteamiento no dogmático y más abierto de la religión (no considera las cinco oraciones diarias, ni el peregrinaje a La Meca o el llevar el velo por las mujeres como obligaciones). Los alevís son favorables al laicismo y apoyaron la “revolución nacional” de Mustafa Kemal. Muchos militantes de la izquierda radical provienen igualmente de la comunidad aleví.

[NdR.: La guerra de las redes sociales continúa tras las elecciones. Se podría hablar de triunfo electoral y derrota judicial para Erdogan puesto que el pasado 26 de marzo la Justicia ordenó levantar el bloqueo impuesto a Twiter al considerar que vulnera los fundamentos del estado de derecho. La reacción de Erdogan fue incialmente contraria a esta decisión abriendo un nuevo capítulo en este enfrentamiento, pero posteriormente levantó el bloqueo después que el Cosntitucional lo declarara ilegal Al mismo tiempo la empresa Google ha hecho su aparición en la polémica al hacer pública una nota en la que denuncia que el gobierno turco está manipulando el sistema de direcciones que organiza las búsquedas de los usuarios con la finalidad de redirigir esas búsquedas hacia otras direcciones. La guerra por el control de las redes sociales y, por lo tanto, por imponer la censura en internet sigue desarrollándose. 4/04/2014]



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